27.12.22

Una declaración de amor a la alta fidelidad


 A Rafael y a Antonio Flores

Recuerdo un escaparate de una tienda de electrodomésticos en la que se exhibía con la opulencia de lo prohibido un equipo de música que podría haber sido este. La memoria es débil y no da con la marca, pero tendría este aspecto. Era cuanto mi humilde bolsillo anhelaba. Al ser un lugar de paso, una amiga vivía en esa misma acera, me detenía y ocupaba mi entera atención en imaginar cómo sonaría. Soñaba con tener con qué pagarlo. Ni se me ocurría que ese milagro ocurriera en breve. El precio sería prohibitivo. Me conformaba con apostarme frente a él y dejar que el arrobo puro de la belleza suprimiera la realidad circundante. Recuerdo el equipo de un amigo (hablo de 1980) y el milagro inmediato que se produjo cuando puso un disco de Supertramp (Paris) en el giradiscos. Constaba de un imponente amplificador Technics, unos baffles Vieta y una pletina Philips que grababa con pasmosa perfección en convenientes cintas de dióxido de cromo. He olvidado la marca del plato. Hasta eso lamento. Querría que la memoria no flaquease en asuntos de esta trascendencia. Ahí debió surgir la parte de melómano que uno tuviera adentro. Ahí descubrí a Queen (Live Killers), a Genesis (Nursery Cryme), a The Alan Parsons Project (I robot), a Jethro Tull (Minstrel in the gallery), a la ELO (Discovery)o a Dire Straits (Communiqué). Cito sin error los discos que escuchaba con perplejo amor en esa bendita casa. 

Más adelante, mis padres me contentaron con un Sony que engolosinó mi adolescencia audiófila. No era ninguna excelencia, pero cumplía con creces. Me deshice de él cuando pude agenciarme otro equipo de más tronío (Kenwood, Luxman, JBL) Como el oído no cesa de exigir, lo acabé reemplazando por otro que contentaba con más entera eficacia mi desatino. Me temo que no hay un final. A mis años, sigo buscando el equipo de mis sueños. Tal vez debió ser el del escaparate. Debió ser el primer amor, el inasequible, el que no se alcanza y al que uno acude cuando la realidad te sacude como suele y los recuerdos se convierten en el único asidero fiable. No hace mucho cambié de amplificador y de reproductor de CD (Marantz, Denon). Continúan al pie del cañón mis incansables Bowers and Wilkins. Tienen casi 30 años y no han dejado de rendir como el primer día. Hay matices por descubrir, piezas que contienen detalles que no se apreciaban, voces que de pronto suenan como si jamás las hubieses escuchado. Es un vicio que decrece conforme la edad resta audición. Se le cree inalterable, como si dependiera enteramente de nuestra golosa voluntad, pero la desoye, nunca mejor dicho, malogra ese anhelo de algo restituido con pulcritud. Tampoco hay que razonar la fe, no se le asigna nada que pueda ser mesurado, convertido en premisa, ocupado por la lógica. 

El amor a la alta fidelidad tampoco depende de que en casa se tenga un equipo espléndido o uno de más corto desempeño. Se ama sin objeto a veces. Por mera responsabilidad del espíritu. Por cualquier cosa que irrumpa y no se deteriore en el trasegar de los años. Ya no hay escaparates con aparatos de alta gama, ni de baja, razono. Hoy se escucha todo con diminutos cascos o en altavoces ambulantes. Se compra todo por catálogo. Ni siquiera importa la calidad, sino la comparecencia de un objeto que reproduzca la música, sin exigir que fascine, sin toda esa lujuria de la excelencia. 
La nostalgia es un recurso amable para quienes tuvimos el gozo de probar cómo sonaban, si las partes casaban o si algo no cuadraba. El veneno está ya en el torrente sanguíneo. Una vez uno aprecia la pureza de la música (que suene como si no hubiera algo que la restituye, como si estuviese interpretada sin intermediación electrónica) ya no hay regreso, todo es placer, todo suena exacto. Tenía que haber musicalidad, bajos nítidos, agudos sin colorear, voces limpias de encajonamiento, una escena sonora y un realismo tímbrico claros: naturalidad sonora, en suma. Todavía me embobo viendo electrónicas que no tendré. Hay un límite pecuniario que fija el límite audiófilo. Queda la satisfacción de la música, que se sostiene imperecederamente, que colma el ansia de belleza y de felicidad.  

26.12.22

Elogio de la ternura


 

Quién sabrá vivir, quién podría decir que lo hace a conciencia sin que sobre ni falte nada, sin que la luz se entenebrezca de cuando en cuando, sin que la alegría se desdiga cuando la asedia una brizna de tristeza. No hay oficio de más difícil desempeño y, al tiempo, ninguno más sencillo. Empieza a quebrarse si se rumia más de la cuenta lo que hace o lo que deja de hacer. Nada más creer que se está en la buena senda el camino se bifurca, se expande, se enmaraña en sombras, se enturbia. Más que nada, saber vivir es ignorar cualquier instrucción que se nos entregue. No hay un prontuario al que acudir o del que extraer un proceder. Uno pergeña azarosamente sus propias instrucciones, las corrige mientras las formula, se esmera como puede en que no delaten un titubeo, alguna evidencia de que no se tiene ni idea de lo que se está haciendo. Da al azar la comisión del éxito, qué remedio. Sospecha que nada que pueda hacer contribuirá a que esa empresa cuadre sus cuentas, pero no hay nada de lo que lamentarse. Es tan hermoso improvisar. Hacer que cualquier día conste como el primero. Luego están las cosas sencillas de las que nada se espera y que calan, duran, hasta conformar un grumo fiable de ternura por ahí adentro. Falta la ternura. Es una palabra a la que se le da poco elogio. De ella surge todo. Cuando escasea, tanteamos la realidad con tosco afán, escribimos renglones torcidos, besamos sin motivo, damos abrazos huecos, asentamos la idea de que nada vale realmente la pena. Las sociedades crecen con ella, se forjan con ella, perduran con ella. Todo lo malo que suceda proviene de su ausencia. Todo en ella es puro y dulce. Tal vez no debamos pedir paz ni amor, que son abstracciones de más elevado coste, sino ternura. No habría sombras a las que apartar, la luz sería una brújula, el corazón latería con mayor aplomo. En fin, se ha levantado uno sensible. También esa palabra, la sensibilidad, debería prestigiarse. El elogio de la ternura es en sí mismo un elogio a la sensibilidad. 

360/365 Blanche DuBois

 



Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños. Lo dijo Blanche DuBois por boca de una incomensurable Vivien Leigh en Un tranvía llamado deseo, la obra de Tennessee Williams que llevó al cine Elia Kazan y que supuso, entre otras cosas, la irrupción del Actor's Studio, con Marlon Brando de bandera, en Hollywood. Hoy pensé en esa frase. Me vino a la cabeza sin que atinara con las palabras exactas que pronunció Blanche. No hay manera de cribar qué recordar y qué no, cuándo tendrás en la cabeza un verso de Poeta en Nueva York o una línea de una canción de los Beatles sobre morsas (esta mañana de un modo asombroso  tarareé I am he as you are he as you are me and we are all together). Acuden las frases (o las imágenes o los sonidos) sin que nada las reclame. Por más que he pensado, no tengo ni idea del porqué de su visita, ni tampoco de los porqués (habrá más de uno) que me hacen depositarla aquí, no sé si a modo de petición para que alguien la acoja y me libere a mí de su peso. Escribir tiene ese recado: el de dar para que el peso de lo pensado no lastre en demasía o no tapone la venida de otros pensamientos, que requieren su atención, su peso también. Uno acarrea muchos, no exigen que se les dé más calor del preciso, pero incomoda que se entrecrucen y se mezclen con conversaciones que tienes con los demás o las que, en ocasiones, uno monta consigo mismo. Ahí estábamos los dos, Blanche y yo. Ella, tan necesitada de afectos; yo, tan atento a los desafectos ajenos. El mensaje que dejó Williams en su obra de teatro (la frase antológica de su personaje frágil y oscuro) perdura así, imagino. No hace falta ver de nuevo la película. Lo que sabemos, todo lo que irrumpe sin permiso, ese bagaje a veces inútil de frases o de imágenes o de sonidos, dice cómo somos. Sin doblez. Libremente. También uno depende de la amabilidad de los demás, sean o no extraños. Con ellos, con los que no conoces y tratas, siempre sentí una especie de inclinación natural a tratarlos como si de verdad les conociera. Como si hubiese estado con ellos antes. No es algo que prevea hacer, nada que yo organice para que el trato discurra con más naturalidad. Sale solo, se arrima a la realidad sin que yo lo organice ni cribe. El mundo, en cierta forma, parte de él, pertenece a los extraños. Yo me muestro amable con quienes no conozco. Lo hago sin pensar en después, en si yo mereceré esa atención o si alguien la apreciará. En cierto modo no me importa ni una cosa ni la otra. No sé hacer otra cosa. Otro asunto es que a veces cueste. Depender de la amabilidad como Blanche no es sensato tampoco. Ella es maestra de literatura y se escandaliza de los gustos estéticos y morales de su hermana, casada con un hombre burdo y violento, que la acoge en casa tras el suicidio de su marido y sus escarceos con otros hombres, con la bebida o con la depresión.  Blanche muere despacio desde que se abre el telón y la historia empieza a erguirse. Su arrogancia no impide que ella misma pueda ser objeto de desprecio. Es una muerte previsible, cuál no, pero la suya es la de alguien que no sabe compaginar su sensibilidad con las convenciones, ni aceptar la realidad. Alguien con heridas que no sabe cómo cerrar. Romántica y convencida de que la imaginación de que el amor vencerá, Blanche se ilusiona con la idea de que la realidad puede amoldarse a su empeño, de que encontrará al galán que la acaricie (no que la fuerce, ni que la use) y saldrá de paseo por las calles, cogida de su brazo, digna y feliz, rescatada de la sombra. Podrá escapar de la muerte. No será un fantasma. 

25.12.22

The end

 



No ha muerto. Lo hará en breve. Un plano corto. Luego The End. E inevitablemente pienso en la similitud entre las tramas, en las intersecciones, en los renglones previsibles, en todas esas imágenes quemadas por el uso y que, según quién filme, según qué cuente, nos parecen rutinarias o maravillosas. El cine negro es un prodigio casi siempre. Es como el blues: tiene un patrón, tiene una cadencia, tiene incluso una letra disciplinada, escasamente extraviable, pero en la periferia reside el asombro, toda la gloriosa precisión con la que el narrador hurga en el alma de sus criaturas y las expone tal cual son, verosímiles, crueles, fascinantes. El blues y el cine negro comparten incluso una mecánica sintáctica, una fonética del dolor. Ya saben: I lost my little girl, Got a pain within my heart, The devil took my soul y en ese plan. Y el muerto, el protagonista, se retuerce en el suelo. Está amaneciendo en la ciudad. Siempre amanece en la ciudad cuando termina la película. Lo de la bruma es un extra agradecible. El cine negro y el blues me han salvado de muchas noches de insomnio, sobre todo en verano; me han enseñado a vivir pensando en que los días, a su modo, escenifican una trama previsible, rutinaria, pero prodigiosa siempre. 

Ho ho ho


 No hay nadie que difiera de otro más que de lo que se aleja de sí mismo en el transcurso de un solo día. Nadie que no querría ser otro, aunque ese deseo durase el tiempo en el que de pronto no se reconociera y echase de menos el que fue. Nadie a quien no le importaría enmascararse y no tener que ser alguien en concreto, alguien deseado, a quien emular. sino un fantasma: una creación nebulosa, invisible incluso; un cuerpo ajeno del que tuviéramos la misma propiedad del que lo observa. Papá Noel puede esperar el metro junto a un señor que le ignore, pensar en si ha dejado en casa la cocina sin recoger o en si alguien en el vagón se le acercará para pedirle algo especial. Le dirá lo que se le ocurra. Impostará la voz para improvisar una respuesta que no deshaga la magia de las palabras, la de las máscaras, la de los fantasmas. Por la noche, cuando se le crea en su trineo trazando un mapa sobre los tejados de la ciudad, estará ocupado en recordar el tiempo en el que esperaba la visita de la felicidad, cerraba los ojos con el deseo bien adentro de que el tiempo pasara rápido y pudiera ver bajo el árbol los regalos. Ahora, en los momentos en que el ánimo decae, pronuncia el ho ho ho con impostada distancia. Como si no le incumbiera. Como si fuese otro el que se oculta bajo la carga del disfraz. 



359/365 Douglas Quaid

 





No sabemos qué es real y qué no lo es, qué cosas hemos vivido o cuáles hemos incorporado, por afecto emocional, al caudal de recuerdos del que nos abastecemos. Yo mismo he hecho cosas que he olvidado, por desafecto, en este caso, y tomado como ciertas las que no viví. El cine o la literatura corrompen todas las certidumbres y nos arrojan al maravilloso territorio de la ficción, que es un reverso espectacular de la realidad, a la que niega o de la que se avitualla, aunque siempre cuestionándola, rebajando ese aura de seriedad que siempre la rodea y sometiéndola, en última instancia, a la rutina de los juegos, al caos o al vértigo de lo que no se puede comprobar. De no ser por la ficción, estaríamos muertos. Hay una muerte que no tiene nada que ver con el cese de la actividad cerebral. Una más refinada, que está gobernada por mecanismos mucho más sutiles. Así que uno puede morir en vida. No exhibe el look clásico del zombi, pero como si lo fuese. No hay velatorio ni una columna severa de deudos que remarcan lo buena persona que fuiste y lo vacíos que los dejas. Uno muere cuando deja de inquietarse. Es el asombro el que administra, a su muy hermosa manera, la calidad de la vida que tenemos. Quien renuncia al asombro o quien no se deja zarandear por su hechizo, malvive o, siendo muy respetuosos, vive sin que nada de lo que le rodea le afecte, encapsulado, anestesiado, insensible, a salvo de la incertidumbre. He pensado de esta o parecida manera desde que la literatura o el cine me reclutaron. No es que ahora piense de otra forma ni que haya rebajado mi absoluta fascinación por la ficción, pero la ciencia (la que los medios de comunicación airean de cuando en cuando, no la sofisticada e inaprehensible, la que no entendemos) te hace caer en la cuenta de que no hay casi nada fiable en el mundo que nos rodea. Es curioso que sea precisamente la ciencia, la cartesiana, la matematizable, la que convierta en literatura la realidad de la que se nutre.


A lo que no alcanzo es a entender cómo la química, la disposición de unas moléculas o la injerencia de otras nuevas, puede modificar ese entramado sentimental que me he ido montando a lo largo de mi vida. Y puede, claro que puede. Basta que unos mad doctors, de los de las pelis de serie B, me tumben en una mesa de operaciones, abran mi cerebro (espero que no esté yo consciente en ese crítico momento) e implanten recuerdos falsos en mi hipocampo. En los ratones, se pueden implantar trozos de memoria, episodios que no sucedieron y que adquieren rango de verdad, de experiencia integrada. Ahí es en donde lo fabulado y lo verídico dejan de enfrentarse y se complementan. Donde uno no alcanza, llega el otro. La ficción cubre los huecos en donde la realidad marra. Por eso la bendita irrupción de estos ratones milagrosos. Hacen pensar que después vamos nosotros. Nada que podamos vivir en adelante no habrá sido vivida ya antes por los animales. Solo hay que desmontar una parte del cerebro de los bichos y volver a montarla de nuevo. Lo que no hay es un narrador fiable de las nuevas experiencias recién construídas. De haberlo, las posibilidades científicas son enormes. Y las comerciales. Como uno no sabe de ciencia, prefiere la literatura, sea ciencia-ficción o sea ficción a secas. En ese hilo de las cosas surge la fascinación absoluta por las hipótesis narrativas: todo al estilo de Schwarzenneger en la película de Paul Verhoeven, basada en el cuento “Podemos recordarlo por usted al por mayor” de Philip K. Dick, donde Douglas Quaid, normal entre los normales, vive la aventura de ser otro, qué novedad eso, al cabo, al permitir que una Rekall, una empresa especializada en implantar recuerdos ajenos. Los de Quaid suceden en Marte, donde se arroga el rol de ejercer de agente secreto conjurado a salvar el planeta rojo, aunque realmente (el adverbio es aquí resbaladizo) ya fue un agente secreto, cosa que, a beneficio del delirio de la trama, no recuerda. 


La industria de los recuerdos tendrá su clientela ávida de experiencias. No hay nada nuevo tampoco bajo el sol. Es una historia antigua. El tiempo (su falsedad, su fragilidad) es el juguete: uno que sustituiría (no lo duden) los modos tradicionales de consumir historias y relegaría a un plano menor, irrelevante en ocasiones, a toda la batería de pantallas y de máquinas que restituyen la información valiosa. Todo sería sustituido, felizmente a decir de los optimistas, por un volcado controlado de moléculas en alguna parte del cerebro. Ahí se produciría el prodigio, ese milagro que consiste en la creación de recuerdos nuevos, de experiencias novicias. Son los ratones los que han abierto campo, pero detrás vamos nosotros. Como Schwarzennegger / Quaid en Desafío total. Seguro que ya hay voluntarios dispuestos a dejarse injertar recuerdos ficticios. Los reales no ofrecen el atractivo de los falsos.  He estado aquí, pero no lo tengo claro. Nunca he estado aquí y, sin embargo, parece mi casa. En ese hilo de las cosas. Igual no nos pertenecen de la memoria: la habremos recombinado, hecho que sus piezas ensamblen de otra manera, convertido su mapa de vínculos en un carrusel de feria de pueblo.

24.12.22

358/365 Annie Hall







“Así que todos dicen que soy un genio, pero tú, pequeña larva acuática, tienes más sentido común. Me torturan los más increíbles sueños sexuales que giran en torno a ti y a un gran sujetador 2E que habla ruso”


 (Carta de Woody Allen a Diane Keaton)


Un tipo va al psiquiatra y le dice: ‘Doctor, mi hermano está loco. Se cree que es una gallina’. El doctor le responde: ‘Ingréselo’. Y él contesta: ‘Lo haría, pero necesito los huevos”. 


(Diálogo de Annie Hall)




Uno viste a veces sin esmero, ocupa el cuerpo con la ropa que lo cubre, no privilegia una sobre otra, fía al azar la armonía de los colores o la compositora de las prendas ; en todo caso, desestima más que elige. Triunfa la impertinencia de un abrigo y le concede a otro la representación de una estética. Hay quien se desmadra y quien se ajusta a un canon. También quien le atribuye a su vestimenta la consideración que no se asigna a sí mismo. Se cuida más la apariencia que el interior, podríamos decir. Annie Hall, una Diane Keaton en absoluto estado de gracia, es muchas cosas todavía, pero sin entrar en materia narrativa, en los conflictos de la más que original pareja protagonista, una que perdura es el vestuario de la actriz, que no fue impuesto, sino sacado del propio armario, como si no hubiese actuación y Annie Hall, el papel escrito por Woody Allen, fuese la propia Keaton. De hecho la realidad es una trama no registrada, confiada al azar, en la que la ropa, la verosímil y la excéntrica, la medida y sopesada, contribuye como un ingrediente más. Annie Hall es también mi pequeño tesoro de personaje entrañable, locuaz, divertido. Su amor con Alvy Singer es sintáctico, semántico, subordinado y metalingüístico. Son las palabras las que los mantienen a flote. También intervienen en ese romance la neurosis, las arañas en el baño, la langosta hervida, la sencilla constatación de que la vida debería ser más parecida a la ficción, el prestigio de la inteligencia incluso cuando de lo que se habla es de amor. Viste con unos pantalones anchos, una corbata escandalosa y un sombrero inesperado. Conduce un Volkswagen escarabajo. Recuerdo que siempre quise tener uno. Toda la tristeza de ese amor, el de Annie por Alvy, es la tristeza del amor mismo. Como una comedia romántica que ves en una sala oscura y que no sale nunca de tu cabeza. 


23.12.22

357/365 Rock, Cary, Marlon y Gregory



A mi querido Carlos Galán Doval


 Yo nací cuando la televisión era en blanco y negro. El color vino más tarde y lo entendí como un halago a la vista, pero el amor a las imágenes irrumpió antes, indeleblemente. Rock Hudson, Cary Grant, Marlon Brando y Gregory Peck sobrevinieron a mi hambre cinéfila en severo blanco y negro, que era mucho más dramático cuando se requerían la portentosa elocuencia de la sombra. Toda la pirotecnia cromática posterior no desbancó esa querencia mía al cine privado de color. Estos cuatro caballeros eran de la familia. Irrumpían en la pantalla pequeña del Grundig de casa. Todavía guardo las vives de los dobladores. Las puedo oír si me empeño lo suficiente. También la manera en que andaban y los gestos que repetían, como una especie de marca de fábrica. No supe de ellos nada que no fuese lo que el cine me entregaba. Me parecía imposible que tuviesen una vida al modo en que los demás teníamos la muestra. Eran la majestuosa evidencia de que la ficción podía rivalizar con la realidad. Esa verdad no siempre se aprecia cuando la edad nos hace entrar en razón y la fantasía (su arredro de vida más allá de la cursada) impone su cuota de fatalidad, su peaje ineludible. O tal vez no lo sea enteramente. Fascina que estén en la fotografía despojados de cualquier indicio de dramatismo o de aventura o de comedia. Como si de verdad existiesen fuera del set de rodaje. También que anden juntos. No hubo ninguna película en que trabajaran los cuatro. Me pregunto de qué hablan los personajes cuando no tienen un librero memorizado. Si sus conversaciones contendrán asuntos de poco fuste, de trivial reclamo, o evocarían escenas en las que mataron o los mataron o besaron con apasionamiento o traicionaron o les traicionaron. Uno festeja haber sido agraciado con el don de la memoria. Tutela como tesoro imágenes que lo aprovisionan de alegría. El cine procura esa convocatoria de la felicidad. También la de la nostalgia. Siempre podremos regresar al lugar donde intimamos con ellos. Ese viaje es impagable. Lo demás es que sus vidas privadas tuvieran algo que pudiera incomodarnos, que el aura de épica decayese cuando lo más acendradamente humana tomara su sitio y comprobásemos que eran violentos, infieles, crápulas o toxicómanos. Ninguna debilidad del espíritu rebajaría nuestra devoción. Nada de lo que pudiéramos tener noticia haría que los bajásemos de la cima en la que los pusimos. Están allí, No van a dejar de estar nunca. 


22.12.22

356/365 Fred Astaire

 




Si yo hubiese tenido los pies de Fred Astaire, habría comprado una casa sólo para los zapatos. Habitaciones enteras llenas de zapatos. Creo que es Javier Marías el que tenia un piso en el que sólo había libros. Quizá no sea él. Seguro que hay alguien que puede permitirse ese lujo. Tener un piso que funcione a modo de biblioteca. En casa tenemos los zapatos en el alto de un armario enorme y los libros en un mueble que ocupa una pared entera. En algunas baldas los libros deben ser apilados en varias filas. No sé si tras Nabokov está Proust o si hace falta coger la escalera para coger la poesía de Whitman. En cierto modo acepto no saber dónde están, comprendo que no tengo tiempo para ordenarlos de una manera coherente. Leo a bocados, leo a merced de lo que el azar a veces me depara. Me paro delante de una fila de libros y decido cuál vendrá conmigo. Cuando lo acabo, lo devuelvo a una balda diferente, no le doy un lugar cabal, uno fiable. Imagino que a Fred Astaire le pasaría lo mismo. Cuando tienes trescientos pares de zapatos o cuando tu cabeza y tus pies se entiende como el aire en el viento, puedes dejarte convencer por cualquier par que se te ponga a mano. Es la vista la que disfruta en la elección. Si fantaseas con la posibilidad de ponerte unos determinados, Oxford o Monkstrap, es probable que no des con ellos. Recuerdo una vez en que desistí en el deseo de volver a leer los cuentos de Rudyard Kipling. Mi desventura adquiere visos de dramatismo cuando entro en una librería y dudo si comprar tal o cual novela, no sabiendo con certeza si la leí de un libro que yo comprara o si me lo prestó alguien y, en cualquier caso, no teniendo ni idea de si está en casa o no. Es bueno no saber qué se tiene. Confiar en el azar. Me sigue fascinando el asombro. Creo que vivimos para que el asombro nos asalte a diario y nos desarme. Hace tiempo que comprendí que los placeres más hondos provienen del azar. Los otros, los previstos, son a veces tan buenos como ésos, pero no los igualan en ardor. Es el ardor el que al final cuenta. De no estar, si no se le convoca, el resultado final flaquea. Hoy mismo he sentido el ardor o el fervor o lo que a uno le convenga que sea que lo haga sentir pleno. Fred Astaire lo está con su ejército fiero de zapatos en el suelo. Yo lo estoy incluso cuando no sé si Kipling está aquí a mi espalda, arriba o abajo. Si yo fuese Javier Marías tendría también ese piso comido de libros. El hecho de saber que está haría que Marías durmiera mejor, sintiera que su vida entera estaba en esas estanterías, en todas esas habitaciones ocupadas por libros. Son los libros quienes nos cuentan. O los zapatos si eres Astaire. Eso en el hipotético caso de que se lea. Como no somos Fred Astaire, nos trae más al fresco tener un par de zapatos de más. Igual él no leía. Somos los objetos que tenemos. Ellos nos justifican ante el mundo o ante nosotros mismos. A ver si este verano pongo en orden la biblioteca. Probablemente no haga nada. Pereza o conformismo. Hablo por hablar. Por no saber bailar. Por no tener alas en los pies.  "El mío es un estilo plebeyo, pero el de Astaire es de aristócrata", dijo el otro rey del baile, Gene Kelly. Nureyev dijo de Astaire que fue el mejor bailarín del siglo XX. He visto Sombrero de copa montones de veces. No sé si entraría en una de esas listas de películas fundamentales en la Historia del Cine, pero yo adoro la alegría que insufla. Se escucha una de mis canciones preferidas, Cheek to cheek, y la bailan Fred Astaire y Ginger Rogers como si estuviésemos en el cielo y el corazón, al latir tan fuerte, nos impidiera hablar. Lo dice la letra. Eso de salir a pescar o a un río o a un arroyo no se disfruta ni siquiera la mitad como bailando mejilla con mejilla. En la vida real no se tenían demasiado afecto, pero fueron una de las parejas más hermosas del cine. Mi alegría es saber que puedo buscar esos números y ver la ligereza maravillosa de los pies, la grácil compostura del cuerpo.




21.12.22

Frio


El frío hacia adentro 

ganando la herrumbre,

el frío vulgar como la muerte 

cuando ocupa la entera 

extensión de la luz que la batalla, 

como un acto de fe pura. 

Oigo el frío frágil  

en secreto 

contando los días, 

el frío virginal 

que trae una lluvia invisible, 

un rumor oculto de heridas, 

el veneno primero con el que la vida 

nos enseña su saña ampulosa, 

su cuenta de pesares, 

el frío leyendo a Dickens. 

En verdad os digo, 

oh mis hermanos, 

que nada hay que haga sentir más frío 

que ser un niño de Dickens 

en una edición barata de bolsillo. 

Todo lo que uno lee es Dickens, 

todo está ahí, íntegro, sin fractura,

en el mejor de los tiempos, 

en el peor de los tiempos, 

en ese bucle de las cosas, 

que no se advierte, 

que no deja una huella 

y, sin embargo, perdura, 

no se desvanece jamás, 

está al alcance siempre, 

como un salmo, como un dios 

caprichoso y rudimentario 

que bosquejara el mundo 

y lo bosquejara otra vez 

y viese que está bien la obra, 

pero se diese un día, dos días, 

seis días más hasta que de pronto 

se comprende que ya está acabado. 

Entonces es cuando se produce 

el chasquido, 

todo lo demás no importa. 

No importa el vértigo, 

ni la fiebre, 

el tiempo severo, 

el arcano y el  inmisericorde. 

Importa Dios en su secreta atalaya, 

en su imposible distancia, 

Dios deshecho y vuelto a hacer 

a conveniencia del poeta, 

que es quien al final conoce 

la trama primera y la última,

modela el universo, lo agita 

y a ciegas, como aquel 

sin ojos y de manos precursoras, 

cincela, forja, expande. 

Está el poeta 

en el centro exacto del numen. 

El frío es el abismo, 

el frío es una llama inversa, 

un fuego ensimismado. 

El frío es metafísico.

El frío es un diccionario 

oscuro y profundo.

Las palabras se escriben solas, 

cruzan solas el páramo, 

se ahondan solas. 

Escribe uno con las palabras 

que no le pertenecen, 

como si otro escribiera. 

Es un poema de otro, 

no le pertenece. 

De nadie y de todos. 

Como un paisaje. 

Los paisajes no tienen 

quien los posea. 

Dios en la altura 

bendice los paisajes, 

pero las palabras 

están huérfanas. 

El frío es clausura. 

avanzando como un cáncer, 

como plaga del antiguo testamento. 

El frío es una república de lobos. 

El frío es un festín lírico. 

El frío es mi padre 

yendo de su corazón a su cabeza, 

aunque no sepamos 

las palabras con las que se cuenta 

el mundo, 

y no sepa que afuera es diciembre 

y el frío lo ocupa todo. 

Un cuento antiguo

 L as máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosi...