De todos los posibles Borges me quedo con el Borges anciano. Mirando más de cara a la muerte, a la que nunca temió, el Borges postrimero indaga con más serenidad sobre lo que siempre le causó la conmoción desde donde escribía. Leer es un oficio aparte. El lector de edad, el que acumula un bagaje libresco mayor, me produce una admiración enorme. No sé qué leeré yo cuando frise los ochenta, si es que alcanzo esa edad robusta, si es que leo. Hoy le he contado a Auxy que leo más que nunca, sin entender en razón de qué. Hemos estado divagando, sin honduras pero con firmeza, sobre lo que hacemos con más énfasis, a qué se inclina más el corazón cuando no late desbocado, como antaño, y desea gobernarlo todo y todo le suscita algún tipo de interés. A mí me sigue fascinando el jazz. Creo que no hay ninguna disciplina artística que me abastezca de más placer que el jazz. Escucho ahora a Barney Kessel (The Master Takes, Legends Noir. 2013) como si jamás lo hubiese escuchado. Encuentro en Tenderly matices que nunca había apreciado. Como si fuese ahora la primera vez que el tema despliega su melodía ante mí. La cualidad más sostenible y durable del arte es su capacidad de sorprender. Uno suspende la credulidad, se permite cierta pérdida del raciocinio y penetra en un territorio cuya virtud esencial consiste en su inaprehensibilidad. Borges no se agota. Kessel no se agota. Los libros, los buenos, no pierden fuste a pesar de que los conozcamos y recordemos dónde estuvo el júbilo, en qué pasaje advertimos un roto dentro, una fractura maravillosa, la inargumetable sensación de que el mundo fluye armónicamente y los dioses en los que no creo tutelan su travesía. K. descree de todo esto. Dice que ando repitiendo tozudamente la misma cosa. Que escribo en un bucle. Como somos amigos y le mueve el infinito afecto, me dice que le gusta lo que lee, pero que peco de monotonía. Tomo nota, K. Como no voy a dejar de escribir, tomo nota.
15.9.13
13.9.13
Apuntes
La novela
En
cierto modo sigo buscando qué contar. Se me ocurre a veces la
insostenible idea de que todas las historias están ya contadas. Como si
tuviese el tono, la caligrafía de la trama, pero no apresase la trama
misma, el desempeño del fondo. Porque lo que de verdad me impide
escribir la novela, la aplazada de siempre, es la flaqueza de todas las
historias, su poco asiento en el tiempo. Solo acuden pequeños
fragmentos, incapaces de sostener una pieza ensamblada, que se alargue
en el tiempo. En cuanto cojo uno de esos fragmentos y los observo de
cerca y aprecio lo que esconden, pierdo el instinto, no me siento cómodo
yendo a ciegas, dejando aquí y allá escenas que me agradan sobre las
que no existe urdimbre alguna que las fije. Luego está la paciencia,
toda la santa paciencia que concursa en la construcción de la una
novela. Imagino que hasta que no la posea, no habrá novela alguna. De
nada vale la lectura, las cientos de novelas degustadas. No hay ningún
aprendizaje: solo la constatación de un fracaso. Quiizá esta confesión
me anime a terminar las dos historias largas empezadas recientemente. De
una me deshice este verano. Primero las páginas alojadas en un pequeño
archivo del ordenador. Luego de los folios imprimidos, guardados en una
carpeta azul, ahora azul todavía, pero vacía. Le pregunté a K.
sobre esta imposibilidad mía de satisfacerme. No le inquietó. Adujo que
no hace falta escribir novelas. Incluso que no hace falta escribir. Que,
haciéndolo, me puedo dar por contento. Y sin embargo...
Café con Bloom
El
canon, en Literatura, busca la polémica, el debate entre contrarios, la
hostilidad en lo libresco. El día en que a alguien se le ocurra borrar a Kafka
de una posible nómina de genios absolutos de la Literatura será un día
remarcable en el calendario, el que algunos (más sensible, tocados por
lo romántico) recordarán cuando no tengan nada de que hablar en la barra
de un bar o cuando, releyendo a Kafka, por supuesto, expongan las
consideraciones que crean oportunas para imponerlo a la lista. A mi
amigo K. le sigue pareciendo una blasfemia (él tan descreído usando esa palabra) que Borges
no recibiese el Nobel de Literatura. Echa espumarajos por la boca.
Desde ese día suele no dar importancia alguna a ningún premio que se
otorgue a un escritor. Ni siquiera cae en la cuenta de que habrá autores
de la relevancia del argentino que tampoco recibieron el agasajo de esa
distinción. A Bloom lo lincharon cuando cogió un puñado de
genios y no cogió el otro puñado. Igual existen varios, qué sé yo. Le
doy a K. toda la razón. Está considerablemente autorizado para echar
espumarajos por la boca cuando le dan a Fulatino de Copas el
paraíso en forma de premio. Borges no lo tuvo. Yo en ocasiones, en mitad
de la noche, me despierto y balbuceo unas palabras de sonrojo. No son
espumarajos en realidad, pero a mí me lo parecen. Yo, formado
humanísticamente en los clásicos, no puedo pensar en que no colocasen en
esa lista antológica a Góngora. Voy a mirar si está. Como falte,
ay si falta. Me veo esta noche, ya entrada la madrugada, despertando a
mi mujer por los gritos. Me entenderá a medias. Tengo que leer luego
unos sonetos. Por si esta noche me pongo barroco. Por si mi corazón se pone levantisco y bombea mala leche. Hay cosas con las que no se juega. O yo soy muy delicado.
12.9.13
Me pastoreo con Porter
Dejar de ser oveja y pastorearse uno mismo. No sé si es un propósito viable, si hay cancha para este volunto mío de jueves todavía de verano. Es que mientras no se vaya el calor no tengo un dominio completo de mi cabeza y me salen estas cosas que no se sabe bien cómo continuarlas después. Me sale el lado obsceno, me sale el lado heterodoxo, me sale el lado irreverente. Oh cómo me gusta el envés de las palabras. Lo escribí hace veinte años, eso no es hace nada, en un poema de ésos que se llaman de amor. El amor sigue estallando en todos los poros, procurando alminares de vértigo, limando las aristas, pero está uno ya de vuelta de algunas cosas y no alcanza a comprender los porqués. Este porqué de hoy es de una inconsistencia manifiesta. Salgo a la calle, paseo las calles, miro la gente, cruzo los pasos de peatones, miro los escaparates y advierto el roto. Gregory Porter suena en el ipod y mis pasos me llevan, sin mi voluntad de por medio, a rincones de mi pueblo que he visto poco, que he pisado poco, como si visitara una ciudad nueva. Me pastoreo con Porter. Nunca he escrito: Me pastoreo con Porter. Suena nuevo.
11.9.13
Septiembre
Tienen a veces las cosas un modo peculiar de concurrir delante de uno. No se sabe si a los demás se les presentarán con idéntico aspecto, pero no se duda de la asombrosa y agradecible variedad de formatos que la vida rinde para que la exprimamos a conciencia. Empieza un nuevo curso escolar y vienen las mismas preguntas que formulamos el curso anterior. Como si no se les hubiese aplicado una respuesta y siguiesen ahí, a la espera de que les hagamos caso, y llas cerremos. A lo mejor están mejor abiertas. Septiembre es hermoso, a su manera. Hermosean las ferias de pueblo, acarrean la repetida riada de gente que busca en el festejo un alivio a los males que les persiguen. No hay quien no tenga un par de males en propiedad. Incluso quien se pavonea de los suyos, a los que ya profesa un afecto antiguo y a los que, en ocasiones, planta cara, convencido de que no se va a librar de ellos, íntimamente en posesión de una romántica idea del sufrimiento, al modo en que la tenían mis mayores. Gente que entiendo a medias o no entiendo nada, pero ninguna de esas impresiones mías posee importancia alguna. Normalmente disfruto más, en cierto modo, con la gente que no entiendo. No las querría en la familia o en el círculo de buenos amigos, pero animan golosamente los bares y te salvan una noche mediocre. De la gente extraordiaria, de la que se inclina al extravío, depende que el mundo, al menos el mundo creativo, el lírico, gire. Los otros, los cuadriculados, hacen de público. Bendito público, por otra parte. Quizá no hagan que el mundo gire, pero hacen que brille. O es al revés. Quizá el trabajo consiste en que ambas anomalías, la de crear y la de apreciar la creación, sean en el fondo la misma mágica cosa. Septiembre es hermoso. Todos los cambios de estación lo son. Me alivia pensar que con el cambio de atuendo, con la rutina de sacar las prendas de abrigo y de desenchufar los ventiladores, vendrá también un cambio adentro. Que el tiempo, el atmosférico, gobierna las costumbres de un modo que no apreciamos. Yo, en los años que llevo de trato conmigo, cuarenta y siete, siempre he disfrutado de este mes. Que el funk clásico, de élite, de la Earth, Wind and Fire os conduzcan por el sendero de la armonía y de la paz interior. Que hagan que se muevan los pies es otra opción formidable. He dicho.
9.9.13
Somos el río
De Rulfo tengo siempre en la memoria el verano en el que viajé al pueblo de un buen amigo en la Castilla profunda y me perdí en amistad y en bares, en noches convertidas en madrugadas y en conversaciones sobre el latín del instituto y la posibilidad de tener amigos para siempre. No hay vez que no relea a Rulfo (he leído Pedro Páramo y El llano en llamas más veces que casi ningún otro libro) y no viaje al calor manchego y a casa de mi amigo Marcelino, en Aldea del Rey, la Comala de Agosto de un opositor caído en desgracia, movido en el mapa de una ciudad tórrida y rutinaria (lo era Córdoba en ese año bisagra de todos los demás) a un pueblito maravilloso en el que encontré también calor humano.
Casi todos los libros que he leído poseen su intrahistoria, su paisaje
íntimo, su indestructible mapa de emociones y de recuerdos vibrantes.
Podría mirar la estantería y perderme en la memoria hasta ocuparla por
completo. Sucede algo similar con las películas. Vi Beckett en un
cinefórum en la Escuela de Magisterio del Sector Sur, en Córdoba. Era
un ciclo de cine religioso (creo) programado por la mañana en el Salón
de Actos de la Facultad. No éramos más de diez curiosos y me prometí
volver a verla. No lo he hecho. Hay promesas que valen por lo que tienen
de ficción pura, por toda esa morralla emocional con las que uno las
manuscribe en su alma. La mía, en estos días de verano agonizante, de
otoño caído en el calendario pero inexistente en la epidermis y en las
aceras, está desletrada de un tiempo a esta parte. No sé esta
inapetencia literaria (escribir y leer, leer y escribir) a qué viene. Si
tengo un hartazgo o lo que respira debajo es un desencanto que no
sabría ahora si debe tomarse en cuenta o es pasajero, leve, irrelevante.
Vi hace pocos días, o pocas noches, hasta que me rindió el sueño, la obra maestra de Fritz Lang, M, el vampiro de Dusseldörf. Una anterior, probablemente la primera, fue en una mala copia que me pasó un amigo y que vi en Priego de Córdoba, en un reproductor vhs prestado, en la soledad limpia de un piso de alquiler de maestro recién ingresado en el oficio.
Nunca es uno el mismo que fue ayer, pero hay algo de entonces que no se ha fracturado enteramente: la idea de la belleza o de la revelación, la conciencia limpia de que las cosas hermosas, las que nos hacen más felices, también nos hacen más inteligentes, más preparados para afrontar la vida, que en ocasiones se pone levantisca. Ayer vi a alguien (a quien conozco y aprecio) con una camiseta con la cara reconocible de Bécquer alojada a un lado, ocupándola casi por completo, Pensé en una que tuve en la que se veía la imagen de este blog, la de Manhattan con el puente al fondo, con Woody Allen y Diane Keaton. La tuve un tiempo y la disfruté muchìsimo. Luego, o al tiempo, tuve otra con la portada de A night at the opera, el disco fundamental de Queen. Se me ocurría que la camiseta era una forma visible de contarme a los demás, de exhibirme. Quizá va a ser cierto eso que me cuentan a veces: que me encanta llamar la atención. No lo pongo en duda. Un blog, al menos éste y el modo en que se conduce, lo confirma. Escribir es, en esencia, exhibirse, darse, no dejar de exhibirse ni de darse en ningún momento. Se escribe para eso, aunque se pueda escribir también para otras cosas, pero no somos los mismos. Ni el río tampoco, ¿verdad, Miguel?
Nunca es uno el mismo que fue ayer, pero hay algo de entonces que no se ha fracturado enteramente: la idea de la belleza o de la revelación, la conciencia limpia de que las cosas hermosas, las que nos hacen más felices, también nos hacen más inteligentes, más preparados para afrontar la vida, que en ocasiones se pone levantisca. Ayer vi a alguien (a quien conozco y aprecio) con una camiseta con la cara reconocible de Bécquer alojada a un lado, ocupándola casi por completo, Pensé en una que tuve en la que se veía la imagen de este blog, la de Manhattan con el puente al fondo, con Woody Allen y Diane Keaton. La tuve un tiempo y la disfruté muchìsimo. Luego, o al tiempo, tuve otra con la portada de A night at the opera, el disco fundamental de Queen. Se me ocurría que la camiseta era una forma visible de contarme a los demás, de exhibirme. Quizá va a ser cierto eso que me cuentan a veces: que me encanta llamar la atención. No lo pongo en duda. Un blog, al menos éste y el modo en que se conduce, lo confirma. Escribir es, en esencia, exhibirse, darse, no dejar de exhibirse ni de darse en ningún momento. Se escribe para eso, aunque se pueda escribir también para otras cosas, pero no somos los mismos. Ni el río tampoco, ¿verdad, Miguel?
5.9.13
Sudor
Muy
confidencialmente contado y reduciendo muchísimo el asunto, podría
decirse que soy uno de esos tipos que odian el sudor. No de una manera
ligera y de chanza, como quien se pone un poco colérico si una mosca se
le pone en el brazo o si el autobús pasa justo cuando llega a la parada.
Mi relación con el sudor siempre tuvo un grado de dramatismo absoluto.
Por preservarme, suelo rebajar al mínimo mis actividades físicas en
época de verano. Son los días en los que no salgo de casa. Mi split y yo
nos entendemos mejor que muchas parejas longevas, de las que saben lo
que piensan con solo mirarse. Debo decir que no he tenido un solo split.
De hecho tengo uno por habitación, incluyendo pasillos, cocina y
cuartos de baño, y que estoy al tanto de las novedades del mercado por
si alguno gestiona el frío de una manera más eficiente. Cuando me agobio
en demasía, cosa que sucede con alguna insólita frecuencia, me hago
unos largos en la piscina de la casa.
Sigue leyendo en Barra Libre.
2.9.13
Venga, vale, escribo, soy un escritor
Página mecanuscrita de Crash, de Ballard.
Estoy de acuerdo con todos los que salgan a la calle y vociferen que la realidad es inverosímil o que las palabras son irrelevantes o que dios es inaprehensible, pero yo no saldría con ellos, no me movería de casa, no enarbolaría una pancarta con letras enormes que me simplifiquen con un slogan. Esos tres que acabo de apuntar son válidos. Niegan la realidad, niegan las palabras, niegan a Dios. Es un buen punto de partida. Al menos un excelente punto de partido filosófico o metafísico o incluso didáctico. Uno aprende en la controversia y no importa que al final de la travesía hayamos llegado al destino que esperábamos o sigamos en el camino. Acepto incluso la idea de ser convencido más que de convencer a los demás. No creo que haya mucha diferencia entre ambas formas de llegar al final de una conversación. Tengo amigos que calan enseguida a las personas con quienes hablan. Es algo que yo mismo, menos sensible, menos dotado en esos asuntos, percibo si estoy entre ellos. Saben cómo llevar las conversaciones, en qué momento driblar y en cuál bajar los brazos y dejar que sean ellos los que lleven el peso de la trama. Hay conversaciones espesas y otras de una liviandad obscena. Una de las que más me agradan es precisamente una de las que menos practico. Es la que cuestiona la naturaleza misma del universo y cita al caos y al vértigo y a la madre que parió a la metafísica. Suelo empezar hablando de la eficacia de Mbappé en el área contraria y termino defendiendo la unidad de Europa frente a las injerencias yankis. Por cierto, eso pasó ayer mismo, añado. Lo lamentable es que ni siquiera yo, tan inclinado a disfrutarlas, logro estar a la altura que esas conversaciones exigen. En ocasiones merodeo lo que intento explicar o sencillamente lo esquivo, como si no tuviera ni idea de cómo volcar las frases que lo explicitan. Hay otras, sin que yo gobierne la forma en que unas vienen o se van, en donde me explayo a gusto, en donde encuentro el punto de perforación justo y avanzo con solemnidad, con absoluta confianza en el parlamento, investido con una extraña pasión, pero ya digo que son las menos o lo son muy aisladamente y no me retratan como discutidor. Es una palabra hermosa esa. A lo que sí me arrimo es a escuchante. Uno debiera escuchar más que habla. No lo llevo a la práctica como mi mujer me recomienda, pero reconozco que hay mucho que aprender o que hay más ahí afuera, listo para que yo lo registre, que adentro mía, listo para que yo lo airee y lo registren los otros.
La página mecanuscrita del capítulo primero de Crash, de Ballard, que leí hace mucho tiempo y que ahora no me apetece releer, explica un poco de todo esto que sugiero. La idea de que no todo está acabado en el momento en que lo parece o la idea, más bastarda, de que no habrá forma alguna que nos satisfaga enteramente. Quienes escribimos, en la batalla contra la hoja en blanco, no pensamos en estas cosas. Yo, al menos, no las pienso mientras la mano se mueve y deja ahí las palabras o mientras que los dedos, como ahora, teclean en el teclado del ordenador. Es después cuando, en la relectura, cae uno en la cuenta de los errores, de la debilidad del asunto, de cómo uno pretendía ir a un lugar y se ha quedado a mitad de camino. Bueno, dice K. que los lectores nunca saben a qué lugar vas, así que no te van a exigir que efectivamente llegues. No estoy de acuerdo con K., pese a los años compartidos y a la amistad que nos une. El lector, incluso el desavisado, el que no te conoce, se hace un plan de lectura conforme va leyendo y se forja un destino. En ocasiones, en las menos, pero en las deseables, ambos destinos son el mismo. Yo no corrijo casi nunca. Mi amigo Pedro me recomienda siempre que lo haga, mi profesor Luis Sánchez Corral me lo recomendaba en la facultad, María del Mar García decía que saldría mejor si lo limaba más. Ella decía limar. Soy de poco limar y de mucho decir. Soy de aturdir a quien tengo delante si encarta. Hola, he venido, prepárate a escucharme. Es mejor decir que escuchar, he pensado algunas veces. Quizá de ahí provenga esa aspiración mía de ser escritor. De decir desbocado y de decir un poco enfebrecido estaré hecho, qué le vamos a hacer. Ya tengo una edad, pero siempre puede recular, reconvenir, volver a pensar las cosas, dar con alguna templanza, un par de ellas vendrían bien. A mí la escritura me enfebrece, me coloca en un lugar en el que solo estoy cuando estoy escribiendo. Ni siquiera al leer, lo mío o lo ajeno, estoy en ese sitio maravilloso. Importa escasamente que lo que se escribe tenga una repercusión, una valía, una cierta belleza o interés. Lo que de verdad es relevante es que su volcado haya sido lujurioso. Hay un erotismo, claro. Lo hay de una manera promiscua y de una manera serenada. Depende de qué texto hagas. En los que encuentro más a mano ese placer voluptuoso (estoy convencido de la eficacia de los adjetivos en la escritura, de cómo percuten el texto y lo subliman con muy escasos medios tipográficos) es en los poemas. Escribo poesía en volandas. Escribo dolorosamente incluso. Y si entro al trapo corrector y veo que esto puede ser aquello y que suprimir tal palabra o cambiarla por aquella otra puede convenir al poema, sufro más todavía. Un sufrimiento dulce, un crash como el del texto de Ballard. Soy de sufrimientos provisionales, eventuales, propedeúticos. En cuanto salgo de ellos y los pienso, los rebajo a una condición frívola, los someto, declino con firmeza la posibilidad de que me hablen otra vez y de que yo los escuche. Todo es muy extraño. Miren la hoja de Ballard. Los escritores somos gente muy extraña. También los lectores. Lo normal serían no escribir ni leer, sino pasear a la caída de la tarde, pasear al perro, escuchar a los vecinos detrás de la ventana, comer alitas de pollo a tutiplén con una cerveza belga de tercio, dormir en el sofá con la tripa llena, amar como si no hubiese en el mundo otra cosa que amor. Eso contando con el hecho de que muchos de los que nos creemos escritores lo seamos de verdad. Yo todavía no lo tengo claro. Lo seré porque dedico tiempo a escribir, eso por descontado. Vale, venga. Escribo. Soy un escritor.
1.9.13
Dolor y dinero / Creemos en el fitness
De Michael Bay no poseo recuerdo cinéfilo alguno. Ninguna de sus películas me ha producido una brizna, una siquiera pequeña, de placer cinematográfico. Reconozco su función dentro de la industria del cine. Bay es una especie de Santiago Segura al que le han inyectado monumentales cantidades de pasta para hacer lo que le de gana en una pantalla. Sigo pensando en que Bay es un director sin sutileza, de escaso o nulo genio narrativo. Lo corroboran bodrios catedralicios como Armaggedon, Pearl Harbour y la sencillamente obscena trilogía de Transformers. Los trazos, bruscos, de una tosquedad a la que la voluntad no permite pulimento alguno. La estilística de Bay no es tal: es un zafio artificiero que ha encontrado un modo de hacer cine que encandila a un público de exigencias escasas, que se emboba (literalmente) cuando la pantalla se embrutece y solo ofrece explosiones, persecuciones o batallas imposibles entre robots en mitad de Manhattan. Pero he aquí que el dinamitero se ha reformado: no ha renunciado del todo a su devocionario estilístico; tampoco ha renunciado a que su cine siga siendo reconocible (en eso hay que reconocerle cierto grado de rango de autor al modo en que otros de más fuste lo obtienen por vías más nobles) y ha facturado una película sorprendente, ágil, fluida, cínica, sutil a tramos (sí, por fin), que pretende (y ya digo que en ocasiones lo consigue) mostrar un sátira social. Así que, amigo Álex, ya tienes al Bay reformado, enchufado al mainstream habitual, pero concediendo puntuales y brillantes ramalazos de genio.
Dolor y dinero es una comedia ácida, envenenada, que no se crece por unos diálogos formidables. Ya lo dice Daniel Lugo, el descerebrado protagonista de esta locura: Creo en el fitness. Lugo es uno de esos arquetipos del hombre hecho a sí mismo del american way of life, una masa de músculos (es entrenador personal en un gimnasio) que advierte que su ingesta de anabolizantes y batidos de proteínas no le va a permitir alcanzar su exacto lugar en el mundo, es decir, en los Estados Unidos de América, por lo que maquina (es un verbo excesivo eso de maquinar) un plan para extorsionar a un ricachón colombiano al que secuestran y torturan. Como todo está basado en hechos reales, los guionistas de Bay (Markus y McFeely, los mismos que una entrega de Las crónicas de Narnia y Capitán América: El primer vengador) no se esmeran en retorcerlo todo más de lo que al parecer ya estuvo retorcido. Por la pantalla deambulan personajes histriónicos, vulgares, simples a más no poder. Bay transformado en un Cohen o en los dos hace un dibujo grotesco del escalafonato criminal de los tres bodybuilders de la cinta, huecos por dentro y muy duros por fuera. Se esmera en el chiste sencillo, pero eficaz, en gags visuales que no entorpecen el entramado negro de la trama. Todo lo que pueda parecer hortera (hay elementos kitsch a espuertas) contribuye a que el espectador entienda de verdad con qué imbéciles está tratando. Estos tres tontos muy tontos, ratas de gimnasio, creen en el fitness por encima de todas las cosas. Alguno (un Dwayne The Rock Johnson en estado de gracia, y mira que eso es duro de entender) no solo cree en el fitness y en la coca sino en un Jesucristo moldeado a su antojo. Una de las cosas que hace Bay muy bien en Dolor y dinero es retratar al americano medio, comido por la fiebre religiosa, convencido de que Dios observa cada pequeño gesto que hace y ensalza los buenos y perdona los execrables. De hecho aquí unos pocos muy execrables, muy deleznables, de un punto gore que da a la cinta una dimensión seria, muy de Cohen, ya digo, que igual incomoda la vocación de blockbuster de todos los productos de la casa. No olvidemos que esta es una película de tránsito, menor si consideramos que el bueno de Bay, renacido, redimido de todos sus grandes pecados, tiene en marcha su Transformers 4. La máquina de la taquilla es imparable.
Ah, dos o tres apuntes a modo de coda: las mujeres en el cine de Bay siguen siendo una mierda a secas. No hay manera de que este hombre matice, aunque sea para caer bien a los fanáticos de la corrección y a todos los sensibilizados por la bendita igualdad entre machos y hembras, su misoginia practicante, al menos a 24 fotogramas por segundo. Las morenas y las rubias rotundas, expuestas como carnaza lúbrica, abundan en su cine tanto como la cacharrería metálica. En Dolor y dinero no hay títere que se salve, si exceptuamos al siempre magnífico Ed Harris, al que Bay le regala un pequeño, sensato y rico papel. Las dos mujeres de cierto calado, personajes secundarios ambos, son prostitutas y cortas, muy cortas de seso. El otro asunto es el curioso hecho de que Mark Walhberg haya repetido el mismo papel que hizo en Boogie Nights, el del sobredotado John Holmes. En esta ocasión, su impagable Daniel Lugo es un Dirk Diggler de esteroides y largas sesiones de pesas. Lo que comparten los dos es su innegociable deseo de escalafonar a cualquier precio. Uno pone en danza al semental y otro la confianza en la eficacia de su esculpido cuerpo. Los dos caen estrepitosamente.
29.8.13
Nuevo parte meteorológico
Leyendo algunas entradas anteriores, observo que no hago otra cosa que acudir al tiempo y hacer como que mi estado de ánimo proviene del calor que haga o de la promesa de que el calor rebaje el rigor con el que me castiga y abra paso al frío, al bendito frío, al frío considerado como delicatessen para los iniciados. No sé si alguien entiende de lo que hablo. Probablemente sea el hecho incontestable de que en verano, abastecido de tiempo libre, en el privilegio de unas vacaciones largas (soy maestro, he ahí la pista concluyente) no tengo la fluidez narrativa del invierno, no encuentro de qué hablar y me refugio en las estaciones, en su ir y venir inconsciente. Hoy parece que el dia se me ha puesto definitivamente de cara. Corre un fresco que alivia muchísimo y me invita a pensar en salidas nocturnas, en terrazas aireadas, en amigos que conforten un poco el alma. Los amigos, a poco que piensas en ellos, comprendes que están ahí para procurarte ese conforte. Luego les cuentas que huyes del verano. Que al sol lo miras ya con cansancio y deseas, como hoy, que la lluvia irrumpa como suele, dejando olor a hermosa tierra mojada, vaciando las terrazas de los bares, produciendo la sensación de que acaba un ciclo y empieza otro. Por mí que empiece mañana. Será que no tengo de qué escribir y mirando al cielo encuentro (alguna) inspiración.
23.8.13
Lamento
Uno no sabe ya si ama los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles o si los detesta. No sabe con qué quedarse. Se maneja bien observando el mal, registrando los destrozos que causa, apreciando que la vida siga y que no haya peligro de que el mal, el que se ha observado y se ha registrado, acabe entrando en casa. Tampoco sé a qué casa me refiero. Imagino que es el mundo, a pesar de que haya otra, de más reducido tamaño, donde duermes de noche y a la que mimas porque en ella reside tu familia, que es el bien más preciado, el único posiblemente. Lo malo es que al mundo lo están partiendo. Nunca fue una unidad firme, pero esta parte es la mía, en la que yo oficio de espectador, y no me agrada en nada el tono de la trama. No se sabe ya cómo asumir que en las guerras mueran los niños, que los gaseen como si fuesen mosquitos en la cortina del verano. No se sabe ya cómo entender tanto atropello. Imagino que esta es la descarga moral, moral por decir algo, que a veces sale de dentro y plasmo en palabras, un poco para entenderme y otro poco, quizá, para compartir el padecimiento. Hay que ser muy duro para sobrellevar este peso infame de las cosas. Por otra lado está la sensibilidad. Quien la tenga a espuertas tiene todas las papeletas para echar una llantina privada cada vez que se acuesta, apaga la luz de la mesilla y entona el cántico con el que se profana la vigilia y se penetra en el mundo de los sueños. Creo que son los únicos paraísos que quedan, pero los sueños, cuando están mal administrados, elevan su rango y se convierten en pesadillas. No suelo tener muchas, la verdad. Creo que duermo con la conciencia tranquila, pero incluso eso me preocupa. Soy feliz en mi modesta vida de espectador. Lo que hay de malo en esta bondad es que no tiene por dónde cogerla, no hay forma de explicársela a los demás, no existe argumento por el que hacer circular su esencia. Por eso anda uno perdido, sin saber si proseguir en el mundo etéreo, el de las pompas de jabón y las metáforas, o meterse en arena, abrir camino por algún sitio, dejar de contar lo que siempre está uno contando, que es al cabo poca cosa y está contada de modo fragmentario y torpe. Son todas estas las cosas que esta noche no sé. Una de ellas, una de las que más me incomodan, es la de ir acabando el texto y no tener conciencia clara de qué he querido decir. Sí, el dolor, ya sé, las muertes ajenas, las dolorosas, las que no tienen pies ni tienen corazón ni cabeza, pero también las muertes de los seres que no conocemos, los de los telediarios, todas esas muertes que no obedecen a nada razonable. Es que no hay razón y vamos camino de que hasta eso (que no haya razón) sea razonable. Está la cordura rebajada a otra cosa, pero no es cordura. Se están dando por normales los asuntos que debieran indignarnos. La dignidad. Esa es la palabra a la que le hemos perdido absolutamente el respeto. Supongo que no harán caer en la escuela el peso de esa responsabilidad. Es un peso muy repartido en la sociedad. La escuela no es un espacio de prevención de conductas inmorales o delictivas. Los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles: eso son los que hay que vender bien, ellos garantizan la sensibilidad.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
El cielo en Lucena hace once años
La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudi...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
El Circo del Sol es adictivo. Hoy al salir del Grand Chapiteau he pronunciado esa frase. La repito mientras escribo.



