7.10.19
Palabras que no sabremos
Si no hay paños de por medio, la palabra tundir y la palabra palo van de la mano, se entienden. Leí algo sobre un hombre que fue tundido a palos. Me incomodó la imagen, me perturbó el hecho de que un ser humano apalee a otro, pero sentí un gustillo fantástico al escuchar el verbo tundir. Hay palabras de las que no se tienen noticias recientes, a las que no se les concede aprecio ajeno y no se escuchan o que uno aparta, por temor a que no se comprendan o no cuadren en lo contado y que, sin embargo, una vez soltadas, confortan, dan ese placer que sólo está al alcance de quien ama el lenguaje. No se le ama, no al menos como antaño. He escuchado a gente mayor utilizando palabras de una hermosura inasequible a cualquier jovenzuelo con títulos, incluso leído y sensible. De uno de esos abuelillos recibí el regalo de la palabra embolicar o embolicarse, vocablo de uso más extendido en Murcia y en Aragón (eso dice el diccionario) y que no es infrecuente en Andalucía. El sentido de ese embolicarse era cercano al original de embrollar o de enredar, hasta envolver. Venía a contar el apasionamiento que un muchacho tenía a las maquinitas. "Está embolicao", sentenció el anciano. No he vuelto a escucharla y no tengo la seguridad que vuelva a hacerlo. Se perderán si no se usan, no hay mucho que añadir a esa reflexión. Pienso en la de palabras que ya no usamos y sólo están a disposición de lexicógrafos o de curiosos o de nostálgicos. Me he embolicado, ya se ve. La moribundia de las palabras es responsabilidad nuestra, que rehusamos su manejo y las apartamos, apestadas, dueños de su destino. Es así, somos dueños de lo que decimos. Para bien o para mal, las palabras son pertenencia nuestra, ocupación interesada o desinteresada. Nos embolicamos con ellos o las tundimos a palos hasta que las acoge el olvido y se pierden como aquellas lágrimas en la lluvia, en fin...
4.10.19
La procesión de una vagina
No siempre sabe uno hacerse oír, darse a conocer, asegurarse de que otro sabe qué opina o cómo piensa. Tal vez ni siquiera haga falta esa especie de transmisión, hay quien se cuida en no darse, en evitar que se sepa nada suyo, salvo lo que no compromete. Está el compromiso muy a la baja en estos tiempos, se prefiere pasar desapercibido, escuchar sin responder, sin dar nada a cambio, sin retratarse. No todos, por fortuna, actúan así. Hay quien, al contrario, desea exhibirse, que se le conozca, para beneficio o perjuicio suyo, por el admirable deseo de participar en la convivencia plural, asunto no siempre sencillo. La manera con la que cada cual cuenta para difundir esa voluntad, la de expresarse, muy resumidamente expresado, no debiera ser motivo de delito, salvo que incurra en menoscabar la dignidad de quien le escucha o vulnere alguno de sus derechos. Hasta ahí nada que corregir ni que aclarar. Uno puede salir a la calle con una pancarta en la que exponga su amor a los insectos, su devoción por la Virgen María (en cualquiera de sus acepciones locales, ninguna excluyente de otra, he ahí un poderoso milagro) o su afición a un equipo de fútbol. Entra lo punible al desalojar la dignidad ajena, la ofensa, conceptos los dos que requieren leyes y sujetos que las respeten. No se me ocurre que funcione el libre albedrío, la decisión propia, la que festeja la libertad de quien la ejerce y vulnera la de otro, las más de las veces de modo brusco y casi siempre malintencionada y dañinamente. Sacar una procesión con un órgano sexual (importa poco el género) no es una proclama limpia, por cuanto usa protocolos e instrumentos que no le pertenecen: en este caso la liturgia cristiana consistente en sacar a la calle imágenes. Esa carga simbólica es de naturaleza religiosa, no es lícito (otro concepto jurídico o moral, a veces caminan juntos) que se apropie de ella un colectivo laico y no hay (no puede haber) procesiones laicas, que manejen el imaginario de la fe con intenciones contrarias a su doctrinas. El problema (uno de ellos) es que hay mucha gana de bronca, se ve a diario, va a más, no se advierte que haya intención en unos o en otros de reducir el nivel de gresca. Estaría bien que nos tuviésemos un poco más de respeto. Eso es cosa de los dos bandos, si es que hay dos y están en liza. Reivindicar los derechos sexuales de las mujeres es un imperativo social; más aún en estos tiempos difíciles en los que la mujer gana terreno en muchos sectores y ámbitos de la sociedad (por fortuna, por derecho también) y los pierde en otros a manos de parejas que ya no lo son. De hecho, es más efectiva la manifestación cuanto más educada sea, cuanto menos (ojalá nada) insulte o denigre. Por otro lado, al pesar la experiencia, tomada como rasero, hay quien no condesciende a actuar de buena fe y acude al desvarío y se excede, así que saca la vagina a la calle y la engalana y la toma como si fuese un símbolo de una religión, la suya, que no es religión tal ni se puede concebir como tal, sino otra cosa que funciona a otro nivel y no debe mezclarse con las inclinaciones espirituales de los demás, a las que no hay que menoscabar, ni poner en entredicho. Nada más privado que la fe, lo dice alguien que no la tiene. No es esa ausencia un obstáculo para estar convencido de la legitimidad de la fe ajena, de su raigambre y su ascendencia. Podemos no ser cristianos, pero no podemos soslayar el hecho de que la sociedad lo es en una amplia mayoría. Convivir es, en parte, consentir que nuestro sentir no sea compartido con los demás, que sea respetado y no se haga de él chanza o mofa. Estamos en una época difícil y vamos a una época más difícil todavía.
Omito la fotografía de la vagina insumisa, vaya a ser que el facebook me la censure, no hay necesidad de difundirla, se sabe en qué consiste.
Omito la fotografía de la vagina insumisa, vaya a ser que el facebook me la censure, no hay necesidad de difundirla, se sabe en qué consiste.
2.10.19
Con Woody Allen
Dice Woody Allen en la estupenda entrevista que le hacen en El País Semanal que la nostalgia es una trampa seductora en la que se cae con frecuencia, pero hay que tener cuidado con ella: a veces se pone levantisca, se envalentona, hace que la realidad flaquee, se entumezca, no prospere, se anquilose, pierda fuelle, se enmohezca y acabe reculando, perdiéndose atrás, donde las cosas que se arrumban, en el incipiente y agresivo olvido.
Tengo de Woody Allen esa idea, la del amor a la nostalgia. Tal vez sea el jazz al que no renuncia o esa querencia suya a que sus personajes transiten sin que importe demasiado la época en la que están. Son como arquetipos (de Chéjov, de Shakespeare, de la tragicomedia griega, de Bergman, en fin, todas su debilidades culturales) que pasean sus fobias y sus quebrantos en Nueva York en un día de lluvia o en París en los vertiginosos y felices años veinte. Me ha gustado ver a Woody Allen en la portada del suplemento del periódico hoy domingo. Le tengo a sus películas (no a todas, hace muchas, algunas son prescindibles) un amor fiel que no podrá arruinarse por mucho que le hurguen y hociquen en su vida privada, en si coqueteó con la pedofilia doméstica (asunto llevado a tribunales y fallado a favor suyo) o si de puertas adentro su persona no tiene nada que ver con el personaje que se desprende de su copiosa y sincera y exhibicionista filmografía. Es de los pocos creadores que se dedica a contar a los demás lo que va encontrando a sus adentros o, dicho de otra manera, es uno de esos escasísimos directores que poseen una huella fiable y muy reconocible, de modo que si ves una escena o escuchas un diálogo percibes su aliento y concluyes que es obra de Allen o tributo de otro, que ha copiado el patrón y el ritmo, las palabras y el ambiente.
Incurrimos en el error de confundir a quien escribe con el escritor, al ser humano con el creador. En el caso de Allen, no soy capaz de censurar, no tengo todas las pruebas incriminatorias, aunque la prensa se esmere en volcar las más llamativas, que no son siempre pruebas en sí, sino acusaciones, rumores, sentencias sobre un hecho todavía no condenado, con lo peligroso que es dejarse llevar por lo que otro acusa, por el difunde el rumor o alienta la comidilla, sin que medie una resolución judicial, sin que se arbitre un proceso que pese y evalúe las circunstancias y los hechos, cosa que no ha sucedido con Woody Allen, aunque esté en la picota y lo hayan convertido en un apestado. Está en el banquillo de los proscritos, que es un lugar público que no necesita juez con toga, ni letrados, tan sólo cunde el rumor, únicamente prospera la gangrena de sus palabras. No hay nada que añadir a esa tropelía, la de la defunción pública. Tal vez uno no tenga más remedio que dudar y plantearse si podrá ver una película suya sin separar lo privado de lo público, lo íntimo de lo universal.
El arte está fuera de la vida, debe estar fuera de ella, no tiene nada que ver con ella, no se pliega a su discurso. La ficción es un territorio al que no se le debe atribuir la moralidad de lo real. Nabokov escribió Lolita y no extraer de su lectura que contase una experiencia personal, por más que se pusiera en la piel del libidinoso Humbert Humbert y lo creara con esa formidable profundidad. Si descubriéramos una pintura portentosa del criminal de guerra más desalmado (en el supuesto de que el ejercicio del mal le dejara tiempo para pintar o que su sensibilidad tuviera una brizna de devoción por la belleza) o si leyésemos un texto sobresaliente de un asesino confeso o de un violador reconocido, ¿sabríamos deslindar el autor de la obra que nos entrega? ¿Se podría prescindir de cualquier nota biográfica del autor? ¿Permitiríamos que Neruda ocupe nuestro aliento poético cuando sabemos con seguridad que forzó a una muchacha - lo escribe en Confieso que he vivido- o que Polanski hizo tres cuarto de lo mismo, por no contar a la extensa (ay) nómina de actores o escritores o tenores que tuvieron la misma insana y delictiva debilidad? Así censuraríamos una cantidad notable de creadores según el vuelo moral de la sociedad que los enjuicia.
No dejaría de leer a Borges por más que se me ilustre y yo comprenda lo inadecuado de sus ideas políticas: “La democracia es el abuso de la estadística”. No entraría en mis planes dejar de leer a Celine o a Pla, que no fueron virtuosos en su vida privada, quién lo es; vida que no me incumbe, por cierto: sí su talento y la restitución de su inteligencia o de su sensibilidad. Lo de Allen es pasto de tertulias, bien o mal intencionadas. Allá cada cual con el catón que lleva dentro. Que la justicia los encause y condene: yo me reservo el derecho de la admiración y el respeto por su trabajo, no otro, ningún otro respeto, por supuesto ahí está exento (excluido, extirpado) el respeto a la persona, que no está en el autor, que no es parte suya. Que otros apliquen los instrumentos de sanción que convengan: yo me esmeraré en diferenciar al yo que crea del otro, el que sale a comprar el pan y pasea las avenidas y da de comer al monstruo interior, si es que lo hay. Luego sabré compartir la indignación y la repulsa y comprenderé que sus vidas se extraviaron, pero esa desviación no truncó el talento.
28.9.19
Vivir
Cuesta no venirse abajo. También a veces aguantar cuando se está arriba. Consiente uno el cuadro intermedio, esa pequeña felicidad de no aspirar a una felicidad mayor, que no siempre se gestiona con oficio y acaba pasando factura. He sido feliz, lo soy hoy a poco que lo pienso y me cuadra que seré feliz en tiempos venideros. No hay más que roer. En cuanto cuaja el anhelo del placer, eso acaece pronto, ya no se puede dar marcha atrás. No existe el mecanismo que restituye la bondad de un instante perfecto o la suma de algunos instantes. A lo sumo, cuando irrumpe uno nuevo, lo comparamos con los conocidos, le damos la bienvenida y procedemos a buscarlo. De ahí que convenga un poco de asombro. Es el asombro el que lo limpia todo. Es su seducción la que nos mantiene alerta y vivos. Es un error creer que está todo hecho y tenemos convicciones sólidas, de las firmes e inconmovibles. Debiera uno no tener certezas, salvo algunas muy fundamentales (el amor que entrega o el que recibe) y ni siquiera ese está en garantía.
La pedagogía de la felicidad es la única asignatura del alma, pero no acaba nunca su instrucción ni se tienen de ella los marcadores y los instrumentos. Es mejor no tener esa propiedad. Se vive mejor en el aprendizaje. Hace un tiempo que tengo verdadera preocupación por saber manejarme en estos asuntos. Me aplico con esmero, me entrego con ahínco, pero ando en zozobra, vuelco y caigo y me animo a ponerme en pie. Así hará el resto, supongo, tenga o no voluntad de pensar tanto las cosas y buscar un resultado satisfactoria de la pesquisa. O no hay logro estable, está bien que no lo haya, es mejor que andemos a ciegas, es buena la incertidumbre, es hermosa la búsqueda. Basta la adquisición (lenta, premiosa) de algunas rutinas.
La de ahora en una calle de Puente Genil, escribiendo en el móvil, interrumpiendo la escritura si algo la distrae. Una mujer con un carrito enorme de compra. Una muchacha bebiendo una lata de medio litro de bebida energética (se le desbocará el corazón, se le descompondrá el orden de sus emociones). Un coche parado en la vía más de la cuenta y unos cuantos apremiándolo para que circule. Pasa un hombre de edad avanzada con una camiseta de Guns n’ Roses. Otro lo para. Conversan del partido de hoy. Lo verán en un bar. Movistar es muy caro. No llegues tarde, sentencia uno. Un imponente Jaguar con música flamenca a tope tiene un faro roto. Luego tomaremos una cerveza, volveremos a casa, tendremos la certeza (hay que guardar algunas) de que el mundo sigue girando y nosotros estamos dentro. Cuesta no ceñirse a un plan. Se pierde a veces un tiempo precioso diseñándolos. Cuesta no derrumbarse, pero incluso caer es parte del guion y la escritura es la que uno decide. Me afinco en mis palabras. Ellas me acompañan y tutelan. En ocasiones solo me entiendo cuando escribo.
27.9.19
22.9.19
El camino
A mis amigos extores, ellos saben, Joaquín y Jesús.
Me gusta pensar en caminos que no necesito andar para que me conforten. Basta saber que vienen de un sitio y van a otro. Hay vidas que son como caminos de los que no sabemos nada e incluso nada necesitamos saber, salvo que alguien las transita a diario y conducen a otras vidas que con mayor o menor frecuencia se entrelazan con la nuestra o la tocan adrede o sin vocación de roce. Todo está así hermosamente trenzado. La belleza lo impregna todo, su carta de navegación tiene todos los atajos, prevé todas las incidencias, gobierna todo el azar y todo su maravilloso prodigio de milagros. No sabemos quién dibuja o escribe, la mano invisible, el arquitecto en la sombra, el hacedor secreto. No sabemos dónde empieza el camino, el lugar en donde se transubstancia en otro. Ese es el mejor verso del poema, el que no podemos leer.
20.9.19
Antes de que mi boca sea un páramo yerto
Para Antonio Sánchez Huertas, que ama también a Beverly Marsh
Anoche soñé que Stephen King me contaba el secreto del escritor total. No uno que únicamente manuscriba a diario un par de folios limpios y corregidos de una novela en la que ande metido, ni siquiera uno que mantenga a flote un blog y ahí vuelque sus libranza con la realidad, la dura y la blanda, la que duele y la que conforta. Tampoco el escritor ocasional, imagino que hay muchos: uno de esos que cae en la cuenta de que hace días que no escribe nada y se sienta en su butaca favorita y echa a respirar el pulmón de las palabras. Ninguno de esos es de los que Stephen King me hablaba. Los dos sabíamos cuál era el escritor total, a qué dura labranza se enfrentaba, qué debía sacrificar para satisfacer la llamada de las letras, que no se sabe bien de dónde procede, ni cuando acude y qué batalla libra con quien la escucha. Hoy, al despertarme, poco después de preparar el café y esperar que humee y poder servirlo, me he abalanzado al ordenador con la fiereza del que desea probar un objeto mágico, por ver si la maquinaria íntima de sus engranajes funciona y la luz torna sombra si lo agitamos o las palabras exactas brotan de nuestra boca cuando se precisan, como si fuese otro el que nos las arrimara al pronunciarlas. No me he convencido del todo del fracaso, pero me da que tardaré poco en cerciorarme plenamente de esa certidumbre. Tengo otras. Las cojo y las desecho según la necesidad que me acucia. La de escribir es una de las que no debería producir desconsuelo. No es una necesidad en sí, no flaquea la salud si no se ejerce, tampoco se mejora cuando se procura su uso, pero el veneno de las letras, una vez inoculado, cuando corre por ahí adentro, lo emponzoña todo, lo impregna todo. Estaré alerta por si de pronto recuerdo con nitidez lo que me dijo Stephen King anoche, en un sueño del que ahora sólo transcribo retazos, pequeños grumos, polvo de ese limbo oscuro. Algún día, quién sabe cuándo, tendré una iluminación, se dice así; tendré una epifanía de las que duran después y no se comban ni se pudren. Esa epifanía me traerá las palabras del maestro y yo sabré entonces cómo ser el escritor total, el que no tenga desfallecimiento y sepa que ha venido al mundo a dejar esa huella junto con otras, pero la huella de la escritura es hermosa y hay que aprovecharla si sabes que tienes ese vicio y va contigo y habla contigo y te escucha cuando duermes. Bendito Stephen King en mis sueños, bendita su voz clara de escritor sin desmayo. Yo aspiro a escribir menos, no puedo igualarle, tal vez ni asomarme a una porción pequeña de su elocuencia y de su prolijidad, pero yo quiero seguir escribiendo, no quiero que me venza el desánimo, no quiero que un día no sepa qué decir y mi boca sea un páramo yerto. Es un bonito título para una novela. "Antes de que mi boca sea un páramo yerto". Me lo pido. Ya lo tengo. Es mío. Ya tengo mi iluminación del viernes. Gracias, Stephen. Te espero esta noche en un sueño. Ojalá vengas y me confortes y me ilumines.
19.9.19
Érase una vez... en Hollywood
1
Hay que faltar a la verdad de vez cuando, hacer que la ficción manifieste su policromada cadena de causas y de consecuencias. El autor de esa trama esclarece las partes oscuras o las sublima: las convierte en literatura. Tarantino, además de cineasta, uno de los más grandes, es escritor. No siempre se dan esos dos perfiles del talento creativo, el de dirigir y el de escribir. Ambas actividades corren parejas en él, toma una de otra. Sus piezas son teatrales, prima la conversación, prestigia el diálogo, donde es un maestro. Hay en sus películas personajes que trascienden el evidente curso de la historia, alcanzando un aura mítica, idílica. Son, por decirlo sin más adorno, arquetipos, piezas desgajadas de la personalidad arrolladora de su demiurgo. Así que coge a Rick Dalton y lo enfrenta a sí mismo, hace que piense en qué ha sido de su aureola de actor grande, famoso, todo eso, si merece la pena seguir en la brecha en películas menores en donde hace de malo continuamente (un villano con pocos matices, al que al final siempre abaten, lo cual es una rebaja moral, un desprecio) y al que nadie va a recordar, por añadidura. Lo vemos en casa,en la intimidad que nadie ve, salvo el espectador, en su butaca, el voyeur perfecto, preparándose un cocktail y recitando las frases que luego debe declamar en los estudios, cuando digan acción. Más tarde en su caravana, tras haberla pifiado en un rodaje, lamentándose, conminándose a no beber más y tener la cabeza despejada. También en la piscina de su chalet a las afueras, muy plácidamente sentado en una colchoneta, tomándose un whisky y declamando, poniéndose en situación, trabajando antes de trabajar de verdad. Como si fuese su primer papel y tuviese que demostrar a todo el mundo que está en disposición de zampárselo. En cierto modo, Érase una vez en Hollywood habla del fracaso o de la posibilidad de levantarse una vez que uno ha caído o ha sido derribado, nunca sabremos qué hizo a Rick venirse abajo. También habla de la esperanza, aunque aparezca al final (nada de spoilers) y como casi siempre por una casualidad, por esa cadena causas y de azares y de consecuencias de las que cosas que nos rodean y de las que no tenemos gobierno. Rick Dalton y Cliff Booth (asombrosos Di Caprio y Pitt) acometen la aventura de adaptarse a un mundo que declina. Ya no son estrellas, una a la luz y otra en la sombra, ni tienen conciencia de que su trabajo está a la altura de antaño. Son fantasmas en una industria que avanza más rápido que ellos.
2
Tarantino ha ajustado cuentas con el western, con la blaxpoitation, con el grindhouse, con el noir, con las artes marciales o con el cine bélico. Su cine proviene de las galerías de videoclubs y no ha salido de ese marco de referencia. Tampoco en Érase una vez en Hollywood, su novena entrega. Sumergido en esa rendición cinéfila, era cosa de tiempo que facturara una cinta que se ocupara del cine, donde cuajará la melancolía de los años gloriosos, cuando no existía el streaming, cuando la pantalla grande era el único santuario y el templo más fiable. Ahí creció el niño enamorado de la literatura pulp, de la serie B y de toda la música impregnada en ese torrencial equipaje de vivencias. Porque la ficción puede cancelar la realidad y confirmar una realidad alternativa, elegida adrede, mimada en soledad, festejada en la soledad y compartida después. Ese es el cometido esencial del arte.
3
Se puede hacer una historia sin que haya historia alguna o, en todo caso, componiendo un mural con decenas de historias que ni siquiera tienen que ensamblar, lo cual es legítimo si lo que se cuenta (siempre hay un relato, el relato es una instancia superior a la trama) hurga en las emociones, en la memoria. Érase una vez en Hollywood es una película sin historia, no le hace falta, documenta una manera de vivir, ausculta una sociedad concreta, registra las vidas de unos personajes que evocan una época, más que otra cosa. Es redentora también, una especie de tributo, un documental que no lo es, una deconstrucción heroica de un mundo en el que los héroes encuentran su fracturas y piensan en ellas y se duelen por dentro. Se permite contar la historia que todos sabemos (Charles Manson, Sharon Tate, Helter Skelter, etc) del modo en que podría haber sido. Omite la parte cruenta, la registrada, aunque monta una en paralelo, esa digresión violenta que tanto le gusta. Tarantino se concede la facultad de describir un mundo en decadencia, el del cine de los últimos sesenta, antes de que otro Hollywood, no necesariamente peor, ni menos brillante, pero despojado de casi cualquier atisbo de impostura, a salvo aún del arrimo tecnológico. El documentalismo de la película es de una intimidad que desconcierta. Podría durar cinco horas más, pero sin que se tocase una brizna de su esplendoroso (poético y sublime) final. Ahí uno se reconcilia con la fábrica de sueños que es el cine. Da igual la morralla que a veces uno se trague (hay necesidades confesables; otras, no) o la cantidad de tiempo que haga que no ve una verdadera obra maestra. Importa ese dedo que toca tu corazón y te hace sentir de nuevo.
4
Una de los placeres de escribir es el de no saber qué hay más allá, ni siquiera si ese territorio nos pertenece y tenemos gobierno sobre él, aunque dependa de nosotros, los que escribimos, aunque se colija que no es de nadie más, salvo (tal vez) el lector, que aporta un instrumento externo. Por eso es bueno que el espectador (en este caso) sepa que la casa en la que comienza la historia, la de la estrella en horas bajas Rick Dalton, está justo a la vera de la de Polanski, en Cielo Drive. A partir de ahí hay que abrir mucho los ojos y estar alerta porque Tarantino empieza a disparar balas de memoria; no recurre a su largo discurrir digresivo, prescinde en parte de esa habilidad suya para que las palabras dancen a su antojadizo vuelo y escriban la trama sin tener a veces que contar nada. Porque hay diálogos de Tarantino que no salen de ningún sitio ni van a ningún otro. Él mismo (Tarantino) se retrata en la cinta: construye una imagen de sí mismo, del yo igual a otros que crecieron imbuidos en un tipo muy particular de iconografía cinematográfica y en un tipo muy particular también de banda sonora. Todo su cine es una rendición a esos patrones, un homenaje continuado a su memoria.
5
Hay un convencimiento entre quienes amamos el cine que no admite discusión. Se puede aplicar a la literatura sin que se rebaje uno solo de los argumentos aportados. Las dos disciplinas privilegian las historias. También se puede añadir otro: el de la manera en que se cuentan. El buen y la buena literatura pueden escoger argumentos pequeños y hacer que todo fluya y hermosee. Grandes historias se malogran por no encontrar conducto fiable a través del que contarla. Tarantino (a decir de los que lo amamos y de quienes no) es un buen contador de historias, aunque todos (unos y otros) aceptemos que le encanta escucharse a sí mismo. Érase una vez.. es una pequeña obra maestra. Es cine contado por un amante del cine. No siempre ocurre. Hay que amar a Tarantino. Es un genio. Además sabe mucho. Hay gente del cine que ama el cine (Scorsese, se me ocurre ahora) y gente que trabaja en él y lo hace con dignidad y oficio. Tarantino es un obrero concienzudo. Escuché que dejaría de hacer películas. No creo que mienta. Me lo imagino viendo cine. Ya está. Solo eso.
11.9.19
Playas vírgenes
(Tom Gauld)
A veces no cuenta ponerse a la gresca, hacer ver a los demás quién es uno, a qué se enfrentan, hasta dónde es capaz de llegar y toda esa trama de frases con las que hacemos frente a la realidad (tan levantisca en ocasiones) y de las que nos valemos (mal casi siempre) para evitar que nos aparten o nos pisen o nos ninguneen, cosa que no sucede tantas veces como pensamos. La opción generosa (la que irradia bondad y armonía y todas esas palabras dulces que llenan los libros de autoayuda) es la de no envalentonarse con nadie, no caer en la provocación o, caso de que se nos empuje a ella, zafarnos de su veneno, no hacer ver que estamos preocupados o enfadados o coléricos. El verbo que siempre escuché es "montar en cólera". Como si fuese una especie de caballo salvaje que nos zarandeara y no tuviésemos gobierno de nuestro cuerpo: así es la cólera. Alguna vez hemos sido jinetes en esa grupa, la de la cólera, no sé si muchas veces, pero no ha llevado a ningún sitio, salvo al suelo por obra de las maniobras del caballo. Tampoco se tiene conciencia precisa de que la bondad abra todas las puertas y nos conduzca al bienestar al que anhelamos. Lo ideal es hacer como esos bañistas que ocupan la playa, esa muchedumbre de la viñeta del estupendo Tom Gauld. Vamos, estamos, regresamos. Son las mismas cosas las que hacemos, si se mira en detalle escuchamos las mismas consignas, poseemos los mismos gustos y compartimos las mismas representaciones de esas consignas y de esos gustos.
Convivir es el otro verbo del que se me ocurre que podríamos hablar. No sabemos convivir, no se nos instruye con eficacia, incluso pareciera que es la pedagogía inversa la que opera con nosotros: la de enseñarnos a buscar un pedacito de playa en donde poner la toalla y defender ese territorio con todos los medios a nuestro alcance. Son cosas que hemos visto. Se puede matar al vecino de arena si nos coloca la sombrilla demasiado cerca. Hay quien se enciende por menos. En realidad no es el hecho fortuito y un poco intrascendente de la sombrilla clavada en donde no se debe en apariencia, son más cosas, es mayor el daño y la sombrilla lo que hace es romper la tela en donde uno va guardando todas los enfados y todas las injusticias que se cometen a costa nuestra, las de verdad (algunas habrá) y las supuestas, las insostenibles..
Luego hay otro argumento que podría aducirse para abrir el campo teórico de esta reflexión. Me pregunto por qué todos tenemos que ir a la playa. Incluso a la misma playa. La idea que ronda la imagen de Gauld es la utopía invisible (a lo visto) de que tengamos aficiones diferentes y seamos personas diferentes, pero somos iguales, hacemos las mismas cosas y vamos a los mismos sitios. Tenemos esa inclinación perversa en el fondo de no tener iniciativa propia, por si no cuadra con lo esperado o por si no tiene comentarios en trip advisor, ese fantasma del turismo que nos estandariza y nos mueve a frecuentar unos lugares y no otros. Estamos a expensas de un logaritmo. Vas a la playa y aunque no te des cuenta es un logaritmo el que ha tenido parte en tu decisión, unas veces más, otras menos, pero siempre hay algo, una rémora binaria, una especie de fantasma de la máquina. Es mejor convivir en la diferencia, no en lo que nos hace idénticos. Tal vez monte uno menos en cólera si en lugar de ir donde la masa (ese concepto clásico, tan amplio) decide campar por libre, buscar sin saber del todo qué va a encontrar, ser viajero más que turista, como recomiendan algunos con razón. Es difícil, lo es cada vez más. Uno quiere ver el Puente de Carlos en Praga o el Louvre en París o la Judería de Córdoba, pero comparte ese deseo con prácticamente el resto del mundo que puede permitirse ir a Praga, a París o a Córdoba. Quizá ya no queden playas vírgenes.
Convivir es el otro verbo del que se me ocurre que podríamos hablar. No sabemos convivir, no se nos instruye con eficacia, incluso pareciera que es la pedagogía inversa la que opera con nosotros: la de enseñarnos a buscar un pedacito de playa en donde poner la toalla y defender ese territorio con todos los medios a nuestro alcance. Son cosas que hemos visto. Se puede matar al vecino de arena si nos coloca la sombrilla demasiado cerca. Hay quien se enciende por menos. En realidad no es el hecho fortuito y un poco intrascendente de la sombrilla clavada en donde no se debe en apariencia, son más cosas, es mayor el daño y la sombrilla lo que hace es romper la tela en donde uno va guardando todas los enfados y todas las injusticias que se cometen a costa nuestra, las de verdad (algunas habrá) y las supuestas, las insostenibles..
Luego hay otro argumento que podría aducirse para abrir el campo teórico de esta reflexión. Me pregunto por qué todos tenemos que ir a la playa. Incluso a la misma playa. La idea que ronda la imagen de Gauld es la utopía invisible (a lo visto) de que tengamos aficiones diferentes y seamos personas diferentes, pero somos iguales, hacemos las mismas cosas y vamos a los mismos sitios. Tenemos esa inclinación perversa en el fondo de no tener iniciativa propia, por si no cuadra con lo esperado o por si no tiene comentarios en trip advisor, ese fantasma del turismo que nos estandariza y nos mueve a frecuentar unos lugares y no otros. Estamos a expensas de un logaritmo. Vas a la playa y aunque no te des cuenta es un logaritmo el que ha tenido parte en tu decisión, unas veces más, otras menos, pero siempre hay algo, una rémora binaria, una especie de fantasma de la máquina. Es mejor convivir en la diferencia, no en lo que nos hace idénticos. Tal vez monte uno menos en cólera si en lugar de ir donde la masa (ese concepto clásico, tan amplio) decide campar por libre, buscar sin saber del todo qué va a encontrar, ser viajero más que turista, como recomiendan algunos con razón. Es difícil, lo es cada vez más. Uno quiere ver el Puente de Carlos en Praga o el Louvre en París o la Judería de Córdoba, pero comparte ese deseo con prácticamente el resto del mundo que puede permitirse ir a Praga, a París o a Córdoba. Quizá ya no queden playas vírgenes.
9.9.19
Adrede
Escribir muy adrede
Está la historia previsible, pero hay otra debajo. Tiene barcos hundidos o a nada de hundirse, pájaros con solemne vocación de fuga en una avenida a altas horas de la noche, hombres tristes que desvarían en su tristeza y fabulan delirios, sueños espléndidos que se malogran al poner el pie en el día, un cielo de una pureza que aturde a la caída de la tarde. De lo que se trata es de registrar lo que no es previsible, de enloquecer el pulso y manuscribir todos esos prodigios. El propósito final es desquiciarse a sabiendas. Escribir muy adrede.
Frío
El invierno conquista mi corazón y lo invade de milagros. Inexplicablemente salgo al frío con la emoción que no me visitaba ya casi nunca, la que parece reservarse para otros asuntos que, en apariencia, revisten más relevancia y trascendencia. El frío, ese pequeño milagro de la mecánica de los astros, me bendice y me cubre. Anoche hubo frío, algo que entraba por la ventana y me besaba. Vehemente, explico mi alborozo hoy a quien lo percibe. Le cuento los detalles, le abro el pecho y le dejo que escuche. Tengo frío, les digo. No comprenden. No tienen frío, será.
Resaca
La boca sabe a resaca. Un ángel es un poeta más ebrio de lo previsto. El cielo es una conspiración de borrachos. La eternidad es una resaca permanente.
Samsa, H.H. y algunos más
Sentí que me invadían las algas. Creí que era un personaje de Lovecraft. Temí que me viese Kafka y me mandase a consolar a Samsa. Temí que Humbert Humbert me dijera que mató a Lolita y la tiene en un jardín de una casa que ha alquilado a las afueras y en donde, entre el llanto y la satisfacción de la venganza, escribe una novela.
Catedral
Soy una gárgola. La catedral me crece debajo.
Riografía
a M.C.
El río también es un poema.
El río también es un poema.
Arte poética
La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre demolida
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Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
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Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
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Hay vida después de las novelas históricas, aunque las estanterías estén secuestradas por dinastías y pasillos secretos, por cetros perdidos...





