15.7.26

Lorca vs Borges

 Borges consideraba a Lorca un andaluz profesional, un poeta de rango menor, auditivo, visual, carente de la hondura intelectual que él exigía a la poesía, rebajada de ornamentación. No era algo que sostuviera con consideraciones estrictas, maximalistas, sino que todo su desafecto hacia la obra lorquiana era simplemente un desafecto hacia la poesía cromática, de estímulos plásticos. Tal vez esa imposibilidad suya de apreciarlo proviniese de su ceguera o de su hedónica visión de los versos, juzgados según el placer que le daban. Lorca es un poeta pintoresco, sostenía. Supo el poeta granadino adaptar los procedimientos del surrealismo francés de entonces a lo andaluz. Reprobaba ese exceso de verbalismo, toda esa decoración sensorial. También miraba con sospecha que la fama de Lorca se hubiese acrecentado por haber sido fusilado. Su amaneramiento era insoportable, dijo en una de esas entrevistas en las que Borges se encantaba a sí mismo, aunque no aparentara en absoluto que lo primero era Borges, siéndolo, y que todo lo demás era irrelevante. Si sus ocurrencias, muchas o casi todas de orden metafísico, arramblaban con le idea de Dios, del que no entendía como podía ser uno y trino, cómo cohibirse a la hora de ningunear a una criatura suya. Lo de menos, para Borges, es que Lorca fuese un ser telúrico, un animal poético, un tótem arrollador, una especie de duende universal, encantador y con un don de gentes innegable. Me imagino que incluso la palabra duende no fuese del todo entendida por el poeta argentino. Lorca era el compromiso social; Borges, la negación de la contemporaneidad, la idealización de la eternidad. Por más que adore a Borges, no es adoración únicamente, creo que escribo por haber leído a Borges, creo que una parte de mí procede del Borges que he leído, no comparto ninguna de esas reflexiones. Probablemente rechazaba el histrionismo de Lorca, su folclorismo, lo cual no es sostenible cuando él mismo, en su etapa juvenil, fue un ardoroso defensor de las tradiciones populares, de todo lo que era genuinamente argentino. Mantuvo ese ardor doméstico hasta el final, por cierto. Hubo una cena en Buenos Aires, ciudad en la que Lorca, por su teatro, vivió algo más de un año, en la que coincidieron. Debemos imaginar a Lorca acaparando a todo el mundo, dando palique a diestro y siniestro, vendiendo su gestualidad, su palabra incandescente. Parece que la conversación en la mesa que compartieron trató de asuntos relevantes: los males del mundo, la decadencia de la civilización, el miedo al porvenir... Lorca tiró de chanza y dijo que estaba obsesionado con un personaje norteamericano sobre el que, a su juicio, recaía toda la culpa de esa barbarie incipiente. Borges estaría intrigado, supongo. Se preguntaría si se refería a sus queridos Whitman o Poe. Cuando Lorca citó a Mickey Mouse, Borges, ofendido por la chanza, irritado también, se levantó y se marchó. Su humor no alcanzaba esas frivolidades. Como Voltaire sentenció, hay amigos que nos acaban fallando o dejando, pero los enemigos son implacables. Borges abrió una lista de enemigos en la que Lorca ocuparía un puesto principal. Tampoco Borges, ahora que lo pienso, ya que hoy juega Argentina contra Inglaterra la semifinal de los mundiales de fútbol, se encandilaba con el deporte rey, del que decía que era una calamidad, un vicio “popular porque la estupidez es popular”. Hay ocasiones en que no sé si mi Borges debiera no salir de sus ficciones, de su Pierre Menard, autor del Quijote, de sus tigres, de sus espejos, de su literaturas germánicas medievales, de sus laberintos, de su Asterión, de su jardínes de senderos que se acaban bifurcando, de su Lugones y de sus griegos. Si mi Lorca debiera únicamente conocerse por su sentido de la tragedia, de la muerte, del caballo, del agua, del cuchillo, de la luna…Tal vez no deberíamos saber nada de los autores a los que amamos. Solo debiéramos leer, leer rendidamente, no querer ir más allá, no querer saber si eran diestros, demócratas, tímidos, heroicos, declarados seguidores de la música dodecafónica o de la gastronomía que abuse del picante. Si hoy ganara Argentina el partido de marras, enpieza en diez minutos, entra en lo posible, por cierto, a pesar de su dependencia de un jugador sublime, tendremos una cita más que deportiva el próximo domingo. Jugarán Borges y Lorca. Ellos se las apañarán para cerrar la liza abierta en una cena hace una tira de años. Yo quiero que gane Lorca, por supuesto. 

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