I
Al árbol muerto
lo agasaja de vértigo el aire.
Un fuego sin cuerpo abraza
el tronco roto del que prende
un desquicio de tosca lejanía.
Está la muerte misma
ofrecida como un cántico.
La desolación absoluta como un temblor.
Ni la lentitud prospera.
Se impregna la luz de una fiebre invisible.
Todo en el árbol se desdice.
Una prudencia con su blonda de silencio
ocupa la tosca materia de su talle,
la memoria de su ensimismada
travesía sin centro.
Será la lluvia la que apremie
su vocación de altura.
La raíz es un misterio
del que no se hará evangelio.
Una catedral en ruinas.
Una religión sin un dios que la acune.
Un templo del que solo perdure un altar.
No tendrá quien se recree
en el eco roto del tiempo
ni en el antiguo solaz de su sombra.
Hay un bullicio adentro.
Consta su clamor, cunde
su anhelo de puro erguirse.
Un árbol muerto
es un fracaso de todos los bosques.
Las hojas lo desobedecen.
Cuestionan la ciega velocidad de la tragedia.
Un árbol vivo.
habla con su verdor futuro.
II
Lo que al agua da el oficio de cauce
es el vértigo de la tierra, la hondura del aire.
Al aire se le desciñe la altura y roza
con su invisible manto la orfandad de la luz.
La ceniza es humo que corteja
al azul del cielo y al loco respirar del fuego.
Jadea el fuego, arde la luz, brinca
como un pulso de sombra el agua.
Gimen, agua, tierra, aire o fuego,
cuando los abraza la providencia,
pájaro sutil al que el vuelo obligara
a ocupar la brújula del tiempo,
manantial ciego, si cuerdo, limpio
estrago de cuanto dimos en llamar vida.
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