10.3.16

Europe's living a celebration...




Hambrunas, pandemias, palabras
Hoy escuché hambruna. Me sonó violenta, sonaba como un disparo. No es una de esas palabras que pasan desapercibidas y excede la frivolidad con la que a veces despachamos ésa otra, hambre, con la que tratamos ocasionalmente y que no solemos tomar en serio. La hambruna es otra cosa. La padecen la gente que no saludamos en la calle, ni la que nos acompaña en las terrazas, en los bares, en la puerta de los colegios. Se tiene de la hambruna una idea escandalosa, compleja, con la que no podemos hacer otra cosa que teorizar, como yo hago ahora, si me permiten. Se habla de lo malo porque no nos afecta o lo hace tangencialmente, de rondón, cuando comemos en la cocina y el telediario informa de que un país la sufre, la hambruna, y enferman o mueren sus ciudadanos. Se colige de esa incontingencia que no son ni ciudadanos. De serlo de verdad no habría hambruna que los exterminase. La escasez generalizada de alimentos, lo que dice la RAE que es hambruna, no debería ser admitida en ninguna sociedad en la que convivan en armonía, en paz. Admitiéndose, a lo visto, sólo tenemos que lamentar el bárbaro mundo en el que decimos convivir. Hace tiempo que en la escuela cuento la misma historia: la de que es el azar el que nos hace nacer en un país como el nuestro (con sus vicios, con sus grietas, con sus pecados) en lugar de otro. Pueblos ésos, los que no prosperan, los que les devasta el hambre o la sed o las guerras, que figuran entre los pandémicos. Son muy curiosas las palabras. Hambruna, pandemia. La una está incrustada en la otra de modo que no es posible concebirlas separadamente.

Schengen ya no mola
La novedad introducida por las políticas tóxicas que imperan ahora es que las hambrunas (o las pandemias) no suceden lejos de donde vivimos. Las tenemos a las puertas, están a punto de entrar en casa, y cree uno que el asunto de la hospitalidad con quienes las padecen se está convirtiendo en un tema de Estado que nadie quiere. Políticas incapaces de mancomunarse a la búsqueda de una solución que frene (o anule) esta riada de refugiados. Duele (si cabe duele más) al reconocer que es el hipotético país de acogida el que, pudiendo, declina o se resuelve inhábil en la mediación del conflicto o en su solucion. Europa (hoy más que nunca) debe afinar su carácter integrador, esa especie de salvaguarda moral que se le atribuye. O será que no es depositaria de ningún bien ancestral. Que no fue en Europa donde nació la cultura. Es eso, la cultura, la que se está desmoronando. Desprestigiando incluso. Es la incultura (entendida así) la que malogra la posibilidad de que los pueblos no rivalicen, no se masacren, no decidan exterminarse o sacrificarse. Repatriar emigrantes, argumentando que la casa está llena o que son maleantes - los habrá, sin duda - quienes se cuelan - no resuelve el problema, aunque lo aparta, lo aleja de las calles familiares, lo reduce a un par de minutos (cinco si la cosa es grave) en los telediarios de la noche. El argumento de que sean legales o ilegales sólo introduce un matiz administrativo, ineludible, por supuesto. Queda en la administración, en su eficacia, que entren, se eternicen en la frontera o sean ordenada y convenientemente repudiados, devueltos a casa, de donde no querríamos que hubiesen salido. Queda que se organice la forma en que todo sea una vecindad multicultural, que no es asunto de fácil encaje. Sólo hay que ver el panorama, advertir los rotos de ese pespunte idílico en el que los distintos se abrazan y conviven.


Adenda / Antielogio del mercado
El mal es el mercado. El mal es invisible; por anónimo, por mediático, es invisible. Se cierran las fronteras para que la casa no se llene. En el fondo, a conveniencia de la moral de cada uno, pero incontestablemente, no existe una casa preparada a fondo para que abastezca a quienes la habitan de nuevas. Lo de aquí cabemos todos o no cabe ni Dios, cantado por la izquierda progre y por los cantautores de la transición, viene a ser lo mismo, es cierto a medias. Como no caben es sin haber elaborado un modo de que quepan. Es en eso, en la falta de ideas, en la imposibilidad teórica (primero) de que todos se integren y colaboren y reviertan en la sociedad que los ampara y en la imposibilidad práctica (después) de que exista una oferta real de trabajo con la que puedan subsistir, medrar tal vez, sin que las (flacas) arcas de los Estados los alimenten. Todo es cosa de que los mercados funcionen. Las guerras las dirigen los mercados. Las hambrunas las crean los mercados. Las pandemias las crean los mercados. El mercado, el gran gobernante, el que dice y espera que, al decir, escuchen, escuchemos. El mercado, cuando se pone bruto, funciona sin respeto a sus asalariados. Los humilla, los pervierte, los jibariza. El mercado, cuando se pone serio, se tambalea, deja de ser mercado, no funciona como mercado, termina por defraudar y no cumplir con lo que se le encomendó. El mercado es el mar que se cobra las vidas de los que van en las pateras. El mercado no tiene las obligaciones que sí tienen los países miembros de la Unión Europea. Visto así, el mercado parece una cosa extraña, una cosa etérea de poco o ningún asiento con lo real. Como si lo real le afectase y le doliese. 


9.3.16

Día Hopper


Gregory Crewdson


Veo a Hopper donde no está. Los días Hopper son involuntarios, no se plantea uno que el día sea Hopper o sea Kavafis o Shostakovich, pero no se puede gobernar esa inclinación, no hay forma de que podamos reprimir la forma en que miramos o el poso que deja lo mirado adentro. Esta fotografía del formidable Gregory Crewdson es Hopper por encima de cualquier otra consideración. Detrás de las ventanas están todas las personas que Hopper pintaba. Están ahí todas, no falta ninguna. Incluso el propio Edward Hopper está en una de esas habitaciones ahora mismo, registrando el mundo. 

El beatle que no estaba



George Martin, no confundir con el George (R.R.) Martin de Juego de tronos, tenía la música de los Beatles en la cabeza al modo en que los directores de orquesta (se fue el otro día Harnoncourt, por cierto) tienen la partitura de lo que su orquesta toca en la suya. Eso de que la cabeza tenga música es una responsabilidad enorme. Que un disco sea registrado como lo desea quien lo compone o lo ejecuta no es sólo labor de que los instrumentos estén afinados o de que los intérpretes tengan la inspiración y la intención de que todo cuadre y funcione. El productor musical (George Martin fue uno de los más influyentes) hace que nada se desvíe de ese ideal en ocasiones algo utópico. Tiene que anticiparlo todo. Saber cuándo suena una guitarra y en qué lugar de la canción alojarla, qué tipo de sonido conviene a lo que suena o, en última instancia, controlar (como si fuese el auténtico padre) el futuro de la criatura que se está grabando. Los arreglos de los Beatles de los últimos discos (Abbey Road, el disco blanco, Sgt. Peppers...) hacen de ellos piezas pioneras en la experimentación, en todo cuanto significa poner la tecnología al servicio de la restitución sonora de calidad. La osadía del señor Martin se advierte en la complejidad narrativa de piezas como A day in the life. Martin empalmó piezas de poco encaje y arrimó la famosa cacofonía orquestal que cierra la canción. Su afición a la música clásica hizo que la incluyese en muchos de sus discos, adquiriendo estos un rango musical inédito, temerario si pensamos que estamos en los años sesenta. Siempre, al verlo en documentales, me pareció un caballero inglés a la usanza clásica. Hablaba con una convicción enorme, explicaba (con mucho amor por lo contado) cómo las máquinas pueden destrozar o salvar una canción. Esas máquinas de las que habla, las que registran las sesiones, las que hacen que las guitarras suenen a guitarras y la batería no se come la línea del bajo o la claridad expositiva de la voz, hacen que la figura del productor (que es una especie de director de cine en cierto modo) sea también la del ingeniero (al que él recluta para la función) o la del guía espiritual (en los Beatles esto funcionó hasta que tiraron del más expeditivo Phil Spector) de la banda.

6.3.16

Yoro / Marina Perezagua / Una brizna de hierba en el curso de los astros





Yoro

Marina Perezagua

Los libros del lince
320 páginas | 19, 90 euros


"Creo que una brizna de hierba no es inferior a la jornada de los astros
y que la hormiga no es menos perfecta ni lo es un grano de arena...
y que el escuerzo es una obra de arte para los gustos más exigentes...
y que la articulación más pequeña de mi mano es un escarnio para todas las máquinas.
Walt Whitman, Hojas de hierba, fragmento


Creo que he tardado un mes en salir de Yoro, la primera novela de Marina Perezagua. Tampoco estoy muy seguro que de verdad haya salido o de que uno pueda salir de una novela como Yoro. Esta es la tercera vez que acometo la escritura de un manifiesto personal sobre lo que esa novela me ha marcado. En la primera vez, justo cuando la acabé, desistí porque estaba muy dolido y no estaba con la voluntad firme de entenderme conmigo y registrar ese dolor. La segunda la abordé con más desenfado. Dije cosas de Marina, a la que conozco, la que me cuenta que va en metro o que acaba de aterrizar por España y dispone de pocos días y mucho con lo que ocuparlos. Ese texto no es el que de verdad hacía recuento de la novela. Probablemente éste no lo sepa hacer. Yoro es un trago difícil, un tipo de novela que se apodera de quien la lee. Todas las novelas deberían procurarnos esa sensación de avasallamiento. Lo que la escritura de Marina logra es precisamente eso: que decidamos abrir el corazón, a sabiendas de que no va a ser una visita dulce o de que, al volverlo a cerrar, no será el mismo, no podría ser en modo alguno el mismo. 

El viaje al corazón de la crueldad y del amor que completa el corto y contundente vocablo que da título a la novela es pertinente, preciso. Tiene Yoro mucho de viaje. H. cuenta el itinerario de la búsqueda que realiza de sí misma y de la hija que no pudo tener y que en algún lugar del mundo, sin saberlo, la aguarda. También es un viaje orgánico. Narra de un modo asombrosamente tierno, aun a pesar de la dureza que se transluce, el mapa del cuerpo de quien ha sufrido la devastación de la guerra y se ha dejado algo más que el alma en ella. El hecho de que H. se sirva de la primera persona para ofrecer su historia no sólo la hace más creíble. También más íntima. H. escribe para ofrecer una defensa válida y justificar el crimen con el que arranca la trama. Escribe para entrar en armonía consigo misma. Escribe para amar a pesar de todo. A lo que se termina accediendo, conforme avanza la novela, es a una convincente, sofisticada y dolorosa exposición de la relación de una persona con el cuerpo que posee. En ese sentido, Yoro es un atlas de la piel. La de H., quemada por la bomba, arrancada por la bomba, es también la piel de todos los que padecen alguna atrofia física que les impide (no estoy seguro de esto, la verdad) realizar una vida normal. Queda muy claro que la vida de H. y de Jim es normal. Saben qué quieren y se obstinan en esa deliberada búsqueda. Hay vidas normales, en apariencia normales, que contienen más irracionalidad que la narrada en la novela de Marina. Luego están la crueldad y el amor. De ambas hay suficientes evidencias en Yoro. Cruel es querer ser madre y no tener nada a lo que aferrarse para serlo. Cruel es que el sexo lo impregne todo y se adueñe de todo y no se tenga tampoco nada con lo que sentirlo. Amor es aceptar toda esa crueldad, saber vivir con ella, constatar que puede haber bien cuando es el mal el que nos visita a diario. Un poco de ese sólido deseo de vivir lo tiene la poesía. Lo que cuenta H., cuanto Marina Perezagua le hace contar, es un ejercicio funambulista de poesía. Lo ejecuta a una altura imprudente. Todo conduce a pensar a que se destense la cuerda y el equilibrista deshaga su heroica verticalidad. Hay veces en que, leyendo, uno piensa que ese momento trágico está a punto de producirse, pero siempre hay un vuelo novicio, uno del que es posible reiniciar la historia. 

Se está bien dentro de Yoro. No importan las cicatrices, no importan los rotos. El bienestar es puramente narrativo. Ni el desasosiego ni la tragedia impiden que uno sienta que tiene entre manos una historia de una hermosura singular. De hecho es de eso, de la belleza, de lo que se habla casi de una manera obsesiva. No es sólo la maternidad, una de las muchas maternidades que existen. No es sólo la sexualidad, una de las muchas sexualidades, por supuesto. Es también la fabulación, el deseo de que un bebé fallecido cuando cayó la bomba ese fatídico seis de agosto del cuarenta y cinco en Hiroshima pueda seguir viviendo de algún modo en el corazón de quien no ha llegado ni siquiera a fecundarlo. Observada así, la trama contiene razonables puntos de novela de fantasmas. Los mejores fantasmas, lo sabe el lector de la buena literatura de terror, no buscan el mal por el mal, aunque lo extiendan. Yoro es un fantasma durante una gran parte de la historia. Uno desea que la encuentre y que no lo haga al tiempo. Teme que el final no complazca todas las expectativas que nos hemos ido haciendo sobre lo que pasará después, una vez que las dos se vean y se abracen o se rechacen. Nos interesa (a mí como lector es lo que realmente me mantiene en vilo y lo que hace que lo leído fascine) que no se solventen las dudas. Si se quebranta esa incertidumbre, todo se viene abajo. La habilidad de Marina ha sido la de contener ese derrumbe, hacer ver que podía producirse en cualquier momento e ir alargando el desenlace. Dudo que Marina escriba con la conciencia narrativa limpia. Sabe que está ofreciendo un paisaje inhóspito, debe reconocer que el contenido requería una estilística áspera, y no hay quien no admita (le guste o no lo que está descubriendo, le interese más o menos esta historia de intersexualidad, de hallazgos físicos y de renuncias sentimentales) que la autora se defiende muy bien en el tono que usa. No es deliberadamente humanitario. Hace que H. opte por una especie de apnea narrativa. Toma aire y se zambulle. Sumergida, lejos de las leyes del oxígeno, ahondando, piensa en cómo es ella en verdad y qué puede conseguir si confiesa (finalmente todo es un monólogo enorme) y los demás conocen lo que ella conoce de primera mano. Una vez dentro del agua, hay que evitar aferrarse a ningún pensamiento. H. no piensa lo que escribe, lo expulsa, lo difunde como quien aparta algo que lo quema. 

No saber quién es uno hace que sea ameno el tiempo que tardamos en descubrirlo. Suena frívolo eso de que la amenidad ocupe el trayecto de una vida, pero ojalá sea así, amena, y vivamos con la sensación de que todo discurre como si fuese un juego y nos distrajese mucho la forma en que lo jugamos. Hay cosas insoportables en la experiencia vital de H., cosas que duelen con sólo pensar en ellas, cosas que se cuelan dentro y amenazan con no salir, con hacerse fuertes incluso. Por eso he tardado en ponerme en la tarea de contar el Yoro que yo he sentido. Debe haber muchos. Cuando la lea de nuevo (como he leído varias veces Little boy, el cuento del que proviene, recogido en Leche, el segundo libro de cuentos de Marina) será otra la historia que me cuente. Esa rendición un poco borgiana de la literatura, por lo que sé, le encantará a la autora. A Borges le hubiese encantado Yoro. Habla de la identidad y de los laberintos, temas muy suyos. También está la duplicidad, que es cosa de espejos y de paternidades. 

Ojalá más novelas perturben como ésta. Se hace uno a que lo perturben, a que rastreen por ahí adentro y extraigan lo que ni a veces sabemos que existe. Dentro de nosotros también esta H. o está Yoro o incluso Jim, el bueno. Están desde siempre, están antes de que tuviéramos noticia de ellos. Lo que hace Marina es obligarnos a mirar en el interior. En ocasiones, comidos por el vértigo y por la fiebre, por la velocidad de las horas, no nos aventuramos, carecemos de la osadía, creemos que no va a gustarnos lo que encontremos, pensamos (con fiables evidencias de certeza) que interesa más no saber. La literatura abre los ojos, los abre siempre. Esta literatura tiene esa función acrecentada. Luego hay otras maneras de escribir y otras historias que contar, pero la de esta criatura H.(que no siendo hombre, lo es; que no siendo mujer, lo es también) exigía esta dureza, requería de toda esa complicidad, mutada en valentía, con la que se van pasando las hojas. 

De conformidad a lo leído, pensada la trama, pesada incluso, colocado todo en la balanza de las emociones y sometida a la voluntad de la razón o del alma, sea la cabeza o el corazón el que administre qué queda de Yoro cuando hemos llegado al final, hay mucha felicidad. Es curioso que una historia cruel, que hiere al lector, punzándolo más de lo que querría, deje ese poso de alegre convencimiento. Se crece esa alegría, se impone al caos que pugna por hacerse dueño. Hay como un palimpsesto hermoso. Debajo del kimono arrancado de la piel por la bomba, permanecen los dibujos, las estampas florales, la belleza incrustada en su tela. H., el personaje terrible, el personaje dulce también, pide disculpas porque a veces recurra a la digresión, pero no es cierto, no lo hace: su narración discurre con fluidez, se completa (iba a escribir se adorna) con historias paralelas, duras como la que lo guía todo. Sabemos de la madre encarcelada a la que los guardias alimentan con sus propios hijos o de la orangutana Sandy, convertida en mercancía, o de la hermafrodita Herculine. Todos los personajes forman una familia peculiar, una que no se reúne en el salón y se besa y se cuenta qué les pasó y cuánto añoran el pasado. 

Los personajes de Yoro son la brizna de hierba del poema de Whitman. No son inferiores a los personajes redondos, a los que se les concede la normalidad. La contundencia de lo pequeño rivaliza con la majestuosidad de lo enorme. La brizna es un chasquido comparado con la sinfonía de los astros, pero es el chasquido con el que se reconoce en el mundo y el que hace volar para anunciarse al mundo. H. chasquea sus dedos, escribe sus palabras, dice lo que le ha pasado, que es una parte del cosmos, igual que el desembarco de Normandía, la invención de la imprenta o la construcción de la muralla china. Hay como una voluntad metafísica de unión, una especie de panteísmo en la historia que cuenta H. Al cerrar la boca y contener la respiración, se produce el prodigio de la contemplación pura. Está el alma abrazada al cosmos, dicho de un modo deliberadamente lírico. Un ratón es un milagro, escribía Whitman. H. es un milagro de igual manera. Lo es porque sobrevive y planea su vida alrededor de la poética idea de la venganza o de la justicia. Desea encontrar a su hija (que no lo es, que hace de hija con más hondura a veces que si de verdad lo fuera) y encontrar en el camino a la madre que está en su interior. Es una búsqueda doble, que tiene al final un reconocimiento tan sublime que hace la historia se cierre y cuadre en nuestra cabeza y resplandezca en nuestra memoria. El sexo, los muchos que hay, ocupa una parte considerable de la trama. Casi no hay nada fuera de su influjo. Lo que hace de Yoro un trabajo singular es que adopta un tratamiento clínico, documentado. El sexo sirve para fijar límites o para crear un espacio moral desde el que considerar su influjo en la sociedad. El sexo como represor del miedo. Porque hay miedo, hay soledad y hay caos: el miedo de Jim en su barco de prisioneros, vulnerable, humillado, hueco y zombi y el miedo de no poder encontrar al bebé japonés que el ejército americano le encomienda que tutele un tiempo y al que da en acogida. Ese bebé, Yoro, es el pulmón trascendente, el brillo oculto en las sombras. Es también la guerra, la violencia contra las mujeres, la enfermedad injusta, la identidad múltiple y la piedad. 




Lo que lamento, hablo en primera persona, es no haber podido verla recientemente, decirle todo esto en una mesa de café. Habra ocasión. No hace falta que publique otro libro. Tuve el honor enorme de hacer una de las presentaciones de Leche, el libro de cuentos en donde está Little boy, la semilla (tóxica) de donde nace Yoro. Imagino que ya está en un encierro nuevo, maquinando, contándose el mundo, contándolo.











28.2.16

Leo a la una, Leo a las dos...



Será esta vez o no será nunca. Además a los que eligen quiénes se llevan el muñeco les va el rollo visceral, el de la naturaleza enfrentada a un hombre o el de la enfermedad o el del travestismo. Todo lo que ponga a funcionar el lado que no tenemos. Actuar, entienden ellos, debe ser hacer lo que nunca haríamos. Por eso hay cierto tipo de papeles que están hechos para que gusten. Papeles de poco parlamento, papeles físicos, peleas con osos, gestos de padecer alguna tara congénita. El autista de A quién ama Gilbert Grape?, la ópera prima de un Leonardo de diecinueve tiernísimos años, no emocionó a la Academia. Tal vez rehusaron por la juventud, por esa desprendida osadía o por no quebrarle una carrera incipiente. Su segunda nominación fue la de El aviador, la pesada biografía del magnate Howard Hugues. Clint Eastwood, Johnny Depp o Jamie Foxx, ganador al final, le restaban peso. Ya no era tan joven, aunque seguía siendo hermoso y osado. En la tercera, Diamantes de sangre, arruinó la victoria la tendencia de Hollywood de premiar a un afroamericano, como les gusta a ellos decir. Ganó un estupendo Forest Whitaker, por cierto, en el papel de Idi Aman Dada en la irregular El último rey de Escocia. En la última, en la cuarta tentativa, llevaba el mejor papel y era (probablemente) la mejor película. El broker etílico, tóxico y quemado de El lobo de Wall Street lo tenía todo para hacer que Leo subiera las escalerillas y diese (por fin) el discurso de agradecimiento. Se lo arrebató (también justificadamente) el recuperado Matthew McConaughey, que había bordado en Dallar Buyers Club el papel del cowboy mujeriego, drogadicto y enfermo de SIDA. El de esta noche es un papel excelente. En principio, todo está a su favor. No he visto a Bryan Cranston en Trumbo, ni a Eddie Redmayne en La chica danesa. Sí a Matt Damon en Marte, a Michael Fassbender en Steve Jobs. No es por tanto un buen punto de partida para emitir un juicio, pero las cartas, o como se diga, están a su favor. No lo estuvieron tan a favor nunca. Se ha tenido que quitar del peso de Scorsese echándole aire al cuello. No pasaría nada si no lo consigue. La nómina de actores que nunca la ganaron es enorme. Pienso ahora en Johnny Depp, en Glenn Close, en Gary Oldman, en Steve Buscemi (uno de mis favoritos), en John Turturro, en Albert Finney, en Brad Pitt (nueve veces nominado) o en Sigourney Weaver, por citar algunos recientes. Las lenguas de doble filo cuentan que Leonardo DiCaprio, fuera del plató, es un tipo muy pagado de sí, exigente con todo lo que le rodea, intolerante y altivo. Yo creo que tampoco se lo dan este año. No sé si me alegraré de esa inconveniencia. De todas formas, El renacido es una película enorme, de las de ver en el cine y disfrutar de verdad del espectáculo bigger than life que es el cine. 

23.2.16

En la periferia

Se ha perdido la lentitud, se la está apartando, ha quedado como anomalía, sin que su presencia se tenga por buena para nada o sin que se la busque. El vértigo lo está ocupando todo. Interesa más correr que andar, se fomenta más la idea de que la velocidad es la única vía para aprovisionarse de todo lo que la sociedad ofrece. De premiarse la lentitud, el mundo se vendría abajo, el mercado se colapsaría. Es cosa de los mercados, por supuesto. Las prisas son buenas porque eluden el acto de pensar. La propia concepción de la red hace que rehusemos la morosidad. Un vínculo me conduce a otro. La dispersión es la norma de la casa. No estoy en un lugar, estoy en todos. No interesa que me acuartele en uno y lo explore y me satisfaga: es mejor que picotee en cien y deje rastro en todos ellos, haciendo ver a los demás que estuve allí y disfruté (o no) la visita. Tampoco interesa la felicidad por la travesía. No es importante que paladee el trayecto: basta con que lo recorra y algún algoritmo inefable lo registre. El mundo es de los algoritmos, de los indexadores y de las estadísticas. Se vive para engordarlas. La información no es el tesoro, sino la estadística. En el fondo, adoramos la lentitud. Se tiene de ella la idea romántica de que es buena y conforta o alivia. Se posee esa imagen porque la velocidad nos hiere y nadie quiere ser herido. Anoche, al sentarme en casa, en mi sillón favorita y abrir mi libro (Cicatriz, Sara Mesa, en este caso, acabándolo ya) pensé en que la lectura no tiene nada que ver con el mundo que nos rodea. En el libro de Sara, en Cicatriz, Sonia recibe cientos de libros. Se los envía Knut, al que nunca ha visto. Se conocieron en un chat en internet. Quedaron en que él se los mandaría sin un pago a cambio. No querría una relación amorosa; tampoco la amistad al uso, la de quedar en un bar, tomar un café y pasear los parques. Se limitaría a que ella los leyese y después contestara las preguntas de Knut. Una cosa cultural, fría y cultural. Knut roba los libros. Lo hace de un modo eficiente. Tiene sus trucos. Hay muchos knuts en el mundo. Knuts y sonias. Gente violenta y gente violentada. Sin que ninguno considere que está violentando o siendo violentado. Gente que se cuelga de un modo de entender la vida. La de los libros, la del cine, la de las series televisivas. Gente que se ofrece sin que nadie pida que lo haga. Gente de inclinaciones exhibicionistas. Se ha alcanzado el acuerdo (tácito) de que todo es materia pública. No hay nada relevante o irrelevante: a todo se le puede extraer un significado. Seguro que alguien aprecia lo que otros desprecian. Es una sociedad pensada para la repetición o para el bucle. Vi una página en la que alguien se fotografiaba a diario. Llevaba haciéndolo años. Se advertían los destrozos del tiempo, las veleidades de la moda, las inclemencias del ánimo. Otros publican en las redes qué hacen o dejan de hacer. Como no es posible procesar tanta información, y tan diversa y de tan variado pelaje, se consume a dentelladas, se mira, se deja uno querer por la apariencia y no arrima voluntad alguna a ahondar en ella, a considerarla más respetuosamente. Es el respeto al producto lo que se ha perdido. Se tiene a mano tanto que ver y que escuchar y que leer (por citar tres destrezas) que difícilmente podemos elegir a conciencia. Incluso se gasta el tiempo del que se dispone eligiendo. Como el que roba libros y los regala. Como el que los compra y no los lee. Se vive en la periferia. 


16.2.16

Gregor Samsa en Vietnam


Dibujo: Antonio Santos

La primera vez que leí a Kafka en serio iba en un barco de la Armada Española, el Castilla, un buque de mando anfibio que estuvo en Vietnam. Lo hacía en cubierta, procurando que no se me volase el libro. A veces me quedaba en una especie de cantina en el olor a metal quemaba la nariz. Durante dos semanas de maniobras marítimas (seguro que era otro el nombre) no tuve mejor compañía que ese libro de cuentos de Kafka. Estaba en la litera que me hicieron ocupar. Debió olvidarlo el inquilino anterior, un soldado de reemplazo superior seguramente. Hoy he visto en una de esas páginas que uno pilla al azar, sin que haya nada en particular que busque en ellas, una fotografía del buque y no he podido evitar pensar en Kafka, en esos días de navegación aburrida, en la que no desempeñé oficio alguno, salvo el poco estimable de retirar los platos de la mesa de los mandos y arrojar sus restos a una trituradora gigantesca. Entre desayuno, almuerzo y cena, ocupaba un buen par de horas. El resto del tiempo leía y releía a Kafka. No había otra lectura en el barco, no vi biblioteca a la que acceder, ni nadie de quienes iban conmigo subieron a bordo libro alguno. Recuerdo que leía a Kafka y escuchaba en mi walkman Aiwa una cinta TDK con dos discos de Depeche Mode. Es una mezcla extraña, no sé todavía cómo casar todo aquello. No albergo tampoco razones que me inclinen a casar nada. Los recuerdos están ahí, a flote en alguna superficie esponjosa, no del todo dura, a la que no se le hace aprecio hasta que una pequeña ondulación de la superficie las agita y las hace emerger, izarse, ponerse bien a la vista. En una especie de bookcrossing precoz, dejé el libro de cuentos (la portada era roja, no recuerdo la editorial) en la litera que abandoné. Al desembarcar y pisar Málaga, fui a una librería y compré un par de libros de Kafka. Durante esos meses, leía a Borges y leía a Kafka. También el Marca del cuartel en San Fernando y las cartas de los amigos. Empecé a escribir un poco más en serio por aquel entonces. Mi amigo Antonio Sánchez y mi amiga Auxy Salido saben de qué hablo. Imagino que, de leer ahora esas cartas, que ellos guardan en un AZ, vería a Kafka. Estaría ahí, mirándome con su cara de incomprendido. Luego he vuelto a él muchas veces, pero nada me ha parecido igual de revelador como descubrir de verdad a Gregor Samsa en la cubierta de un buque de guerra, en la prestación del Servicio Militar. 

13.2.16

Mil palabras / Un cuento de amor a muchas voces



Fotos: Joaquín Ferrer

 La gitanilla
Rubén Darío

Maravillosamente danzaba. Los diamantes
negros de sus pupilas vertían su destello;
era bello su rostro, era un rostro tan bello
como el de las gitanas de Miguel Cervantes.

Ornábase con rojos claveles detonantes
la redondez obscura del casco del cabello,
y la cabeza, firme sobre el bronce del cuello,
tenía la pátina de las horas errantes.

Las guitarras decían en sus cuerdas sonoras
las vagas aventuras y las errantes horas,
volaban los fandangos, daba el clavel fragancia;

la gitana, embriagada de lujuria y cariño,
sintió cómo caía dentro de su corpiño
el bello luis de oro del artista de Francia.



Ella
Se puso mohína, le contrariaba que a esa hora de la mañana el negocio no fuese como esperaba. Tampoco era mucho lo que esperar, nada extraordinario, lo de siempre, es decir, poco o muy poco, pero el sol lucía bien brillante arriba y la avenida, atestada de gente, bullendo como no veía hace tiempo, invitaba a pensar que el día sería provechoso y podría llevar a casa algunas monedas más. El gancho de hoy no es el mejor de los posibles, piensa mientras deshace el gesto y ensaya uno de más festiva resolución. Ha aprendido que no es el objeto el que atrae la moneda, no es la flor prendida en el ojal del caballero, prometiéndole bienestar y pujanza en el amor; ni es el paquete de pañuelos, el tristísimo paquete de pañuelos. Lo que mueve la caridad, no será otra cosa salvo caridad, y rasca el bolsillo del transeúnte es el gesto, la bondad o la ternura o la tragedia pintada en la cara como un tatuaje.

Él
Era de una esas mañanas en las que lo mejor era dejar la oficina. A la mesa le faltaba un perrito muerto. No sería exagerar imaginar que la vida estaba afuera, en la calle, en la ronda de visitas a otras oficinas para recabar lo que no podía extraerse de una llamada desde el móvil o por una de esas interminables navegaciones de una página indexada en el google a otra. Había perdido los ojos después de miles de horas de esclavista vigilancia de una pantalla. La de ahora, Dios existe, no lo duden, era de un tamaño superior, no la otra, ridícula y vejatoria. Ninguna, al cabo, satisfactoria, pensó, pero no había nada mejor, ninguna oficina sería diferente, todas tendría una pantalla, todas tendría un jefe y todas, sin excepción, le sorberían la sangre, le clavarían los dientes en el cuello. Hay mañanas en las que, al enfrentarse en el espejo, se busca las marcas. Deben estar ahí, están, lo que pasa es que sólo las ve el que no las padece. Muchos de los males que destruyen el alma obran así: se advierten desde afuera, pero no es posible reconocerlos si uno es el que los alberga. Marta, su mujer, no ha visto nada cuando le ha dicho si tiene algo en el cuello, alguna señal fea, algún resto rojizo. Marta no ve más allá de las cifras de la cartilla a últimos de mes.

El fotógrafo
Todas los días hago lo mismo desde que me jubilé. No es que tenga todas estas palomas, pues no son pertenencia mía. No les importa quién las alimente. Carecen de la facultad de recordar la mano que las engorda. Dicen que son animales peligrosos. Mi mujer decía que me apartara de ellas. Transmiten enfermedades. A ella se la llevó una. Como si todas las palomas del mundo se le hubiesen colado por la boca y la hubiesen reventado por dentro. Eso pasó. Me dejó solo. La echo de menos. Lo que más echo en falta es que me recuerde las cosas. Las voy olvidando, no tengo la confianza de antes, no sé bien a qué acudir cuando abro el armario, ni qué comprar para que el frigorífico no esté vacío. Dejé de preocuparme por esas cosas cuando ella murió. Me dicen que me dejo morir. No creo que sea algo que maneje mi voluntad, pero en realidad llevan algo de razón. Lo de las palomas es una distracción. Tengo pocas por lo que no pienso abandonar las que me más me consuelan. Los viejos y las palomas estamos obligados a entendernos. También entendemos el mundo que nos rodea. A fuerza de sentarnos en el parque y ver el ir y el venir de la gente, uno saca conclusiones a las que no se acceden si no está sentado o no se tiene la edad que tenemos. Lo que no comprendo es lo que le pasó al tipo de la chaqueta y a la gitana. Ella lo animó a que jugase y él dejó que lo animara. Tardó en entrar en el juego, pero acabó entrando. Aparté de la vistas de las palomas, creo que les dije algo. No desvarío. Converso con ellas. No hablo fuerte. No deseo que nadie me descubra. Si me toman por loco, son las palomas las que pierden. Habrá otra mano, ya lo sé, pero no la mía. Quizá acabe perdiendo yo. Al día siguiente volvió a aparecer el hombre de la chaqueta. Se sentó en un banco frente al mío. Sacó el periódico de un maletín y se puso las gafas de sol. Estaba nervioso. Miraba a un lado, miraba al otro. Salvo por el periódico y por las gafas, éramos parecidos. Yo también estaba nervioso el primer día que llegué. Esta avenida bulle como ninguna otra. Por eso la prefiero. Tiene zonas de paseo y el ruido de los coches, vencido por la distancia, no distrae de los ruidos a los que me ido acostumbrando. Si ahora cierro los ojos, los percibo. De noche, en casa, a poco de caer dormido, oigo pasar una bicicleta y escucho lo que las madres les dicen a los hijos para que no se alejen mucho o para que no se ensucien la ropa. Oigo todas las cosas, pienso en todas ellas, no tengo mejor oficio que afinar la memoria y confiar en que la cámara haya registrado lo que no soy capaz de recordar. Hay quien se molesta, quien me importuna el trabajo y me pide que no haga fotografías. Siempre tuve la idea de que no queremos que nos fotografíen porque no deseamos que nada nuestro perdure. No deseamos que los gestos que hacemos o la cara que gastamos dure más allá de la duración del gesto o de la expresión de la cara. Cuando estoy solo en casa, repaso en el ordenador las fotografías que he hecho durante el día. Algunas veces pasan de las cien. Las hay que no trascienden. Palomas en su mayoría. Mis sucias y amadas palomas. También fuentes. Me esmero en captar cómo cae el agua, con qué obstinado caos resuelve perderse en la piedra que la busca. A ella le parecía un trabajo absurdo. No la contradije, no le hice tampoco apreciar la bondad de la fotografía, su eficiencia para detener el tiempo y hacer que las cosas revelaran su interior y no perdieran su esencia, la misma esencia suya que ahora miro en las fotografías escasas que se dejó hacer. Por eso me arrimo a las palomas. Ellas son, en su recelo incluso, fáciles de tratar. Sólo piden que mi mano (otra, qué importa la mano) las alimente y que mi cámara (otra, qué puede importar la cámara) las registre.

Yo
Los veo de lejos, se me ocurre que los personajes de ficción son imposturas, pero en ocasiones cobran la vida que los vivos a veces no alcanzan. Le tengo más aprecio al capitán Ahab, el que se dejó la pierna o el alma o las dos cosas juntamente cazando a Moby Dick, que a gente a la que ve a diario y con la que no he compartido nada. No podría enumerar todos los nombres de personajes de ficción que me han llevado de la mano o a los que, al final, he llevado yo. Los libros se impregnan de ti también. Las novelas cambian según quién las lea. No hay ninguna que tenga el mismo efecto en dos lectores distintos, Joaquín. Por eso escribir con unas fotografías es como inventar el mundo. Los que escribimos, bien o mal eso de escribir, aspiramos a crear un mundo. No hay día en que, al escribir, no sienta que he añadido al cosmos algo que no existía. Son las historias las que mueven ese mundo. En cuanto vea a Joaquín le pido que en otra ocasión me mande un playa vacía o una avenida a la que le sobreviene una colapso circulatorio.

Raymond Carver
Conozco una pareja que despierta verdadera admiración. Como no hay muchas de ese tipo, en lo que yo he visto, la traigo aquí, por si alguien tiene a mano otra con la que compararla o por si alguien c despierta con la suya fascinación en los demás. Uno piensa en cuánto se aman, en todo lo bueno y lo malo que han pasado juntos y también en la posibilidad de que les confíe la receta del éxito. Yo no lo tuve. Me casé, me separé, me volví a casar y volví a separarme. Ahora resuelvo este trozo de mi vida en el que no tengo nadie que me importe de verdad paseando un poco al azar las calles. Distraigo mi orfandad amorosa lo mejor que puedo. Imagino que encuentro otra novia y que me acompaña a casa y le pongo una cerveza y charlamos de cualquier cosa. Siempre se me dio bien hablar. De eso no podrán quejarse todas las mujeres con las que estuve. Hoy me entusiasmó una de esas vidas con las que yo no podría compartir la mía. Era una chica joven, una rumana tal vez. Vendía flores en una avenida que frecuento. Lo que me hizo fijarme con toda la atención, pudiendo reservar un trozo para después o no prestar ninguna en absoluto, es que la muchacha se divertía. Se la veía divertirse. Reía, daba unos saltitos que al principio me parecieron ridículos y que luego, vistos con esa atención de la que hablé, se resolvieron maravillosos. Llevaba una cámara y hacía fotos, a ráfagas, como en un trance, a un señor bien trajeado, en el que no habría reparado jamás de no estar manejando un artilugio curiosísimo que, al zarandearse, dejaba volar unas pompas de jabón muy largas. Una vez me dediqué a vender enciclopedias por las casas. Eran sobre botánica o sobre zoología. En cierta ocasión me abrió una señora a la que le pareció bien tener una enciclopedia en casa, pero me confesó que esa adquisición irritaría a su marido. De pronto me cogió de la corbata, hizo que mi maletín cayese al suelo y se desparramaran por el suelo las hojas del contrato de venta y el único tomo que llevaba como muestra. Temiendo que el marido irrumpiese en ese momento, me zafé de la señora y recompuse mi traje. Seguro que esa pareja no despertaría admiración en su vecindario. Ni saldrían juntos de la casa, cogidos de la mano o abrazados, como hacen las parejas que se aman. La rumana tenía la misma cara que esa señora.

Franz Kafka
Vinieron a comprometer mi paciencia cuando estaba probando el primer sorbo de café. A mi ánimo quebradizo no le hacía falta que nadie le hurgara. Los miré como quien reconoce al verdugo y ve en su mano el arma y barrunta que es la última cara que va a contemplar. En lugar de partirme la cabeza, cosa que no me hubiese extrañado lo más mínimo, me pidieron unas monedas. Dijeron algo de un autobús. Juro que les escuché, pero ahora no sabría hilar bien qué me contaron. No fue un encuentro amable, no había nada que presagiara que terminara bien, pero al final, no me pregunten las razones que no encuentro, se marcharon, a la vista de que yo no abría la boca, ni exhibía ningún gesto que delatase el terror que albergaba dentro. Soy uno de esos que poseen la convicción firme de que puedo prescindir de la amistad de los hombres, aunque me cueste dar mi perfil huraño. Prefiero, las más de las veces, que me dejen tranquilo, a riesgo de que me miren mal o de que rehuyan mi trato. Preciso muy poco para ser feliz. Tampoco es la felicidad lo que de verdad me preocupa. Tomar un café en una terraza, ver pasar la gente, leer la prensa, abrir un libro, contar las horas que faltan para irme a la cama y olvidarme del mundo y de sus desvaríos. De todo eso estoy bastante seguro. Son muchos los años que llevo intimando con esa parte mía que no siempre es presentable en sociedad. Después de los pedigüeños del autobús, se me acercó una mujer entrada en carnes, sucia y pobre de palabra. Me extendió la mano, me pidió un cigarrillo. Ni monedas ni tabaco, le dije. Al oírme, temblé. Adelantar esas palabras podía hacerme perder la seguridad en mí mismo y abrir, quizá sin remedio, la puerta a un lugar en donde no deseaba estar. No pasó tal cosa, no fue grave, ni me obligó (como sospechaba) a levantarme y escapar de algún refugio de desamparados y de insidiosos. Temeroso de que la suerte viniese en mi contra, llamé al camarero con la intención de abonar mi café. Fue entonces cuando una pompa de jabón se cruzó entre el camarero y yo. Era larga, parecía desmayarse, caer a traición sobre mi brazo, invitar a quien la hacía bailar (un hombre bien vestido, de poca o ninguna impresión de desear molestarme) a pedir las disculpas previsibles o a continuar (en el peor de los casos) con su absurdo juego de niños. No lejos de él, haciéndole fotografías, una mujer vestida sin mucho acierto, le reía las gracias, ajenos los dos a cuanto les rodeaba. Advertí que mi felicidad (o su completa ausencia) estaba en las ondulaciones de esa gigantesca pompa de jabón. Que si se malograba su equilibrio, se pondría en evidencia lo frágil del mío. Hay días en que uno se complace en la contemplación sencilla de la vida. Lo que no desea es que nada de lo contemplado prospere sin mi gobierno. Que la mujer de la cámara se acercase y me pidiese que la agarrase y me dijese qué botón dispara la fotografía. Esta noche, al echarme en la cama, pensaré en todo esto que me ocurre. 

H.P. Lovecraft
Algo extremadamente anormal se cernía sobre la avenida. El sol, a pesar de que ejercía con orgullo su solemne oficio, descuidaba iluminar a plena satisfacción mía. Una zona de sombra, una en particular, de la que me había informado un buen amigo, desconcertaba mi plácido paseo por la avenida. Se diría que las sombras elegían al cuerpo que las proyectaba. Se acoplaban a él con diabólica discreción y dibujaban en el suelo figuras pavorosas. A poca distancia de mí, una de esas sombras semejó un ángel y luego se transfiguró en un árbol de ramas escuálidas, mecidas por un viento oscuro y terrible. Nada parecía percatarse de estas manifestaciones del Maligno, no había otro espectador tan sensible como yo mismo. Quienes me conocen, perdonan que me acobarde pronto. No tengo la voluntad de otros, la de hacer frente al mal o la de observarlo como el entomólogo examina sus criaturas bajo la lente del microscopio. Me es imposible, no obstante, apartarme completamente. Me coloco en un lugar privilegiado, del que en caso de peligro verdadero pueda huir, sin que se aprecie mi huida. Durante la semana que precedió a la revelación que me propongo explicar en estas páginas, anduve sin rumbo, buscaba evidencias de que el mal había acuartelado su ejército invisible en las calles. Podía estar en la luz de una farola o en un charco en el suelo o en un reflejo de luz en un escaparate. He leído lo suficiente para saber que el horror se agazapa y acecha sin alboroto. Espera que un momento de distracción nuestro propicie su zarpazo. He soñado con el mal y he caminado junto a él. No me conoce todavía, no he intimado lo bastante. Por eso me produjo un sobresalto ver a la mujer de la cámara de fotografías. La mirada, turbia, ocultaba la semilla de la perversidad. No es algo que se pueda explicar con palabras. Incluso no conviene que las palabras puedan explicarlo. Se advierte por otras vías, se aprecia una vez que se ha llegado a un cierto adiestramiento. El hombre de la chaqueta, el que jugaba con la pompa de jabón, la miraba embelesado. Estaba hechizada, no tengo duda. Habría otros como él en la muchedumbre. Gente a la que el mal habría sorbido el alma. Los dioses innombrables, los terribles arquetipos, todas las criaturas del inframundo, las que expulsan baba por la ensangrentada boca y las que emiten sonidos que enloquecen, estaban ufanamente al sol, sin que se precisara su cobijo en la sombra. Han aprendido con los años a disimular su espeluznante presencia. Pueden esconderse bajo la figura triste de un anciano que pasea con morosa lentitud o en la cara resplandeciente de una adolescente a la que acaba de visitar el amor. Están ahí, andan ahí, se refugian ahí. Me dio pena el hombre de la chaqueta. Un pobre imbécil, pensé. Cree que la mujer lo abrazara después y conocerán el placer de la carne en cualquier habitación de hotel barato. Encontrarán su cuerpo mañana bien temprano. Estará irreconocible. De su boca partida saldrá el olor puro de la muerte. Yo creo olerla ahora al recordar lo que vi. A primera hora de la mañana compraré la prensa. No estará en primera página, pero me bastará buscar las noticias locales. Se despacharán con prisa. Un hombre muerto en una habitación de hotel. Seguro que por la tarde, poco antes de que la noche incline su manto lúbrico, volveré la mujer a la avenida y buscará inocentes. Algún día sabré cómo erradicar el mal, daré con la manera de que vuelva al lugar inmundo de donde vino en la oscuridad primigenia, cuando los dioses fundadores del caos y del ruido susurraron a los hombres el secreto de la vida y de la muerte. 

Julio Cortázar
y bueno, después de todo, a qué mentir o a qué mentirme, está el día gris, pero pronto abrirá el sol y Michelle no vendrá, no viene nunca, la llamo, la espero, me tiro la tarde entera mirando la parada del autobús, por si baja, sin que baje nunca, nunca es una palabra que cuadra bien con Michelle, de manera que al final he hablado con J., le he dicho que tiene vía libre, podrás amarla, le he dicho, Michelle es tuya, yo no puedo esperar más, se cansan los ojos de mirar, de ver cómo la gente baja del autobús, uno, otro, otro, pero no Michelle, a Michelle se la borra, no es difícil, se borran cosas, se dibujan cosas nuevas, las novedades hacen que vivir merezca la pena, pero todavía anda Michelle en la cabeza, Michelle vestida con ese chandal rosa que no me gustaba, Michelle jugando al ajedrez en el parque, Michelle menos aparatosa que otras veces, cuando entra tarde a casa y procura no hacer ruido y lo hace, despertando a Mimí y a Claudette, los dos te echan de menos, no debiste comprarlos, ahora me duele dejarlos, llevarlos a uno de esos sitios que recogen animales, no te hubiese gustado, debieras venir, Michelle, ayer creí verte en el centro, salía yo de unos grandes almacenes, había comprado unas botellas de vino y queso francés, pensaba cenar solo, escuchando a Edith Piaf, cuando creí verte, pensé, es Michelle, y luego pensé, no puede ser Michelle, dijo que no volvería, era una mujer tan parecida a ti, eras tú si hubiese querido, hay personas que son lo que queramos que sean, yo puede ser otro a ojos de alguien, puedo ser un recaudador de impuestos o un embajador o un mecánico de aviones, hubo una ocasión en que alguien me paró y me abrazó como si me conociera de toda la vida, me preguntó por mi madre, me dijo que echaba de menos las fiestas de entonces, los discos en el pickup, hace años que no escuchaba la palabra pickup, hay palabras que están por ahí escondidas, sin perderse del todo, palabras tímidas o palabras muy poco sociables, no se dejan manosear por las otras, no salen a pasear con las demás y ocupan una fragmento de una frase, no sé si a ti te escuché alguna vez decir pickup, lo hubieses dicho espléndidamente, pickup, una vez a Mimí se le ocurrió salir de casa por la terraza, son cosas que hacen los gatos, Claudette es más aristocrática, se queda conmigo, escucha a Edith Piaf y duerme en el cojín, cerca de la ventana, le encanta mirar el cristal y cierra los ojos, como emocionada de que llueva o de que el sol de pronto brille con más entusiasmo, me han quedado los gatos, Michelle, al menos tengo eso, porque ya no vengo como antes al banco, ni espero con ansia que venga el autobús y baje la gente, no estás tú, nunca estás tú, ni siquiera esa mujer vestida con ropas tan extrañas, la que se parecía tanto a ti, eras tú, pero imaginé que podría dejarme engañar, por eso no me gustó que te acercaras al tipo de la chaqueta, un tipo con cara grasienta, al que la mujer engaña con el vecino del gimnasio, uno de esos tipos de oficina que salen a media mañana, compran la prensa deportiva y fuman un pitillo detrás de otro, como si el mundo estuviese a punto de reventar y el humo del tabaco le informara de si hay cielo o es el infierno el que le aguarda, no me gusta el tipo de la chaqueta, no me gusta que intime con ella, se le acerca, juegan con un artilugio extraño que escupe unas pompas de jabón enormes, se acercan a donde estoy, ella viene, me mira, cree adivinar que la deseo, pero no es así, no podrá ser así nunca, habrá algo que no es exactamente amor, no mirará con amor a nuestros gatos, no escuchará embelesada a Edith Piaf, ni probará el vino ni le dará bocados pequeñitos al queso francés, son gente vulgar que hace cosas vulgares, encima ella le hace fotos, creo que he salido en una, es tarde, tengo que sacar a Mimí y a Claudette de paseo, llego tarde.

William Shakespeare
Os ruego que tengáis la paciencia de la que yo no dispongo y os acomodéis plácidamente. El relato que confiaré a vuestra discreción empieza cuando una mañana de sol turbador planté mis pensamientos en la lejana adquisición del amor y resolví comprobar si está en las calles o si, estando, se personara ante mí y no acabara huyendo, como en otras ocasiones. Fatigué en vano esas calles, las vi huecas, nada de lo que mis ojos registraban enardecía mi alma, por demás, enflaquecida, huidiza de ánimo, aquejada de desamor, que es una forma sutil de morir sin abandonar en modo alguno el pulso que agita la vida. Pues, ¿qué es el amor? ¿a qué secreto centro se dirige? ¿Cómo, en su embeleso, respiramos, jadeamos, cuando el aire se colapsa en el pecho y los ojos se nublan y la mente se derrumba? Va entonces la voluntad a su precipicio. En el trayecto, feliz de su desdicha, canta. Niegue el azar que yo sea rico o que mi salud sea de hierro, pero concédame la visión pura del amor, déjeme que mis manos la encofren y la mimen, que pueda yo contar como hicieron otros la bondad misma que ese corazón mío aún no conoce, que mis palabras, agitadas por su contacto, narren la dicha y la oigan los reyes y sea recitada por el pueblo, pero temo, ah desquiciado azar, que no premiaras mi anhelo, me dejarás aquí, en esta avenida, entre la multitud que no mira, entregado a mis dolores, que son cien y todos tienen el mismo dulcísimo quebranto. Tendré que hablar con el demonio, ya que la armonía divina a la que se inclina mi espíritu no me concede audiencia. El demonio vendrá y se sentará frente a mí y consolará mi pena. Le diré que los días van persiguiéndose unos a otros, sin que yo pueda hacer que paren y decirles que no me hagan correr con ellos. Deseo la paz, ah demonio, pero se me hace agradable a los sentidos la guerra, de la que tú eres un maestro, con tal de que en el fragor del combate atisbe yo la cercanía de mi ansia, y vea caer a cuantos enemigos, en buena o en mala lid, me impiden que la alcance. Dame la fuerza, dame el vigor. Endulza mi lengua con las palabras más hermosas y haz que mi dama, la que ahora está en pie, no lejos de mí, haciendo fotografías a un caballero bien trajeado que se entretiene en hacer volar una pompa de jabón enorme, se digne en mirarme y comprenda, en esa mirada, cuánto sufro, a qué oscura sima me ha arrojado la tristeza.

Henry Miller
Una vez que has entregado el alma, lo demás sigue con absoluta certeza, incluso en pleno caos. Yo me hice al caos en la edad en que otros dirimen qué juguete sacar a la calle con el que presumir o qué amigo reemplazaría al que acababa de propinarte una patada en la espinilla. Era la época en que las muchachas estaban todas en flor. No me pregunté nunca si ese era el buen camino. No me había dicho todavía el sacerdote cuántos caminos había y cuál convenía más para que yo creciese al arrimo de la bondad. Viví en un perpetuo estado de gracia que empezaba en mi entrepierna y terminaba también en ella. Todo provenía de la carne y todo volvía a la carne. A Julieta la conocí y ella me conoció, por usar el lenguaje del reverendo. A Claudia. A Beatriz. A Lola. De Lola es de la que guardo un recuerdo menos emborronado por los años. Se me insinuó justo en el momento en que mi vida podía inclinarse por el camino recto. Me hizo suyo y la hice mía, siguiendo la gramática de la homilía de los domingos. He visto en las pláticas de la iglesia episodios que escandalizarían al más retorcido de los episodios con los que mis amigos y yo entreteníamos los sábados por la noche. Eran buenos esos días. Los días de no saber, los días de no querer saber también. Nunca he vuelto a vivir en esa bendita inocencia de no esperar nada y de no aspirar tampoco a nada. Bastaba un cuerpo en el que cobijarse. No hacía falta elegir uno, hacer que uno prevaleciese sobre los otros. Lola era el cuerpo favorito y tal vez yo era el suyo. De ahí que fuésemos una de esas parejas que salen a bailar en las fiestas y pasean los parques de la mano. Como si la vida acabase de empezar y nosotros hubiésemos pactado servirla, respetarla, hacer que floreciese. Tardamos poco en romper. Las cosas suceden así. No hay que explicarlas. Una noche me besó y me dijo que era el último beso. A veces veo a Lola en sueños. Es curioso que siga visitándome sin que concurse mi voluntad. Cuando fantaseo con mujeres, no pienso en una o en otra. No hay una cara que yo pueda identificar. Mi lujuria acude a diez caras. Lo que invento es poco diferente a lo que existe. Las mujeres que me amaron y a las que amé me dejaron o las dejé por razones que todavía puedo entender. Ninguna me ofuscó, a ninguna perturbé yo. Leí que es bueno cambiar de pareja cada cinco años o así. No he leído nada que hable de mí. De quien cambia de pareja cada año. Menos a veces. De quien se aposta en un banco de un parque, junto a una avenida concurrida, y piensa quién será la próxima. No una que perdure: no se me ocurre que a ninguna le cause yo una impresión tan honda que se le rompa el corazón al dejarla. A veces es sólo tener un cuerpo al que joder en invierno. Hay noches frías en las que uno agradece ese calor íntimo. Te das la vuelta en la cama, te arrimas todo lo que puedes, te acoplas como si cada pliegue del cuerpo tuviese su reverso en el cuerpo del otro y respiras hondo. Es la respiración la que te dice si el otro cuerpo está agradeciendo que lo toques. Pones atención y percibes esa música, la del corazón al agitarse, la de la cintura arqueándose. Una vez que has encontrado el punto exacto, lo demás sigue también con absoluta certeza. No existe el caos, no es posible que nada malogre ese bendito ayuntamiento. Una vez pensé que la divinidad me obsequió con este vicio. A diferencia de los otros, yo proclamo el mío, lo busco en cuanto puedo, hago lo que puedo por hacer ver que necesito fornicar. Como el que precisa de una dosis de azúcar para no caerse redondo al suelo. Ahora ando a tientas, me muevo con dificultad. No sólo son los años, que suman una cantidad que impone un respeto. Es la sensación de que no podré amar como antaño. Ni que amen. Flaquean los músculos, no la voluntad que los mueve. Se declaran impotentes. Por eso vengo aquí en días de sol como éste. Es cuando las parejas se echan a la calle y se sientan cerca y se cogen las manos y charlan desenvueltamente sobre lo que les preocupa. La mujer de la ropa de colores no parece puritana, no creo que me impida abordarla. El hombre de la chaqueta es un perfecto gilipollas. Anda de jueguecitos. Cree que así se la va a llevar a su terreno. En eso los dos pensamos igual. Los hombres somos una especie de hermanos en esos apetitos. No morimos de amor, no hay amor que nos duela tanto. Debí advertir que no era un contrincante. Engañaba la chaqueta, la cara de bobo soportable, la impresión de que llevaba la cartera gorda de billetes. Me inspiró asco, un asco que no sabría explicar ahora, del que tal vez no deba explicar nada. El mismo (imagino) que yo he despertado tantas veces. El asco luego mutó en asombro. La mujer lo agarraba del brazo. Tiraba de él con fuerza, entre jugando y no jugando. Luego dejaron de tontear con un globo de jabón enorme que producía un artilugio que no entiendo.

Lewis Carroll
Por imponerle un nombre, por el bien de lo que se me ocurre contaros, la llamaré Olivia. Estaba de pie junto a un señor de aspecto pulcro, en poco o incluso en nada original, como si hubiera cien y allí, a la vista de todos, se hubiese plantado él, sin ánimo de ser visto. Hay quien, al vestirse con elegancia, pasa más desapercibido que quien lo hace desaliñadamente o poniendo en su indumentaria un efecto inusual, apreciable por los que apreciamos las variaciones, distinguible a poco que se esmere uno en la mirada. Olivia agitaba una falda larga y blanca y sonreía muy convincentemente. Como sonríen los que no esperan nada o lo esperan todo. Ninguno de los dos, ni Olivia ni el hombre elegante, vieron venir al perro, pero había un perro e iba con diligencia hacia ellos. Ni rápido ni lento. Como si el plan que había ideado no precisara del tiempo para acometerse. Diré del perro que era enorme. Sobre todo era enorme. Blanco y enorme, añadiré, Blanco, enorme y premioso. Avanzaba con lentitud. De haberse acercado con más velocidad, lo habrían visto, pero su morosidad lo hacía invisible. Era un perro blanco, enorme e invisible y ninguno de los dos, ni Olivia ni el hombre elegante, se habían percatado de su proximidad. Quizá tampoco de su intención. Lo extraño, lo muy extraño, si lo desean, es que cuando se plantó delante de ellos, obligándoles a interrumpir un juego extraño también, de pompas de jabón que se elevan en el aire y hacen cabriolas y después se desvanecen, el perro habló. Ella comprendió de inmediato que un perro que habla debía decir cosas interesantes. No se le da un perro la facultad de la palabra si no es para que exprese algo extraordinario. Así que se le acercó, se agachó a su altura y le susurró algo en la oreja. El perro se sonrojó. Ver un perro blanco y enorme o blanco, enorme e invisible sonrojarse es algo que puede no volver a repetirse nunca, aunque uno viva decenas de vidas y todas alberguen situaciones insólitas, hechos que no se avienen ni a la lógica ni al razonable transcurrir de las leyes de la naturaleza. He aquí al perro, dialogando con Olivia. Y el hombre elegante, pasmado como podrán comprender, pensando en qué hacer. Si arrimarse y participar de la charla o darse media vuelta y dejarlos a los dos. Lo siguiente fue lo que me fascinó más. El perro dejó de hablar, quiero decir que no continuó emitiendo palabras con sentido, alojadas en frases con sentidos, embutidas en un parlamento con sentido. No dijo: mañana el sol saldrá o me encantan los huesos o estoy feliz porque mi pareja está esperando un hijo mío. En lugar de eso ladró. Después de haber hablado, ladrar es una actividad fascinante. Quizá no encontró cómo expresarse en el lenguaje humano y recurrió a sus hábitos. Olivia empezó a ladrar con él. Diríase que no era la primera vez que ladraba. Era una perrita buena. Hermosa, resplandeciente, radiante también, Olivia y el perro intercambiaron opiniones de esto y de aquello. Al final, el perro se alejó como había llegado. Con lentitud, con una lentitud asombrosa. Y Olivia, al no ver al hombre elegante, con el que había jugado con una pompa de jabón enorme, buscó a quien hacer invitar a su fiesta. Yo me pellizcaba con fuerza. Por si todo era fruto de mi imaginación o venturosa ficción alumbrada por mi febril ingenio, pero juro que no hay nada que ahora, una vez escrito, yo pueda borrar, por exagerado, por improbable. 

Charles Baudelaire
Al dulce abrigo de la voz de los poetas, paseo las calles cuando nadie las ocupa. Lo mismo que el ebrio que apura el vaso y lo apura otra vez por ver si algo de placer resta en el fondo, así camino yo las aceras por la noche, a cubierto de la luz y de la gente, confabulado con los oscuro, amigo de lo oscuro, siervo de lo oscuro. Se me antoja huidiza la memoria de esas noches de caricias blasfemas, la contemplo y apenas siento que me pertenezca. Se hace vieja también la sensibilidad y tropieza con el duro dibujo de las cosas, sin entrar, sin penetrar furiosamente en el interior, que es donde late, ah pura ahora, ah perfecta, la belleza. Entre mis amigos, con los que todavía trato de asuntos mundanos y compartimos el libro de los recuerdos, suelo referir la historia del amor que, siendo yo joven, disfruté una semana apenas. No hubo otro que se le pareciera, aunque esos a los que refiere mi nostalgia durasen más y, entre quienes me conocen, crean que me calaron o me dolieron más. Haga lo que haga, vaya donde vaya, veo su rostro, la veo acercarse a mí y poner sus dedos en mis labios para que callase. Decía que los poetas mentíamos y sólo quería amar el silencio, que era más rico que mis palabras. Les digo que nos amábamos con ardor juvenil, si bien ninguno podía decir que era joven. ¡Oh aroma de su sexo, ah sagrado dulzor de su lengua! No hay día en que no piense de verdad en cómo pude perderla o cómo ella decidió dar mi amor por vano, enterrándolo, o peor, olvidándolo, sin saber después a qué lugar acudir para rescatarlo. No fui rescatado, les digo. Sigo perdido, me siento perdido, estoy enteramente perdido. Salgo por las noches y la busco. Creo que he dado con ella cien veces, pero no me atreví a decir nada. Eran caras tan parecidas a las suyas. Una, cuando pude acercarme lo bastante, hasta olía como ella. El tiempo borra los rasgos, los perfiles; se obstina en borrar incluso las historias que lo pueblan, pero guarda los olores, los tiene a buen recaudo, como si fuese el olor el verdadero lugar en el que permanecemos cuando nos hemos ido. De la muchacha de la avenida percibí su olor. Fue una mañana, no la noche a la que inclino siempre mi peregrinar. Salía yo a despejarme después de una noche de pesadillas cuando pasó a mi vera y me impregnó su aroma. Y yo sentí que la amaba por encima de todas las cosas y que podría morir en ese instante con la certeza de que había vuelto a sentirla cerca. Como si no hubiese pasado el tiempo, como si fuese el ayer de los perfumes y de las caricias, el ayer glorioso, la semana febril, la imborrable, en la que mi corazón no pude abrirse más, ni agradecer más su latido. Me molestó que un señor bien trajeado, que manejaba sin que yo entendiese el porqué con un artilugio que expulsaba juguetonas pompas de jabón, la estuviese haciendo reír. Maldecí al hombre de la chaqueta, pues no tengo nombre con el que invocarlo ahora. Le predije el dolor más intenso, prefiguré que le esperaba el infierno mismo cuando abriese la puerta de su casa. Ya no sé más. 



10.2.16

Carnaval




Se comprende que nos disfracemos porque quizá no haya otra manera de manifestar que no se está enteramente de acuerdo con lo que somos. Tampoco hay un prontuario al que aferrarse, ningún libro de cabecera con el que contar para manejarnos con corrección por el mundo. Lo correcto en ocasiones no coincide con lo deseable. Por eso nos ponemos un tutú o una máscara y nos lanzamos a la calle, conscientes de que no se nos va a recriminar, a sabiendas de que esa excentricidad no es algo trascendente, ni algo con los que los demás pondrán hacer chanza o mofa o crearnos una etiqueta de la que después no será posible desembarazarnos. Nunca me he disfrazado. Un año, hace muchos, afeité la mitad de mi poblada barba y anduve por los barrios de Córdoba, desafiando la rutina, indagando sobre mí mismo. Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si al yo fiable, al diario, al que sale al trabajo y va a la compra y pasea con la familia, haciendo lo que se espera que haga, o ese otro, que subyace de algún modo, igual de necesario, que desearía adornar su cara con la cara muerta de uno de esos zombis tan de moda o emplumarse la cabeza o hacer creer que es el mismísimo Papa Santo de Roma.Es el interior el que esclavizamos, lo privamos de las caricias de lo real, lo sometemos a un estado policial, lo censuramos, lo convertimos en una especie de incómoda versión repudiable de nosotros mismos. Deben ser los peajes de la convivencia.  Los pagamos con creces. El recaudador viene a casa, golpea con estruendo la puerta y pone la mano, a la espera de que no falte ninguna moneda. Vivir es contar con las monedas suficientes, saber que no son propiedad nuestra, buscar con qué engañar al tiempo y hacernos creer que siempre podemos avanzar, llegar más lejos. Al carnaval se llega puro, limpio, sin el pudor que se nos ha ido impregnando conforme los años fueron vistiéndonos. Ese es el traje del que nos deshacemos cuando nos embutimos el otro, el del carnaval: arrumbamos el traje de la rutina, el terco y feo traje con el que a veces distraemos los días. 

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...