5.8.19

El rumor lento de la vida

Está bien eso de no entrar adonde a uno no lo llaman salvo que, animado por la curiosidad, se ignoren los protocolos de la convivencia, las reglas del civismo y la bendita urbanidad. Ninguna de estos contratos (algunos tácitos, otros legislados) de la sociedad impide que uno hocique en casa ajena, olisquee, haga un tour fugaz por el mobiliario y salga más contento que un caracol en un espejo, inventariando las cosas aprendidas. Algunas de ellas caerán en el olvido, por irrelevantes, por incomprendidas, pero otras endulzarán conversaciones, animarán tertulias, impedirán que no estemos callados, tan solo escuchando, sin meter el cuchillo en la hogaza de pan recién acanalada. Lo que importa es posicionarse, convenir un argumento con el que rebatir los contrarios, amarrarse a una columna y evitar que nos zarandee y nos arrumbe el viento. La mía es una de humo. Más de humo que de piedra. Mejor así. No porque sea volandera mi manera de pensar y hoy comulgue con papistas y mañana me acueste con impíos. En la incertidumbre se vive mejor. Es dulce la mirada cuando es novicia. Es más creativa la fugacidad que la inmanencia. Lo único a lo que podemos aspirar en la defensa hostil de nuestros principios es a perder la bendita posiblidad de entender los de los demás. Y de verdad que hay ocasiones en que los criterios ajenos cansan más de lo que uno podría soportar, pero más soportó Giordano Bruno y con más empeño lo quemaron. De todas formas, nada verdaderamente claro tampoco hoy. El día transcurre con absoluto rigor. Las mismas plazas ocupadas. Los mismos tenebristas comentarios sobre el futuro de la raza. La misma ventana desde la que observar el inamovible paisaje. Es una foto fija. Es una composición. La ventana es un privilegiado observatorio y el que se acomoda en su alféizar es un espectador al que se le permitió contemplar el rodaje de la trama. Porque igual todo es una película y no sabemos qué papel desempeñamos. Nadie nos lo contó. Solo nos arrojaron a la escena. Ni un mal libreto. Ni una línea de texto. Ni un ensayo breve antes de poner el pie en el escenario. Solo el temblor de no saber y el deseo firme de que no se sufra en demasía. Tan solo eso. La fugacidad del aire. El rumor lento de la vida. Como si contara para algo el diálogo con los otros y la obra se representase a la vista de todos.

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