6.7.26

Comparecencia de un árbol

 

I


Al árbol muerto 

lo agasaja de vértigo el aire. 

Un fuego sin cuerpo abraza 

el tronco roto del que prende 

un desquicio de tosca lejanía. 


Está la muerte misma 

ofrecida como un cántico. 

La desolación absoluta como un temblor. 

Ni la lentitud prospera. 

Se impregna la luz de una fiebre invisible. 


Todo en el árbol se desdice. 

Una prudencia con su blonda de silencio 

ocupa la tosca materia de su talle,

la memoria de su ensimismada 

travesía sin centro. 


Será la lluvia la que apremie 

su vocación de altura. 

La raíz es un misterio 

del que no se hará evangelio. 

Una catedral en ruinas. 

Una religión sin un dios que la acune. 

Un templo del que solo perdure un altar. 

No tendrá quien se recree 

en el eco roto del tiempo

ni en el antiguo solaz de su sombra. 


Hay un bullicio adentro. 

Consta su clamor, cunde 

su anhelo de puro erguirse. 


Un árbol muerto 

es un fracaso de todos los bosques. 

Las hojas lo desobedecen. 

Cuestionan la ciega velocidad de la tragedia.


Un árbol vivo. 

habla con su verdor futuro. 


II


Lo que al agua da el oficio de cauce 

es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.


Al aire se le desciñe la altura y roza 

con su invisible manto la orfandad de la luz. 


La ceniza es humo que corteja 

al azul del cielo y al loco respirar del fuego. 


Jadea el fuego, arde la luz, brinca 

como un pulso de sombra el agua.


Gimen, agua, tierra, aire o fuego,

cuando los abraza la providencia,

pájaro sutil al que el vuelo obligara

a ocupar la brújula del tiempo, 

manantial ciego, si cuerdo, limpio

estrago de cuanto dimos en llamar vida. 




No hay comentarios:

Caballos que nadan

A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar  El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se o...