24.2.09

Otro año, Mickey...




Hay películas a las que se me ocurre quitarle al protagonista principal y meterle a Mickey Rourke. No sé si lo hace alguien más, pero me encantaría poder intercambiar sensaciones. Mi Mickey Rourke canjeable es un torvo animal del desencanto al que la vida le ha desquiciado lo suficiente como para no tener que rendir cuentas absolutamente a nadie. Ese tipo de gente me gusta: gente con mirada turbia, sangre fría, recluídos en la parsimonia pero capaces de hacer brotar alguna bestia parda interior que corte el aire, lo despiece y lo sirva frío, de postre. Y entonces pienso en Mickey Rourke. Tal vez Robert Downey Jr., pero Iron Man me ha obligado a reconvertirlo y considerar que ha encontrado la senda y que está dispuesto a borrar los estragos y contar a los demás lo terribles que son todas las resacas; y además habrá soltado un pastón ganso porque el rostro, que es el espejo de todos los vicios, no exhibe las dolencias, los subidones, la montaña rusa de los días narcóticos y la noria fabulosa de las noches lisérgicas. De hecho, en la alfombra roja casi coincidieron.
Las cámaras no registraron ese momento mágico: estos dos héroes paseando su redención en el centro mismo del glamour cósmico. Mickey lleva mucho tiempo en el otro lado y ahora le cuesta percibir vivir en éste, firmar contratos, elevar su caché, codearse con la alta sociedad de Hollywood. Ha vuelto del limbo, pero lo echa de menos. De hecho, El luchador lo reconcilia con el peaje que ha tenido que abonar para regresar como una estrella. Lo fue, pero le perdieron las letras oscuras del más tétrico y psicótico Lou Reed y alguna noche de parranda (imagino, ojalá esté en lo cierto y alguien en el futuro lo haga una película) con Charles Bukowski. Al fin y al cabo, Hank murió de leucemía en 1.994, lúcido y perverso, cínico y tóxico. Son las malas compañías.
Tampoco el boxeo ayuda a que uno ofrezca una imagen respetable, aunque el noble arte del ring posee una grandeza y una dignidad colosales, aunque el mito (ese lastre de la cultura enciclopédica) haya forjado una iconografía y un discurso abonados al desencanto, a la ruindad, a la parte áspera y también verosímilmente cutre de la vida. En el Kodak Theatre, la pasada noche, Mickey Rourke fue derrotado por un marica, y eso debe doler también mucho. Se tiran un par de meses diciendo que eres el mejor y luego la ortodoxia, estos tiempos sutilísimos que vivimos, aplica su política social y encuentra en Milk el objeto precioso de su discurso conciliador. Otro año, Mickey. Yo mientras te sigo colocando en películas que el azar no te puso a mano.
Estaría perfecto en Leaving Las Vegas. Y eso que Nicolas Cage, que no es santo de ninguna de mis muchas devociones, hace creíble al suicida melancólico que encuentra en el fondo del vaso toda la metafísica arcangélica del amor y de la luz que chisporrotea en el cerebro justo antes de que entre en colapso. O en Trainspotting en donde el perdedor Mark Rent Boy Renton, el multiadicto, el loser con sonrisa bobalicona, mete la cabeza en el submundo, que tiene la forma de una taza de water. O en L.A. Confidential, convertido en el viril y traumatizado policía que busca, en los cubos de la basura, en infinitas noches de nicotina y mala leche, el amor y la salvación del alma. O en A quemarropa, aunque el tiempo no nos permite este capricho, para que Walker siga buscando venganza y no sepa (hasta el final) que no hay nunca venganza sino un desahogo, que es una forma menos griega de satisfacción.
Sigo pensando esta noche en Mickey Rourke, que la otra noche salió sin estatuílla del Kodak Theatre porque se la dieron a un recién llegado, que no el espléndido Sean Penn, antes tan apocalíptico y belicoso y ahora tan dulce e integrado, sino el personaje, el homosexual al que Hollywood trata de compensar de todos los errores pasados...

23.2.09

The greatest... (II)

En muy resumidas cuentas nada nuevo en la alfombra roja. Los discursos. Los bailes. El glamour. El swing de las ocasiones importantes. Armani. Política. Bostezos. Este año: Pe. ¿Y van? España se está malacostumbrando a subir los escalones de la fama y si ayer fue Alcobendas y el español dulce de Penélope Cruz fue percibido en el ancho y ampuloso mundo, mañana es el español de Algeciras de cualquier astro por llegar. De lo que se trata (al cabo) es de que la gloria nacional relumbre: que se enseñoree la piel de toro y todos hoy, a pie de café, en la cuadrilla de íntimos a la entrada del trabajo, digamos lo guapa que estaba y lo esplendoroso que era el vestido. Luego está el cine, pero ayer lo vi muy abajo. De hecho, a mi pesar, no vi la ceremonia completa. (Sniff)Me la serviré esta noche en calma con un menor margen de sorpresas. Ya he oído, leído y visto mucho y sé qué me perdí y que gané con irme temprano (muy tarde, muy tarde) al tálamo reconciliador.
Por la mañana, servido el café, enchufo los telediarios y recibo la dosis precisa de galardonados. Slumdog. Harvey. Kate. Pe. Cuatro nombre para una noche muy larga, pienso. A mí me hubiese encantado que ganase Benjamin, pero Bollywood/Hollywood (Passolini, Dickens, etc) se llevaron la gloria en una noche (me cuentan) menos cansina que otras con un Hugh Jackman absolutamente apoteósico en su papel de conductor supremo. ¿Algo nuevo?, pregunto. Nada, Emilio. Que Penélope viene estos días en cascada. Y debo reconocer que, cayéndome muy bien la muchacha, hasta me alegro del empacho. Kate Winslet (imposible no pensar en ella) es una señora con una edad y un gusto cinéfilo perfecto para convertirse en la actriz perfecta que muchos todavía buscamos. A mi mujer le encanta Meryl Streep. A mí, desde hoy mismo, me parece que pertenezco al club de fans de la señora Mendes. El año que viene a ver si al tito Clint le dan algo. Eso siempre me emociona muchísimo. Fin. Recojan la alfombra. Devuelvan los trajes. Guarden en Ford Knox las joyas.











22.2.09

The greatest show on Earth...(I)




Pocos años he dejado sentarme frente al televisor y ver al completo la ceremonia de la entrega de los Óscars. Es como una película de Woody Allen: entra en lo razonable que sea mala, pero es imposible no sucumbir a la invitación y abonar en taquilla los benditos euros del canje. Porque esto es un canje: los jerifaltes de Hollywood se airean durante tres horas frente al mundo. Dicen: miren todo lo que hemos hecho, admiren nuestro esfuerzo, vean a sus ídolos, déjense engolosinar por el glamour y luego regresen a los cines y abonen el peaje de la belleza. Y nosotros, cofrades de esta hermandad fabulosa, asentimos, abandonamos la reticencia de los fiascos acumulados y hasta hacemos quinielas a ver si es fiable nuestra perspicacia en materia cinematográfica. Cuando nada nos va ni nos viene con que a Penélope, la nuestra, la internacional, le den esta noche el preciado galardón. Nos vamos a acostar igual de felices o igual de pobres o igual de tristes. Ni la felicidad ni la pobreza ni la tristeza se benefician o se perjudican porque a esta actriz un reducido grupo de señores (que habría que ver bajo qué criterios, en qué circunstancias, cercados por qué intereses) deciden que sea Pe y no Viola Adams (que está enorme en La duda) sea la estrella de la noche. Así que dejamos a medio escribir la entrada y la continuamos esta noche. Mañana, a renglón seguido del vendaval mediático...

21.2.09

Arpones en Jaén



A cuentas de la montería de Bermejo anda España cabeza abajo y la sangre desplazada mueve el mapa y da quebrantos al Estado llamado pomposamente del Bienestar. Se soliviantan los próceres de la moral y proclaman con los micrófonos de su facción tutelando la soflama que España se despeña con estos políticos de vuelo corto, gobernantes desatentos de lo que de verdad resquebraja la patria que, a su juicio, es el padecimiento económico, y de ahí, en cascada, proviene pulcramente todo lo demás. Así que cuando hablan de Bermejo y de sus piezas cinegéticas caídas con munición ilegal están hablando del aborto y de la eutanasia y de una cacería de más inconveniente y grosero interés que consiste en alborotar el patio y, en la revuelta, en el tráfago de votantes confusos y políticos pillados con la mano en la caja, y no en ese orden, descabalgar de su brillante montura al PP, tan audaz en su persecución electoral, tan cerca de sacarle un cuello a ZP. De lo que estamos hablando es de cómo una metedura de pata o de escopeta puede echar por tierra otros asuntos que tal vez requieran una más sobria y cabal investigación. Al modo en que Grisson, el contumaz agente del CSI, implora que no le contaminen las pruebas, los populares se han agarrado al símil que les conviene: la nefasta acción del Ministro ha contaminado las pruebas.
Eso de que un Ministro de Justicia, un juez de la Audiencia que instruye una causa importante y hasta un Jefe de la Policía Judicial se arrejunten en Jaén para darle gusto al viril instinto de la caza suena a folletín de Berlanga. Inevitablemente. Lo que barrunta la realidad ya lo ha insinuado la ficción. Si en lugar de ser todos de nacionalidad española y tener unos cuantos siglos a la espalda de tradición cinegética los protagonistas de esta ópera bufa hubiesen sido nórdicos, qué sé yo, o islandeses o de la Terranova más polar la historia habría sido de ballenas. Y hubiesen contado que no sabían dónde estaban arponeando: que ese acto infantil, por Dios, no puede distraer de la otra caza. Ballenas en todos sitios, en todo caso. Al juez Garzón, y no es cosa de chacota, ya le ha dado un aviso el débil corazón. La política es una actividad de riesgo. Y como el Capitán Ahab todos los políticos tienen una ballena blanca en lo más turbio de sus agitados sueños.

Me, myself, I


He tardado mucho en adquirir mis vicios como para andar ahora pensando en renunciar a ellos. Años enteros de bebop y de Heineken, noches de flexo y Borges, paseos urbanitas a la caída de la tarde, el periódico al repuntar el día, el café antes de entrar en clase y enseñar el inglés por el que me pagan, el palique en la barra del bar mientras afuera el mundo se derrumba o se rehace, el tacto de los libros recién comprados, la sensación de confort espiritual absoluto cuando las luces del cine se apagan y la pantalla se ilumina de sueños, el vértigo de sentirme hospitalario conmigo mismo y procurarme los deleites que me encienden y perviven, el amor inmarcesible hacia los míos, el sostenimiento y cuidado de este espejo de los sueños en el que hace más de dos años que me retrato, los riffs de Clapton, el paseo marítimo de Fuengirola, la playa de Punta Umbría, la memoria como única religión practicable, la bruma del sueño, el hartazgo de todas las demás religiones visibles, el trazo limpio y sensible de la guitarra de Joe Pass, la certidumbre de que algunos buenos amigos están detrás y nos miran. Vicios sencillos que no difieren de los vicios ajenos. En esto consiste tal vez la felicidad: en domesticar esos vicios, en conducirlos hacia nuestro beneficio y en comprender que sin ellos somos instrumentos de algo superior a lo que no alcanzamos, que nos perturba y manipula y en donde morimos más y a una velocidad más rápida. Porque incluso dentro de esos vicios, practicándolos, cercándolos, sirviéndonos de su bendita semilla de libertad para ganar experiencia y júbilo y todas demás bondades de la vida, uno se va muriendo y ahí no hay rebaja. Así que esta mañana de sábado en la que un resfriado torpe me está embotando el cerebro me dedico un post, que después de mil quinientos registrados en este rinconcito bloguero, nadie me va a echar nada en cara. En todo caso, bien mirado el asunto, todo el puñetero blog (que me cansa en ocasiones y al que ya considero darle un descanso o un receso más o menos largo) es una biografía camuflada de esos vicios. O no hay disimulo y estoy yo y las letras me regalan al mundo por si alguien recoge el ofrecimiento. Me pierdo en el envés de las palabras. Flipo con la lúbrica lozanía de los verbos...

Quentin's back...



A falta de otra cosa, me voy entusiasmando con el póster. Sublime. Clásico. Perfecto. De lo demás, ingenuo de mí que no he leído ni una palabra sobre el asunto, silencio. Lo decía Wiettgenstein y lo repetía, convicto de ego, razonablemente escarmentado de la impericia del lenguaje, el profesor Arthur Seldom: De lo que no se puede hablar mejor es callarse. Palabras mayores. Cierro el blog. Buenas noches. Ha sido un día extraño.

Slumdog millionaire: El chico del te, Carlos Sobera, Charles Dickens, Pier Paolo Passolini y todos los demás...





Carlos Sobera. Charles Dickens. Pier Paolo Passolini. Marshall McLuhan. El mérito de Slumdog millionaire es que el espectador de Ucrania sienta los mismos zarandeos emocionales que el de Bolivia. A todos nos une un Carlos Sobera y todos tenemos en el corazón un Oliver Twist. Danny Boyle factura un ameno descenso al sótano de la globalización: se olvida de los tics occidentales y filma a dentelladas, cubriendo el aire con el nervio fugitivo de un artista firmemente convencido de la trascendencia mediática de su obra. Detrás del zoom está la realidad. Debajo del píxel están los académicos de Sunset Boulevard dispuestos a zanjar cualquier discusión sobre la inconveniencia, la impertinencia o la intrascendencia de este nuevo hijo del mercado comunitario. Lo que disgusta de esta sublimación de lo exótico es que, sin merecerlo enteramente, barra, como suele decirse, y abisme a sus competidoras (me falta por ver La boda de Raquel, pero las otras tres -Benjamin Button, Nixon/Frost y The reader - son indiscutiblemente superiores) al olvido. Sólo puede quedar una. En eso quedamos todos los años.
La apuesta de 2.009 es un tramposo maratón de cuentos cortos que han sido hilvanados con muy notorio encanto para que el espectador perciba un todo compacto, novelizado, alargado hasta su predecible y ramplón finiquito. En lo demás, en la memoria final de las cosas, quedan escenas sueltas que exhuman cine muy bueno (en general todas esas historias que explican la sapiencia del concursante) al que lastran las sensiblerías de costumbre. El amor, que mueve el cielo y las estrellas, como quería Dante. El amor por encima del azar. Love over gold. Como aquel estupendo disco de Dire Straits tan escasamente comprendido. Escribo a dos días de que los pronósticos se cumplan. Tampoco pasaría nada. Es cine. Peor es la crónica de la pobreza que ese cine en ocasiones arroja al desprevenido consumidor, que está arrebujadito en su butaca de siete euros, a la espera de que los títulos de créditos (éstos bailones, desconcertantes y francamente recomendables) le empujen a la calle a comprobar si es verdad que los sueños existen.
-


20.2.09

Pena


Casi nunca tenemos los políticos que nos merecemos y casi nunca los políticos tienen los ciudadanos que les gustan. Me imagino al Ministro de turno en privado, en la pandilla de íntimos, recabando adhesiones en su particular cruzada para restablecer la imagen que ha perdido, el glamour abandonado a tenor de las encuestas (interesadas, no me cabe duda) que continuamente dinamita la prensa. Me parece a mí que a Berlusconi no le afectan las opiniones ajenas, pero esta mañana me levanté pensando en qué sentiría un italiano honesto y sensible, responsable y cabal, al oír al Cavaliere desmontar el noble y antiguo edificio de la cordura con sus exabruptos de reyezuelo sacado de la más rancia tradición literaria de serie B. Tal vez haya políticos de serie B como hay fontaneros de serie A y escritores de blog sin serie alguna en el chasis, que se levantan por la mañana asqueados por esto o por lo otro y abren el editor de entradas y se explayan con lo primero que se les pasa por su calenturienta mente. Pero lo de Berlusconi, por mucho que la indignación me pueda, tiene poca explicación. No somos ciudadanos a su altura. Que aquí no cunda ningún imitador con pedigree que se lleve de calle las urnas.

19.2.09

Historia de un crimen: El arte nos hará libres





Las almas sensibles terminan desquiciadas: las desquicia la realidad y por eso refugian el dolor y la ternura traicionada en la escritura o en la pintura. Truman Capote se consideraba, por encima de todo, un artista, y bajo ese disfraz público de servidor de belleza y de entretenimiento de altura vivió a caballo entre el glamour de la alta sociedad neoyorkina y la devastadora soledad de su muy pija casa. Tal vez esa zozobra le hizo ser un tipo particularmente atento a lo sencillamente humano. Sin el cuidado desarrollo y conciencia de ese sentido jamás podría haber escrito A sangre fría.
El mérito de Historia de un crimen (ramplón transversión del más críptico y hermoso Infamous, Infame) radica en la pulcra manifestación de todos estos recovecos del alma del escritor: está el Truman dicharachero, capaz de levantar una fiesta con el chasquear fonético de su incorregible y adictivo charla, y está el Truman introspectivo, alarmado por la barbarie, ufano de su condición de homosexual, pero dolido (en lo más apartado de la epidermis) por los zarandeos de la vida, por su confusión colorista, por su inercia a darle la puntilla a quien ya viene herido de fábrica. Los artistas, vienen a contarnos aquí, son seres de una sensibilidad atroz que les impide ser felices al modo en que lo son los seres neutros, los que no crean, los que se alimentan del trabajo ajeno. Capote trabajó en lo que le gustaba, pero le vaciaba el entusiasmo.
Rainer M. Rilke escribió que todo a lo que se entregaba se hacía rico y a él le dejaba inmensamente pobre. Podría haber sido el epitafio perfecto para este estajanovista de la vida social, que buscó siempre el placer y encontró casi siempre la crueldad de quienes no compartían su perfil dionisíaco, hermoso en su derrota, cínico, irónico, torrencialmente verboso, canalla, jaranero y bajo toda esa capa de armas para descerrajar la turbia resistencia de lo real estaba el personaje doliente, el hombre en busca de la trascendencia.



Vehemente hasta el desmayo, Capote abrazó la causa de sus protagonistas (los asesinos de la familia Clutter en Holcomb) y va más allá de la tradición periodística al uso y se involucra sin hacer aparecer el histrión absoluto que llevaba dentro. El Capote escritor tenía la enorme habilidad de censurar al otro, al que se valía de su encanto y de su incontinencia verbal para ganarse la confianza, el afecto y la admiración de quienes le rodeaban. Particularmente relevante es la escena en la que gana la adhesión de los lugareños (reacios en un principio) al relatar con desparpajo y humor cómo le ganó un pulso a Bogey (Humphrey Bogart) o cómo el completo set de rodaje de La burla del diablo se detuvo: al fin y al cabo, él era el guionista al que John Huston había confiado todo el peso del film.
La película compendia con exquisito metodismo la metamorfosis inducida por la realidad a la que Truman asiste: el desvalido glamour de un preso con el que comparte sensibilidad y al que se inclina por razones piadosas y sentimentales, su condena inaplazable, le turba al punto de reconsiderar muchas de las firmes convicciones sobre las que levantaba su rutina de diletante culto y estragado por la burda holgazanería de una sociedad en continuo desajuste, proverbialmente abocada a la mediocridad, esa mediocridad de la que él huye como el que se distancia de la peste hocicando sus narices en un prado de amapolas.
Registrar en imágenes la novelización de la macabra historia de los Clutter: Douglas McGrath se distancia, a lo leído, de la anterior película sobre el mismo tema, la oscarizada Capote de la que Philip Seymour Hoffman (tremendo actor) sale revalorizado. No haberla visto me impide un más pormenorizado juego de espejos, pero sí he leído la novela de Capote (un verano, en Fuengirola, a pie de playa, esquivando niños incordiosos, qué le vamos a hacer) y he disfrutado (si cabe) mucho más de la espléndida propuesta de McGrath, que es (insisto) un muy bien acabado estudio sobre la injerencia del arte en la vida.

17.2.09

El mundo de los sensibles

Jaime Gil de Biedma dejó escrito unos versos hermosos que hablaban sobre la enfermedad del deseo y sobre la bendita siesta de los sentimientos cuando uno ya está de vuelta de casi todo. Escribió unos versos que todavía sé de memoria y que recito como oyendo la belleza pronunciada por quien nunca se acerca lo suficiente a ella, pero también era un poema de resentimiento hacia un país impuro, entretenido en los rumores y en la construcción morosa de una patria sin encanto. Y siempre que vuelvo a recordarlo pienso también en la letra de Imagine, esa canción perfecta de John Lennon que podría, en la distancia, querer decir lo mismo que este poema. Curioso el mundo de los sensibles.


DE VITA BEATA

En un viejo país ineficiente,
algo así como España entre dos guerras
civiles, en un pueblo junto al mar,
poseer una casa y poca hacienda,
y memoria ninguna. No leer,
no sufrir, no escribir, no pagar cuentas,
y vivir como un noble arruinado
entre las ruinas de mi inteligencia.

Un recado

Hay que medir las palabras y luego volverlas a medir, esmerarse en la medida y luego pensar en si lo hemos hecho a conciencia, sin que falte...