Caigo hoy de pronto en la cuenta de que estamos saturados. Quizá la saturación sea el signo de nuestro tiempo. El no entrar en detalle en las cosas sino rozarlas, acudir a su reclamo sin intervenir en su contenido, apreciar lo que ofrecen en la capa epidérmica, en lo visible, prescindiendo del adentro velado. Poseo algo, pero no lo conozco. Estoy en la cima del mundo, pero no me ha costado nada llegar hasta aquí arriba. Caigo en la cuenta de que hubo un tiempo en que solo tenía Tom y Jerry. Y ni siquiera disponía de ellos cuando se me antojaba. Era la televisión la que organizaba mis horarios de esparcimiento, aunque ese contratiempo no importunaba mi disfrute. Bien al contrario, esas pequeñas dosis de placer, administradas un poco al azar, consumidas febrilmente, fijaron una paciencia de la que no me he desprendido del todo. También me convirtieron en una criatura agradecida. Todavía agradezco la bondad de la magia. El cine a oscuras. La bendita posibilidad de elegir, ahora que ya puedo, y saciarme de los divertimentos que venero. Estoy saturado como el que más, pero hay días en los que regreso a mil novecientos setenta y cinco, pongo por caso, y voy con Tom a la caza de Jerry. De verdad que no he terminado de crecer del todo en estos asuntos. Voy en picado hacia el borrado masivo de estos maravillosos fragmentos de júbilo infantil puro. Noto que la metástasis iconoclasta avanza sin pudor y se hospeda a su antojo en mi cabeza, pero veo a Tom y a Jerry y de verdad que la enfermedad remite y el corazón estalla en mil estrellas de muchas puntas que me oprimen el pecho y amenazan con exhibir vida propia. Sé que estoy salvado.
13.12.11
11.12.11
La de cosas con se pueden hacer con los nueve renos de Papa Noel
Lo mejor de Santa Claus o de Papa Noel, en fin, no termino de ponerme de acuerdo, es que te permite involucrarte en lo más puramente navideño sin plantearte dilemas éticos sobre la materia narrativa de lo festejado. Sobre si pecas mucho, poco o no pecas en absoluto si pones bajo el mismo techo moral, digamos, al gordinflón escandinavo, con su séquito de renos y de rollizos niños gritones y al San José, a la Vírgen María, al niño Jesús y al resto de los adoradores belenísticos. Yo lo tengo cada año más claro: lo que más me gusta de las navidades es decir de memoria los nombres de los nueve renos que tiran del trineo celestial de Papa Noel.
Sigue leyendo en Barra Libre...
9.12.11
La conspiración: El nacimiento de una nación
Entre los muchos cometidos del cine, está el que guíe la formación del espíritu o la construcción de la cultura al modo en que lo hace la escuela o, entre otro ámbito, la familia, y está el de entretener. A veces se sojuzga ese aspecto, el de la sencilla distracción lúdica, en favor de otros que, a la luz de la crítica, revelan más hondamente la naturaleza del séptimo arte como una de las más bellas e inteligentes artes. A Robert Redford le interesan las dos partes. Se empecina en hacer un cine brillante, de factura impecable, pulcro y clásico, facturado un poco a la antigua, ajeno al vértigo de las maneras de hoy en día; un cine rebajado de adrenalina, convencido en la calidad de la trama y en el oficio de quienes las vuelcan en imágenes. Y es ese academicismo el que irrita en La conspiración. Su relevancia, esa trascendencia de cine épico, se diluye narrativamente cuando se han puesto sobre la mesa las cartas morales del film: la abolición de los derechos civiles, la Razón de Estado demoliendo las leyes que lo construyen y la tramoya oscurantista de jueces y de políticos, conjurados a hacer que prevalezcan los intereses de la patria, esa oscura cosa, sobre los de los individuos que la conforman. Toda ese noble paquete de contenidos éticos no garantiza la empatía con el espectador, que observa un acabado acartonado, falto de brío, ocupado enteramente en cumplir con la estricta bondad de la Historia sin caer en la cuenta de la importancia del suspense (la investigación del magnicidio es rutinaria, insípida, irrelevante en la conducción del argumento) o de las exigencias del público en un género tan adictivo y de tan glorioso bagaje como es el judicial. Su anémica ración de suspense, razonada en el interés más alto de mostrar la injusticia de un gobierno recién construído en un país novicio e inexperto, consciente de que en época de guerra la justicia es un asunto menor, podrá valer como aliño para el buen documental que desea ser el film. Acepta uno que sea una película necesaria y que sobrevuele el 11-S y el miedo a no ser enérgico con los enemigos del Estado, pero es plana, confía en exceso en la magistral interpretación de su elenco (todos brillan, todos explotan a conciencia la dimensión solemne de sus personajes) y abandona uno de esos mandamientos ineludibles del cine, el de entretener, el de ofrecer un espectáculo grandioso. Redford hace un telefilm estimable, uno caro, cuidado en extremo, pero desangelado y mustio.
8.12.11
Londres llamando al inframundo...
Hay pocas canciones que tengan un comienzo tan soberbio como el London calling de los Clash. Casi ninguna que extraiga en acordes tan sencillos una sensación de plenitud tan sublime. Casi ninguna que se haya desvirtuado tanto. El mercado, ah el mercado, ha patrocinado hasta quienes lo combatieron. Ahora escucha uno la inmortal pieza de Joe Strummer y Mick Jones y no piensa en el caos ni en la idea de que Londres se inunda y las hordas del inframundo salen de sus agujeros para amotinarse en las calles. Nada de ese espíritu subversivo y apocalíptico prende en las nuevas escuchas. Los que no conocieron la canción en 1.979 la escuchan ahora con un decodificador diferente. La canción es la misma, pero los tiempos (como decía Loquillo, que sin duda la gastó de tanto oírla) han cambiado. La sorpresa, ah las sorpresas, viene cuando declaran que los Juegos Olímpicos de Londres de 2.012 llevan este himno post punk como enseña sonora. El London Calling de los locutores que avisaban de los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial será en breve una llamada para el consumo, un reclamo capitalista, un anzuelo para que piquen los abuelos y los nietos, los que viven de la nostalgia y los que de pronto han encontrado un cofre lleno de emociones, de buen rock, de nervio puro. No sé si el inglés de cepa, el que vivió el ultraconservadurismo de la Thatcher, el que aulló a pie de escenario con los suicidas conciertos de la banda, aceptará este nuevo signo de los tiempos. Imagino que sentirán una punzada de melancolía y otra de irritación. Yo mismo, que nunca vi un directo de los Clash ni viví en Londres en esa época convulsa de principios de los ochenta, he sentido la punzada cuando he leído la noticia. Nada grave. Como dice Guardiola, de lo que hay que preocuparse es de la estabilidad del euro. Igual este matrimonio entre la disidencia y la ortodoxia ayude a que Europa salga del marasmo económico en el que vive. El lado moral de todos estos asuntos mercantiles queda para el consumo privado. Suele pasar que las grandes preguntas se responden en la intimidad. A veces ni ese refugio doméstico las contesta. De todas formas, vuelven los Clash, vuelven con el himno de batalla, con una de las mejores canciones de la historia del rock y la vamos a escuchar en el McDonald's. Será un apocalipsis light con extra de queso.
7.12.11
Oh my God
"El mundo -escribe David Hume- es tal vez el bosquejo rudimentario de algún dios infantil, que lo abandonó a medio hacer, avergonzado de su ejecución deficiente; es obra de un dios subalterno, de quien los dioses superiores se burlan; es la confusa producción de una divinidad decrépita y jubilada, que ya se ha muerto"
Dialogues Concerning Natural Religion, V. 1779).
El dios rudimentario de Hume no suele entrar en mis accidentales conversaciones teológicas porque mis alcances son rudimentarios y me valgo de impresiones deficientes, a menudo extraídas de libros que leí hace demasiado tiempo o de otras conversaciones que en modo alguno se trenzan con la sapiencia de los entendidos, con la experiencia de los doctos. Soy vulgo y en esa vulgaridad me defiendo como puedo. Abrigo la esperanza de que el que me escuche esté en onda con mis divagaciones, las entiende, las rebata o las subscriba porque el fondo último de mi metafísica es la amena constatación de que lo hermoso y lo relevante, quizá no en ese orden, es hablar, entablar un diálogo entre iguales o entre distintos, arrimados al respeto, convencidos ambos de que se enriquece el alma al acercarse a estos asuntos de hondura impronunciable a veces.
No tengo a Hume entre los míos. Tampoco a Kant o a Spinoza. Me sostengo en pilares de menos fuste a la hora de recurrir a la cultura, poca o mucha, que uno va ganando con los años. Dejé la filosofía demasiado pronto. Me refugié en otros territorios librescos. Abracé a Borges y a Chesterton y abandoné a Nietzsche. Supongo que es la forma en que se hacen las cosas. Mi amigo K. sostiene que no es posible leer filosofía salvo que seas filósofo, aspires a serlo o enseñes Filosofía. Tuve un buen profesor de la asignatura en aquel difundo Curso de Orientación Universitaria. Hizo ameno lo que no prometía amenidad alguna. Convirtió a los filósofos en una especie de estrellas del pop que bajaban de su olimpo a nuestros pupitres para contarnos las cuitas del alma y los enigmas de los dioses. Después de ese deslumbramiento, a pesar de las tentaciones de la novela pura y de la poesía, de mis autores de cabecera y de los que venían por atrás, solicitando asilo en mis vicios, leí con absoluta fruición lo que buenamente entraba en mi precaria formación académica. Quizá me saturó el ansia por entrar en ese mundo fascinante y no poseer de los bártulos que lo hicieran practicable. Me quedó, al cabo, la certeza de que la filosofía no es una disciplina académica, un saber estanco, compartimentado en un plan de estudios, alojado en un búnker, críptico y áspero, sino una ciencia de la vida, una especie de prontuario sin el que vivir sería sin duda un oficio más ingrato.
Tengo a mano a Savater y a Marina, esos dos prebostes de la filosofía mediática, pongamos, pero se tiene con ellos cierta idea de amateurismo, de cursillo para novicio con interés, que obstaculiza un reinado pleno de lo más puramente filosófico, esto es, no caer en la didáctica de la filosofía, en su genealogía de tramos y de autores y beber a morro de los libros de esos autores, penetrar en la materia sin intermediarios que la acomoden. No sé si llegaré a esa rotunda independencia. A lo mejor los años lo van haciendo a uno perezoso y se conforma, ay, con la vaselina de los doctos, que lubrican el campo y permiten una entrada más o menos gloriosa, franqueada por notas a pie de página y continuamente expuesta a revisar lo aprendido o lo experimentado con anterioridad. Queda, en fin, ese regusto a juego que tanto agrada a los niños después de haberlo finalizado. La resaca de la filosofía es enjundiosa y es maleable, se la lleva con gusto por la barra de los bares y se la muestra a los cercanos, a los amigos de farra, en cuanto es posible. Viva la metafísica, viva la madre que parió a Hume y a Descartes. Gracias a ellos, a su inefable vocación de indagadores de lo real, aprende uno a vivir con una leve idea de trascendencia. Cayendo en la cuenta de que no soy especialmente creyente, valen estos recursos del alma sensible para ir sorteando los avatares de los días, las negras lagunas de las noches. Lo filosófico se antoja entonces pócima para aliviar la brusca fornicación de las horas. Ya lo dijo otro: se constata brutalmente el presente y se arbitran, casi sin propornérnoslo, fórmulas de rebaje, mecanismos de pura defensa, recursos interpuestos para irnos viviendo sin la angustia de que la trama tiene finiquito.
No tengo a Hume entre los míos. Tampoco a Kant o a Spinoza. Me sostengo en pilares de menos fuste a la hora de recurrir a la cultura, poca o mucha, que uno va ganando con los años. Dejé la filosofía demasiado pronto. Me refugié en otros territorios librescos. Abracé a Borges y a Chesterton y abandoné a Nietzsche. Supongo que es la forma en que se hacen las cosas. Mi amigo K. sostiene que no es posible leer filosofía salvo que seas filósofo, aspires a serlo o enseñes Filosofía. Tuve un buen profesor de la asignatura en aquel difundo Curso de Orientación Universitaria. Hizo ameno lo que no prometía amenidad alguna. Convirtió a los filósofos en una especie de estrellas del pop que bajaban de su olimpo a nuestros pupitres para contarnos las cuitas del alma y los enigmas de los dioses. Después de ese deslumbramiento, a pesar de las tentaciones de la novela pura y de la poesía, de mis autores de cabecera y de los que venían por atrás, solicitando asilo en mis vicios, leí con absoluta fruición lo que buenamente entraba en mi precaria formación académica. Quizá me saturó el ansia por entrar en ese mundo fascinante y no poseer de los bártulos que lo hicieran practicable. Me quedó, al cabo, la certeza de que la filosofía no es una disciplina académica, un saber estanco, compartimentado en un plan de estudios, alojado en un búnker, críptico y áspero, sino una ciencia de la vida, una especie de prontuario sin el que vivir sería sin duda un oficio más ingrato.
Tengo a mano a Savater y a Marina, esos dos prebostes de la filosofía mediática, pongamos, pero se tiene con ellos cierta idea de amateurismo, de cursillo para novicio con interés, que obstaculiza un reinado pleno de lo más puramente filosófico, esto es, no caer en la didáctica de la filosofía, en su genealogía de tramos y de autores y beber a morro de los libros de esos autores, penetrar en la materia sin intermediarios que la acomoden. No sé si llegaré a esa rotunda independencia. A lo mejor los años lo van haciendo a uno perezoso y se conforma, ay, con la vaselina de los doctos, que lubrican el campo y permiten una entrada más o menos gloriosa, franqueada por notas a pie de página y continuamente expuesta a revisar lo aprendido o lo experimentado con anterioridad. Queda, en fin, ese regusto a juego que tanto agrada a los niños después de haberlo finalizado. La resaca de la filosofía es enjundiosa y es maleable, se la lleva con gusto por la barra de los bares y se la muestra a los cercanos, a los amigos de farra, en cuanto es posible. Viva la metafísica, viva la madre que parió a Hume y a Descartes. Gracias a ellos, a su inefable vocación de indagadores de lo real, aprende uno a vivir con una leve idea de trascendencia. Cayendo en la cuenta de que no soy especialmente creyente, valen estos recursos del alma sensible para ir sorteando los avatares de los días, las negras lagunas de las noches. Lo filosófico se antoja entonces pócima para aliviar la brusca fornicación de las horas. Ya lo dijo otro: se constata brutalmente el presente y se arbitran, casi sin propornérnoslo, fórmulas de rebaje, mecanismos de pura defensa, recursos interpuestos para irnos viviendo sin la angustia de que la trama tiene finiquito.
5.12.11
De renos, magos y papel de regalo...
No les tengo afecto a las invasiones. Ni siquiera a las que vienen de dentro. No soy especialmente sentimental en lo navideño ni tampoco paso por completo de las tradiciones que estas fiestas a punto de caernos encima (miren los escaparates, oigan el sonido de las calles, pongan el televisor) suelen traer bajo el brazo. Disfruto en lo razonable de los renos de Santa Claus y de los camellos de los Reyes Magos. Ni los unos ni los otros me hacen perder el sueño y no tengo definidas mis inclinaciones zoológicas en materia espiritual. Me da igual que mis regalos los patrocine un tío gordo con barba blanca, extranjero, invasor, una especie de alien entrañable, o tres magos de Oriente, extranjeros, invasores, aliens también de mi precaria formación mitológica en estos delicados asuntos. Me sigue importando la voluntad de los míos a la hora de no olvidarse de mí y dejar un símbolo de ese afecto o de amor compartido. Que se ofrezca bajo un árbol o en una mesa de madera de roble no es verdaderamente lo que importa. Ay, descreído, ay, violador de las costumbres, me dice mi amigo K. al oído mientras tecleo este arrebato un poco iconoclasta. Pero él sabe que en el fondo disfruto de los pequeños detalles y me emociona poner las bolitas en el verde de plástico chino que se alza en el recibidor de mi casa, contándole a las visitas que cumplimos amorosa y devotamente con las tradiciones.
El no vivir la fe al modo en que otros la viven en estos sensibles días me hace mirarlo todo con una distancia exquisita para involucrarme a capricho en las ventajas y en las desventajas de una y de otra manera de entender el casi surrealista entusiasmo de estos días del calendario. No son distintos a los que ocupan el estío o el crudo invierno. A veces uno piensa en que la navidad es un atentado a la salud gástrica. Uno de esos atentados consentidos, deliciosos y delicuentemente gratos. Época de bonanza emocional impostada, la navidad tiene como casi todo en este mundo detractores arrécimos y entusiastas insobornables. Lo bueno de estar a mitad de ambos es que puedes entender a los dos. Te pones tierno a ratos y encabronado en otros. Te preguntas el valor auténtico de esta escenificación de photoshop intelectual. No entiendes cómo las cosas se invierten después de un modo tan brusco. Ya no se saluda a nadie por la calle, ya no se les desea que sean felices, ya no se les sonríe con sincero afecto. Se les mira de reojo, se les dice un hola cansino, se enarcan un poco las cejas a modo de hola, qué haces, cómo estás, ya nos veremos, pero sin el concurso doméstico de las palabras, de los buenos deseos. De verdad que debieran durar más tiempo. En serio que no me importaría que durante todo el año lucieran farolillos en las calles y en el supermercado en donde compro suene Let it snow a tutiplén. Incluso en agosto. Tampoco está nevando ahora. Lo dice la canción que adoro (en mil versiones) pero casi nunca se cumple la letra. Pasa eso: no se cumple la letra de lo que cantan los niños en los portales. Que esta celebración de la alegría está limitada a unos cuantos días en la agenda de Merkel y Sarkozy. Luego vendrá la migraña, el parte de bajas laborales, en fin, todo lo que no está patrocinado por Santa Claus ni por los Tres Reyes Magos del Lejano (y ahora tumultuoso) Oriente.
4.12.11
28.11.11
El sillón de las noches
No soy metódico. Tampoco encuentro nada que envidiar a quienes lo son y me rodean. Prefiero cierto tipo de desorden. Soy de los que cree firmemente en la bondad del azar. Incluso soy capaz de creer en su maldad. En que no sabemos nada y nada está ahí afuera dispuesto a ser conocido. El incrédulo vive mejor porque todo le asombra con más fiereza. El crédulo es un incrédulo con fe en la bondad de las cosas y de las personas. Se trata en el fondo de irse uno sinitiendo hospitalario consigo mismo.
Sigue leyendo en Barra libre.
24.11.11
R.E.M. / Part cash, part History
Uno entiende las debilidades ajenas a sabiendas de que a veces no se comprenden enteramente las propias. Por eso no sé escribir reseñas discográficas. Al final siempre terminan en una declaración de amor o de odio o en un arrebato más o menos lírico en donde se suceden, a modo de pequeñas muescas sentimentales, las impresiones relevantes y también las que no lo son en absoluto. He escrito en este blog sobre R.E.M. las veces suficientes como para que no se precise una reseña más, pero cuesta substraerse de un disco póstumo, sin que concursen cadáveres en el adjetivo, y no dejar caer la idea de que lo he escuchado entero un par de veces y he disfrutado como siempre de las piezas antológicas de toda la vida. Treinta años son muchos y en esa extensa discografía caben las piezas redondas, lo sublime (It's the end of the world as we know it, The one I love, Losing my religion, Everybody hurts, Radio Free Europe, Nightswimming...) y los bodrios indefendibles que, por amor a la banda, por delicadeza testimonial, he pensado no ofrecer por aquí. Lo que no admite mi devoción es la ausencia de Drive, una canción mayúscula entre las canciones mayúsculas no únicamente de R.E.M. sino de los noventa. El oyente novicio, el que descubrió a la banda de Athens en Collapse into now, advertirá, a poco que se involucre en la historia, que existen dos R.E.M. y que Out of time fue el trampolín con la gogó desnuda en la fiesta de los sábados. Tener Best of the IRS years o In time puede evitar el gasto de este doble ejercicio de mercadofilia y de nostalgia. Tener todos los discos, incluso algunos prescindibles, es el verdadero acto de amor ahora que no están. Son una debilidad, una de las más preciadas. Además hay tres piezas inéditas. Ninguna remarcable, pero eso entra también en el capítulo de las flaquezas.
23.11.11
La felicidad
Hay pocos sitios en este mundo en donde esté mejor que dentro de una librería. Está uno a cobijo. A salvo del caos y del vértigo y de la fiebre. Se sabe privilegiado en mundo sin privlegios. Piensa uno que tiene a mano la salvación y que solo precisa escoger la forma en que dispensársela. La mía anoche la extraje de un anaquel muy alto de mi librería particular, la de mi casa, y tenía grabado en el lomo un nombre, José Ángel Valente. El fulgor. Edición de la Galaxia Gutenberg. Me dio placer una hora infinita al amparo de la prudente luz del flexo de mi mesita de noche. Luego caí en un sueño de desiertos sin nombre, en un júbilo dulce, en una fuga perfecta. Ahí está. Esperando. Pidiendo que lo descubra otra vez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Elogio interior del mar
Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
Yo tardo en descubrir los engaños. Soy de los que no los percibe hasta que están encima. Soy confiado hasta extremos preocupantes. Creo por...








