2.8.19

Dolor y gloria II




Hay veces en que uno tiene que ajustar cuentas consigo mismo. No siempre se encuentra el tono, no es fácil dar con el hilo desde el que partir o afinar para que la empresa no se despeñe y arruine. En trabajos en los que se acude a lo más íntimo se suele acudir a la autocomplacencia. La memoria no siempre nos entrega el material sensible más idóneo, a veces lo corrompe, lo adapta a las circunstancias, lo reescribe para que no nos dañe en demasía o no nos avergüence más de lo necesario. Tampoco se sabe bien a quién entregar esa introspección privada, si alguien estará interesado en saber lo ajeno, en si lo contado exhibirá algún tipo de belleza o podría ser útil a alguien. Son muy laberínticos los caminos de la literatura. La de Almodóvar en Dolor y gloria, su última y modesta y estupenda película, es una literatura sentimental, nunca ha dejado de usar las emociones, ninguna de sus muchas obras (algunas muy afortunadas, otras absolutamente sacrificables) prescinde de ese volcado apasionado de su arrolladora personalidad. Lo que sucede en Dolor y gloria es que el manchego la ordena, le pone brida al desborde (sus excesos son lo que las más de las veces lo matan creativamente y, al tiempo, lo que lo salvan y elevan al parnaso de los autores de culto) y acaba filmando una historia singularísima, que no cuenta casi nada nuevo, hay brochazos geniales y partes más pretenciosas, pero el final es maravilloso, satisface a quien sabe qué va a ver y al desavisado, que tiene la oportunidad de entrar en el universo del autor en hora y media de confesiones y de vicios.

Dolor y gloria habla del cuerpo. El cuerpo como eje sobre el que la vida se va narrando a sí misma, ocupándose en avanzar y en brillar cuando la gloria la abraza y en detenerse cuando el dolor la atenaza. Almodóvar se mira en el espejo y cuenta lo que ve, lo sublima, se esmera en componer una semblanza antológica, narra con mesura (he ahí una novedad, Almodóvar no es amigo de medianías) la biografía de esa especie de yo escindido, el Salvador Mallo protagonista, sin abandonar las contradicciones, el peso del placer sobre la obligación del sacrificio, que ha sido siempre un patrón en sus películas y que aquí se plantea con la fluidez, muy elocuentemente, sin que parezca que falte o sobre nada, lo cual es un mérito si lo contado es una vida, con todo lo extraordinario y maravilloso y penoso que tiene una vida, más si es quien la vive el que la desbroza y expone. Lo hace abriéndose en canal, sin sangrar, pero exhibiendo las tripas, las más dolorosas de ver y también, más de pasada, las afiliadas al éxito, que es efímero y puede perderse en el rumor de la rutina, como bien traduce Mallo cuando se ofrece solo, perdido en un piso vestido a medida, concebido como una extensión prodigiosa de sí mismo.

Dolor y gloria es una película de una tristeza contenida. Conmueve porque glosa una historia de lo que somos como país. Sólo basta fijarse en el pasado rural del autor siendo niño y más tarde (casi inadvertidamente, es milagroso el modo en que Almodóvar transita de una época a otra) en la sociedad de ahora, ocupada su cultura en adaptarse a la banda ancha, más leal al pasado (hay reposiciones de viejas películas del director protagonista) que al azaroso y voladizo presente. También esclarece qué es de un autor cuando la inspiración le abandona, a pesar de que la anhele y sufra (ese es el dolor principal, no el físico, sino el intelectual, el de la creatividad) y todo lo concentre en el anhelado regreso del trabajo y del vértigo de la creación. Porque Dolor y gloria, más que otra cosa, es un poema enorme sobre el sufrimiento del artista. Cuanto más dolor siente, más entiende que únicamente la gloria podrá sanarlo. De ahí que sienta en el alma la ausencia de esa voluntad, la de escribir nuevamente, y festeje cualquier indicio de que regrese. Hay que escribir para sentir más adentro el mensaje de la película. Y escribir es una dolencia, una más. Cuanto más escribe uno, a pesar de que lacere a veces y cueste y haya que pensar en abandonar, por salud, por no perder la cabeza enteramente, más desea dejar de hacerlo, no caer en esa trampa, la de la rutina. No siempre está a mano el numen, no podemos aprehenderlo a capricho, desear que esté y ver cómo acude, solicitar su ayuda y sentirla cerca y nuestra.


1 comentario:

JLO dijo...

puro sentimiento, me costó dejar de pensarla esa noche luego del cine... no veo la hora de que pase el tiempo para volver a reveerla a ver que me sucede, esperando la misma reacción quizá...

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