24.12.21

Dos cuentos y una canción de Navidad

Dos cuentos y una canción de Navidad

Cada año que pasa, al menos desde que hace casi ocho años mi vida cambió, me hago el firme propósito de resucitar este lugar que tanto significa para mí. Y un año tras otro, fracaso. Por eso necesito que el posteo navideño siga vertebrando lo que queda de este lugar con objeto de insuflarle nueva vida algún día. Cuando ese día llegue será otro es que escriba. Aquel Álex Herrera primigenio se marchó a las islas evanescentes. Pero los cuentos navideños siguen ahí y ahí seguirán mientras pueda teclear y no olvide la contraseña de este blog, como acaba de ocurrir hace unos minutos.

En esta ocasión seremos Emilio y yo los que contemos cuentos al calor de la hoguera mientras apuramos nuestras tazas horteras de reno rellenas de café, cacao o aguardiente. Virtualmente nos miraremos y comenzaremos a leer nuestras historias que darán paso a otras que espero retomar con él en unos días vía telefónica.

Hay dos obras fundacionales que dan sentido a este posteo anual: «Canción de Navidad» de Dickens y «Qué bello es vivir»de Capra. Alrededor de ellas han crecido los casi cincuenta cuentos que hemos contado Mycroft, Emilio, Angèline y yo durante trece años. Para acompañarlos, en esta ocasión, he elegido la canción «Frosty the snowman» en la fabulosa voz de Ella Fitzgerald. 

Disfruten de nuestros cuentos y olviden sus problemas durante la noche mágica.

3 VODKAS

UN CUENTO NAVIDEÑO

Por Emilio Calvo de Mora

A Miguel Monteaguado de la Dehesa se le apareció el diablo una noche de farra y le comunicó que le quedaban tres vodkas bien servidos con un par de aceitunas. Se lo tomó a broma, no hizo caso al augur maléfico y cayó de bruces en la barra del bar con un rictus de perplejidad y de arrobo en el rostro. Los amigos a los que les confió la revelación diabólica no daban crédito o lo daban enteramente. Te la estabas buscando, dijo uno. No escarmientas, se veía venir, mira que te cuesta dejarte ayudar, terció otro. Siempre hay dos bandos, uno que acepta y otro que deniega, uno que asiente y otro que rechaza, el mismo viejo juego de siempre, el de acatar o el de desobedecer. A Dios, que bosquejó el bien y vio al mal salir de su costado, le agradó la llegada de Miguel Monteagudo de la Dehesa. Aparte de la afición a cerrar los bares, no tenía nada que recriminársele. Fue un hombre bueno, fue un amigo leal y fue un hijo cariñoso y atento. A falta de encontrar mujer con la que fundar un hogar y una familia, se esmeró en hacer el bien, y en no incurrir en malandanzas, aunque alguna le agradó. Cumplió, a decir de quienes le conocieron, los mandamientos de la iglesia lo más atinadamente que pudo y tenía ganados el afecto y la amistad de sus convecinos, a los que sólo les importunaba que empinara el codo, no porque les molestara o hiciese algo inconveniente, sino por el temor a que una de esas borracheras lo retirara de este perro mundo y Dios, en su infinita paciencia, en su clarividencia cósmica, no le invitase a sentarse junto a Él y lo arrumbase al infierno. Como nadie que haya subido ahí arriba ha bajado después para confiarnos lo que ha visto, no sabemos si el buen hombre vio a Dios o al Diablo, si alguno de ellos lo abrazó con entusiasmo o fue expulsado y vaga en infinita errancia por el arcano éter. Su sacerdote de guardia, al que le abría el corazón en el confesionario y en las últimas horas de la noche, antes de cerrar la barra, en un descuido etílico, refirió que en el fondo Miguel Monteagudo de la Dehesa no era el creyente que todos imaginaban. Tampoco un incrédulo. Nunca en sus muchos años de amistad le escuchó nada que tuviera que ver con santos y con pecadores, con dioses o con demonios. Tuvo, más por la costumbre que otra cosa, la ilusión de que por Navidad su modesta casa de soltero humildísimo se engalanara con los festejos de las fiestas y gastaba con alegría sus buenos cuartos en adornos, en luces, en un árbol que rivalizaba con él en altura y en el que amorosamente arrimaba campanitas, estrellas, lazos, esferas, muérdago y, arriba, como una epifanía gloriosa, la estrella rutilante, a la que miraba con la fruición del incrédulo cuando consiente que la fe lo invada y perturbe. Se esmeraba en el portal de Belén. Compraba la mula más hermosa, el buey más robusto. Le traía al fresco que una tertulia de la radio le envenenara con la noticia de que hasta el Papa Benedicto XVI hubiese afirmado que durante el nacimiento del Niño Jesús no había animales. Ni bueyes, ni mulas. Lo que más le emocionaba era elegir los ángeles. Con qué extasiamiento los alojaba en el tejado, con qué ternura los sacaba de su caja y emplazaba en sus vivíficas alturas, qué blanca la aureola, qué rumor de belleza. Decenas de pastorcillos ocupaban el camino que moría en el pesebre. Cabras, ovejas, patos y hasta algún desgarbado cerdo alegremente arremolinados alrededor de un pozo pequeñito en cuyo brocal se enseñoreaban un par de lustrosas gallinas. Palmeras, mujeres con la cabeza cubierta por un pañuelo blanco, piedras que parecían de verdad. Un papel de aluminio con su puente de madera arrugada y un papel satinado hacía de río y hasta parecía que fluyera agua. A la Virgen y a San José los miraba con distraído escepticismo y el Niño en el pesebre, la figura más tierna y también la más sencilla, semejaba sonreír, aunque no hubiera manera de que creyese que un pedazo de plástico (quién diría que fuese otra cosa) contuviese el milagro de la risa. De los Tres Reyes Magos en sus sacrificados camellos tenía la vaga sensación de que habían hecho eso antes, muchas veces, pero que aquella era la visita definitiva, la última. Esa idea lo dejaba fascinado. ¿Podría ser verdad? Hubiese jurado que las figuritas le hablaban. Le contaban la historia como de verdad pasó. Quizá no fuese el Diablo quien le visitó, al fin y al cabo.

Puede decirse, dijo Julio Bocanegra, el párroco que lo invitaba sin éxito a que visitara la casa de Dios y se dejara ir, sin prisa que lo urgiera, sin compromiso que lo atara, que no le hizo falta esa debilidad o esa fortaleza humana, la de la fe, ya me entienden. Hasta que acabó con el vodka del pueblo, fue ejemplar su vida, sin que intermediara la voz de Cristo, ni escuchase su llamada. Así que no tengo ni idea de lo que sucede con esas almas sin preocupaciones espirituales que de vez en cuando uno encuentra en el camino. Pensad la cantidad de veces en que tuve ocasión de sonsacarle o la de ocasiones en que una conversación suya o una en la que entrase resuelta y abiertamente incluyera algún detalle religioso o, en muchos casos, muchos juntamente. Sólo ando dándole vueltas estos días a lo último que dijo. No entra en cabeza que de verdad pronunciase esas dos palabras, las últimas, con las que se despedía de su existencia terrena. «Perro mundo. Mira que si la palmo en Navidad». Yo creo que, en boca ajena, no escandaliza, pero el bueno de Miguel no terciaba por ahí, créanme. A ver si, en el fondo, expresó una queja, una debilísima queja. Igual, a su secreta manera, le estaba hablando a Dios, a quién si no, requiriéndole explicaciones, pidiéndole cuentas, qué sé yo. Como si su desafecto a las cosas del espíritu no fuese cosa sola suya, sino que hubiera un defecto afuera. Una especie de indolencia de orden divino. Como si en el momento último de su vida, en ese instante de absoluta sinceridad con uno mismo, quisiera intimar con Él, hacer que le confesara qué habría más adelante, si su apatía religiosa (dejadme que lo exprese así) fuese un obstáculo y no sólo tuviese cerradas las puertas de la vida en la tierra sino que también estuviesen cerradas las del cielo. A lo que yo, en una de esas pruebas de fe que hasta los pastores del Señor tenemos de cuando en cuando, me pregunté si no llevaría razón y todo lo que he ido predicando no será poesía para iniciados, y no Palabra del Señor. Si llevaría Miguel su razón y le bastara vestir su pisito con la providencia de ese fasto estético. Dios, en su infinita dulzura, en su Gracia dulcísima, podría haber preservado a los buenos de corazón, no dejarles que los humanos defectos de la carne los lacerasen con la misma saña que a otros. Cuando pensó Dios cómo sería el mundo y tuvo esos seis días para montarlo todo, debió crear una especie a salvo de las enfermedades, que muriera de pura vejez, pero no forzados por las calamidades, no por tres vodkas que sienten mal, coño, que ya no se frena uno y dice lo que nunca ha dicho, joder. Y prometedme que estas palabras mías no saldrán de aquí. No sé qué pensarían de mí todos esos feligreses que me aprecian y escuchan con atención mis homilías cuando vienen trajeados y bonitos al oficio si supieran que blasfemo en privado, sin orden ni mesura. En fin, dejadme solo, no me encuentro bien. Me voy a meter otro de esos vodkas, a ver si hablo con Miguel en sueños. Mañana tendré que ir a su casa otra vez. No tenía a nadie. La parroquia se hará cargo de todo. Lo dejó escrito, señor comisario. Tengo el papel. Su puño y su letra, se dice así. Perro mundo que le dejó morirse anoche. Tan solo. Tan perdido. ¿Sabe una cosa? Había montones de cajas de Amazon tiradas por el suelo. Un árbol, el pesebre, San José, el Niño… Se hace usted cuenta. Lo curioso es que no había ningún portal de Belén. Le doy vueltas y no me aclaro. Será el vodka. Llevo tres. Es buena esta marca. Tenía varias botellas. Creo que las vaciaré por el desagüe.

EBENEZER

Por Álex Herrera

Necesitaba hablar con alguien, y todavía me parece increíble que durante una semana no pronunciara una palabra, ni siquiera cantada, ni siquiera a mí mismo”

W. J. Lewis

PRÓLOGO

Hubo un momento en el que sentí la necesidad de ser cruel con ella. Ni siquiera recuerdo qué lo motivó. Tal vez fuera una palabra, quizás un gesto. La cuestión es que comencé a verla como un ser vulgar, inane, prescindible. Mi desdén crecía cada vez que la humillaba en público y ella respondía aferrándose a mí, como un mastín apaleado por su dueño que busca cobijo en quien le ha desposeído de su dignidad. La situación se alargó durante tanto tiempo que tuve que ser yo quien pusiera fin a la relación ante su pasividad. Atrás dejé a una mujer que tal vez algún día amé y a nuestra hija de seis años. No los eché de menos. No sentía afinidad alguna por aquella fábrica de gritos y llantos descontrolados. Por entonces comenzó la época más feliz de mi vida. Felicidad efímera de la que apenas recuerdo nada.

Durante los siete años que siguieron a mi día de la liberación, me guié por instinto. Creé un pequeño negocio junto a un amigo publicista. Aunque no sabía nada sobre publicidad, aprendí deprisa. Poco a poco el negocio fue creciendo. Amparados en mi capacidad organizativa y en el encanto de mi socio, conseguimos atraer clientes que siempre se marchaban satisfechos aunque el servicio recibido fuese a menudo deficiente. De hecho, de todas aquellas campañas, de tantos artículos publicitarios escritos con desgana e insertados en diarios de considerable tirada, de aquellos redundantes anuncios televisivos que grabamos ninguno, absolutamente ninguno, valía el dinero que recibimos por ellos.

Con aquellos ingresos pagaba la manutención de una hija a la que nunca veía. Y no fue porque no intentase entablar relaciones con ella, pero fue imposible. La mirada inquisitiva de mi hija cada vez que nos veíamos amenazaba con desvelar quién era yo realmente. No lo podía permitir, por eso las visitas se fueron espaciando hasta desaparecer. El tiempo extra que aquella decisión me proporcionó lo empleé en disfrutar aún más de mis posibilidades recién adquiridas. Conocí a algunas mujeres. No tantas en realidad. Solo con una llegué a convivir durante dos años. En cuanto sentí que el aire me faltaba, repetí la operación que puse en marcha con mi ex mujer. Para mi sorpresa, esta vez sí recibí insultos e incluso algún bofetón. Lo consideré un error de cálculo y seguí adelante, aunque no sabía hacia dónde ir.

Pasados tres años más vendí mi parte de la empresa. Había conseguido reunir dinero suficiente para tomarme varios años sabáticos. Ya enfrentaría lo que viniese después. Mi socio quedó desolado cuando le comuniqué mi decisión. Esperaba recibir una batería de reproches por mi inmadurez que nunca llegaron. Primero, me aseguró que la empresa se iría a pique sin mí. Después, una vez asimilado que mi decisión era irreversible, tan solo se limitó a desearme suerte con un tono de voz lastimero. Eso fue todo. En cierto modo me sentí decepcionado.

Tres años más tarde volví a ver a mi ex socio y, supongo, ya ex amigo. Recibí su llamada a las cuatro de la madrugada de un miércoles. En un tono sosegado me citó para tomar un café a las diez de la mañana en el bar situado frente a nuestra antigua oficina. Acepté, claro. Ni siquiera me molestó la intempestiva llamada. Tampoco me intrigó. Hacía tiempo que mi ánimo caminaba parejo a mi ahora exhausta cuenta bancaria. Había cometido demasiados excesos no calculados desde que abandoné la empresa. Demasiados viajes, demasiados artilugios electrónicos que amontonaba en una habitación vacía. El dinero comenzó a menguar con tal rapidez que decidí no hacer nada por no agobiarme. Ya me ocuparía de ello más tarde.

Cuando le vi fue como ser testigo del paso de la santa compaña. Caminaba lentamente, como si flotase en el aire. Su pelo estaba descuidado, como lo estaban sus ropas. Su gesto, tan cansado como los días de invierno. Se sentó frente a mí tras mostrarme su mano derecha sin llegar a estrechar la mía.

“Cómo te va”, le pregunté. Esta vez sí me guiaba la curiosidad.

“¿Cómo crees que me va?”

“Supongo que no muy bien”

“Supones bien”

La llegada del camarero disolvió la escarcha que su llegada había disuelto en el ambiente. Pidió un café solo. Secundé su petición.

“¿Ahora te gusta el café”, pregunté.

“Sigue sin gustarme. Solo quiero ponerme a prueba”

No entendí sus palabras, pero no insistí. Hay ocasiones en las que es mejor dejar pasar las cosas. Le contemplé durante unos segundos mientras él trataba de sonreírme sin llegar a conseguirlo.

“¿Y bien, qué querías de mí?”

Tomó un sorbo de su café. Al hacerlo reparé en que de su taza no manaba humo.

“Solo quería verte”, contestó sin levantar la mirada de su café.

“Ya me has visto. Ojalá yo no te hubiese visto en este estado. ¿Qué te ha ocurrido?”

Al decirle esto último me miró fijamente como clavándome en el aire. Una mirada entre la furia y la lástima.

“Tú ex mujer quiere verte, pero no tenía tu nuevo número. Llámala, ella conserva el suyo”

“¿Ya está? ¿Eso es todo? Eres su mensajero”

Al escuchar ésto, se levantó con una velocidad felina que no le suponía en su estado. Volvió a intentar sonreírme, sin conseguirlo nuevamente, y finalizó con una frase hermética: “Ya se verá”.

Enfilo el camino a la salida con un su paso agónico. Al tomar el pomo de la puerta se giró hacia mí y pronunció en un tono patético: “Feliz Navidad”. No contesté.

Decidí quedarme en la mesa un rato más. Mi café también estaba frío. Estuve tentado de llamar al camarero para advertírselo, pero ni siquiera alcé la mano cuando le tuve a dos palmos. En su lugar saqué el teléfono de mi bolsillo y pulsé sobre su nombre.

EL PASADO

Como hago siempre, llegué demasiado pronto a la cita con mi ex mujer. Quedamos en el bar en el que hacíamos planes antes de cometer el error de casarnos. El bar había cambiado de propietario y de decoración. La antigua barra de acero inoxidable, tan incómoda, había sido intercambiada por una elegante barra de madera con las medidas tan proporcionadas que fuese cual fuese la estatura del cliente, siempre resultaba confortable. Las viejas mesas, siempre renqueantes de alguna de sus patas, eran ahora estilosas mesas color caoba con embellecedores de plata mate en sus bordes. Las paredes, antes desnudas, estaban ahora recubiertas de tablones de madera que a su vez mostraban mapas de islas evanescentes. Me sentía tan bien que, pese a lo temprano de la hora, pedí una ginebra con ralladura de limón y un golpe de angostura.

Ella tardó casi media hora en llegar, y cuando lo hizo el local se marchitó a su paso. Esperaba encontrarme con un enigma por descifrar; orgulloso de su misterio, esplendoroso en su complejidad. A cambio, compareció ante mí una mujer amortizada por la vida. Al contrario que mi ex socio, vestía bien. Era su rostro, cansado, las grandes bolsas bajo sus ojos, las arrugas que serpenteaban su frente, la atmósfera de derrota que acompañaba a sus pasos. Al verla me sentí bien. No era la mujer que buscara resarcirse de una humillación mostrando su triunfo ante el tiempo y los obstáculos que aparecieron en su camino. Más bien era la consecuencia del sufrimiento que le infringieron una vez. Me apunté el tanto como una pequeña victoria.

“Hola”, le dije con frialdad calculada.

No respondió.

Ni siquiera me levanté cuando ella llegó. Pensé que el espectáculo que se me ofrecía no merecía el gesto.

“Siento no haberte esperado. Ya he pedido”.

Hice un gesto al camarero que rápidamente se presentó en la mesa. Ella lo alejó con un gesto de sus manos antes de darle tiempo a abrir la boca.

“¿Qué quieres de mí?”, me preguntó.

Ya no recordaba su voz. La misma que una vez me hizo sentir algo que ya había olvidado.

“Me dijeron que me estabas buscando”

“¿Quién?”

“Mi ex socio”

“Tu sentido del humor sigue siendo tan negro como tu alma”

Me sentí confundido ante su respuesta. Víctima de alguna broma absurda.

“¿Eso es todo?”, repliqué. “¿Para eso querías verme?”

“¿Quién quería verte, cabrón? Yo, no”

Me levanté. No tenia porqué aguantar los reproches de una amargada.

“¿No preguntas por nuestra hija?”, me dijo casi con ira.

“Quedamos en que yo te enviaba dinero y tú te encargabas de ese tema”.

“¿Tu hija es un tema? ¡Qué hijo de puta!”

“¿Quieres que me la lleve unos días por Navidad?”, contesté en tono entre ofendido y resignado.

Encaró la puerta del local al escucharme.

“No quiero que te acerques a nosotras, no quiero que me llames y no quiero tu dinero, que por cierto, hace meses que no llega. ¿Sabes cuál sería el regalo perfecto de Navidad para mí? No volver a saber de ti. Te regalaría un billete para Australia si pudiera permitírmelo. Siempre quisiste vivir allí, ¿lo recuerdas?”

Después se marchó. Pagué una ginebra que no llegué a beber y salí afuera para respirar cristales de hielo. Aquella mañana, nevaba.

EL PRESENTE

Aquella noche tuve una pesadilla. Me desperté entre alterado y sorprendido. Hacía años que no tenía ninguna. En realidad, hacia años que no soñaba. Hice un esfuerzo por reunir mentalmente cada fragmento de la pesadilla que pude recordar. Fue un esfuerzo vano. Mi único recuerdo nítido era la imagen fantasmagórica de mi ex socio mirándome a través de una ventana. Su mirada cansada era como la de un padre superado por las travesuras de su hijo.

El ritual de mi desayuno era simple e inalterable. Preparaba una taza de café soluble, me sentaba junto a la ventana y observaba el devenir de la gente circulando por las aceras. No imaginaba sus probables historias ni suponía los motivos por los que caminaban despacio o aprisa. Simplemente los observaba. Solo he convivido con tres mujeres en mi vida, y a las tres les pareció irritante mi costumbre de desayunar solo, mirando a través de una ventana. Tampoco yo sé los motivos que me impulsan a hacerlo. Necesito hacerlo para vertebrar mis días, nada más. Aquella mañana el ritual se rompió. Unos nudillos golpearon la puerta de mi casa. Pensé que se trataría de un error. Al fin y al cabo nadie llama a tu puerta con los nudillos. Al menos nadie lo hace desde que existen los timbres. Los nudillos se estrellaron contra mi puerta una vez más.

Sin abrir, pregunté: ¿Quién es? ¿Qué desea?

Silencio.

Volví a preguntar de modo imperativo: ¿Quién es? ¿Por qué golpea mi puerta?

Una voz tenue, como una trémula flor que abandona la tierra antes de la primavera, contestó:

Debe abrir la puerta”

¿Por qué debo hacerlo?”

No tiene por qué abrirme a mí, pero sí a mi identificación”.

Abrí la puerta con la cadena puesta. Al verme, un tipo alto y grueso, vestido con un abrigo marrón que parecía gris, se encogió de hombros mientras me sonreía mostrándome un carnet blanco en el que destacaba la palabra: Hacienda.

Qué es lo que quiere”, fue mi pregunta.

¿Es usted el propietario de este local?”

Me mostró un documento en cuyo encabezado aparecía el nombre de mi antigua agencia.

Lo fui. ¿Hay algún problema?”

Ya lo creo que lo hay. ¿Me permite pasar?”

Le franqueé el paso con desgana. Una vez en el salón le contemplé en todo su esplendor. Alto, más gordo que grueso, mal vestido. A pesar de ello transmitía una cierta gracia innata al caminar. Era grácil a pesar de su tamaño. No esperó a que le invitarse a tomar asiento. Lo hizo sin quitarse siquiera el abrigo. Al instante, comenzó a desplegar una batería de papeles sobre la mesa. Después, me hizo un gesto con la cabeza para que me sentase frente a él, como si la casa fuese una de sus posesiones. Obedecí.

Empecemos”, me sonrió de modo burlón.

¿Quiere un café?”, le pregunté impelido por las normas básicas de la cortesía.

Por favor, no perdamos tiempo. Tengo una mañana muy atareada. Su empresa lleva sin declarar ningún tipo de impuesto desde hace once años”.

Escenificó un enfado propio del director de un colegio privado.

Mal. Muy mal”

Creo que se trata de un error. Debe hacer once años que abandoné la empresa. Busque a mi ex socio. Él sabrá contestarle”.

¿Cree que no lo estamos buscando? Lo crea o no somos muy eficientes, pero, de momento, se esconde bien.”

Hizo un chasquido con la lengua y me guiñó un ojo.

No se preocupe, lo cogeremos. Con un poco de suerte serán compañeros en el mismo penal. Puede que en la misma celda”. Soltó una carcajada idiota.

No entendía nada. Cinco minutos antes tomaba mi café mientras miraba por la ventana a una madre arrastrando de la mano a dos niños.

No lo entiende, yo no soy el propietario de la agencia. Renuncié a ella hace años.”

¿Se dio de baja? ¿Cumplimentó el modelo 036?

Hice un gesto de negación con la cabeza.

No sé qué es eso”

Soltó una breve carcajada forzada.

Entonces ni hablemos del TA 0521. ¿No es cierto? Su empresa sigue en activo, señor, y usted es responsable del pago de los impuestos que genera.”

No sé de qué me habla”.

Sacó un papel más de su ajada cartera, escribió algo en un borde y me lo extendió.

Hablo de que debe pagar una cifra aproximada a la que está leyendo en un plazo inferior o igual a treinta días desde hoy. De lo contrario, tendremos que ser malos”. Volvió a sonreír. Odié esa sonrisa.

Al ver la cifra garabateada en el papel sentí un pequeño mareo. Todo se tambaleaba a mi alrededor a excepción del tipo grande y gordo que me miraba como un cazador satisfecho tras cobrar una pieza.

No puedo reunir este dinero en treinta días. Necesitaría veinte años”.

Guardo con asombrosa rapidez la batería de papeles que había desplegado sobre la mesa y echó un vistazo a su alrededor.

Viendo cómo vive necesitaría mucho más que eso”.

Me encontraba aturdido. Busqué una réplica adecuada para aliviar mi situación antes de que aquel tipo se marchara.

¿Por qué no se pusieron en contacto conmigo antes?”

Hasta ayer, su delito era fiscal. Le enviamos docenas de cartas que probablemente nunca abrió. Desde hace unas semanas, su delito es penal. Le hubiésemos visitado antes, pero se hubiese perdido el efecto dramático, ¿no cree?” . Hizo una serie de gestos mientras hablaba que a mi ojos le hicieron parecer aún más estúpido.

No, bromeo. Había otros muchos que visitar antes. Esta ciudad está llena de morosos irresponsables… como usted”. Volvió a guiñarme un ojo.

Al marcharse, cerró la puerta con tal delicadeza que pareció haberla dejado abierta. Me asomé a la ventana para ver cómo se marchaba acera arriba. A su paso los árboles se volvían del mismo color que su traje. Cogí mi taza y continué bebiendo mi café que ahora estaba frío.

EL FUTURO

Si hay algo peor que el que te traten como una mierda es que, el que lo hace, sienta que es justo tratarte así”.

Escuché esa frase en boca de mi ex socio durante un sueño. Nunca echo siestas, y hubiese sido mejor que no rompiera mi costumbre aquella tarde. Pensándolo bien, ni siquiera tenía sueño. Lo hice porque algo había que hacer.

Era el segundo sueño consecutivo en el que aparecía mi ex socio. No recuerdo el sueño con nitidez. Solo que me decía esa frase sin venir a cuento.

Tenía otras cosas en las que pensar. Por ejemplo, cómo reunir tan fabulosa cantidad de dinero en treinta días. No me llevó más que unos minutos resolver que era imposible hacerlo. Y si existía el modo, ya lo pensaría mañana. Aún tenía treinta días a mi disposición.

Al salir de casa, un tipo vestido de Santa Claus agitaba una campana con poco poder de convocatoria. Los niños lo miraban mientras los padres apretaban el paso arrastrando a sus hijos como fardos. Me situé frente a él y deposité en su plato de metal dorado los primeros cincuenta céntimos que recibía aquel día.

No es mucho lo que me das”, me dijo.

Aquello me confundió. No solo no era agradecido, además, para cualquier otra persona, hubiese resultado insolente.

Estoy arruinado. Con esa moneda pierdo una quinta parte de mi presupuesto para hoy. Deberías estar agradecido”.

Se carcajeó sonoramente.

Gracias, gracias, gracias por esta miserable moneda, señor.”

Su ironía no me hirió. Miré con lástima a alguien que seguramente se encontraba peor que yo, con el agravante de tener que vestir de mamarracho para salvar un día más.

Y feliz Navidad… señor”

¿Ya es Navidad?”, le pregunté.

Esta noche celebraremos el advenimiento de nuestro señor. Un día importante para muchos. Pero intuyo que no para usted”, contestó con solemnidad.

Después se carcajeó de nuevo. Y esta vez, no sé por qué, sí que fue hiriente.

Anocheció con tanta rapidez que algunas luces no tuvieron tiempo de encenderse. Antes de volver a casa decidí pasar por el local donde se situó mi agencia. Sentía curiosidad por saber qué sería ahora. ¿Un MacDonalds? ¿Una cafetería con ínfulas? ¿Una tienda de disfraces? Resultó que seguía siendo mi agencia, ahora adornada con grandes carteles que proclamaban su alquiler o venta disponible. Un local de grandes ventanales de alma gris. Uno de esos lugares que no invitan a franquear su puerta. Miraba mi imagen reflejada en sus cristales de modo autista cuando sonó mi teléfono.

Era mi ex socio.

Solo te queda una estación”, me dijo sombríamente.

Como no le entendí decidí guardar silencio.

De veras que lo siento por ti”, finalizó.

Me senté en un banco helado para devolver la llamada. Fue inútil. El teléfono estaba fuera de servicio. No tenía a quién llamar ni nada que hacer. Salvo mi hija, tal vez. Llamé a mi ex mujer con el mismo resultado: fuera de servicio. Comencé a caminar por las calles de modo cada vez más apresurado en dirección a la casa de mi ex mujer. Calles extrañamente vacías. El ambiente navideño, tan bullicioso, se había amortiguado hasta ser devorado por una neblina que se había levantado súbitamente. Tardé cuarenta minutos en llegar a su casa. El portal del edificio resaltaba como si hubiese sido cincelado en la niebla. Pulsé el timbre de portero automático sin obtener respuesta. Retrocedí para observar si su ventana estaba iluminada. Lo estaba, de modo que volví a llamar. Media docena de timbrazos después, me rendí.

Emprendí el retorno a casa por las calles de niebla como un explorador polar se enfrentaría al infinito de nieve. Apenas había comenzado a caminar cuando un taxi, que transitaba cansinamente, paso a mi lado. Alcé la mano. Un minuto más tarde estaba sentado frente a una mampara de plástico endurecido cubierta de pegatinas. Se puso en marcha sin preguntarme dónde quería ir.

¿Una mala noche?”, me preguntó el taxista.

No contesté.

Estos días deben vivirse en familia. Y si es con niños, mucho mejor. ¿No cree?”

Mantuve mi silencio.

¿Tiene hijos?”

Tengo una hija”, al fin decidí hablar. Aún no sé por qué lo hice.

¿Es un buen padre?”

No muy bueno”

Eso no está bien”, aseveró el taxista mientras gesticulaba ostentosamente con la cabeza.

¿Sabe que una vez tuve un millón de euros en el banco?”

No sé por qué dije eso. Posiblemente buscaba eludir el tema de mi funesta paternidad. El taxista, sin embargo, lo retomó.

El dinero no es lo que su hija quiere. Ella necesita su tiempo. Olvídese de juguetes caros. Usted es el mejor regalo de Navidad para ella”.

Mi ex mujer no piensa igual. Ya es demasiado tarde”, repliqué.

No lo creo. También tengo hijos a los que no veo todo lo que yo quisiera. Mi ex mujer es dominicana, ¿sabe? Nos separamos hace dos años. Cuando lo hicimos se llevó a mis tres hijos a su país. No fue algo ilegal. Yo lo permití. A cambio, los niños pasan el verano conmigo. Cuando llegan, durante tres meses, aparco el taxi y les dedico cada minuto de mi tiempo. Estoy presente. Entiende, ¿verdad?”

Supongo que su parrafada buscaba conmoverme, pero no lo consiguió. Incluso bostecé con cierto desprecio. Aquel gesto pareció molestarle. Tal vez pensó que había desnudado su alma para un público que prefería mirar a través de la ventanilla cómo la niebla devoraba el mobiliario urbano. El auto se detuvo.

Aún no le he dicho dónde voy”, dije.

¡No me importa dónde vaya. Bájese!”, contestó de modo vehemente.

Siento si le he molestado de algún modo”

¡Bájese!”, insistió.

Con un gesto de su cabeza señaló hacia su guantera insinuando que extraer su contenido no me convendría. No me resistí y bajé. De nada servía negarse a hacerlo. Cuando el taxi se marchó a toda prisa me detuve a observar dónde estaba, pero no pude localizarme. De modo que comencé a caminar en busca de un punto de referencia que me devolviese a un camino conocido. Caminé durante horas en medio de una noche que parecía no tener fin. Cerca de mi casa, en un contenedor de basura, un desvencijado abeto de plástico compartía espacio con cáscaras de plátano y latas de atún vaciadas. Me detuve para contemplarlo mejor. Le faltaban varias ramas. Las que aún conservaba parecían haber sido limadas para eliminar de ellas cualquier rastro navideño. De las cuatro patas de plástico que le servían como sujeción al desgraciado abeto faltaban dos, con la mala suerte añadida de que eran contiguas de modo que el abeto caía irremediablemente hacia un lado si se erguía y se le negaba un apoyo. Para completar el crimen, su asesino había arrancado el cable de alimentación eléctrica que podría haberle insuflado un hálito de vida. Lo cargué al hombro y le llevé a casa, no sé por qué. Cuando llegué, aún no había amanecido.

Sentado en el sofá, embadurnado aun por el frío de niebla, me negué a pensar en mi situación. No había solución, de modo que no servía de nada preocuparse por lo que ocurriría mañana. Agarré con fuerza la lata de cerveza que acababa de abrir con la intención de que me proporcionase la somnolencia que necesitaba para dormir. Pasaron las horas mientras se amontaban las latas de cerveza frente a mí. A la luz del día, el abeto parecía aún más desposeído de dignidad. Tras un nuevo sorbo me giré para ver cómo la luz trataba de penetrar los cristales de mi ventana. Al fondo, en la calle, los primeros murmullos de niños jugando con sus juguetes nuevos disiparon los últimos restos de niebla.


 Me fugué con mi corrector de estilo. Duramos tres textos. 

***

La verdad, al adornarse, torna ficción. 

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Balzac se resistía a escribir aforismos. Uno que le agradó lo guardó para titular una novela. 

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Hay una elocuencia en el silencio a la que no alcanza el esplendor de la semántica. 

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Vivir a veces es no ir ni a ciegas siquiera. 

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El canto del pájaro en su limpia fronda elogia la bondad del paisaje. 

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El croar de las ranas en la charca tiene insistencia de salmo. 

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Precaverse contra uno mismo es la única manera de no contrariarse en demasía. 

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Vivir es un juego de azar al que el Estado aún no ha legislado tributos. 

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Al fuego se le da a veces la consideración más resolutiva, pero luego hacemos religión de la ceniza. 

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También el amor es una debilidad. 

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La buena literatura causa un tumulto interior. La mala, una incontinencia aerofágica. 

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Llegar a la edad en que las novedades son recuerdos. 

***

Hacerse viejo y no haber roto un plato. 

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Todo el arte es un plagio. Todo la vida, un bucle.

22.12.21

Elogio de la perseverancia


                                                              Fotografía: Fernando Oliva


Hay palabras que deberían tener más relevancia de la que tienen, ocuparse en asuntos de los que de verdad importan. Una es perseverancia. Ya no quedan perseverantes, no se les prestigia, no se le da a la perseverancia el bombo de antes, ni siquiera en las escuelas se escucha a los maestros recomendarla, depositar en ella la semilla misma del éxito, esa palabra confusa con la que trasegamos con más o menos fortuna. Siendo constancia palabra canjeable, no me parece del mismo rango, no posee la firmeza fonética necesaria. Yo creo que el mundo es de los perseverantes. Es de ellos la extensión entera del futuro. Ellos hicieron que avanzáramos y llegáramos al lugar en donde estamos, sea cual sea, que tampoco sabemos si habría otro mejor o el que tenemos basta y conforma. Hubo algún perseverante que no cejó en el empeño hasta que hizo que la llama prendiera para cobijarse del frío o alejar las bestias de la comarca. No sabemos quién fue, no hay un nombre, no se registran a veces, sino que sólo se constata el hecho prodigioso, no la autoría. Otro se obstinó sin que el cansancio le arredrara. No desfalleció, ni perdió la fe en la consecución de su deseo: fue tenaz, le bastó la confianza en su lento desempeño. Confianza es otra palabra hermosa. Confiar y perseverar en la confianza. Como una especie de fe. El que persevera esgrime esa confianza, la enarbola, cree que no precisa otro instrumento para la prosecución de su fin. A poco que se fija uno, advierte la trampa del lenguaje: hemos dicho fin, es el fin el que está en la cúspide, cuando se ha logrado el ideal. El fin es el cese brusco de la perseverancia, podríamos pensar. El caracol ha llegado a la cima, no importa el tiempo que le ocupó, no es el tiempo nada de lo que haya preocuparse. De hecho el caracol es un enemigo del tiempo. El tesón que exhibe parece decirnos que no hay prisa. Hay que llegar, debe zanjarse la distancia, pero nadie dirá cuándo comenzó la tarea, ni si hubo flaqueza o decaimiento. Contará la presencia del caracol ahí arriba. Suya es la perseverancia, la tenacidad es suya también. Es posible que más que tenaz sea tozudo. Se acepta ese giro semántico. Pediremos que el camino sea largo, como en el viejo poema de Kavafis, ese tan hermoso en el que te enfrentas al colérico Poseidón y a los cíclopes y les muestras tu alma valiente, la que no conoce el miedo y sólo desea avanzar, conocer lo nuevo, consolidar después su peso en la memoria y llegar a Ítaca, a una de ellas, hay muchas, viejo, sabio, rico en historias y en recuerdos, no habiendo apresurado el viaje, dejando que llegara la vida a su aire, libre y dulce y armónica. El viaje es del que persevera, de quien galopa. Somos jinetes también, invisibles y tercos jinetes hacia el desenlace previsto.



21.12.21

el advenimiento

 ahora estoy aquí sentado en la enfermedad de las palabras, me explotan cien alejandrinos en el pecho, el pánico asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana, patrullas de agentes lingüísticos escoltan un desatino de nínfulas sin himen, siempre tuvo éxito el pecado, le pese a quien le pese, uno de esos agentes del orden semántico ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco, temo que la burda canción que entono devenga tragedia y vasallaje, la tarde con su coro arcangélico de pequeñas hostias musicadas duele todavía, siempre tuve éxito siendo clandestino, ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan aceras, cazan algún niño con anginas o alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia, ahora mismo chet baker proclama con sordina la vigencia de las anfetas, a chet baker le partieron la boca en amsterdam , luego recompuso el sex-appeal y el dandy sacó discos con gente amateur de la vieja europa, el dios de la cosecha mordisquea sin estridencias un salmo recatado y puro, vírgenes coreanas encieden incómodos verbos copulativos, mi madre que ha aparecido de improviso viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de mallarmé en vasco, un verso de celaya en turco, un verso de keats en esperanto, los versos de keats bailan sobre el kimono roso de mi madre aparecida de improviso y yo soy el actor perplejo explorando el azar y la causa de las cosas, soy el que se admira de lo prolijo y de lo falso, lo dijo el poeta, yo solo he venido a poner en orden los registros

20.12.21

Kafka de lunes

 


Escribe Kafka en sus diarios que se hizo cortar el pelo o que se pasaba días enteros en la cama o que ocupaba las tardes mirando el campo desde la ventana o que está diez días sin que un pequeño arrimo de inspiración le dicte una página o que paseaba con las manos en los bolsillos y apretaba adentro los puños hasta que le dolía el brazo. De Kafka he tenido siempre una opinión literaria favorable, pero me ha fascinado mucho más la persona, lo que se deja ver si uno escudriña en sus diarios, no en las novelas o en los cuentos, donde todo está muy aliñado de literatura, por decirlo de alguna manera, donde cabe la tragedia como recurso, aunque no venga limpia de biografía, qué voy a decir yo sobre eso. En los diarios se transluce una vida interior que únicamente obedece al instinto primario de escribir. La literatura es una casa ya amueblada, en la que se han colocado con esmero los enseres y se ha cuidado al detalle lo que la visita puede observar sin que parezcan curiosos. Otra cosa, otra bien distinta, quizá de una intimidad más respetable, es el hecho de escribir sin la obediencia de las formas, sin que exista en modo alguna la evaluación de un lector externo, distinto al que se aplica a la escritura misma, a su yo sin escindir todavía. Como si el Kafka lector fuese el único inquilino de la escritura, aparte del Kafka escritor. Todos los escritores debieran escribir en esa privacidad idílica. También he apreciado esa credibilidad absoluta en los diarios de Canetti o de Pessoa. Porque el Libro del desasosiego, enmascarado en las máscaras oportunamente interpuestas, es un diario enorme, uno de los que más pueden afectar al que lee, si bien he tenido mis aplazamientos con él, tal vez por excesivo apego o por dar descanso a la fascinación, que a veces no es conveniente. Digo afectar en su sentido trágico. La literatura, la buena, es siempre trágica. Incluso la feliz, la que irradia armonía, cela fragmentos terribles. Basta hurgar, dar de uno lo que no se suele, ahondar, saber ver, encontrar el sentido, una vez que se han creído encontrar los argumentos. La vida es un poco así. Se matrimonia la risa con el llanto, se ve la coyunda paradójica de la luz y de la sombra. Kafka es el mejor en esa difícil travesía. Nadie como él ha explicado mejor la imposibilidad de salir airoso de este viaje. Me falta leer mil libros más para afirmar eso con más rotundidad. Incluso si los leo, no podré ser tajante de ninguna manera. Hay Kafkas por ahí perdidos, muchos, imagino, pero no han tenido difusión, quedan en literatura doméstica, en escritos que se pasan los amigos, en entradas tristes en un blog al que casi nadie entra. Ahora que acabo los diarios, vueltos a leer tantos años más tarde, me siento más vulnerable que antes, menos firme en muchas cosas que antes creía sólidas. Por otra parte, también me ocupa el pecho una especie de temblor divino: el de la creencia de que todo lo que me ocurre tiene la importancia que yo desee darle. Kafka (incluso el Kafka apático, el triste, el que llevaba a cuestas el sello de la incomprensión, el que se hizo cortar el pelo o echaba días enteros en la cama o apretaba las manos en los bolsillos) era un fantástico observador de la vida. Da gusto leer cómo extrae sustancia de donde no parece haberla. De Kafka (ya acabo, me tengo que vestir, me voy a trabajar) se posee una imagen deteriorada, la que se ha ido construyendo sin pensar mucho, sin leer mucho tampoco.

17.12.21

Dietario 218

 Al autor se le concede en ocasiones la contemplación pausada de su obra. La mira sin reconocerla suya, comprende los rasgos, aprecia ciertos hallazgos, pero no siempre atisba su impronta, la huella perceptible. Entre el creador y lo creado hay páramos no recorridos todavía, una suerte de contradicciones y de paradojas que hacen más fortuito el producto final. No es fácil crear, más aún si lo arrojado a la realidad es un organismo vivo, una criatura hecha a su imagen o a la semejanza, no tengo claro cuál es más influyente o si ninguna se adhiere ni manifiesta. Traer libros al mundo es una bendición pero contrae una responsabilidad enorme, una a la que no se le da la consideración que precisa. Lo hacemos a lo loco, no tenemos conciencia, vamos a ciegas. Escribir es una especie de paternidad procaz y febril. Se impone a la realidad lo que antes no existía. El hijo sobrevenido desobedece luego al creador y se ofrece a quien lo abraza. Escribir es multiplicarse. Dios es un hacedor infinito. Esa es la perspectiva que más me agrada de la falible divinidad. Dios es Darwin en un retrato en un museo y es el mono que lo mira entre la perplejidad y la fascinación. Dios es también el observador que se coloca en una posición favorable desde la que registra el milagro de la escena. Todas son milagrosas. Hay un destello extraordinario en cada detalle de la trama. El sol que ahora ilumina los árboles contiene a Dios en esa rendición prodigiosa de luz. Luego se ofrecerá la oscuridad. En lo oscuro el latido es más reconocible. Cierras los ojos y piensas si estás leyendo o escribiendo y concluyes con la idea de que concurren ambas cosas. Eres Darwin y eres el mono. La luz. La sombra. Dios. Eres Dios. 

16.12.21

Billie con alma



El artista atrincherado en su decadencia rinde más. Al arte se accede desde el dolor con más que providencia y lírico estímulo que cuando se arrima el júbilo o nos abraza la alegría. Lo tuvo con creces Billie Holiday. Dolor sin tregua, atenuadas (es un decir) con las muchas adicciones, que la hacían lúcida y torpe, en una dramática espiral de destrucción. La imagino cantando en el Royal Albert Hall en Londres. Creo que no la sobrecogería el marco imponente, la suntuosa sofisticación victoriana, todo ese selecto y estirado público de la City poco acostumbrado al swing, esa fiebre negra que causaba furor en la otra orilla. Billie iba a lo suyo. Se estaba mejor ahí arriba, mirando desde esa cima, altiva, imponente, que en el Reformatorio de Mujeres o en alguna apestosa clínica de desintoxicación o en la cárcel, acusada de tenencia y consumo de estupefacientes. En cualquier sitio mejor que encerrada. Mejor en el Carnegie Hall. En la calle 52. En algún tugurio de comarcal. En la barra de un bar. En la cama de algún músico recién llegado a la orquesta. Cada uno elige la forma de irse de esta vida. Algunos se dejan llevar y sobrellevan como pueden que sea el azar o el cansancio de los años los que les aparten. Otros se empecinan el elegir las armas del duelo. Prefieren excederse, confirmar eso de que vivir es siempre algo accidental y gris. El alma sensible confirma todos los pronósticos más extremistas. Al alma arponeada por los vicios más grandiosos se le fuga el numen, se pierde más aceleradamente, termina arrumbada en un callejón, expuesto el cuerpo que la cobija como un fardo andrajoso. Como Poe. Como Baudelaire. Como todos los grandes poetas y los grandes músicos que sacrificaron el equilibrio (qué importa el equilibrio) para pasearse como funambulistas por el alambre resbaladizo de las horas. Billie Holiday, caída en pura desgracia, graba en 1.958 con esa pinta de absoluto abandono. Fondona, rebajada físicamente, moriría un año más tarde, mermada en registros, quemada por dentro y por fuera, entre la indigencia y el fatalismo. Billie Holiday, en estas fotografías, es la dama venida a menos, sí, pero exhibe una nobleza visible. La he visto en Chavela Vargas. No en Amy Winehouse, que se desquició antes de que su talento descollara como se preveía y se le diera la aureola de diva. Billie Holiday era la gran señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald. Su vida, sin embargo, se distanció de lo que hubiese querido la abnegada parroquia de adictos a su voz quebradísima, frágil, elocuente en dondla versatilidad (el fluir armónico, el roto por debajo de la armonía) narra cosas y las narra hinchadas de tragedia y de verdad. En la voz de Billie Holiday hay mucha verdad. Está el destrozo de un pueblo, el negro, el suyo, y está el blues o el jazz o ambos como expresión de ese sentir. Sale uno aseado y feliz de estas travesías por la bellleza. Le queda la secreta impresión de que quien nos invitó al viaje se perdió en los preparativos, se sacrificó para que nosotros pudiéramos comprenderlos. El arte entero es un ejercicio de sacrificio. Alguien se vacía para que otro, ajeno, invisible, se llene. Rilke lo dejó escrito con más atino: "Todo a lo que me entrego se hace rico, dejándome a mí pobre". 

15.12.21

Swingin'

                            Frank Sinatra en el estudio A de Capitol en las tomas de Swingin' Sessions (1961)

 Hay fotografías que registran todo el esplendor del modelo que las ocupa: captan una esencia, el magisterio de su oficio, cierta voluta invisible de rara perfección que incluso ellos mismos desconocen y que la cámara roba. Hay quienes, gozando de genio, no han sido pillados en un momento de esta vehemencia estética y quienes, no abundando en carisma ni en talento, tienen la bendita suerte de que un fotógrafo, tocado por el numen infinito, los salva del olvido y los eleva, merced a quien sabe qué inargumentables premisas, al olimpo mismo. Esta fotografía de Frank Sinatra, en el antológico estudio de Capitol, donde grabó sus discos clásicos, cantando tal vez It's only a papermoon o When you´re smiling  (que era una de sus favoritas) o I've got you under my skin (una de las mías) pertenece al muy escaso inventario de obras maestras en las que se matrimonian todos esos elementos infinitesimales y mágicos que procuran, al final, todos ya hilvanados y en armonía, la perfección misma. Yo no me canso de verla. Además sé que detrás de la foto está la música: la que me ha hecho feliz y me ha entristecido, la que me ha zarandeado y me ha abandonado después sin atenciones, la que me ha dado más que mucha gente con la que comparto conversaciones y gestos. La música es la elocuencia a la que en ocasiones no alcanza la palabra o el gesto. Eso tiene Frank Sinatra, eso da su voz. Ninguna que yo recuerde, ni siquiera la de Billie Holiday, lograba transmitir la complejidad del alma humana como la que impostaba Frank. Si alguien desea rebatirme, proceda. No tendré objeción si quien elija me produce la misma turbación, idéntico estado de absoluta felicidad. 




13.12.21

Algunas vidas improbables

 


Tiene uno a veces la ocurrencia de hacerse pasar por otro y, en ese fingir creativo, ver qué tal se anda en zapatos ajenos, como dicen los ingleses. Esas licencias no siempre salen airosas. Hay trabas, pequeñas o grandes objeciones que malogran la prosperidad del empeño. No sucede eso con la literatura, con la ficción que hace real lo que no lo era, con la más genuina esencia de una divinidad caprichosa que en un arrebato de tedio manuscribiera su relato. Tengo en la memoria libros memorables de Felipe Benítez Reyes en novela y en poesía. Los vanos mundos (título impecable) fue el primero que leí, hace de eso no sé cuántos años. Por ahí debe andar, es cosa de poner en orden la biblioteca. Luego recuerdo, en novela, El novio del mundo o El azar y viceversa. Hasta leí, cogido de una biblioteca, Bazar de ingenios, una colección de entregas periodísticas. Con todo, le tengo un cariño especial a Vidas improbables, una especie de probatura poética en la que el autor se hace pasar por poetas a los que, de modo menos velado de lo que parece, rinde entusiasta homenaje en un palimpsesto alegre y también severo, confiado a que el lector hurgue y dé con la clave velada, la del fragor lírico del autor mencionado. Me lo recomendó J.A., un amigo gaditano, cómo no, en la idea de que, por lo hablado en un café, me agradaría. Así fue. El libro ha estado presente en mi memoria y ha estado ausente, quién podría saber cómo funciona esa cualidad de fantasma de los recuerdos. Es curioso que piense, más que en otros poemas de ese libro, en el que dedicó a Borges y que, probando aquí y allá, me ha entregado algún algoritmo también fantasmal del glorioso google. El juego que hace Benítez Reyes sería del agrado del mismo Borges, igual de conjetural y de atrevido en los recorridos y en los meandros de la literatura. Qué atrevimiento mayor que el de Pierre Menard, autor del Quijote, pienso ahora. También tiene uno la ocurrencia de ejercer de antólogo privado y, de hecho, no hace otra cosa cuando rastrea su biblioteca y escoge un libro de entre tantos o recorre un volumen de poemas y, leyendo uno, cae en la cuenta de que otro le está reclamando, aunque sea en otro libro, en otro autor. Va así la lectura ejerciendo su secreta función de vuelo o de inquieto juguete del que se extrae, cuando concluye su representación, la invitación a continuar leyendo, a no decaer en el ánimo de que lo leído nos traspase y aloje adentro. Ahí, en ese interior no siempre presente, estaría Platón, el poema en el que se hace tributo a Borges y que, leído como merece, contiene a Borges inapelablemente. Poetas apócrifos, uníos, acudid al antólogo que os encuaderne y publique. Cuántos poetas habrá dentro de un poeta, leí una vez. En este libro hay un buen puñado y todos nos dicen que no son de verdad. Ni tal vez el urdidor primero lo sea y por su voz emerjan todos los poetas que lo han poblado. Así la literatura o así la vida. Somos, entre las sombras, otra sombra. Las nuestras no serán vidas del todo improbables, pero son frágiles y se pierde el sentido que las empuja, la naturaleza de su empeño. 


PLATÓN

Jorge Luis Borges

Desde su sueño en vilo un hombre urde / la leyenda del alma y la caverna, /de los dos que son uno y de esa eterna / abstracción del amor. Nada le aturde: / su épica es la busca laboriosa / de un espejo perfecto que deforme / la imperfección de sombra de la informe / figuración del ser, que a cada cosa / otorga una apariencia engañadora. / Sabe que el universo es una puerta / que abre otro laberinto. Está desierta / la noche sin su luna. Ve la aurora / a un griego que divaga y que se asombra / de ser entre las sombras otra sombra. 


Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...