4.8.16

Whiplash / El magisterio salvaje



Whiplash es una película que habla sobre las limitaciones y sobre el modo de superarlas. También es un elaborado discurso de cuyas líneas es posible extraer muchas conclusiones útiles. Una de ellas es la vigencia de la voluntad. No hay nada que no se consiga a base de esfuerzo, parece gritar cada poro de la piel de esta historia. Nada que no se franquee si se le aplica el trabajo  y la motivación adecuadas. Otra lectura es si se puede pagar cualquier peaje en ese adiestramiento salvaje, si se pueden dejar por el camino asuntos más trascendentes que el mero hecho de dominar una disciplina, sea la de ser batería de jazz o escritor de novelas de misterio. Quien entre en serio en Whiplash va a encontrar frases sueltas que hablan de todo esto. No teman si abundan; si el guionista y director, Damien Chazelle, se empecina en repetir la misma escena las veces suficientes como para que puedan invitar al cansancio. Whiplash nos adiestra también a nosotros: va modelando nuestra paciencia, aparta la neblina que produce la repetición y termina por convertirnos en espectadores agradecidos por esa pedagogía que se ha desplegado a nuestro beneficio. 

El genio, en jazz, en la cocina o al mando de un coche de carreras, se pule si se trabaja. Eso viene a decir Chazelle: no hay talento que no se reblandezca si no se practica, no hay oficio que no se ennoblezca y perfeccione cuando se le procura tiempo y empeño. La sangre en las manos de Andrew Neiman, el heroico protagonista (un muchacho que quiere ser un grande en la historia del jazz en su instrumento, la batería) o el hielo en donde las introduce cuando el dolor las atenaza son el icono forzado (creo que un poco forzado, la verdad) con el que se introduce gráficamente esa idea de esfuerzo absoluto, de fanatismo aplicado a la consecución de un objetivo. En ese ensayo continuo no se advierte si Neiman ama la música, el jazz que toca, o si únicamente se sirve de ella para alcanzar ese rango épico que le mueve a diario y hace que su vida no tenga otro aliciente. Ejecutar una pieza de modo magistral no evidencia que se ame esa pieza de un modo pasional. Siempre hay un precio que pagar, no obstante: el de Neiman es altísimo. La sangre, el sudor y las lágrimas famosas, las que ilustran siempre la adquisición de cualquier saber, son aquí literales, se ven, se huelen casi. Es ahí, en ese hilo moral del argumento, en donde Whiplash cobra su fuerza: en la constatación de que todo está permitido en la didáctica que moldea al genio. Si se puede vender el alma al diablo para tocar como los ángeles. Si se puede sacrificar todo (en esta trama hay renuncias por todos lados) por ser sublime en algo. 

Mención aparte, la más enfatizable, es la del trabajo de J.K. Simmons en el papel de Fletcher, el profesor estajanovista, obsesionado por la perfección,. Simmons es un actor enorme que todavía no está en donde debería, al que aún no se le ha valorado con justicia. Lo que hace es asombroso: un actor en absoluto estado de gracia, una recreación majestuosa del profesor cabrón que sólo tiene un anhelo: el de hacer alumnos brillantes, aunque algunos se queden en el camino y lastren sus vidas y las malogren de un modo a veces irrecuperable. Cada gesto que hace, cada frase que pronuncia subraya esa idea de magisterio salvaje. Fletcher ocupa toda la pantalla, acapara toda la atención de un espectador nublado a ratos por la dureza de su comportamiento y enternecido en otros al ver asomar un corazón detrás del escudo protector. El clímax final (apoteósico, créanme) cierra el tour de force entre profesor y alumno y lo hace de una manera convincente, espléndida, iluminadora. Y si alguien se arredra por la presencia continua del jazz y no es muy aficionado al género, que transija, que eche el cerrojo al prejuicio y se acomode lo mejor que pueda y deje que el cine (el bueno) le cuente una historia sobre el alma humana. Es de eso de lo que trata, no es una película sobre jazz, aunque el jazz (y bueno también) lo impregne todo y todo lo engrandezca. 

Al acabar de verla anoche, me lancé a escuchar a Buddy Rich. No podía censurarme ese capricho. Hubiese querido poner también a Charlie Parker o a Duke Ellington, del que suena una maravillosa versión de su inmortal Caravan, pero era tarde y hay que obedecer ciertas reglas. No todo es admisible, ésa es una de las enseñanzas (imagino que entre otras igual de notorias) en Whiplash. Le debo a mi buen amigo Rafa Roldán que me pusiera otra vez en la pista. Es una de las charlas (muchas pendientes) que tendremos cuando hagamos un nebraska con un par de cervezas. 

2.8.16

Las cosas que se hacen ricas y me dejan a mí pobre

No sé en qué poema leí que se puede vivir sin casi todo. A casi todo se le puede vetar el paso. Bastan algunas sencillas cosas. Las mismas que esgrime el animal para no flaquear y evitar que vivir sea una aventura breve y más o menos gozosa. Prescindir es uno de esos verbos incómodos que nos ponen de frente al dolor. A lo que uno aspira es a no tener que prescindir de nada. Ojalá el cuerpo tuviese la voluntad que le falta. El problema reside en lo ingenuos que somos. Creemos que la vida está a nuestro servicio y mandamos sobre ella y la gobernamos. ¿La renuncia es, sin embargo, una aventura sostenible, como dicen ahora? Se puede vivir sin escribir en facebook o sin leer a Proust o sin tomar croquetas de espinacas. También es fácil no depender de los paseos a media tarde o del café tras el almuerzo o incluso del sexo al clarear el día. El jazz de los cincuenta no es necesario. Tampoco el cine de la Hammer en un cine de verano o la cerveza de abadía. Ni estar al día en los asuntos políticos, ni llevar cuentas a diario de cómo nos funciona el corazón. De verdad que se puede vivir sin casi todo. A casi todo se le puede oponer resistencia, franquear el acceso. Basta una rutina, cierta disciplina. Duele al principio, pero después no hace falta sal en la sopa ni la prensa con el desayuno. La vida siempre se abre paso. Da lo mismo lo que le rebajes. Ella avanza, impone su criterio, nos obliga a ceder a sus manías. Anoche, una vez ya acostado, y no temprano, me pilló sin batería el móvil que uso para escuchar la radio. La decisión de levantarme y buscar el cargador y acoplárselo me pareció inabordable. Me desvelaría, acabaría por estar toda la noche con los ojos como monedas de euro. Dejé que el sueño me fuese venciendo. Lo hizo al poco rato. El cuerpo (como la vida) también posee su coreografía y no se salta un paso. Lo que soñé es lo que me ha hecho pensar esta mañana en lo esclavos que somos de ciertas cosas. No sé si esa esclavitud es mala del todo. La elige uno, al fin y al cabo. Yo me declaro felizmente esclavo de una barbaridad de vicios. Los tengo todos a mano, me dejo administrar por lo que dicen porque es muy grande el placer que esa obediencia me regala. Soñé con todo lo que amo. Vi pasar con absoluta precisión las cosas a las que me entrego, aunque me dejen pobre, como decía Rilke. Todas ellas, en comandita, como burlándose de mí, espectador inútil.

24.7.16

Cosas que no es posible ver



La vida siempre se abre paso. Siempre se mueren los otros. Lo que cuenta es todo lo que no ha pasado todavía. Se pueden añadir más frases cortas, sin mucha complejidad sintáctica. Una idea. Una forma de contarla. La vida. La muerte. Al final lo explica mejor Cartier-Bresson. Tomó la fotografía en 1971, en Palermo, en Sicilia. Ayer por la tarde fui al cajero y vi pasar por la avenida un coche de caballos que traía a unos novios de una iglesia. Había quienes miraban con admiración, con estupor o con incredulidad. Quien no miraba a los caballos, al cochero (uniformado para la ocasión) o a la feliz pareja era un pobre de solemnidad (quedan muchos todavía) que deambula mi pueblo , buscando (imagino) un lugar en donde cobijarse de la canícula. No le hizo aprecio alguno. Era un carruaje fantasma. Tampoco los niños de Cartier-Bresson advierten que la muerte viaja en la otra acera. No saben lo que es, no tienen referencias fiables. No les hacen falta. Al pobre de ayer tampoco le hacía falta ver la felicidad ajena. Le bastaba con procurar que un poco de la suya se abriese paso. Como la vida. Son otros los que se mueren, al fin y al cabo.

10, Cloverfield Lane / La dimensión desconocida



Hay veces en que uno no desea que se le confine, aunque haya razones y se le explique con autoridad que afuera no hay vida o que la que pueda encontrarse no es recomendable. Luego están las certidumbres, la generosidad que le dispensamos a la verdad. Si sabemos que algo es cierto, si logramos esa convicción, lo aceptamos, hacemos que nuestra cabeza negocie consigo mismo la manera de seguir, como si hubiese otra vida y se estuviese organizando el modo de vivirla. Algo de todo esto le pasa a Michelle, la protagonista de 10, Cloverfield Lane. Se despierta tras un accidente de coche (que huele mucho al inicio mítico de Psicosis) en un zulo y su secuestrador le explica que la ha salvado, que no hay nada más allá del zulo, que sólo hay zulo. En esta premisa, embutida en un formato absolutamente teatral, discurre una trama en nada morosa, que se acrecienta en tensión conforme se descubre si en realidad el búnker es un lugar necesario (parece que los alienígenas han atacado la Tierra) o es un juego carcelario de alguien lo suficientemente traumatizado como haberlo construido y creer después que el aire es irrespirable afuera y caerás nada más salir del agujero.

La idea de que nuestros captores sean en realidad nuestros benefactores no es nueva. Lo que fascina de 10, Cloverfield Lane es la reticencia del guión a ofrecernos todas las cartas desde el principio. Se juega a confundir, se privilegia cierto sentido de la intriga, la intriga pura que no permite poseer un dominio completo de lo que se ofrece. Por eso estamos como Michelle, la protagonista, recluidos, obligados a despejar las incógnitas, incluso las más duras. Y son dos, sin más: la que todo lo fundamenta en una invasión alienígena (con su aparato viral incrustado en el aire) y la otra, más humana, focalizada en un personaje bestial (Howard) que interpreta con el carisma habitual un incomensurable John Goodman. Todo lo que sucede en el búnker es una consecuencia lógica de ambas premisas; da igual cuál nos satisfaga, no importa que de verdad los extraterrestres hayan sometido a la población o que sea un psicópata, uno particularmente inclinado a creer en conspiraciones y en tramas apocalípticas. 

Sugiere más de lo que ofrece, abre puertas que luego no van a ningún lugar: en ese estado de las cosas, 10, Cloverfield Lane, es una exquisita pieza dramática, sustentada en muy pocos pilares, pero sólidos, asfixiantes también. Los residuos del 11-S (con toda la extensión violenta posterior, con el terrorismo que hoy en día nos desvasta y nos cuestiona nuestro modelo de civilización y de legalidad) planean poderosamente sobre la historia. Se cree que la seguridad está por encima de la felicidad. se instaura un modo de vida que descree de la convivencia (por fuerza) y sólo se preocupa de sobrevivir, aunque sea con el peaje más alto, el de la bunkerización absoluta, el de vivir bajo tierra en condiciones (nunca mejor dicho) infrahumanas. Da igual que el escenario subterráneo tenga un jukebox y hasta un reproductor en donde ver viejas películas, una especie de reproducción en miniatura del american way of life. De hecho, una parte de la cinta se preocupa de explicar precisamente eso: el modo en que las libertades (cualquiera de ellas) está amenazada por injerencias externas no siempre gobernables, sea un tarado o un ejército de criaturas del espacio exterior. Tachtenberg, en su primera película, borda el producto redondo, lo hace con absoluto oficio en el manejo de las maquinarias propias de los varios géneros que aborda, bien el dramático, el del suspense puro o incluso (en momentos) el del terror. Su capacidad de fascinación no se rebaja con ninguno de ellos. Hasta ese final (del que no se dará aquí avance alguno, por supuesto) deja abiertos muchos interrogantes. A Spielberg le hubiese encantado continuar a partir de ahí. Detrás, en la sombra, anda J.J. Abrams, el nuevo mago de la industria, el que está ejerciendo de maestro de ceremonias de varias generaciones de amantes del fantástico, de la sci-fi, del buen cine también. 

9.7.16

Los azules limpios

A veces toso como si se acabase el mundo. En el estrago, en mitad de esa polifonía sucia, tengo la impresión de que oigo crujir mis pulmones. Luego vuelve a su modo natural y ni aprecio que están. Los tengo domados. Los alivio (los mimo)  a base de química. No sabe uno hasta qué punto estamos a merced de la farmacología. Casi todo los dolores tienen el compuesto que los menguan o que los anulan. Habrá quien prefiera vivir armoniosamente con los dolores al modo en que muchas mujeres prefieren parir sin epidural, durmiendo el nervio, convirtiéndose en un objeto neutro, incapaz de sentir. La enfermedad no debería existir. Tendríamos que nacer, desarrollarnos, reproducirnos y morir. Incluso estoy por eliminar el último verbo. Claro que entonces no habría ninguno de los otros. Siempre acabamos hablando de religión. Empieza uno relatando la épica de la tos, todo el cuento del pulmón asalvajado y del ojo luctuoso y termina en un congreso de bioética, lleno de curas y de librepensadores. Se ve que no sabemos hablar de otra cosa. A lo que vuelven muchas veces mis conversaciones es al dolor. No se nos educa para el dolor. No hay una pedagogía que nos enseñe a soportarlo. No hay un vademécum propicio. No es sólo el físico, el que devasta, el dolor que prorrumpe y arrambla con lo que encuentra al paso. Está también el del alma. El dolor de no saber o el de saber en demasía. El dolor de la ausencia o el desamor o la injusticia. En estos tiempos abundan los libros que nos ayudan a vencer esa fractura. Libros con recetarios, que indican una especie de posología verbal. Son el género de moda. Una vez cogí uno de ellos en casa de un amigo (no uno que depende de estas pildoritas para ser feliz, pero ahí estaba, paradójicamente) y lo hojeé con calma. Le apliqué una lectura honesta y me fascinó su capacidad de persuasión. No había quebranto al que no pusiera freno. Se atrevía con asuntos muy serios y alardeaba de acometerlos con pasmosa eficacia. Libros de esta guisa prefiguran un tipo de lector ingenuo, del que no se debe decir criticar nada. Porque leer siempre es una puerta hacia algún lado y no sería de extrañar que raspe algo relevante de esa superficie casi roma, sin apenas hondura, hecha para dar alivio instantáneo o para taponar heridas, en lugar de sanarlas. 

El dolor también tiene un sentido patrimonial. Hay dolores que nos escoltan toda la vida. Están integrados en nuestra existencia, configuran el estado general de las cosas y hasta legislan (son poderosos, saben que todo pasa por su voluntad) el quehacer diario, imponiendo recesos, organizando los horarios y pasándonos factura si en alguna ocasión somos osados y franqueamos el límite que nos han impuesto. Uno cree tener los pies en el suelo, pisar tierra firme, cuidar de no tropezar y sentir la seguridad de que se conoce el camino o de que, en todo caso, estamos alerta por si sobreviene un obstáculo o surge un imprevisto. Es la cabeza la que está en el aire, flotando, mecida por el primer viento que se le cruza, inevitablemente zarandeada por las inclemencias del azar, que suele ir a lo siuyo y no se deja gobernar y desoye la voluntad de quien le habla. Todo eso pasa. En el fondo, no es mal sitio el aire, el limbo, la nada protectora. La visión que ofrece es más entretenida. Incluso acaba uno fortalecido en ese acto un poco malabarista. No hay día en que todo salga como lo planeamos, ninguno que no le haga un roto al traje con el que pisamos la calle. Los años nos enseñan a manejarnos bien en esas alturas, nos dan confianza. Lo que incomoda a veces es la seguridad, la rutina, la placentera sensación de que todo sucede como dispusimos, la ausencia del dolor. Se está más vivo en el riesgo. No hay día que no abra una herida o cierre otra. A un dolor que no soportamos le abraza otro que causa un dolor mayor, de modo que uno (por fuerza) mengua, se rebaja, adquiere una presencia de menos peso, nula en ocasiones. No estamos preparados para sufrir. No hay escuela que instruya sobre estos asuntos. Se intima con el dolor y se aprende (a solas, qué remedio) a domeñarlo. La alegría es otra cosa. Es fácil trasegar con ella. Se la lleva de paseo y se enseña a los amigos. Se la aposta en las barras de los bares y se la invita a beber. Hay un piso firme debajo suya. En la felicidad se aprecia el azul del cielo con más nitidez, pero es el dolor (la ausencia de azules) el que te pone delante de los caballos y te hace correr, por evitar el atropello, y entonces ideas, maquinas, compones el poema con el que festejar la salvación o el caos. Al final será verdad eso de que el arte (para quien lo crea o para quien lo observa) nos pondrá a salvo, pero también la belleza se impregna de dolor. Igual es esa la razón por la que lloramos de placer cuando la belleza nos atraviesa al sonar una pieza de música o estando frente a un cuadro o una película. 


6.7.16

El orden

Lo que los físicos llaman, con razón, orden, no es más que una medida compensatoria a nuestra incapacidad física para contemplarlo todo de una forma global. Por eso el poeta ha creado la ficción absoluta.


Siempre me preocupó no saber dónde estaban las cosas. Sabía, en el fondo, que acababan apareciendo. Se tiene una siempre personal  idea del orden. Las cosas que perdemos, si no se buscan, aparecen. Se confabulan contra la posibilidad de que la voluntad las encuentre, dan con el modo de burlarse de nuestro tozuda convicción de que las hallaremos. Hoy encontré el papel (uno cualquiera, no importa el contenido) que se obstinó en no ser encontrado. Basta con no pensar en que las precisamos, es suficiente (de verdad) la indolencia, incluso el olvido. Borges lo expresó mejor: sólo es nuestro lo que perdimos. Quizá por eso todo vuelve a su cauce, todo encuentra su camino de vuelta. No siempre brilla este felicidad de los objetos, no siempre podemos asegurar que no pensar en lo que deseamos hará que suceda. Santiago Auserón lo dijo muy bien: el orden aprendió del caos. Con el tiempo he ido adquiriendo cierto orden en mi vida. Antes de que ese aprendizaje calara, yo era un completo desastre. Se puede decir bien alto. Me sentía (todavía a veces insisto en ese vicio antiguo) feliz con ese caos del que era dueño. Ahora, sin embargo, disfruto con saber el lugar en donde están las cosas. Admiro a quien estabula su vida y la compartimenta. Quienes saben dónde lo tienen todo y son capaces, sin pestañear, en encontrar aquello que se les ocurra o que se les solicite. Ojalá yo medre en este nuevo oficio que estoy aprendiendo. Mientras tanto, añoro el caos. Entiendo que no es el camino, pero lo echo de menos. El caos es mucho más creativo que el orden, pero todo eso lo digo creativamente. Prefiero que el doctor que me atiende sepa dónde está mi expediente. Todo lo que digo es frivolidad pura. Literatura con una Budweisser al lado del teclado. Por si flaqueo, por si me pierdo. Los íntimos, los que me conocen, saben cuánto me cuesta. Algunos, los más allegados, lo que me duele no ser de otra manera y poder controlar la realidad a beneficio personal y de los que me rodean. 

30.6.16

Como en Roma

Hoy he leído que en la Antigua Roma los dioses eran verdaderos para la plebe, falsos para el filósofo y útiles para el político. No creo que hoy podamos pensar en dioses como los romanos. Sin embargo, nada o muy poco ha cambiado dos mil años más tarde. Sólo el plural adjudicado a la divinidad. Se venera un solo dios verdadero, da igual de qué religión sea. En lo demás, en lo que piensa el pueblo (la plebe es una acuñación semántica de rudo trasfondo; tampoco cuadra grey, que es una acepción de más fuste literario o de homilia) o los filósofos o los políticos, no se advierte que haya mudanza. Los políticos (ay) continúan amañando adhesiones, pactando acuerdos (menos aquí, menos ahora) o haciendo pragmática pura (demagogia, no podemos cambiar nada). Los romanos de antaño no han perdido actualidad. No se apuñala a nadie por la espalda, pero las puñaladas son los titulares de la prensa diaria. Los filósofos están, los pobres, desprestigiados. Son los políticos los que los apartan, quienes ven qué peligro tienen sus discursos en las aulas, con qué poca y hermosa mecha se puede prender el fuego de la inteligencia en el pueblo. No sé si quedan teólogos. Creo que hay uno por persona. Todos somos teólogos, aunque no lo sepamos. Hablamos a favor o en contra de la divinidad, pero no hay quien la soslaye, quien la aparte. Creo también que estamos todavía en la Antigua Roma. Nada ha pasado en dos mil años. Todo es un paradójico bucle.

22.6.16

La escritura de los sueños

En lo que sueño abundan los lobos. Hace pocas noches volví a soñar con ellos. Uno fatigaba un bosque castigado por un sol absoluto. Otro, liberado de las obligaciones de la sangre, parecía una especie de patriarca, una especie de rey lobo al que acudir para solicitar consejo. No sabría explicar los motivos de ese lobo, los motivo de ninguno que ocupara mis sueño. De hecho, en los sueños, aprecio su voluntad novelística, su firme gesto creativo. Los sueños que recordamos son como el último sabor de una pieza de carne en la boca. Luego es el tiempo o la contaminación de otros sabores lo que malogran la restitución fiable de lo soñado. Y ahora el lobo, convertido en un texto, no me dice nada. No tiene sentido ninguno que yo lo recobre aquí y lo haga perdurar. Quizá la literatura sirva únicamente para hacer que perduren las cosas. Como un registro que aspira a trascender sobre otros registros. Como si el lobo, al eludir la manada, hubiese pedido, en el limbo mágico del sueño, que lo rescatara de su condición de bestia y le brindase otra de más fuste, la de palabra. En el fondo, somos símbolos, indicios de otra cosa que no sabemos nombrar. Hay una teología en los sueños, un limpio deseo de alcanzar un estado de las cosas infinitamente más lustroso y durable que éste. Trenzado los sueños, ajustado al puzzle arcano que prefiguran, se dibuja una trama personal, una íntima, la única que quizá nos represente, por encima de lo que hacemos en el tráfago del día. Valen más las noches, lo que la noche escribe cuando dormimos, que todo lo que hacemos durante el laberíntico día. 

19.6.16

La cerilla de la escritura

Nunca tuve fotogenia, no se me ve bien en fotografías, no me reconozco, si me apuran. Advierto parecido con quien observo a diario en el espejo, pero hay algo impostado, una especie de falsedad consensuada, consentida a fuerza de ser tan abrumadoramente lógica. No sé los demás. Si también se ven con escepticismo, calibrando si aceptarse o no. Ayer vi unas fotografías en las que luzco con diez años menos en las que no hubo nada que me hiciera admitir que era yo el representado, el protagonista. Mi relación con la fotografía es visceral, me tomo a broma, no me reconozco. Es como si fuese otro, y en ocasiones es otro, no el que piensa y se reconoce a sí mismo en lo pensado. Anoche, volcando fotos de un disco duro a otro, ordenando un poco el caos, pensé que prefiero ejercer de fotógrafo. De hecho, en la mayoría de las fotos que ordené (cientos de ellas) no aparezco. Sucede así también en las fiestas a las que he ido. Si hay oportunidad (suele haberla) yo soy el que pone los discos, quien escucha las peticiones y maneja la mesa de mezclas. Lo hice de joven y ahora, en esta edad difícil, ni corta ni todavía muy provecta, procuro llevar la música y elegir cuándo hacer que suene una u otra. Así lo que evito es ponerme en la pista de baile y hacer lo que no sé o lo que menos me atrae. Escribir es otra cosa. Aquí pido la palabra. Siempre la consideré mía, siempre tuve con ella esa intimidad. Quizá todo sean consideraciones banales, de las que ocupan un rato en la cabeza y después, a poco de pensadas, se desvanecen, no ocupan el tiempo que se emplearía en asuntos de más fuste. A mi amigo K. le fascina que haya posibilidad de escribir de todo y que a todo se le arrime la cerilla de la escritura. Pero al final (le digo) lo que cuento es que lo narrado acaba ardiendo, no perdura, se fija en la atención de quien lee y después desaparece poco a poco o tal vez con más brusca evidencia. Otro amigo, J.A., decía ayer preferirse anónimo, sin casi hacerse ver, como si le guiara la timidez, cuando no es así. Que esa voluntad suya provenía de la experiencia que dan los años (cincuenta y poco los suyos) y que se sentía feliz entendiéndose a sí mismo. Yo me entiendo a ratos, por días. Carezco (creo que felizmente) de la facultad de saber las razones por las que ando y la certeza de saber al lugar al que voy. Sé (me conformo con eso) que procuro recorrer el trayecto con honestidad conmigo mismo, intentando (en lo posible) no herir a nadie y, de camino, granjeando cierto afecto de quienes me cruzo. Escribir es buscar también que se le quiera a uno o que uno, al escribir, se quiera y se sienta hospitalario con lo que va contando. 

2.6.16

un hombre en la oscuridad

hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las pesadillas de los niños, al jefe de los atormentados y de los crédulos, he visto la luz tambalearse en la sombra, he visto el verdadero rostro del tiempo, estaba esculpido en un rostro baladí, en uno sin atributos remarcables, incluso en uno neutro, de una atonía ejemplar, pero era posible ir más adentro, penetrar en lo que registraba el ojo y pasearse por el origen del universo, por el mismísimo big bang, con su pedo cósmico, con su gran arcada plenipotenciaria, cuando el dios rudimentario, el caprichoso, contempló el vacío y lo contempló otra vez y decidió crear a oscar wilde y a las aves palmípedas, porque ahí estaba ya todo pensado, es imposible que yo no estuviera previsto cuando se produjo el chasquido fundacional, no es posible que dios no supiese ya todo lo que vendría después, supiese del hueso trascendental con el que los hombres primeros descubrieron el arma fundacional, supiese las palabras que le dijo Julio César a Bruto, supiese de los crímenes de Whitechapel, supiese de los indignados tomando las plazas de las ciudades, miradme recorrer la oscuridad absoluta, buscando la luz, no hemos dejado de buscarla, da igual que esté lejos, no importa que la luz sea un veneno y nos abrase su dulzor en la boca, no habrá palabras que podamos decir, ni gestos que hacer, no habrá un poeta que sepa contar la trama celeste, ninguno que sirva de modelo, ni siquiera todos los poetas del mundo, puestos boca abajo, zarandeados, abiertas sus cabezas, derramada toda la sangre que circula por sus cuerpos, podrán afinar lo suficiente como para bosquejar un principio y avanzar, a tientas si hace falta, por la senda intuida, la de las baldosas amarillas y la de los cráteres, la de la verdad infame y la de las mentiras maravillosas, hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las palabras trágicas, porque no había otra cosa que una tragedia en las palabras que iba diciendo, una tragedia antiquísima, quizá no ha habido otra cosa sino tragedia, y el hombre de hoy ha venido a contarnos el episodio cercano, el que nuestras pobres cabezas pueden entender, la mía entiende lo justo y lo entiende de un modo precario, he visto cabezas que parecen entenderlo todo, ves la cabeza y entonces comprendes que ahí dentro está dios, dios gramatical, dios seminal, el gran dios de los discursos del panteísmo y de la revolución industrial, el dios de san juan de la cruz  y de janis joplin, ay, hombre terrible, qué nos has contado, qué bonita paradoja la tuya, la nuestra, en el fondo, bien mirado, bien pensado, mirar y pensar juntamente, somos la misma paradójica cosa, sí, estamos hechos de la misma oscura sustancia, somos el que lee y el que escribe, el catón y el libertino, llevamos dentro la semilla del bien y la del mal, llevamos dentro al mismo incómodo inquilino, un bicho cabrón, señor, eso anda ahí, está la noche echándose encima y crosby, still, nash and young me cuentan historias rurales, ninguna que yo no conozca, la sustancia repartiéndose por el mundo, llegando a todos los rincones, dios mío, dios mío, dios más mío que de nadie, qué delirio, qué vértigo, qué fiebre, al gran hombre de la luz le diré, si lo veo otra vez, que me instruya y me guíe, que me aleccione o que me conforte, hace falta alivio, una mano en la espalda, un abrazo sincero, uno largo, a mí me gustan los abrazos, a mí me gustan los besos, no hay día en que no piense si ha habido algún abrazo, si alguien me besó o si yo, llevado por mi afecto limpio, he besado a alguien, si besáramos más, ay, el mundo giraría mejor, hay que darle al beso la importancia que merece, porque besamos sin entender lo que hacemos, se besa sin comprender el alcance de ese gesto, a ver si hay camino de vuelta y no estoy descarriado del todo, si hay todavía posibilidad de que me atraviese la inocencia, no hay día en que no la busque, pero está el big bang y están los coches de choque en la línea primera del poema, está mi amor de los quince años con sus pezones violentando la tela del bañador azul, está el libro que me hizo amar a todos los demás libros, en la literatura está el origen del bien y del mal, la historia del hombre está registrado en los libros, anoche me dormí con uno de paul auster, trata de alguien que fabula, adoro fabular, me parece que no hay oficio más entretenido, ninguno que lo iguale en eso, en entretenimiento, la literatura entera es una voluntad firme por no aburrir, por hacer que el tiempo no transcurra como suele o que la realidad no fluya como suele

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...