12.10.21

Hispanidad

 Tras siglos de nigromancias y conjuras, traiciones e incestos, apocalípticos e integrados, patanes y genios, fanatismo y miserias, reyezuelos y bufones, invasores e invadidos, catedrales y burdeles, estragos y pandemias, soldados mal pagados y vírgenes con patrimonio, lobos y ovejas, ilustrados y palurdos, moros y cristianos, rojos y azules, iluminados y entenebrecidos, España es Machado, Góngora, Lorca, Lope de Vega, Quevedo, Cervantes, Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez, Galdós, Delibes, Baroja, San Juan De la Cruz, Bécquer, Unamumo o Cernuda. Es el español la argamasa con la que prevalece la construcción de la patria. Hoy festejamos las palabras. Es el día de nuestro bendito idioma. Esa bandera enarbolo. Todo lo demás, lo que cada uno declare a beneficio de su hispanidad, es extensión de la lengua, la esgrimida como hermosa herramienta de la cultura. Ah, la cultura. Mi país es su cultura. Tan enorme, tan antigua, tan amenazada y tan a salvo siempre. Eso último que he escrito me ha parecido atrevido. Se ve cómo la lancean y zahieren. Defender a España (eso pregonan muchos hoy) empieza por prestigiar el lenguaje. Luego que cada uno arrime los motivos que considere. Algunos hasta los comparto. Mi padre celebraba con proverbial respeto este día: quien no ama su país no puede amar su casa, decía. Algo de lo que sudó y para lo que se esforzó en su afanosa vida fue útil para que su patria siguiera avanzando. Hoy se habría sentado a ver su desfile con todos esos soldados y esos aviones. Como quien ve a su equipo favorito de fútbol.

10.10.21

El fotógrafo del pánico


 

Consumimos imágenes, no creencias: es así este siglo y también (fundacionalmente) el anterior. Es de Baudrillard la cita. Roland Barthes, en La cámara lúcida, distinguía dos formas de ver una fotografía y, por extensión, cualquier imagen insertada en la realidad. A una la llamó studium, que venía a ser la aproximación canónica, en la que la imagen se decodifica conforme a unos parámetros consensuados, sin que una agudeza selectiva raspe la superficie de la imagen e indague en ella hasta dar con algo que la haga sorprendente, esto es, llena de asombro. A ese indagación, que no tiene por qué ser trabajosa ni revestir instrucción alguna para acometerla, la llamó punctum. Al contemplar una fotografía, uno puede prendarse de algo que pase desapercibido a otro espectador. Habría tantos punctums como observadores. Lo curioso es que de esa punzada no se tiene una percepción buscada, sino que surge azarosamente. Es ella la que espera a que se la descubra y, una vez conocida, abre un campo enorme de influencia. Fascina que sea algo sea irrelevante para unos y, sin embargo, trascendente para otros. Opera al modo en que lo hace el amor o la fe. No hay amor que se pueda trabajarse o inducirse, ni fe a la que se acceda por laborioso afán. Nadie se enamora ni cree adrede, por voluntad, motivado por una necesidad. De ahí que la fotografía sea un arte mayúsculo: es capaz de extraer emociones de una intimidad absoluta, sabe conmover con la elocuencia y la conmoción de lo grande y de lo pequeño. Mirar es un acto racional e irracional a partes iguales. Unas veces vemos la realidad con ojos cartesianos; otras, por más que lo refrenemos, con ojos delincuentes, obscenos. Michael Powell filma con obscenidad a la obscenidad misma. No porque las imágenes que nos muestra sean de una depravación insoportable (la película no muestra material que ofenda el buen gusto) sino porque hablan de la naturaleza pecaminosa de la mirada, que desea mirar y no contenerse. El inconsciente pulsa al deseo, lo conmina a que se exceda o a que salga de cualquier zona de bienestar en la que se encuentre y merodee (primero) realidades incómodas (la de una mujer que sabe que está a punto de morir) y (más tarde) enloquezca de placer cuando ha tomado posesión de ella. El ejercicio cinematográfico de Powell (repudiado en su día, entendido después) es un espejo en el que cualquier espectador puede encontrarse a sí mismo. Vemos al trastornado Mark, fotógrafo y cineasta amateur, empecinado en filmar a las mujeres a las que mata (o tal vez sea más apropiadamente al revés) y nos vemos a nosotros mismos, sin pudor, sin que una brizna de apuro nos azore, siguiendo la coreografía de la muerte, su liturgia privada. Seguimos con la mirada la mirada del mal y no la apartamos. El cine, la grabación de imágenes en movimiento, es el advenimiento de la realidad que la misma realidad no nos permite observar. También la literatura contiene esa dualidad: la de hacernos depositarios de las vidas ajenas. El que ve una película o el que lee un libro es un voyeur privilegiado. Nos inmiscuimos en la ficción como si no lo fuese. Tal vez la realidad contenga briznas de ficción de la que no somos capaces de percatarnos. Viendo anoche El fotógrafo del pánico, comprendí que son el cine y la literatura los que nos permiten mirar con apartada lujuria, como si no estuviéramos. El punctum de Barthes lastima o acaricia a quien da con él. Hay más veces en que no se produce ese hallazgo. No hay un deslumbramiento. El pobre Mark, enfermo, atormentado por un padre desquiciado, suele pasar, descubre que se excita al ver en una pantalla las muertes que su propio desquiciamiento ha producido. Se sienta en una silla humilde en un cuarto oscuro y se extasía en la contemplación del miedo en el rostro de sus víctimas. Una criatura que nos produciría un rechazo visceral si la tuviéramos cerca o supiéramos que fue vecino nuestro o amigo de alguien a quien conocimos, pero que nos fascina si lo vemos en la intimidad de nuestro propio sillón, con la profunda convicción de que no es real, de que asistimos a una representación. El fotógrafo del pánico, aparte de una estupenda película, es un panfleto subversivo, una especie de declaración apasionada de amor al cine. Que el ojo codicie que se le excite es de una obviedad absoluta. Lo que le irrita (no sabremos cómo expresará su disgusto) es que todo sea studium, no delicioso y blasfemo punctum. La parafilia de Mark recurre a la cámara (y al estilete punzante que se esconde bajo la protección de la pata de su trípode) para que se exterioricen sus pulsiones más privadas. Frustrado y reprimido, la llegada del amor hace que nuestro psicópata piense por primera vez en sí mismo como desviado. Protegerá (hasta con su vida) a su amor, no se obcecará en disimular su vicio, ni huirá cuando presienta que ha sido encontrado. Su enfermedad (será otra cosa, pero Mark está enfermo) hará que se prende de la belleza deforme (la de una modelo que posa para las revistas pornográficas a las que surte de fotografías) y no se cohíba a la hora de expresar su entusiasmo al coger su cámara y buscar en ese rostro roto (la belleza será convulsa o no será, dejó escrito Breton) un rastro de dignidad o, tal vez más certeramente, ese punctum ineludible al que el observador se inclina, apartando todo lo demás, invalidando cualquier injerencia de la normalidad. Quién es normal, podríamos concluir. 

Dietario 205

 Uno cree haberse depurado lo bastante y no tener sustancia que purgar ahí adentro, pero no hay método que nos asista ni esperanza de que alguno milagrosamente exista y nos procure el bálsamo anhelado.. El cuerpo es una maquinaria hecha a desentenderse de quien lo gobierna, si es que en sus trajines hay algo parecido a un mando. Hace lo que quiere, crece a su manera, enferma sin dar indicios previos, se deteriora con una eficacia que desalienta al usuario que cree (infelizmente) que podrá convenir un aplazamiento o un receso en su recaudación tributaria. Lo de depurarse viene porque alguien ha dicho que está a punto de hacerlo y confía en que de esa purificación surja un yo nuevo, como si de verdad pudiéramos repudiar al antiguo y reemplazarlo con otro. Entusiasta, narraba con un tanque de cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra su estrategia depurativa, una especie de diálisis emocional de la que saldría un ser de más elevado espíritu. Constata el alma entonces una providencia de afectos, un repunte de gozo que ocupa la extensión misma de la vida, entera ella. Al levantarse y despedirse de sus compañeros , dejó unas monedas en la mesa por su consumición y se alejó con más o menos decoro cinemático. No tiene arreglo, sentenció uno de los que quedó. Pero se lo cree, añadió otro. No hace daño a nadie. Mañana deja el gimnasio. Eso último lo he aportado maliciosamente yo. Quién no se ha pronunciado alguna vez de parecida manera. Quién cree estar a salvo de mentirse con esa inocencia. Yo, en la mesa aledaña, bebía y fumaba también, debo añadir para cerrar la anécdota.


8.10.21

Nobel

 Para anticipar a quién se dará cada año el Nobel de Literatura basta revisar la nómina de los entregados en años anteriores. La Academia Sueca es un bastión intachable de corrección política y su escrutinio de candidatos apela a la inclusión, que es palabra de fuste moderno y sostenible. Este lector voraz aprende con ella y amplía su bagaje de autores desconocidos y sin duda merecedores de ese abrumador galardón. Lo que cansa (y también ya a esta altura irrita) es que no premien escritores de igual talla, pero de mayor popularidad, pongo por caso. No es mala la popularidad, creo yo. No es la Literatura disciplina que discurra con fervor entre las masas clientelares a las que aspira a conmover, pero no estaría mal que el insigne claustro de numerarios de esa Academia mirara más por la literatura, sin que ese afecto mudara en obligaciones de género o de raza o de religión, asuntos todos que no deberían ser considerados como animadores del hecho mismo de dar un premio a un buen escritor. Los premios suelen prestigiar a los premiados y se me ocurre que también a la reversa. No en los Nobel. No en esa camarilla de burócratas ágrafos. Y mi buen Borges sin el suyo. Así que otro año sin coscarme de por dónde van los tiros. Ni siquiera fue mi indigesto Murakami ni mis adorados Marías o Banville. El tanzano no es santo todavía de ninguna de mis muchas devociones. No sé si acabaré creyendo. Ni el nombre sé decir, madre mía. Deberían cerrar los suecos el kiosko. O hacerlo oficina de compensaciones históricas. El próximo año seguro que va a Latinoamérica. Por nivelar. Novelar no, ojo: nivelar.

Tres sillas de jazz


 

 Hay sillas de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Sillas de festejados directores de cine y de papas en su bóveda de santos. Las hay huérfanas de historia y ungidas de épica. De las sillas se tiene la certidumbre del uso y hay quien las prestigia con la pompa de la orfebrería. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. Asignada. Como si de verdad estuviese a punto de tocar Cherokee con Max Roach, versión que rivaliza con la del propio Charlie Parker, padre de la venturosa criatura. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?

7.10.21

Dietario 204

 Se hace de noche de pronto. Se clausura el día, pero el día no acaba. Hay veces en que empieza de verdad cuando anochece. En eso, en lo de percibir que el día empieza cuando a uno le conviene, tengo las cosas muy claras. Recuerdo una época en que decidía cuál había sido el mejor momento del día. Lo hacía al irme a la cama: pensaba si había sido uno u otro, pesaba dentro de mi cabeza cada uno de ellos y elegía uno. Después, a poco de caer dormido, fantaseaba con ese momento, lo acariciaba, agradecido. Hoy pensé que el día no comenzaba del todo hasta que yo le imponía un comienzo. Deseché de cuajo esa ocurrencia. La voz traviesa de la cabeza decía que el día arrancaba a la hora en que suena el despertador y acaba cuando entenebreces los ojos y te encomiendas al sueño. Pues ahí vamos. No ha sido un mal día. Los hay peores a veces. Lo bueno de que haya algo malo es que se aprecie con más consideración lo bueno. También concurre la reversa, más tenebrosamente. Nos movemos a diario en base a este equilibrio sutil y maravilloso. Lees lo que te incomoda porque hay una lectura que te conforta. Amas porque conoces lo que es no amar. Escuchas jazz (como hago ahora, muy bajito, en los cascos del móvil mientras espero en la puerta de un comercio y escribo) porque así el día se enfila a su término con más dulzura.


6.10.21

Dietario 203


 Cree uno saber registrarlo todo, contener los datos, apresar la intensidad de los días con la firme idea de regresar después, por el motivo que sea, al lugar en donde fue feliz o en donde le sobrevino la tristeza, pero se escapan las cosas, no se dejan registrar, no quieren que se las aprese ni, por supuesto, que nos adueñemos de ellas y las usemos después a capricho. La realidad es así de tornadiza,  me dijo K. No basta con desear algo; hace falta esperar que la providencia o el azar o la suma de todas las providencias o de todos los azares sea amable y nos permita esa extracción doméstica, ese entrar en la memoria y recuperar lo que, en esencia, nos pertenece. No se puede, no hay manera, no es posible toda esa libertad de movimientos. Ayer mismo pretendí volver a los diecisiete después de vivir algunos  más y no pude o pude apenas, por ser más preciso. Lo que vi no me pertenecía. Eran fragmentos de una vida más mía que de otros, pero no mía enteramente. No sé a quién, al final, pertenece la vida que vamos dejando atrás en todos esos calendarios inservibles. Si perdimos el infinito pasado, no nos va a importar perder el infinito futuro. Lo dejó escrito Borges, que era un metafísico de más hondura, aunque luego (imagino) se comería la cabeza en soledad y contaría la historia a su manera. Por eso, tal vez, inventó a Funés, que era un tipo capaz de recordarlo absolutamente todo, sin fractura, sin que en el acceso se perdiese una pequeña certeza, como si volviese a vivirlo de un modo íntegro. La memoria de Funés es del tamaño del universo. Un mapa 1:1. Esas cosas, tan gratas al maestro, no son nunca exageradas. Ya saben. Hagan un mapa que se corresponda con la realidad que cartografía, una especie de réplica absolutamente fidedigna. El problema reside en la incapacidad que poseemos de confiar en la memoria. Lo recordado se noveliza, se impregna de ficción al modo en que lo fabulado, si se cree de veras, adapta el rango de realidad. La verdad y la mentira se entrelazan, cohabitan, se cruzan, copulan. Ahora mismo no sé si los recuerdos que poseo de una calle de Priego de Córdoba, en la que viví acontecimientos trascendentes, del tipo yo esto no lo olvido nunca, son como los traigo ahora. Me pregunto si no habré alterado algo en la extracción. Como aquel principio de incertidumbre, el de Heisenberg. Existe esa indeterminación, el no ubicar con certeza los acontecimientos o, en cierta manera, el ubicarlo a beneficio del ubicador, para que todo se adapte como un guante a la historia que ocupa el presente. Porque es el presente el que manda. No hay pasado, no hay futuro. Es este ahora irrenunciable, tangible, confiscado al futuro, el que mueve la trama. He vivido lugares en donde nunca he estado y no he vivido en absoluto algunos en los que estuve. Serán los libros. Será la voluntad de vivir adrede. Sin filosofía. Como si no hubiese con qué rebatir el roto.

4.10.21

Mi padre recitaba versos de Bécquer



 Tengo un recuerdo brumoso de mi padre leyendo. Para enredarse en los libros hace falta quietud y él no la tuvo nunca. Era más apremiante entonces traer a casa un jornal y hacer acopio de fuerza para saludar con ánimo la jornada siguiente, pero sorbía las palabras ajenas, las memorizaba, las hacía suyas de un modo asombroso. Sin poseer una cultura libresca, era capaz de recitar versos sueltos de Lorca, de Machado o de Bécquer, que recuerde. Le oí las veces suficientes como para fijar en mi agradecida memoria una especie de mantra lírico y sencillo que flotó en casa mientras mi madre se esmeraba en cuidar de todos (abuelos incluido en el pack casero) y que no se notasen más de la cuenta las penurias de aquel tiempo duro que luego (por fortuna) fue más venturoso. Hacía mi padre escasa impostación de la voz cuando se soltaba en rimas, pero la timbraba con intención de actor, arrobado por la elocuencia de las palabras y la música del ritmo. Le echo de menos a diario. A mi manera, de la que no sabría dar rendición pública, trasiego con su ausencia y casi no hay día en que algo casual no me transporte a los recuerdos que me dejó. Esa fue su mayor herencia. La de los detalles minúsculos, en apariencia. La de los gestos sencillos. La de las miradas hondas que él dominaba como Dios sus nubes. Ayer di con el libro de Bécquer trasteando en la biblioteca de casa. No sé qué hacía ahí, siendo la suya (menor, pero igual de cuidada) el lugar en donde debía estar. Es de una edición humilde. Lo compraría en un buscado descuido en sus trajines de la imprenta al hospital y tendría de él más la propiedad de tener en casa las rimas y las leyendas, tal vez escuchadas en la niñez, cuando su escuela extremeña, en plena guerra, cuál sería, que la certeza de que su horario le daría oportunidad de volver a ellas. Vivió entre los anhelos de la poesía y los peajes de la realidad. Supo admirar a su pequeña asamblea de poetas y agradecía que su hijo arrancara en letras y llenara de libros su dormitorio. Cuando ese hijo empezó a publicar libros, alardeaba en las tertulias entre amigos. Guardaba las columnas que escribía en el periódico en una carpeta antigua que fue engordando hasta que decidió usar uno de esos álbumes de fotos. Murió un mes antes de que yo publicara un nuevo libro, en el inicio de la pandemia. Privado del habla, no supo decirme lo feliz que eso le hacía, pero hablaban sus ojos y su mano apretaba con sus pocas fuerzas la mía. Un buen ciento de libros siguen ocupando un par de muebles de estantes en su casa, que es la mía también. Están Espronceda, Delibes, Unamuno y Galdós. De Bécquer me dijo una vez que había muerto demasiado joven. Fue una apreciación que no entendí entonces. Quiero entender ahora que se refería a la vida que queda sin disfrutar si se nos retira pronto de ella. Él vivió con intensidad la suya, deteriorada indecible mente al final. De Lorca le dolía que lo hubiesen matado. No se puede matar a un poeta, pudo haber dicho. No era hombre de esos alcances. Sus libros eran ediciones baratas, humildes y dignas, y él mismo fue un lector humildísimo, que de vez en cuando se envalentonaba recitando versos, sin pretender dárselas de culto. No tuvo tiempo para la cultura. La pilló en ratos libros, se apropió de ella con la mansa resignación de los que no viven para los demás. Eso hizo. 

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...