Lo que importa es estar aquí, haber nacido, sentido, amado. Todo lo demás no debería ni contarse. Sin embargo, toda la literatura nace de un conflicto, se construye en la liza del bien y del mal. Esa armonía íntima, la de la bondad, la de la gratitud, se escribe con caligrafía pulcra, se dice con las palabras más sencillas. No se precisa alardear de nada. No interviene ningún veneno, ninguna constatación de que la sangre circula con miedo o con odio. Basta anhelar un paisaje y saber que ninguno que creamos a mano será el definitivo. Saber, no obstante, que la salvación no es algo a lo que secretamente aspiremos. Nos conforta el sagrado hecho de aprovisionarnos a diario de esa luz indecisa con la que el día proclama sus prodigios y sus tragedias. Es la perseverancia, ciega ella a veces, la que manuscribe el tráfago de ser. No hay verbo más hondo. Siendo, ya vale.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Caballos que nadan
A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se o...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Yo tardo en descubrir los engaños. Soy de los que no los percibe hasta que están encima. Soy confiado hasta extremos preocupantes. Creo por...
No hay comentarios:
Publicar un comentario