6.6.24

Duración del fuego


Vivir es a veces no ir ni a ciegas siquiera,

trasegar de lo oscuro a lo oscuro,

abrir los ojos en el latido del barro. 

También vivir es dejarse convidar de luz 

cuando el pájaro en su limpia fronda de aire 

elogia la bondad del paisaje 

o el croar de las ranas en la charca 

tiene insistencia de salmo 

o el fuego, al aplazar la resolutiva ceniza, 

se yergue y aspira a permanecer 

en la más dulce blonda del tiempo. 

La vida, si se toma demasiado en serio, 

se resuelve ficción. Así desoye 

las admoniciones y fulge entera 

como el pájaro en el festejo del vuelo 

o la rana en la música del agua 

o el fuego cuando por fin adquiere 

la majestad de la pied

5.6.24

Doppelganger

 


Lo malo de ir aplazando las obligaciones es que luego no nos acordamos de cómo se llevan a término. Yo estuve más de un mes evitando entrar en la consulta de mi dentista y el día en que tomé aplomo y me dispuse a franquear ese miedo no recordaba dónde estaba su clínica. Anduve unas horas por el centro tratando de poner en orden mis pensamientos. En ese deambular sin propósito, en ese ocio cobarde, coincidí con un amigo que no sabía cómo ir al banco para pagar la contribución. Me confesó que llevaba más de un año postergando el pago. Días después leí en la prensa que uno de mi pueblo estuvo perdido una semana sin encontrar el camino de vuelta a casa. No lo conozco en persona, pero me han comentado que bebe mucho y que, cuanto más bebe, más olvida. Era ese uno de los motivos por los que recomiendan que no se beba mucho, por el daño que hace a los recuerdos, pero K. me dijo que lo de beber para olvidar es legítimo, un procedimiento como otro cualquiera, quizá más creativo. Es como la serpiente que se muerde la cola y que se gusta en el gesto. Me he preguntado si estas anomalías de índole casi metafísica las tenemos todos, mal que a veces nos pese; no me sorprendería que hubiese idénticos comportamientos en otras partes del mundo y así, al hilo de esta reflexión un poco fugada de tino, he pensado que un ciudadano turco, pongo por caso, se pareciera a mí a la hora de darle esquinazo topológico a la consulta del dentista. Cosas que suceden solo en mi cabeza. No sé, en algún lado, habría un tipo como yo, un Emilio Calvo de Mora Villar paraguayo o de Las Hurdes que odiase esperar la cola en la charcutería o que no supiese todavía hacer el nudo Windsor cuando las bodas o los bautizos. Uno que quizá en este momento estuviera leyendo esto que escribo y se viera reflejado en lo que antojadizamente se cuenta y se vaya hoy a la cama con la certeza irrefutable de que el mundo, en el fondo, es un escenario hostil y que vamos apartando dentistas, charcuteros y oficinistas de banco porque, bien mirado, lo que nos molesta es la rutina, esa reincidencia en lo que nos incomoda. Einstein decía que la realidad es una ilusión, pero una muy insistente. A mí me agrada la ficción de que alguien por algún lado, en un pueblo del Ampurdán o en los barrios de la periferia de São Paulo, sigo fantaseando con la geografía, sea un tipo como yo, padezca las mismas incertidumbres, disfrute de los mismos placeres y sospeche que posee un cómplice, una especie de hermano anónimo, el doppelganger no necesariamente malvado en la distancia, en el insondable territorio de la literatura o de la calle. Si está por ahí, que se persone, que diga estoy aquí, por fin he llegado. Le abriré la puerta de mi casa, estaremos los dos unos días compartiendo mesa, conociéndonos, dejando que la conversación sentencie si en verdad él es una derivación mía, yo una suya o, en el fondo, todo sea un juego verbal más, uno de esos que ejerzo cuando me levanto temprano y me preparo a conciencia para afrontar el día. Que el vuestro sea propicio.

4.6.24

Un aforismo corporal

 La buena literatura causa un tumulto interior, un clamor sublime de la sangre. La mala, meteorismos intestinales, incontinencias aerofágicas.

3.6.24

En el centenario de la muerte de Kafka


 

EN EL CENTENARIO DE LA MUERTE DE KAFKA


He escrito 7 textos sobre Kafka en los últimos 10 años. Los recoge mi blog y los he compilado hoy tributariamente al cumplirse cien años de su muerte. No me anima ninguna intención académica. Tampoco sabría. Es el anhelo sencillo de contármelo, de hacer que comparezca y me turbe. A lo mejor los ocho son el mismo texto. Uno hubiese valido, ninguno. La idea de que escribimos un solo texto no ha dejado de rondarme. 


1


A lo primero a lo que uno se inclina en Kafka es a considerar la acústica de esa palabra. Kafka. Kafka. Kafka repetido una docena de veces. Hay una belleza ineludible, con la que se abren paso algunas de las bellezas menos evidentes o un tipo singular de belleza sin la que yo mismo no podría subsistir al modo en que ahora lo hago. El gris Kafka, el escritor, el oficinista, soporta la realidad en la creencia de que las noches las llenará de armonía o de caos con su escritura. Escribimos para que las noches limpien todo lo gris que ha ido abandonando el día o para enturbiarlo adrede. Con la propia mano. Haciendo del error un mapa. Se escribe para estar a salvo del rigor del mal o de la tristeza. Somos Kafka en una habitación, mirando la hoja en blanco, pensando en cosas que no podrían explicarse a viva voz nunca. Kafka en la soledad infinita del alma. Kafka era un ángel oscuro, un completo desgraciado con un don. Un espejo también. 


2


En los cuentos de Kafka huele a naftalina. Una ebriedad rancia afluye. Es la resaca la que escribe, no él mismo. La vida, incluso la mala vida, invita a que se la registre. La felicidad no tiene escribas. El júbilo se recama de grises. La luz se deja convidar por la sombra. Las palabras, las más festivas con más declarado entusiasmo, permiten que se les rezague una sílaba o que un matiz en la restitución de su fonética haga preludiar la descomposición del significado. A Kafka, cuando se encaminaba a la oficina de seguros en Praga, se le iban envalentonando las palabras. Unas consentían una inminencia de gracia; otras, las menos, un festín de lujuria, pero las que metía en los bolsillos y masticaba en la memoria eran las grises, eran las turbias, eran las pobres de espíritu. Kafka era un pobre hombre. Cuando se le lee con el ánimo en alza, acude un frío del que no se zafa uno hasta que otro frío mayor lo reemplaza. Lo bueno de leer a Kafka es que el frío que nos transmite curte el nuestro, lo pone frente a sí mismo, hace que dialogue con él, lo sublima y endiosa


4


Kafka dejó instrucciones a su editor sobre la conveniencia de que ninguna ilustración acompañara al texto. No quería (se obstinó mucho a ese respecto, al parecer) que el lector manejara información añadida a la vertida por él, al texto brutal y sin concesiones. Todos somos Kafka a veces. Nos acostamos siendo una cosa y somos otra al levantarnos. Se tiene constancia de esa aberración, pero no nos parece diferente a la que sufren los demás, que exhiben el mismo desquicio físico. Todos somos Gregor Samsa. Se nos quiere hasta que de pronto exhibimos un comportamiento erróneo. Hay días en los que percibes que eres otro al poner el primerizo pie de la mañana en el suelo. Estamos postrados en una cama, el vientre se abomba monstruosamente y al costado nos crecen alarmantes patas. Perpleja, la familia nos conmina a que nos recluyamos. Por el bien de todos, por el nuestro. No somos dignos, no merecemos piedad, parecen decir. Damos miedo, somos el miedo. Kafka no bruñó a su criatura, la alumbró sin que ninguna de sus deformidades constituyeran amenaza, pero todo él era una amenaza. Igual que no sabemos las causas por las que Joseph K. fue condenado, tampoco sabemos las que llevan  a Samsa al postración (aunque tenga alas, eso es un detalle importante, el hecho de que no acabara volando Samsa, lo cual añade absurdo a todo el relato) y a la humillación física y mental. Duele (al verlo) la humanidad que no acaba de aflorar e imponerse a la mutación que nos cuentan nada más empezar la trama: se queda abajo, no prospera, se da por hecho de que no habrá vuelta atrás. Es la evidencia de que no podemos confiar en que mañana no seamos nosotros los mutados, de que no hay nada fiable a lo que asirnos y que en cualquier momento puede irrumpir el caos y hacer que todo adquiera la inconsistencia del absurdo. Lo más curioso, lo que a este cronista de sus vicios más le fascina, es la justeza con la que Kafka vierte el quebranto de su personaje, cómo censura cualquier alarde sintáctico para que la historia suceda con verosímil fluidez. Toda esa degradación que sufre el protagonista es la misma a la que íntimamente se teme desde que tenemos conciencia de que existe la enfermedad y que puede reducirnos a escombros. Duele también la incivil ocupación de su convalecencia por parte de los suyos: lo alimentan, lo consideran una excentricidad, una anomalía de la naturaleza que les ha tocado en desgracia, pero llega un momento en que deciden deshacerse de él, se desentienden de la humanidad que se supone todavía anida ahí debajo, en algún lugar bajo el espeluznante caparazón de ese (creemos) escarabajo, a todas luces parece la opción más conveniente. No sé si podremos convenir que La metamorfosis continúa ofreciendo una lectura igual de inquietante que cuando fue escrita, albores de la Primera Guerra Mundial. Si su sentido no es todavía el mismo: la sinrazón de la vida, la cruenta cuenta de los dolores, la sensación de que el hombre es un animal extraño, desarrolle alas o patas o antenas. Es capaz de todo el horror. Está facultado para desoír todo el horror que acaba de causar.


5


Lo verdaderamente doloroso en la historia del oficinista Samsa no es tal vez que amanezca transformado en un bicho, no sabemos con seguridad si insecto u otra cosa, tampoco las causas de la metamorfosis, sino el hecho de que esa circunstancia trastoque su rutina y falte al trabajo. Hay una certeza imborrable: la de asistir a la claudicación de un individuo (ataviado con la misma humana fragilidad que detenta cualquier otro) y la construcción (brusca) de una criatura patética y repulsiva, con la que se presenta en la narración y que la condiciona enteramente. Borrados los rasgos humanos o arrumbados a un confinamiento remoto de su cabeza, el monstruoso Gregor Samsa reclama humanidad a los suyos, pero no la consigue, lo cual refuerza la suya propia, incluso vestida de horror, manifestada en la tristeza de los ojos, quizá no hubiese más indicios de que ahí adentro se afanara por aflorar. Kafka dejó instrucciones a su editor sobre la conveniencia de que ninguna ilustración acompañara al texto. No quería (se obstinó mucho a ese respecto, al parecer) que el lector manejara información añadida a la vertida por él, al texto brutal y sin concesiones. Todos somos Kafka a veces. Nos acostamos siendo una cosa y somos otra al levantarnos. Se tiene constancia de esa aberración, pero no nos parece diferente a la que sufren los demás, que exhiben el mismo desquicio físico. Todos somos Gregor Samsa. Estamos postrados en una cama, el vientre se abomba monstruosamente y al costado nos crecen alarmantes patas. Perpleja, la familia nos conmina a que nos recluyamos. Por el bien de todos, por el nuestro. No somos dignos, parecen decir. Damos miedo, somos el miedo. Kafka no bruñó a su criatura, la alumbró sin que ninguna de sus deformidades constituyeran amenaza, pero todo él era una amenaza. Igual que no sabemos las causas por las que Joseph K. fue condenado, tampoco sabemos las que llevan al postramiento (aunque tenga alas, eso es un detalle importante, el hecho de que no acabara volando Samsa) y a la humillación física y mental. Duele (al verlo) la humanidad que no acaba de aflorar e imponerse a la mutación que nos cuentan nada más empezar el relato: se queda abajo, no prospera, se da por hecho de que no habrá vuelta atrás. Es la evidencia de que no podemos confiar en que mañana no seamos nosotros los mutados. 


6


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página o que paseaba con las manos en los bolsillos y apretaba adentro los puños hasta que le dolía el brazo. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera, donde cabe la tragedia como recurso, aunque no venga limpia de biografía, qué voy a decir yo sobre eso. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Como si el Kafka lector fuese el único inquilino de la escritura, aparte del Kafka escritor. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee, si bien he tenido mis aplazamientos con él, tal vez por excesivo apego o por dar descanso a la fascinación, que a veces no es conveniente. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. Basta hurgar, dar de uno lo que no se suele, ahondar, saber ver, encontrar el sentido, una vez que se han creído encontrar los argumentos. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Me falta leer mil libros más para afirmar eso con más rotundidad. Incluso si los leo, no podré ser tajante de ninguna manera. Hay Kafkas por ahí perdidos, muchos, imagino, pero no han tenido difusión, quedan en literatura doméstica, en escritos que se pasan los amigos, en entradas tristes en un blog al que casi nadie entra. Ahora que acabo los diarios, vueltos a leer tantos años más tarde, me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión, el que se hizo cortar el pelo o echaba días enteros en la cama o apretaba las manos en los bolsillos) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy a trabajar) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.


7


No sé mucho de la vida de Kafka. No he leído ningún libro biográfico, ni tengo información más allá de la que aparece en ocasiones en suplementos culturales de prensa o en notas encontradas en blogs de amigos (Carmen Anisa lo adora, Juan Pedro García lo adora) o en ciertas revistas literarias a las que acudo con cierta frecuencia. No sé mucho y, al tiempo, de alguna forma, no preciso saber más. He logrado que Kafka no interfiera con el escritor Kafka. Se hace a veces difícil separar lo escrito de quien lo escribe; la persona, del autor. Podría añadir a Lovecraft o a Borges, a Cortázar o a Pavese. Debiéramos leer sin que nos contamine la periferia de la lectura. Estar en Jakob Von Gunten, en su instituto escolar, comido por el frío y por el tedio, sin pensar en que Robert Walser murió en la nieve en una clínica psiquiátrica de Berna en la que fue paciente durante treinta años. Pensar en Neruda y no escuchar su voz acaramelada, como de niño que ensaya la fonética de las palabras y las declama como si estuviese rezando y Dios le escuchase. Pensar en Onetti sin caer en la visión del cenicero en la cama y las colillas ocupándolo entero, escribiendo su prosa impecable desde la enfermedad o desde la pereza más absoluta o incluso juntamente con la influencia enriquecedora de ambas, si es que tal cosa pueda pasar. Dicen que la última rendición de las causas y los azares de la desdichada vida de Franz Kafka contiene trazos de una existencia no tan triste, a pesar de la tuberculosis, de sus proyectos matrimoniales frustrados o de su temor a que nada prosperase y la vida no le invitara a nada mejor que escribir a la salida del trabajo. Leo ahora que entretenía a los amigos proyectando la sombra de sus manos en las paredes o que era especialmente habilidoso en chispeantes juegos verbales. Deberíamos leer a Kafka pensando en Poe. Hacer que en nuestra cabeza se impregne bien fuerte la idea de que fue Poe quien escribió La metamorfosis o América. Hacer que Kafka o la idea que nos hemos hecho de Kafka reemplazara la que tenemos del mismo Walser, encerrado en el psiquiátrico, esperando que la muerte lo alcance en un paseo invernal a las afueras del recinto de su pabellón. Leer sin información añadida, podemos decir. No manejar ni siquiera nombres. Dejar de manejar nombres y sólo ocuparnos de la bondad de lo leído, pero es sólo un pequeño volunto dominical. Ni siquiera yo, proponiendo esto, sería capaz de llevarlo a término. A veces la propia vida del escritor se cuela por la evidencia tangible de su obra. Sin que ellos, al escribirlo, lo pretendan en absoluto, pero sucede. Poe planea por Poe. Lovecraft es una especie de espectro que pasea pueblos deshabitados en donde se ocultan dioses primigenios. Kafka es Gregor Samsa con más frecuencia de la que desearíamos. Samsa convertido en Kafka. En otro orden de cosas está leer la novela o la poesía de quien conoces, con quien has paseado o tomado café o empinado el codo en una barra de viernes. He leído con absoluto alborozo cuentos y novelas de gente a la que profeso un afecto muy grande o a quienes admiro no ya como escritores sino como personas, de esas (ya digo) con las que hablas de fútbol o de lo mal que está la educación o los precios del marisco en las plazas. Esa lectura, hecha así, sabiendo quién está detrás, es curiosa también. ¿Cómo separar la persona y lo que sabemos de él y lo que nos ha confesado también del autor, de quien ha volcado otro yo, no lo dudo, pero íntimamente el mismo? Uno mismo, al escribir, se escinde también, se hace dos o tres o los que se precise para que, en esa disolución, el yo real se desvanezca o desaparezca de cuajo incluso, pero todas estas cosas, al ser pensadas, también se desvanecen, se pierden, no sabe uno cómo acometerlas, con qué palabras volcarlas. El domingo se ha puesto una brizna kafkiano. Roto asumible. Lo remendará el sol en la calle. Hoy luce con elegancia. Luego saldré a ver si distraigo las obligaciones (cien exámenes que corregir, por lo menos) y lo saludo. Al sol, digo.


8


La primera vez que leí a Kafka en serio iba en un barco de la Armada Española, el Castilla, un buque de mando anfibio que estuvo en Vietnam. Lo hacía en cubierta, procurando que no se me volase el libro. A veces me quedaba en una especie de cantina en el olor a metal quemaba la nariz. Durante dos semanas de maniobras marítimas (seguro que era otro el nombre) no tuve mejor compañía que ese libro de cuentos de Kafka. Estaba en la litera que me hicieron ocupar. Debió olvidarlo el inquilino anterior, un soldado de reemplazo superior seguramente. Hoy he visto en una de esas páginas que uno pilla al azar, sin que haya nada en particular que busque en ellas, una fotografía del buque y no he podido evitar pensar en Kafka, en esos días de navegación aburrida, en la que no desempeñé oficio alguno, salvo el poco estimable de retirar los platos de la mesa de los mandos y arrojar sus restos a una trituradora gigantesca. Entre desayuno, almuerzo y cena, ocupaba un buen par de horas. El resto del tiempo leía y releía a Kafka. No había otra lectura en el barco, no vi biblioteca a la que acceder, ni nadie de quienes iban conmigo subieron a bordo libro alguno. Recuerdo que leía a Kafka y escuchaba en mi walkman Aiwa una cinta TDK con dos discos de Depeche Mode. Es una mezcla extraña, no sé todavía cómo casar todo aquello. No albergo tampoco razones que me inclinen a casar nada. Los recuerdos están ahí, a flote en alguna superficie esponjosa, no del todo dura, a la que no se le hace aprecio hasta que una pequeña ondulación de la superficie las agita y las hace emerger, izarse, ponerse bien a la vista. En una especie de bookcrossing precoz, dejé el libro de cuentos (la portada era roja, no recuerdo la editorial) en la litera que abandoné. Al desembarcar y pisar Málaga, fui a una librería y compré un par de libros de Kafka. Durante esos meses, leía a Borges y leía a Kafka. También el Marca del cuartel en San Fernando y las cartas de los amigos. Empecé a escribir un poco más en serio por aquel entonces. Mi amigo Antonio Sánchez y mi amiga Auxy Salido saben de qué hablo. Imagino que, de leer ahora esas cartas, que ellos guardan en un AZ, vería a Kafka. Estaría ahí, mirándome con su cara de incomprendido. Luego he vuelto a él muchas veces, pero nada me ha parecido igual de revelador como descubrir de verdad a Gregor Samsa en la cubierta de un buque de guerra, en la prestación del Servicio Militar.

2.6.24

Conejo




 Escribo porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio Calvo de Mora Villar. Imaginar que no tengo La isla del tesoro en una edición muy vieja. Ni mujer, ni hijos. Ni el recuerdo de mi abuela en una playa en Fuengirola. Ni alergia al polen del olivo. A veces está bien olvidar qué somos y andar un día por el mundo sin nada que nos vincule a él. Cuando escribo soy un conejo, el Señor Conejo. Voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. Siendo conejo he desarrollado enormemente el sentido del olfato. Donde otros aguzan la vista, donde se esmeran en sublimar el gusto, yo he puesto toda mi sangre en el crecimiento de mi olfato; está grande mi olfato, estoy satisfecho de cómo funciona, así que salgo al campo, olisqueo sin parar, muevo los bigotes, nunca flaqueo ni me arredro, no he podido hacerlo, por más que se me haya ocurrido contravenir la naturaleza de mi condición animal. Son cosas de conejos, imagino. Las mujeres de Wichita Falls o de las de Obejo tendrán también las suyas, no conozco una sola mujer nativa de Wichita Falls y sólo una de Obejo. Se llamaba Julia o ahora decido que se llame Julia y tengo idea de que almorzábamos juntos en un bar antes de volver al colegio. Cabe la posibilidad de que alguna vez me haya cruzado con ella, tantos años después, pero de qué hablaríamos, no sé si habría podido decirle nada, contarle la historia de mi vida, la real y la fabulada, la de conejo, la breve historia del insomnio, del vértigo, el sonido que hace mi bigote cuando se me cruza una zanahoria o el zumbido constante que enhebra el aire cuando escapo de los cazadores. No sé si debería hablar ahora de las zanahorias o más tarde. Sobre la superficie herida de la zanahoria voy rindiendo diente a diente toda mi nerviosa boca. Sé que me espera el manjar: cuanto más me espera, más intenso es el placer y más me determino a dilatarlo. Si vuelvo a mi condición humana no recuerdo nada de mi vida como conejo, no sé nada de mi promiscuidad de conejo, vuelvo a la mesura, escribo distraídamente en un banco de un parque, observo una iglesia, muy a lo lejos. La gente entra con respeto, entran animosamente, creo que luego Dios los amonesta, secretamente los amonesta. Él sabe que amo el verdor de la tierra, la lujuria de la hierba cuando se yergue agradecida.  A veces los pájaros acuden si los llamo, vienen en bandadas, se atropellan en el alféizar de la ventana, miran qué hago, observan los libros encima de la mesa, parece incluso que escuchan a Wagner invadiendo Polonia, pero en realidad no hay trama más allá de la impresión poética, no acuden si los llamo, están convidados por el azar, están sin que yo intermedie en ese prodigio. En otro modo de entenderlo todo, nosotros somos como pájaros, acudimos si nos llaman, vamos en tropel, nos atropellamos sin concierto, observamos qué hay detrás, si la cosecha o tan solo la semilla, si el final severo o el entusiasta acto de inicio. Solo importa la trama, nos importa construir la memoria, tenerla a mano, conferirle el rango de libro y abrirlo en cuanto se nos ocurra, consultar, ver qué podemos hacer para que no sintamos el peso del mundo, que no es amor, hace tiempo que no es amor, lo fue, estuvo ahí el amor, codiciando amantes, copulando sin brida al modo en que lo hace la lluvia cuando lame el aire, invisible, puro, gozoso y alto. Hoy domingo a las ocho y dos minutos de la mañana escribí porque soy un conejo. A veces me da por imaginar que no soy Emilio, no tengo el ideal de la justicia, no comparto con los otros la alegría que en ocasiones me ocupa el pecho: soy un conejo, el señor conejo, voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos. Dios censura, es un catón, es un terrible ojo imposible. Pensó: haré conejos, pero los conejos no tenemos moral, no sentimos el peso del mundo, solo olfateamos, fornicamos, entendemos el mundo según lata el corazón más o menos aprisa. La vida como conejo tiene sus ventajas: no nos escandalizan los asuntos habituales, solo nos concierne la procreación, no se puede pensar en otra cosa, solo olfateamos, oteamos, nos encaramamos a la hembra y la cubrimos, porque cubrir es un verbo manso: cubrir es el verbo más importante del diccionario, uno cubre lo que puede, cubre sin apuro, un poco también desinteresadamente, sin caer en la cuenta de que se está cerrando un ciclo o de que se está abriendo. El hombre tampoco razona estos brincos del alma. Yo no estoy hecho para llevar registro de todo lo que me sucede, quizá un apunte, un breve comentario, dejar constancia del prodigio del vino en la boca, sentir la brutalidad de las horas cuando la resaca te pasa por lo alto. El conejo ya no bebe como antes, escribe más, pero bebe menos, me cruzo con él, lo saludo, no parece conejo, no debe parecer conejo, siendo conejo no tendría los beneficios de ser hombre. Yo soy hombre, soy conejo, olfateo, copulo. En la cópula se quintaesencia toda la prosa del conejo, el estilo barroco, el estilo ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras me abandonan, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, y no acude si le llamamos. Ahora estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido. Las palabras del conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Mozart en un montón de cedés, la obra completa de Benito Pérez Galdós en una caja  o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo. Mi hijo estudiaba alemán, no sé cómo se dice conejo en alemán, no sé alemán, quizá sea tarde, no estoy por la labor, no sé a qué labor afiliarme, con cuál excederme, hace falta excederse, ver que se duele uno, apreciar el dolor, sale el texto del dolor mismo, si no hay sufrimiento no puedes ser escritor, no hay literatura, escribes para cualquier cosa, pero no se te considera oficio, no entra en lo razonable que escribas porque no es posible eludir esa responsabilidad contigo mismo. El lector se involucra, se afana a veces en entrar, pero la literatura está en otro lado, no en lo que registras, en el cuerpo orgánico del texto, en el conejo abatiendo a mordiscos la zanahoria, como si no tuviese otro cometido, como si eso que le encomendara lo aturdiese y no le dejara que la sangre fluyese por dentro. La sangre es el texto también, uno es la sangre de la herida. En la herida se intuye un aviso del texto que está por venir. Algunos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, y la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, y el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira a un lado, a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser solo conejo o ser solo Walt Whitman o ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah, Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón. Abandonado el conejo, vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no habrá un resto. El conejo será venerado, edificarán iglesias, la gran iglesia del conejo, tocarán fugas de Bach, se escucharán desde lejos, incomodarán a los que no entienden qué lujuria los preñó. La carne librará entonces otra batalla más alta todavía, la voz se convierte en salmo. El alma del conejo se retira a contemplar su obra, en realidad no es preciso velar durante toda la noche al conejo. Tuvo una vida admirable, un conejo feliz, el conejo al que los cuentos cortejan, en el que se observa la rotunda armonía del cosmos. No sé si los conejos tendremos dioses a los que adorar, si habrá un conejo plenipotenciario, uno al que agradecer el olfato o las zanahorias o las coyundas en mitad de la noche. Oh, gracias, tú provees, tú cuentas los días y cuentas las noches. No hay muchos animales en los que advertir esta evidencia de orden metafísico, ningún fabulista ha logrado hacer converger en un animal la filosofía antigua y la new age moderna, toda la sabiduría de los próceres del alma y toda la mierda patrocinada por los bancos, pero el mundo sigue, ah, amigos, hemos estado aquí, mirando al conejo, observando cómo se arruga el gesto, aceptando que la vida es siempre una aventura involuntaria, he aquí al héroe, se agolpan en la puerta todas las amantes, vibran en escorzo, cimbrean la cintura, arquean el torso, ponen el alma en cada acometida de la sangre. Yo soy topológica y ontológicamente conejo y olfateo y devoro zanahorias y me uno a la comunidad estelar de conejos cuyo cometido insobornable es el de avivar la llama de la especie, así que tengo más hijos que San Luis, aunque no se contienda la liza ni haya enemigos a los que abatir:  está la cópula, en la cópula se quintaesencia toda la prosa del  conejo, incluso su mísera en ocasiones existencia; está el estilo barroco, el  ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras van y vienen, a su antojadizo capricho, y uno tiene que estar atento y cazarlas, darles un bocado, creer que son zanahorias en un campo verde nada más despuntar el día, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, no acude si le llamamos, estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido, las palabras del conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de Haydn en un montón de cedés, la obra completa de Azorín en una caja o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo, que estudiaba alemán y llegaba a casa a la anochecida. Hace de tiempo que no escribo eso, con el vocabulario recién adquirido, ensayando la fonética áspera del idioma y escribiendo en una libreta las grafías largas. Así es la vida, he dejado el libro en la mesa y me he asomado a ver la calle. Estaba sola Alicia y no tiene quién le muestre el camino, la oigo pedir ayuda, sé que está sola, pienso si podría decirle cómo volver, pero no encuentro el modo, suelen pasar estas cosas, uno cree que la trama de la historia que está leyendo se impregna de la trama de la realidad y cree también que la cosa obra a la reversa y la historia leída tiene algo salido de la realidad, algo obsceno, algo lírico, algo inocente, no siempre a la vez, ni siquiera esas cosas acometiendo su ingreso en orden, cuidando de no hacer ruido muy a pesar mío, me convenzo de que podré asistir a su desquiciamiento o de que estaré en primera fila cuando caiga y cuando se incorpore, pero no más, porque la literatura es un espectáculo para voyeurs cobardes, no permite que metas la mano o te deja, sí, es posible que te deje, pero de una manera tangencial, sin que exista un verdadero roce. He ahí a las amantes, se agolpan en la puerta, ponen el alma en cada acometida de la sangre, todas aseguran llevar en su vientre el fruto de la salvación, la semilla pura y dulcísima, algunos conejos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira cuidadosamente a un lado y  a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser sólo conejo o ser solo Walt  Whitman, ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah, Emilio, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón, Me pregunto si Walt Whitman, el alto y claro y hermoso Walt, ese valladar de la causa terrestre, supo en algún momento de su antropocéntrica existencia que en realidad era un conejo, el gran conejo barbudo al que más tarde acudirían miles de conejos a pedirle consejo. Señor Whitman, díganos usted qué hacer, por dónde ir, dónde está la libertad, por qué huele tanto a zanahoria, luego vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no quedará nada, no habrá un resto, ni zanahoria, ni conejo.




1.6.24

Werfel


 No cabe argüir discusión alguna contra la alegría, no tiene menoscabo ni mengua su asiento en el alma cuando inadvertidamente acude y nos ocupa la cara y hace que el estómago (ignoro los procedimientos orgánicos) brinque ahí adentro, burbujeando, bullendo como un cielo sin domesticar. Benedetti hizo militancia en ella: la defendió del pasmo, de las pesadillas, del escándalo y de la rutina (creo recordar, no me va la memoria últimamente) y levantó el principio ineludible de ejercer la más férrea voluntad de no confundirla con la felicidad, que es una utopía y asunto más de filósofos o de cantantes de bolero. Hay algunas de esas alegrías que desafían la herrumbre de la realidad, que se obceca en contrariarnos y en herir la cada vez más inconsistente creencia de que todo irá a mejor y saldremos de esta. También eso lo dejó apuntado un poeta, tal vez uno como Benedetti, tan de andar por casa y entendérsele todo. La alegría se entiende a la primera, no tiene doblez, no finge, apenas puede uno acatar su recado de risas y de esperanza. Porque la alegría es un canto a la esperanza de que esa misma alegría nos visite de nuevo. Creemos que habrá ocasión de reír otra vez y desatender la ruindad de la tristeza, que es derrota y es herrumbre. Gerald Waller tomó esta fotografía en 1946. El niño del orfanato austríaco se llamaba Werfel y recibía sus zapatos nuevos de la Cruz Roja. 

Encargo al viento / Salva Menéndez / Escribir para el corazón

 


No se sabe cómo se construye una vida. A veces ni propia parece, a pesar de entregarle la sangre. Creemos que es pertenencia nuestra, pero no siempre la manejamos con oficio. La de Santiago Nadiés, el protagonista de Encargo al viento, la primeriza novela de Salva Menéndez, es la de todos y es la de nadie, se desprende eso con facilidad, es la de un sueño que no le pertenece y al que entrega toda la determinación de su existencia, aunque esa decisión arruine los suyos. El asunto sobre el que se desarrolla la trama de la novela es el de la abnegación, que es un constructo moral de débil arraigo en estos tiempos. También la aspiración a encontrar el sentido a la existencia y volcar en ese anhelo el entero desempeño de nuestra sensibilidad. En Encargo al viento el lector dará consigo mismo: ese es el propósito de la literatura, el de conducirnos hacia el interior. Es admirable el modo en que el autor rinde la historia, que tendrá (se advierte a poco que uno pone oído) la elocuencia de lo vivido, de lo que es más acendradamente de uno y, al verterse en literatura, adquiere la indumentaria de la ficción. La escritura de la novela es de una sinceridad que apabulla. Está contada desde el corazón o desde las tripas. Es de palabras y de lo que las palabras contienen, de sueños que se proveen de realidad. Conmueve la honestidad con la que Salva Menéndez se desnuda: se aprecia ese acto liberador de la escritura. Quienes no nos entendemos sin escribir, nosotros, los enfermos de palabras, entendemos que esta novela debía existir. Es un tributo a la memoria y a la esperanza. Mientras la leía, conmovido a veces, me sentí un lector privilegiado. No regresé a ningún lugar geográfico que hubiera marcado mi vida, no hubo un regreso a la infancia, pero descubrí al lector novicio que debí ser. Me recordé leyendo con absoluto deslumbramiento, me encontré emboscado en una historia que, por más ajena que fuese, era mi historia, agradecí el poder sanador de la literatura. No hace falta estar enfermo para que leer consuele. Recodar es salvar. Escribir es un plan de victoria. Eso anota en la adenda el autor. La dignidad de los que no tienen voz está recogida en muchas de las páginas de esta emotiva historia. En su recado de contar está la renuncia del amor y también la advocación del amor mismo. La casa de acogida que inspira al atormentado Santiago Nadiés (su quebranto no es diferente al nuestro) no es un edificio tangible, uno entre tantos: su naturaleza es de otra índole, su vocación no es la de dar alivio a los desfavorecidos (tantos son, tan poco se ven) sino la de hacer realidad un sueño y justificar una vida. Creo que Salva Menéndez estará feliz de que su criatura vuele y encuentre lectores. Yo he sido uno agradecido. Hacen falta libros como este. Su escritura es limpia, no hay dobleces, no se entretiene en hacer alarde alguno que emborrone su propósito fundamental: el de contar una historia, el de cerrarla tal vez. Al final va a resultar que escribir es un ejercicio de albañilería sentimental. 






31.5.24

Humo

 La planta del tabaco, la Nicotiana Tabacum, era originaria del altiplano andino y ya se consumía tres mil años antes de que naciera Jesucristo. Los indígenas americanos no la usaban con fines estimulantes: fumaban con intención curativa o para conectarse con la divinidad. El tabaco se masticaba o se inspiraba por la nariz. Sus hojas servían en ancestrales ritos mágicos y espirituales.

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A Cristóbal Colón le asombró ver a los nativos aspirar el humo de unos tubos de hojas secas. Rodrigo de Jerez, marino de la Santa María, pudo ser el primer europeo que cayó en el vicio de fumar. La Iglesia lo encarceló por practicar algo pecaminoso e infernal, cosa de brujas o de demonios.

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La costumbre absurda de meterse humo en el cuerpo la introdujo en Inglaterra Sir Walter Raleigh, corsario, poeta e incesante buscador de El Dorado. Se le tiene como auspiciador de la costumbre del tabaco, aunque no murió por causa suya, sino por la del filo de una hoja que separó su cabeza del tronco. Dejó una bolsa de hojas de tabaco en la que se leía una inscripción en latín: “Comes meus fuit in illo miserrimo tempore” (“Fue mi compañero en los momentos más miserables”). La primera construcción industrial del mundo fue La Real Fábrica de Tabacos de Sevilla. En el segundo tercio del siglo XVII, el Estado funda la Institución del Estanco del Tabaco cuyo fin es la recaudación de impuestos por liar y fumar las hierbas americanas. El pujante imperio inglés, a la muerte de la reina Isabel I, amasó su fama de rico gracias al impuesto de dos peniques por libra de tabaco. Mediado el siglo XVI, Jean Nicot, embajador de Francia en Portugal, también escritor y probador de cualquier novedad que alentara la embriaguez, preso del estupor de su ingesta, regresó a su patria con algunas hojas de tabaco como obsequio a la reina Catalina de Médicis. Francia había abierto sus puertas a un alcaloide nefando: la nicotina.

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Molière, en su Don Juan, escrito en 1665, hace decir a uno de sus personajes que “nada es igual que el tabaco, pasión de la gente honesta”; y que “quien vive sin tabaco, no es digno de vivir: no sólo alegra y purga los cerebros humanos, sino que instruye las almas en la virtud y se aprende con él a ser un hombre honesto”. Se colige que la honestidad es inherente al tabaco.

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Urbano VIII, un antecesor de Rodríguez Zapatero, que canceló la tradición de fumar en los bares de nuestra patria, prohíbe el tabaco en el interior de los templos, excomulga a quienes lo hacen incluso afuera y hace que su guardia persiga a los que lo aspiran en las cercanías de las iglesias.

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El Cardenal Richelieu, probador de novedades recaudatorias, decretó gravar las libras de tabaco. Napoléon, un par de siglos después, reprobó ese impuesto, pero no lo cancelaría hasta que le nombraran “una virtud que produzca un ingreso semejante”.

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En las dos grandes guerras mundiales se proveía de tabaco a los soldados como forma de subir el ánimo y amenizar los preámbulos de la batalla. La verdadera revolución en el comercio del tabaco se produjo con la máquina de vapor Bonsack, capaz de liar de manera automática 12000 cigarrillos a la hora frente a los cuatro que un enrollador profesional elaboraba por minuto. La patente la compró James Buchanan Duke en 1885. La demanda desbordó a la enclenque oferta. El imperio de la nicotina había desplegado sus ejércitos por los cuatro vientos. Casi cerrado el siglo XIX, se crea la primera Liga Antitabaco del mundo. El tabaquismo ha causado la muerte de más de cien millones de personas a lo largo del siglo XX.

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Oscar Wilde escribió que “el cigarrillo es el tipo perfecto de placer perfecto. Es exquisito, y nos deja insatisfecho. ¿Qué más se quiere?”.

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Una de las mejores frases sobre el efecto del tabaco la regaló un predicador jesuita llamado Jakob Balde: una ebriedad seca; a Gómez de la Serna debemos la probablemente más devastadora: “Los cigarros son los dedos del tiempo que se convierten en ceniza”.

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Marcello Mastroianni calculó haber fumado un millón de cigarrillos: cincuenta al día durante cincuenta años. Sentenció que “cada uno viva y muera como le plazca” e imaginó que el humo que había tragado serviría para oscurecer el cielo de Roma.

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Groucho Marx, en “El conflicto de los hermanos Marx”, hace decir al ocurrente Capitán Spaulding: “¿Le molesta que no fume?”. Con todo, Groucho Marx no fue un fumador empedernido: fumaba poco y muy deleitosamente. Los puros que gasta en sus películas no están nunca prendidos. Si se observa, siempre tienen el mismo tamaño. El cómico atribuía a la edad la licencia para concederse ciertos vicios, ella era la única concesionaria de esos vicios: “Fumar un puro es lo único que te queda”.

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Mark Twain decía que era fácil dejar de fumar: “Yo ya lo dejé unas cien veces”. Se impuso una regla de oro: “No fumar mientras duermo, no dejar de fumar mientras estoy despierto, y no fumar más de un solo cigarrillo a la vez.

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Enrique Jardiel Poncela metía al amor, al tabaco y al café en la misma consideración vital: “Todos los venenos que no son lo bastante fuertes para matarnos en un instante se nos convierten en una necesidad diaria”.

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Sigmund Freud, siempre tan atento a las periferias del instinto sexual, afirmó que “fumar es indispensable si no se tiene nadie a quien besar”.

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El tabaco era el vegetal favorito de Frank Zappa. Se puede ser vegano a nivel estrictamente pulmonar, añado yo.

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Julio Ramón Ribeyro escribió un aforismo que adoro: “La vida es corta, fumes o no fumes”. En “Sólo para fumadores”, un ensayo delicioso que hace que hasta uno tosa, podemos leer: “La adicción al cigarrillo se explicaba por una regresión infantil en busca del pezón materno o por una sublimación cultural del deseo de succionar un pene. Leyendo estas idioteces comprendí por qué Nabokov –exagerando, sin duda– se refería a Freud como el charlatán de Viena”. Suyo es también un razonamiento más que curioso en el que hace del fumar un acto religioso que viene de Empédocles, quien fijó en el aire, el agua, la tierra y el fuego los elementos primordiales de la naturaleza y el origen de la vida. Escribió: “Secularizados y descreídos, ya no podemos rendir homenaje al fuego, sino gracias al cigarrillo. El cigarrillo sería así un sucedáneo de la antigua divinidad solar y fumar una forma de perpetuar su culto. Una religión, en suma, por banal que parezca. De ahí que renunciar al cigarrillo sea un acto grave y desgarrador, como una abjuración”. Fumador compulsivo, Ribeyro no sabía si fumaba para escribir o escribía para fumar.

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Hans Castorp, en La Montaña Mágica de Thomas Mann, no comprende “que se pueda vivir sin fumar. Es privarse, sin duda alguna, de la mejor parte de la existencia y, en todo caso, de un placer muy considerable. Cuando me despierto, ya me alegra el pensar que podré fumar durante el día”. Finaliza Castorp, el joven sano que convive con enfermos, afirmando que “mientras tenga mi buen cigarro sé que podré soportarlo todo, que me ayudará a vencer las adversidades”.

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Vladimir Nabokov engordó treinta kilos al reemplazar el tabaco por una confitura tradicional sudamericana hecha de miel espesa.

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Cristina Peri Rossi se lamenta de haber dejado de fumar con enternecedora franqueza: “La vida me gustaba más con humo…; he dejado de toser, de expectorar, mi hipertensión ha disminuido y la isquemia cardíaca que padecía ha desaparecido. En cambio, me siento mucho más sola”.

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Alejandro Zambrano cita a Ribeyro con soltura, recuerda que se puede fumar sin escribir, pero no escribir sin fumar. Cuando dejó de tragar humo, creyó sentir una orfandad literaria tan atroz que se encendió un cigarrillo por mero interés creativo. “No sé si escribiendo soy bueno, pero puedo asegurar que fumando era uno de los mejores. Lo digo sin exagerar: yo fumaba muy bien, yo fumaba con naturalidad, con fluidez, con alegría. Con muchísima elegancia. Con verdadera pasión”. Sin fumar, tampoco se puede leer, añade. “Ningún libro es bueno”. Sostiene Zambrano que dejó de fumar por querer vivir más. Agradeció a sus editores que perdonaran su absentismo comercial: no hilaba una frase con otra cuando el humo no hacía volutas sobre la máquina de escribir. “Sinceramente pensé que no volvería a leer ni a escribir una línea, pero esta historia, como se ve, termina bien. Muy de a poco, por fortuna, lo conseguí. Y estoy orgulloso. He vuelto a leer y a escribir. Y a fumar”.

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Javier Marías murió con anticipación por todas las novelas que escribió. Ninguna  de ellas prescindió del acompañamiento de un cenicero groseramente ocupado de colillas. Leí un artículo de Jesús Marchamalo en el que citaba una preciada posesión del escritor: una pitillera adquirida en una subasta y que había pertenecido a Robert Donat, el actor de 39 escalones, la maravillosa película de Alfred Hitchcock. Tenía hasta sus iniciales. “En Tu rostro mañana hay un personaje que hace comentarios sobre una marca rara de tabaco, fuma unos cigarrillos, Ramses II, que yo mismo compro algunas veces. Me gusta, de vez en cuando, fumar cigarrillos exóticos; hay otro tabaco que también sale en algunas de mis novelas, el Karelias, y en mi cuento “Sangre de lanza” aparecen unos cigarros indonesios, Gudang Garam, que tienen un peculiar sabor a clavo. Estoy acostumbrado a trabajar con un cigarrillo encendido; luego, no fumo tanto porque es difícil escribir y fumar al tiempo, pero no sé trabajar sin humo”.

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Antonio Machado era descuidado en el fumar, pienso ahora en lo del torpe aliño indumentario. Solía vestir traje oscuro cuando daba sus clases y los lamparones de ceniza ocupaban buena parte de la chaqueta. En la leyenda, en lo que uno ha escuchado y de lo que no tiene certeza, se dice que los alumnos se mofaban de su torpeza. Para la sorpresa de sus discentes, un día se esmeró en depositar con extremo mimo la ceniza en el cenicero, pero nada más terminar la clase lo cogió y ceremoniosamente vertió su contenido sobre su ropa. No se deben perder las buenas costumbres, debió decir.

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Guillermo Cabrera Infante fue un preboste del cáncer lúdico. Todo en él era tabaco. Holy smoke(“Humo sagrado” en el inglés original y titulado aquí Puro humo) es un libro delicioso sobre el vicio de fumar. Es una historia del tabaco y es también una manifestación culta de las virtudes de esa embriaguez sorda, como desprendida de cuerpo, que ha agasajado con su belleza a muchas de las artes del siglo XX. La prescripción médica desconoce las bondades artísticas de fumar mientras se crea. Yo he hablado con algún médico fumador. Me ha confesado que lamenta no saber prescindir del tabaco, aunque presume de que sus admoniciones a sus pacientes fumadores son antológicas. Lo malo es cuando ven mis dedos índice y corazón amarillitos de nicotina, me dijo.

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En Baudelaire, la ebriedad es una manera de no pensar en el tiempo. Fumar debe ser una de esas convincentes razones para que alguien no precise tambalearse, darse de bruces en el suelo o perder la cordura por la ingesta de sustancias más desquiciantes para adquirir el don de estar feliz sin que haya motivo para estarlo.

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André Gide murió cerca de los noventa sin dejar de fumar ni de escribir. Consignó: “Escribir para mí es un acto complementario al placer de fumar”. Fumaba Giuba en el frío y en la niebla de los andenes. Pasear, carraspear, escribir. Una vez dijo gustarse en el acto de esperar a que llegase el tren. Yo lo veo ahora fumando. Parece un fotograma de una película en blanco y negro. Hasta dudo de que exista Gide.

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Algunas veces un cigarro es solamente un cigarro, escribió Sigmund Freud. Las otras…, ¿qué puede ser las otras? Yo creo que en ninguna de sus cavilaciones mayestáticas logró dar sentido al acto de pudrirse adrede con todo ese humo absurdo.

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Aparte del inmortal Peter Pan, tal vez su única obra absolutamente memorable, J. M. Barrie publicó “Lady Nicotina”, estimulante ensayo sobre el infierno de dejarlo y el cielo de su añoranza.

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La frase sobre el vicio de fumar que más me gusta (y debo tener varias) se debe a George Bernard Shaw: “Cigarrillo: pequeño y delgado cilindro de papel relleno de tabaco, con un fuego en un extremo y un idiota en el otro”.

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Al hombre que más se quiere, puede el lector reemplazarlo por una mujer, se le espera fumando. Es “el placer genial, sensual” que Sara Montiel inmortalizó en un tango. Ella, la amante expectante, no consumía su vida mientras fumaba: al ver flotar el humo se solía adormecer. Era “el humo de su boca” lo que la enloquecía. “El humo embriagador que acaba por prender la llama ardiente del amor”.

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El único libro que Juan Carlos Onetti escribió sin fumar se llama El pozo. Lo escribió en una tarde, sin apenas retoques: lo hizo a modo de desahogo. En los años 30 se trasladó a Buenos Aires y estaba prohibida la venta de cigarrillos durante el fin de semana. El acopio de tabaco del viernes fue escaso y el hambre de humo alumbró el cuento. Durante años no concebí leer la prensa sin un paquete de tabaco cerca. Lo ideal, la conjunción perfecta, consistía en una barra de bar, un día de lluvia y un café humeante. A ser posible sin compañía, y me tengo (comenten quienes me tratan y conocen) por un ser declaradamente social. El cine siempre contribuyó a endiosar el tabaco. Pienso ahora en que sé para qué sirve el emboquillado contra la pitillera o, en su defecto, la mesa más a mano o incluso la esfera del reloj, que es lo que yo solía hacer en mis tiempos de fumador semiempedernido. Las volutas imperiales del tabaco han llenado escenas fantásticas de cine del alma, aunque después las autoridades adviertan (con hipócrita trompetería) que el cine puede matar y que la literatura de Juan Carlos Onetti debiera eliminarse de las estanterías porque contiene nicotina, y el mismo Onetti, con su aspecto enclenque y enfermizo, apalancado en su cama precursora de maravillosas historias, parece también estar hecho de esa sustancia volátil, quebradiza, tóxica y lírica, según desee el ya entendido lector hacer inclinar la balanza de los vicios.

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Charles Laughton, en Testigo de cargo, casi cometía asesinato por echarse un buen puro entre pecho y espalda.

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Pessoa, en su hermoso “Tabaquería”, insistía en seguir fumando. Así haría mientras se lo consintiera el destino. Tan solo ver sonreír al dueño del establecimiento. El universo tiene sentido.

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Para Rodolfo Fogwill, fumar era un “placer pequeño, humano, tolerable, / social, fiscalizado, numerable. / Fumar: desear que lleve hacia un deseo / de volver a desear buscando el nuevo / desear que nunca cese y siga ardiendo / y en sed arda insaciada arder viviendo”.

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En sus memorias Luis Buñuel cuenta cómo veló a su padre. Había bebido mucho coñac y salió al balcón a fumar un cigarrillo. Es particularmente hermosa la irrupción del olor de las acacias en flor en la remembranza de ese pasaje luctuoso de su vida. Al volver a la habitación donde yacía escuchó un ruido y vio a su padre, erguido desde la muerte, “con gesto amenazador y las manos extendidas hacia mí”. La alucinación se desvaneció, relata. Tras dar cristiana sepultura al padre, es muy arriesgado calzar el adjetivo cristiano en lo concerniente al maestro aragonés, se acostó en su cama. “Por precaución, puse su revolver –muy bonito, con sus iniciales en oro y nácar– debajo de la almohada, para disparar sobre el espectro si se presentaba. Pero no volvió. Aquella muerte fue una fecha decisiva para mí. Mi viejo amigo Mantecón todavía recuerda que, a los pocos días, me puse las botas de mi padre, abrí su escritorio y empecé a fumar sus habanos. Había asumido la jefatura de la familia”.

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Antaño se fumaría porque Humphrey Bogart fumaba. No tiene defensa esa imitación, pero cada uno elige qué modelo adoptar. No me imagino a Bogey en el piano del Rick’s Café bebiendo un zumo de melocotón, sin engorrocinar el aire de recias volutas de seco y rancio humo. En un comunicado entregado a la prensa cuando estuvo a un palmo de morir dejó escrito: “He leído que me han extirpado los dos pulmones, que mi corazón se ha parado y que lo han sustituido por una vieja bomba de gasolinera, que he pedido plaza en todos los cementerios imaginables desde aquí al río Mississippi, incluidos varios en los que estoy seguro de que solo admiten perros. Todo ello disgusta mucho a mis amigos, por no hablar de las compañías de seguros. Tuve un pequeño tumor maligno en el esófago. La operación fue un éxito, aunque durante algún tiempo no se supo si el que iba a sobrevivir era yo o el tumor”.

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El hombre de Marlboro murió fumando. Hubo dos más tras el primer sacrificado. Esos viejos anuncios han desaparecido. Declinó el favor popular, la anuencia ante la muerte, el elogio a la vida salvaje de las grandes praderas norteamericanas. Estos tiempos no difieren de aquellos, aunque no haya cowboys en el imaginario popular, ni el atardecer cubra de melancolía el idilio del hombre con el paisaje. El hombre Marlboro es usted, soy yo, será cualquiera que encienda su cigarrillo y anhele reconciliarse con el mundo. No hay armisticio posible. El mundo va a lo suyo, no se aviene a sentimentalismos, ni agradece que lo contemplemos con delicada parsimonia. Como si fumar nos revelase su sustancia más íntima. Todo fue un engaño, todo es un engaño ahora.

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El tabaco de liar es reflexivo. Mientras lo lías, en ese momento artesano, la cabeza bulle en pensamientos, urde prodigios, censura tentaciones, hasta recapacita sobre la necesidad que habrá de matarse uno tan a lo despacio, sin que se aprecie el mandoble en el pecho, sin que la sangre exhiba la cercanía de la muerte. Yo dejé de fumar tabaco liado por una mera cuestión de urgencia. Hay un poco de vértigo en la necesidad de que el deseo se cumpla con presteza.

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El tabaco es la peste moderna. Además de clínica, su cruzada es moral. Resulta paradójico que un veneno tan cierto se expenda con el más que intimidatorio aviso de que su consumo nos hará más corto el viaje a la tumba. Estáis avisados, parecen decir las cajetillas. Luego no digáis que no sabíais. Los que legislan hacen algo desconcertante: demonizan lo que les lucra. Su activismo censor es paternalista. Luego está la fascinación estética, la aureola del humo ocupando el aire con barrocos arabescos o su voluntad de asignar una especie de cohesión pecaminosa (no llega a intelectual) a quienes lo practican. Somos furtivos los que encendemos un cigarrillo. Salimos a la puerta de los bares, nos cuidamos de que no haya nadie a quien moleste la expulsión festiva del humo. Nos hemos hecho a lo clandestino y creo que está bien que así sea. El rito exige un dispensario íntimo, una especie de escenario privado en el que la administración del humo posea su preciso protocolo. Debe aclararse que esa representación teatral es una liturgia de pésimas consecuencias, el que la perpetra acaba dañado, pero qué habrá a lo que uno gozosamente se incline que no acabe zahiriéndolo, royendo su hueso inocente, concediéndole el más que dudoso placer de acortar su estancia en el paraíso de los vivos.

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El humo que los que fumamos metemos en nuestros pulmones es el contubernio máximo de todos los venenos posibles. Quizá la nicotina sea el menos nocivo de ellos. En el cigarrillo hay combustible para cohetes espaciales o aviones (metano, hidracina), líquido para baterías (cadmio), amoníaco del que usamos para fregar el suelo, algún elemento radioactivo (Polonio-210), alquitrán, veneno para ratas (arsénico), butano del de las bombonas, plomo, níquel… La parte bastarda de la tabla periódica participa en la fabricación de esa herramienta del mal. El causante de que sintamos una especie de embriaguez es el acetaldehído, un metabolito del alcohol etílico que se oxida en nuestro organismo. Las patologías de su ingesta son severas y casi nunca retráctiles: tumoraciones, hipertensión arterial, osteoporosis, úlcera péptica, gastritis, problemas cardiovasculares o respiratorios, pérdida ósea dental, cáncer de labio o bucal o de vejiga o de laringe o de esófago o de pulmón. El asombrado lector puede añadir a este léxico infame dos entradas más: enfisema y bronquitis. Quienes valoren su hombría, deben saber que el tabaco merma la potencia sexual y produce infertilidad masculina. Sirva esta rendición de quebrantos para dejar claro que fumar es un invento del diablo. Ni él mismo se pondría un cigarrillo en la boca. No se atrevería a lastimarse adrede.

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El humo es un acostumbrado paisaje del escritor. La nicotina es una ceguera que obra la paradoja de verter una luz.

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El cine negro es de humo, es de esa cualidad del humo que hace evanescente hasta a la muerte.

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El mismo cine, el hecho técnico de que una máquina proyecte imágenes sobre una pantalla, tiene un componente asociado al tabaco: las hebras de luz se convidan de las volutas del humo.

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Uno echa de menos la rendición plástica de todas esas cajetillas de cigarrillos que engolosinaron las novelas de Cortázar y el cine francés de la Nouvelle Vague: Gauloises, Gitanes, Parisiennes. Pero también las que fumaba mi padre y mi abuelo: Un-X-2, Reales, Habanos, Coronas, Sombra, Rex, Continental, Partagás, Kruger, Celtas, More, Lola. Ninguna mereció que Cortázar, mi padre y mi abuelo murieran. Quién sabe si esas marcas a las que profesaban lealtad condujeron a que se fuesen con triste anticipación. De lo que estoy seguro es que los tres murieron fumando. A mi padre, en sus últimos días, le entusiasmaba que lo sacara de su residencia (le habían amputado la pierna por la diabetes, un ictus le robó el habla) y lo invitara a un café. Entonces le ofrecía un Chester o un Camel. Era admirable el modo en que apuraba el cigarrillo. Creo que contenía el dolor al quemarse los dedos con el contacto flamígero de la boquilla, pero la cara de felicidad era absoluta. Un médico me dijo: “No te preocupes porque fume. Un cigarrillo al día no le hará mal. Lo de sus pulmones es el problema menor que tiene”.

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El apestado moderno es el fumador, un individuo razonablemente pacífico, que no desea el cáncer a nadie salvo a sí mismo. Siempre hay un peaje, aunque no es ocupación fiable el martirio constante y encuentra uno aplazamientos para dejarlo, y paga sus impuestos y compra en los estancos o en las máquinas la mercancía ansiada con todos los beneplácitos del sacrosanto dios del mercado y, una vez abierta la cajetilla y encendido el perverso cigarrillo, pasa a ser pecador, delincuente, pervertido, todo lo malo elevado a una potencia escandalosa. Un crimen. Son tiempos en que lo lucrativo convive con lo prohibido. Hay una vehemencia casi enferma en satanizar al fumador y hay cruzados en plena calle que se arrogan el derecho a limpiar el aire. Valdría más que se abrieran otros frentes y tuvieran el mismo consenso social. Estaría bien que no se pusieran en marcha ciertas leyes de rango secundario hasta que otras de más perentorio cumplimiento no diesen visos de funcionar fiablemente. Lo que están consiguiendo es que se fume a escondidas, alejado de miradas recriminatorias. Los que legislan están borrando toda huella del tabaco. A Jean-Paul Sartre, enfermo de nicotina, le hicieron un apaño infográfico en un festejo conmemorativo de esos a los que los franceses son tan proclives y hacen tan bien: le sustrajeron el cigarrillo de sus dedos. Habían conseguido que, por fin, albricias, loado sea el Señor, el filósofo dejara de fumar.

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Pienso en la televisión. Se dispensa a la cadena X de hacer estricta observancia de ciertos códigos éticos y no emitir en horario principal –digamos– programas en donde guayabos de planta apolínea se tiran los tejos y comercian con la carne, ofreciendo al infante limpio e inocente (sí, ese que no es conveniente que vea a los adultos fumar) un modo de comportarse, una manera de vivir. La masa, la que fuma y la que no, está siempre a expensas de los administradores de turno. Estos de ahora se conjuramentaron para construir una sociedad perfecta, pero marraron: no es posible el bienestar absoluto, no es ni siquiera necesario vivir en un mundo ideal en donde nada se extralimite y en donde ninguna circunstancia esté fuera del control de quienes la adecentan y se arrogan el oficio de vigilarla. Hay advertencias del Estado que sancionan que tomes más azúcar de la cuenta: penalizan que te extralimites en tu ocio y te dé por tirarte al mar desde un acantilado, si es que posees esa expeditiva inclinación. La situación es la siguiente: nos están amonestando por ser lo que antojadizamente queremos ser. No es nuevo, hubo siempre esa afición ajena a gobernar las aficiones propias. A la gente no le gusta que uno tenga su propia fe, como cantaba Pablo Ibáñez en su premonitoria La mala reputación. “Haga lo que haga es igual / todo lo consideran mal, / yo no pienso, pues, hacer ningún daño / queriendo vivir fuera del rebaño”.

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El que está envalentonado con esta nueva forma de vivir el tabaco (o de no vivirlo) podrá argumentar que fume cada cual en su ámbito privado. Y podemos extender ese razonamiento a otros territorios de lo social. Hay muchas cosas que hacen los demás que nos molestan. Algunas pasan de la molestia a la irritación. Una vez se está irritado, hay un paso muy pequeño a la violencia. No una física, una gráficamente muscular, sino una sintáctica, dialéctica, que no es mala, al cabo, siempre que de ese conflicto de intereses surja una vereda por donde discurrir hasta que uno de los bandos admita el error de sus razones y abdique. En esto del tabaco se abdica con cierta dificultad. Uno cree que los bares, tan asociados al hecho de fumar, son una especie de templo. En ellos nos desembarazamos de muchas de las máscaras que llevamos y nos sentimos confortablemente refugiados en un país prestado, en un limbo perfecto en el que todo está a nuestro servicio. Por eso duele especialmente que el fumador no pueda, al paso que vamos, ejercer en el reducto de las terrazas el placer que lo devora y por el que paga religiosamente lo que el Padre Estado desee marcar. Impuestos. Gravámenes útiles. La moneda tintineando. Un paquete pronto se pondrá en seis euros.

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La vida es placentera y hermosa cuando nos hace aceptarla sin pensar en que tiene su finiquito, en la niebla que la corteja y que nos conduce (irremisiblemente) al abismo, al negro fin en donde ningún reloj marca las horas. Nos prohíben elegir cómo enfermar, dicho con brusquedad. Así que uno se inmola a capricho, se entrega con fruición al veneno con el que desea partir. Le asiste el mercado. Ya sabemos a esta altura del metraje de la película que el mercado es la religión moderna. Le rezamos, le ponemos velas, le pedimos que no nos asfixie en demasía y esperamos, en su gracia infinita, que el más allá sea siempre una vejez agradable, libre de cargas éticas excesivas, razonablemente bendecida en el saldo de la cuenta de ahorros, y que portemos una salud aceptable. Lo demás es literatura. La hay a espuertas. Ahora pienso en la de Ramón María del Valle-Inclán, que cabalgaba sobre su pipa de kif y extraía del humo rosado el encendido verbo y la gracia socrática del ritmo de su corazón avinagrado, en la de Jean Cocteau, obsesionado por el opio, comido de opio, convertido en un fumador convulso que prefería curarse de la inteligencia en vez de sanar en su vicio.

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Yo fumo pasiva, activa y protocolariamente. También con promiscua vehemencia en ocasiones. La culpa de esa adicción no la tuvo el humo en el cine. No fue gracia de ver a Rita Hayworth en Gilda sujetando el cigarrillo con esa rara perfección griega. Tampoco haber visto a Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses, una diosa decrépita que fumaba tabaco turco marca Abdullah. Ninguna ilusión fílmica liberó mi yo fumador escondido y lo alumbró al mundo. Fumé con ambición hasta que dejé de hacerlo con el mismo empeño. Lo dejé algunas veces, como Mark Twain, ahora que lo pienso. Recesos. Pequeñas trampas. Volví a fumar esporádicamente y no he dejado de hacerlo en los últimos quince años, serán más. He fumado oyendo a Billie Holiday en un nirvana alucinatorio de bar provinciano y sencillo, entrada la madrugada, cegado de humo, yo mismo convertido en un templo cerrado y perfecto. He fumado viendo portadas de jazz en las que los músicos a los que adoraba fumaban: Mingus, Monk, Reinhardt, Ellington, Baker, Gordon, Coltrane, Davis, Evans, Baker. Yo no podía tocar jazz, pero podía emparentarme a ellos compartiendo un placer secreto. Qué ingenuo. Éramos feligreses de una misma homilía. Qué ciegos todos, qué tontos, pero qué felices. Quien desee relegar a Mingus a un plano secundario, diga Bogart, diga todo el bendito cine negro que no podría existir sin el humo que Raleigh trajo allende los mares, hace quinientos años, ya saben.

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El humo es cinematográfico y la política de la corrección nunca se dejó engatusar por la estética. A los que administran los gustos y las fobias, la exacta cópula entre la prudencia y la estulticia, les va de maravilla en eso de manipular a la siempre cordera masa.

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Mi padre fumaba. Mi abuelo fumaba. Mis tíos fumaban. Ninguno vivió sin tener un paquete de tabaco en el bolsillo. Ojalá ninguno lo hubiese tenido, ni yo vaya a cerrar este escrito encendiéndome un cigarrillo en el patio de mi casa. Mi abuela, no excesivamente reticente a la afición al tabaco pero determinativamente combativa en el abuso del alcohol, nunca me vio fumar. Me habría amonestado con su gracia habitual. Es humo, me habría dicho. Ni siquiera lo puedes masticar. 

 

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