16.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 14 / Mihail Popov

 


 En lo más crudo del crudo invierno moscovita, Mihail Popov nació en una pompa de jabón. En el momento de su alumbramiento, la madre hacía sus abluciones en el bidé de mármol rosa con grifería cuello de cisne comprado en Paris en su luna de miel. El frío hizo estragos en la criatura recién traída al mundo. En cada estornudo arrojaba una pompita diminuta de jabón y levantaba el asombro de quienes participaban del singular fenómeno. Cuando Florencio, a la temprana edad de doce años, tuvo su primera eyaculación, una pompa enorme de jabón lechoso amasada una vida entera en la fontanería de su caudalosa hombría, inundó el cuarto de baño, se estrelló contra el espejo y lo impregnó de una sustancia viscosa que, sin ser semen, tampoco era jabón. Una desmesurada misoginia, causada por las superlativas inclinaciones higiénicas de su madre o por su madre, en términos absolutos, sin recabar en ninguna querencia suya, hizo que Mihail apenas saliese de casa. Más no no pensar en su desgracia que por ilustrarse, aunque ambas cosas fuesen de la mano, se hizo a leer cuanto caía en sus manos: libros de antropología, de Derecho Romano, de Biología Molecular, de psicología evolutiva, de medicina deportiva... Harto de lecturas, sin encontrar ninguna que le confiara una explicación al mal que padecía, decidió escribir su propia historia. Antes de acometer esa especie de diario personal, tenía que comprobar si había, en el ancho mundo, en el ajeno trajín del capricho de Dios, un caso idéntico o similar al suyo. Días antes de que un catarro mal curado lo privara de una explicación racional y diera su cuerpo jabonoso a la antigua tierra rusa, vio un titular en una gacetilla dominical que mamá solía comprar. Refería la existencia de un hombre de la península de Kamchatka que nació en el vaho del grito de su madre, cumplida ya, rota en precursoras aguas, molesta por los rigores del esfuerzo y aterida por el intenso frío siberiano. Dio con él, hoy en día todos estamos a mano de todos, y se dispuso a escribirle unas letras. La carta que le envió era un inventario prolijo de su vida. De algún modo supo que no habría nadie que le entendiese mejor. Tenía la absoluta convicción de que aquel hermano sobrevenido abriría una nueva senda en su angustiada vida y tal vez él mismo podría consolar recíprocamente la suya. Fue su madre la que abrió el buzón y vio la carta venida desde el otro confín de su vasta patria. La firmaba un tal Boris Sakolov. Una película de fino vaho impedía  que el sello (de unas montañas sobre un cielo blanquísimo) quedase fijo, y mientras ella rumiaba sobre la pericia de la Estafeta de Correos –una carta así acaba con el sello caído y no hay emisor, destinatario o carta– miraba a su hijito, amortajado, quieto, serio en la caja, huérfano de luz y de candor materno, con esa carita de pastilla de jabón recién abierta, emanando un olor doméstica, de ropa recién tendida en el patio. El destino es bicho cabrón, sentenció, circunspecta, aunque no le gusta blasfemar, ni de decir palabras soeces. El azar arruina una vida antes de que eche a andar. Dan ganas de mirar a Dios a la cara y pedirle cuentas por el precario e infame curso de la trama.

No hay comentarios:

Breviario de vidas excéntricas / 14 / Mihail Popov

   En lo más crudo del crudo invierno moscovita, Mihail Popov nació en una pompa de jabón. En el momento de su alumbramiento, la madre hacía...