10.4.21

Dietario 96

Ni ver es mirar ni oír escuchar, pero vemos y oímos con la idea de que miramos y escuchamos. Para mirar y para escuchar hace falta detenerse y ese acto sencillo (de verdad que sencillo) no está acreditado como importante en estos tiempos de oscuridad y de vaciamiento. Saber cuándo se perdió la facultad de la lentitud. También está mal vista la lentitud. Corre, corre, no dejes de correr, eso dicen. Acumula, llena toda tu casa de objetos a los que luego no prestarás atención. No sabrás que tienes las obras completas de Neruda (hoy descubro que hay quien piensa que Veinte poemas de amor etcétera está pasado de moda y que no refleja a la mujer de hoy en día, valiente energúmeno) o que desde la ventana de tu dormitorio se ve un paisaje que cambia a diario. Unos días se ofrece luminoso y brincan en la lejanía unas nubes y otros, sólo hay que fijarse) es el gris el que entenebrece los tejados de las casas y hasta huele a tristeza en el fatigado aire. Estamos llenando nuestra vida de cosas. La consigna es ese llenado hueco. No podemos ordenar una habitación vacía, leí hoy, sí, pero tampoco una en la que no sabemos qué hay, aunque no quepa nada más. De entre todas las posibilidades afectivas o sentimentales o estéticas, el de día de hoy se ha escorado a la contemplación lenta de las cosas. He mirado y he escuchado. Hay días en que no hago ni una cosa ni otra. Bien lo sé. 

6.4.21

Dietario 96

 La escritura posee su propia cartografía: se la puede embutir en un patrón y extraer pautas y elaborar incluso un procedimiento creativo, una especie de guía confiable. Luego se echa en falta un ingrediente que acaba malogrando la copia. Cree uno que sabe cómo escribe Cortázar porque ha leído muchísimo Cortázar, pero nadie escribe como Cortázar. En ocasiones ni el propio Cortázar escribiría como Cortázar, y ya estoy incurriendo en esa inclinación un poco involuntaria o inevitable de que la escritura de uno sea la del autor sobre el que se piensa o del que se está leyendo algo o se ha leído mucho. Lo difícil es encontrar un estilo propio, no distraerse con las voces conocidas, no dejarnos engatusar por lo que nos guste en los otros. Los años Kafka hacen que escribas a la Kafka. Y hay también años Poe o años Borges, periodos fértiles en los que la literatura nos explica más que la propia vida y en donde nos afanamos por encontrar un asidero sólido al modo en que lo ofrece la religión a quienes abrevan en ella. También somos un poco de las personas cercanas a las que amamos. Razonablemente debo parecerme a mi mujer y ella (espero que no mucho) un poco a mí, no es algo de lo que presumiría. Nudos narrativos. Ignoro cuál será el mío, si es que alguno hay. Tampoco me preocupa tener uno mientras siga escribiendo. Sospecho cuáles me son más afines y poseo una certeza absoluta sobre los que no me incumben en absoluto. Ya no tengo a ningún autor en la cabeza o no como los tuve, guiando mi crecimiento como escritor, tutelando la travesía de la sintaxis y de la hondura de las palabras. . Escribir es siempre un ejercicio de riesgo. Vivir también. Qué más da. 

Los guerreros estamos solos





Salvadas las distancias, las intenciones estéticas e incluso el compromiso cultural, Ezra Pound me hace siempre pensar en Charles Bukowski. Sobre todo Pound ya anciano, vencido por los años, solicitándole al tiempo, al implacable, una bula, la concesión de un aplazamiento. El poeta, en esa edad ya reveladoramente provecta, se siente una especie de dios del mundo que ha ido registrando en sus versos. Al igual que un novelista necesita el vértigo de los años, su fiebre y su clausura, para crear su obra, el poeta también se alarga y adquiere relevancia mitológica cuando sabe envejecer y entender las heridas de las horas, el vaciamiento del alma que antes se dedicó con paciencia y con rigor y con pasión a ir llenando de belleza y de inteligencia. Los guerreros, al final, estamos solos, dijo en una entrevista. La suya fue una poética contra la usura, contra el mercado del dinero, que es más terrible que todos los sueños perversos de los dictadores. A diferencia de Bukowski, que vivió la feliz vida de quien se deja llevar absolutamente por sus vicios y acepta que esos vicios le retiren de ella, Pound fue un prisionero de su pensamiento y habitó cárceles y fue torturado y rebajado al grado mínimo de humanidad. Dentro de la jaula, Pound concibió su idea del mundo. Bukowski fatigó barras de bar, alternó con putas y jamás fue hecho prisionero por las palabras que dijo. Lo apresaron por calavera, por vividor, por mujeriego, por borracho. Los dos fueron, no obstante, honrados en lo suyo. La poesía es un arte mayor. Tal vez el más grande junto al de músico . El que con más precisión hurga en lo invisible, en lo que no está y, sin embargo, mueve el mundo y mueve el sol y también las estrellas, como quería Dante.



5.4.21

Dietario 95

 

Las casas, como los cuerpos, adquieren malos vicios. Los propietarios las colman en atenciones, las miman con delicadeza, les conceden la gracia de que perdurarán más allá de ellos mismos y luego, en cuanto ellos decaen, hacen que ellas decaigan también, las desatienden, dejan de cuidarlas con ese esmero de antes y permiten que mueran poco a poco. Se aprecia, en algunas, el señorío que tuvieron, el apresto de residencia noble y fastuosa, pero incluso en esas, en las más historiadas y colmadas de lujo, penetra con idéntica voracidad el tiempo, el caos, la fiebre del olvido. Sufren a su secreta manera, se desmoronan poco a poco, imitan el ánimo de quienes las hicieron, perturban al observador desavisado, al que de pronto asiste a esa representación de la decadencia o del olvido y fantasea con la posibilidad de que el tiempo obre con alguna de sus arteras mañas y podamos ver la plenitud absoluta de lo que fueron, cuando tuvieron alma y latía, en sus adentros, un corazón poderoso. Hoy he estado casi todo el día fuera de la mía. La sentía en la lejanía y ansiaba el regreso, pero también me demoraba en retrasarlo, en no añadir prisa, ni que lo vivido afuera (muchas cosas, algunas más alegres que otras) durase menos, se menguara y adquiriese una titularidad secundaria. De todas maneras, qué feliz estoy en mi casa, cuánto me conforta, con qué regalada caricia me recibe. 

Tras leer a Jaime Gil de Biedma

 Poema escrito tras leer Apología y petición

 -Jaime Gil de Biedma, 1961-

De España


De España queda el nombre.

No la llamen madre.

Los malos gobiernos 

han borrado toda posibilidad de patria.

De todas las patrias, la nuestra es la más triste.

Quiero creer que los que nos administran

no son únicamente comerciantes.

Me aflige pensar 

que solo miran la soldada,

el negocio redondo y la mesa puesta.

Para que este país de todos los demonios levante vuelo 

hace falta que los pobres la gobiernen.

Pido el sencillo escaño del descarriado.

Me basta, hoy que me duele España

como si alguna vez de verdad la hubiese amado,

el sereno grano que germine en la boca del pobre

y estalle en el aire y lo preñe de ilusión.

Son los pobres los que salvarán al mundo,

pero uno mira lo que tiene a mano,

lee la prensa en el bar, apurando

el café de la tristeza, 

y solo se ocurren ideas.

Como si las ideas pudieran 

echar a los desalmados de sus grandes sillas,

de su campo arado y de su mesa puesta.

4.4.21

Dietario 94

 De las vidas ajenas apena que, vistas en detalle, todas sean tan iguales a las nuestras.

Estar solo es tutear a la muerte.

Prefiero la dulzura semántica de la palabra oblea a la contundencia sin rebaja de hostia.

Ejercí la filantropía hasta que tuve que solicitar la ajena.

La verdad, incluso la más noble y necesaria, nunca debe arruinar una buena historia.


3.4.21

Mentir



A Lucas se le ocurrió que ese sábado mentiría. No una mentira suelta, una conveniente, sino una mentira continuada, hilvanada a otra, hasta conformar un cuerpo sólido, una realidad convincente, fiable. Nada de lo que dijese se atendría a ningún tipo de verdad. Al principio le costó. Al ir a la panadería, bien temprano, comentó que había dormido mal. Tengo un dolor de cabeza enorme. En casa, al recoger los platos de la cena de la noche anterior, cogió el móvil y llamó al trabajo. No iré, busca a Paco. Dile que ponga al día los archivos. He tenido una noche malísima. Tengo un terrible dolor de cabeza. Le pareció interesante cómo había desechado la palabra enorme, al referirse a su dolor de cabeza. Terrible le pareció de más enjundia. Como si elegir unas palabras u otras remarcase la mentira, la hiciera más contundente o más creíble. A mediodía, escribió un mensaje en su móvil. Le decía a un buen amigo, uno de los de toda la vida, que viniese a casa. Se sentía mal. Había vomitado. Le pidió que trajese unas cosas de la farmacia. En una hora estoy ahí, no te preocupes, le contestó. En ese rato, compuso frente al espejo la cara que pondría al abrirle. Ensayó también lo que le diría: no sólo qué frases, sino también el tono de voz que pondría. Se aprende que uno tono u otro hace que lo que se dice sea creíble o no lo sea en absoluto. Se podía ser convincente con sólo afinar en ese registro. 

Por la noche, pensó en no salir. La casa era confortable y la muchacha de la limpieza la había dejado reluciente. Todo ordenado, todo pulcro. Apuró unos platos precocinados y se despachó tres latas de cerveza. Apipado, cogió el teléfono y llamó a Bernardo. Hacía años que no le veía. Se mandaban mensajes de texto por el móvil, se enviaban (a veces) correos más o menos largos, en donde se ponían al día de las cosas importantes o contaban, entre bromas y veras, con quién habían salido y si la cuenta de ahorros les daba para hacer algún viaje de farra. Como antes, cuando más jóvenes. Sale el contestador. Hola. Cuánto tiempo. Qué te cuentas. Yo ando mal, muy mal. Me diagnosticaron un cáncer, pero ha remitido. Eso dicen. Que ha remitido. Yo no me lo creo del todo. No hay quien confíe en los médicos. Anoche vomité. Me dan unos dolores de cabeza que me duran tres días. Luego todo va bien y salgo con los amigos. Los pocos que me quedan. Ya sabes. Se van perdiendo los amigos. Los buenos están siempre a mano, Bernardo. Cuánto tiempo, qué de cosas. No te paro más. Seguro que tienes muchas cosas que hacer. Cuanto tengas un rato, llamaPreocuparte, no te preocupes. No es grave. Seguro que no es grave. Al colgar, Lucas pensó en lo que había contado. No le pareció mal, no se echó atrás. Arredrase es restar veracidad, es introducir la posibilidad del engaño o de la exageración, que es una forma de engaño. Lo que le pareció mal era no haber vivido la reacción de su amigo. No sabía qué cara había puesto o qué palabras habría convenido para hacerle ver lo terriblemente preocupado que estaba. Por eso insistió. Lo hizo dos veces aquella noche y una vez más al día siguiente. 

Cuando Bernardo le devolvió la llamada, no permitió que la conversación durase más de lo preciso. Quedamos, hablamos, ahí te lo cuento todo. De verdad que tengo muchas ganas de verte. Un abrazo. Adiós. Mañana nos vemos. El café era céntrico y la terraza tenía unas vistas bonitas. Les sirvieron rápido. Al principio ninguno de los dos acometió la conversación principal. Se relataron los asuntos irrelevantes. Cosas periféricas. Una novia flacucha, de poco aprecio por la discreción, risueña y parlanchina. Un viaje a Londres en el que se aficionó al té de verdad. No al que venden aquí, que no tiene nada que ver. Un hermano al que habían dejado en paro y andaba perdido, sin dar noticias en meses. Una pequeña adicción a los tranquilizantes. Un número de lotería comprado, agraciado con un pellizco bueno y extraviado. Lucas disfrutó más en el esmero de resultar convincente que en la fantasía de sus confidencias. Ninguna era tan llamativa como la del cáncer, de cualquier manera. Disfrutó también de cómo su amigo encajaba las historias. Comprobó que alguna (la de la adicción a los fármacos) le causaba una reacción fascinante.  Nada que él hubiese dicho había desatado una sacudida tan honda en quien escuchaba.

Las verdades son siempre más aburridas, piensa. Mentir, incluso mentir hiperbólicamente, le pareció un entretenimiento de lo más gozoso. En adelante, sólo tendría que cuidar qué decía. No podía arrojarse a un tren como Anna Karenina. Ni vender que había robado Ford Knox. Mentiría con suavidad. Otra novia. La de ahora acaudalada. Muy guapa. Entrada en años. Separada o viuda. Con un hijo de su misma edad con el que se iría de copas los viernes por la noche y con el que intimaría hasta confesarle que no amaba a su madre y sólo la rondaba por el dinero. De verdad que no cuesta trabajo. Es mejor ser sincero. Mentir no conduce a ningún sitio. A ti no te cuadra que yo mienta. Son muchos años conociéndonos, Bernardo.  Si el que escucha percibe el engaño, no vuelve a verlo. Es fácil, mucho más de lo que había pensado. Tiene decenas de viejos amigos, los que no ve, todos los que conoció y acabaron viviendo una vida lejos de la suya. A Teresa, una compañera de facultad, la tiene por muy inteligente. Fueron pareja una semana santa. Ya ni recuerda qué hizo que cortaran. Se dice cortar. Como si el amor fuese una cuerda, una cuerda tensa y dura. Si quedan y toman café y adquieren esa intimidad que luego permite abrir el corazón y contar casi cualquier cosa, tendrá que extremar el cuidado. No caer en anécdotas muy escandalosas. Empezaría con unas mentiras de poco peso. Estoy sin blanca. Lo he gastado todo en el juego. Le debo una pasta a un buen amigo. No quiero que me prestes tú. No aceptaré que me des nada. Te lo cuento porque necesito desahogarme. Escuchas muy bien. Nadie te lo habrá dicho. No he tenido a nadie que escuche como tú. O contarle que tuvo un accidente con la moto y anda desmemoriado. No recuerda muchas cosas. Le pregunta a Teresa si se  amaron de verdad, si hicieron el amor en el coche ese viernes santo. A Lucas se le ocurrió que las mentiras ocupaban una parte considerable de su memoria. Tenía también la antojadiza manía de no dejar una mentira cerrada. La novia flacucha, al ser contada por tercera vez, pasaba a tener pechos enormes o caderas muy anchas. El viaje a Londres tornó en uno a Moscú y el té en vodka. 

Para no olvidar qué cosas se le iban ocurriendo (y eran muchas y casi todas le parecían dignas de un gran genio de la narrativa) compró una libreta en la que manuscribía el asunto mentido y a quién se lo había confiado. Pedro sabía que estaba leyendo literatura germánica medieval, por ejemplo. Juana, sin embargo, tenía claro que la literatura anterior al siglo XX no le llenaba en absoluto. A Lucía le relató su reciente inclinación a la política. Juan Luis, en ese mismo día, escuchó cómo le argumentaba su desafecto por la política. Evitar, en lo posible, que Lucía y Juan Luis cotejaran la información que les había proporcionado era otra circunstancia que debía contemplar. En un mes la libreta fue insuficiente. En un año, llenó una pequeña balda de libretas. En dos, dedicaba más tiempo a escribir que a hablar. Mentía por escrito. Hasta admitió, en una de esas verdades a las que no estaba acostumbrado, que le encantaba escribir. Mañana le dan un premio. No es uno cuantioso. Un concurso provinciano de relatos cortos. Escogió el asunto del cáncer. Espera que Bernardo no compre el libro. 

Dietario 93

 Hay objetos a los que atribuimos un significado único, pero poseen otros que no están a la vista. A un amigo al que no veo (nos separó la distancia y ahora son menos salvables que antaño, aunque ya entonces no nos prodigábamos, vaya usted a saber las razones) le dio una época por coleccionar latas de cerveza y las disponía con absoluto rigor en unas baldas de las que quitó los libros. El coleccionismo es una suerte de desviación del sentido común o una recreación fantástica de la repetición. Todas las latas de cerveza del mundo son, a su modo, una única lata. Se concita en esa ejemplar lata antológica las cualidades de todas las demás y puede arrogarse la posibilidad de contener a las demás. No se me ocurrió argumentarle nada parecido a esto. Su afán inconsolable despertaba cierta admiración. Mira, esta lata es coreana. A J. se le llenaba la boca con los países exóticos y los nombres impronunciables. Mucho alemán y mucho belga, creo recordar. El hecho de que estuvieran sin abrir le daba al conjunto una trascendencia mayor. Acabarían caducadas (lo estarán ahora, si sigue en esa obstinada perseverancia, perdóneseme el pleonasmo), pero lo de menos era su consumo. De hecho, era un bebedor eventual, lo cual hace que la colección mengüe en relevancia. Nunca se me ocurrió iniciar una colección de latas de cerveza. O ellas o yo. No hay sitio para tanto vicio. No caben los libros, no caben los discos, no caben las películas, así que no cabe que desaloje una de esas devociones (tan altas y nobles todas) y arranque otra. Es cosa de espacio. Algo tan vulgar como el espacio. Hoy, abrir la lata checa, pensé en J. Igual toda su colección sólo sirve para que nos acordemos de él. 

2.4.21

Dietario 92

 Creo que mala, pero tengo la costumbre de pensar en un autor a los ojos de otro. Pienso en Julio Verne como si lo razonara Raymond Carver o a Borges lo cruzo con Edward Hopper. No hace falta que sean autores que coincidan en sus disciplinas. Stravinski puede escucharse leyendo a Kafka de modo que la música impregne el cuento o el cuento, conforme se va leyendo, mudara el sentido o la impresión que nos proporciona la música. Es un juego divertido, pero a veces no sé conciliar algunas de las inclinaciones estéticas o intelectuales o musicales que se me van ocurriendo. Deja de ser divertido cuando no se me va de la cabeza la idea de que Bécquer ponga letra a las melodías de Extremoduro o imaginar con qué trazos narrativos haría Machado un cuento a la Lovecraft. Se envicia todavía más la historia cuando la realidad se obstina en ponerme a huevo (dejen que use la burda expresión) material con el que engolosinar este capricho enteramente mío. Es lo mestizo lo que me incita a sentirme cómodo en estas distracciones. Comenté con K. lo excitante que sería volver a leer El corazón de las tinieblas después de haber visto Apocalypse Now. Conrad contado por Coppola, sí, pero quizá también al revés y pensar en Kurtz, en su pequeño reinado en la jungla, como si lo acabase de escribir Conrad. Se deja lo leído conducir por lo vivido y la vida, en ocasiones, permite que las lecturas la conduzcan también. No hay nada que no sea abrazado por cuanto lo rodea. Todo está entremezclado. Basta fijarse. No hay compartimentos estancos. Puedes ver cosas que no esperas si abres mucho los ojos, pero solemos mirar sin entrar, sin abarcar, sin contenerlo todo y después hacer una criba. El cosmos entero, ah, el inasequible cosmos, es una fiesta de contrarios que se aman, perdonad si en la imagen me parezco al recurrido Coelho. Alucinados, en trance, los invitados recogen los últimos vasos y se van, bosque adentro, hacia lo oscuro. El viernes santo ha sido un poco menos viernes y un poco menos santo de lo habitual. Lo he mirado con detalle y he apreciado que parecía un domingo. 

1.4.21

Dietario 91

 La edad es siempre cosa de otros. La mía no se resiente si me la echan en cara. No es que la lleve bien, sino que ni se me ocurre llevarla mal. Lo que no tengo es conciencia de que todos esos años sean de mi propiedad. En realidad, no sé cuáles fueron de verdad míos. Andan algunos muy a la deriva. Como si otro los hubiese llevado encima, no yo. La felicidad es una propiedad prestada. Se tiene, se suelta, se aleja, regresa. Todo es bucle. Feliz bucle. Hasta dentro de un solo día es posible comprobar esa montaña rusa formidable de estados de ánimo. Uno cumple años sin que intervenga la voluntad de hacerlo. Los años se persiguen, los días se acumulan. Qué jolgorio. No hay nada que nos distinga  de quien ayer era un día más joven. Al tiempo se le encomiendan las cosas que nosotros mismos no nos aventuramos a hacer, pero soy feliz hoy. El año próximo contaré. 

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...