27.9.16

Loco, pagano, feliz



Hoy he leído que en la Antigua Roma los dioses eran verdaderos para la plebe, falsos para el filósofo y útiles para el político. No creo que hoy podamos pensar en dioses. Nada ha cambiado dos mil años más tarde.  Ahora somos monoteístas, no hay pluralidad. Se venera un solo dios verdadero, da igual de qué religión sea. En lo demás, en lo que piensa el pueblo (la plebe es una acuñación semántica de rudo trasfondo; tampoco cuadra grey, que es una acepción de más fuste literario o de homilia) o los filósofos o los políticos, no se advierte que haya mudanza. Los políticos (ay) continúan amañando adhesiones, pactando acuerdos (menos aquí, menos ahora) o haciendo pragmática pura (demagogia, no podemos cambiar nada). Una de las debilidades de ese cronista de sus vicios es la fragilidad humana. Admiro eso, las partes débiles, lo que no triunfa, esa evidencia de que el fracaso es un mal necesario para que el espíritu medre de verdad y no se acomode. Creo que yo sería un romano feliz. No sé si caería del lado de los patricios o de la plebe o esclavo sin más. Encuentro placer en todo lo pagano. Los mejores dioses son los paganos, los humanos, los que pecan y dudan y hasta te echan el brazo al hombro y platican contigo mientras caminas, pero sin ponerse en tesituras teologales demasiado estrictas. No deseo que nada que no pueda ver me distraiga de lo que está a la vista. Por eso no soy creyente. De ahí mi incredulidad natural. Otra cosa hubiese sido que me nacieran romano. Lo poco que recuerdo, lo que he leído en libros y visto en el mucho peplum que me he enchufado, la vida a las orillas del Tiber, achispado por los licores de la tierra, aristocráticamente tumbado en cojines de seda, ofrecida la fruta en las bandejas, asistiendo a representaciones burlescas, escuchando esas declinaciones que en el instituto me traían por la calle de la amargura, pero puestos a elegir, ya que todo es un discurrir ocioso, me pido la filosofía. Qué adorable oficio si no termina en cicuta. Qué placer fatigar los jardines de las casas, el aireado atrium, poder decirle a Marco Aurelio, el padre total, el que deseaba estar en la fila de los locos, descreídos o fieles creyentes, pero locos. 

21.9.16

Conversación con una de esas enormes olas de un cuadro japonés clásico



Laurie Lipton

Confío en la cordura, en la educación y en la bondad, aunque flaquee mi voluntad y se me haga cada día más cuesta arriba decir que poseen el prestigio que tenían. Gana el mal, gana el ruido, gana el egoísmo. Anda el patio revuelto, la gente airada, el gesto se ve roto y las palabras amables se pronuncian con el temor de que se nos tome por débiles, por no decir tontos. Basta salir a la calle, sin una idea fija en la cabeza, tan sólo salir para que la realidad te abofetee y regreses a casa como quien ha ido a una batalla. No sé en qué momento dejó de estar bien vista la inocencia o cuándo la ternura fue un lastre si quieres triunfar en la vida. Alarma que la cultura no sea rentable y que no se atisben indicios de que en un futuro cercano las empresas inviertan en ella y prosperen. Siempre fueron malos tiempos para la lírica. Los de ahora son nefastos. Se lee poco y se lee mal, decía Umbral en sus tiempos. Se vuelve siempre a la lectura para dejar registro de lo avanzada que es una sociedad. La que no lee prospera poco o no lo hace. La que lee, la instruida, la sensible, es feliz y apuntala bien sólidamente la felicidad por venir. Me sigue fascinando hablar con quien lee los mismos libros que yo, pero admiro sobre todo a los que leen otros. Aprender a diario es un oficio hermoso. Sólo ése bastaría, imagino. Del oficio por el que nos pagan se tiene una impresión aceptable, cree uno que lo ejerce a conciencia y se emplea con esmero, pero hay días en que se tambalea esa certeza, días de un gris sombrío, que disuaden de alegrías futuras y hacen que decaiga el ánimo. Decae. Sin que exista placebo, remedio, antídoto que lo palie. Después se recompone la trama, vuelve el entusiasmo, se adquiere nuevamente la habilidad extraviada y funciona la máquina. No es cosa de uno que se mueva. Nunca lo es.   

Hoy explicaba a los alumnos que el esfuerzo y el trabajo hacen que el mundo gire. Que podemos fracasar, pero que al fracaso le sigue un intento más intenso. Importa la intensidad con la que se acomete el trabajo. Confío en el trabajo, en la permanencia en su dulce esclavitud, en la constancia sin atributos que hace que sólo se desee mejorar, aunque cueste y sólo se vea (en ocasiones) un atisbo de mejora, un pequeño trozo de hielo del iceberg gigantesco que, al desplomarse, alumbra una ola, una de esas olas japonesas que Lipton, en su estupendo dibujo, ha convertido en basura. Porque hay veces en que vence el gris. Ni la inocencia triunfa. Ni la educación. Sólo el azar canalla confabulado con la adversidad para hacer que hinques la rodilla y caigas, pero ahí están los refugios, terrible ola japonesa. Te hablo a ti, que amenazas la quietud y la armonía. Sé que me escuchas. Si creo que me escuchas es que estás escuchándome, tú ya me entiendes. Esta noche leeré a Lovecraft de nuevo. Lo pensé esta mañana nada más poner en el pie descalzo en el suelo. Pensé en los oscuros dioses de los primeros tiempos. De verdad que un día no puede ir bien si te levantas pensando en dioses oscuros de los tiempos primeros. En el transcurso de la mañana, un poco temerariamente, me he acordado de ellos en un par de ocasiones. Creo que nadie se ha dado cuenta de mi delirio. 

14.9.16

Escribir, mentir, aparentar

Hay libros que uno finge haber leído. Con algunos de esos libros mentidos se ejerce incluso cierto esmero en la crítica. Dice de ellos lo que escucha que dicen los demás y viste el comentario con alguna prenda personal, que evidencie la veracidad de lo dicho. Se cae en estas banalidades porque es imposible no haber leído a Balzac o a Kafka, yo qué sé. Podemos sustituirlos por Haydn o Beethoven. La cosa es no defraudar a quien desea que lo hayamos leído todo o escuchado todo. Tuve un amigo que poseía un talento especial en estas imposturas librescas. Tenía una cultura asombrosa que usaba satisfactoriamente en las reuniones de juventud. Prendaba a los que escuchábamos con sus atinados (creíamos que atinados) comentarios sobre la Revolución Rusa o la Caída del Imperio Romano. A lo que recurría M. era al escaso material que había caído en sus manos. Ese material, en otras, sería niebla pasajera: en las suyas era tierra firme, piedra sólida sobre la que edificar una conversación interesante. Una vez me confesó que no sabía tanto. No lo hizo con rubor, ni por justificar su teatro. Quería agrandar (en cierto modo era eso) su imagen en nosotros.


Se me ocurre una diablura más lúdica, de la que tal vez se extraiga un aprendizaje mayor o un divertimento con más enjundia o más insólito: fingir que no se han leído ciertos libros que sí hemos leído, hacer ver que ignoramos de qué tratan y dejar que los demás conversen sobre ellos, les den la opinión que les plazca. Imagino una escena excitante: la del que no presume y calla, pero sabiendo, y el que se explaya y perora. Se podría sacar de ahí un cuadro narrativo magnífico, no para componer una novela, o según quién la aborde, pero sí un cuento, uno de tono cómico, uno que exprese lo que las apariencias importan y la manera en que nos esmeramos en que brillen. Yo, pensando ahora, creo que no he presumido nunca de un libro que no haya leído. Mi cuota de mentira la empleo cuando escribo. Escribir es una forma de ser respetuoso con los demás. Ahora me voy a reconciliar con la buena mesa y con un sillón de orejas que me echa de menos últimamente. 

9.9.16

Mariposas, libros, vida



Nabokov buscaba mariposas cuando no escribía. No hay nada en su literatura que haga pensar en mariposas. Nada cuando las cazaba que filtrara la idea de que escribía. A veces pienso que los escritores, los buenos, los que se toman en serio el oficio, se escinden, ofrecen esa dualidad en la que uno va al supermercado o a los bares o al despacho y el otro, paciente, espera que se le saque y lo obliguen a escribir. No se parecen, no tienen la obligación de parecerse. Y cuando ambos se encuentran, si se produce esa especie de anomalía metalingüística o espiritual o esotérica, discuten. Días en que no se soportan. Como si uno sobrara. Pierde el escritor. La vida los succiona. Vivir y escribir en ocasiones hace daño. Hay que salir a cazar mariposas. Hay que encontrar con qué distraer esa enfermiza voluntad de escribir. La otra es la tirana. O lo son las dos.

29.8.16

Ropas


Hay maneras de vestir que no cuadran con el contexto. Lo emborronan, hacen que parezca irreal incluso. Dicho de una manera resolutiva, el ojo no mira el escenario, sólo se esmera en los personajes que lo ocupan. Puede extenderse este argumento a la idea contraria: la del indigente o quien se viste pobremente que pasea una habitación lujosa y hace que no nos fijemos en ella, en la habitación, y sólo prestemos atención a su ropa. En el extremo, la desnudez también funciona como punctum máximo. La foto, extremadamente significativa, es de Ramón Masats. Yo sólo he tomado una idea. Hay muchas a las que arrimarse.

24.8.16

El que piensa, pierde





Que no, que no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, en cierto modo, no puedo aceptar que digan que es cara. Porque a veces es cara, claro que sí, muy cara en ocasiones, pero al final resulta barata. Todo es ponerse a echar cuentas, a pensar un poco. Por cara que sea, la cultura sale bien de precio. Un disco de Britten despachado en diez euros, piezas dirigidas por el propio autor. El otro vi en una gran superficie una caja de tres compactos de Bill Evans en París. Doce euros, de verdad. Barata. Cuatro euros el compacto y un libreto interior con fotografías. Sé eso porque lo tengo en casa. A mí me costó más, pero nunca he pensado en eso. Más cuentas: con un euro tienes 10 minutos de Bill Evans. Yo tardo en tomarme un café en un bar esos diez minutos. Un poco más si hay conversación y puedo echar un cigarrillo mientras lo consumo. Con la literatura pasa lo mismo. ¿A cuánto sale el minuto de Javier Marías en Así empezó lo malo? Sale a tres céntimos la página. Acepto quien no convenga conmigo este razonamiento estrictamente económico. A lo que he visto, no dejo de comprobar que quien no escatima gasto en librerías, cines o tiendas de música, por no decir museos, catedrales o conciertos, es más feliz y exhibe esa felicidad de un modo más apreciable que quien no ha hecho ninguna de esas cosas y, pudiendo, teniendo con qué pagar, no ha pisado una librería, un cine o una pinacoteca. Lo que duele es que, aun barato, no lo sea más. Porque hay quien no puede gastar tres céntimos en Marías o cinco en Nabokov. Gente que privilegia otros asuntos que probablemente desbanquen a la cultura en ese concepto difuso llamado primera necesidad. ¿Lo es leer a diario? ¿Es posible que algún día las librerías sean de verdad lugares rentables? ¿Lo son las tiendas de discos o los videoclubs o los museos? ¿Es caro el cine? ¿Por qué lo abaratan una vez al año en la muy publicitada Fiesta del Cine, ven que funciona de maravilla y luego vuelvan a poner los precios que suelen? Quizá ahí dé mi brazo a torcer y sostenga que ir al cine es caro. A lo mejor resulta que los 6 céntimos el minuto (por ahí puede ir la cosa) no induce a volver. O el regreso es al mes. No hay gobierno que le ponga el cascabel al gato del IVA. La cultura no puede difundirse si hay lucro con ella. La rentabilidad de la cultura, el lugar en donde confluyen arte y negocio, inteligencia y mercado, belleza y caja registradora, es uno de los asuntos a los que el ejecutivo de turno (nosotros llevamos el tiempo suficiente sin gobierno como para dudar de que a este paso lo haya en alguna ocasión) debería dedicarle tiempo. Quizá un pueblo más culto, más leído, de más querencia por la ópera o por el ballet o por el teatro griego, por pensar en algo, sea también un pueblo más sensible, con mayor inclinación a la responsabilidad y a la eficacia, al placer de dejarse fascinar por todo lo que la cultura ofrece. Nos conformamos con ser entretenidos: hay quien se esmera en que ese entretenimiento de baja gama (Telecinco me viene a la cabeza)  impida que deseemos indagar y acceder a contenidos de más fuste. Cuánto más ve uno bazofia, más la anhela. La solución no está en las cadenas privadas: hacen bien en ofrecer los productos de éxito asegurado, los que no precisan una formación intelectual (o moral) alta. Gastar dinero en cultura es una inversión. Lo es en muchos sentidos. Me moriré sin ver a nuestra bendita televisión (da igual el canal) ofreciendo cine en versión original, convenientemente subtitulado. Pequeños pasos. Logros no inmediatos. Pero vamos deprisa. Es la velocidad la que hace caja. La lentitud no es rentable. El que piensa, como decían Les Luthiers, pierde. 


18.8.16

El espejo de los sueños cumple 10 años

En estos días, uno arriba o abajo, mi blog cumple 10 años. Me impuse entonces escribir a diario y casi lo he cumplido. He publicado 2702 entradas a día de hoy y han recibido 632.000 visitas. Lo mejor no son las estadísticas, sino la satisfacción enorme, la de todos los amigos que entran a ver qué se me ha ocurrido. Empezó como un blog de cine y terminó siendo un cajón grande en el que meter de todo. No sé cómo agradecer esa voluntad vuestra de visitarme. El espejo de los sueños, a su manera, es una casa. No se me ocurre cerrarla. Tiene siempre abiertas las puertas anchas que le puse.

15.8.16

Stranger things / Nostalgia y bucle





Si uno no sabe de qué va Dragones y Mazmorras, no ha leído a fondo al Stephen King de It o no ha salido temblando de emoción del cine al ver películas de Steven Spielberg o John Carpenter, Stranger things no es su serie. No lo es, de verdad, no hay que buscar tres pies a este gato. Se la puede disfrutar de un modo placentero, se puede apreciar su notable sentido del ritmo, la mixtura de géneros que propone (ciencia-ficción, terror, aventuras, comedia, romance) pero se escapan detalles que la hacen sumamente disfrutable.  La música que suena de fondo (The Clash, Jefferson Airplane, Bangles, Toto, New Order, Joy Division, Peter Gabriel, Foreigner) es la que escucha quien haya nacido poco antes de los setenta o poco después y es a ese espectador al que le complacerá revivir esa época. Casi nada de ella se les escapa a los hermanos Duffer, los ideólogos de esta serie de Netflix. Stranger things es una carta de amor a una época y a unos autores (King a la cabeza, sobre todo). Es también un recopilatorio (bien ensamblado) de los mejores momentos de decenas de películas. Quien disponga de buena memoria irá cayendo en cada una de ellas conforme avance la trama y se adentre en la cuidadísima iconografía que exhibe. Ahí está E.T., el extraterrestre; Encuentros en la Tercera Fase, It, Poltergeist, Los cazafantasmas, Alien, La cosa, Los goonies, Cuenta conmigo o Pesadilla en Elm Street, que ahora recuerde. Esa voluntad de incorporar las referencias de un modo natural, incluso reverencial, ocupa buena parte del metraje y se cuida al punto de que no incomoda ni tuerce el sentido propio del argumento de la serie. Por eso hay un policía que lee Cujo, la novela de Stephen King, o en los dormitorios de algunos de los protagonistas aparezcan pósters de algunas de las películas antes citadas. Luego está la literatura de los cómics de superhéroes, de la que no se separa en casi ningún capítulo. Es casi imposible manejar todas referencias culturales de las que toma partido. 


Stranger things es una batidora en movimiento. Si se mira con detenimiento se advierte a qué pertenece cada grumo. Ese descaro de los guionistas (muchos, como en casi todas las series recientes, conducidos por los hermanos Duffer para que no se desquicie la idea) no malogra del todo su notable creatividad. No importa que haya que convenir cierta credulidad para aceptar su osadía narrativa (universos paralelos, portales tridimensionales, niñas con poderes, monstruos del espacio exterior); tampoco que mucho de lo visto sea ya conocido. Se desoye la amenaza de lo previsible (que suena a veces más de lo conveniente) y se deja uno llevar por el bosque negro, por laa criaturas del inframundo o cree sin resquicios que es posible derrotar al mal con un tirachinas y unas clases elementales de física y que la verdad está ahí afuera (como decían Mulder y Scully en la fundamental Expediente X), en algún lugar, en las sombras. Se echa en falta que indague algo más en lo oscuro. Los Duffer escatiman esa ración dramática porque hacen que prime el tributo: prefieren bordear antes que ahondar, ofrecer una visión adolescente del mal (en el hilo de los maestros a los que adoran, como hace Guillermo del Toro en también aquí entrevista El laberinto del fauno) y no dar una sesión de cine gore, más adulto, de menor peso sentimental. Porque lo que fascina de Stranger things es su sencillez, esa liviandad a la que se ha dado de lado en otras propuestas y a la que aquí se le confía éxitosamente todo la responsabilidad. Un poco lo que le pasaba a Fringe en sus primeras temporadas.J.J. Abrams, hijo de tantos, padre de tantos, sabe bien de qué va Strangers things. De eso, de mirar la parte fantástica, la que todavía es crédula, saben mucho Joe Dante, John Landis, Robert Zemeckis o el propio Steven Spielberg, en el plano cinematográfico. De Stephen King se elige lo iniciático, el rito con el que se deja atrás una etapa (la crédula, la que asume riesgos y en la que reina el juego puro) y se entra en otra (la de la pesadumbre, la que no admite en modo alguno que la realidad esconda monstruos y los saque a pasear de cuando en cuando). De todo eso (que no es poco) habla Stranger Things, embutido en un formato deleitable de modo absoluto. En su contra, pues no es producto redondo, la serie abusa de todo lo bueno a lo que antes se ha referenciado. El guiño, al amplificarse, hace que el ojo bizquee y que la mirada se pierda. Es posible que su falta de originalidad lastre el conjunto, salvo que en 1983 (cuando sucede) tuvieses la edad de los cuatro amigos (cinco en realidad) que los protagonistas. Todo lo demás, el aroma a mercancía susceptible de convertirse en jugosa franquicia, la puede convertir en un bucle, en un remedo del remedo que es en realidad. De resultas de ese tributo enorme viene una resolución facilona, en ocasiones. No importa, se excusa, se da por bueno ese aligeramiento. Ese el roto por el que hará aguas. No es bueno el halago continuo que está recibiendo por parte de espectadores y de crítica. El entusiasmo que suscita es legítimo. Los ocho episodios me los he despachado en dos noches (cuatro capítulos cada uno) y me han resultado altamente satisfactorios. El insomnio estival se combate de maravilla con la nostalgia, vale, sí, lleváis razón. Veremos cómo va la segunda, si induce a trasnochar.


14.8.16

Alcoehlizados


Ayer por la noche, en uno de esos programas de radio que amenizan el ingreso lento en el sueño, escuché una entrevista a alguien que decía no perder oportunidad de fustigar a Coelho cuando la ocasión se lo permitía. Decía la mujer, una mujer anónima, sin relevancia mediática, que merecía la pena. Que si conseguía disuadir a un solo posible lector, daba por buena la conversación. Reconocía pasarse de vez en cuando, pero que la edad -no joven- le hacía desoír lo que la apartara de esa especie de misión.
Me fui durmiendo con la cara de Coelho en la cabeza. Quizá por eso tardé en conciliar el sueño y también por eso me he levantado con un mal sabor de boca. O de pensamiento, no sé. De verdad que no tengo nada contra Paulo Coelho. Pudiera extraerse eso a partir de algunos escritos míos, entra en lo posible que hubiera alguna manifestación vertida por mí que diera a entender que el tal Coelho es un vendedor de humo o de enciclopedias, de lo que iban de puerta en puerta sanando nuestra ignorancia y haciendo ver a las visitas que éramos cultos por tener los 24 tomos de la Espasa. Coelho sana, bien, no hay objeciones. Sana a quien le solicita que le procure alivio, estupendo, de verdad. Cada uno aplica a su beneficios los bálsamos que más le convienen, los que ha comprobado o de los que tiene noticia de su eficacia. Por eso insisto en que da lo mismo que uno se meta en vena las clarividencias cósmicos del tal Coelho o los salmos de algún apóstol de los primeros tiempos. Incluso es posible rebajar el dolor (el físico juntamente con el del alma) con el yoga, el jamón de uñita negra o la cerveza belga de abadía. No me manejo bien en las cosas que me conciernen como para aspirar a razonar los apaños de los demás para gobernar las suyas.
A lo mejor es ya un vicio eso de tirar de Coelho de cuando en cuando. Hay hasta quien te jalea, te dan el me gusta en el Facebook o brindan contigo en la barra del bar cuando sueltas una ocurrencia en la que el autoayudista (le concederemos ese título) no sale laureado precisamente. Una vez alguien me preguntó si lo había leído a fondo. No es posible leer a fondo a Coelho, creo que le dije. Se aborta esa voluntad (como si fuésemos un comando en plena contienda bélica) cuando lo que lees chirría. No cuadra lo pensado, no hace asiento en una cabeza razonablemente instruida para acomodar el pensamiento peregrino de este sanador express, de esta especie de filósofo de bazar. Lo que me hace pensar en lo irreflexivo de mi furibundia: no hay final para este desgaste mío. ¿Qué más dará si tiene más o menos adeptos, si el amigo cercano pone un post-it en su frigorífico con una cita alquímica o deja caer en su twitter que el universo conspira para que tu voluntad triunfe? ¿De verdad que el universo piensa en mí? El panteísmo ha tenido valedores de fuste, gente de mucho pensar que creía de verdad en el concurso necesario de la divinidad para que ahora entre la luz por mi ventana o la noche suceda al día y la vigilia feliz al más oscuro de los sueños.
Coelho es consecuencia de la absoluta pérdida de valores que sufre la humanidad. Ha muerto la lentitud, la morosidad, la tranquilidad. No interesa que el tiempo vaya más despacio. Lo que cuenta es que todo vaya deprisa. En la velocidad está la ceguera, ese no caer en la cuenta de cosas que sólo se descubren si se les aplica el tiempo que merece. Cuanto más lee uno, menos se cree a Coelho y a todos los que hacen lo que él. Acepto que alguien con ideas propias admire las de Coelho. Yo no sabría ahora razonar el porqué de mi devoción por Canetti o por Pessoa o por Marco Aurelio. Esos tres eran los coelhos de ayer. Uno puede leerlos con la seguridad de que algo provechoso va a extraer de esa lectura. No hace falta aplicarlo inmediatamente; es posible que no tengas que llevarlo nunca a la práctica, pero esas ideas (esas frases) se hospedan en tu cabeza y están siempre a mano, por si conviene deshacer con ellas algún quijotesco entuerto. Tengo la impresión de que los que leen a Coelho (incluso fieramente leído) lo hacen como si fuese una posología. Se administran la medicación y esperan a que surta el efecto deseado. Se receta a Coelho como si fuese tranquimazín o ibuprofeno. Lo que alarma es que no haya otros medicamentos que rivalicen con éstos. Que no haya deseo de ver si hay algo más un poco más allá, si la verdad no es sólo el aforismo que sale en los azucarillos del bar o en los textos que nos enviamos por whattsap. Mientras Coelho siga concitando ese favor popular no iremos mucho más lejos del lugar (mediocre, a poco que se piense) en el que estamos. Somos un país que lee poco o no lee casi nada, pero buscamos libros de autoayuda en más cantidad que otros países que leen mucho más que nosotros. Si de verdad leyésemos, escritores como Coelho no escribirían. Ni los bucays del mundo. No olvidamos al tal Bucay, por favor. Si al menos los dos vistieran su liturgia con literatura, pero no es ése el caso. Conferencian, se ponen a escribir libritos de ensayo, hacen que el negocio de los post-it no quede sólo como recurso de oficina.
Ya lo dejó escrito Unamuno: cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee. Da igual que esté en un azucarillo. Excusen ese instrumento.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...