12.3.18

Siria / 2



No sé si está lo suficientemente estudiado, pero hay un momento en que nos estropeamos. Yo creo que no es un proceso paulatino, no es un ir avanzando hacia el mal y una concreción posterior, llamemos de asentamiento, en la que esa maldad se aposenta o se acuartela dentro. Cada uno se malea a su manera, pero hay un episodio personal que nos empuja con más determinación, que asegura más enfáticamente el descenso al mal. Porque somos malos. Lo es esa mujer terrible que llevaba un niño muerto en el maletero de su coche y lo es el soldado (cualquier soldado en cualquier guerra) cuando dispara su fusil o lanza sus bombas a sabiendas de la destrucción que causará, pero aún así la calle volverá a ver revolotear niños haciendo juegos de niños. Algunos incluso podrán jugar a la guerra. De hecho es lo que hacen. Imitan lo que ven, hacen lo que ven hacer a sus mayores, mueren de mentira por si después una bala accidental o adrede o una bomba los mata de verdad. Hay muchas muertes en una guerra. Las hay ficticias, como de ensayo. Las hay fiables, sin retorno, oscuras y dramáticas, inapelables y tristísimas. Lo malo de contar una guerra sin haber estado en ninguna es que no hay quien te crea. Es muy importante la verosimilitud, la percepción de que sabes de lo que hablas, la creencia de que te afecta lo que escribes. Quienes vivimos en una sociedad sin guerras, asistimos a las ajenas con la fascinación del incrédulo. Como la guerra nunca es sutil, no hay periferia, no existe un relato introductorio, no puedes hacerte una idea de cómo funciona. De ahí que nos duelan las imágenes con la que nos surten los medios: duelen porque no hemos formado parte de ellas, duelen porque no estamos haciendo nada para evitar que sucedan. Sólo los niños campan a lo suyo, idean sus juegos, ignoran (o creemos que ignoran) el paisaje en el que inventan el mundo y unos mueren de mentira y otros, cuando toca morir, de verdad.

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