Lo que importa es estar aquí, haber nacido, sentido, amado. Todo lo demás no debería ni contarse. Sin embargo, toda la literatura nace de un conflicto, se construye en la liza del bien y del mal. Esa armonía íntima, la de la bondad, la de la gratitud, se escribe con caligrafía pulcra, se dice con las palabras más sencillas. No se precisa alardear de nada. No interviene ningún veneno, ninguna constatación de que la sangre circula con miedo o con odio. Basta anhelar un paisaje y saber que ninguno que creamos a mano será el definitivo. Saber, no obstante, que la salvación no es algo a lo que secretamente aspiremos. Nos conforta el sagrado hecho de aprovisionarnos a diario de esa luz indecisa con la que el día proclama sus prodigios y sus tragedias. Es la perseverancia, ciega ella a veces, la que manuscribe el tráfago de ser. No hay verbo más hondo. Siendo, ya vale.
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