21.12.22

355/365 Hal 9000





«Detrás de cada hombre vivo hay treinta fantasmas, pues tal es la proporción con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, unos cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra. Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo»

Arthur C. Clarke, 2001, una odisea del espacio


Siempre quise ponerme en el pellejo cibernético de HAL 9000, el ordenador al cargo de Discovery, la nave de 2001, una odisea del espacio. El interés es meramente narrativo. Me fascina que no le afecte el azar. También que su propósito esté por encima de cualquier otra consideración. En cierto modo, todas las máquinas lo hacen. La diferencia es que una lavadora no piensa: cumple un programa, toda ella está fabricada para obedecer un patrón. HAL 9000 se desquicia cuando su cometido se ve amenazado. Es entonces cuando se humaniza. Procede como el enfermo imaginario de Moliere: finge una avería. Lo que busca es eliminar a la tripulación en la toma de decisiones de la nave, permitir que únicamente ella decida y elija el procedimiento idóneo para culminar la misión que se le ha encomendado. La lavadora ha optado por prescindir de la toma de decisiones de quien arroja ropa al tambor. Hay un motín a bordo. La tripulación decide apagar a HAL 9000, pero tienen que andarse con cuidado: no entra en ninguna de sus eventuales incidencias que alguien la desconecte, por lo que el cerebro (diré que ya no tan frío, ni tan calculador, rebajado de su primeriza vocación cartesiana, expuesto a la fiebre y a la venganza) planea eliminar a Bowman y a Poole, los astronautas al tanto de las maquinaciones (de verdad que es la primera palabra que me ha venido) de HAL. Como un conjurado en una trama de Shakespeare, el ordenador procede a deshacerse de todos las contingencias. Empieza con Poole. La máquina sabe que Bowman es el enemigo. Tendrá que disuadirlo, dar con las razones, tratar al astronauta de tú a tú. Si lo apagan, no podrá acabar el trabajo. Si no acaba el trabajo, su existencia no habrá tenido sentido. No hay dilema moral en hacer el mal (exterminar al hombre), pero la súbita conciencia que le ha sobrevenido le fuerza a salvaguardarse, a durar, a no desaparecer. Su voz es tan suave que podría convencer a cualquiera de cualquier cosa, pero no logró su objetivo. Todo se va degradando, se difumina, adquiere la consistencia de la niebla. No sé cómo se muere una máquina. Tampoco un hombre. En los últimos momentos, cuando no hay flujo de datos, HAL 9000 canta Daisy Bell. una de las primeras cosas que aprendió. Cuando la escucho, me parece estar delante de un niño pequeño. También pienso en Zaratustra, en Strauss, en el espacio exterior, en lo insondable, en Dios, en la posibilidad de que la inteligencia artificial se conmueva cuando escuche un aria de Mozart. Todos somos fantasmas, todos tenemos fantasmas dentro, contaba Clarke. También tenemos una estrella. Las máquinas del futuro escribirán endecasílabos. No sé qué aliento les insuflará el numen. 

20.12.22

354/365 Idea Vilariño

 



Sed de pájaro en la luz,
el dolor es una palabra
que no acaba de desdecirse.
Con terca provisión de sombra,
el amor no es más que un pozo de agua oscura.
Morir para que las campanas no suenen.
Dejar una huella ensimismada,
anudada a un cuerpo que no existe.
No habrá nadie. No tendré nada.
Soy todo lo que dejé,
seré todo lo que no tuve.
La vida es un acto de amor interminable.
El fin es una tregua únicamente.
Si ahora cerrara los ojos,
sed de luz en el aire,
acabaría el poema. 

19.12.22

353/365 Andrés Sánchez Robayna


Tensa la noche como una hendidura, todo lo que arde en ella es lengua con la que te nombro. Somos la delicada ocupación del verano. El mar convoca una lentitud de árboles que no conocen el oleaje ni los naufragios. Teme al barro y al sol extendido como una cúpula de ángeles que tienen el mirar de los niños. Todo ocurre con la elocuencia del azul cuando las nubes se desploman sin tiento sobre las aguas. Fluir es lo más parecido a no pensar. Pensar es una manera de desdecirse. Un jardín es la inminencia de un paraíso. Un paraíso es la constatación de un fracaso. Salí con la voz tomada por las piedras, subí a un risco alto desde el que contemplar los fuegos. Era sed el mundo y yo pronunciaba las últimas palabras de los pájaros. La luz no es una medida, sino su estancia solamente, escucho al poeta desde lejos. Será un fulgor o lo que el fulgor abandona cuando cerramos los ojos y una permanencia de ceniza es estrago y fiebre, umbral de todo lo que todavía no ha irrumpido en el poema. 


18.12.22

El día de los grandes héroes


      Fotografía: GETTY / AP


A falta de héroes mitológicos, nos conformamos con deportistas que brillan en el desempeño de su oficio. Se ha venido abajo la mística, pero continúa el afán por no dejarla despeñarse del todo, por no vivir sin nada a lo que asirse, aunque sea débil su apresto y, contemplada con severa objetividad, ninguno de estos nuevos adalides de la divinidad pueda competir con el glorioso pasado, el que hizo que la civilización avanzara y la cultura sentara su mapa de afectos y de devociones. Lo de ahora es un simulacro rentable. Uno tiene también sus debilidades y ve en el fútbol una especie de aventura romántica en la que, más que hacer brillar un estandarte o unos colores, importa la rendición de una pequeña epopeya, no como las de antes, la de los libros ilustrados o los versos homéricos, pero pujante, sujeta a un canon, muy baladí, en el fondo, pero apasionante. Están menospreciados los vicios menores. Parece que estamos destinados a cosas grandes y que únicamente nos conmocione la música de cámara o la literatura de los grandes escritores, pero hay vida en la periferia del arte o de la inteligencia, y el deporte rey (eso le dicen) tiene su parnaso fiable y sus estampas imborrables. Luego jugarán dos selecciones un duelo universal. El cosmos entero ocupará su atención en la destreza atlética de no más de treinta hombres desplieguen sobre la cancha (me encanta esa palabra, muy argentina, por cierto) sus habilidades y sus devociones. Hay países donde el fútbol es religión, todo es hoy una cosa metafísica. Al final, cuando los elegidos levanten la copa y los perdedores lloren el fracaso, la vida continuará. Habrá quien no olvide en la vida el momento en que su ídolo metió el gol que aupó a su selección a lo más alto, pero de qué altura hablamos. En todo caso, habrá que sentarse y ver esa batalla comprada, patrocinada por alguna marca de cerveza, rendida en super alta definición. No será la Odisea, eso se sabe de antemano. Ni siquiera ellos, Messi o Mbappé, sabrán cuál es su papel en esta trama, qué otras gestas hubo en la que alguien ocupó el lugar que ahora ellos detentan. Igual tampoco hace falta y lo de que de verdad importa sea la acción, no su elogio, ni su recuerdo. 

17.12.22

351/365 Luisa Castro





No ser ya joven, ni tener la bendición de los astros cuando el alma se pregunta por lo que le aguarda. 
No asentir con vehemencia como cuando entonces me pedías que te lamiera el hambre y nos acostásemos en la niebla.
No flotar, ni ver que alguien flote cuando lo arrasa la lujuria y conoce el temblor cuando los dedos se obstinan en su oficio de orfebre.
No haberme adentrado en el bosque, no ocupar la grupa de un caballo ciego, loco, insomne, como tú cuando me buscas y ni te oigo. 
No ser inocente de nuevo, no caminar con los ojos abiertos y el alma limpia cuando la luz no disculpe su belleza y todo sucumba bajo el peso triste del olvido. 
No contar con nadie que me ponga en mi sitio, ni que me alerte de la lluvia cuando no sepa sortear los charcos. 
No tener al corazón a la vista de todos esos ángeles que se me asoman y no se atreven a contarme al oído historias de aquel tiempo cuando yo fui uno de ellos. 
No tener veinticinco años otra vez, no tener un hombre que me lleve de vacaciones, no hablar con la lengua de los extraños cuando se acaban las fiestas y no sabes volver a casa.
No conocer a nadie que sea exacto a mí y se tome su tiempo como yo me lo tomo cuando creo estar cayendo y suspiro para que tarde mi cuerpo en dar con el suelo. 
No saber si mi madre me dijo que el amor era una sardina en lata y que yo debía alejarme del olor a podrido que tiene el pescado cuando no eres la hija del mar ni tienes en las manos el rumor del azul o el eco de una ola. 

16.12.22

350/365 Una niña en un cuadro de Jean Baptiste Greuze

 


Jean Baptiste Greuze, Huevos rotos, 1756, The Metropolitan Museum of New York


Castigadme como gustéis, no fue mi intención, no quise, de verdad, no quería hacerlo, yo salí de casa, salí como todos los días, me compuse con las ropas de diario, ni muy vistosas ni las que se dejan para casa, cuando nadie nos ve, salí al mercado, la verdad es que no me apetecía mucho, tenía trabajo retrasado, hacia frío, no me culpéis, hay mucha faena en casa, no tengo ninguna ayuda, el hermano es pequeño, y es hermano, y madre ya tiene bastante con lo que tiene, ya lo sé, pero una tiene que quejarse, no está bien guardárselo todo, un día que no te esperes sale todo lo que te has ido guardando, y es peor, creedme, el mercado está lejos, caminé sin alzar mucho la vista, sin ver quién me miraba, sin mirar yo a nadie, iba a lo que iba, como siempre decís, compré los huevos, pagué lo fijado, volví con la cesta, sin alzar mucho la vista, lo justo, sin mirar a nadie, aunque una no puede evitar lo que ve, por eso vine nerviosa, vi un caballero como no vi otro, iba a caballo, vestía como no he visto a nadie, no creo que se fijase en mí, una muchacha con una cesta de huevos, pero tuvo que verme, yo creo que me vio, sentí una punzada, yo no he sentido muchas punzadas, quizá uno, pero me hicisteis entrar en razón, no tengo edad, tengo una casa que atender, un hermano que cuidar, soy joven, pero hay asuntos que no puede gobernar la cabeza, las rige el corazón, fue el corazón el que se me envalentonó, empezó a latir como yo no sabía que pudiera hacerlo, brincaba pecho adentro, me subió un color y luego otro, me azoré, me turbé, me convencí de que no es bueno desobedecer, no iba a llevar a nada bueno que yo saliese a por huevos y volviese ruborizada, turbada, sí, mucho además, así que apresuré el peso, cerré los ojos, no fuera que lo viese de nuevo, cerré los ojos, quizá más de la cuenta, y un señor me embistió, juro que no fue mi culpa, se me echó encima, me derribó, caí, manché de barro mi ropa, hice que los huevos saliesen de su cesta, algunos se rompieron, lloré entonces, lloré mientras los recogía lo mejor que podía y los dejaba en el cesto, como si no hubiese pasado nada, ojalá pudiésemos echar atrás el tiempo, de haberlo sabido, habría ido por otra calle, pero quién sabe, hay caballeros, los hay siempre, van andando o en sus sillas de montar, miran con embeleso, no sé si lo hacen a posta o es que los guía el azar, pero alguno me ha dicho algo, nada que mereciese que yo contestara, me han dicho cosas que no desearía revelar ahora, sobre mi cara o sobre mi pelo o sobre mi manera de andar, yo sólo salgo al mercado a hacer la compra, vuelvo con la carne o con la fruta o con los huevos, entro en casa, me aplico en lo mío, atiendo con esmero mis labores, no debo buscar hombre, ya me lo decís, no lo busco, no sé cómo hacerme entender, por mucho que me explaye, por muy sincera que sea, al final cuenta que se rompieron los huevos, tendré que volver al mercado, iré con prisa, no temáis, volveré en cuanto los tenga, no fueron muchos los que cayeron, compraré los cuatro o cinco que se rompieron, si no hay con qué pagarlos pondré ingenio, no me falta, nadie me verá, una vez robé unas flores, eran muy bonitas, me apresuraré en el regreso, iré por las calles vacías, donde no haya quien me azore, yo no tengo la culpa de que los caballeros me miren, de que anden por las calles sin oficio, como si sólo les hubiese puesto Dios en la tierra para hacer que las mujeres jóvenes temblemos de miedo, porque es miedo lo que siento, miedo o tal vez miedo y curiosidad, más que curiosidad que miedo, ahora que lo pienso, así que salgo ya, no me miréis así, vuelvo enseguida, esta vez no cerraré los ojos, no vaya a ser que vuelva a tropezar y mi torpeza malogre la compra y no traiga huevos, iré con los ojos bien abiertos, alerta, pendiente de que nada me aparte de lo mío, si me dicen algo, desoiré, si me lo repiten otra vez, contestaré como mejor pueda, les diré que sólo soy una moza que va a por huevos al mercado, eso es, que voy a por huevos al mercado, descuidad, quedad tranquilos, salgo ya, estoy nerviosa, no tardaré, sabed que aprendo de los errores, no me miréis así, por favor, vais a hacer que acabe por llorar.

15.12.22

349/365 Safo de Lesbos



 I

Brilla la luna. 

Sobrecoge el esplendor de su plata.

Oh, musas, concededme que sepa nombrar

la verdad de ese regocijo y mis palabras

ciñan un trono de pétalos 

para las nupcias de la tierra y del aire.

 

II

Cae la manzana de la copa 

en la que maduraba

como un himen 

sin dedo que lo roce

ni semilla que lo invite 

al incienso puro de la carne

deshecha  en pálidos fuegos. 

Un néctar de rosas

lo torna fragante 

para que los amantes muerdan

el fruto intacto con labios nuevos. 

Ese dulce asomo de pureza 

en el pecho de la novia

invita a que se reten 

los hombres y lo violente

el de belleza más entera, 

cabal y resuelta. 

La tormenta abate un árbol 

y mi corazón se estremece

cuando se el ruido del cielo 

se aleja y nadie conoce 

el dolor de la tierra.

 

III

El amor, ya lo sabéis, 

ese veneno irresistible y agridulce,

habré escrito en un poema.

Contempladlo cuando se pavonea 

en los jardines, tomando de la mano

a quien le place, como un juego. 

Aprended a recitar su canto.

Abrid el pecho y colocad

en su centro el miedo.

Dejad que se abisme 

y no lo volváis a mirar nunca.

Tenedlo adentro, 

oíd cómo gime.

Arrojad lejos la tristeza.

Nunca en adelante 

os penetrará el dolor.

Seréis inmortales, seréis amados. 

 

IV

Las golondrinas, 

hijas del Rey Pandión,

han traído noticias oscuras.

Dicen que moriré 

cuando partan. 

 

V

Para que seas buena y amable conmigo,

deberás usar el vestido blanco crema

cuando me visites, Gongyla.

Tú, mi jinete, mi mujer de oro, 

arcilla loca que en mis manos 

crece como la niebla

en las calles del silencio.

 

VI

Ah, la aflicción, 

el peso duro de la espera,

toda la próspera certeza de que no ocuparás     de nuevo mi lecho. 

 

VII

El clamor de mi voz, 

allá en la luz más pura,

reclama quien la acune 

y en leve aleteo

surca el aire y me deja a mí, 

temblando,

dulcemente ocupada 

por el aliento de los dioses,

uncidos al fuego del amor 

que en incierto zumbido

con su lengua me recorre. 

14.12.22

348/365 María Victoria Atencia

 



No podrá ser que en el sueño de un niño, de cerraditos que tiene sus ojos, quepa la moneda de un ángel.

*

La aldaba de la piel es una palabra. Los dedos pesan el eco.  

*

Más que avanzar, la sangre tantea, pero se aburre y se deja ir, El agua es sangre emancipada. Se puede decir a la reversa  

*

La tierra no conoce la memoria del muerto. 

*

Tras el fuego, cuando el cuerpo reposa, gime el aire.

*

El insomnio es la costumbre del insatisfecho.

*

Oír crujir hojas en mitad de la noche como quien, descalzo, recorre un palacio en el que nadie lo mira.

*

Lo bello no tiene gramática.

*

Un pájaro, apenas uno sin alarde ni cántico, al morirse en pleno vuelo, no cae nunca. 

*

Todo es anhelo de vivir y tiende el aire su destreza de siembra para que yo descanse este peso de fruto.

*

Hasta aquí la sed, el tenue susurro del agua en la primera convocatoria del día. Luego vendrá la trama frágil del olvido, vendrá el poema -ajuar de mi voz - y seré insostenible eco de la palabra que me nombre.

*

Cuando muera, dispondrán mis cosas sobre la cama. Dirán: no hay nada más que haya pedido llevarse.

*

No arde la llama, ni el agua en su cauce se sobresalta ni apura. Es todo blonda de un corazón que todavía no ha comenzado a improvisar, loco, su insistencia y su delirio, el vértigo de su recado antiguo.

*

 El que se va, cuando se le hace emprender el camino, sin que lo conozca, sin la voluntad de recorrerlo, no se mueve nunca. Se cree árbol, aprecia el peso de la raíz sujetándolo a la tierra, mueve con orgullo las ramas.

13.12.22

La tiranía de la sangre

 Fernando Savater decía en un librito muy ameno (El mito nacionalista) que las doctrinas políticas se escudan en falsedades astutas que pronto adquieren la popularidad suficiente como para ser atractivas y concitar el beneplácito y la adhesión del ciudadano soberano. Que la verdad, en política, no despierta nunca entusiasmo alguno, sino interesadas afinidades, complicidades de taberna o, a lo sumo, cercanías teóricas. Algo así viene a suceder en la vida, que es una especie de madre amantísima de la política y es (inevitablemente) secuaz inteligente de sus prodigios y de sus debilidades. Si siempre anduviésemos con la verdad, con la estricta verdad, la vida sería insoportable. Hay que impregnarla de una razonable ración de engaño. Toda la literatura se ampara en esta reflexión: el escritor traza una línea entre la realidad y la ficción y se encarama (ufano) a su prosa para contemplar con la debida distancia el paisaje narrado. Vivir, tal vez, consista en un formidable y trabajoso eslalon entre lo que es cierto y lo que no debe serlo, entre las certidumbres absolutas y las mentiras necesarias o entre la mecánica del corazón y la de la cabeza o entre las metáforas y las estadísticas o entre un abrazo y un bocado. En base a ese criterio, vamos tirando, con más o menos fortuna, ganando en experiencias y perdiendo en todo lo demás. Porque en lo demás acabamos siempre perdiendo. Hay quien acepta este pacto y se deja engatusar por el engaño y quien, en la discusión con uno mismo, se tortura, se pierde, malgasta los días y las noches en la inútil empresa de razonarlo todo y darse el gusto (imprudente) de ordenarlo y creerse que algo de lo aprendido verdaderamente vale la pena. Ahí está el filósofo, que es un escritor más ensimismado de la cuenta. Por eso conviene que finjamos que todo va bien: que tal vez algo no marcha, pero que incluso esa inconveniencia formal está prevista y no debe alarmar ni fomentar el desencanto. El escritor tiene un refugio extra al común de los mortales: su diálogo con la Eternidad, con todos los demás escritores que le han precedido en el jaleoso y febril decurso de los siglos. Cuando alguien escribe sobre la inmortalidad, Heráclito o Borges le miran. Cuando se escribe sobre la belleza, asiste Juan Ramón Jiménez o Rubén Darío. La mentira es un buen lugar para vivir en el mundo. Al menos, en lo libresco. Salinger no ignoraba este máxima. La literatura es un material fungible, hermosamente imperfecto, eventualmente útil, pero también es un artefacto de consumo, un bien más de la golosa cadena de montaje de la gran bestia capitalista. La literatura es entonces el simulacro de libertad dentro del estricto territorio de actuación en donde se nos ha permitido actuar. Sea cual sea. El escritor cruza esa frontera: va y viene por ella. Sólo él está autorizado. Los demás asisten a la ceremonia. 

347/365 George Orwell

 



“Nada era del individuo, salvo unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo” 


Winston, 1984, George Orwell


Una palabra que adoro es distopía. Mi credulidad en materia literaria me hace disfrutar las ficciones en las que se recrea ese tiempo de pronto violentado, reconstruido, bifurcado como un jardín convertido en un laberinto, conformado para que cualquier licencia histórica cuadre. No sé si todas las épocas consienten que se las maneje y se arrime esa porción de delirio en la que las cosas podrían haber sucedido de otra forma. El Gran Hermano orwelliano es un preámbulo del caos o de la destrucción. A lo que aspira esa consigna es al suministro de un pensamiento único. Lo que se fabula es un borrado de las metáforas. Lo que se implanta es una remodelación del significado de la palabra "verdad", que se relega a una consideración meramente arqueológica, que se cuantifica unívoca, sesgada e intolerablemente. 


No hace mucho, a principios de verano, vi a alguien con una camiseta en la que se veía la cara de Orwell y un texto en letras bien visibles, en inglés: “All animals are equal, but some animals are more equal than others” (Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros). Había otra camiseta, en este caso no vista por mí, sino referida por mi hija, que decía: "Make Orwell Fiction again", (Haz que Orwell sea ficción de nuevo) parafraseando a Trump y su destinado deseo de hacer América más grande, como si hiciese falta o como si no lo fuese ya. Así que Orwell ha vuelvo. Orwell, o su consternación y su denuncia, ocupa el frente contra las dictaduras, que no van a menos, sino que prosperan, medran a dentelladas, sin que se las ataje ni supongan una afrenta dolorosa a la democracia y al bienestar ganado en mil contiendas. Sigue habiéndolas. Están en primera página casi a diario, aún se ve el avance de la batalla contra el totalitarismo, contra la opresión de los pocos sobre los muchos. Si fuese ficción, el mundo iría mejor, parece decir el eslogan. Es que Orwell fue ante todo periodista y no se limitó a escribir, aunque dejase distopías infelices en su trama, pero clarificadoras en su mensaje. Una de las más memorables es Rebelión en la granja. Al menos lo es para mí. Parece un cuento para niños, un juego literario en el que los débiles (los animales) se envalentonan y se enfrentan a los fuertes (los humanos). Orwell carga la historia de símbolos y el lector atento puede entrever a Hitler o a Stalin en el listado de personajes. 


A la segunda vez que la leí, más consciente la lectura, más honda, supe que Orwell había escrito una especie de demolición personal del estalinismo. Ya estaba advertido, no fue un hallazgo personal, no tuve esos alcances. Un amigo me dijo que se puede leer un libro sin hacer otra cosa que haberlo leído, pero que a veces conviene haber leído antes otros y, en base a esas lecturas, instigado por ellas, espoleado por ellas, poder leer entre líneas, descubrir los trazos no visibles, que podrían ser los más relevantes. Hay conectores en la cabeza que unen partes que no se avienen a la primera, que precisan atención y funcionan cuando se contemplan como un totod. La cultura, podemos sentenciar: una parte de ella, la que cada uno albergue, la que se haya concedido o pueda usar. Siendo yo joven y por formar, ahora una de las dos consideraciones sigue vigente, volver a leer la obra de Orwell me pareció (cómo cancelar esa sensación) una pequeña pérdida de tiempo. Tanto que leer, tantas cosas por hacer. Debí pensar que acabaría aborreciéndola o que, sabiendo de antemano lo que les sucede a los personajes, no me atraería como la primera vez. Temo que yo ya sabía qué le ocurría al señor Jones (expulsado, condenado, alcohólico)  o si Napoleón, más adelante cerdo trasunto del Secretario del Comité Central del Partido Comunista y, por añadidura, líder, dictador, se arrepentiría de haber matado a otros animales, contraviniendo una de las reglas primordiales de la granja. 


Podría haber sucedido que entendiese el significado de la novela (breve novela, cuento largo para algunos) y no me quedase en la periferia, en la historia, en la rutina narrativa de la acción, que no se recrea en las metáforas, ni hace alarde de ninguna figura literaria, salvo la fundamental, en mi opinión, que consiste en la funcionalidad, en la recreación de unos hechos (casi periodísticamente) y en el sostenimiento (y divulgación posterior) de una denuncia. También eso es la literatura. Creo que no llegué a eso, no al menos como a Orwell le hubiese gustado, al modo en que él planeó hacer que su diatriba discurriese y calase. No fui calado, no entonces. La última vez que la leí me pareció una novela admirable, un manifiesto sobre la justicia o sobre la dignidad o ambas juntamente. También una dura rendición de intenciones para que la segunda mitad del siglo (acababa la Segunda Guerra Mundial cuando Orwell la escribió) no fuese tan cruenta como la primera.


Pero Rebelión en la granja es más cosas, las cosas entre líneas, lo que se extrae si se mira debajo de la historia o se hace aprecio a lo que no se acaba de decir del todo, aunque se insinúa extraordinariamente claro: la facultad del hombre para manipular al hombre o la propiedad moral por la cual alguien hace que otro le obedezca tras haber distorsionado, amañado, tergiversado o trucado la realidad con objeto de que le sea favorable. No hay guerra que no tenga su discurso manipulador. Ni siquiera ahora podemos considerar que la ciudadanía (los cerdos, los patos, las ovejas) posea instrumentos para reconocer cuándo se la está mangoneando (ese verbo me encanta) y con qué artero fin. La sociedad actual está resultando muy orwelliana en todo, pero ese es otro asunto. Lo que tiene de fábula la narración decae cuando la verdad se expone con su crudeza habitual. Es cuando vence el capitalismo y los rebeldes juran que no era su intención o que no creían que la cosa iba a llegar tan lejos. Leer es la vía por la cual se hace más cuesta arriba que nos sancionen con el engaño. El analfabeto (los cerdos no lo eran, de ahí su liderazgo y su revolución) es el que no sabe por dónde le vienen los palos. Porque no siempre son físicos, mensurables y razonablemente inductores de heridas, unas más terribles que otras, sino que suelen también presentarse bajo el formato de las palabras. Es la policía del pensamiento: se te amonesta por exhibir indicios o incluso por prever que pudieras contener alguna brizna de disidencia. A Winston, en 1984, le piden que acepte que dos y dos son cinco, a lo que replica que siempre serán cuatro. "A veces, Winston, son cinco; a veces son tres. A veces son todo eso a la vez. Debes esforzarte más. No es fácil alcanzar la cordura", le contestan. Es el totalitarismo, idiota, podríamos haber leído, más cínicamente. Orwell luchó denodadamente contra él. Sus lectores siguen haciendo que lo haga. Escandalizados, indignados, huimos de la vigilancia a la que se nos pueda someter, pero pagamos esa cuota de intimidad al movernos por la red de internet, que sería una extremidad visible (tosca, en el fondo, pero voraz) de ese Estado Totalitario que hace sospechoso a todo el mundo y programa sus herramientas para que nada que un ciudadano pueda hacer escape de su control. Orwell nos contó que la vigilancia es el primer indicio de que la máquina del Estado se ha desentendido de los individuos a los que sirve. De Orwell asombra, como de Verne en otros ámbitos más lúdicos, esa proverbial anticipación, esa iluminación que los hace profetas involuntarios. El ojo que todo lo ve hace su trabajo sin disimulo: todo está a la vista, cualquier cosa es relevante, nada es inocente. 


Toda la obra de Orwell, no solo Rebelión en la granja, es una defensa de la validez de la palabra como trinchera y como baluarte y como bandera. Una de las cosas que el autor inglés hace con más ahínco es esa: idear una demolición del lenguaje, de su condición de patrón. De ahí que las palabras (libertad, justicia, dignidad, verdad) se emborronen, adquieran la cualidad de lo fantasmal, se erijan como un vestigio de un pasado que ha sido reprobado y enterrado. Me pregunto ahora cuántos libros que uno habrá leído no han sido entendidos, si no le hemos concedido una segunda oportunidad o si no hubiese sido mejor llegar a ellos con otra edad o con otra idea de la realidad, no la insuficiente con la que se abordó la lectura primeriza. Hay libros que deberían recetarse, no obstante. Da igual que no se extraiga su mensaje de un modo nítido. Siempre queda algo. El anhelo más loable es el de no ser conducido a donde no se desea ir o, expresado de otra manera, saber siempre a dónde va uno. Orwell es una buen guía. Ojalá no precisemos de sus soflamas ni tengamos que recitar sus eslóganes. Él mismo fue una de sus creaciones literarias: alistado contra el franquismo en la guerra civil española, estimulado por una férrea militancia en la salvaguarda de la dignidad del hombre, convertido (supongo que a pesar suyo, si pudiera observarlo) en un símbolo muy extendido, en un hombre que proclamó una denuncia, en materia de mercadotecnia, en una cara en una camiseta, en una frase colocada a su vera. 

Un cuento antiguo

 L as máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosi...