12.12.22

346/365 Mazinger Z

 



En 1978 yo tenía doce años y la sobremesa de los sábados pertenecía a Mazinger Z. No había otra cosa que me entusiasmara más que el robot gigante construido por el doctor Kabuto y manejado por su intrépido nieto Koji para frenar los planes malvados del temible Doctor Infierno y su esbirro, el barón Ashler, mitad hombre, mitad mujer, híbrido cabrón de dos momias resucitadas. Recuerdo el planeador encajado en la cabeza del robot gigante y su compañera de metal, Afrodita A. Los puños de uno y los pechos de otra derrotaban invariablemente a la interminable legión de robots que las hordas del mal gobernaban. Adoraba las fábricas ocultas en donde se montaban las máquinas del enemigo. No tuve ningún muñeco de Mazinger Z, ni coleccioné cromos (creo que de Panrico), ni busqué el cómic, siendo yo entonces consumidor habitual, más en préstamo de amigos que por propia iniciativa doméstica. La economía familiar permitía pocos excesos y las cosas buenas que daba la televisión eran gratuitas. La palabra merchandising no existía. Los niños éramos cándidos, de una inocencia rayana en la austeridad. Queríamos imágenes, aventuras, espectáculo, pirotecnia. Supe muchos años después que la serie se canceló por ser "demasiado japoneses, demasiado violentos", así que no pudimos verla entera. La sustituyó una cosa absolutamente risible que se llamaba Orzowei, un Tarzán lánguido y de pocas luces. No vi ni un episodio, aunque la machacona melodía de sus créditos pueda tararearla sin rubor. Creo que no me importó conocer un final. Mi deseo era meramente plástico, pictórico, mitológico. Aquel coloso mecánico sorbió el seso a toda la chiquillería. Heidi y Marco, otros productos de factorías niponas, eran lacrimógenas incursiones en un territorio que nos era ajeno, aunque nos las tragáramos sin chistar, por no haber otra cosa con la que entretener las tardes en casa. La imaginería bélica de la serie era fastuosa. Aprendimos que existen los misiles o esos haces de energía destructiva (fotoatómica, puede ser) que no tenían rival en nuestra memoria violenta. Aprendimos la palabra "aleación", lo cual es mucho más de lo que a veces se extrae de una clase de química en un aula: la de nuestro amado robot era Z. Esa pintura sobrenatural lo hacía invencible. No hacía falta una nomenclatura más épica. Como no teníamos interés en etiquetar el placer, no supimos que ese tipo de dibujos animados se llamaba Anime. Duró 27 sábados, parece, pudiendo alcanzar la más longeva cantidad de 92. Cuando Telecinco la repuso, no tuve disposición anímica de retomarla. Las tetas de Afrodita, robot fémina pilotada por una chica, Sayaka, dibujada con atrevida minifalda y locamente enamorada de Koji, podrían haber sido la primera incursión erótica de muchos de nosotros, si se me permite el atrevimiento. James Ballard o David Cronenberg aplaudirían que un muchachito imberbe y sin hacer todavía se engolosinara con toda aquella cacharrería improbablemente lúbrica. Ni Comando G (La batalla de los planetas) ni Bola de Dragón, más adelante, encandilaron mi imaginación como ese robot maravilloso que todavía (han pasado 40 años) me hace sonreír y pensar lo felices que fuimos. La canción del intro de la serie sigue en mi cabeza. Hoy he sabido que su autor (Ichiro Mizuki) ha muerto de cáncer. Había compuesto más de 1000 canciones de animación japonesa. Yendo esta tarde hacia el trabajo me he puesto esa pieza antológica. "Planeador abajo...". "Puños fuera...". 

11.12.22

345/365 Manuel Tomás Sigüenza

 





Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre, dejó escrito Blas de Otero. Manuel Tomás Sigüenza acogió esa cita en la apertura de Represado jazmín (1985), el único libro de poesía suyo del que tengo noticia y que lleva en casa cuarenta años. Hay libros que están a merced del olvido; otros, de cuando en cuando, se rescatan: adquieren vida cuando los abrimos, en el momento epifánico (depende del libro, del hecho de que sepamos qué nos aguarda o no tengamos propiedad alguna sobre esa inminencia sublime o vacía) en que los cogemos de la balda en la que descansan (siempre me pareció que las bibliotecas son un retiro, una especie de balneario o de convento de jovial clausura) para que nos restituyan la felicidad que nos provocaron. Al deslumbramiento de la poesía, en la que con timidez empezaba a desenvolverme, escribiendo versos sueltos, construyendo (ni idea de que se estaba levantando algo) al escritor futuro, el que haya ahora. Manuel era un profesor severo, recuerdo. Hablaba con hondura, aunque no levantara jamás la voz. Tengo la idea de que se gustaba en esas explicaciones. Como el músico que al tocar cree estar asistido por una especie de rúbrica divina y se extasía en la digitación o en el modo en que emboca el instrumento y lo hace sonar. Manuel era un instrumento en sí mismo. Grande y sencillo, nos trataba con respeto, escuchaba con calma. No siendo una clase sosegada, no lo era en modo alguno, ni el instituto un edén de armonía, su docencia requería un extra de contundencia, a la que jamás recurría. Cuando años después leí su poesía, vi su poesía. Creía escuchar cómo la recitaría si lo hubiese tenido delante. No sucederá tal cosa. No hace mucho supe que había fallecido. Regresé a ese libro que andaba por casa. Tardé en dar con él. Me entusiasmó que estuviera junto a una pequeña antología de Mallarmé y Campos de Castilla, de Don Antonio Machado. Me apenó que no supiera que su alumno escribiera y amara la poesía al modo en que él lo hacía. Tal vez ni me acerque a su apasionamiento por las letras. Su poesía, releída, me parece hermosísima. Barroca, lúbrica, mística, griega. Decía cosas que habría querido decir yo, versos que yo nunca escribiré. Escribía con la memoria y con la sensibilidad, con toda su cultura enorme y con su magisterio de la palabra. El cuerpo era un pájaro azul que canta en el vientre, un antídoto contra las mariposas de la locura. Seguiré en adelante citándolo. El cuerpo de la amada sabe a licor de jazmín y a naranjos en la noche lasciva. Lo desnudan lenguas de luz, crepita de rumores y de trinos del día. Tus pechos (él elegía "ubres", más carnalmente) son como rosas grávidas de rocío. Cuando quería, era críptico Manuel, dionisíaco y homérico o expresionista y abstracto: no había nada que no pudiera contribuir a la construcción del poema. Recuerdo que la palabra "clámide", tan preciosa ella, me la enseñó él. Una clámide regia, nutricia, benigna, exultante, cornamusa, eucarística, escribía. También me mostró crátera, telúrico, cúfico, proceloso, ojizarco, ónice, peplo, votivo, élitro, Véspero,  hímnico. De su poesía supe que los cuerpos crepitan, anegados en cósmicas mareas. Que la mujer huele a tomillo o que una lengua argentada la hace tañer como si fuese una herramienta del mismísimo Dios cuando congrega a sus hijos. El viento derramaba silbos de hojas sobre el adagio de un otoño enfermo. La noche, se preguntaba el poeta, celaba en sus ricos joyeles elixires que producían la calma. El día estallaba en claridad, en brisa, en olas y había una inminencia de mármoles, de cigarras y de pinos. Manuel compuso arabescos a Córdoba, la ciudad que lo acogió cuando dejó su Logroño natal. No tengo nada suyo que pueda ahora recordar fuera de la clase de Lengua y de Literatura y del libro de poesía que me hace recordar su figura grande, su tono resuelto, convencido de estar enseñando algo más que métrica o que metáforas. Supongo que era la vida lo que se aprendía. No sé si tuvo ocasión de leer algo mío en lo que se vea, en donde encuentre alguna luz declaradamente suya, como si la estuviese todavía proyectando y yo, joven, adolescente tembloroso, ávido de tanto, amparara, convirtiese en mía.


10.12.22

344/365 Cristina García Rodero













 Explicar el oficio de mirar no precisa de lo usado para contar el oficio de ver, que tiene menor predicamento y no se le atribuye cualidades sobresalientes ni técnica con la que ejecutarlo. Se ve sin que quede un poso. Se mira para que el poso exista y cunda. Lo mismo sucede al mismo verbo contar, que es una extensión más honda del oficio de hablar. Si somos estrictos y no queremos dejarnos nada atrás, podemos extender los binomios y concluir que oír es un preámbulo de otra consideración verbal de más fuste: escuchar. Para hacer una buena fotografía hay que conjugar bien. El resto vendrá por mágica añadidura. O por oficio. La magia concurre después de que el fotógrafo (o el pintor o el escritor o el músico) haya acompasado la inspiración y el tiempo. Una cosa y la otra contribuyen a que la fotografía, la pintura, el texto o la canción resplandezcan, ocupen un lugar que estaba vacío. Se entiende que la realidad impuesta a la realidad reacia a que se la duplique es el arte. No encuentro otra definición que cuadre más con mi idea de la belleza o de la inteligencia. Cristina García Rodero hace que la fotografía merezca la misma atención que cualquier otra disciplina artística de la que tengamos noticia anterior. Hace que el milagro de la luz se perciba sin noticia alguna de que se está asistiendo a un milagro. Combatiendo la nada (ese era el título de una sus exposiciones) se puede captar su esencia, esa capa invisible, ese grumo de vida que en ocasiones pasa desapercibido, descuidado por el ojo, desasido del primor de la atención y, a partir de ella, de la conciencia. Cristina García Rodero es un ojo que nos aplicamos cuando los dos de los que disponemos no dan a basto o no poseen la sensibilidad que se les requiere o no disponen de la disciplina con la que entender (mirar conduce a la comprensión, si se mira con destreza) el mundo. Porque hay tanto de él que no comprendemos que se festeja que venga alguien y nos invite a que intimemos con él, a que lo observemos sin que se escape nada de lo que estaba en su presencia y se nos escapaba. 


Cristina García Rodero registra el dolor, el desarraigo, el desamparo, la fragilidad, todas esas nomenclaturas con las que la realidad se obstina en desangelar el paisaje o el espíritu. No se involucra en los personajes que guarda en sus obras: los expone con limpieza, con la franqueza de quien se ocupa por preservar un hecho, no emitiendo ninguna opinión sobre él, sin marcar un criterio que derive la mirada hacia él, que lo explicite con más elocuencia de la precisa. La fotografía, incluso la nuestra, cuando la ejercemos con la precariedad o simpleza habitual, una intención, no obstante. La de García Rodero es tan precisa que no hace pensar en un cazador, apostado en una loma desde la que se ve el paisaje entero, seleccionando la presa a la que abatir, con la paciencia aprendida de que un descuido puede malograr el instante en que todo su cuerpo se consagra a la materialización de un anhelo, al ritual de congelar un momento en el tiempo. Un clic o un bocado. El botón de la cámara, al accionarse, en ese fragmento infinitesimal, realiza un prodigio de naturaleza casi religiosa: salva un hecho prodigioso también, lo rescata del olvido o de la indiferencia, lo desprende de la voracidad del tiempo. Ella es la memoria de lo que no tendría memoria sin ella, permítaseme el retruécano. De gusto obsesivo por lo atávico, Cristina García Rodero es una obrera estajanovista. Hay que estar donde aguarda el milagro para poder dar fe suya. Sus niños, los más débiles, los más precisados de atenciones y de afecto, son una parte de todos los niños que alguna vez hemos sido. Son las fotografías que más frecuentemente veo. Las conozco de memoria. Cierro los ojos y las repito con colmo de precisión. 


 Ha viajado a Haití, a Kosovo, a Rumanía,  a Etiopía, a la India, al corazón de la Semana Santa o a las escuelas vetustas y admirablemente firmes en su vocación de templo, las abandonadas o las a pie de abandonarse. Su método de trabajo se nutre de esa verdad ajena a la verdad pedestre, a la de lo cercano, que no tiene por qué no exponer una épica, un desvalimiento de lo prosaico. Compró su primera cámara por puro azar y, en parte, por su timidez. Tenía 16 años y el colegio de su Puertollano natal le había dado boletos de una lotería que sufragase un viaje de fin de curso a Ceuta. No viéndose atrevida para la venta, forzó a sus padres a que compraran todos los números. Quiso esa suerte, aquí un poco agraciada por todos las papeletas de las que disponía, que el premio (económico, al parecer) le sonriera, se dice a lo común así. En ese mismo viaje lo empleó en hacerse con esa cámara bautismal. Había iniciado su idilio con las imágenes. Dijo que era suya y evitó pagar impuestos en la frontera. Antes de ese momento, ella ya jugaba a ser fotógrafa en casa con la vieja cámara de su padre. Su pasión era el viaje por la España oculta, la apartada, la invisible. “Intenté fotografiar el alma misteriosa, verdadera y mágica de la España popular con su pasión, su amor, humor, ternura, rabia, dolor, con su verdad; y los momentos más intensos y plenos en la vida de los personajes, tan simples como irresistibles, con toda su fuerza interior, en un desafío personal que me dio fuerza y comprensión y en el cual invertí todo mi corazón”. 


Su descomunal exigencia la hace cribar su trabajo con el mismo entusiasmo con el que dispara su cámara: de cada 1000 instantáneas, elige 10, la escuché una vez. Su documentalismo, esa indagación antropológica, precisa un cribado al modo en que el reportero o el periodista se cohíbe, recula ante la cantidad y expurga hacia una especie de todo seminal y luminoso, aunque Cristina García Rodero eluda el color y fije en su majestuoso (trágico, áspero, lírico, divertido, hermoso siempre, según el caso) sentido de la imagen. Es la fotógrafa española más laureada, miembro de la Agencia Magnum, referente para quien empuña una cámara con intenciones estéticas o narrativas. Dijo una vez temer a hablar en público o a escribir: su palabra es plástica, no precisa de la intermediación del lenguaje, lo rescata en la mente de quien, fascinado, mira. 

9.12.22

343/365 Jean-Auguste-Dominique Ingres

 



                    

Jean-Auguste-Dominique Ingres - “La gran odalisca” (1814, óleo sobre lienzo, 89 x  162 cm, Museo del Louvre, París)


No he sido un visitante habitual de pinacotecas. No por falta de interés. Entiendo que no fui educado convenientemente. Faltó adiestrar la sensibilidad que no me falta, se precisó una pedagogía del arte. Las veces, menos de las deseadas, en que he pisado un museo, he sentido esa especie de vértigo que proviene del deslumbramiento puro. Tengo amigos que saben de pintura lo suficiente como para adentrarse en la obra y apreciar más hondamente lo observado. La misma hondura que probablemente sí poseo en materia libresca, imagino. Lo que me fascina siempre es la logística de todas las exposiciones, el backstage, la maquinaria puesta en marcha para que el cuadro esté colgado como debe y la atención no sufra ninguna distracción y se pueda penetrar en la pintura. Luego vienen los desalmados que les tiran comida o grumos de burda pintura. 


 En la fotografía no hay ninguna evidencia de que alguien no ame su trabajo. Lo aman todos, incluso quien inspecciona que el izado sea correcto y los operarios no lo tratan mal. Son esos operarios los que de verdad disfrutan del trabajo que realizan, son ellos los que se esmeran en que nada malogre la belleza carnal de la odalisca de Ingres. Es ella, la odalisca, la que los mira con temor, comprendiendo lo frágil de la situación. El serrallo queda lejos. Como si no desease perder el oficio antiguo que le encomendaron, el de mirar de reojo, un poco sancionando y otro, halagando, a quien le mira el culo, quien la requiere para el dispendio de la carne. Un culo que no acaba de enseñarse, un culo a medio dar, como sancionando también a quien lo anhela y basa su placer en esa visión majestuosamente promiscua. No solo el culo censurado, también la espalda larguísima, demasiada espalda para una mujer de esa época, me parece a mí. Hasta el operario, compinchado con la mujer del burdel árabe, cubre con su cuerpo la rotundidad insinuada y parece advertir a sus dos compañeros que no se entusiasmen si pretenden ver el desnudo frontal, el que se ofrece a la oscuridad del fondo y que ni el propio Ingres pudo registrar. 


Luego está la opción opuesta: la del equipo de instalación insensible, de poco o ningún afecto por la belleza que se les ha entregado en pequeña custodia, más preocupados del peso del marco brutal que cobija la tela o del convenio colectivo del sector de operarios de las pinacotecas. A quien cuesta ubicar es al que vigila que todo marche como debe, se le ve feliz, no hay indicio de que esté en tensión, parece confiado en la pericia de los trabajadores, en que no habrá desliz que luego haya que lamentar, en fin, exhibe una felicidad reposada. No dudo que conozca al detalle la forma en que Ingres pintó a la odalisca en cuestión, si era una modela eventual, contratada en el barrio más lascivo del París de la época o, bien al contrario, era una mujer con estudios, encantada de que su cuerpo contribuyera a la sublimación de la belleza, a la mismísima Historia de la Pintura. Sabrá si fue amante del pintor; si la sesión duró una semana entera o varias; si la técnica usada - óleo sobre lienzo - era la idónea o la que estaba de moda; si era un encargo de algún noble caprichoso o engrosaría una colección privada, expuesta en algún reservado de palacio, a beneficio de los íntimos del Emperador (Napoleón entonces) o de alguno de sus protegidos; si la obra tiene influencia italiana o flamenca, no sé lo que digo, ya he referido que no poseo la erudición, no podría ser el inspector, el severo hombre al cargo de que no se coloque en una sala muy fría o demasiado cálida o de que la pared sobre la que reposa no presente humedad o la recorra un desagüe. 


Debe ser duro el trabajo hasta merecer ese puesto nobilísimo, el del hombre de la chaqueta, el único - dicho así - con chaqueta y con corbata, cruzadas las manos sobre el vientre, en posición descansada, como el que está recién aliviado de un peso o no sabe qué hacer con ellas y las coloca ahí, por no hacer lo que le gustaría, metérselas en los bolsillos, tocar un mechero para que los nervios no le traicionan o manosear sin que se aprecie las llaves de casa. Debe ser así, supongo, no de otra manera: años de estudio, masters en Historia del Arte, para ver cómo colocan un Ingres. O para colocarlo. Las odaliscas son un vestigio de lo ya desprendido del hoy. O no. Ingres fue un dibujante prodigioso. Sus cuadros semejan la impostura verosímil. Sus desnudos, más que académicos, son tangibles, minuciosos, verdaderos. Parecen exigir algo, que se los premie con la atención o, quién sabe, que los vistamos de pudor y rehusemos regocijarnos. La pintura es un reclamo para que veamos la vida con la atención que se presta a un lienzo. Los de Ingres, agasajados de esa limpia pureza en el trazo y esa obsesivo afán por la perfección formal, pueden parecer ajenos al devenir pictórico de los siglos posteriores, pero Ingres hizo que Dalí, tan loco, tan alejado en apariencia, fuese Dalí. El trazo riguroso y la veracidad de lo retratado fascinan y conmueven: hacen que uno se intrigue por la vivencia de la pintura, por su locuacidad, por prefigurar una realidad, aquí romántica hasta el hueso del pincel, que abarca todas las realidades veladas, las ocultas, las que incitan a ver por debajo de lo comúnmente visto. 


Un bálsamo

 



El cielo tiene un efecto balsámico. No me refiero a la restitución limpia de un bienestar teológico. Este el cielo de las metáforas y a él elevamos a veces el relato que uno se va haciendo de la vida. Creo yo que el rezo tiene, en sus adentros, una mecánica narrativa parecida. A diferencia de quien cree estar siendo escuchado, mis plegarias al cielo son enteramente endogámicas. Acudo al escenario y escojo un objeto que me fascine por una u otra causa. Luego afino la sensibilidad, si es que alguna queda por ahí adentro, me relajo en lo que puedo y pienso en cosas maravillosas que me confortan completamente. Se trata en el fondo de que uno posea un instrumento útil con el que procurarse confort. Si sostiene que ahí en lo alto hay quien escucha o si descree de oyentes invisibles y se conforma con la posibilidad de que bastante es que sea uno mismo quien escuche. Nos tiramos toda la vida sin hablar con nosotros mismos. Escribir, en el fondo, es aclarar esa turbia indisposición lingüística. Leer, en cierto sentido, es entablar un diálogo con el yo que hubiésemos querido ser y que otros, más lúcidos o menos tímidos, hicieron por nosotros. La literatura, extendiendo este hilo de las cosas, es una especie de religión. Una que no estabula sus mandamientos o una que no exige ningún sacrificio a quien la ejerce. Se busca el bálsamo en donde se puede. En la literatura. En los evangelios. En el jazz del delta. En el trabajo. Amanece el cielo hoy con colmo gesto de lluvia. Será un día hermoso. 

8.12.22

342/365 Elizabeth Barrett Browning

   



 Para Antonio Rivero Taravillo, que me dio alegre pie


El más dulce abrazo que el corazón guarda para sí, cuidado de afrentas, hecho loco temblor en la coraza del pecho, me pide que lo mire y lo ciña entre mis dedos como el que acaricia un peso muerto y cree darle calor con el tacto de la seda del cariño.

*

Lo diré de nuevo y lo proclamaré bien alto para que ni el mismo tiempo lo arruine con su veneno lento del que no sé nada: te amo, amo tu voz repetida, tu canto limpio, la llama trémula que en el aire trenza un estremecido amargor de palabras que no nos hemos dicho y que, envaradas, tentadas por el olvido, pronuncian para siempre nuestro caminar juntos hacia el roto del mar en el horizonte.

*

El gran dios Pan, con su cuerpo sin oficio, jugueteando en el fluir melancólico del río, no tiene con qué convertir el agua en música, el aire en eco, el fuego en sangre. 

*

Seré luz pálida, transfigurada y etérea, brizna de un fulgor que apenas se entrevé en el brocal del tiempo. Me llamarán, no oiré, dejaré que insistan. Ni un solo cabello mío tuve un hombre propiedad hasta este momento en que te ofrezco puro, como antaño, cuando la primavera era solo amor y mi voz, en su fiebre, pulso del cielo, semilla de un presagio. 




La lluvia

 


Llueve con avaricia,

llueve como si no hubiese otra cosa que lluvia,

llueve a conciencia, llueve hacia dentro,

llueve con vocación avara.

El cielo cae sobre nuestras cabezas, a plomo,

sin otro alarde que el peso antiguo de su extensión infinita.

La tierra está cumplida de agua.

Se multiplica el agua en el agua.

El barro invade el himno primordial del aire.

Asciende como un pájaro al que hemos permitido el vuelo

y desafina en un cascabel lujurioso de brincos

hacia las nubes perfectas.

Gris el cielo en la bóveda del universo,

sin lustre, sin alegría.

Asombra esta tozuda verdad líquida.

Cansa y aturde.

Persevera el cansancio y se hace rutina.

Llueve como una advertencia.

Ya se sabe que el apocalipsis

es una metáfora del miedo a que exista Dios

o a que definitivamente no exista en absoluto.

Porque la lluvia la escribe un dios caprichoso y rudimentario.

Un dios como una incertidumbre metafísica.

Un dios invertebrado, un dios loco, un dios soberbio.

Tiene la lluvia un misterio de dios invertebrado, loco, soberbio.

Llover es un poema de uno de esos dioses

a los que nunca miramos a la cara,

pero a los que ofrecemos plegarias y levantamos,

en la oscuridad de los templos, altares imposibles.

Llueve con avaricia,

como si hubiese otra cosa que lluvia.

A conciencia. Hacia adentro.

Con vocación avara.

Uno busca palabras grandes que expliquen esta lluvia

febril que nos niega la luz.

Uno urde alquimias, se abastece de pudor

y mira al cielo sin afecto.

El demonio del agua funda

catedrales en el pensamiento.

Vastas catedrales de agua hecha ciego cántico.

Ebrio de asombro, pequeño y extraño,

miro el milagro de la lluvia desde la ventana.

El cielo se desploma.

Lleva toda la vida el agua cayendo

sin misericordia sobre el mundo.

La tierra es un espejo del cielo.

Las palabras están mojadas.

Los gestos, mojados.

Los ojos, de tanto mirar agua, parecen nubes.

El corazón también sufre el severo aviso del cielo.

Duele el corazón y se pone triste al advertir

que no lo atraviesa la dicha

ni el gozo de la carne ni el de las palabras.

Llueve como si no hubiese pasado otra cosa

desde que el mundo es mundo,

 y solo hubiésemos tenido lluvia.

Los campos están angustiados.

Se les ve la angustia desde lejos. 


7.12.22

Deliciosamente

 Yo creo que no hay mejor sitio en el mundo para escribir una novela triste que un balneario para tuberculosos. La montaña mágica, la imponente obra de Mann, no habla de la tristeza; ni siquiera es un argumento secundario de entre los muchos que la cruzan. Lo que cuenta es la historia de la lentitud. También es un monumento al aburrimiento. No porque la novela sea aburrida, a pesar de que algunos tramos incomoden, deseemos que corran más aprisa, sino porque hace un estudio pormenorizado del tedio, que atenaza a todos los personajes, impregnando sus conversaciones. Sobran muchas de las que larga Settembrini, un vividor, un filósofo, un hombre de su tiempo y un coñazo, según uno soporte sus digresiones. Imagino que no hay personajes como los de Mann en la vida real, en la de las calles, en la de las terrazas de mi pueblo. Siempre pensé que la verdadera vida estaba en las novelas de los grandes escritores. De pequeño recuerdo que me llamaba la atención lo bien que hablaban los personajes de las películas. Las suyas eran conversaciones que yo jamás escuchaba en casa o en la escuela, conversaciones de una profundidad enorme. Sigue pareciéndome asombroso que los personajes de la literatura que me gusta no existan en la vida real. Incluso pienso que deberían no existir: que vivan en los libros, que ahí resida toda la elocuencia. No creo que la literatura sea la vida, pero es lo más parecido a ella. A veces hasta la emula. Todavía sigue esa fascinación, perdura la idea de que un personaje secundario de una película italiana de los cincuenta es capaz de formular oraciones que yo no sabría. En Deadwood, la imponente serie de la HBO sobre el nacimiento del Oeste americano, entre otros asuntos de más hondo calado, los personajes hablan como si les insuflara el mismísimo Shakespeare una brizna de su genialidad. Lejos de que me parezca impostado o falso, mi asombro acepta ese exceso: lo celebra. Y el caso es que los escucha uno con absoluto asentimiento. No hay renuencia, no existe nada que pueda parecerse a un rechazo o una incomodidad. Gusta que los demás hablen bien. Se enreda la cabeza en la bondad de las palabras, se engolosina con los adjetivos o con esa especie de subordinación hipotáctica, de recorrido largo, que sabes dónde empieza y abres la boca mucho, por puro regocijo, cuando adviertes dónde ha acabado. Pensé en las novelas tristes hoy, nada más levantarme. Uno es así de raro. Será porque es una semana rara, pausada en ratos, estresada en otros, que tiene días de laburo y de ocio salpicados, entremezclados. El de ayer (con la derrota cantada, yo la canté, de España en el Mundial de Qatar) fue un día deliciosamente previsible, también caótico. Los adjetivos se congregan sin que uno sepa el motivo. Tienen esa virtud de la que no tenemos propiedad alguna.  Es curioso: jamás usaría en la calle, en una conversación con un amigo, el adverbio deliciosamente matrimoniado con el adjetivo caótico. Sin embargo, una vez escrito, me agrada. Amamos la literatura porque amamos el lenguaje. Estamos prendados de que exista. No lo manifestamos, no vamos por ahí diciendo que amamos la lengua que usamos, pero es la verdad. Que miércoles vaya bien. 

341/365 Capra, Bailey y Dickens

 




Hay quien cree que un banco es un sitio en el que hay que entrar de un modo distinto al modo en que se entra en una perfumería o en un bar de carretera. Gente del tipo que cree que un director de banco o un sencillo cajista es alguien conferido de alguna valía sobrenatural, rayana en lo sacerdotal, que posee el don de impartir la riqueza y autorizar o desautorizar la felicidad ajena en base al brillo de su puesto de su trabajo. Conozco a quien tartamudea al pedir un préstamo, agachando la cabeza, carraspeando, azorándose profundamente y, al final, cuando ha firmado el contrato que valida el negocio, sale encantado del atrevimiento, agradecido de corazon, allá en lo más secreto y noble de su alma, por el favor prestado, ufano por disponer de recursos para aliviar el extravío de la crisis, el expolio de la tarjeta visa o el sufragio del arreglo de la cocina o del nuevo mobiliario del salón. Conozco gente íntimamente convencida del hecho de que el lugar que ocupan en el mundo es pequeño, doméstico, muy insignificante. Merced a esa absurda modestia social entran en los bancos con un sobresalto en la válvula mitral y jamás se atreven a violentar el estricto conducto protocolario que coloca a unos en un escalón del sistema y a otros, por razones incomprensibles, en el inmediatamente superior. Hay gente de una irrelevancia tan consumada, tan asumida, que confunde la educación y el respeto a los demás con la sumisión y la obediencia ciega. Frank Capra llenó sus películas de gente así. Los dibujaba con un mimo absoluto y en ningún caso rebajaba ese cariño y esa ternura (preciosas las dos palabras) por imperativos comerciales o porque un gerifalte de Hollywood le intentase convencer de colocar tal o cual cosa conveniente para su buchaca. Todavía hoy cuando entro en un banco pienso en Frank Capra. Absurdo, ¿verdad?. Pienso de una manera primaria, que en ocasiones es el modo más efectivo de pensar en las cosas. Pienso sin retorcimientos de índole intelectual. Pienso desafectado de ira, sin que mis actos estén manuscrito por la venganza o por considerar que el mundo está mal hecho (lo está) y que los bancos contribuyen, con su sangría invisible, con su misma política de cuentas, a agravar el defecto. Pienso (insisto y acabo) en Frank Capra, lo cual es una forma muy sentimental de escapar de la realidad y refugiarme, ay, en el cine, en las historias maravillosas que el cine procura para desautomatizar la realidad y darle un colorido y un encanto que, sin cine, estoy seguro, no tendría. Pienso en Frank Capra (sí) y entonces sitúo mi lugar en el mundo. Reconsidero (en una prodigiosa fracción de segundo) mi exacta posición en la pirámide social y confirmo que, en el fondo, sigo siendo un pobre personaje de Frank Capra, una especie de George Bailey cualquiera, un George Bailey que mide las palabras y las vuelve a medir por temor a que las palabras suenen inconvenientes, una de esas personas que prefieren la prudencia (mis padres me educaron bien) pero a la que no le importaría encabronarse cuando sea preciso y dejar de ser George Bailey un par de minutos para enfundarme algún otro disfraz más cabrón. Exhibir, por ejemplo, el careto palurdo, rocoso y profesional de Jack Palance y entrar en un banco como si Michael Bay rodase la escena. Y que venga Capra y nos alumbre a todos, pero no vivimos en Bedford Falls, no hay un puente sobre un río helado, ni un ángel nos cogerá de la mano y nos mostrará la vida que podría haber sido. Dickens hizo bien su trabajo: nos alertó sobre la realidad, nos conminó a que la bondad lo impregnase todo. Luego se enturbia cualquier convicción sobre ella. Basta poco para que el fango la cerque y la engulla. Esa es otra historia. Hoy es el día de George Bailey o el de Frank Capra o el de Charles Dickens. Pronto será navidad. Pues eso. 

Gana el ojo

 



Una de las pocas certezas que manejo es la de no dar casi nada por sentado. Cree uno estar en posesión de la verdad y luego, vista la realidad, usados ciertos instrumentos para descerrajarla, se descubre que no la había. O incluso llegamos a la idea de que la verdad no es nada en lo que podamos confiar. Es mejor involucrarnos en la ficción. Pensar lo real como si alguien lo fabulara y fuésemos meros espectadores. Como si el azar lo cubriese todo. Como si disponer de alguna certidumbre no valiese más que no disponer de ninguna. Tener fe en la ficción. A veces he pensado en lo aburrida que sería la vida sin historias. Precisamos que nos narren. En la antigüedad, había un fervor por la palabra. Al principio, la palabra la tuteló la Iglesia. Ese rapto la hizo perdurar en una época en que gobernaba la barbarie. La literatura se arrogó la posibilidad de instruir. De instruir deleitando, nos dijeron, una pedagogía de lo ameno o de lo conveniente. En ese deleite, en el arrobo puro de la historia, el pueblo edificó sus mitos. Algunos rivalizaban con los forjados en los evangelios. Otros los secundaban. Ahora es la imagen la que conduce las historias. Nos hemos convertido en espectadores, hemos dejado de ser (en parte, afortunadamente) lectores. Contra la imagen no hay batalla posible. O la hay trabajosamente. El novelista lo es en la medida en que ha recibido una educación visual. Hay más referencias a John Ford que a Marcel Proust. Nada que objetar a ese viraje en las preferencias estéticas. Este es el tiempo del relativismo. Moral, estético, intelectual. Gana el ojo. Por ahí se abre paso, sin esfuerzo aparente, la fascinación por el arte. Seduce lo que vemos. Luego vestimos ese vértigo con la divina palabra. Como muchas noches, una vez que se apoltrona uno en el sillón, pensé en qué hacer. Leer, ver cine. Ganó el séptimo arte. Me dejé llevar por la imagen. Al acostarme, mecido por los vapores del sueño, imbuido en una especie de placentera quimera, en ese instante en el que la conciencia se abisma en el sueño, me he prometido leer como un poseso (como antes, no tengo ya esa virtud) esta noche. Como una expiación. Como si lavase alguna culpa. Es muy probable que a eso de las diez me deje caer en el sillón y vea algo de Hitchcock. Sí, creo que esta noche toca Hitchcock. El gordo contaba las historias como nadie. 

Un cuento antiguo

 L as máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosi...