No sabe uno cuándo se malogró lo que quiera que fuese a lo que vino a esta vida, si se desgració por manejo indebido o ni hubo siquiera una intervención propia o ajena que precipitara el despiece, toda esa declinación del cuerpo y toda esa incomparecencia del espíritu. Tampoco posee uno intendencia en argüir los motivos, en dar con los más convenientes. Nos vamos afantasmando, adquiriendo la consistencia de algo en continua evanescencia. Y, sin embargo, incluso cuarteado, zaherido y comido a bocados por la crudeza del tiempo, qué hermosa travesía es vivir, con qué ardor se trasiega por los caminos que traza. Y no hay derrota alguna, ni decadencia que no se pueda transformar en ascenso, en dulce don que el corazón aplaude. Todo es clamor, luz que convida a que más luz acuda.
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