1.7.13

El hoy tan lento y el ayer tan breve...


                                                                                     A Miguel Cobo, riógrafo


No siempre tiene uno toda la vida por delante. En ocasiones tiene media vida o un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. Lo bueno de la vida es que no se acaba nunca. Uno es inmortal mientras vive, escrito de otra manera. Ahí, en esa finta filosófica, en ese limbo, es en donde campa a su antojo la diosa incertidumbre, que es la diosa fundamental en estos tiempos de relativismo brutal. Hay otros dioses, hay otros objetos de culto, pero ninguno al que nos postremos con más decidido fervor que el tiempo. A él nos une la filiación esencial. De tiempo es de lo que estamos hechos. Tiempo es lo que ganamos o lo que perdemos en cada preciso instante. Todo lo demás es una extensión de esa realidad insobornable. Somos el río de Heráclito, somos el incansable río de las horas, el río de Jorge Manrique, el río fluyendo hacia la eternidad que Borges, al que cogí el título del texto, quería ver en los fiordos nórdicos o en los arrabales porteños. Somos esa materia inasible de forma incesante e inabarcable. El tiempo, el infinito. El único tesoro posible. El tiempo, el inasible.

.

25.6.13

Luz de mi vida, fuego de mis entrañas...


Llevo unos días aplazando la lectura de un libro. No son estos días los ideales para perderse en él. Tampoco sé cuáles. Me entretengo en cosas frívolas, busco distracciones que no me ocupen del todo. Podría empezarlo y abandonarlo en la página 43. Volver mañana y leer hasta la 56. Esperar al fin de semana para llegar a la 78. Abordajes brevísimos. Hace tiempo que comprendo la dificultad de acometer la lectura de una buena novela al modo en que lo hacía antes. Razono que no dispongo del tiempo de antaño. Pienso que la novela, a pesar de su cálido abrigo, de esa sensación de casa felizmente ocupada, compromete mi ocio de una manera notoria. No es la primera vez que alguna novela fascinante (tantas) me ha robado horas al sueño, tiempo a mis dedicaciones domésticos o al desempeño de ciertas obligaciones sociales. No sé si la novela ha muerto. Imagino que no. Sé que no. Está viva, pero la acechan por doquier, la colocan en una posición francamente comprometida. No seré yo quien no acude a salvarla. No me entiendo si una a mi vera, esperando que regrese del trabajo, en la mesita de noche o en el mueblecito junto al sillón de orejas. Nada como un sillón de orejas para meterse dentro de una novela. El mío ha estado en tantos lugares y ha vivido historias tan maravillosas que a veces me extraña que no haya cobrado vida propia y requiera, como un adicto más, su ración diaria de ficción, su cuota de trama.

La evidencia de que no son buenos tiempos para la lírica. Lo doloroso es no disponer de información fiable sobre la duración de esta travesía. No saber cuándo volverá uno a tener tiempo para enfangarse en esos vicios antiguos. Vi anoche el lomo inconfundible de mi adorada Lolita y me entristeció reconocer que hubo una época en que leía a dentelladas, inconsciente, jubiloso, inocente. No me sucede esto con la música: encontré el recurso formidable del Ipod. Lo llevo encima siempre. Cargado de batería. El disco duro lleno de Bill Evans y de Charlie Parker. No podemos sacar en la cola del supermercado Lolita, Lo-li-ta, y verla otra vez en esos moteles baratos, oliendo a tabaco rancio y a moho ancestral. El escaso rato del que disponemos lo queremos convertir en el mejor de los ratos posibles. No nos rebajamos a leer mala literatura, ver cine malo o escuchar música innecesaria. Queremos siempre tener a mano a Vladimir Nabokov, a John Ford o a Keith Jarrett. Queremos dosis masivas de placer. Por eso duele esa pérdida miserable de tiempo que supone leer libros malos, ver películas malas o escuchar discos malos. Malogramos el apetito con golosinas defectuosas. Se hace uno exigente hasta el desmayo. No transige entretenimientos vacíos. No ver televisión es un síntoma de cordura audiovisual en estos tiempos de penumbra. La tele ha pasado ser un monitor, una especie de receptorio cómplice sobre el que proyectamos todos nuestros vicios.  Lo doloroso, al menos en mi caso, es la certeza de que hay cosas que irremediablemente perdemos. No he visto Mad men, y tengo referencias estupendas. Tampoco la filmografía completa de David Lynch, algo quedará por ahí sin ver. No he oído el último disco de Joe Jackson. No he leído poesía húngara del siglo XVIII. Todas esas cosas hermosas se quedan afuera, no se convierte en nada mío. Mi hambre se sacia con viandas a las que concedo la mayor de las importancias. Mi estómago se está convirtiendo en un sibarita. Y pasan los días sin darle la ración diaria de asombro y me voy instalando en la mediocridad del que únicamente ocupa las horas en cumplir trámites ajenos. Nada, en el fondo. Frivolidades de ocioso que quiere serlo más. El verano, que hocica su coppertone granuja en el blog. De lo que me están dando ganas es de volver a leer Lolita, Lo-li-ta. Creo que nunca acabé un libro con mayor sensación de felicidad. Hay libros que te colman una maravillosa vez y los hay que sabes que te van a colmar siempre. Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta

23.6.13

El hombre de acero: Demolition man



Nunca me fascinó Superman. La parte a la que más se inclina mi memoria mitológica es la de Clark Kent cambiándose en cabinas, titubeando, mostrando el lado humano (débil y apocado, en ocasiones) que también era habitual en Peter Parker cuando no trepaba muros. Creo que he visto todas las películas sobre Superman y ninguna está guardada al modo en que lo está algún Batman (los tres últimos merecen el mayor de los respetos cinéfilos) o el Spiderman de Sam Raimi. Lo de hoy, visto a primera hora, en un cine peligrosamente vacío, ay, me ha indispuesto contra el cine grandilocuente, el de la acción testosterónica despojada de propósito, el que solo abre el ojo (imagino que mucho) del espectador novicio, de fácil asombro, muy acostumbrado al vértigo adrenalítico de las consolas, de las que este hombre de acero será personaje fundamental. A lo mejor no hacía falta que se hiciera otra versión. Que se espaciaran más en el tiempo. Ninguna de las recientes (la de Richard Donner es la fundacional y pertinente) ha enganchado al público al modo en que Christopher Nolan logró hacer que su Batman anclara definitivamente en el imaginario popular y en la caja, que pide a gritos franquicias. 

Zack Snyder (300, Watchmen, Sucker Punch) es un cineasta nervioso, carente de la hondura moral de quien produce (otra vez el mesiánico Nolan) y con mayor interés en hacer una versión rompedora (lo es por muchos motivos) que sencillamente una buena película. No lo es en absoluto. La lastra esa sensación de espectáculo aparatoso, consciente de que los personajes deben tener un peso narrativo, pero espectáculo atronador, al cabo. La última media hora es un carrusel de destrucción absoluto. No creo haber visto en una pantalla un despliegue más convincente de edificios que se caen, coches que vuelan y ciudades enteras que escenifican el apocalipsis con el que muchos creadores de videojuegos sueñan. Dame demolición, dame ángulos de cámara imposibles (aunque fríos como un cubito de hielo en plena nuca) y yo llenaré la sala. No sé si el género es el que está agotado o soy yo, sencillo consumidor de cine de evasión, aunque moderadamente exigente a pesar del embolado en el que sé que me meto. Eso de ser de la Marvel o de la DC Comics hace que uno perdone estos deslices. En cuanto anuncie un hombre de acero dos, abonaré en taquilla y me sentaré (si es posible con mi hijo, que piensa como yo a poco que se le hurga) en una buena fila para que el destrozo se aprecie con más limpieza.



20.6.13

Battiatio le da un aire a Pavese, ¿a que sí?





Una confidencia con el café
Últimamente me veo a escondidas con mis vicios y hará más de un año que no pongo en orden el cajón donde los guardo. Dice K. que no es bueno estar todo ese tiempo alejado de uno mismo porque el que no se entrega a sus cosas, distraídamente, cuanto más a lo tonto, mejor, no puede entregarse a todas las demás, y yo le miro con el afecto de siempre y tomo nota de lo que dice para regresar a casa con algo bueno aprendido que poder llevar a término en cuanto la rutina me desencasquille la inspiración y tenga un par de horas en las que perderme dentro. Estará bien eso de ocuparse de uno mismo de una vez por todas. Hay alucinaciones que tienen aspecto de realidad y pedacitos de la realidad que, a simple vista, sin escudriñar en exceso, parecen una alucinación pura. En algunos momentos la vida descansa en esos dos lados: en alguna parte está la vida alucinada y en otra, a veces muy cerca y otras inasequiblemente lejos, está la vida real. A mí me gusta imaginarme con la facultad de viajar de un lado a otro. Una especie de caprichoso vidanauta, déjenme que lo exprese así, con la certeza cabal de que cada instante es precioso y que en cada momento de la travesía puede suceder el milagro que la justifique plenamente. 

K. se aburre cuando le mareo con lo que pienso: me gusta más leerte, en tu página, que escucharte, Emilio. Pero K. no tiene Internet y sale poco de casa, así que difícilmente puede ser verdad lo que dice, pero no sabemos qué es verdad y qué mentira. Aunque también podría tratarse de un problema de apreciación y todas estas distorsiones del pensamiento responden a un plan metódico escrito por alguien y uno, en el escenario, representa (incluso mal) el papel caído en suerte. En desgracia. Hoy de nuevo, en casa, he pensado en todos esos autores de la Literatura que han fantaseado con la posibilidad de que seamos invención de otro. Mi creador debe ser un tipo digno de lástima. Me tiene abandonado. Me ha dejado a medias y apenas se deja caer por donde ando y pone en orden lo que inventó. De hecho, yo tampoco me excedo en esas filigranas del intelecto creativo. Mi cajón de vicios está impresentable. Entro y salgo y cojo y suelto, pero cada día se me hace más pesado abrirlo y rebuscar entre lo que hay algo que contente lo que espero. En el libro de la ilusión hay un montón de páginas patéticamente en blanco. No las escribió nadie. No hubo quien tuviera nada que decir y yo mismo, el dueño de la bitácora, escribo sobre frivolidades y no acierto a acomodar el verbo al cuerpo y así describir con el rigor que merezco cómo estoy a estas alturas de lunes.

Lo difícil es atrevesar los domingos y salir indemne. Eso es lo más complicado de explicar: cómo atravesar la tarde del domingo sin que los demonios de la incertidumbre te coman la cabeza y te incendien el pecho de angustia. Y luego están los lunes, los martes... Los domingos con su blues dentro. Restos de Pavese, me informa K. No acabo de entenderle bien. Malas lecturas. Malos tiempos para la lírica. Ahora voy ver el As para saber qué dice del Madrid de baloncesto, que anoche ganó la Liga ENDESA, creo que se llama. No sé a qué viene eso de ponerle nombre de empresas a las ligas. Ahora lo he puesto con mayúscula. Ojalá alguien venga y me patrocine. 

Un aparte de un sueño
El canon, en Literatura, busca la polémica, el debate entre contrarios, la hostilidad en lo libresco. El día en que a alguien se le ocurra borrar a Kafka de una posible nómina de genios absolutos de la Literatura será un día remarcable en el calendario, el que algunos (más sensibles, tocados por lo romántico) recordarán cuando no tengan nada de que hablar en la barra de un bar o cuando, releyendo a Kafka, por supuesto, expongan las consideraciones que crean oportunas para imponerlo a la lista. A mi amigo K. le sigue pareciendo una blasfemia (él tan descreído usando esa palabra) que Borges no recibiese el Nobel de Literatura. Echa espumarajos por la boca. Desde ese día suele no dar importancia alguna a ningún premio que se otorgue a un escritor. Ni siquiera cae en la cuenta de que habrá autores de la relevancia del argentino que tampoco recibieron el agasajo de esa distinción. A Bloom lo lincharon cuando cogió un puñado de genios y no cogió el otro puñado. Igual existen varios, qué sé yo. Le doy a K. toda la razón. Está considerablemente autorizado para echar espumarajos por la boca cuando le dan a Fulanito de Copas el paraíso en forma de premio. Borges no lo tuvo. Yo en ocasiones, en mitad de la noche, me despierto y balbuceo unas palabras de sonrojo. No son espumarajos en realidad, pero a mí me lo parecen. Yo, formado humanísticamente en los clásicos, no puedo pensar en que no colocasen en esa lista antológica a Góngora. Voy a mirar si está. Como falta, ay si falta. Me veo esta noche, ya entrada la madrugada, despertando a mi mujer por los gritos. Me entenderá a medias. Tengo que leer luego unos sonetos. Por si esta noche me pongo barroco.


Fervor


 Las cosas más bellas son las que inspira la locura y escribe la razón.
André Gidé

Con la razón se pueden hacer cosas hermosas y algunas, bien miradas, aspiran a alcanzar el rango de artísticas. No soy de los que piensan que hay que estar ebrio para que el numen te atraviese y el arte fluya por tu corazón y pongas las palabras en la mano que escribe o en el pincel que pasea el lienzo. En una ocasión, me entusiasmó este diálogo estéril. Concluí con la felicidad de que no había encontrado ninguna idea que me confortara del todo. Ninguna que yo pudiera blandir si alguien me preguntaba o si yo mismo, en una de esas ocurrencias que a uno se le plantan y que lo entretienen, me retara a cerrar con aplomo la cuestión dentro de mi cabeza. Tengo la cabeza llena de frentes y no tengo interés en cerrarlos. Están bien así, dispuestos al galanteo con las ideas de los otros, incapaces de ninguna señal de hostilidad que amedrante a quien viene a contar su historia. Es que amamos las historias. Sobre esa idea se puede entablar un diálogo infinito. Conozco a dos o tres personas (no crean, no más) con las que me perdería en esa viciosa plática. El lenguaje es el vicio. Admito que me demoro en el pequeño burdel con el que a menudo me tienta. Me dejo sin dejar que insista mucho. Incluso a veces provoco yo que me empuje y me aloje en alguna de las casas con las que ameniza los caminos por los que me muevo. Fervor es una palabra que me parece de una promiscuidad asombrosa. Quien posee fervor por algo expresa una voluntad lúbrica. Hubo una época en que fervor me parecía más una palabra inclinada a celebrar lo muy religioso o lo declaradamente espiritual, pero creo que no necesito privarla de la posibilidad de que sea muchas cosas, según el estado de ánimo que tenga. Alguien, el otro día, me hizo pensar en el fervor. El de Buenos Aires o cualquier otro. Fervor. Qué de cosas hay adentro y con qué delicadeza fonética se airean.

Últimamente estoy en un periodo en el que me siento impuro. La pureza de la que ya no presumo era de índole literaria. Después de leer nuevamente a Pessoa (El libro del desasosiego) pasé a una novela fantástica, que me iluminó y me invitó a escribir yo novelas: hablo de Intemperie, de Jesús Carrasco. La invitación, aclaro este punto, duró un día, tras el cual volví al enamoriscamiento con mi blog y a centrarme en lo que de verdad soy capaz de hacer, esto es, escribir sueltos, textos de un minuto o de dos, a lo sumo. Después de Carrasco, leí una muy divertida Historia del Mundo contada para escépticos firmada por Juan Eslava Galán, que anduvo por Lucena y al que no vi, todavía no sé el porqué. Eran buenos libros que prometía la sana rivalidad de otros buenos libros. Así llego Leche, de Marina Perezagua, asombroso volumen de cuentos que tuve el placer enorme de presentar en Fuengirola hace un par de días, aparte de conocer a su autora y de sentirla ya como algo mío. Y he aquí como llegó Dan Brown. Sí, el del código y las conspiraciones. Ha venido con la Divina Comedia de Dante y yo le he dejado entrar. Ah impureza, ah dardo que pudre la carne noble y el exigente espíritu. No he durado más de cien páginas. Lo he dejado dentro del pequeño archivo alojado en mi ebook y no he querido saber si Robert Langdon salva al mundo. Porque de eso se trata, no hay más. Me encantó, sin embargo, leer que el autor no aspira a ser considerado un escritor al modo en que lo es Paul Auster, Javier Marías o Robert Musil, pongo por caso. Que lo suyo es el entretenimiento. Como una especie de mercader que en lugar de vender ajos en un puesto de la plaza vende historias. Bendita impureza, imagino. Da gusto enfangarse de vez en cuando con estas baratijas amenas. Esta vez ha durado cien páginas, pero no crean que siempre fue así. Uno lee casi de todo. Borro de mi generosa lista a Coelho y a Bucay. Eso no es impureza. Es un estado más bastardo del alma. No sé si me explico. Quizá no haga falta. Ya digo que la razón puede de vez en cuando crear belleza. O será la ilusión de la belleza, qué más da.

18.6.13

Presentación de Leche en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola








Este es el texto que anoche leí en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola, en la presentación de Leche, el segundo libro de la escritora sevillana Marina Perezagua. Fue un placer y un honor que se me encomendara tal cosa. Lo fue desde que me lo propuso y también durante el tiempo en que compartimos la celebración de que un libro se publique, convoque a tanta gente a su presentación y suscite un diálogo tan fluido y tan hermoso como el que se produjo a la conclusión de mis palabras de introducción. Quienes nos recibieron en la Biblioteca (Conchi, Gloria, José Manuel, Elena, temo olvidar a alguien) hicieron que al menos yo me sintiera arropado, cómodo, rodeado de amigos, a pesar de que era la primera ocasión en que nos tratábamos. Los libros obran estos prodigios, crean entre quienes los aman un vínculo fantástico. Marina es una criatura adorable, una escritora estupenda y una amiga, en adelante, no lo dudo en absoluto. Dejo aquí el texto íntegro de mi presentación.




"Hay una cita de Borges que siempre me pareció muy hermosa. En ella se da un concesión a la esperanza y también a la convivencia entre quienes no piensan del mismo modo. Dice:

 Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno

Empiezo trayendo a Borges porque sé que a Marina le agrada esa visita. En una de las muchas charlas que hemos mantenido los dos por la gracia de las redes virtuales, hablamos también de Borges. Estaba yo en mi casa, en Lucena, a una hora tardía y ella, en el metro, yendo o viniendo de Nueva York a sus asuntos. Y no dábamos con las palabras exactas de Borges. Me sentí desconcertado por esa conjunción maravillosa. El metro de Nueva York, que yo he visto cientos de veces en películas. Borges, al que he leído cientos de veces en cientos de sitios y una escritora que me invitaba a presentar un acto muy querido para ella, la presentación de un libro en su tierra, en Andalucía.  Así que empiezo, si me permiten, con Borges. Decía que un libro no era nada si no se producía el acto mágico de abrirlo.  Para quien no lo haya leído todavía, les confieso que este acto mágico lo es entonces por partida doble.

Mi  fascinación por la zoología fantástica no tiene antecedentes familiares. Ninguno de los míos se entusiasma como yo cuando coge un bestiario editado con lujo o un modesto ejemplar, enfermo de viejo, alojado en un anaquel de una librería de segunda mano o cuando el cine proyecta historias en donde acuden animales extraordinarios, monstruos de insondables simas, criaturas de infiernos que solo vislumbran los atormentados. En el desquicio se aprecian con más nitidez (con más hermosa contundencia incluso) los matices extravagantes de la realidad, la verdadera piel de las cosas, no la visible, la que se ofrece a beneficio de vagos y conformistas. En la literatura existe también esa restitución de lo anómalo. Ya sean personajes dignos de Lovecraft o del cine de terror de la Hammer o personajes de apariencia rutinaria, normales en lo visible, pero devastados por la enfermedad, por el dolor o por alguna secreta e inconfesable fractura. El escritor, al expulsar los demonios que lo pueblan, al compartirlos, los convierte en otra cosa. Soy de los que piensan que no hay acto más generoso que la literatura. La de Marina Perezagua es generosa y es liberadora. La libera a ella y nos libera a sus ocasionales lectores. Hay algo de buzo o de espeleólogo en quien penetra en un libro. Afuera está la realidad que se pisa, la que que se huele y se manipula, pero adentro hay otra realidad que la lectura rescata. Todo lo que cuenta Leche es eso, un rescate, una especie de volcado poético de un tesoro alojado en las profundidades de la tierra. A lo que Leche invita es a  un viaje telúrico en el que vamos a descubrir criaturas del abismo. El abismo en el que miramos y el abismo que nos mira, ya saben. Criaturas extraordinarias, supervivientes fantásticos, seres que de una u otra forma recurren al heroísmo para no vivir en desgracia o para no extinguirse. Esa es la parte del ingenio narrativo de Marina que más fascina: la que se ocupa de normalizar las heridas de los demás. Tal vez de camino uno también cura las suyas.

No sé si hay cosas que se resisten a ser contadas. Leyendo a Marina uno piensa que la literatura es un acto prodigioso y que la gobierna la voluntad absoluta de contarlo todo. El pudor no existe. En lugar del pudor lo que encontramos es una especie de exhibicionismo romántico, en cierto modo, poblado por personajes aquejados por algún tipo de dolencia física o espiritual. Y para contar el dolor hace falta despojarse de las convenciones y de los protocolos y proceder como lo hace un cirujano frente al destrozo que va a recomponer en la mesa del quirófano. Contemplado de un manera científica, si es que esto es posible, el libro de Marina es un cuerpo dividido en catorce fragmentos, en catorce cuentos, en catorce dolencias, en catorce compartimentos que, en ocasiones, abren y cierran puertas para que la memoria fluya e informe a quien la escucha del prodigio al que asistió. Un poco como Batty, el replicante de Blade Runner. Si él se va no sabremos nunca qué hay en las puertas de Tannhauser. Todas esas cosas se perderán. Como lágrimas en la lluvia. La literatura ofrece la posibilidad de que nada se pierda enteramente. Incluso el dolor hay que preservarlo, el dolor sonámbulo yendo y viniendo por las costuras de las palabras, el dolor primordial por donde transcurren también los prodigios del amor y los milagros de la felicidad. 

Quería empezar hablando del dolor porque sé que terminaré hablando del amor. En los cuentos de Edgar Allan Poe casi siempre hay un muerto dentro y es a partir de la inminencia misteriosa del muerto desde donde Poe arma su literatura. Marina Perazagua prescinde del muerto, no lo precisa en absoluto, aunque cuente con él y lo haga un condimento relevante de la trama. A lo que se inclina la escritura de los cuentos es a la pedagogía. Son historias que nos ayudan a vivir mejor. No porque sean de una hermosura arrebatadora ni porque cuenten cosas sobre la belleza del mundo. sino por la voluntad sanadora que poseen, por la sospecha de que se nos está administrando un bálsamo. Esa idea de la literatura es la que a mí más me fascina, la que desconcierta, la que produce una perplejidad, un asombro desde el que comprender el mundo o desde donde cuestionarlo continuamente. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como los billetes dorados que el bueno de Willy Wonka escondía en sus chocolatinas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.    A lo que la buena literatura se enfrenta es a la pereza. Perezagua, permítanme el sencillo juego de palabras, no desea un lector invertebrado: aspira a encontrar un lector cómplice, que comprenda al conejito follador que escandaliza el cielo de Hiroshima en Little boy o a Alba, la protagonista de Algas, una mujer cuyo afán es pensar sin las trabas del cuerpo en una especie de apnea orgánica. En cierto modo es Alba la que representa el espíritu de los cuentos de Marina. Lo que desea es dejar que su cerebro solo piense. Que no se entretenga en administrar el flujo del menstruo o en vigilar la frecuencia cardíaca. No sé si ese propósito hace que Leche sea un volumen adscrito a la literatura de índole filosófico, a la fantástica o es un vademécum sobre las fracturas del alma. Leyéndole, en ocasiones, en algunos trozos más que en otros, he advertido un aliento metafísico, pero que nadie se alarme. 
 
No es un libro de lectura farragosa. Quien escribe bien no precisa de alambicar las frases. Las deja ir, mimadas, pero sin que la escritura gobierne lo que la escritura cuenta. Es admirable el control narrativo. Esa sensación de que el argumento de cada cuento está absolutamente previsto, sin que nada se abandone al azar. Y eso, en la brevedad de algunos, es más admirable todavía. Se lee con absoluto placer, aunque habría que ajustar qué concepto de placer hemos convocado. No es uno frívolo ni tampoco perecedero. Es el que se queda y se hace fuerte a medida que lo mimamos. El lector invertebrado no desea estar de pie. Prefiere una postura distendida, horizontal. Por eso quizá a Marina le gustan las inmersiones acuáticas. Porque son verticales. Porque indagan en lo que está en el adentro. Se podría uno extender en las redes narrativas de los cuentos, en cómo los personajes son una conciencia y también un cuerpo que la transporta, en eso que se dice en Algas: "La tensión es tanta que arma un esqueleto". De la nada, de las palabras que vertemos, podemos construir una vida. Es que el escritor es un dios caprichoso y un dios rudimentario y esta escritora ha forjado un cosmos a la medida de sus obsesiones. No creo que sean muy distintas a las vuestras, a las mías. Ella lo que hace es coger un átomo fácil de entre todos los átomos difíciles y ahí es en donde empieza a contarnos la historia. No anda a tientas por el texto que nos ofrece. Coge un cuerpo y lo convierte en un atlas. El cuerpo es un atlas. Mil dolores pequeños lo atraviesan. La orografía es un inventario de afecciones. El escritor es, en este caso, un cartógrafo al que se le ha encomendado la empresa de registrar los accidentes y anotar escrupulosamente los efectos de la erosión, el volcado epidérmico del oficio de la vida. Da la impresión de que lo ha medido y lo ha pesado y lo vestido y lo ha desnudado las veces suficientes. Está en posesión de esa rara facultad que consiste en hacer de la fatalidad un rasgo natural de la existencia. Lo trágico, al servirse con estos mimbres poéticos, de ternura y de calidez también, pierde un poco su condición terrible. Nos apenamos, nos emocionamos, nos conmovemos, pero seguimos leyendo en la creencia de que hay belleza dentro del caos.

En la tragedia todo es verosímil. Hay en nuestra perrcepción de la fatalidad una firme voluntad de asiento narrativo. Creemos en que las cosas pueden suceder como se nos explican, por más increíble que parezcan los hechos que la presentan. Somos lo que escuchamos. Somos receptores voraces de historias. Da igual que lo que nos alimenta sea lo invisible, lo que no podemos manejar cartesianamente. Las viandas narrativas más exquisitas apelan a nuestra credulidad. En los cuentos de Marina Perazagua no se produce ningún engaño fantástico. Como dice Juan Herrezuelo, mi amigo, en una nota que dejó en este blog, Leche normaliza lo fantástico. Como si Pedro Páramo lo contara Cortázar. La fantasía, al rebajar su caché escandaloso, no deja de asombrar, pero se hace creíble. De ahí que contemos con Cortázar, un escritor que no se parece a Borges o que no se parece a nadie. Lo ideal de un escritor quizá sea eso: no parecerse a nadie, aunque el lector escuche voces en su escritura que le recuerdan a todos los escritores que ha leído. De hecho hay un cuento en Leche en donde, de rondón, Marina explica un poco esta herencia involuntaria. Uno de los que más me gustan, por cierto. Es Un solo hombre solo. El cuento que, a mi entender, rivaliza con Little boy en ambición, uno que merece una especie de spin-off. Esa historia nos regala ideas preciosas: invita a pensar que existimos porque alguien blandió una espada en el siglo XI o porque un poeta prefiguró el paraíso en un hexámetro o porque un hijo ordenara la biblioteca de su padre. El cuerpo recuerda cosas que la mente no estabula ni registra. Pero el cuerpo transmite esos conocimientos y las generaciones heredan briznas maravillosas de memoria. La biología está otra vez puesta al servicio de la poesía. El lector agradece ese afán didáctico. Lo que cuenta Marina precisa una documentación precisa. Se agradece esa afinación entomológica. Me imagino que no la poesía, al matrimoniarla con la ciencia, no deja de serlo, pero ya es otra cosa, un artefacto literario más puesto al servicio del fin último: que la historia se cuente lo mejor posible.

Leche, a pesar de que hable de enfermedad, de dolor y de muerte, en ocasiones, es una gozosa manifestación de vida. La atraviesa la vida sin la decoración que a veces le exigimos. Una vida sin certezas, si se desea. Una vida que huele a agua estancada, a rana, embadurnada de olores que cuentan historias como uno de los cuentos que más me han emocionado, "Él". La vida ofrecida como un infinito laberinto de efectos y de causas, de azar más que otra cosa, del azar que amaba Borges. Quizá sea Borges lo que más me una a mí con Marina. El amor a nuestro bibliotecario favorito. Solo hay que haber estado en un cuento de Borges para sentir que los de Marina son extensiones de una dignidad encomiable. Probablemente Borges estaría inclinado a sentir como propios, permíteme el atrevimiento de la noche, algunos. MioTauro es el homenaje previsible, pero los cuentos de Marina prefieren un lenguaje del siglo XXI, poético, despojado de cualquier voluntad barroca. Marina Perezagua escribe muy bien. En un país en donde se lee poco, Marina escribe muy bien. Y ahora vuelvo al argumento de donde partí: el buen escritor necesita un buen lector. Uno que se conmocione. Que no se venga abajo cuando lo que lee le apabulle, le produzca rubor, le aturda, le haga sentirse privilegiado por estar escuchando una confidencia. Las historias de Leche son confidencias, asuntos escandalosos para las mentes escandalizables. Hijos que preñan a sus madres. Padres que malogran el amor de sus hijos a pie de playa. Conductores que la conciencia no les permite dormir. Niños de una crueldad antológica. El alivio lúbrico que un profesor le procura a su alumna para que soporte la enfermedad que la postra en una cama. El padre que ama a su hijo por encima de cualquier otra consideración y no permite que el hambre se lo robe. Y he procurado no desvelar nada. Nada de spoilers. Solo he lanzado piedritas que han dibujado círculos en el agua. Ahora busquen el dibujo dentro del círculo. Ahí están las crisálidas. Porque primero somos crisálidas. Luego somos otros cosas.; algunas, maravillosas: otras, despreciables, pero al principio, en el instante en que el primer átomo hizo un movimiento creativo en el misterioso comienzo de todo fuimos crisálidas, átomos que necesitan quien los narrara. Disfrutemos hoy con este libro. Es disfrutable. Gracias por escucharme"



13.6.13

Lovecraftiana


1
Dicen de Lovecraft que fue el maestro absoluto del terror cósmico materialista. Siempre que veo The thing, La cosa, la obra clásica de John Carpenter, pienso en las deudas que Lovecraft jamás cobró en vida, el escaso reconocimiento que tuvieron sus cuentos. En La cosa no importan los muertos que va dejando la criatura del espacio. Tampoco, aunque parezca lo contrario, el modo en que las va eliminando. Importa el hecho de que hay una criatura y de que procede del espacio. También la certidumbre de que está aquí antes que nosotros mismos. Que hay una especie de derecho sideral a hacer y deshacer en su casa como bien le plazca. John McTiernan, dirigiendo Depredador, no se opone a esta idea: el alienígena es el hombre. Él es el sacrificado.

 2
De Lovecraft, el misántropo, cuenta esa impresión ancestral de que la Historia que nos han contado no ofrece los datos fundamentales y se limita únicamente a cierta parte visible, contrastable sin dificultad, esquivando sin pudor lo que la forja, evitando involucrar en su fundación fuerzas telúricas, atávicas, terroríficas siempre; fuerzas que, larvadas, solo esperan que se las despierte y ocupen el lugar del que nunca debieron retirarse y el caos, a través del linaje de los dormidos, reine en la tierra y la someta a la voluntad de sus dioses. Precisamente Lovecraft aparta a Dios, al cristiano, de toda su maquinaria narrativa con el solo objetivo de dejar al hombre, la criatura que alumbró ese Dios en el principio arquetípico de los tiempos, abandonada a su suerte, desamparada completamente. En el terror, Dios juega un papel primordial, pero el enfermizo autor de Providence, asqueado del mundo, incapaz de integrarse en la realidad, lo mata de un modo fulminante. Nadie ha matado a Dios como Lovecraft, sin que en ninguna de sus tramas haya una evidencia explícita de esa osadía literaria. Pienso en Sartre, en Camus, en Nietzsche o, más en la actualidad, Onfray, Hitchens o Dawkins, autores que acojen a Dios en su pensamiento para hacerlo eje absoluto de sus escritos y hacerlo trizas. Lovecraft, el huraño, el solitario, el aquejado de todos los males del hombre, es un puritano reconvertido en cronista de los infinitas abominaciones que la realidad esconde. En ese cosmos no hay lugar para la divinidad. Lovecraft tira de un ejército de oscuros dioses, de indecibles dioses que espolean hasta el paroxismo la inquietud del lector. Entonces y ahora.

 3
No sé las veces que he leído Los mitos de Cthulhu. Aplazo a veces su relectura porque no puedo evitar sentirme abducido por lo que cuenta al modo en que casi ningún otro autor (incluso autores cuyo estilo y tramas me fascina más) logra embaucarme. Hay una trampa hermosa en esos mundos primitivos. Yo los admiro por lo tenebroso y por lo fantástico. Lovecraft es un Poe avanzado, uno de esos alumnos estupendos que retoman la senda del maestro y, sin copiarla abiertamente, la merodean, la reformulan y extraen de ella la parte nuclear, su atomismo limpio. Las limitaciones de Poe son, en Lovecraft, caudal sin fondo. Lo que había en Poe de poeta es en Lovecraft un descenso al materialismo más cruel. Mi entusiasmo procede de la sensación de pérdida que produce ese materialismo. Lo que busco en lo impredecible de su tramas es esa decadencia mórbida, tan del gusto de la época, con toda la herencia del miedo anglosajón, como razonaba Rafael Llopis en su prólogo a los Mitos, en la canónica edición de Alianza. Me siento confortado cuando Lovecraft me perturba. Vuelvo a Lovecraft en peregrinaje. Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que hace mucho que no escribo sobre Lovecraft y busco dentro lo que todavía no he sacado. Temo repetirme. Tampoco me importa.    

4
Me ha venido hoy a la memoria un amigo al que ya no veo. Importan poco las razones. Hay ocasiones en las que los caminos se separan y es el azar el que administra los afectos. Leyó a Lovecraft porque le presté Los mitos en un bar de San Fernando. Lo leyó a regañadientes hasta que no se pudo desprender de la atmósfera nauseabunda de algunos cuentos, que releía más que buscar los nuevos. No sé si leyó el libro, un tocho grueso en la edición de Alianza, la barata. Sé que me lo devolvió un par de semanas después. Estaba entusiasmado. Me invitó a cerveza hasta que no apreciamos el sabor. De eso, de la charla en la barra del bar, fumando descosidamente, es de lo que aquí quiero hablar ahora, de la sensación de plenitud absoluta, de confianza en los placeres compartidos. Creo que el arte sirve, en última instancia, para eso. Que la literatura, la buena y también la mala, no pongo objeciones, despliega un dulce entramado de códigos fiables sobre los que edificar un momento de júbilo pleno. Desconozco si fue volunto castrense. Si aquel arrebato lovecraftiano fundó una filiación eterna. La mía lo es de un modo absolutamente inquebrantable. Es quizá el autor al que más vuelvo, junto con Borges o con Chesterton. Los releo con reverencia. Me amoldan a los nuevos tiempos. Me cuentan cómo estoy conforme voy creciendo. Porque sigo creciendo. Echo de menos alguna que otra charla tabernaria con Howard Philip de invitado. Eso guardo de aquel día. Espero que no se me olvide nunca. Bares, qué lugares tan gratos para conversar...
                   

9.6.13

La dulce inconsistencia del alma


Álvaro Pombo sostiene que el amor, como Dios, son tareas imposibles. A lo que recurre para armar esa idea fascinante es a la misma esencia de lo humano, que es un eterno aspirar a lo sublime, a cuanto no precisa añadido porque está expresado con absoluta eficacia, sin fractura, entera y perdurablemente. Dios, como el amor, es la empresa a la que no se accede de forma voluntaria. Uno no se enamora por voluntad ni cae en el trance de la experiencia divina a capricho de su genio. No conozco a nadie que haya sido capaz de provocar esa injerencia mágica. Y hay quien se despide de este mundo sin haber conocido ni lo uno ni lo otro. Quien no encuentra a su media naranja ni a su dios verdadero y fatiga los días con sus noches sin que ese vacío lo merme. También habrá quien, en la posesión del amor y de la fe, viva en tinieblas, no comprenda su estar en el mundo y se contemple incompleto, varado, zarandeado por las duras tormentas del espíritu. Quien ande siempre alerta, extasiado no ya en el hallazgo, sino en la búsqueda, en el supremo bien de la incertidumbre. No saber, no tener, no conocer, podría decirse, y disfrutar de toda esa dulce inconsistencia del alma. Yo, descreído en todas esas sutilezas celestiales, ahí ando, en la perplejidad, en la serenidad de quien no se obceca en casi nada. En lo demás, en el amor, ufano, en esa plenitud que algunas veces, por intensa, por persistente en el tiempo, todavía asombra. No creo, como Pombo, que sean asuntos imposibles el amor y la fe. Son, en todo caso, meritorios en estos tiempos de fiebre, de vértigo, de zozobra, de inquietud.

6.6.13

Lo que dura un libro





Hay algunos que no duran nada. Libros de una inconsistencia absoluta, aunque pesen y ocupen un trozo considerable de un anaquel. De esos, de los irrelevantes, no nos vamos a ocupar. Los otros, los que al menos soportan con dignidad el tiempo que les entregamos pacientemente, son los que merecen algunas consideraciones. La paciencia a la que citaba anteriormente es lo primero que de verdad asombra de cualquier lector. Entrar en un libro, ahondar en lo que cuenta, intercambiar el mundo que ofrece por el mundo que lo rodea, es armar la paciencia de la que cada uno dispone, afinarla, impostarla al modo en que esmeramos la voz cuando deseamos que llegue más lejos o registre tonos que no son los habituales. Creo que no he visto ninguna otra empresa humana que pida para su desempeño una dedicación más pacífica. Ninguna que no produzca, a su término, un estado de paz con uno mismo mayor. Importa escasamente que el formato sea el papel o una pantalla, aunque admito algún argumento de índole romántica, alguno que privilegie el objeto físico, el libro cabal, el que, observado en detalle, en su anaquel, impone un respeto ancestral. Como un dios en su laberinto de causas y de efectos. De los libros que no duran nada se hablan o se escriben cosas que luego se van viniendo un poco abajo. Comos si de verdad no mereciese en absoluto la pena encresparse en demasía con ellos. En realidad tienen su función, supongo. Cumplen un cometido que otros desconocen. Cada libro es un objeto sagrado, pero unos lo son más que otros y nos suben a un cielo más alto. Pero todo esto creo que ya lo he escrito antes. Hoy se me ha ocurrido que está bien recordármelo. Me voy a mi tocho de cuentos de Faulkner. Me lleva mirando toda la tarde.

Una página de un diario

Días de asueto sencillo . La ocupación en las faenas de costumbre es mala, a la larga. Se complace uno tanto en la  molicie que teme no sabe...