Le decía hoy a una amiga que a veces tenemos cosas que no sabemos en donde guardar y otras en las que tenemos un buen lugar en donde guardar cosas que no tenemos. Lo que sé del mundo me hace pensar que se venden los envoltorios con más entusiasmo y mejor marketing que lo propiamente envuelto. Cuenta más tener dónde echar las cosas que las cosas en sí. Es el imperio de los discos duros. Importa poco o nada que luego no sepamos con qué llenarlos. De hecho los llenamos con lo que no necesitamos. Los negocios funcionan siguiendo esta premisa de modo escrupuloso. Hay que vender sin que tenga mucho sentido la razón por la que se está vendiendo. Dicho de reversa manera_ se compra sin entender el motivo, se gasta sin mirar las razones. Podemos llevar este argumento a cualquier parcela de la vida que tenemos alrededor. Se me ocurre Escocia. Se me ocurre Cataluña. En los balcones de algunos ayuntamientos vascos han colgado banderas escocesas. Por hacer ver a quien pase lo cerca que están las dos naciones o por engalanar el consistorio con el símbolo que resume las aspiraciones de sus inquilinos. Porque, en esencia, nos gusta la mudanza. Amamos todo lo que nos saque de la rutina. Da igual que movamos en casa los muebles de sitio o que nos rasuremos al cero o nos dejemos crecer la barba intrépidamente. Lo que trasciende en nuestro sentir de adentro es que el continente es otro. Pero ah el contenido. ¿Qué podemos decir del contenido? De eso no se habla. Solo de la ropa con la que nos vestimos, del techo que nos cubre, del tamaño del cajón en el que guardamos nuestros objetos queridos. Y en ocasiones solo deseamos eso, que el cajón sea grande, que no tenga fondo. Por si un día el azar nos bendice y tenemos la posibilidad de llenarlo. Luego ya sabremos cómo usar todo lo que arrumbamos ahí. Habrá tiempo de considerar el uso de lo que el cajón custodia. Yo mismo ando en la idea de comprarme otro disco duro. Los hay de 3 teras. La de cosas que caben en tres teras. No sé si banderas...De momento el asunto escocés se ha saldado con un me quedo como estoy, me gusta mi sitio.
19.9.14
18.9.14
Y el pajaró voló
No me he prodigado nunca en elogiar a The Beatles al modo en que me esmero en hacerlo si encarta escribir o hablar de jazz o de cine negro o de cuentos de Borges. No alcanzo a ver la causa ahora. Probablemente no la hay. Se escribe o se habla de lo que nos concierne o de lo que nos emociona, pero quizá suceda que no sé qué decir. Con algunos asuntos, en cuanto uno se propone contarlo todo y contarlo bien, no terminan de salir las palabras, no se arriman las ideas, está todo como empantanado, sin que se sepa cómo enmendarlo, a qué acudir para que se advierte, en lo leído, todo el amor profesado. Ahí estará mi incapacidad para escribir sobre The Beatles, pongo por caso. Un amigo, anoche, en un correo tardío, me refirió un par de anécdotas sobre cómo los cuatro de Liverpool le cambiaron la vida, y no es cosa de largarlas aquí, pero siempre hay en la biografía personal un apartado beatle, un trozo de vida en donde algunas de sus canciones ( y solo hicieron doscientas y algo) transmutó algo, hizo que el mundo girara de otro modo, levantó el corazón hacia donde antes no había estado, alguna de esas maravillosas cosas o todas juntas. Recuerdo una cita en la que ninguno parecía especialmente cómodo, en donde cualquier asunto intrascendente podría limpiar el aire de fatiga y de prudencias, pero ninguno arribaba, ninguno ocupaba los huecos, hasta que los altavoces del pub, uno que ya no existe, por supuesto, restituyeron, sublimes como son, las primeras notas de Norwegian wood. Recuerdo la conversación agitada, la sensación de que podríamos estar la tarde entera trayendo y soltando letras de Lennon y McCartney. Y el pajaró voló, claro. Siempre acaban volando.
16.9.14
Cincuenta baldas llenas de libros / Un apunte muy breve
Siempre me fascinó ese clase de voyeurismo que consiste en saber qué biblioteca tienen los amigos, qué nobleza tiene la madera de las baldas en donde confían que sus libros perduren, expuestos y lúbricos, conforme a qué criterios hacer que Cortázar esté a una altura accesible y, pongo por caso, ubicar a Chéjov en la más alta, no sé, lindando con el techo, como si fuese un pecado que corriese el aire. Entiendo que ninguno de los dos las habite y estén otros, de esa o de diferente hondura, capaces de conmover y de hacer amar, de sentir la belleza y de hacernos, en el fondo, mejores personas. La literatura es tan grande que no cabe en una vida. La costumbre de visitar una casa por primera vez y buscar de inmediato los libros que la pueblan no me ha abandonado. Cuando algo visita la mía, en cuanto puedo, suelo traerlo a la habitación en donde ahora escribo, en la que están los libros y los discos de la familia, puesto que se van mezclando al correr de los años los gustos de quienes vivimos bajo este techo. No hay mejor sitio para leer que aquel al que lo habitan los libros, ninguno para escribir tampoco. Recuerdo haber visitado bibliotecas solo para sacar mi cuaderno de anillas, uno de pasta gruesa siempre me vale, y dejarme invadir por Cheever, por Kafka, por Poe o por Machado, si no al tiempo, sí en fragmentos, convidándome a un vuelo puro, haciéndome sentir el invitado privilegiado de una hermandad ancestral, la de la literatura. La foto que Rafael García Maldonado dejó en su muro de Facebook, en donde está Adolfo Bioy Casares, a lo suyo, y su mujer, la también escritora Silvina Ocampo, un poco de posado, como si no contara, es la quintaesencia de la biblioteca doméstica. Solo echo en falta un buen equipo de música y un ordenador. No sé si estas injerencias electrónicas malograran el ambiente idílico o, por el contrario, harán que el esplendor sea más intenso. Hay días en que la música me lleva mientras escribo, días de Bach o de Keith Jarrett o de Miles Davis, pero es la memoria, como un palimpsesto grande, la que va incorporando el relato de las cosas, el modo en que suceden, el hilo que las une.
13.9.14
Las moscas no tienen gramática
Tenemos una invasión de moscas que me ha hecho pensar en el orden del cosmos. La mosca, incluso la menos invasiva, la que ocupa una periferia admisible, incordia al punto de que descrees de que el mundo esté bien hecho y haya una inteligencia detrás, un demiurgo sostenible, una especie de daimon casi sindicalista, al que se le encomienda la tarea de contarnos la trama invisible de las cosas, la textura de la realidad, las junturas del tiempo y del espacio. Odio las moscas como otros odian que Falete suene en Canal Fiesta Radio. Hablo de un odio inargumentable, que es como funciona de verdad el odio. El amor planea por la realidad como Dios planea por sus nubes, pero no sabemos entender a Dios. Ni a Dios ni a los jodidas moscas que ahora mismo, justo en este instante, se paran en la pantalla del ipad, conquistan la interfaz misma, colonizan el espacio narrativo de la aplicación que me permite manifestarme. La mosca pertinaz, la otra mosca, la mosca yanki, la que cree que su casa es el mundo entero, malogra la bondad misma del cosmos, ya digo. Hace que uno se irrite, prorrumpa en maldiciones que no había puesto antes en su boca, se convierta en un alucinado, en una criatura maligna, preñada de mal, consciente de que un cáncer con alas está corrompiendo el ánimo, la felicidad ilusoria, pero durable, de que uno es, en el fondo, un ser jovial, de poco afecto al conflicto, más o menos equilibrado, dotado de una armonía ganada con los años, edificada a través de lecturas, películas, conversaciones de bar y cariños de los que lo aman. Ahora mismo una mosca de las que hablo ha hecho residencia en una línea de texto igual que nosotros hacemos residencia en los libros o en una cama de hotel. Lo imperfecto del mundo se revela en estas pequeñas indisposiciones de orden doméstico. Luego está mi sensibilidad, que es lo único de lo que dispongo para entender el mundo. Mi irritación actual no la compensa ninguno de los recursos a los que suelo acudir. Quizá, en todo caso, la escritura, que es una vía para extraer el mal de adentro y dejarse crucificar por la limpieza de la gramática. Las moscas, las putas, no tienen gramática. Es lo que tiene un fin de semana, fantástico, por otro lado, en mitad de la naturaleza.
8.9.14
Una conversación con K.
K. me preguntó anoche si hoy escribiría sobre la vuelta a las clases, si escribiría sobre el final del verano o si no escribiría nada. No escribir nada es una forma de escribir también, le contesté. Uno escribe un texto vacío que es como eliminar todos los textos inútiles, los que no te satisfacen, y dejar uno que, al final, también merece la censura. Habrá por ahí un cuaderno, en el que cada escritor va escribiendo (o no escribiendo) sus mejores textos. Son los buenos de verdad porque han sufrido la criba más minuciosa. Un texto sin texto no es un texto, una palabra que no se dice no llega a la categoría de palabra, un beso que no es tal beso, me dice K., intrigado por la inclinación fantástica de mi respuesta. Es una especie de texto alternativo que no ha acabado de imponerse a la realidad y espera (o no espera) que se le dé un rango más cabal, de más asiento en el mundo de lo físico. Todos los lectores, a su modo, tienen en la cabeza textos invisibles, textos que no existen, textos que ningún escritor hizo para ellos, pero que se reproducen en su cabeza. Quizá todos los escritores son lectores de ese tipo. Uno va escribiendo (como yo ahora), pero solo va registrando las palabras que escucha en su interior, el texto que zumba en su cabeza. Todos la literatura es un heroico acto de transcripción, K. Los escritores, más que escritores, somos escribas, amanuenses, abnegadas máquinas que vuelcan palabras, puntos, comas, frases, puntos y aparte. Entonces, me revela K., como si fuese una epifanía asombrosa, la realidad que vivimos no es tal tampoco. Quizá estamos en una realidad que está imaginando otro y a lo único a que podemos aspirar es a comprenderlo, pero no es posible escabullirse, salirse de esa trama, solicitar que se nos extraiga y se nos incorpore a la realidad verdadera, si es que hay alguna realidad que tenga más veracidad que las otras. Es que no sabemos nada, Emilio, me dice. No tenemos certezas perdurables: tenemos cierta conciencia, comprendemos ciertas cosas, pero en el fondo todo es frágil, de una fragilidad muy orgánica, eso sí, muy tangible y a veces incluso muy científica, pero todo es una figuración. La religión es un trasunto de la literatura. Pensar en Dios es también pensar en un autor omnisciente, en un escritor absoluto, uno que no escatima personajes y entrelaza tramas y cierra, sin que lo ordene la razón, cualquier ramificación de la historia, sin importarle a quien afecta. La muerte es la coartada, podríamos decir, Emilio. Con lo que hoy no escribiré sobre la vuelta a las clases - en general ha sido una mañana intensa, caótica, preñada de vértigos y de emboscadas burocráticas- ni sobre el final del verano - que está siendo de un fresco anormal- sino que haré un no-texto, que es en el fondo lo que estoy aquí dejando. Ahora, si me perdonan, dejo la plantilla de blogger, publico lo escrito y me voy a la mesa del almuerzo. Creo que hoy toca carrillada como plato principal. Me sirvo una cruzcampo para ir abriendo boca.
6.9.14
En un baile de perros
. Lo hablé precisamente
anoche. Siempre hay por ahí alguien que no te traga, al que no gustas,
que prefiere no saber de ti o al que incluso le encantaría saber que te
va mal, que la desgracia se te ha echado encima y andas triste por la calle,
sin que te asista la alegría de antaño, en fin. Es un halago que no todo el
mundo tenga de ti una opinión favorable. De tenerla, fallaría algo, como deja
caer mi amigo Joselu, que es un librepensador, un señor que le da muchas
vueltas a la cabeza y va registrando todo lo que buenamente va saliendo de esas
cogitaciones. La idea de que gustes, no ya de que tengas amigos o que alguien
te ame de verdad, digo el hecho de que los demás reparen en ti y aprecien lo
que haces o lo que dices siempre me ha parecido enormemente atractiva. He conocido
gente con un encanto fabuloso, que han conquistado el lugar en el que estaban,
haciendo que todo girase alrededor suya, representando una especie de función
muy natural de teatro en la que los otros eran espectadores y, en ocasiones,
participantes de la trama. Alguno de ellos, al que considero un hermano, posee
la facultad de caer extraordinariamente bien o de, si se lo propone, no caer
bien en absoluto. Admiro ese milagro de los afectos inmediatos que yo, en lo
que entiendo, practico a veces y que no siempre resulta oportuno. Mi abuela lo
decía de otro modo: hay que ver cómo te gusta llamar la atención. Uno se ve desde fuera como si yo no fuese de su propiedad. Se contempla al modo en que
contempla a los que lo rodean. Lo cantaba Auserón en la mejor Radio Futura: Deja ya de intentar caer bien a todo aquel que se ponga delante, pues quizá todo el mundo a la vez va a cambiar de opinión contra ti. Lo digo de memoria. Puede faltar algo.
Paganos, en el fondo
No me incumbe. Lo primero que he pensado al ver la fotografía del obispo Cañizares es que no es algo que me afecte, nada que conduzca o deje de conducir mi vida. Después he caído en la cuenta de que es posible que sí sea de mi incumbencia. Lo es porque uno está en el mundo y nada que sucede dentro suya me es ajeno, como dijo Donne, el poeta inglés del doblar de las campanas. Luego está la fascinación, un poco perversa, lo admito, que ejerce sobre mí la pompa de la curia, toda esa dolorosa estética con la que se adornan las iglesias y los libros de salmos. No hay forma de no sentirse nombrado cuando los teólogos cuentan el principio del mundo y razonan, a su poética manera, el inevitable giro escatológico al que está abocado en estos convulsos días. Siempre que escucho hablar de Dios y de sus nubes, del paraíso y del pecado, presto la mayor de las atenciones. Reconozco que es una atención neutra, de poco o nulo afecto sentimental por lo escuchado, pero soberbia en cuanto a riqueza intelectual, magnífica para ser usada en una terraza de verano, con los amigos, bien convidado de licores. En eso, me siento afortunado. Poseo tres o cuatro amigos con los que no comparto nada sacramental, pero nos profesamos el respeto suficiente para ir y venir por la mística y salir y entrar por los templos y por las tabernas. Soy un pagano bendecido por la fe al modo en que he visto creyentes pecaminosamente heridos por lo pagano. Al final todos andamos en la misma cuerda, paseamos los mismos jardínes y terminamos hundiendo los pies en el mismo maravilloso (a veces) barro. Pero aquí, en Cañizares convertido en un rey francés del siglo XVII, no hay barro y, de haberlo, no es ninguno del pueblo llano. No hay nada llano en el posado del obispo. Hay altivez, hay opulencia. Está ahí, el obispo rico, rodeado de sus lacayos más cercanos, mirando al mundo desde un lugar al que no es posible acceder. Como si la ventana desde la que observase no fuera de este mundo. En realidad no lo es. La fe, para ejercerse con hondura, requiere una extraterrenidad. Uno podría creer en algún Dios que hubiese creado el mundo y anduviese por ahí arriba, desatento al rumbo que va tomando, pero no es fácil entrar por este aro, penetrar en la religión que nos vende Cañizares en este final de verano. Si hay otra, que es cosa de escuchar a los que la profesan, quizá no esté bien que esté representada por esta poderosa imagen. Porque es poder lo que transmite. El poder que siempre rondó a los poderes eclesiásticos, de los que se valieron para que la cristiandad haya sobrevivido a dos milenios de guerras.
La fe no tiene nada de siniestro o tiene la misma cantidad que la vida, pero la ceremonia de la fe, lo que se construye alrededor suya, hace pensar que lo siniestro anda por ahí debajo, pugnando por liberarse. La culpa no es del ojo que mira sino de lo que el ojo observa, Sea uno feligrés militante, creyente escaso o descreído total, acaba comprendiendo cuáles son los males que afectan a la Iglesia y encuentra el lugar exacto en donde se alojan. Y no es que a uno le duela que estos personajes se invistan de oropeles, saquen los terciopelos, los bordados y presuman de la pompa de antaño. No me incumbe, no me afecta, no es de las cosas que me roban el sueño. Solo me siento y escribo. Dejo aquí la constatación de que son gente lista éstos de los ropajes caros. No pueden dejar de serlo. Viven entre libros, se cultivan a diario en el reposo limpio de sus seminarios. La otra iglesia, la que milita en las calles y sale a los refugios de los parias del mundo y los adecenta y les asiste en afectos y en víveres no es la que uno percibe en la fotografía de marras. No es posible que lo sea. Esa otra iglesia, de la que sé por gente que la vive, a la que se le debe agradecimiento, no debe tener nada que ver con esta otra. Pero insisto en que soy un ignorante, un descreído que mira las cosas y les busca siempre un sentido o una falta de sentido. Hoy ha tocado lo segundo. Con los de las sotanas suele pasar precisamente eso. Si hay un cielo que ande esperándome, no creo que este arrebato mío de sábado, y tantos otros de antes y otros del futuro que no ha llegado, me arrebate mi lugar, mi derecha del Padre, mi espléndido paraíso en la eternidad. Mientras tanto, qué excéntricos, qué poco asequibles, qué listos son todos. Qué ingenuo uno.
La fe no tiene nada de siniestro o tiene la misma cantidad que la vida, pero la ceremonia de la fe, lo que se construye alrededor suya, hace pensar que lo siniestro anda por ahí debajo, pugnando por liberarse. La culpa no es del ojo que mira sino de lo que el ojo observa, Sea uno feligrés militante, creyente escaso o descreído total, acaba comprendiendo cuáles son los males que afectan a la Iglesia y encuentra el lugar exacto en donde se alojan. Y no es que a uno le duela que estos personajes se invistan de oropeles, saquen los terciopelos, los bordados y presuman de la pompa de antaño. No me incumbe, no me afecta, no es de las cosas que me roban el sueño. Solo me siento y escribo. Dejo aquí la constatación de que son gente lista éstos de los ropajes caros. No pueden dejar de serlo. Viven entre libros, se cultivan a diario en el reposo limpio de sus seminarios. La otra iglesia, la que milita en las calles y sale a los refugios de los parias del mundo y los adecenta y les asiste en afectos y en víveres no es la que uno percibe en la fotografía de marras. No es posible que lo sea. Esa otra iglesia, de la que sé por gente que la vive, a la que se le debe agradecimiento, no debe tener nada que ver con esta otra. Pero insisto en que soy un ignorante, un descreído que mira las cosas y les busca siempre un sentido o una falta de sentido. Hoy ha tocado lo segundo. Con los de las sotanas suele pasar precisamente eso. Si hay un cielo que ande esperándome, no creo que este arrebato mío de sábado, y tantos otros de antes y otros del futuro que no ha llegado, me arrebate mi lugar, mi derecha del Padre, mi espléndido paraíso en la eternidad. Mientras tanto, qué excéntricos, qué poco asequibles, qué listos son todos. Qué ingenuo uno.
27.8.14
El abrazo
Habrá quien se encomiende a la providencia para que alivie el mal que sufre. No entiendo que quien no se encomienda tenga algo que rebatir o que amonestar a quien lo hace. Nadie debería sancionar al que entra en una iglesia o nadie que entre lo hace al que no entra nunca. La ceremonia de la fe se acomete privadamente, aunque existan escenarios en los que se mancomuna la intimidad, por decirlo de alguna manera, en donde uno ve la ceremonia de los otros y así corrige la suya, caso de que no se ajuste a lo espera, o sencillamente disfruta con la visión de sus semejantes, postrados, elevando los salmos, pronunciando los rezos, pidiendo a las alturas la ciencia que allane el gobierno de las cosas o que interceda por la salvación de sus almas. Lo que no satisface el sentido común es que los administradores del Estado, los que de verdad hacen que las cosas funcionen o no, se encomienden a los santos y les soliciten su intervención. Falta ver a Mas entrar en capilla e hincar la rodilla frente al altar para que los patronos medien en la cuestión soberanista. Igual en las insobornables techumbres de la divinidad andan de animada cháchara por ver a quién benefician, si la Vírgen del pueblo de arriba concederá un gol con más determinación que la Vírgen del pueblo de abajo, que quizá no se empleó con ardor y quedó retrasada en los favores. Igual se ponen de acuerdo para que en un próximo partido las tornas cambien y gane quien no lo consiguió antes. Lo cual no obsta (creo que es la primera vez que tiro de eso de obsta en este blog) para que en la estricta intimidad cada cual se encomiende a quien desee, pronuncie los rezos que estime más adecuados y solicite los favores que le plazcan. En lo público, en las imágenes y en los discursos que se ofrecen a la comunidad no deberían producirse gestos huecos, en absoluto convincentes, que lastiman la credibilidad política de quienes lo hacen y retrasan no sé cuántos decenios (siglos iba a escribir) la sociedad en donde se producen. Si solo es un aliño mediático, una función teatral que contente a unos pocos y distraigan al resto, me parece una bien urdida. Nunca se espera que agosto alimente un periódico y este agosto a punto de morirse ha sido fértil y no ha habido día en que haya flaqueado el interés informativo. Igual ese es el primer paso para que España arranque ya del todo y deje atrás lo que la lastra. Uno de esos pesos infames es la inutilidad de agosto para casi todo. El país cae en un estado de pereza consentida. Se echa el candado al mundo, pero las puertas de las catedrales siguen abiertas. Y las cámaras registrando el abrazo al apóstolo. Vamos bien. Podemos ir peor.
24.8.14
Blondas de verano II
Es cierto que una vez que empieza el fútbol en televisión es cuando muere el verano. Parece que la rutina de los goles clausura la temporada estival. No hay mucha poesía en el ocaso lento del calor, en la comprensión de que entra otra estación y de que nos traerá placeres antiguos, que a veces, en la calina horrorosa de agosto, echamos en falta. Decía Spinoza que basta ser bueno para ser feliz. A la pasión de la felicidad no hay que ponerle trabas intelectuales, no hay que buscarle tres pies al gato de la alegría. Lo que trae el otoño, a pesar de que todavía falten algunas semanas para que prorrumpa como suele, es un recogimiento que, en ocasiones, conviene a ciertos oficios y se desaconseja para otros. Con el frío, con el afecto hacia los ambientes cálidos, yo siempre he leído más y he leído mejor. Fuera de la lectura, a la que no renuncio aunque tiemble el sol en los tejados, aprecio que también escuche mejor la música o veo con más ardor el cine que programo en casa. Celebraré la mudanza en los armarios, la manga larga y el abrigo recio. Una de las ventajas de los abrigos es que puedes meter muchas cosas en sus bolsillos. Cabe incluso algún libro de Spinoza, uno de esos breviarios que condensan en cien aforismos toda la enseñanza del gran filósofo racionalistas. El otoño es racionalista. Es cierto. En grado extremo.
Estamos de centenario de Julio Cortázar y, en parte, coincido con lo que hoy subraya Andrés Neuman hoy en El País. Dice que el argentino es un escritor de adolescentes. No en el sentido de que lo que escriba haga florecer las hormonas previsibles y produzca que el amor platónico y el venereo arrollen el alma y el cuerpo. Cortázar es un descubrimiento que se hace en la adolescencia. Y esas cosas, la mayoría de las que nacen en ese periodo fabuloso, no salen. Yo leí Rayuela poco después de matar al adolescente. Lo hice sin brusquedad, sin esmero incluso. Dejé al joven y decidí ahondar en cosas que veía en los otros, en los compañeros de cursos superiores, cuando llegaban a la barra del bar y dejaban encima de la barra libros de Yourcenar, de Borges o de Nabokov. Mi Rayuela nació en el bar de la Escuela de Magisterio en una tarde en que decidí faltar a Pedagogía. La rabona ilustrada, podríamos decir. Había tardes hermosas de invierno en que el café hacía que las palabras entrasen mejor. Creo que no va a ser posible leer Rayuela nunca más. Ni siquiera a Yourcenar, de la que solo conozco las famosas memorias de Adriano. A Cortázar he vuelto con mucha frecuencia, pero no me he aventurado a ensimismar el mundo en la Maga, en buscar el spleen de París después de Baudelaire.
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17.8.14
Fantasmas en la máquina
Al principio fue el verbo, pero luego vinieron los sistemas operativos. Nunca hay ninguno que te permite sentir que estás a salvo, ninguno fiable. Siempre hay una fractura en la arquitectura interna de la máquina, siempre hay un hueco por donde entran a saco los bárbaros. Añoro los días en que todo iba a gusto del amo, que soy yo. No creo que pida mucho. En todo caso, reclamo lo que me pertenece, la cuota feliz de felicidad binaria, pero llevo una semana de bronca con la madre que parió a windows ocho punto uno. El sistema está inestable. Como yo. Pero yo lo disimulo estupendamente. Hay días en que tengo el sistema operativo venido abajo y no lo manifiesto en absoluto. Hago mis cosas como suelo, paseo las calles de siempre, despacho los asuntos de todos los días y me acuesto, ya bien caída la noche, sin que haya existido aprecio de mi malestar, constancia de que he estado roto por algún sector de la placa base, que vendrá a ser el alma. Mi ordenador no tiene mis tablas, no sabe terciar, ignora cómo escabullir la tristeza y, en cuanto le atacan un flanco, se hunde estrepitosamente. No sé si es un débil o un cobarde. Me conformaría con un golpe de suerte, pero la informática es una ciencia que no considera el milagro en su criterio narrativo y desoye las invocaciones que le hago. Es un ateo mi sistema operativo. Más ateo que yo, que ya es decir. Le estoy perdiendo el respeto, me está cansando mucho, lo voy a mandar a la mierda en cuanto me encrespe un poco más. Preferiría yo cometido menos frívolo que el de andar casi a diario buscando en dónde anda el roto de mi equipo informático. De verdad que hay cosas en la vida de mucho más fuste emocional o moral que enredarse en la salud de una máquina, pero no hay día en que no mire la torre (una estilizada, bonita de verdad, alta y estrecha, un modelo de HP que me gustó mucho en el escaparate) y no me encomiende la empresa de buscarle un arreglo en las tripas. Como si yo supiese cómo curar, cómo si me hubiesen enseñado. Se está mejor leyendo en un sillón de orejas, en uno confortable, cerca de una ventana desde la que se vea un paisaje o una avenida concurrida, en donde circule la vida y uno pueda contemplarla en los altos que hace en la lectura. Dentro de esta pantalla no hay una vida comparable a esa. No la hay, por mucho que a veces piense que es posible que exista. Lo único en lo que me satisface esta historia de unos y de ceros, de cables y de contraseñas, es la de poder escribir en mi página. Es cierto que eso me sigue gustando mucho. Saber que se me lee, entender que no escribe uno para uno mismo. Luego está el servicio que presta la máquina en un orden meramente administrativo. Tengo en sus archivos montones de cosas que adoro: discos de Thelonius Monk, películas de Douglas Sirk, libros de Javier Marías, fotos de cuando fuimos a Punta Umbría y nos pusimos ciegos de puntillitas. Hay una parte de mí emboscada ahí adentro, convencida de que la tecnología custodia mis vicios. No creo todavía que esa residencia tenga algo que malogra las otras residencias de las que dispongo para irme viviendo. El mundo sigue dibujando nubes y mi tendencia a rodearme de gente y charlarles y que me charlen no se ha malogrado, pero de verdad que estoy encorajinado (hace un siglo que no escribo ni digo encorajinado) por toda esta desgracia cibernética. Es un éxito que siga escribiendo y no se me haya venido abajo el sistema. Hace un siglo que no veía un sistema venirse abajo. Igual son hermosos los escombros.
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