4.10.08

Cometas

Los talibanes prohibieron el vuelo de las cometas. Ahora se han pasado a la narcoguerrilla. Los laboratorios de heroína alfombran el agreste suelo afgano. Campos de amapolas improvisan una imprevisible oleada de afecto. La belleza se desentiende de la realidad. El opio hará que el conflicto dure diez años más. El dinero de la droga se invertirá en la fabricación de bombas artesanales. Al tiempo que los equipos americanos y la ONU levantan escuelas, carreteras, aeropuertos y hospitales, la población sucumbe a la certeza de que el país será, en el futuro, un campo de refugiados lisiados, tullidos o mutilados, de odios cervales y de enconadas disputas que únicamente resolverá el concurso infatigable del tiempo.
Mientras tanto, afuera, en la realidad, crecen McDonalds en todo el mundo, lo cual no tiene nada de malo ni de bueno pero es un síntoma de algo y probablemente pueda convertirse en un signo de la estatura ética de una sociedad; Eddie Murphy hace el ganso fantásticamente y el Real Madrid rompe el maleficio de vencer en campo ajeno en Liga de Campeones. Asuntos domésticos. Pequeñas viandas para el ocio pequeñoburgués. Caramelitos baratos. La sociedad mercantilista ofrece (es su oficio) estas menudencias para distraernos de avatares de una gravedad mayor, pero tampoco podemos estar todo el día llevándonos las manos a la cabeza y pidiendo que cesen las guerras y que la pobreza se erradique del planeta. Es que no es posible, aunque queramos. No, al menos, como querríamos. La realidad es una concesión vitalicia de la ficción y no al contrario. Lo que fabulamos, el inventario de historias que interponemos al discurso rutinario de las horas no alcanza el grado de procacidad moral de la realidad. El talibán que prohíbe el vuelo de las cometas y cubre a las mujeres hasta hacerlas invisibles es un producto sofisticado de un autor retorcido. O es la evolución perturbada de un modelo social lisiado, tullido o mutilado al modo en que los ciudadanos que sobreviven al fragor de la barbarie quedan después de que las tropas del mal crucen por sus pueblos y los aliñen de odio. Y no podemos aliviarnos pensando que Afganistán está lejos: hay talibanes a pie de calle, tenemos cafres en los campos de fútbol, en las barras de los bares, en las colas del supermercado. Hay perturbados que se ajustan a capricho al modelo de psicópata o de degenerado o de bárbaro que nos venden los telediarios, pero están ahí afuera, agazapados, convertidos en presentables padres de familia que, al tiempo que contribuyen al bienestar del Estado con sus tasas y sus gestos, a la vez que besan a los hijos y ufanamente departen sobre frivolidades, luego son (en la intimidad) monstruos, gente que prohibiría el vuelo de las cometas y borraría de un plumazo al género femenino salvo que le sea útil en la cocina o en la cama. Lo vemos en exceso. Nadie se pasa aquí a la narcoguerrilla, pero hay escarceos violentos en múltiples escenarios, atrincheramientos en los que el talibán se adiestra y perfecciona su perfil a mayor gloria de su tara.

Asesinato justo: Ídolos caídos en desgracia...


Es más que posible que Robert De Niro y Al Pacino hayan contribuído más a mi felicidad que gente a la que veo a diario, con la que me tropiezo e incluso con la que comparto alguna conversación casual sobre cómo va la Liga o sobre si va a llover el fin de semana. La vida tiene estas injusticias morales. Al cine le encomendamos asuntos que jamás confiaríamos a gente real con la que (insisto) nos une la rutina de los días, las barras de bar o los años compartidos en la infancia. Esa evidencia no aturde mi equilibrio ético y, en cuanto puedo, regreso al cine como vehículo de crecimiento personal. En este razonamiento se me hace muy difícil despotricar contra estos dos genios de la interpretación. Lo que han hecho en el pasado les salva de todas las tropelías que hagan en el futuro, pero Asesinato justo se acerca al concepto de desvarío que el diccionario de la R.A.E. recoge. Es una película tan sumamente irrespetuosa con el espectador inteligente que uno piensa que De Niro y Pacino firmaron el contrato bajo algún tipo de amenaza de modo que igual la verdadera película está debajo, en otro nivel, y ésta que nos han vendido es una tapadera. La ficción y la realidad poseen túneles inverosímiles, pasadizos que conectan la parte auténtica con la fantástica. Estoy convencido de que el tiempo, que es juez y febrilmente sentencia a quien merece castigo, borrará de la memoria del buen cinéfilo esta infumable pesadilla en forma de thriller que acabo de ver en el cine, en pantalla grande, como manda Dios, es decir, Billy Wilder.
Jon Avnet es uno de los fabricantes de esta infamia. Debió quedarse a medias cuando convenció a Al Pacino a enfangarse en un delirio psicótico mayor que éste que respondía al nombre de 88 minutos y que también tuve el error de ver en pantalla grande y que me produjo ardores en la conciencia durante días, preguntándome a cada momento cómo podía ser posible que el hombre que había sido Serpico, Michael Corleone, Tony Montana o Ricardo III fuese ahora un triste pelele desnortado, un actor en crisis, incapaz de separar el trabajo honesto del meramente alimenticio. O son malos tiempos y los grandes de la pantalla, a falta de buenos papeles, deben conformarse con migajas tan vergonzantes como éstas. Y De Niro no va a la zaga, el pobre. No se entiende, yo al menos por más que lo intento no alcanza a vislumbrar las razones de este declive, que quien encarnó a Travis Bickle, Jake La Motta, Michael Vromsky o Jimmy Conway rebaje su exigencias dramáticas para meterse en este patético policía de gestos torpes y parlamentos vacíos.
Mi decepción no enturbia la imagen idílica que guardo de estos dos señores. Están ahí Taxi Driver, El Padrino, El cabo del miedo, Serpico, Malas calles, Uno de los nuestros, Toro salvaje, Tarde de perros, A la caza o Justicia para todos. Buenos tiempos. Ahora nos queda pensar que el destino, que también es un bicho cabrón cuando quiere, les regale un papelazo de altura, alguno con el que deslumbrar otra vez y hacer que olvidemos bodrios en los que han arrastrado (penosamente) su ocaso. Tenga el amable lector la indecorosa lista de atentados contra el buen gusto y la memoria sentimental: El enviado, Condenado, Pactar con el diablo, Showtime, Apostando al límite, 15 minutos, Los padres de ella, Los padres de él, 88 minutos, S1mone... Títulos que sonrojan el pudor, invaden de tristeza el alma sencilla del cinéfilo honrado y conducen a la irremisible conclusión de que el vil metal (o la fama o el gusanillo de la cámara) puede más que el buen texto.
Despojada de intriga que arrastre al espectador a un seguimiento minucioso de la trama, que es plana y ridícula, Asesinato justo vive exclusivamente del cásting que la justifica. Su incompetencia para contar una historia meridianamente creíble se amplifica con la ineficacia para entregar a sus dos pesos pesados un material dramático a la altura. Los diálogos de los dos policías son ramplones, irrelevantes y risibles. El patético guionista (cuyo nombre ni viene al caso ni haré porque venga) no parece que en algún momento de lucidez manuscribiera el libreto de Plan oculto, una peliculita soberbia si la comparamos con la que aquí nos tiene el nervio desangrado y la ira a ras de tecla.
Si ahogamos el morbo de ver a De Niro y Pacino juntos (lo de Heat fue un engañabobos) Asesinato justo queda en un blockbuster (cómo me gusta la palabrita) de arranque de otoño que únicamente contentará a quienes, por su edad, por su impericia cinéfila, no han conocido a Travis Bickle o a Tony Montana. Como de éstos puede haber legión, no dudo que este émulo de película arrastre a una caterva entusiasmada de ingenuos. Avisados estamos.

3.10.08

Reflejos: Espejo o espejismo...



No parece claro que la renovación del terror como género cinematográfico pase por las manos de Alexandre Ajá. Las colinas tienen ojos, el remake del clásico de Wes Craven, encaramó al cineasta galo a un trono efímero del que se acaba de bajar a la luz de esta mediocre adaptación de la cinta norcoreana El otro lado del espejo.(Into the mirror, Kim Sun-Ho)Su blockbuster de otoño no cuaja porque está (básicamente) mal escrito. Tampoco tenía un guión portentoso la cinta de Craven, pero Ajá amañó el tono crepuscular y descuidado e introdujo un vigoroso sentido del ritmo, una trepidante forma de filmar y, ante todo, un desparpajo visual del que ahora se ha desprendido. Quizá le ha venido grande el maisntream americano. El guión, turbio, traiciona algunos patrones del género pretendidamente resucitable y cae en la trampa de la rutina, de los giros previsibles y de la resolución grandilocuente (sí, el final, a pesar de todo lo malo que sucede antes, es lo mejor del film). Si en algún momento logra perturbar al atribulado espectador que ve le cae encima una más de terror asiático pasado por la turmix del Hollywood más caníbal es por la habilidad de Ajá en crear entornos densos y plásticamente impecables.

2.10.08

Dexter, el caníbal filantrópico


Dexter Morgan es mi caníbal favorito. No tiene la enjundia intelectual de Hannibal Lecter. No se rige por impulsos y jamás le traiciona la ambición. Lejos de que la realidad le aturda, Dexter es feliz a su manera. Carece de pudor y se refugia en el anonimato, en la sombra, en la zona invisible en donde degustar sus trofeos, la sangre registrada a modo de palimpsesto orgánico.
Dexter es razonablemente inmune al desaliento y no le descabalga de su empresa justiciera ningún sentimiento. De hecho recela de las emociones y forja su máscara a conciencia, consciente de que únicamente debajo de esa representación pública puede administrar sus vicios con mayor desperpajo. Es, a su modo, un actor representando infinitamente un texto a sabiendas de que el texto le ocupará, en la mejor de la opciones, el resto de su vida. En este sentido, este psicópata tierno y conversador, incapaz de hacer el mal a quien no lo merece, me recuerda la frase genial de Groucho Marx. Aquélla de no entrar en un club donde dejen entrar a gente como yo. Dexter es único y no hay club que aloje a desquiciados tan presentables como él.
Mediocre por tramos, sin saber a qué lado de la moneda decantar el tono general, la serie de Showtime se crece en los monólogos de este héroe invertido y es coherente en la construcción de arquetipos y en la resolución de la alambicada trama. Más interesados en no traicionar el suspense, la hilazón narrativa que sostiene la evolución psicológica del personaje, los guionistas han escamoteado mala leche y donde debieran haber hurgado para encontrar la bilis del monstruo han aliñado un mejunje melodramático excesivamente lastrado, de una credibilidad neutra, que sólo se compensa con los episodios freudianos y el espejismo de estar a un lado y, al mismo tiempo, al otro de la escena del crimen. Caso de que la historia acceda a la pantalla grande, imagino que se perderán los matices, los gestos, la muy bien escrita búsqueda de la felicidad que en todo momento ocupa la mente perturbada de Dexter Morgan. En todo caso, una serie más que recomendable.

El disco de hoy: Björk: Volta


Björk siempre me pareció una sirena desquiciada. En Volta al desquicio le podemos agregar un extra de paranoia vocal y una base melódica de influencias oníricas, que rastrea el sonido de los puertos, evoca el murmullo de la lluvia sobre la hierba y termina descarrilando sobre un campo de fresas en construcción. Fuera de una sensibilidad pop, ajena a los patrones del jazz o del blues, la música de Björk (la reciente, desde Medula) fascina y repele, conmueve y hastía. No hay vez que termine un disco sin la firme convicción de que no volveré a caer en la trampa de ese exotismo tímbrico que hechiza, cautiva y (finalmente) incomoda. No soy un fan, aunque el primer disco me pareció una obra maestra, una del tipo que trasciende la época en la que se crea y fluye monumentalmente, a salvo de modas. Había distorsiones, cacofonías y tratamientos hostiles de la melodía, pero uno acertaba a encontrar, en esa impureza, canciones adictivas, inversiones del pop comercial que jugaban a ser, en el fondo, pop de toda la vida, aunque tamizado, estrujado, arrugado, convertido en otra cosa, en algo nuevo. Ya la novedad cedió al ombliguismo y la señora de los cantes delirantes se dedica a investigar texturas, que es una forma muy culta de decir que está perdiendo soberanamente el tiempo y consiguiendo que el público, a excepción del muy letrado y muy cómplice de estas florituras musicales, termine bostezando. Hoy, camino de recoger a mi hijo, me he vuelto a prometer (por lo bajito, para que nadie me oiga y piense que estoy pirado) no volver a escuchar Volta. Ni Vespertine. Sé que no va a ser así. Nunca lo ha sido. Pillaré (creo) un grandes éxitos, un recopilatorio doméstico en el que volcaré momentos estelares. Hay muchos. Me quedo con Venus as a boy. Su melodía todavía, en ocasiones, me persigue, me transporta a mundos que no conozco. Eso busco yo en Björk. Perderme del todo, no. Cuando llegué a casa, abrí mi Ipod y borré el archivo. El CD, en la estantería, llama como la sirena de Ulises. Ese rojo extasiado. Ese incendio.

1.10.08

"Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón"

Hubert Schleichert, en Cómo discutir con un fundamentalista sin perder la razón (Siglo XXI, Madrid, 2.004) razona que es materia imposible argumentar con quien no se presta a los sagrados principios de la argumentación. ¿A quién le regalaríamos el libro? Pero qué iluso soy. Si niegan el diálogo, ¿qué decir de la lectura? Yo, sin mayor desgaste racional, he pensado esta noche en un par de excelentes candidatos. Y se adscriben a confesiones morales, religiosas y políticas de variada extracción. ¿Y el amable lector? ¿Dio en tan poco rato con los suyos?

Borges (once again)




Las causas
Jorge Luis Borges

Los ponientes y las generaciones.
Los días y ninguno fue el primero.
La frescura del agua en la garganta de Adán.
El ordenado Paraíso. El ojo descifrando la tiniebla.
El amor de los lobos en el alba.
La palabra. El hexámetro. El espejo.
La Torre de Babel y la soberbia.
La luna que miraban los caldeos.
Las arenas innúmeras del Ganges.
Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.
Las manzanas de oro de las islas.
Los pasos del errante laberinto.
El infinito lienzo de Penélope.
El tiempo circular de los estoicos.
La moneda en la boca del que ha muerto.
El peso de la espada en la balanza.
Cada gota de agua en la clepsidra.
Las águilas, los fastos, las legiones.
César en la mañana de Farsalia.
La sombra de las cruces en la tierra.
El ajedrez y el álgebra del persa.
Los rastros de las largas migraciones.
La conquista de reinos por la espada.
La brújula incesante. El mar abierto.
El eco del reloj en la memoria.
El rey ajusticiado por el hacha.
El polvo incalculable que fue ejércitos.
La voz del ruiseñor en Dinamarca.
La escrupulosa línea del calígrafo.
El rostro del suicida en el espejo.
El naipe del tahúr. El oro ávido.
Las formas de la nube en el desierto.
Cada arabesco del calidoscopio.
Cada remordimiento y cada lágrima.
Se precisaron todas esas cosas
para que nuestras manos se encontraran.

Paul (III)


Paul finge tocar el trombón. Satchmo y Duke se lo deben estar pasando en grande. Un intruso de Hollywood con los ojos azules y fama de ser un actor de los buenos entre dos genios de la música del siglo XX. Tres genios del siglo XX, concluyo. Con esto finiquito la ronda de homenajes a Paul Newman. Ya lo hemos dicho. Que los ángeles de Le Mans le llenen de buenos octanos el depósito y corra por alguna pista celestial.
La fotografía es gentileza involuntaria de este buen link.

El mundo desde el abismo...(Paul II)




En Un mundo desde el abismo 3.0, la estupenda página de cine de "Refo", uno puede encontrar una selección de fotos memorables, una cartelería bien seleccionada, evidencia del buen gusto del autor, corregida y pegada y, sobre todo, un trabajo formidable que transpira conocimiento y amor por el cine, aunque de cuando en cuando cuela deportes y otros vicios confesables y compartidos. No son palabras gratuitas y no soy un asalariado del amigo Miguel Ángel. Ni siquiera le conozco. Entro en su página desde hace tiempo y disfruto mucho con sus textos. El que ha colgado para tributar el homenaje que se merece Paul Newman es encomiable. Por eso lo coloco aquí e invito al amable lector que se salga del Espejo y entre en el Abismo. Luego escala uno y llega a la realidad en un periquete.




... and I feel fine....


Mi amigo Stipey va a disfrutar esta noche muchísimo delante de su amigo Stipey. No es un juego de palabras. O sí lo es. El caso es que la envidia es sana. Ya buscará un hueco para contarme el prodigio.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...