3.6.13

Un episodio de zoología hostil


Una de las peores cosas que te pueden pasar en un lunes por la mañana es notar cómo un caballo te galopa el pecho. El mío tiene uno a cuenta de mi ánimo, que flaquea a poco que me asomo a la ventana y miro la nube de pólenes ensortijarse en el aire. Al caballo este lo doma el Ventolín y la macumba química de aerosoles que me he aplicado (con paciencia imprevista) nada más poner el pie en el suelo. Al pulmón díscolo se le domestica con los corticoides de costumbre, pero no se deja a la primera. Quiere su cortejo, desea el galanteo de las pastillas, todo ese protocolo rudimentario de idas y venidas hasta que se produce la bajada absoluta de las defensas y el cuerpo, dócil y manso, se arquea y busca drogas con las que calmarse. Busco eso en la docta farmacopea: moléculas de alivio, pequeñas moléculas para que se ahuyente el cansancio y el dolor también.

A veces, en mi cabeza ociosa, sustituyo el caballo malaleche por el hiriente enjambre de abejas. No sé qué es más soportable. Si el trote asilvestrado de la bestia, dejado de la mano de quien la vigila, recorriendo las extensiones tristísimas de mi pecho, o el zumbido encabronado de los insectos, libando mi moral, ocupando todo lo que me queda de aire en el cuerpo. Entretengo con estas conjeturas zoológicas el destrozo de mi pecho, que sube y baja como si acabara de subir seis plantas sin pisar los escalones. Nada que en una semana no esté solventado. Nada que el sillón de orejas en el que voy a sentarme dentro de poco no amengüe. Dejaré que me embobalicone la televisión. Seguro que algo inútil y prescindible me restituirá al placer sencillo de no tener nada en que pensar. Definitivamente no me gusta que me colonicen especies ajenas al amor o a la alegría. Así soy de caprichoso.

2.6.13

Leche / Marina Perezagua





Una breve nota sobre la escritura de Marina Perezagua
En Leche, el segundo libro de Marina Perazagua, que edita fantásticamente Libros del Lince, con maravillosa portada de Walton Ford, sí, el que ha hecho la portada del último recopilatorio de los Rolling Stones, Grrr!, no hay un único libro ni probablemente escriba una única persona. Dentro de un escritor, en algún lugar que ni a veces el escritor conoce, hay una voz para cada historia, una rúbrica estética o moral para cosa que deba ser narrada. Quizá porque antes de contar algo a los demás, hay que buscar el tono en que hacerlo, encontrar la forma de revelar lo que antes era una pieza invisible, un trozo fantasma, una evidencia de que hay más cosas escondidas que a la vista y de que el escritor, en cierto modo, es el que se encarga de elegirlas y de hacer de ellas algo hermoso y también útil. Los cuentos de Leche son historias que se resisten a ser contadas, asuntos con un pudor dentro que a veces hace que cueste sacarlas. En Leche, que ya he acabado de leer y de disfrutar, hay semillas desde las que se puede fundar un cosmos nuevo al margen del cosmos conocido. Esto que digo de Leche, de los cuentos de Marina, puede ser aplicado a cualquier libro que haga lo que éste, pero no crean que es fácil. Porque ni es un libro de cuentos de índole fantástica, aunque en ocasiones pida a gritos esa etiqueta tal vez ya un poco gastada, ni tampoco un libro de historias realistas, acompasadas a los rigores de lo mundano y de lo tangible. Hay que ser estar muy alerta y ser muy sensible para fantasear de esta manera y que hay que leer con el corazón muy abierto y la capacidad de asombro muy intacta para apreciar con hondura este cordón umbilical que nos transporta a un vientre nutritivo y cálido hecho de literatura. 


   Presentación en el Instituto Cervantes de Nueva York de Leche, 23 de Mayo


Leche en Marbella
El 18 de este mes de junio presento Leche en el Cortijo Miraflores de Marbella. Ya ha tenido su primera puesta de largo en el Instituto Cervantes de Nueva York, presentado por Álvaro Enrique y Elvira Lindo. Ahora viaja a España, donde tendrá varios actos de sociedad. En el mío, hablaré de pájaros mutilados que sobrevuelan el aire quemado de Hiroshima, de madres que tienen un túnel rosa en la cabeza, de amores que duran lo que una apnea maratoniana, de miradas que exigen aire, del buceo como una actividad metafísica, de huesos que recuerdan palabras y de personajes de linaje enfermo que buscan un refugio en el vértigo y en la fiebre. Haré una presentación entusiasmada. No sabré hacer otra cosa. No conozco los protocolos con los que probablemente otros presentan libros. No cabe otra opción. Ni siquiera cabe la opción académica, la que desmenuza metódicamente la naturaleza de la obra, la que ocupa las reseñas con la que se presentan en sociedad, en la prensa, en los suplementos de la cultura, todos los libros nuevos. Es que este es, a mi muy secreto modo, mi libro. Mío al modo en que uno posee las cosas con las que se apasiona. En breve, en cuanto se concreten los detalles, concreto una información más detallada del acto. A Marina, por encomendarme una parte pequeñita de todo esto, las gracias. No tenía que caer en la cuenta de que ando ahí, cómplice de letras.





Aquí El alga, uno de los cuentos del volumen.





31.5.13

Amo los zombis



A menudo aprecio que me engañen. Entiendo que soy yo el que, al final, debe extraer el alcance de la verdad que me ocultan. En los casos en los que el engaño es sibilino, procedo como cualquiera y me las trago dobladas las mentiras con que se me entretiene. Con los años, al correr de la experiencia más bien, advierto las trolas con una facilidad pasmosa. No es una virtud de ésas con las que asombrar a los amigos al modo en que el buen pianista hace en casa una sesión privada a los íntimos o el habilidoso en la alta cocina surte de ricas viandas a sus invitados los sábados por la noche. Esto mío de pillar antes a un embustero que a un cojo, como decía mi abuela, viene de la literatura o, más bien, de mi propia facilidad a la hora de urdir engaños. Escribir es, a poco que lo piensen, una mentira programada, sentida, organizada como una fiesta de los sentidos. Quienes escribimos, ficción las más de las veces, algo ya menos de poesía, mucho pequeño ensayo de blog, nos manejamos muy bien en abastecer de mentira al cuerpo blanco de la página. No sé si es exactamente falso lo que escribimos. Si es un producto que se aleja de la verdad o es una verdad en sí misma, pero alejada por naturaleza de los conceptos tradicionales de lo que es cierto y de lo que no. Aquí me gustaría tener a mano a mi amigo Luis Sánchez Corral y que me ilustre en esas finezas de la mente ociosa, pero no está de ninguna manera, y de verdad que lo siento. Viene esto porque me encantan los zombis. Los aprecio como los últimos seres dignos de la modernidad. No ocultan nada, no guardan cartas bajo la manga, no maquinan planes secretos con objeto de derrrocar imperios ni de arruinar sistemas financieros enteros. Ellos van a lo que van. Se fijan en que estás cerca y ya solo viven para acercarse lo suficiente e hincarte el diente. Son de una honestidad brutal. Si tuvieran velocidad, habríamos perecido. A lo que temo yo (y más a día que pasa) es al salteador de caminos invisible, al que no se deja ver y avanza ladinamente, emboscado en las sombras, afeitado con pulcritud y con la raya del pantalón impecablemente planchada. Esos zombis son los que hacen que en las piedras nos nazcan piedras, como dejó dibujado El Roto una vez. Los otros, los que van de cara, los de las ficciones televisivas, me parecen de una inocencia asombrosa. Dan ganas de dejarse. De verdad que dan ganas de que algunos aprendan de sus mañas de caza. Por lo menos, en esa tesitura cinegética, uno sabe a qué atenerse. Ve al enemigo durante todo el cortejo bélico. Conoce cómo se mueve. Incluso ve nobleza en lo que hace. Los mentidores de ahora no saben qué es la nobleza. Ni la honradez. Y salen de caza, claro que salen. Ni siquiera parece que lo hagan. Ese es el truco. En esa primera mentira inadvertida radica el éxito de su empresa. En que ni siquiera exhiben un roto en el rostro, un gesto que alarme de lo que se te viene encima. Son unos hijos de mala madre con una planta de la hostia. Estos muertos que andan, los de George A.Romero y los de la estupenda serie televisiva,  son los últimos de un oficio muy antiguo.

27.5.13

Gloria al glockenspiel: 40 años de Tubular Bells



Hay veces en que uno entra en un disco o en un libro como el que entra en una catedral y se deja abrumar por la piedra o por la altura incontestable de las bóvedas. Tubular Bells es una catedral del siglo XX. Una a la que se accede con la reverencia de lo sagrado. No hay año en donde yo no peregrine a su interior y me postre al modo en que el feligrés lo hace ante la visión pristina de sus dioses. La liturgia no precisa una disciplina excesiva. Ninguna que provenga del corazón la precisa. A mí, en los treinta que llevo escuchándolo con absoluta devoción, no se me ha presentado jamás esa necesidad. El disco, a diferencia de tantos que se ajan con el tiempo y exhiben sus malas costuras, a pesar de lo buenos que nos parecieron de primeras, se ha mantenido maravillosamente íntegro en estas convulsas décadas. No me vengan en esta reflexión voluntariosa de aniversario con todas las campanas posteriores. No me interesan más allá de la memorabilia a capricho de coleccionismo. Ninguna de las razones con las que se pueden componer el elogio perfecto entran en las que convoco para justificar mi amor por las dos caras de este disco pletórico, inmarcesible, referencial. Gloria al glockenspiel.

26.5.13

Tengo mi árbol



Es la intemperie contra la que luchamos. Toda la teología es un búnker doméstico para evitar que nos zarandee el viento. Esa idea trascendente de que hay otra vida más allá de ésta no pasa de ser un accesorio didáctico de lo que digo. En cuanto uno acepta que no es el azar el que maneja el rumbo del viento y la forma en que nos mueve todo va más confortablemente. Porque es el confort lo que andamos buscando. Uno del tipo que te hace dormir por las noches con la conciencia limpia y los sueños puros, pero hay ocasiones en que tienes un pie en la vigilia y otro en el sueño y no sabes si quedarte en la ficción o anclarte en lo real. Quizá no haya que ser tan drástico y lo que conviene es matrimoniar esas dos costumbres del alma apetitiva. La mía, a fuerza de ofrecerme y de retirarme, de querer conocer y de no tener interés alguno en saber qué hay más allá, se está acostumbrando a convertirlo todo en texto. Me alivia la escritura. Me produce la sensación de que hay un árbol al que asirme cuando llega la ventisca. Tengo el árbol. Me he ido familiarizando con lo que el árbol ofrece. No hay día en que no lo busque. Le cuento. Me asiste. Así vamos los dos. En la intemperie. En el desabrigo.

23.5.13

Pedradas


Hay libros que de no ser mirados con detalle pueden ser confundidos con una piedra o con un destornillador. En el fondo, mirado todo ahora con el detalle que merece, los libros tienen algo de piedra o algo de destornillador. Igual que no sabemos qué hay en el corazón de las piedras tampoco sabemos las cosas que un libro esconde en su pecho duro. Lo del destornillador me parece que viene a cuento por su vocación de instrumento que abre o que cierra cosas que, salvo que estén siendo utilizadas, deben estar a recaudo, convenientemente selladas. Un libro, si no se abre, es un chusco escandaloso. Tengo amigos que tienen las estanterías abarrotadas de ellos. Entra uno en el salón y advierte el paisaje en las estanterías. No crean que la visión molesta. Bien al contrario, son salones que se te incrustan en la memoria y de los que no sales con facilidad. De vuelta a casa, andando morosamente por las calles, piensas en todo el dinero que usamos en asuntos que no nos reportan nada. Porque luego los libros aplazan su condición de libros y se entregan casi voluptuosamente a su nueva dimensión mineral. Uno de esos amigos, el pasado fin de semana en que cenamos en su casa, me recomendó una piedra que tenía en un anaquel muy alto. La tengo ahí más que nada para que no la veo mi hijo, que es muy aprehensivo e impresionable, me dijo mientras me servía un whisky doble. No me dijo de qué trataba y supuse que el contenido sería de naturaleza promiscua. Hay edades en las que ciertas lecturas marcan una vida entera, razoné. Como le daba mucho bombo al misterio, un poco ya nervioso, le dije que lo bajara. No puedo, contestó. Es un libro tan recomendable que es mejor no leerlo. De hecho yo no lo he leído todavía, pero no hay día en que no lo mire y piense en la cantidad de cosas interesantes que me va a contar y en lo feliz que voy a ser una vez que lo acabe. En esto, discutiendo la posiblidad de que el libro dejase de ser una piedra o un destornillador, dijeron en televisión que en España se escribe más que se lee. Un tipo barbudo, con pinta de activista de algún facción disidente de algo, añadió que incluso sólo leen los que escriben, y eso si les queda rato. Cuanto más lee uno, mejor escribe. En política pasa tres cuarto de lo mismo. Uno va a un mítin de Rajoy o de Rubalcaba y no oye lo que dicen ni Rajoy ni Rubalcaba. Solo se queda con las ideas principales, que son como páginas de un libro colocado en una estantería muy alta. Llegado el caso, en la barra del bar, si el amigo del alma tercia con la subida de los impuestos, es cuando se tira de programa y largamos con aplomo las palabras que hemos estado guardando. Al final de la intervención (puesto que en realidad no son conversaciones sino parlamentos puros) el libro se devuelve a su hueco y uno regresa a  su cueva. He decidido no volver a visitar a este amigo. Lo seguiré considerando como tal, no crean, pero rehuiré darme con bruces con todos esos libros indolentemente abandonados a su mísera condición de piedra. Tampoco saldré al campo, no vaya a ser que lo confunda con una biblioteca y crea que dentro de cada piedra sobrevive un libro. Me agobia como no saben ustedes la idea de que el trabajo se amontone y no de abasto. En casa, si van, comprobarán que no tengo libro alguno. En su lugar he colocado figuritas de porcelana, cosas de los chinos y alguna fotografía de la familia. Entenderán que no traiga amigos tampoco. Disfruto mi soledad sin distracciones. En ocasiones busco en televisión titulares de fuste, ideas con las que intervengo cuando no tengo más remedio.




22.5.13

Volver a los diecisiete / Una nota breve sobre Ciudadano Kane




En ocasiones, según ronda el ánimo, creo en la infinita bondad del genio humano. Otras, en cambio, declino esa voluntad de concilio, ofrezco una resistencia mínima y me declaro insolvente en la resolución de la belleza. No tengo en esos momentos nada relevante que decir ni admito que nadie me revele nada relevante tampoco. Sencillamente hago como el Bartleby de Melville y prefiero no involucrarme. No ahondo, no expongo toda la capacidad de la que puedo disponer, no me entrego como podría. Con la historia de Charles Foster Kane hice justo lo contrario a lo que ahora escribo. Me la tomo absolutamente en serio. Concedí a la película de Orson Welles un rango metafísico, antológico, proverbial, sensible a la posiblidad de ser continuamente alimentado con nuevas interpretaciones. Creí en Rosebud como otros creen en la palabra de Escriva de Balaguer o en los gestos de Justin Bieber.

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Mal aire




Buenos días, hoy es primavera y me he levantado holgazán y aristocrático. Lejos de que me intimide el hecho de que la semana discurra con esa lentitud de la que se vale para agacharme el ánimo, poco afectado (creo) por haber visto a Aznar en televisión, procurando conciliar mi confianza en el género humano con los titulares de los informativos, me visto con meticulosidad (casi nunca me fijo en las minucias textiles que a otros les fascinan) y fuerzo mi humor con la peregrina idea de que afuera el mundo alfombra sus calles para que yo deposite mi paso. Acabo de avergonzarme muchísimo por este arrebato de egoísmo puro, pero me convenzo de que es una canita al aire, que mañana me levantaré con la resaca habitual, la que da la rutina y el tráfago gris de los días iguales, y visitaré las calles con la conciencia de siempre, con la mirada de antes y con los gestos de antaño. Así que bien vale salir hoy ufano y jovial, afeitado como un galán,  atravesado de parte a parte por el júbilo como si el espíritu de todos las hadas buenas del bosque de la fantasía y del buen rollito moral me hubiesen elegido para probar sus poderes. Lentamente la realidad me disuade. Esta anomalía psicosomática que ha entrado en tromba en mi alma me pide que detenga el entusiasmo. Me lo dice en susurros, pero no hace falta que se esfuerce. Emilio, gilipollas, frena. La calle se esmera en presentarme el caos, el vértigo, la fiebre, el dolor razonable de los cláxons, sencillas mierdas de perro escoltando mi descenso a los infiernos de lo urbano. Las calles son el espejo del alma. Aquello de las alianza de las civilizaciones de ZP debería comenzar a pie de calle, en las aceras, en las tiendas de ultramarinos, en la cola del pan, en la bulla de los mercadillos. Haber nombrado a ZP y a Aznar en un mismo párrafo me preocupa. En pocos renglones, a poco que me esfuerce, viene Rajoy o viene Gallardón, que está ahí, a salvo de la quema, contentando al ala dura del electorado, esperando dar el zarpazo en la mesa camilla, dando sus pasitos monclovitas. Pero ya digo que me he levantado aristocrático, holgazán, señorito de mí mismo y de mis circunstancias, aquejado de alergias primaverales y consciente de que todo este arrebato es prosa de entresemana, adorno semántico, la sencilla ofrenda de mi alma al orden cósmico.

Mi amigo K. me confiesa que cuando él tiene un día así suele perderse en los libros, en ese confort infinito que dan las historias que te cuentan otros. Yo nunca supe contar bien las historias porque caigo en el vicio de pervertir absurdamente el sentido que las alumbra, pero tengo la habilidad de disfrutar y apreciar las ajenas. Las escasas ocasiones en las que he provocado hilar alguna he sentido el peso soportable del fracaso de inmediato. Por eso es bueno de vez en cuando levantarse uno holgazán y aristocrático, elegir con mimo la ropa con la que vas a visitar las calles, pensar que no existe en el mundo obstáculo que te impida sentarte en una terraza de un bar, pedir un café y leer con arrobo de niño el periódico de la mañana, pasear después el pueblo, observar de lejos el caos, el vértigo, la fiebre, sin que ninguna de esas manifestaciones de la tristeza apesadumbren tu dicha pequeñita de hombre que acaba de conquistar su propia identidad, aunque únicamente vaya a durar una mañana o un día, a lo sumo. 
Mi amigo K. tiene que procurarme esas certidumbres suyas que tanto aprecio, esa manera firme de avanzar los días y reconocer la alegría allá donde se aúpe y nos mire. Me quedo con mi holgazanería momentánea, el instante deslumbrante de no sentirse abrumado por la Historia, por la sangría infame de los titulares de prensa, por las bombas devastando Siria, por los pobres del mundo, por los precios de los limones, por la cara de algunos políticos y por la impericia de otros, por lo que el futuro nos guarda. K. calla mientras cierro el texto. Ojalá venga Antonio Machado y traiga la Tercera República, le oigo mascullar y alejarse, pasillo abajo, con toda la tristeza como un ejército de algas incrustadas en las suelas de sus zapatillas de paño. El polen hace desvariar, confunde el tino y aturde adentro sin pudor ni recato. Anoche, enmascarillado, pertrecho en el sillón de orejas, abastecido de moléculas sanadoras, pensé en la posibilidad de que nada pueda ser enmendado enteramente. Que este dolor que nos ocupa no acabe yéndose. Porque está uno ya un poco cansado de pólenes y de economía. Porque a veces ni las historias que leemos (ahora el libro Leche, Marina Perezagua, Libros del Lince, 2013) remedian el destrozo. Salgo a la calle.
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21.5.13

Una pastoral

España necesita una pastoral. Anda el rebaño descarriado, tomando la calle, plantando cara a quienes los gobiernan, enseñando los dientes en las paradas del metro, pero el pastor sabe cómo amarrar la camada, hacerla entrar en razón y hacer de España la nación con la que soñaron, otrora, en la hontananza de la Historia, nuestros próceres. Por eso están los obispos que no caben en sus sotanas por la mano que les ha echado el ministro Wert, al que están dispuestos a conceder la Alta Mitra del Año, sin dotación económica, pero de una distinción que apabulla a quienes creen en las dádivas de la fe. Arguyen los prelados, en su diatriba, que la tragedia que se palpa y la más honda que se cierne precisan de un esfuerzo evangelizador. En el Evangelio, ese libro en donde se cuenta cómo se expía el pecado, muy básicamente contado, está la tabla a la que encaramarse para que el mar no nos trague del todo. Un poco tragado sí que andamos, no crean. Lo de la ley nueva (la LOMCE) es un espectáculo de distracción más o, si se prefiere, una vía nueva de salida, pero tampoco sabemos si al final habrá un puerto y seguiremos a capricho de las mareas, que son os gobiernos que van pasando, sin otro consuelo que la mínima satisfacción de no haber sido fundidos por el sol, el hambre, los espasmos musculares o el posible tiburón encantado del festín imprevisto. Y vean que he tirado al mar, en lugar de proceder con la viña devastada y los jabalíes y la fábula moral de Ratzinger, ya retirado, cuidado por las damas de la caridad, orando para que el tiburón se aleje. Tendremos, como hace treinta o más años escribía Chumy Chúmez en una de sus memorables tiras, un mundo de analfabetos laicos o de analfabetos cristianos. Al tiburón, en su hambruna, le importa poco la naturaleza moral de la vianda. Hay ocasiones en que el mar revuelto no hace pescadores ricos. A mí, en lo que aprecio, en lo que extraigo de lo que sé y de lo que yo me voy contando, me parece que en estos tiempos de zozobra (honda, severa) no viene a cuento reclamar la bondad de la fe de unos pocos (o de unos muchos) sobre el beneficio de todos. Y no hay (no lo hay en absoluto) una relación creíble entre prosperidad y evangelio como no la hay entre pobreza y laicismo. Al final, de cualquiera de las maneras, no se ve puerto. Estamos a la deriva. Nos zarandean a antojo. A lo que nos conduce todo esto es a que nos siga preocupando más la vida futura, la del cielo de quienes creen, que la triste presente en la que navegamos (creamos o no) todos.




19.5.13

José James, el jazz hoy




José James es un artista polifacético y en un mundo más amigo que nunca de las etiquetas, que facilitan el tránsito por los géneros y acomodan al oyente al producto sin que se le exija mucha desgaste sináptico, la falta de etiquetas o su sobreabundancia dan a las cosas una patina de asombro muy querencible. Soul destapado con mucha lentitud, sin estridencias: jazz, aireado con exquisito respeto y, deliciosamente ensamblados, rhythm and blues, pop y la electrónica de la que procede James coloreando las piezas, haciendo que sea algo nuevo de verdad, con ese desconcierto que provocan las cosas que no se entienden bien. No hay que entender la emoción ni ponerle un traje. No se la pasea. Se la tiene adentro. Se la llama cuando el corazón hace un gesto de auxilio. Que Verve y Blue Note hayan reclutado a este tipo de Minnessota, con aspecto de rapero o de bajista de una banda de funk, hace que uno lo mire con la devoción con la que nos dispensa otras salidas discográficas. Palabras mayores eso de Verve y de Blue Note. Quien no sepa nada de él, prenda el spoty. Da igual el disco. Los primeros son más jazzísticos, de una pureza todavía no violentada. Respeta el canon, pone en danza los instrumentos pertinentes y factura una obra correcta, impecable en tramos, pero a mí la que me tiene abducido esta mañana de domingo es la parte en la que James se abre en canal y deja que lo invadan todos los cuerpos externos. Está preñado de miles de horas de escucha de músicas maravillosas. La fusión, que se dice. No al modo en que la bordó Chick Corea o la Weather Report (con el rock, con el jazz) sino un tipo de mescolanza muy educada, sin timbres que distraigan el verdadero modus operandi que no es otro que el de hacer un buen puñado de canciones. Su último disco se llama No beginning No end y no tiene desperdicio. No para mí, al menos. No hoy, en todo caso. Luego está cómo canta. Piensen en Marvin Gaye. No busquen más. Una dulzura parecida. Un modo muy peculiar de hacer fluir el amor y de no manifestar rotura alguna en esa rendición maravillosa.



Una página de un diario

Días de asueto sencillo . La ocupación en las faenas de costumbre es mala, a la larga. Se complace uno tanto en la  molicie que teme no sabe...