31.1.09

Lovecats


Es una foto indiscreta y nada más hacerla me prometí no volver a meterme en la vida privada de los demás tan frívolamente, aunque sean dos gatos en la intimidad de los patios vecinales que se ven desde mi dormitorio. La gata me mira con más perplejidad que yo a ella. Hay vidas secretas en los tejados, vidas irrelevantes que de pronto adquieren una dimensión épica y siempre hay alguien sin pudor que registra el milagro y luego lo pregona por ahí. Torpemente.

30.1.09

EpC, penúltimo episodio

Para los que hemos conseguido alcanzar la intrascendencia y al fin disfrutamos con las cosas más materiales de la vida (una buena siesta, el bacalao al pil pil, Van Gogh, los nuevos zapatos de Miu Miu), la moda del ateísmo es sólo un síntoma de crisis.
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Carmen Rigalt, El Mundo, 8-1-2009
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Mis alcances no dan para sostener con firmeza los argumentos que el Tribunal ha puesto sobre la mesa para no permitir al padre levantisco la objeción a la asignatura de Educación para la Ciudadanía. En cuanto sospecho que tengo tres o cuatro favorables, que me convencen de la idoneidad de su implantación, me salen por el costado ideológico (todos tenemos uno, mal que nos pese a veces) un par de ellos manifiestamente contrarios a los primeros de modo que el batiburrillo mental me deja en un k.o. expositivo. Así está uno en muchos temas y quizá sea el punto de partida perfecto para poder mirar relajadamente, sin encabronarse, la realidad política o la teológica, que últimamente van las dos de la mano. El Gobierno no es intervencionista o, al menos, no al modo en que el Estado del Antiguo Régimen lo era. Este Gobierno no se ha inventado una asignatura para que dentro de veinte años todo el electorado (el que ahora está en los pupitres viéndolas venir) sea socialista y progre, liberal y (por supuesto) laico. En ocasiones basta que alguien se empeñe mucho en adoctrinar a alguien para que la terquedad didáctica le salga rana y el supuesto adoctrinado, de mayor, sea justamente lo contrario que se esperaba que fuese. Valga yo como ejemplo de esta didáctica inversa: a mayor número de exposición catecúmena, a mayor inmersión religiosa, mayor disidencia. Por lo menos, el disidente culto, el que se ha informado de la naturaleza exacta de su heterodoxia, puede exhibirse sin rubor, contar qué no vio del milagro y en qué lugar perdió el deslumbramiento del que toda fe parte para engolosinar a sus adeptos.
El hostil a la asignatura cree ver en su tabla de contenidos el mismo doctrinario con el que él se formó, pero movido de sitio, posicionado en el ala contraria, muy cucamente colocado por el Gobierno para conseguir, desde la escuela, desde la base misma de la educación, un cuerpo de preceptos y de sugerencias morales que de algún modo rivalizan con las que siempre se han considerado (he aquí uno de los errores) las correctas, las que no pueden ser movidas, interpretadas, reducidas al canje populista de los votos. Entran en conflicto lo público y lo privado ruidosamente y no parece, a la luz de las terquedades de unos y de otros, que el asunto vaya a despacharse con elegancia ni que las derrotados (los hay ya, de hecho) vayan a sobrellevar el duelo moral sin algún tipo de tsunami mediático. Tienen voceros, propagandistas y púlpitos suficientes como para que el mensaje doliente llegue lejos y llegue bien.
EpC, la asignatura objeto de la objeción, va a terminar siendo una materia liviana, escasamente relevante, pero el revuelo que su implantación está causando justifica enteramente dicha implantación. Si hubiese existido antes, pongamos hace veinte años, qué imaginación la mía, nada de esto estaría pasando. Habría respetables ciudadano de moral católica que seguirían siendo respetables ciudadanos católicos y habría respetables ciudadanos de moral laica que seguirían siendo respetables ciudadanos de moral laica. Y todo lo demás es fuego de artificio, ganas de incordiar al pueblo, que parece tener aguante para todo, crisis incluída.


24.1.09

Jazz con pinos: 50 aniversario de A kind of blue...


Hay gente adicta a las efemérides: se engolosinan con las fechas y dan rienda suelta a su mitofilia. Así se sienten más en armonía con la música secreta del universo, con cierto código interno que obedece a leyes que están por encima del propio tiempo y de sus caprichosas tendencias, pero las hojas de los árboles (hoy estoy particularmente bucólico) no saben que hace 50 años que el mundo del registro fonográfico (ahora reformulado por la democrática red p2p) alumbró una obra magistral, música celestial, la evidencia tangible del talento del músico del siglo XX: A Kind Of Blue. Yo tengo mis vicios mitómanos, aunque estos recordatorios numéricos (hace tanto que nació, hace tanto que murió, hace tanto que se grabó...) me inducen siempre a pensar que es el público despreocupado, neófito u olvidadizo el que precisa de las cifras.
Este verano cogí A kind of blue y lo eché al ampuloso disco duro de mi Ipod. Recuerdo pasear las calles de Punta Umbría, de vuelta del mercado, en la playa, entre pinos, abrazado a Blue in green (que se atribuyó siempre el bueno y tóxico Bill Evans) o a Flamenco sketches. De hecho todavía imagino paisajes cuando la trompeta de Miles Davis cincela el aire y sopla las notas bautismales de So what, que es (con absoluta certeza) la pieza de jazz que más veces he podido escuchar y que más conmoción (zozobra, placer, dolor, ternura) me ha procurado. Imagino un camino empinado de arena al que la resina de los pinos y el cercano olor a salitre elevan a la categoría de paraíso en la tierra. Y ahí estaban Miles Davis, John Coltrane, Wynton Kelly, Bill Evans, Paul Chambers, Jimmy Cobb y Cannonball Adderley.
Entonces y ahora no me cabe duda alguna de que se metieron dos días en un estudio de grabación para registrar esas piezas atemporales (modales, dicen los estudiosos del jazz), tocadas por el numen de la inspiración, sólo para que yo las escuchara este verano en Punta Umbría y hace 20 años (calculo muy bien y sé con nitidez cuándo escuché ese disco por primera vez) en Córdoba, en una pequeña tienda de discos de segunda mano y cómics de muchas manos. Y si el amable lector no es aficionado al jazz, arranque (por favor) con este disco fabuloso. El hecho a perderse horas en esta música de negros sabe qué va a encontrar. De hecho suele volver a él con cierta frecuencia. Y lo escucha con el asombro primerizo. Todavía este cronista de sus vicios lo hace. La última vez este verano, en Punta Umbría, entre pinares. Ninguna otra música me ha hecho que me sienta más vivo. Más feliz. Prueben, por favor, pierden muy poco. Y los que conocen sus toxinas, regresen, aunque sea para cumplimentar el expediente de obrero cualificado de todas las efemérides.


Miles Davis Et John Coltrane - So What - Funny bloopers are a click away
Y aquí se puede leer, profusa, golosamente, reseñas para cada tema.

23.1.09

La princesa de Nebraska: Ojalá haya alguien...




Hay canciones que aturden: quien las oye queda envarado en una zozobra lúcida de la que no desea, en parte, salir. Incluso hay quien regresa a ellas para recuperar el asombro primitivo. Pasa algo parecido con el amor: quien lo padece termina anulado, dificultando en ese embelasamiento inoperante toda posibilidad de uso razonable de la inteligencia. En La princesa de Nebraska hay un desconsuelo moral, una especie de negligencia ética a la que se llega desde el amor o desde la ausencia del amor, en todo caso. Hay un deseo fragmentado y un casi imperceptible cordón umbilical (figurado y más tarde bien tangible) que conecta el pasado con el futuro, la vida abandonada y la vida esperada.

La parquedad en los diálogos, la sentenciosa música, su breve duración y su vehemencia estética contribuyen a que la película de Wayne Wang, aquí apartado de Paul Auster, al menos en los créditos, no sea uno de esos arrebatos fundamentalmente sentimentales sobre la colisión de dos culturas (la china y la americana) y cómo una muchacha, embarazada en Pekín, decide viajar a San Francisco con la duda sobre si abortar o no.
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Hope there's someone, la sobrecogedora melodía de Antony and The Johnsons, oída en un escenario limpio y desnudo, sirve de contrapunto acústico eficaz para que la protagonista de la película de Wayne Wang (Sasha) reformule (modifique, ecualice) su vaciado moral, su absoluta orfandad cultural. Reflexiva, aunque funcional, La princesa de Nebraska (precioso título) habla con frescura de asuntos relevantes, préstamos afectivos, interrogantes sobre la forma en la que las personas gestionamos nuestra propia identidad en este mundo cambiante, mucho más si hablamos de la transición entre la China arcaica y la China abierta al capitalismo que de alguna forma se deja ver en la ecografía (invisible para nosotros) que se hace Sasha en un momento (muy lírico, muy emotivo) del film...

Y yo me quedo con esa escena concluyente, áspera, apenas sostenida por la mirada huidiza (y quizá ya madura) de Sasha y la voz insoportablemente dramática de un Antony Hagart pletórico, dotado como pocos solistas hoy en día para expresar el dolor y la deriva emocional. Cosas de las que la película trata muy hermosamente. Sin estridencias. Como una corta melodía pop que, en su fondo, cortara la respiración de quien la escucha.

22.1.09

El hombre ante su legado...


Fallos en la gestión de Bush:
Bin Laden, irak, Afganistán, Resto del Mundo, Tortura, Economía, Desarrollo Medioambiental.
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Éxitos:
Esquivé un zapato.
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Pero lo mejor es que desaparece de la vida pública. No era fotogénico. A su cuenta queda un bochornoso inventario de despropósitos que iba del ridículo continuo al más chabacano, zafio, palurdo e idiota liderazgo del Mundo Civilizado. No se acaba de entender que durase tanto. Que llegase. Que el noble pueblo americano le encomendase empresa tan alta. Ahora se retira a su rancho de Tejas. Verá el desquicio que ha causado con distanciamiento. Como si no fuese con él. Hace poco, ya consciente del poco rato que le quedaba de presidencia, dijo que Dios había guiado su mano. Sostuvo en la entrevista que rezar cada noche le facultaba para mantener firme el pulso y elegir siempre con cordura y responsabilidad la mejor de todas las posibilidades que le ofrecían para remediar el cáncer del mundo. Sea cual sea. Esquivó un zapato.

Las palabras de la tribu / Obama 2

"Anósmicos son los que pierden el olfato; agnósicos quienes lo tienen difícil para reconocer los estímulos aprendidos. No sé, en cambio, a qué definición médica acudir para aquellos que extravían su sensibilidad en percibir el dolor ajeno."

Francisco M. Ortega






Probablemente el lenguaje no sea capaz de satisfacer algunas incógnitas morales. El dolor ajeno se percibe siempre tamizado: nos anestesia la rutina, el confort, la CNN y las hamburguesas king size. Obama, el múltiple, está diciendo ahora mismo en la radio que su país tiene que recuperar la estatura moral perdida. El primer paso es desmantelar Guantánamo. Este cronista cazurro ignora los siguientes, pero imagina que todos serán épicos, dignos de cántico. Si el tal Obama hubiese nacido en la Edad Media sería el héroe de todos los romances y los juglares glosarían en sus versos andarínes los hechos fabulosos y, al modo en que El Quijote fatiga los campos de molinos y batalla la ficción imprudente de los libros de caballería, la cruzada de Obama combatiría también contra todos los infieles. Bush hijo no ha hecho otra en sus ocho años de cambalaches geopolìticos. Ha recorrido el mapa de los desastres y ha dejado su huella en todos. Borrar ahora esa huella y recomponer la cartografía dañada tal vez debería ser el primer paso del nuevo paladín de la ortodoxia, la justicia y todos esos vocablos grandes y nobles a los que políticos acuden cuando necesitan música en sus arengas. No sabemos si en su vocabulario de campaña existe una palabra para nombrar a quienes extravían su sensibilidad a la hora de nombrar el dolor ajeno, como reza la entrada. Si este mago de la ilusión da con la semántica exacta, entonces estamos en la buena senda. Y es cierto, como me comenta un amigo en un comentario a un post pasado, que mal andamos si aquí lo noticiable es que un ex de la cosa pública se pavonea en los círculos del poder y exhibe gallitamente la cacharrería de premios, homenajes y otras pompas de lo futil que otros consideran, allá ellos en su ceguera, merecen. La tribu, en todo caso, merece un chamán que domine las palabras. Ya sabemos lo que el verbo produce en quienes, al oír, ansían reconfortarse. Nada que la religión no sepa. Nada que no haya usado durante milenios para perpetuar su maquinaria...

21.1.09

God bless Obama



El día trajo ayer grandes fastos y nos acostamos con un nuevo rey. Hoy nos levantamos con las mismas pandemias y la crisis machaca como solía a quienes había tomado afición en machacar. Los demás, los libres de problemas, ven al recién llegado como un síntoma de los nuevos tiempos, una especie de mesías multifunción cuyo valor puede medirse por la preocupación que causa en quienes no albergan deseo alguno de que su panfletaria oratoria prospere. Obama, el líder del mundo civilizado, arenga como puede y se deja acompañar por prosistas sensibles, que escuchan la plegaria de todos los parias del mundo y así manuscriben el texto de la redención. A Obama le hemos asignado funciones que probablemente no le permitan ejercer.

Estas investiduras americanas se festejan con absoluto desparpajo mediático y hasta resuenan los días alegres de Tara cuando las jovencitas hacían cabriolas con sus trajes ampulosos y los caballeros sudistas exhibían cabalgadura y vara de mano entre caballos, orquestinas y algún negro ocasional útil para recoger los restos de toda esa pompa colorista. Y aunque la nueva administración ya haya dado algún indicio de seriedad electoral al dar el primer paso para cerrar Guantánamo, lo que se vio ayer fue un circo delirante, nada ajeno al glamour del Hollywood más emperifollado, galerista y musical. No faltó Springsteen ni Aretha Franklin ni Bono y la plebe se arracimaba por millones a las puertas de palacio para no perderse ni un solo detalle. Las palabras del presidente número 44 de los Estados Unidos de América no defraudaron y encendieron al escaso número de contribuyentes al acto que no estaban encendidos.

Todas las incógnitas políticas las disimulan el baile de gala, el esplendor de la ceremonia y toda la tralla de efectos de luz confiados a profesionales de muy alto rango, puestos al servicio de la distracción total, conjurados a ofrecer un espectáculo de masas capaz de emocionar al mismísimo Cecil B. DeMille. En esto, en el show business puro y duro, los americanos son los mejores. No hay nada en márketing que no conozcan (Mad men, please, no se la pierdan) y cuidan hasta el desmayo cualquier brizna de descuido para que la ceremonia sea robusta y no deje lugar a dudas sobre el carácter telúrico, popular y festivo de lo que se celebra. En eso el pueblo americano es siempre un pueblo admirable, uno del tipo que arrincona disidencias, banderas y criterios cuando toca sacar pecho por un país honrando a quien las urnas ha elegido como guía durante, al menos, cuatro años.

El generoso, a decir de Obama, servicio que Bush hijo dio a la nación americana no dio fruto remarcable y al modo en que un educador debe borrar procedimientos y contenidos mal enseñados para integrar los que considera óptimos y bien razonados, el nuevo presidente de los Estados Unidos de América debe, en primer lugar, borrar cierta imagen tenebrista, fanfarrona, investida de misticismo y completamente al margen de todas las reglamentaciones jurídicas internacionales que, en algún modo, interfieran el imperialismo militante.

Miremos donde miremos hay trabajo que hacer: he aquí la frase extraíble, aplicable en Iowa y en mi pueblo, pero es un trabajo silencioso, que debe ser laboriosamente incentivado desde las instituciones del Estado y razonado en base a criterios en donde primen los beneficios, la seriedad, el crecimiento manso y no, como hasta ahora, el lucro salvaje, el activismo delincuente de unos y (como suele pasar siempre) el dolor y el sufrimiento de otros. Al final el bueno de Obama agradece a Dios y le pide que bendiga América. En esas debió el Altìsimo plantearse qué camaradería antigua le une con el noble pueblo americano para que tanto le instiguen y soliciten tutela, cobijo, amor y otros plácemes interesados.

Lo que no acoge matiz alguno es el delirio tramoyístico, ese desenfreno en lo visual que arrastra masas y convoca audiencias millonarias en la televisión. Y asombra, en este rincón del mundo, al menos, que sea un político el que aliente estos excesos que no son ni buenos ni malos, pero que evidencian pristinamente el carácter de un pueblo, su idiosincracia... Y vuelvo a Tara, a los bailes aristocráticos, al énfasis orquestal y la divina gracia del talento movido a 24 fotogramas por segundo.
¿Será todo cine y creíamos que iba en serio?

18.1.09

Poe, el desdichado, cumple 200 años...

Mañana se cumplen 200 años del nacimiento de Edgar Allan Poe. Qué más da la efemérides. Importan el barril de amontillado, el gato negro, Ligeia, Annabel Lee, Berenice, María Roget, el enterramiento prematuro, el señor Valdemar, la casa Usher, el escarabajo de oro, el prólogo y traducción que Charles Baudelaire le hizo a su obra pocos años después de que las calles de Baltimore anuncieran su cadáver. Importan el prólogo y la traducción que Julio Cortázar hizo muchísimos años más tarde, la admiración del primer Borges y del primer Bioy Cásares, una edición de Alianza que cayó en mis manos a principio de los ochenta y que mantengo, entre otras, gastada y amada, convertida en un pequeño tesoro bibliográfico.
Sin Poe, en fin, no habría existido mi amado Lovecraft ni tampoco (quizá) Stephen King ni parte de la narrativa de terror o sobrenatural o gótico o post-bótica parida en el siglo XX alrededor de su influencia, y ahí el amable lector puede colocar la nómina de escritores que le plazca, desde LeFanu al hijo del propio King, que por cierto ha escrito ya dos novelas y le atienden como hijo de quien es en los suplementos del ramo.

17.1.09

Borges (once again)


A veces suceden cosas que uno no acaba de entender, asuntos que no comulgan con la normal ortodoxia de las cosas. Ayer tarde encontré a Manuel Trujillo en donde suelo encontrarlo. Buscando alguna configura. Registrando las estanterías a la caza de una salsa sublime. Paseando el ojo por el expositor donde las carnes de buey ofrecen su más sórdida evidencia de caducidad. Cuando uno encuentra a un amigo en un supermercado rara vez sale del comentario ya calculado sobre el stress de la vida moderna, la avanzadilla de nubes sospechosas que se ciernen sobre el pueblo o la orfandad del bolsillo en estos tiempos de crisis, pero ayer tarde (insisto) se produjo el prodigio de la belleza y de la inteligencia también porque sin recordar ahora cómo fue (ni tal vez haga falta investigar en exceso) Manuel y yo nos enfrascamos en una amena traída de argumentos borgianos y restaurantes pakistaníes del paseo marítimo de Fuengirola frente al puesto de pescado, entre cigalas arroceras, cuerpos, bocas y gambas de Huelva intentamos (parcialmente en vano) recordar el poema del ajedrez, al que sólo pudimos meter mano en los últimos versos. Después, unos pasillos más abajo, cerca de los riojas y de los whiskies de malta, recordamos a Funés el memorioso y el tema del traidor y el héroe, el jardín de los senderos que se bifurcan y la casa de Asterión. Nos intercambiamos direcciones de correo electrónico y prometimos un café con otro atrezzo en el que poder explayarnos a gusto con ese vicio recién compartido. Ojalá sea pronto y el rato sea tan grato como lo fue ayer tarde. Los supermecados son laberintos, al fin y al cabo. Lugares donde es fácil perderse.
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AJEDREZ
I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
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Adentro irradian mágicos rigores las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
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Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
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En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
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II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
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No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
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También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
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¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?
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(Va por usted)
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Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...