Para anticipar a quién se dará cada año el Nobel de Literatura basta revisar la nómina de los entregados en años anteriores. La Academia Sueca es un bastión intachable de corrección política y su escrutinio de candidatos apela a la inclusión, que es palabra de fuste moderno y sostenible. Este lector voraz aprende con ella y amplía su bagaje de autores desconocidos y sin duda merecedores de ese abrumador galardón. Lo que cansa (y también ya a esta altura irrita) es que no premien escritores de igual talla, pero de mayor popularidad, pongo por caso. No es mala la popularidad, creo yo. No es la Literatura disciplina que discurra con fervor entre las masas clientelares a las que aspira a conmover, pero no estaría mal que el insigne claustro de numerarios de esa Academia mirara más por la literatura, sin que ese afecto mudara en obligaciones de género o de raza o de religión, asuntos todos que no deberían ser considerados como animadores del hecho mismo de dar un premio a un buen escritor. Los premios suelen prestigiar a los premiados y se me ocurre que también a la reversa. No en los Nobel. No en esa camarilla de burócratas ágrafos. Y mi buen Borges sin el suyo. Así que otro año sin coscarme de por dónde van los tiros. Ni siquiera fue mi indigesto Murakami ni mis adorados Marías o Banville. El tanzano no es santo todavía de ninguna de mis muchas devociones. No sé si acabaré creyendo. Ni el nombre sé decir, madre mía. Deberían cerrar los suecos el kiosko. O hacerlo oficina de compensaciones históricas. El próximo año seguro que va a Latinoamérica. Por nivelar. Novelar no, ojo: nivelar.
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