Vivimos para escuchar historias. Es la ficción la que invita a pasearnos por los días y por las noches. No hay día en el que no sintamos el prodigio puro de la literatura. Da igual que sea escrita o que la percibamos oralmente. Importa escasamente que uno sea el que la recibe o que tenga la generosidad de entregarla. El escritor es, por encima de todo, una criatura hecha de generosidad. Porque las historias están ahí. Solo falta la voluntad que las hilvana y el genio, donde lo haya, que la engalane y la convierta en un cuento. Somos los cuentos que nos han ido contando. Somos el elefante arrodillado delante del niño, que lee. Las palabras salvarán al mundo. Si las mimamos, no tendremos que tener miedo. Quienes las ignoran, todos los que no piensan en ellas, serán los que no sean salvados. Esa es la salvación a la que deberíamos inclinar toda nuestra voluntad. La literatura viene a ser el espacio logrado entre las cosas propias de la rutina y las altas cimas de la belleza. Digamos que todo lo que hay entre la mantequilla caducada y los templos griegos (Tizón echa aquí mano de Virginia Woolf y cita Al faro). O la banalidad de un estornudo y la trascendencia (animal y también estética e intelectual) de un orgasmo.
25.8.19
Esta noche seré un elefante
Vivimos para escuchar historias. Es la ficción la que invita a pasearnos por los días y por las noches. No hay día en el que no sintamos el prodigio puro de la literatura. Da igual que sea escrita o que la percibamos oralmente. Importa escasamente que uno sea el que la recibe o que tenga la generosidad de entregarla. El escritor es, por encima de todo, una criatura hecha de generosidad. Porque las historias están ahí. Solo falta la voluntad que las hilvana y el genio, donde lo haya, que la engalane y la convierta en un cuento. Somos los cuentos que nos han ido contando. Somos el elefante arrodillado delante del niño, que lee. Las palabras salvarán al mundo. Si las mimamos, no tendremos que tener miedo. Quienes las ignoran, todos los que no piensan en ellas, serán los que no sean salvados. Esa es la salvación a la que deberíamos inclinar toda nuestra voluntad. La literatura viene a ser el espacio logrado entre las cosas propias de la rutina y las altas cimas de la belleza. Digamos que todo lo que hay entre la mantequilla caducada y los templos griegos (Tizón echa aquí mano de Virginia Woolf y cita Al faro). O la banalidad de un estornudo y la trascendencia (animal y también estética e intelectual) de un orgasmo.
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