31.5.14

La mejor versión de uno mismo


El niño que fuimos asoma cuando menos lo esperamos. El otro día lo hizo cuando escribí mi nombre en un formulario. Conforme iba registrando las letras lo que yo observaba era el cuerpo feliz del muchacho que fui dejando atrás. Lo vi con una nitidez que a veces no consigue uno cuando desea afinar en lo real, en lo que los ojos nos permiten ver. Imagino que no se fue en absoluto ese niño: sigue ahí, pendiente de que una circunstancia fortuita lo reclame y aparezca. Una de las ventajas de ser maestro es que se pueden forzar las apariciones. En cierto modo no hemos dejado nunca el colegio. Siempre hemos estado en un pupitre. No dejamos de aprender mientras procuramos, en lo posible, enseñar algo. Es un oficio hermoso el mío. No hay día en que no tenga un pequeño arrebato de felicidad por sentirlo una parte mía. Está también el lado oscuro, el que no considera dejarse enternecer y cree absurdamente que no es posible traer de nuevo al niño. No sé si es fácil hacerlo regresar. Basta quizá una fotografía, un cuento escuchado con atención, un cromo de un futbolista del Atleti de los setenta o la portada de un disco (probablemente sería alguno de los primeros de la Electric Light Orchestra). Nunca dejamos de ser el niño que fuimos. Vuelve a poco que se le llama. En realidad no se hace nunca de rogar. Es, con diferencia, el yo con el que fuimos más felices, el que no nos permitió contemplar lo terrible del mundo. 

30.5.14

Cold drinks




Muerdo un helado de turrón como si estuviese tragando cicuta. No hay nada que yo pueda decir que haga comprensible esta sensación mía. De hecho jamás la he compartido. No creo ni que sea un hecho familiar, del que se pueda hablar en una reunión de amigos o a la mujer, en la cama, cuando va cayendo el sueño y está la boca suelta, loca por contar lo que no suele. He probado con el helado de fresa y con el de vainilla, pero es el turrón el que me produce ese miedo primario, de quien se cree morir y no encuentra nada que lo alivie. 

Están en la playa todos los turistas de siempre. Los conozco. Sé quiénes son. Vienen de verano en verano, arrastran su coppertone, dejan las toallas en la arena, clavan las sombrillas, miran al sol como si fuese el último sol y se zambullen en el mar como si se acabase y fuese la ola en la que se pierden la última, la más hermosa y la más terrible. Es una vida privilegiada la de los turistas. Juro que no he visto otra mejor. Yo voy y vengo con mi nevera. Me esmero en que se me entienda bien. Hago lo que puedo para que todos desocupen sus asuntos y reparen en mí, en la gorra de la NBA y en mis gafas de sol robadas. Llevo birra, llevo refresco, llevo cold drinks. En cuanto acabo con las existencias de latas, paseo los helados. Voy dejando un olor dulzón. Hay quien solo me huele. Ve venir al viejo. Observan con falsa indulgencia cómo me acerco y dejo la nevera en la arena. Me dejan contar la retahíla. El turrón. El limón. La cerveza.


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29.5.14

Coltrane, Spade

Después de escribir casi a diario en este blog desde hace casi siete años, me arrimo más fieramente que nunca a la convicción de que puedo escribir sobre lo que se me antoja. En realidad, nunca ha dejado de ser así. Me siento libre a la hora de escoger sobre qué asunto explayarme. Porque básicamente lo que hago es eso: explayarme, tantear la posibilidad de que no cuente nada verdaderamente en serio y, en todo caso, merodee lo más enjundioso, sin caer en la obligación de estar al día y dar en la diana y hacer constar aquí, en esta especie de registro público, lo atinado que ando siempre y lo pertinente de lo que escojo para hacer una entrada. Esto mismo que ahora estoy escribiendo no deja de ser una cosa irrelevante. Digamos que escribo sobre la escritura en sí misma. Muy tangencialmente expresado, escribo sobre mí. Esto es una gran ventana al corazón del autor. Lo tengo grande. No sé si es generoso o si merece que se le preste una atención excesiva, pero es mío y lo traigo con frecuencia aquí, a que se le contemple y propicie que unos lo respeten (ya eso es bastante) y otros, en derecho más que legítimo, lo fustiguen. Al final siguen viniendo los mismos antiguos lectores. Vienen los amigos y cuatro casuales que están acostumbrándose a mis elucubraciones. No espero más y, en cierto modo, no sabría sobrellevar algo más. Lo que me fascina es que, sin saber cómo, a veces me dé por John Coltrane y otras, según gobierne el azar, venga Sam Spade quien venga a visitarme. 

Más de un kurtz todavía



Hay gente de una bondad tan honda que suelen pasar por tontos. Se les tiene un afecto muy elemental, uno sin pulir, pero no abusamos de su trato. Quizá creemos que vamos a terminar contaminados de bondad, infectados por ese aura de armonía y de pureza. Puestos a elegir, uno prefiere siempre la maldad. Vale más que le tengan por retorcido que por pazguato. Se es tonto sin voluntad, pero lo malo siempre se adquiere. Va uno ganando conforme van pasando los años, aunque haya ya una semilla que viene cargada de fábrica. He visto excelentes malvados. Mejores en lo suyo que los otros obrando lo contrario. No he visto buenos que me hayan marcado. Los pocos personajes que me han fascinado de verdad son los que se han inclinado al mal. No un mal absoluto, pero sí uno que se está amenizado con fatalidades, penurias y adversidades de variado argumento. Perdura lo que hiere. El olvido se ceba con las cosas limpias, con las que no se entabla conflicto alguno. 

Atticus Finch y Cody Jarrett están frente a frente en una habitación. Una parte de nosotros quiere que Finch lo convenza, que lo haga entrar en razón, avenirse al discurso de la bondad, pero hay otra (no sé cómo argumentar muy bien esto) que se alegra de que el cabrón de Jarrett lo anule. Creo que anular es un verbo razonable. El poder de la literatura es precisamente éste: conjeturar; dar por válido lo que no lo es; crear una trama fiable de algo que, fuera de ella, es inasumible. Queremos que exista el coronel Kurtz, aunque no podamos enfrentarnos a él, sentir que está cerca, sospechar de que hay algún kurtz por ahí, agazapado, pensando, tocándose la calva en mitad de la selva, creyéndose dios mientras los demás lo adoramos. 

25.5.14

A votar

No sé qué ropa voy a ponerme hoy. Normalmente no me detengo mucho en esas cosas. Abro el armario, hago que los dedos bailen un poco entre las camisas, tiro de la pernera de un pantalón y ahí se acaba el protocolo de la indumentaria con la que me cubriré y que delatará, en parte, cómo soy. Es curioso que sea la ropa la que nos defina más que el modo en que hablamos o los gestos que hacemos. Admiro a quienes cuidan su imagen. No creo que lo hagan por los demás o espero que no solo lo hagan por los demás. Estará también el amor propio, la sensación (escasa, no crean) de absoluto bienestar que a veces tiene uno consigo mismo, y a esa epifanía del alma puede contribuir una camisa de cuadros o un polo rojo. Me moriré descuidando esa faceta de la personalidad, pero a día que pasa más me fascina cómo les preocupa a los otros y qué hacen para agradar y para agradarse. En lo que nunca flaqueo, en lo que aplico un más esmerado baile de los dedos frente a las camisas, es en la ropa que voy a colocarme cuando voy a entrar en un colegio electoral y depositar mi voto. Da igual que en el fondo sepa lo inútil del gesto. No hago aprecio ni al daño que me hará descubrir, conforme pasen los meses y hasta los años, que toda mi confianza en el sistema político ha sido vulnerada, reducida a algo que no conozco y con lo que viven o se enriquecen unos cuantos, ya sean de los que yo voté o de los que no tuve a bien concederle el beneficio de esa confianza de la que hablo. Me visto con esmero, de verdad. Salgo a la calle con la sensación de estar participando en un acto trascendente. No diferencio entre comicios municipales, generales o europeos, como los de hoy. Soy un europeo raro, lo admito, pero sería incluso peor no ser europeo siquiera. El mapa de Europa está mejor desde que estamos juntos. No creo que haya habido un periodo de paz más duradero que éste que vivimos. Europa siempre ha sido un campo de batalla. Quizá solo por eso, por la limpieza del mapa que se cuelga en las escuelas, en los temas de Historia, merezca la pena elegir una camisa bonita, calzarme unos zapatos bien limpios y salir con mi mujer a la calle. Seremos muy inocentes y estaremos muy escarmentados, pero no pasa día en que, al votar, no me sienta una persona importante. Luego está la resaca, ya saben. El momento en que uno razona todo y deja que entre el cáncer en la cabeza. El cáncer es la política. Se está extendiendo. Nos están convenciendo de que va a dar lo mismo hagas una cosa o la contraria. Siempre interesó la apatía. Bueno, voy a vestirme. 

24.5.14

Escribir cuando vas un gol en contra


No poseer una familia disfuncional malogra que uno sea uno de esos atormentados a los que los guionistas recurren para encauzar una trama aburrida. Uno podría haber llegado lejos, quién sabe. No se puede escribir mirando hacia atrás con ira si no hay nada atrás a lo que pueda mirarse arrojando ira. Digamos que escribir es un acto puramente lúdico si has nacido en una de esas familias sin aristas, exenta del encanto que otras, más azotadas por la fatalidad, ofrecen a quien se sienta a observarlas, pero ay si has nacido en una familia reprobable, de las que ocupan los reality en los grandes horarios, de ésas que escandalizan a los de proceder recto y modales intachables. Sé yo que hay familias en apariencia modélicas que esconden cuervos debajo de la cama. El desquiciado Willy Wonka no daba crédito a la familia: sostenía que no fomentaban la creatividad. En realidad a la creatividad se la emborrona siendo feliz, sea o no la familia la que contribuya al sostenimiento de ese rango del ánimo. Triste, apesadumbrado, se escribe mejor. No tengo duda alguna. Todo lo que yo haya podido escribir bien no proviene de estados de júbilo. No conozco ningún escritor al que admire cuya literatura no refleje el dolor de la vida que practican. De hecho hay vidas de escritores que podrían ser tramas de las novelas o de los cuentos o de los poemas que hicieron. Si esta noche pierde el Real Madrid, equipo al que le profeso la simpatía que no dispenso a otros, escribiré las líneas más tristes. Si gana mi equipo, en fin, estamos en el descanso y Godín ha dejado en evidencia a Casillas y vamos uno en contra, no creo que me siente aquí y refleje la alegría que me traspasa. La alegría se comparte sin que intermedie la palabra escrita. Salvo que sea Benedetti. Admito discrepancias. 

22.5.14

The Walking Dead / 4


Hay un cierto relato agradecido a la bondad misma de la literatura. Consiste en la creación de un universo, en la forja de un territorio primigenio en la que se desplazan, un poco a ciegas y un poco a golpes, los personajes. Así debió ser el principio de los tiempos: una historia de las luces y de las sombras, escrita con vehemencia, sorteando a su paso los inconvenientes del rigor de ese mundo recién abierto. Esa es una de las razones por las que no he dejado de ver ninguna de las cuatro temporadas de The Walking Dead. Hay otras, que apelan más a lo estrictamente visual, pero es la condición humana la que respira en toda la trama, la épica del hombre observado mientras construye su futuro. Porque los zombis, desde tiempos de George A. Romero, el padre espiritual del género, son marcadores de un estado de las cosas, incluso un estado huidizo de las cosas, inestable, frágil, lindando con el fracaso o instalado convincentemente en él. No hay otro género que convide tanto al espectáculo mitológico. Uno se imagina que el primer día del mundo vino con caminantes y con humanos y que la batalla consistía en que solo quedara un grupo al final del séptimo. No importan las razones del apocalipsis. De hecho nunca importan. En este sentido, no hay en The Walking Dead un fondo de índole religiosa, aunque tengan a veces a mano sus biblias y arguyan que Dios quiso las cosas así o que Dios pondrá todo en su sitio. No es un relato providente en el sentido evangélico del término. Los showrunners del tinglado buscan acción y buscan mesura. Los últimos episodios de la cuarta temporada son maravillosos en ese aspecto: extraen el aliciente dramático sin menoscabar la sencilla rendición bélica. A veces se cansa uno, es cierto. Me dejó el final de la entrega dolido. Suele pasar con todo a lo que uno se afilia, con lo que se vincula. No está bien (nunca lo estuvo) esperar a octubre para ver el desenlace o, qué sabemos, un avance de algún desenlace posterior. Siempre duele la quinta temporada. 

18.5.14

Europa necesita bailes de salón


No hay novela de Austen en la que no brille un baile y en donde no se fije el destino de una familia o de una desconsolada dama, por lo general culta, de carácter abierto y muy poco o nada cortejada por los hombres. El baile (the ball) era la puesta de largo de la vida provinciana, una especie de parlamento en el que se cerraban tratos y se firmaban matrimonios. El galán solo puede bailar con la dama si ha sido formalmente presentado a ella. La dama que no está en el centro del baile, llevada en volandas por su pareja, es también el centro de las miradas. Importa la periferia tanto como el núcleo, bailar como no hacerlo. No hay movimiento que no sea evaluado, discretamente evaluado, considerado como antesala de un movimiento de un alcance mayor o evidencia de que ya no habrá ninguno más y la partida ha acabado. Jane Austen fija en el baile una especie de mapa geopolítico en el que cada pieza juega un papel y en el que es posible salir derrotado o vencido merced a una indiscreción o a un comentario sagaz o un gesto oportuno. No conozco una literatura más protocolaria que la victoriana. Tampoco un modo de vida tan sumamente rígido, de tan asombroso fuste diplomático. Si una señorita declina un baile, debe obrar de igual manera con todos los que le sigan. Es la mujer la que gobierna la sala de baile entera (the ballroom), pero es también en la que más fieramente se aplica la injusticia, cierto tipo de injusticia que, a la postre, está consensuada, admitida como legítima, organizada para alcanzar una justicia de rango mayor. No sé si las novelas de Austen son eminentemente románticas. Lo son, qué cabe duda, pero hay en ellas lo que Dumas o Hugo evitaban: el racionalismo, la búsqueda de la verdad a través de la inteligencia y no aprehendida por el instinto, por la fuerza del corazón. No hay en Austen ninguna concesión al frágil y condescendiente corazón romántico. Preconizó una forma de registrar la realidad consecuente con la tragedia que la persigue: obviaba lo intrascendente, remarcando la nobleza de los actos perdurables. No quita que toda esa gente de buena crianza que pueblan sus historias sean, en alguna medida, falsos, crueles, investidos de un clasismo insoportable a veces. Solo las mujeres se yerguen, felices incluso cuando no lo son, portadoras de unos valores que las alejan del patriarcado clásico. Hija de un ministro anglicano graduado en Oxford, los años de aprendizaje de Jane Austen pasaron en la espléndida biblioteca familiar, en la que se acostumbró a la novela gótica y a los clásicos del teatro, pero la novela de la vida estaba en la misma biblioteca, no en sus libros; estaba en las reuniones para el té y en las fiestas del vecindario, atestadas de gente bien, de noviazgos truncados y de adverbios colocados con sabiduría en frases enormes, cargadas de dobles sentidos. En esto estamos, ah amables lectores, cuando entra en escena Arias Cañete y denigra a quien Austen puso en un pequeño altar de relevancia y de inteligencia, siendo tiempo entonces de muchos ariascañetes y de poca paridad. Y no es que Valenciano sea precisamente una Austen. No le llega ni de cerca. Es la británica más honda, de una cultura más mesurada, aunque a la candidata del PSOE no le falto otro tipo de cultura, más de congreso, más de votaciones a altas horas de la madrugada. Y la pregunta sale sola: si Jane Austen estuviese con nosotros (no sé quién podría ser ahora una buena Jane Austen) ¿le daría su confianza en la urna al señor del yogur caducado y las duchas frías? Ay, qué tiempos. Faltan bailes de salón, de verdad. O que el personal se ponga a leer Orgullo y prejuicio, Emma, Persuasión y Sentido y sensibilidad. Igual todos aprendíamos a irnos llevando mejor unos con otros o a ofrecer la suficiente educación como para que lo parezca. 

16.5.14

La literatura se abre camino

Leemos lo que lo escriben los demás para suplir lo que no sabemos inventar. Es de agradecer que algunos se dediquen a escribir y otros, los más, los privilegiados, seamos los que abrimos las páginas y nos ponemos al día de cómo va el mundo según lo que los otros observan. La literatura es una evasión y también es un paliativo contra la realidad. Ahora está de moda intercambiar casas. Yo me voy a la tuya y tú te vienes a la mía. No hacemos muchos cambios. Dejo las cosas como están. El disco de Frank Zappa que escuché anoche no lo toco. Está en la bandeja del Marantz. El libro que estaba leyendo (El hombre duplicado, José Saramago) no lo muevo. Está en la mesita de noche. En el cajón hay un par de auriculares y un pack de pilas pequeñitas. No soporto que en mitad de la noche me quede sin radio. Igual eso es superfluo para quien ocupe mi cama. Si yo voy a la de alguien quizá esté bien que esté al tanto de mis vicios, pero entonces no funciona el intercambio. Se trata de vivir otra vida. En cierto sentido, se trata de renunciar a la de uno. Cuando abro un libro, renuncio a mi vida. Entro directamente en la trama. Yo no importo. No al menos mientras ando por donde otros hicieron que andase. Yo obedezco. Eso del intercambio me suena a un nuevo subgénero literario. El que suprime el libro. El electrónico y el digital. Tenemos el libro definitivo. El escritor y el lector son en realidad la misma extraña sustancia. No me imagino que alguien venga a mi casa y malogre la calibración que le hice a mi equipo de sonido hace una semana. Si pone un disco, que lo ponga y punto. Que no toque ni un botón más. Claro que entonces no es un intercambio de verdad. Quiero decir que mi casa es la suya. Hace de Emilio Calvo de Mora Villar. A mí me toca ser otro también. Siempre adoré dejar de ser yo mismo durante un tiempo prudencial. Se ve cine o se leen novelas para salir de ahí e ir a otro lado. La realidad es insoportable. Igual que uno descansa en ocasiones de ciertos hábitos que ama y a los que da una relevancia quizá inconveniente, está bien descansar a un nivel más sofisticado. El desconocido en el que me convierto durante una semana, pongo por caso, no debe afectarme más allá de esa semana pactada. Tampoco ese desconocido debe encariñarse con lo que le dejo, con el yo programado que hay en mi casa, con mis discos de jazz, con mis libros de novela negra, con la despensa llena de latas de tercio de cruzcampo. La literatura se está abriendo camino. Escribimos sin saber que lo hacemos. Leemos sin la percepción fiable de que estamos leyendo. El mundo es extraño. 

Europa


Estoy convencido de que la política no alcanza el rango moral que se le exige. Lo lamentable es que los honestos que anden en ella o los que accedan en el futuro no podrán zafarse de esa herencia infame y dedicarán parte de su horario de trabajo a limpiar lo que otros enfangaron. Anoche, viendo a Arias Cañete y a Valenciano en el debate televisivo, pensé en lo difícil que es el oficio de la política y me impuse la tarea de mirarlos a ambos con condescendencia, un poco como si no tuviesen a sus espaldas los desaguisados que han cometido sus compañeros de filas o los que cometen. Los escuchaba ir y venir de sus asuntos a los míos, pero sin que en ningún momento yo percibiese voluntad de ofrecer una información objetiva, que no se quedase en descalificar la del oponente, que no cayese en la manifestación de los desfalcos y atropellos ajenos. No viniendo aquí al caso a qué bando se inclina mi voto, razoné que ninguno de los dos se lo merecía. Quizá lo que falle sea el formato o sea la formación que todo político, por serlo, lleva en vena y de la que yo, no siéndolo, carezco. Los políticos deben ser buenos polemistas; deben saber llevar la oveja a su redil, si se descarría; deben suscitar la idea de que un buen debate electoral es, en esencia, un espectáculo, una fiesta de la democracia, una celebración absoluta del lenguaje o de las ideas o de la posibilidad de que todos aprendamos algo. Dicen que afuera hay políticos de este tallaje, pero aquí no he visto yo a muchos. Anoche Valenciano demostró tener soltura ante las cámaras y Cañete, no. Anoche Valenciano se dio cuenta de que el hecho de ser mujer, una echada hacia adelante, intimidaba a su contrincante, que se achantaba cuando la mujer a la que se enfrentaba se ponía levantisca y contaba el origen de la derecha y el peligro de que España se despeñe más si continúan estos en la poltrona. Y eso es un lastre en unas elecciones de este tipo, tan paritarias. Podíamos haber quitado el sonido del televisor y percibido un mensaje también. El cuerpo va por un lado y las palabras van por otro. Como si ambos hubiesen armado bien el debate, pero hubiesen descuidado (o sus asesores les hubiesen descuidado) la parte gestual, la de los impulsos, la que el pueblo llano, el que no está al tanto de la alta política, percibe primero. Y ahí el candidato del PP hizo aguas, se hundió, acabó desplomado en el fondo. Tampoco es que la del PSOE flotara tan ricamente. Digamos que las aguas se llevaron a los dos. Y aquí estamos los demás, esperando que llegue la oportunidad de que podamos elegir a buenos nadadores. Ni siquiera se caían bien. Eso podría haber estado bien. Que se respetaran y levantaran todo el discurso desde ese respeto. 


Anthony Walter Burgess White

  El tumor cerebral que le diagnosticaron a Anthony Burgess le daba un año de vida. Quizá algo más. La cosa es que el vaticinado óbito se de...