10.4.21
Dietario 96
6.4.21
Dietario 96
La escritura posee su propia cartografía: se la puede embutir en un patrón y extraer pautas y elaborar incluso un procedimiento creativo, una especie de guía confiable. Luego se echa en falta un ingrediente que acaba malogrando la copia. Cree uno que sabe cómo escribe Cortázar porque ha leído muchísimo Cortázar, pero nadie escribe como Cortázar. En ocasiones ni el propio Cortázar escribiría como Cortázar, y ya estoy incurriendo en esa inclinación un poco involuntaria o inevitable de que la escritura de uno sea la del autor sobre el que se piensa o del que se está leyendo algo o se ha leído mucho. Lo difícil es encontrar un estilo propio, no distraerse con las voces conocidas, no dejarnos engatusar por lo que nos guste en los otros. Los años Kafka hacen que escribas a la Kafka. Y hay también años Poe o años Borges, periodos fértiles en los que la literatura nos explica más que la propia vida y en donde nos afanamos por encontrar un asidero sólido al modo en que lo ofrece la religión a quienes abrevan en ella. También somos un poco de las personas cercanas a las que amamos. Razonablemente debo parecerme a mi mujer y ella (espero que no mucho) un poco a mí, no es algo de lo que presumiría. Nudos narrativos. Ignoro cuál será el mío, si es que alguno hay. Tampoco me preocupa tener uno mientras siga escribiendo. Sospecho cuáles me son más afines y poseo una certeza absoluta sobre los que no me incumben en absoluto. Ya no tengo a ningún autor en la cabeza o no como los tuve, guiando mi crecimiento como escritor, tutelando la travesía de la sintaxis y de la hondura de las palabras. . Escribir es siempre un ejercicio de riesgo. Vivir también. Qué más da.
Los guerreros estamos solos
Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su clausura, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande junto al de músico . El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.
5.4.21
Dietario 95
Las casas, como los cuerpos, adquieren malos vicios. Los
propietarios las colman en atenciones, las miman con delicadeza, les conceden
la gracia de que perdurarán más allá de ellos mismos y luego, en cuanto ellos
decaen, hacen que ellas decaigan también, las desatienden, dejan de cuidarlas
con ese esmero de antes y permiten que mueran poco a poco. Se aprecia, en
algunas, el señorío que tuvieron, el apresto de residencia noble y fastuosa,
pero incluso en esas, en las más historiadas y colmadas de lujo, penetra con
idéntica voracidad el tiempo, el caos, la fiebre del olvido. Sufren a su
secreta manera, se desmoronan poco a poco, imitan el ánimo de quienes las
hicieron, perturban al observador desavisado, al que de pronto asiste a esa
representación de la decadencia o del olvido y fantasea con la posibilidad de
que el tiempo obre con alguna de sus arteras mañas y podamos ver la plenitud
absoluta de lo que fueron, cuando tuvieron alma y latía, en sus adentros, un
corazón poderoso. Hoy he estado casi todo el día fuera de la mía. La sentía en la lejanía y ansiaba el regreso, pero también me demoraba en retrasarlo, en no añadir prisa, ni que lo vivido afuera (muchas cosas, algunas más alegres que otras) durase menos, se menguara y adquiriese una titularidad secundaria. De todas maneras, qué feliz estoy en mi casa, cuánto me conforta, con qué regalada caricia me recibe.
Tras leer a Jaime Gil de Biedma
Poema escrito tras leer Apología y petición
-Jaime Gil de Biedma, 1961-
De España
De España queda el nombre.
No la llamen madre.
Los malos gobiernos
han borrado toda posibilidad de patria.
De todas las patrias, la nuestra es la más triste.
Quiero creer que los que nos administran
no son únicamente comerciantes.
Me aflige pensar
que solo miran la soldada,
el negocio redondo y la mesa puesta.
Para que este país de todos los demonios levante vuelo
hace falta que los pobres la gobiernen.
Pido el sencillo escaño del descarriado.
Me basta, hoy que me duele España
como si alguna vez de verdad la hubiese amado,
el sereno grano que germine en la boca del pobre
y estalle en el aire y lo preñe de ilusión.
Son los pobres los que salvarán al mundo,
pero uno mira lo que tiene a mano,
lee la prensa en el bar, apurando
el café de la tristeza,
y solo se ocurren ideas.
Como si las ideas pudieran
echar a los desalmados de sus grandes sillas,
de su campo arado y de su mesa puesta.
4.4.21
Dietario 94
De las vidas ajenas apena que, vistas en detalle, todas sean tan iguales a las nuestras.
Estar solo es tutear a la muerte.
Prefiero la dulzura semántica de la palabra oblea a la
contundencia sin rebaja de hostia.
Ejercí la filantropía hasta que tuve que solicitar la ajena.
La verdad, incluso la más noble y necesaria, nunca debe
arruinar una buena historia.
3.4.21
Mentir
Dietario 93
Hay objetos a los que atribuimos un significado único, pero poseen otros que no están a la vista. A un amigo al que no veo (nos separó la distancia y ahora son menos salvables que antaño, aunque ya entonces no nos prodigábamos, vaya usted a saber las razones) le dio una época por coleccionar latas de cerveza y las disponía con absoluto rigor en unas baldas de las que quitó los libros. El coleccionismo es una suerte de desviación del sentido común o una recreación fantástica de la repetición. Todas las latas de cerveza del mundo son, a su modo, una única lata. Se concita en esa ejemplar lata antológica las cualidades de todas las demás y puede arrogarse la posibilidad de contener a las demás. No se me ocurrió argumentarle nada parecido a esto. Su afán inconsolable despertaba cierta admiración. Mira, esta lata es coreana. A J. se le llenaba la boca con los países exóticos y los nombres impronunciables. Mucho alemán y mucho belga, creo recordar. El hecho de que estuvieran sin abrir le daba al conjunto una trascendencia mayor. Acabarían caducadas (lo estarán ahora, si sigue en esa obstinada perseverancia, perdóneseme el pleonasmo), pero lo de menos era su consumo. De hecho, era un bebedor eventual, lo cual hace que la colección mengüe en relevancia. Nunca se me ocurrió iniciar una colección de latas de cerveza. O ellas o yo. No hay sitio para tanto vicio. No caben los libros, no caben los discos, no caben las películas, así que no cabe que desaloje una de esas devociones (tan altas y nobles todas) y arranque otra. Es cosa de espacio. Algo tan vulgar como el espacio. Hoy, abrir la lata checa, pensé en J. Igual toda su colección sólo sirve para que nos acordemos de él.
2.4.21
Dietario 92
Creo que mala, pero tengo la costumbre de pensar en un autor a los ojos de otro. Pienso en Julio Verne como si lo razonara Raymond Carver o a Borges lo cruzo con Edward Hopper. No hace falta que sean autores que coincidan en sus disciplinas. Stravinski puede escucharse leyendo a Kafka de modo que la música impregne el cuento o el cuento, conforme se va leyendo, mudara el sentido o la impresión que nos proporciona la música. Es un juego divertido, pero a veces no sé conciliar algunas de las inclinaciones estéticas o intelectuales o musicales que se me van ocurriendo. Deja de ser divertido cuando no se me va de la cabeza la idea de que Bécquer ponga letra a las melodías de Extremoduro o imaginar con qué trazos narrativos haría Machado un cuento a la Lovecraft. Se envicia todavía más la historia cuando la realidad se obstina en ponerme a huevo (dejen que use la burda expresión) material con el que engolosinar este capricho enteramente mío. Es lo mestizo lo que me incita a sentirme cómodo en estas distracciones. Comenté con K. lo excitante que sería volver a leer El corazón de las tinieblas después de haber visto Apocalypse Now. Conrad contado por Coppola, sí, pero quizá también al revés y pensar en Kurtz, en su pequeño reinado en la jungla, como si lo acabase de escribir Conrad. Se deja lo leído conducir por lo vivido y la vida, en ocasiones, permite que las lecturas la conduzcan también. No hay nada que no sea abrazado por cuanto lo rodea. Todo está entremezclado. Basta fijarse. No hay compartimentos estancos. Puedes ver cosas que no esperas si abres mucho los ojos, pero solemos mirar sin entrar, sin abarcar, sin contenerlo todo y después hacer una criba. El cosmos entero, ah, el inasequible cosmos, es una fiesta de contrarios que se aman, perdonad si en la imagen me parezco al recurrido Coelho. Alucinados, en trance, los invitados recogen los últimos vasos y se van, bosque adentro, hacia lo oscuro. El viernes santo ha sido un poco menos viernes y un poco menos santo de lo habitual. Lo he mirado con detalle y he apreciado que parecía un domingo.
1.4.21
Dietario 91
La edad es siempre cosa de otros. La mía no se resiente si me la echan en cara. No es que la lleve bien, sino que ni se me ocurre llevarla mal. Lo que no tengo es conciencia de que todos esos años sean de mi propiedad. En realidad, no sé cuáles fueron de verdad míos. Andan algunos muy a la deriva. Como si otro los hubiese llevado encima, no yo. La felicidad es una propiedad prestada. Se tiene, se suelta, se aleja, regresa. Todo es bucle. Feliz bucle. Hasta dentro de un solo día es posible comprobar esa montaña rusa formidable de estados de ánimo. Uno cumple años sin que intervenga la voluntad de hacerlo. Los años se persiguen, los días se acumulan. Qué jolgorio. No hay nada que nos distinga de quien ayer era un día más joven. Al tiempo se le encomiendan las cosas que nosotros mismos no nos aventuramos a hacer, pero soy feliz hoy. El año próximo contaré.
Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel
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