19.10.09

Miles está pensando en Dios



Miles está en pensando en Dios. A su manera, reza, aunque parece que esté descansando o incluso durmiendo. Quien habla solo hablará con Dios un día, escribió el poeta. A Miles se le puede oír hablar solo cada vez que se agarra a la trompeta. En directo era un punto huraño. En la intimidad religiosa, la gente suele serlo. Yo, que soy un descreído en esos asuntos de Dios, pienso que Miles entraba en una especie de trance y entonces no era posible ser un tipo sociable y exhibir la sonrisa enorme que su colega Armstrong ponía en su cara gorda de obrero negro. Miles está pensando en Dios y le está contando que ha encontrado el equilibrio cósmico en un solo, en un pulcro acabado de la melodía que el azar o la inspiración o el talento le regalaron la noche de antes. Debe ser estupendo creer en Dios así. Ser Miles Davis en la foto.



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Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus...


Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus, Mingus todas esas veces hasta que el instrumento pasa por la cinta transportadora y el gordo iluminado se apoltrona en el asiento, cierra los ojos, piensa en Pannonica o en el Mississippi o en Carnegie Hall y echa una cabezadita cruzando el Atlántico.
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17.10.09

Y murió la caligrafía...


1.969. Brooklyn: estos niños estudian aritmética con avanzados métodos computerizados. En Andalucía, 40 años más tarde, los colegios entregan a su alumnado de Quinto y Sexto de Primaria net books, unos cacharros diminutos, fácilmente transportables, con Linux como sistema operativo, para que estudien el orden del mundo y entiendan su urdimbre y la fragilísima textura de sus ideas. Les dan ese equipaje digital y les niegan alimento espiritual. Les confían la sofisticada bandera del siglo XXI y no les explican la travesía de los años, el asombroso (por costoso, por doloroso) viaje que ha tenido que realizar la ciudadanía (la de Brooklyn, la de Tokyo y la de mi apartadito pueblo) para alcanzar esta excelencia didáctica. ¿Lo es en realidad? Si en 1.969 los alumnos de Brooklyn disponían de esas máquinas (miren ahora qué máquinas, pero piensen qué fueron entonces, cómo iluminaron la forma de enseñar de los profesores) y ahora desconocen dónde está Europa, qué ríos la atraviesan o qué idioma se habla en Brasil, por citar algunas pequeñas lagunas meramente enciclopédicas que suelen ilustrar algunas de las abundantes noticias sobre la analfabetización cultural del pueblo yankee... ¿sirvió para algo el derroche? ¿Dónde se produjo la fractura? ¿En dónde comenzará la nuestra? ¿Estaremos fabricando los mismos desvalidos alumnos, carentes de una formación sólida, escasamente interesados en la lectura, nada conscientes de la importancia de la educación y del esfuerzo en conseguirla, pero duchos en manejar bombas víricas en la red, expertos en la arquitectura del p2p y sobradamente preparados para hackear la centralita de la institución de turno y convertirla en un portal porno? Desvarío, déjenme desvariar. Es un pequeño lujo para esta tarde de sábado apática. Y encima me toca a mí, y bien contento que estoy, encenderlos, hacerlos útiles entre tizas y manuales clásicos, conseguir que congenien y gane, en la puja, el niño. Ah, también hay niñas, pero como es mi página y no soy nada correcto en políticas lingüísticas, me dejo llevar y escribo (como siempre) lo que me da la gana.
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Iluminado, perdido, callado



Tuve anoche el fogonazo intelectual que me abría de par en par las puertas del entendimiento absoluto. Iluminado como iba, razonaba los motivos del lobo y los del cordero; veía a la derecha rancia y la que, siéndolo en el fondo, esquiva el tópico y se adjudica el equilibrio, la sensatez o la piedra filosofal del temple; veía la tozuda pedagogía de la izquierda, temeraria en sus mecanismos de compensación social, conjurada a quemar las naves en plena travesía con tal de llegar a puerto y desembarcar, en igualdad de desembarco, a la tripulación; tenía en mi cabeza todas las palabras, y además diré que las palabras exactas, sin que faltara ni sobrara ninguna, que justificaban el aborto y tenía, a la diestra, nunca mejor dicho, las otras, las también maravillosamente exactas que justificaban su condena. Luego salí de copas con unos amigos y decidí contarles el milagro. A pie de barra, bebiendo decibelios y gin-tonics, perdidos en ese utero perfecto que es un pub en el que no cabe un alma, contentos de humo y de etanoles, propuse que nos recogiéramos temprano, descansáramos y así estuviéramos como Dios manda (Dios anda siempre en todas las resacas) para asistir mañana (por hoy) a la Manifestación provida de los que consideran que se la está atacando con estas leyes del Gobierno. Iluminado como iba, convencí a todos de que era inexcusable la asistencia, pancarta izada, conmovidos por la nobleza del propósito, en fin, ustedes ya saben. Recuerdo que salimos del pub dulcificados, puros, íntegros, conjurados a exhibir nuestra conversión a la moral que habíamos abandonado para ser unos desnortados, insensibles al dolor, parias de la ética, delincuentes emocionales, compinchados con quienes matan y encima lo rubrican al amparo de una ley.
La ingesta masiva de gin-tonics aliñados con una pizca de house o de trance (no sabe uno ya bien a esas horas del desquicio qué le están metiendo en el cerebro) me animó a desmontar el tinglado pastoral. Iluminado como iba, no resultó excesivamente difícil. Propuse que volviéramos al pub. A fin de cuentas, qué íbamos a hacer nosotros en la puerta de Alcalá mañana (por hoy). Ya están allí todos los ejércitos de la moral. ¿Y qué hacen? Pues abrir brecha entre la ciudadanía y desestimar toda opción ética que no se ajuste a la suya o apelar a la conciencia cristiana para no asesinar criaturas inocentes. Si tanto protegen la vida, les dije, si se oponen así al aborto, ¿por qué no divulgar en los colegios los usos de una profilaxis? Iluminado como iba, hurgué en la herida abierta. ¿Qué vida defiende la Iglesia cuando no fomenta el uso de preservativos y hasta el Papa Santo de Roma hace declaraciones que lo declaran inútil? ¿Todos los muertos que han oído y creído ese discurso y no usaron condón también estarán mañana en la plaza de Alcalá, queridos amigos? Muertos africanos y muertos iletrados, muertos universales que oyen la pedagogía católica y obedecen sin chistar. Y caen como moscas. Esos no estarán. La Iglesia, ya concluía, no defiende la vida: no toda la vida, al menos. Se obceca en legitimir un tipo de vida que se ajusta a la que siempre espera otra, en el cielo, a la conclusión fatal de ésta. En el negocio de las almas, todo importa. Con tal de que no decaiga la doctrina y los fieles adoctrinen a los suyos y así se perpetúe el mantra ético. Y aquí abortamos todos. Aquí todos flotamos. Además lo de mañana es un apaño para echar a Zapatero de la Moncloa. Todo está diseñado para eso. Para borrar del mapa al ateo de ZP y poner al mando de la plaza a los de siempre. Los que no incomodan en demasía. Los que se santifican al paso de los palios. No vamos, decidido. ¿De acuerdo?
Pero como el camino a casa era largo y no teníamos un puñetero euro para coger un taxi, las palabras fueron perdiéndose en el aire, confundiéndose con las palabras de las conversaciones cercanas. Nos despedimos donde siempre. Abrazos. Mañana nos vemos. Qué bonita que es la vida. Y hoy hemos pasado del tema. Ni por estar a favor ni por estar en contra. Simplemente no prestándole atención. Ya digo: ni por justificar la ausencia y dar argumentos a quien no quiere oírlos ni por razonar la asistencia y dar argumentos a quien no quiere oírlos. Huérfano de iluminación, levemente aturdido por los licores, he pensado que es mejor el silencio. Aunque siempre otorga el que calla.
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13.10.09

Juan de Mairena, y de Libros...


No sé si leen más libros que antes. Tampoco entiendo en demasía sobre el negocio editorial. Me encantan las librerías. He pasado horas deambulando entre sus estanterías. Mirando los lomos de los volúmenes. Oliendo la promesa del tiempo felizmente entregado a la felicidad. Hojeando/ojeando páginas. Comprando esa porción minúscula de júbilo y sintiendo en el corazón (que está ahí para esas cosas) la certeza redonda de un placer cercano.
Y ahí es donde uno agradece la existencia del heroico gremio de los libreros. De cómo batallan contra los elementos hostiles. De entre todas las cosas que el dinero puede comprar ninguna tan maravillosa como el libro. Ninguna tan duradera. La vida de quien vive entre libros tiene más horas de quien los ignora. El buen librero es el sacerdote de esa cofradía. Lo que vende es felicidad. Exactamento eso.
Viene todo esto a cuento de que mi amigo Pipo ha puesto en danza cibernética una página web. Hay mucha poesía dentro (Cosmopoética) y hay proyectos domésticos de libros íntimos, familiares. Por estar incluso está mi astronauta zurdo. Además es hasta bonita. Entren y busquen. Compren. Lean. Disfruten. En fin. Todas esas cosas que ya sabemos. Empieza pinchando en la imagen de arriba.

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12.10.09

Amenidades

La cultura sí está reñida con el espectáculo: lo dicen los puretas, los que no aceptan que Dan Brown esté a punto de vender un millón de libros por hora en todas las librerías del mundo. La cultura debe ser otra cosa, añaden. Pero yo he visto gente en el metro devorar los tochos de Millenium que, salvo en el muy discutido juicio de Vargas Llosa, no es literatura de seria A. Ni siquiera buena literatura sino un apaño mercantil beneficiado por una trama adictiva. Entonces las tramas adictivas no son parte de la cultura y quienes exhiben querencia por esos trucos de feria mediática son otra cosa, pero no lectores serios, los que se preocupan por enriquecerse y ganar en altura intelectual con cada frase que leen. Puede que la cultura no esté en Dan Brown, al fin y al cabo. Que ande más a la vera del reciente nobel de los suecos. Lo que ahora me viene a la cabeza es el metro de Madrid y ese montón de gente liada con la hacker Lisbeth Salander, ya ven. Gente aislada del mundo. Enchufada al libro, admirando el espectáculo narrativo, emboscada en esa frivolidad delincuente de quien no ha leído en su vida a la reciente nobel de Literatura, pero feliz y consciente de esa felicidad pasajera. Como todas.

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10.10.09

Amenábar y la mecánica celeste


La fe está llena de astrónomos. La ciencia misma está a expensas de que uno de sus operarios descubra accidentalmente o incluso adrede que Dios anda emboscado en una estrella enana o que la religión no es sólo un recetario de milagros y de confianzas ciegas en lo absoluto sino un manual de certezas, una especie de libro gordo y fiable en el que están las respuestas a todos los problemas y la salvaguarda de todas las alegrías que se mete el ser humano entre pecho y espalda desde que se levanta y pone el pie en el suelo hasta que los párpados ceden y cae en el limbo protector del sueño.
Lo que desconocemos es si el espacio exterior es laico. Tampoco si hay vida más allá de la nuestra, aunque la ciencia-ficción postula que lo de menos es que haya vida sino que encima sea inteligente. No entiendo yo ese empeño en buscar luces en la oscuridad, inteligencia en el negro infinito de ahí afuera, cuando aquí abajo, en este bloque de vecinos ancho y ajeno, vamos estrangulando la inteligencia a golpe de titular de prensa, tozudos y bárbaros. La vamos arrinconando, convirtiendo en un motivo de lucimiento gremial en lugar de un orgullo colectivo, uno de esos pequeños triunfos de la razón contra el fanatismo.
A Amenábar, que acaba de estrenar Ágora, le están linchando por haberse obcecado en revelar la militancia cristiana en esa barbarie. Ágora, que no he visto todavía, cuenta cómo las religiones (la cristiana en particular) abandona la palabra, que había sido su instrumento de persuasión, y cobra el arancel del miedo. Cómo el perseguido se hace perseguidor y cómo la sangre salpica el nacimiento de una moral que, en su fondo, la censura y condena. Pero Amenábar es un agnóstico o un ateo (cuenta en alguna entrevista que pasó por ambos estadios de la perplejidad metafísica) y además comulga con los progres de Prisa y del Estado del Bienestar zapaterista. ¿Qué hace un activista del relativismo con un Oscar de Hollywood? Pues ejercer de agnóstico y enseñar al mundo la trastienda de la fe que todavía lo gobierna. Algo así. Más o menos así funciona la crítica en la prensa hostil. Lo de menos es que Ágora sea buena o emocione. Lo relevante es que se posicione como otra nueva carga bélica de los descreídos de siempre. Los descreídos, ya saben, los que disfrutan viendo cómo el imperio de la fe se debilita después de dos milenios de autoridad.
La ciencia está llena de astrónomos insurgentes, gente empecinada a contradecir a obispos y apóstoles. Gente de malvivir que jalea a cineastas como Amenábar, otro artista de la guerra, uno de esos mercenarios de la izquierda, que leyó la Biblia (cuenta en estos días de entrevistas) y ya no necesitó más. Al menos la leyó. No hay enemigo más eficaz que el que se ha cambiado de bando.

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9.10.09

Sting: If on a winter's night...


Detrás de las estrellas del rock hay siempre un corazón contradictorio, que late más aprisa si lo sacude el folk o el jazz o la música sefardí o la hindú. Hay quien se obstina en afincarse en la excentricidad, en los vicios domésticos que no ilusionan a las compañías discográficas pero que indulta a quienes lo practican de la cárcel implacable de las ventas, de la necesidad de ajustar su modelo artístico a lo que el público espera, sin acometer la novedad de adentrarse por senderos diferentes. Todas estas frivolidades enteramente prescindibles se granjean el afecto del público novato y hacen que el curtido, el que compra discos de Jordi Savall, por poner un ejemplo que me encanta, o acude a conciertos de cámara o a certámenes de música folk, de jazz o de cualquier otro brote étnico, termina por mosquearse y considerar que el esfuerzo es baldío, cuando no estéril o más sinceramente dicho hortera.
Sting no es un hortera. No al menos el tipo de hortera que se mete en estas camisas de muchas varas sin saber qué se trae entre manos. Como está forrado se hace acompañar por personal competente. Como es un intelectual y ejerce de intelectual larga una ristra convicente de razones por las que este material le es tan propio como el rock con el que fundó The Police en aquellos estupendos finales de los setenta. Como Sting es un animal mediático y copa portadas y vende lo más grande, sabe que cualquier cosa que haga va a tener una repercusión mediática enorme. Da igual que sea un inventario de villancicos galeses (por ahí van estos tiros) que un carismático, atmosférico y altamente teatral tributo al músico clásico John Dowland (Songs from the laberynth).
La última incursión en esta vía de la heterodoxia es If on a winter's night..., un ejemplar trabajo que puede provocar reacciones tan encontradas como razonables. Todo depende del ánimo con que se aborde y de las ganas que tenga uno de dejarse conducir por esos terrenos frágiles en los que un villancico inglés del siglo XV, unas notas de Purcell o de Schubert pueden transportarnos al idílico templo de la excelencia. Puestos a sincerarnos, diré que el disco todavía me tiene en la incertidumbre de quien no tiene las cosas claras. Por un lado emociona y por otro harta. El cansancio que produce proviene del prejuicio de saber que Il Divo hace cosas similares: recopila material sensible, culto, de alturas y honduras incontestables y los traduce a gusto del consumidor neófito, el que no se pringa en buscar el original y no ha oído en su vida una hora entera de ese genio que fue Purcell. En eso, a nivel didáctico, en esas líneas educativas, el trabajo de Sting es admirable. No cae tan bajo como el combo de falsos malabaristas de la voz que son Il Divo. A mí me gustaría que las canciones de The King's singers fueran de dominio público y se viese la foto de estos genios a la entrada de la zona de discos de los grandes almacenes del ramo. Se ven otras cosas. Hay otros intereses. Se buscan otros mercados. El culto, el clásico, el que está manufacturado con absoluto rigor y se consagra a no pervertir el aliento que inspiró su creación, no está de moda. Sting insiste y usa su estampa universal (después del pelotazo de sacar a escena a su banda de toda la vida y recorrer el mundo y grabar un funcionarial disco doble en directo) para ganarse adeptos. No creo que busque únicamente ingresos. Pienso que de verdad es un embajador de lo suyo y se entrega con fruición a difundir un legado musical que considera perdido en discográficas minimalistas, exquisitas, limpias de plata y ricas en oro, ustedes ya me entienden.
Después de un par de buenas y pausadas escuchas (una en cascos, en mi bendito e irreemplazable Ipod y otra en mejores condiciones acústicas en mis adorados B&W) todavía (insisto) navego en una agradable duda. Hay arremetidas más poperas (Soul Cake, la canción más reconocible, la que más tarareable) y bajadas menos soportables a territorios menos transitados (There Is No Rose of Such Virtue, una de más difícil digestión), pero aunque únicamente fuese por los buenos ratos que el bueno de Sting me ha dado (Moon over Bourbon Street es la canción favorita entre las canciones favoritas de este cronista de sus vicios, junto a Bohemian Rhapsody (Queen) y Stairway to heaven (Led Zeppelin) se le excusan estas veleidades. Se deja uno llevar por la emoción de un trabajo muy bien hecho, que rezuma amor por lo que suena y en donde la pedagogía se mezcla tal vez muy forzadamente con las sencillas ganas de hacer música.

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1.10.09

Escarbando...



Cuando un pintor inicia un cuadro, y sobre la imprimación todavía fresca empieza a definir las primeras manchas y zonas de luz, parece que está... escarbando. Todo está allí, en la tabla. No hay más que sacarlo.




Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si a la forma o al fondo. Se queda en esa tierra de nadie en la que las cosas suceden sin que podamos controlar el efecto que nos causan. Porque tal vez no causan efecto alguno o porque el efecto es tan enorme que no sabemos administrarlo y se acaban despeñando. Piensa que ha perdido miserablemente el tiempo o que lo ha ganado a costa de un esfuerzo gigantesco que ha consistido en mirar un cuadro y buscarle la luz en donde únicamente se exhiben sombras. Hay quien mira cuadros como quien busca a Dios en la oscuridad de un sueño. Quien entra en trance. Quien abre mucho los ojos y luego le cuesta aceptar que la realidad es infinitamente menos rica en detalles y hermosa que el cuadro al que se ha entregado. Uno entra en un museo con esa reverencia ante lo mágico con la que nos postramos ante una divinidad. Todos estos años de vigilia teológica han hecho que el lenguaje esté así de contaminado de sacralidad, qué quieren que les diga. Queremos describir las profundidades del alma y nos sale un arrebato místico, una retahíla de verbos nobles que han tenido roce sintáctico con adjetivos más nobles todavía. Y al igual que los tiranos del mundo siempre han buscado que sus mercenarios quemen los libros y conviertan la cultura en una utopía, también han procurado cerrar los museos, privar al público del arte, que es una extensión (la más hermosa sin duda) de la libertad. Por eso cuando a principios de septiembre pisé el Museo Reina Sofía, en Madrid, respiré hondo y pensé (sin confiar mi extravagancias a nadie) que un museo es como un templo y sólo necesitas fe para encontrar alguna divinidad en las formas y en el fondo, pero uno nunca sabe recorrer los pasillos, llevar un orden, estar el tiempo justo frente a cada cuadro, recuperarse de la visión de una obra para ingresar en la contemplación de otra.
El Reina Sofía no es un museo normal, aunque yo no entiendo de museos. Por eso quizá no me ha parecido normal. La idea que tengo de un museo no es el Reina Sofía. Es el Prado tal vez. Un museo, el que yo considero que quintaesencia las virtudes de lo que debe ser un museo, es un edificio invisible. Cuanto menos se advierte su presencia más explotarán los cuadros a los ojos. El museo perfecto es el que no interfiere con la obra que expone. Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si al museo o si a las galerías que tutela. Si quedarse en Bacon o mirar al público que contempla el cuadro de Bacon. Reconocer el asombro. Descubrir que hay gestos universales ante la belleza o ante la decepción de la belleza. Sigo ignorando si el arte puede prescindir de la vida o, expresado de una forma más feliz, si la belleza es una categoría ajena a la consideraciones de quienes la observan. Sé, en mi muy escasa experiencia en grandes pinacotecas, que podemos encontrar a Dios en un cuadro de Francis Bacon igual que podemos perderlo en otro. Y sé que el placer conduce a la confusión. Una vez uno está instalado en ella, la travesía es más hermosa. Aturdido, se aprecia más. En volandas. Como izado. Sobrevenido de luz. Abierto. Cómplice. Todo allí. Sólo hay que buscarlo...



The Beatles in Hi-Fi



Siendo un fanático de muchas cosas, no lo soy de los Beatles. O lo soy a ratos y siempre sin señalarme en exceso. Eso de que todo el mundo piense en ti y piense, de pronto, en los Beatles estaría bien. Mejor que, por ejemplo, despertar en los demás el recuerdo de Paulo Coelho o de Jiménez Losantos. K. sostiene que somos esas pequeñas cosas: la rendición pública de una manera de pensar que se forja por la filiación a los mitos. Mis buenos amigos de siempre encuentran en mí hilos de Borges, trozos fragmentados de sus cuentos, versos de sus poemas. Todavía, treinta años después, pienso en mi amigo Chacón (nos llamábamos así, con el apellido, funcional y protocolariamente) y se me llena la cabeza de pósters de Bruce Lee. Si pienso en Raúl no puede evitar pensar en Frank Zappa. María me lleva a Benedetti. Antonio a Stephen King. Crees que entras en el alma de un amigo y estás entrando en la alfombra roja en Cannes o en la Real Academia de las Letras. Oyes a Charlie Parker y se te viene a la cabeza a Carlos, entusiasmado a pie de barra, contándote qué bendición es amar el jazz y saber que ese júbilo lo vamos a enterrar con nosotros.
Yo aún no he descubierto la razón por la que nadie me asocia con los Beatles. Bien pudieran. Entré en la música por ellos y sigo enganchado a ella, en buena parte, por ese ingreso formidable y por lo que todavía encuentro en las doscientos y poco canciones que inventaron. De hecho empecé a rondar la idea de dedicarme al inglés, como oficio, mareando la letra de Get Back o de Day Tripper. Así que esto de que ahora las compañías de la pasta aireen de nuevo el repertorio de los de Liverpool me parece fantástico. Importa escasamente que hayan remasterizado los originales y el sonido sea soberbio. Lo era incluso cuando podías apreciar la precariedad de los sistemas de grabación de entonces. Un tipo de excelencia que prescinde de la audiofilia y busca el corazón, la alegría sencilla de ser feliz durante tres minutos.







Eso es lo que Lennon, McCartney, Harrison y Starr impregnaron en el córtex sentimental de varias generaciones. Y ahora, en digital o como quieran llamarlo, ganará nuevos parroquianos, gente sensible que acepta el trance y lo disfruta como algo fundamental en sus vidas.

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Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...