Probablemente nunca pueda escribir una novela. Para escribir una novela hacen falta dos vidas. La que tengo, en la que ahora escribo, proseguiría su trama sencilla, su rutina aprendida. Es la otra a la que le encomendaría urdirla, imponerla a la realidad al modo en que nace un hijo del vientre de su madre o la lluvia prospera en el cielo como una revelación mágica. Quizá sea ese hecho místico el que me incapacita para empezarla. La verdad es que tampoco tengo ideas, pero supongo que llegarían. Tampoco sé muy bien en qué va a terminar este escrito y aquí ando, escribiendo, dejando constancia de cosas que antes no existían. Escribir es uno de los oficios más fascinantes del mundo. Leer es una extensión privada del trabajo de los demás. Estos días, en Panamá, andan de cabeza con las palabras. Las están abriendo y las están cerrando. Comprueban que no están rotas y que todavía valen para acometer la empresa de entendernos un poco mejor. Nunca nos hemos entendido bien del todo. Debe ser que las palabras no están lo suficientemente formadas o que el lenguaje, del que ahora hablan en Panamá los que entienden de lenguajes, no ha alcanzado un nivel óptimo de eficacia. De haberlo hecho, de estar ahora en un estado idílico del lenguaje, no haría falta un Congreso en Panamá, pero va mal y hay que sanar la parte enferma. No sé qué cosa quiere decir Vargas Llosa con eso de que hay que abrir las ventanas del español. Debe ser que las palabras no funcionan o que yo no estoy todavía preparado para entender todos los mensajes, a pesar de que el emitido por el Nobel Vargas Llosa está formado por materiales muy rudimentarios, palabras de sencillo decir y muy llevaderas adentro, como de andar por casa. Ya ven: hay que abrir las ventanas del español. He aquí el problema: no el del español, que es grande para que yo lo solvente en este articulito de lunes. Me refiero al problema de mi novela. Soy de natural disperso y así no hay quien lleve un argumento. Para escribir una novela hace falta vivir otra vida. En la literaria, en la estrictamente libresca, uno sería un dios. No lo entiendo de otro modo. Un dios absoluto creando un mundo. Yo, en este hilo de las cosas, siendo el dios caprichoso y rudimentario tan grato a mis delirios creativos. Yo, ensimismado, inventado mapas, pero Emilio Calvo de Mora de este lado, como un Walter Bishop cordobés, no tiene tiempo de estas diversiones del intelecto ocioso. Para escribir una novela hacen falta dos vidas. Para escribirla bien quizá alguna más. Mientras que lo voy pensando todo, cierro el post. No tengo nada más que añadir. Nada que sirva.
21.10.13
14.10.13
Fenomenología de la mediocridad o cómo Marilyn y Hegel fueron abroncados por Wert en la barra de un bar
Sospecho que el ministro Wert tiene sentido del humor. No hay ninguna evidencia que contradiga esa idea mía de que debajo de lo visible está el humor. Las personas, en comparecencias públicas, suelen callar lo más acendradamente humano que poseen, se cuidan mucho de que lo privado no aflore, de que la calidad humana (lo íntimo, lo compartible) no distraiga del cometido de su discurso. El de Wert no es de ninguna manera grato para casi nadie. Creo que ni siquiera para él, aunque venda su moto con absoluta convicción, creyendo en todo momento en la bondad del producto. No ha habido, que yo sepa, constancia mediática de un político que se salga demasiado del guión, pero ésos son los que ganan adeptos y hacen que sus causas prosperen. Un poco como Rivilla, ese señor cántabro que es un showman en sí mismo, sin que intermedie una cámara o habiéndolas a cientos. La política persevera a costa de que se sacrifique el lado humano. Por eso Wert no puede mojarse en lo que pregona y solo transmite insulsamente un inventario atropellado de medidas que, a lo visto, van a ser demolidas en cuanto la oposición se apoltrone cuatro años en el poder. Y no avanzamos.
Sin entrar en detalles, la LOMCE no es la gran Ley de Ordenación Educativa en la que confiar o sobre la que apoyar el futuro. Es otro fracaso más (no la ha sufragado nada más que el partido que la ha diseñado) y lo es sin menosprecio de que, en su cuerpo legislativo,
albergue aspectos valorables. Cito ahora uno que me parece remarcable: que no se pase de curso sin que se aprueben las materias instrumentales. Cito también el valor que da al esfuerzo, asunto que otras leyes derogadas no miraban con tanto fervor. No hay nada que sea enteramente bueno o
malo, nada que no aliente valores sustanciables, iniciativas racionales,
conductos viables para que se alcance ese bien deseable, la educación de
calidad que la sociedad exige. No sé qué sociedad tenemos. Si es una
que solo ahora, habida cuenta del roto grande del traje que la viste, se
esmera (manifestaciones, consenso entre distintos, sensibilidad
ciudadana) en corregir los errores, en producir un modelo durable,
fiable, del que no se condena nada en exceso y al que se aferren, sin
marcas partidistas ni intereses bastardos, unos y otros, en aras de un
bienestar mayor, útil para todos, beneficioso para quien comprende que
la educación es la única llave del progreso. Es probable que sea esto
precisamente lo que falle: que no se haya comprendido la importancia de
educar y de prestigiar el esfuerzo pedagógico. Los maestros somos una
especie continuamente zarandeada. Nuestro oficio es un pato de feria al
que las escopetillas de plomillos se afanan en derribar y a lo que lleva
este atropello en lo pedagógico y en lo pecuniario es que la escuela,
la pública, siga ocupando corrillos en los supermercados, conversaciones
casuales en las barras de los bares, en las que siempre pierda el
maestro o pierda el colegio como institución. Hasta que no exista un
convicción fuerte de que con las cosas de la educación no se juega, no
se legisla a la ligera o no se recorta cazurramente no habrá progreso
verdadero y seguiremos en esas listas terribles de países ocupados
todavía en desescombar la cultura, en demostrar a los otros que el
tiempo se ha detenido dentro de sus fronteras y que seguimos, pese al
gol de Iniesta y al número uno de Nadal, en el furgón de
cola del mundo civilizado. Del otro, del pobre, del que se bate en duelo
por el hambre o por las guerras, no se hacen estadísticas. El estómago
vacío no se alimenta con libros, aunque haya por ahí un libro (Javier Lostalé, creo) cuyo título viene a decir que vivimos más si leemos. De ahí, muy probablemente, que Wert, el ministro de su ley, no exhiba una brizna de humor o lo expulse de su cuerpo socarrona y bastardamente, en plan cínico, como lo hacen en ocasiones los políticos cuando se ven cercados, expuestos, vulnerables. El
botín es el futuro. De eso se habla cuando hablamos de educación. A eso
conduce el saqueo. Anteponer intereses partidistas al bien general no
es un procedimiento de nuevo cuño: ha sido moneda de cambio habitual, el signo de unos gobiernos a los que les cegó el poder y que emitieron leyes que, en la mayoría de las casos, solo estaban formuladas para enterrar las leyes que las precedieron, ad nauseam.
Creo firmemente en el humor. En el de Wert, si lo tiene, y en el de el posible anti-Wert que hiberne en algún lugar, a salvo de la quema de los medios, preparado para liderar algo, no sé, una visión humanista de las cosas, un retorno a la bondad, un hacer que todo prospere sin que unos salgan muy perjudicados y otros, en este caso, en tantos, muy beneficiados. Pero lo que me duele más adentro, aparte del tema recortes, tan familiar, literalmente, es que la ley de marras se haya cebado con la Filosofía, con la Ética, con todo la bendita metafísica. Será que no hay sitio para las cábalas del pensamiento y todo debe ser práctico, de utilidad inmediata, de efectos visibles al poco de inyectar una medida. La Filosofía, la que yo amé y a la que todavía me entrego cuando puedo, está desahuciada. A Wert o a quienes lo asesoran o a todos, en alegre comandita, les vino bien eliminar la Historia de la Filosofía. Relegada a ser una optativa entre muchas, la Filosofía, o una buena parte de ella, pasa a ocupar el mismo rango academico que la Religión, que ha sido escalafonada a un rango que hace tiempo que no tenía. Otro asunto es si de verdad merecía la pena eliminar de un plumazo (abruptamente) una asignatura como Educación para la Ciudadanía en Primaria. Supongo que hará daño. Eso de hablar de la dignidad o de la justicia o de cultura no cuadrará en no sé yo qué cabezas. No sé en la Secundaria de pago qué harán, pero en la pública no se puede borrar algo tan de fundamento para que un país, España, este mismo, prospere, no se arredre ante la adversidad (económica, moral, la que sea) y encuentre su lugar en el mundo. El nuestro, como nación, está en entredicho. No porque haya un índice de paro escandaloso, infame, o porque peligren las pensiones (en treinta años el 35 por ciento de la población será mayor de 65 años) sino porque estamos desvalijando el futuro.
Si estrangulamos a Kierkeegaard, a Kant, a Epicuro de Samos y a la madre que parió a mi querido Nietzsche (qué buenos ratos me diste, en tabernas, en bibliotecas, en mi cama de noche, mirando al abismo y dejando que el abismo me mirase) estamos quitando de enmedio la biblia del pensamiento, una biblia mucho más importante que cualquier libro de cualquier creencia religiosa, uno que ha hecho que seamos esto que somos. Claro, viendo lo visto, quizá no hayamos llegado demasiado lejos. En cuanto nos distraemos un poco, llega un funcionario asustado por el cariz terrible de los acontecimeintos (ya saben, pongan el telediario, enciendan la radio, lean la prensa, salgan a la calle, observen las colas del INEM, vean a la gente saqueando los contenedores) y asesina por la espalda a una parte fundamental de la cultura. Quizá la más importante, la que nos hace criaturas que piensan y hacen que pensar no sea una actividad de riesgo. Querrán que lo sea. No sé. Son malos tiempos. A Marilyn y a Hegel les hubiese encantado encontrarse en la barra de un bar. Hubiesen discutido alegremente de lo divino y de lo humano. Seguro que Wert los hubiese abroncado. No es solo un síntoma de algo que ocurra ahora o que sospechemos que únicamente puede pasar ahora. Es que ya hemos visto demasiadas veces mandobles alojados en el costado de la criatura. La están zaheriendo sin pudor. Lo hacen en la creencia de estar salvándola. No es un volunto de un wert eventual. Ha habido muchos. Algunos han lastimado un órgano y otros, según las tornas, otro. En conjunto, sin adelantar quién asestó el golpe más terrible, la están derribando entre todos. Le daremos sepultura. Lo de menos, de verdad, es que sea cristiana. Humor. Humor inteligente, del bueno. Deberían programarlo.
12.10.13
A kind of blue
Poseo la suficiente convicción íntima de mis vicios que no se me pasa por la cabeza renunciar a ellos. De hecho, conforme me visitan, mientras que los disfruto y después, cuando concluyen, razono que mi felicidad, la poca o la mucha que tenga, pasa porque existan y porque yo los adore como lo hago. Es una idea esta del vicio que quizá no corresponda con alguna otra, más prejuiciada, sacada de un más retorcido modo de entender las cosas. Uno de esos vicios capitales, absolutamente imprescindible, del que no me separo un solo día es el jazz. A falta de asistir a grandes o a pequeños conciertos, abastezco mi debilidad con los miles de discos del género que he me asisten en gozo puro cuando mi alma pide una buena ración de jazz. A veces he pensado que mi alma, la apetitiva, la concupiscible, la que se acomoda al traje en que la recojo y de la que me sirvo para irme viviendo como quien no quiera la cosa, está hecha de swing, de bebop, de todas esas maratonianas o brevísimas sesiones musicales. Carezco de argumentos para darle a todo esto que expreso una brizna de cordura. Nada que nos satisface tanto puede ser compelido en el estrecho y triste emvoltorio de la razón. Al modo en que funciona la fe, a decir de quienes la profesan, siento yo el hechizo del jazz. Soy un feligrés humildísimo. Uno que ni siquiera tiene a nadie a mano, lo suficientemente a mano, quiero decir, con quien compartir el asombro. Algún buen amigo al que veo poco entiende qué siento y subscribe, a su manera, todo lo que escribo. Por eso me ha emocionado la fotografía que me ha mandado María Fernanda. Porque muestra un estado muy sencillo de las cosas, un indagar el objeto mismo de mis pasiones con los ojos de quien no alcanza a vislumbrar la hondura de lo observado. Kind of blue es hondura absoluta. No hay ocasión en que no aprecie un destello nuevo, uno inadvertido y que deshace toda posible idea preconcebida de lo que va uno a escuchar. El jazz posee esa inmensa facultad: la de presentarse cada vez con un contenido nuevo, la de producir continuamente la sensación de que la pieza que estamos escuchando la estamos escuchando por primera vez. El buen jazz hace esto. Kind of blue lo consigue invariablemente. No creo que tenga otro disco al que le profese un fervor mayor. Por supuesto ninguno de géneros ajenos al jazz. Mientras que escribo esto (es sábado por la mañana, todavía no ha comenzado el trasiego del día, estoy organizando las cosas que tengo que hacer) suena So what. Tendré que empezar a pensar en dejar de escribir las mismas cosas, con renovado entusiasmo, pero es que la fotografía (de la que no sé nada) me ha conquistado absolutamente. No sé si existe una buena pedagogía del jazz. Este es el primer paso. El primer y limpio paso.
30.9.13
Sting / The last ship: Otro descenso al invierno
Sting está envejeciendo a su aire. Es quizá la mejor forma de dejar la juventud, sea eso lo que quiera que sea, o incluso la edad adulta, la que todavía echa la vista atrás en lugar de otear el horizonte. Hegel dijo que los tiempos no siempre van hacia adelante. En ocasiones
no se mueven. En otras van hacia atrás. La idea primaria de la
ocurrencia de Hegel es que el futuro no tiene futuro o que el pasado, a
pesar de lo gris y de lo malo que pudo ser, puede volver y quedarse. A Sting se está poniendo invernal, crepuscular, nostálgico. No parece que en su día empezara a ras de punk, liderara un formidable grupo de rock mainstream (The Police) o fundara una carrera en solitario a la que no le ha quedado ni un solo palo por tocar, desde el jazz voluntarioso, The dream of the blue turtles y Bring on the night, al receptorio de madrigales y otros pequeños caprichos medievalistas o renacentistas (If on a winter's night y Songs from the labyrinth) o ese afecto suyo por el arrimo al pop, asunto que ha desquiciado a quienes pensaban que este hombre huiría del mercado fácil y no sucumbiría a toda esa cantidad de mediocridades que ha facturado su voracidad artística. Porque Sting es un artista, qué vamos a pensar. Uno que se rodea de una orquesta (una distinta a cada ciudad en donde recala el tour) y graba un disco, Symphonicities, que luego fueron dos, de versiones sinfónicas de sus temas. Por eso no es de extrañar que se haya dejado engolosinar por el folk, por la respiración de la tierra.
El primero disco con temas propios en diez años, The last ship es una obra concebida para ser representada, un musical cimentado sobre el declive laboral de una ciudad portuaria, la suya, Wallsend, de la que ya se alimentó en The Soul Cages. El problema de los musicales, una vez que se transfieren a un disco, es que pierden parte de la inspiración que los alentó. Quizá este disco caiga en ese vicio: que las canciones precisen de un soporte teatral, que existan y tengan un sentido completo en la plasticidad de su puesta en escena. En todo lo demás, la obra es un muestrario completo de tradiciones locales, un repaso al cancionero de la Inglaterra a la que no atropelló el rock de los Beatles, de los Rolling o de los Kinks y todo lo que vino afortunadamente después. No sé si le va a Sting el papel de bardo de los astilleros. La crónica social de la reconversión naval ha tenido voces duras, voces críticas con la inoperancia de sus gobiernos o con la vorágine de los mercados, que ya no quieren barcos grandes ni necesitan la mano de obra que los construye y repara.
The last ship es una aventura que mira a Broadway, que no descuida su vocación eminentemente teatral y que, en cierta coherencia, obsequiará a Sting con el afecto y con el desafecto, apuesto que a partes iguales, de un público fiel, pero desconcertado, poco inclinado a que abunden las piezas meditabundas, pausadas, intimistas, abandonando (cada vez es más ostensible este abandono) el perfil rítmico, el lado oscuro, incluso el lado ruidoso. Eso no quita que se esmere y que brille en cortes de una textura delicadísima (August winds, Practical arrangements) y que el todo sea coherente, melódicamente correcto, sin la estridencia que quizá algunos querríamos, sin la brizna de riesgo que supone el regreso al Sting que a mí, en particular, más me agrada, el que se rodea por buenos músicos de jazz, aunque éstos sean excelentes en lo suyo, un folk de consumo rápido, lo suficientemente impregnado de tradición como para que no incomode a los antiguos y se granjee la atención de los nuevos. Todo ese tono entre lo elegíaco y lo danzable favorece la plasticidad de la cosa, la conduce a un escenario y deja que allí se explaye. Seguramente sea éste el lugar en donde este Sting brille. La edad cobra sus aranceles: a él se le ha ido el músculo de la juventud e incluso el pulso brioso de la edad adulta. A cambio, está fortaleciendo su lado sereno, inyectándole el bagaje aprendido, limando las asperezas, dejándolo limpio para que los discos vuelvan a venderse como antaño o las entradas al teatro duren un santiamén en la taquilla.
El primero disco con temas propios en diez años, The last ship es una obra concebida para ser representada, un musical cimentado sobre el declive laboral de una ciudad portuaria, la suya, Wallsend, de la que ya se alimentó en The Soul Cages. El problema de los musicales, una vez que se transfieren a un disco, es que pierden parte de la inspiración que los alentó. Quizá este disco caiga en ese vicio: que las canciones precisen de un soporte teatral, que existan y tengan un sentido completo en la plasticidad de su puesta en escena. En todo lo demás, la obra es un muestrario completo de tradiciones locales, un repaso al cancionero de la Inglaterra a la que no atropelló el rock de los Beatles, de los Rolling o de los Kinks y todo lo que vino afortunadamente después. No sé si le va a Sting el papel de bardo de los astilleros. La crónica social de la reconversión naval ha tenido voces duras, voces críticas con la inoperancia de sus gobiernos o con la vorágine de los mercados, que ya no quieren barcos grandes ni necesitan la mano de obra que los construye y repara.
The last ship es una aventura que mira a Broadway, que no descuida su vocación eminentemente teatral y que, en cierta coherencia, obsequiará a Sting con el afecto y con el desafecto, apuesto que a partes iguales, de un público fiel, pero desconcertado, poco inclinado a que abunden las piezas meditabundas, pausadas, intimistas, abandonando (cada vez es más ostensible este abandono) el perfil rítmico, el lado oscuro, incluso el lado ruidoso. Eso no quita que se esmere y que brille en cortes de una textura delicadísima (August winds, Practical arrangements) y que el todo sea coherente, melódicamente correcto, sin la estridencia que quizá algunos querríamos, sin la brizna de riesgo que supone el regreso al Sting que a mí, en particular, más me agrada, el que se rodea por buenos músicos de jazz, aunque éstos sean excelentes en lo suyo, un folk de consumo rápido, lo suficientemente impregnado de tradición como para que no incomode a los antiguos y se granjee la atención de los nuevos. Todo ese tono entre lo elegíaco y lo danzable favorece la plasticidad de la cosa, la conduce a un escenario y deja que allí se explaye. Seguramente sea éste el lugar en donde este Sting brille. La edad cobra sus aranceles: a él se le ha ido el músculo de la juventud e incluso el pulso brioso de la edad adulta. A cambio, está fortaleciendo su lado sereno, inyectándole el bagaje aprendido, limando las asperezas, dejándolo limpio para que los discos vuelvan a venderse como antaño o las entradas al teatro duren un santiamén en la taquilla.
28.9.13
No soy capaz de mandar a la mierda los cuartetos de cuerda de Shostakovich
Poseo la suficiente información como para no desear recibir ninguna más. Entra en mis cálculos que una brizna más de datos colapse mis entendederas y se venga abajo todo el sistema sensible. Estoy por decir que incluso no sabría si la información que almaceno me es enteramente útil, si puedo prescindir de una parte y habilitar el espacio recién desalojado para que ingrese información nueva. Eludiré todo tipo de información irrelevante, me esmeraré en seleccionar solo la que de verdad aprecie, la que me haga sentirme más feliz o más infeliz, pero comprometiéndome, involucrando la parte de mí que suele no involucrarse nunca. En adelante, suprimiré toda la información bursátil. Apartaré igualmente la que concierna a la política. Liberado de esas dos cargas, es posible que considere la posibilidad de renunciar al suplemento cultural. Después de haber tenido la valentía de dar la espalda a todas esas cosas que antes me parecían interesantes o que incluso me producían un reconforte espiritual maravilloso, no me costará trabajo pasar por alto toda la información deportiva. Viviré un tiempo a salvo de cualquier noticia. Rehuiré a quien se sienta autorizado a facilitarme todos esos datos que ya no contribuyen al sostenimiento de mi ocio. Creo que lo fortaleceré paseando. Me acoplaré mis cascos y escucharé música clásica. Imagino que incluso podría pasar de la música clásica. A la mierda Shostakovich. Fatigaré las calles sin que nada me distraiga. Llegado el punto de que la realidad me confunda, puestos a que me incomode el ruido de los coches o toda esa turbamulta de adolescentes que consideran suyas las aceras y las recorren atropelladamente, sin miramientos, prescindiré de los paseos. Nada como una vida de retiro doméstico. Me refugiaré en casa. Volveré a degustar aquellos viejos placeres de antaño. Dormiré largas siestas. Me asomaré al balcón y miraré cómo el cielo, a lo lejos, brama o grita o se rompe en pedazos para que la luz lo inunde todo y mis ojos estallen de júbilo. No sé cuánto tiempo podré soportar esta ocurrencia minimalista mía. Si en una semana estaré para que me encierren o si serán dos. Porque creo que nada de lo que acabo de decir es una buena idea. No lo es en absoluto. Creo que voy a darme un chute de noticias. Un poco de prensa digital, unos blogs de gente interesante, una sesión de facebook para ver qué dicen todos mis amigos. Me demoraré en todas esas fotos de sus viajes, en la enumeración morosa de lo que han hecho desde que se han levantado y cómo han resuleto los viejos problemas irresolubles de los cuales todavía yo no he podido desembarazarme. Escucharé, extasiado, en sinfónico arrobo, cualquier cosa de Shostakovich, los cuartetos de cuerda siempre me emocionaron, o un poco de jazz de la Verve o uno de esos discos estupendos en directo de Emerson, Lake and Palmer con los que, hace años, probaba la contundencia sonora de mis altavoces, su punch decibélico.
26.9.13
La vida secreta de las plantas
Tengo una pareja de amigos que tienen un libro de César Vidal al que le han encomendado una función que no encomienda a ningún otro de los suyos. El libro tiene como cometido elevar diez centímetros críticos una maceta reposada en la altura de un mueble de salon y tapada parcialmente. El grosor de la obra permite que la maceta, una pequeña con unas ramas lánguidas que se dejan caer armoniosamente y enseñorean unas hojas de muy agradable aspecto, se exhiba con más porte y no se malogre su oficio decorativo. El hecho de que fuese César Vidal el elegido me produjo una sensación extraña. Les quise preguntar las razones de esa elección, pero las entendí a poco de revisar el resto de los libros que ocupaban muchas de las habitaciones de su casa. Era una de esas maravillosas ocasiones en las que el libro vale únicamente por su grosor, por el hecho de que ocupe en el espacio un volumen determinado, uno cómplice con nuestros propósitos. Yo hubiese izado el poto con algo de Coelho o de Bucay, pero tendría que comprarlos. En este caso, sale más barato poner un ladrillo o una caja de zapatos pequeña, como de bebé.
Del libro, más allá del tesoro que tutela, extrae usos a los que la razón no concedería ningún crédito. Algunos libros han salvado vidas: la bala se alojó en sus páginas y no abrió la carne. Otros, bien al contrario, han contribuído al triunfo del mal. Son los libros los que construyen los imperios y son también los que los acaban reduciendo a escombros, los que forjan indeleblemente el alma, ennobleciéndola o enturbiándola, pero he aquí a mis amigos concibiendo un uso bastardo, un uso insólito que no debería dejarse pasar y que informa sobre los tiempos en los que vivimos. Me hubiese intrigado más, entiendo yo, que en lugar del tocho del santo Vidal hubiese escogido La montaña mágica de Mann o el Ulises de Joyce. Una buena bíblia o una colección de revistas del Reader's Digest habrían cumplido con creces la noble misión de poner a la vista el cuerpo principal de la planta, pero fue Vidal el elegido, sobre el que recayó la responsabilidad de la estética. Se valora más este gesto si pensamos que mis amigos estrenan casa (un año y unos meses es todavía poco tiempo y se puede decir que andan de estreno) y que todo está pensado de un modo riguroso, que luego mengua o desaparece en cuanto el hábito se adueña de la vivienda y reina cierto conformismo digno y nada recriminable.
Pero qué sutilidad la de mis amigos, qué arte tienen; expresan con una sutilidad prodigiosa lo que las palabras, en ocasiones, no sabrían, y el hecho de esconder el objeto mismo de este juego maravilloso debajo de una maceta, ofreciéndole su alza libresca, confirma lo que uno piensa nada más ver algunas de las baldas que pueblan la casa que ayer visité. Allí estaban libros formidables, muchos de mi agrado, leídos, degustados, y no es posible que compartan espacio Paul Auster, Brooklyn Follies mirándome como queriendo que lo leyese de nuevo, y César Vidal o Jorge Luis Borges y César Vidal o Antonio Tabucchi y César Vidal. No es que esté uno de gresca con el pantagruélico autor, pero siempre está ahí, rondando, el sentido común, los afectos y los desafectos que el apetito lector va formando a través de los años. Si yo tuviese que buscar entre mis libros uno que cumpliese eficientemente ese papel mobiliario acudiría a alguno antiguo, no sé, a un Dan Brown, que no se qué hace en uno de mis anaqueles, pero ahí anda, granjeándose mi enemistad eterna. Lo compraría un día gris, teniendo la cabeza en otra parte, pero no en donde debía. El Vidal de mis buenos amigos sería un regalo, un descuido, un día malo en los que la cabeza esté otra parte, seguro. De todas formas, qué sutilidad, qué arte, qué uso bastardo más hermoso. Luego la amistad, el Brockmans y el cardamomo amenizaron la tarde.
25.9.13
Todos mis muertos
Poseo una idea de la muerte que me ha hecho pensar muy poco en ella. Al tiempo le incumbe mi estancia entre los vivos, aprecio esa certidumbre de que la vida es eterna mientras dura, pero me sacuden cada vez con más violencia los muertos cercanos, los que compartieron conmigo una terraza en un bar, los pasillos de una escuela o el verano cuando la vida iba en broma, ya saben, y todavía no había llegado el dolor fino de saber que se acaba. Hay gente de la que no sabemos nada y con la que no entablamos trato alguno que, cuando mueren, nos hacen daño de verdad por ahí adentro. No llora uno que se fueron. Tal cosa no es posible en absoluto. No tenemos recuerdos a los que aferrarnos y no hay ninguna posibilidad de que el afecto se cuele y nos enternezca. Lo que nos duele es descubrir que la muerte ronda cerca.
Sigue en Barra Libre
Sigue en Barra Libre
24.9.13
Una novela
Creo que no he encontrado mejor lugar para leer que un parque o una parada de autobús o una terraza en un bar. En casa, en cambio, a poco que me pongo a leer, si alguna distracción interviene, pierdo un poco el hilo de las cosas y se violenta el acto íntimo de la lectura. En todos esos sitios, por paradójico que parezca, adquiero un blindaje absoluto, una especie de malla contra el ruido, que consigue que incluso lea con más ahínco y me integre con mayor eficacia en lo leído. Cuando estudiaba sucedía justamente lo mismo. Cualquier sitio era mejor que el adoptado en casa, cualquier novedad era bien tratada. A veces he pensado que uno lee impelido por circunstancias que se escapan al criterio de la razón. Ese acto, el salir de esta realidad e ingresar en la que formula el libro, siendo mágico como es, no obedece a las normas tradicionales, desoye cualquier evidencia de taxonomía y se deja querer, y cómo, por el instinto, por la pasión. Lee uno como si afuera de lo leído nada lo circundara. Como si hubiese un yo que lee al que nada le podemos decir del otro yo, del que hace el resto de las cosas y va a sus asuntos, pasea las calles o trabaja de lunes a viernes. Me fascina la idea de que haya un desdoble, por decirlo de alguna manera. Que idílicamente una de las partes resultantes no sepa que la otra existe. Habría por ahí un emilio obtenido de todos los libros que ha leído. Estaría el emilio de Julio Verne y el de Augusto Monterroso, el emilio que supervisó los muertos de Patricia Highsmith y el que se embelesó con el Padre Brown del bueno de Chesterton. Que de algún modo, secreto y sublime, por supuesto, todavía persiste esa realidad impostada, libresca, en la que discurro sin que ninguna otra circunstancia me revele de ese oficio maravilloso. Que cada trama de cada novela que cae en mis manos va construyendo ese cosmos y lo va puliendo hasta que adquiere justamente la prestancia y el volumen que yo deseo. No sabe uno cómo es el cosmos que los libros le han ido regalando. Si es una obra enteramente propia o si ni siquiera se posee una parte pequeña en su autoría. Tengo cientos de muertos en mi memoria. Alojo amores platóncos, amores delincuetes y amores teologicos. Todo lo que he visto permanece ahí adentro, contándome el mundo que lo que veo no ha sabido contarme, mostrando los fragmentos para que yo los recomponga, dejándose contaminar un poco por lo que yo le digo y por lo que no entiendo.
20.9.13
Un asombro dulce
Se trata de saber qué miran o se trata de entender los porqués (habrá más de uno) que hace que miren como lo están haciendo. Si en lugar de observar únicamente la imagen recaemos el interés en el autor que la registra, las preguntas ganan terreno a las respuestas. Quizá la función del arte sea únicamente ofrecer interrogantes. Las respuestas las da la ortodoxia de la ciencia. Yo prefiero que las preguntas me aturdan. Las de este trozo de vida, de vida inmóvil, enfriada y paciente, son formidables. No sé si cuando ahora salga a la calle y cruce los pasos de peatones y me encamine morosamente al trabajo seré zarandeado como lo he sido esta mañana, al pillar en una búsqueda esta fotografía asombrosa, de la que ignoro todo, salvo el asombro dulce con el que me ha besado.
18.9.13
El alma, ah el alma
Uno. Al alma la emborrona la ficción de que verdaderamente existe. El alma es
un paraíso alquilado. Cuando el cuerpo desciende al desorden absoluto y
decide morir, el alma no gime ni se expresa en altos sonetos
petrarquianos. No hay constancia de nada que suceda después de que todo
haya dejado de suceder, expresado machacona y despreocupadamente. El
alma no es otra cosa que un tumor benigno. El alma se descarga en su
versión laica y entonces el poeta, manumitido del corsé de los clásicos
que la sublimaron, estrangula el verso y forja la épica, el lugar exacto
en donde las palabras manifiestan su distorsión metafísica. Todo lo
demás es interfaz, escaparate, voluta que excita la neblina del ojo.
Cuando el cuerpo se declara insolvente, el alma se convierte en un
hipervínculo. El alma es un objeto de consumo al modo en que lo son las
zapatillas Nike de cien euros o el último libro de Paulo Coelho.
El alma es uno de los mejores negocios que existen. Se han edificado
catedrales en su nombre. Se han levantado imperios y se han inventado
mapas. Por el alma, por ese asunto fragilísimo, la población ha sido
humillada, violentada y en muchos casos incluso diezmada. Este acto de
humillación, violencia y aniquilación continúa a día de hoy, mientras
escribo esto. El alma es un acontecimiento enteramente poético. Uno de
esos lugares a los que se acude para contar la desgracia o la fortuna de
ir viviendo. Metafísica en tarros vendibles. El alma, ah el alma, toda
esa conferencia de pájaros buscando nubes en una habitación oscura.
Dos. Me parece que este tiempo no es el mío, pero no creo pertenecer a ningún otro en el que me sienta más a gusto que en éste.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
El cielo en Lucena hace once años
La tomó mi hijo hace once años. No sabemos el porqué de hacer fotos al cielo, ese registrar las nubes, guardarlas en un lugar al que acudi...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
El Circo del Sol es adictivo. Hoy al salir del Grand Chapiteau he pronunciado esa frase. La repito mientras escribo.


