15.12.16
Polvo, tiempo, sueño, agonía
Fotografía: Semana Santa (Cuenca, 1950) Nicolás Müller
En algunas fotografías importa más lo que no se ve. El ojo se afana más en imaginar lo que el fotógrafo oculta. En algunas novelas muy extensas que he leído todo conduce a que descubramos una realidad que no aparece en ninguna página. Hay días de los que recordamos algo que estuvo a punto de pasar o que sucedió y no lo percibimos o no le dimos entonces la importancia que luego cobró. De la vida, en ocasiones, se tiene la impresión de que nos guarda un acontecimiento extraordinario, uno que le dará un sentido o que la justificará ante nosotros mismos o ante los otros. Nos fascina lo invisible, nos conmueven las cosas que no vemos, todo lo que nos aguarda en la sombra o en el sueño o en la parte que no enfoca la cámara o a la que no pueden acceder nuestra mirada. La creencia en que no se muere uno cuando le abandona la vida se sustancia en esta voluntad de no conformarnos con lo tangible, con todo lo que la luz ilumina. Nos enredamos en la ficción que ofrece la literatura porque rinde la parte de la realidad que no es posible vislumbrar sin que otro nos guíe. Creemos en Dios porque es una especie de escritor absoluto. La suya es una novela infinita. Estas líneas que ahora escribo están en alguna parte de la trama. Yo, sin que lo advierta, soy un personaje. No importa que consienta participar en la historia, ni que me moleste que se me reclute sin mi aprobación. Lo que a mí me atrae de Dios es precisamente esa parte metalingüística, la semiótica, la posibilidad de que podamos fantasear y ejercer también de escritores absolutos. Como si, al inventarlo, le atribuyésemos una autoridad y, al tiempo, pudiésemos arrebatársela en cuanto se nos antojase. Toda la ficción literaria proviene de ese deseo íntimo de tener una oreja que nos escuche. Dios no es el Ojo: es la Oreja. No pedimos que nos vea: lo que anhelamos es que nos preste atención y escuche lo que le decimos. No hace falta pedir: basta contar. Ese diálogo doméstico puede ser precioso. Es la parte invisible de la parte invisible, el lado oculto del lado que no se ve. En esa privacidad ocurren los sueños, imagino. Siempre es fácil volver al poema del ajedrez de Borges, el del Dios que detrás de Dios la trama escucha o empieza de polvo y tiempo y sueño y agonía.
14.12.16
Soy muy bueno viendo cine negro de la RKO
A mi amigo Rafa Padillo, rkoista declarado.
A mi amigo Pedro del Espino, el trasegador de imágenes.
Hacer algo tan bien que no parezca que se esté haciendo, llevar la maestría al extremo de que no produzca la impresión de que algo extraordinario esté sucediendo, sino que fluya con normalidad y se asiente adentro y sepa uno que ya no es posible evadirse de ese pequeño resplandor interior. Yo he pensado en qué ejerzo esa maestría, sobre qué asuntos exhibo un dominio firme al que no afectan el rigor de lo real, el roto grande que produce vivir, aunque forcemos a diario las maneras para que los días nos besen. Hay algunos que besan con más ardor que otros y los hay que arañan y rompen, días en los que no se alberga la esperanza de que florezca algo bueno. He pensado en qué me manejo con esa soltura formidable, la del maestro que oficia su trabajo, la del paciente obrador de su propia causa. Tras haber pensado (en serio que le he dedicado tiempo) sólo he llegado a la conclusión de que soy muy bueno viendo cine negro de la RKO o de la Paramount. Me vale, sin que se resiente ese ardor primigenio, Universal o la Warner. He sentido placer confesable al ver a Sam Spade buscando en los bajos fondos un halcón maltés o a Philip Marlowe aceptando el caso de dos hermanas de familia noble y vida turbia o a Cody Jarrett diciéndole a su madre, a poco de morir abrasado, que está en la mismísima cima del mundo o al infame, corrupto y gordo Quinlan, sediento de mal o, una de mis favoritas, la del agente de seguros que se deja engolosinar por la cliente rubia y le hace el trabajo de liquidar al marido. He sido feliz al asistir a esa representación del mal, he apreciado mi inclinación natural a dejarme conmover por el blanco y el negro impecables que en la pantalla dibujan el mundo. Creo que no hay cosa que haga mejor que ésa. Hay otros asuntos que se me dan bien, en los que salgo airoso si los acometo. No siendo pudoroso en absoluto, reconozco que sé hacer ciertas cosas y que hasta podría enseñar a otros a procurarse la misma intendencia que yo poseo, en las que me aplico con absoluta naturalidad. No es una distinción que sólo yo haya adquirido: la cumplen con igual o mayor calidad muchos a mi alrededor. No albergo la vanidad de pensar que únicamente yo las acometo con esa solemnidad y calidad de las que aquí presumo.
Aparte de mi apasionamiento cinéfilo o de mi entusiasmo a la hora de escuchar la trompeta de Chet Baker o el piano de Oscar Peterson o del noble vicio de releer cuentos de Borges o de buscar poesía en las librerías, sé estar solo, anhelo a veces ese momento en que nadie te distrae de lo que has decidido hacer. Hasta hay veces en que no hay particularmente nada que hacer. Ni siquiera escuchar a Bill Evans, leer a Thomas Mann o ver la última película de Woody Allen. Todas esas distracciones culturales no rivalizan con el momento en que mi mente se disipa en la contemplación limpia de la realidad. En ocasiones reparamos en el paisaje que nos rodea, en los objetos que nos circundan. No se les da aprecio, no se les tiene (creo yo) el respeto que merecen. Ayer vi a un amigo enganchado a su cámara. Paseaba el pueblo. Parecía no tener prisa. Sólo tenía esa voluntad de mirar otra vez todo aquello que ya había visto cientos o miles de veces. La idea es que hay algo que, a pesar de que se conoce, puede asombrar todavía. Pensé en el placer que le esperaba, en esa caza sin víctimas en las que el ojo acecha lo real y lo aprisiona, lo recluye en su memoria (en la de la cámara) y lo fija en el tiempo, como si fuese una especie de compensación a la certeza de que el tiempo lo acabará erosionando, corrompiendo, haciendo que pierda su esencia o dándole otra, otra que no coincide con la que nosotros barajábamos. De verdad que soy bueno en estas cosas: en la RKO, en la Paramount, en la MGM... No hay vez en que acabe una de esas películas en que no sienta la convicción de que una parte de mí, no creo que una desdeñable, existe únicamente para que yo la siente frente a la pantalla y le proporcione su pequeña ración de cine negro. A las alturas de mi vida en las que estoy todavía ando buscando mi lugar en el mundo. Voy eligiendo uno y descartándolo, fiándome de que alguno que sospecho fundamental lo sea fiablemente y zafándome de los que de verdad no me incumben y no son míos ni lo serán en modo alguno. Uno de los lugares a los que pertenecemos debe ser esa restitución doméstica del placer, venga de donde venga, proceda del lugar que sea. Es una especie de refugio, un monumento a la intimidad más pura.
Hacer algo tan bien que no parezca que se esté haciendo, llevar la maestría al extremo de que no produzca la impresión de que algo extraordinario esté sucediendo, sino que fluya con normalidad y se asiente adentro y sepa uno que ya no es posible evadirse de ese pequeño resplandor interior. Yo he pensado en qué ejerzo esa maestría, sobre qué asuntos exhibo un dominio firme al que no afectan el rigor de lo real, el roto grande que produce vivir, aunque forcemos a diario las maneras para que los días nos besen. Hay algunos que besan con más ardor que otros y los hay que arañan y rompen, días en los que no se alberga la esperanza de que florezca algo bueno. He pensado en qué me manejo con esa soltura formidable, la del maestro que oficia su trabajo, la del paciente obrador de su propia causa. Tras haber pensado (en serio que le he dedicado tiempo) sólo he llegado a la conclusión de que soy muy bueno viendo cine negro de la RKO o de la Paramount. Me vale, sin que se resiente ese ardor primigenio, Universal o la Warner. He sentido placer confesable al ver a Sam Spade buscando en los bajos fondos un halcón maltés o a Philip Marlowe aceptando el caso de dos hermanas de familia noble y vida turbia o a Cody Jarrett diciéndole a su madre, a poco de morir abrasado, que está en la mismísima cima del mundo o al infame, corrupto y gordo Quinlan, sediento de mal o, una de mis favoritas, la del agente de seguros que se deja engolosinar por la cliente rubia y le hace el trabajo de liquidar al marido. He sido feliz al asistir a esa representación del mal, he apreciado mi inclinación natural a dejarme conmover por el blanco y el negro impecables que en la pantalla dibujan el mundo. Creo que no hay cosa que haga mejor que ésa. Hay otros asuntos que se me dan bien, en los que salgo airoso si los acometo. No siendo pudoroso en absoluto, reconozco que sé hacer ciertas cosas y que hasta podría enseñar a otros a procurarse la misma intendencia que yo poseo, en las que me aplico con absoluta naturalidad. No es una distinción que sólo yo haya adquirido: la cumplen con igual o mayor calidad muchos a mi alrededor. No albergo la vanidad de pensar que únicamente yo las acometo con esa solemnidad y calidad de las que aquí presumo.
Aparte de mi apasionamiento cinéfilo o de mi entusiasmo a la hora de escuchar la trompeta de Chet Baker o el piano de Oscar Peterson o del noble vicio de releer cuentos de Borges o de buscar poesía en las librerías, sé estar solo, anhelo a veces ese momento en que nadie te distrae de lo que has decidido hacer. Hasta hay veces en que no hay particularmente nada que hacer. Ni siquiera escuchar a Bill Evans, leer a Thomas Mann o ver la última película de Woody Allen. Todas esas distracciones culturales no rivalizan con el momento en que mi mente se disipa en la contemplación limpia de la realidad. En ocasiones reparamos en el paisaje que nos rodea, en los objetos que nos circundan. No se les da aprecio, no se les tiene (creo yo) el respeto que merecen. Ayer vi a un amigo enganchado a su cámara. Paseaba el pueblo. Parecía no tener prisa. Sólo tenía esa voluntad de mirar otra vez todo aquello que ya había visto cientos o miles de veces. La idea es que hay algo que, a pesar de que se conoce, puede asombrar todavía. Pensé en el placer que le esperaba, en esa caza sin víctimas en las que el ojo acecha lo real y lo aprisiona, lo recluye en su memoria (en la de la cámara) y lo fija en el tiempo, como si fuese una especie de compensación a la certeza de que el tiempo lo acabará erosionando, corrompiendo, haciendo que pierda su esencia o dándole otra, otra que no coincide con la que nosotros barajábamos. De verdad que soy bueno en estas cosas: en la RKO, en la Paramount, en la MGM... No hay vez en que acabe una de esas películas en que no sienta la convicción de que una parte de mí, no creo que una desdeñable, existe únicamente para que yo la siente frente a la pantalla y le proporcione su pequeña ración de cine negro. A las alturas de mi vida en las que estoy todavía ando buscando mi lugar en el mundo. Voy eligiendo uno y descartándolo, fiándome de que alguno que sospecho fundamental lo sea fiablemente y zafándome de los que de verdad no me incumben y no son míos ni lo serán en modo alguno. Uno de los lugares a los que pertenecemos debe ser esa restitución doméstica del placer, venga de donde venga, proceda del lugar que sea. Es una especie de refugio, un monumento a la intimidad más pura.
13.12.16
Trenes
A veces nos gana la añoranza de las cosas que vivimos poco o incluso casi ni vivimos siquiera, pero que se impregnaron bien fuerte adentro. De entre todas, la que más echo en falta es la cercanía del tren, pero ni siquiera la idea fluida del tren, el que circula, recorre una distancia que nos transporta de un lugar a otro. Es la estación la que ocupa esta melancolía, la posibilidad de que el mundo se abra en ese edificio noble, antiguo a ser posible, en donde nacen y mueren todos los caminos. En las estaciones hay tanta o más vida que en cualquier otro lugar de la ciudad. Está la vida tangible y está la que se especula, la vida con la que el narrador engolosina su ocio y entretiene la espera. Recuerdo la de Córdoba, no la que hicieron cuando se inauguró el tren de alta velocidad; la que yo viví fue la estación vieja. Ahí está una parte de mi vida; no sé si una considerable o trascendente, pero justamente la que ahora siento desplazada en mi memoria, ocupada por recuerdos nuevos, como si no cupiesen todos, como si pugnaran por instalarse en un espacio de más relevancia o más sencillo alcance. Quizá los recuerdos sean también trenes que van de aquí para allá por la cabeza, subiendo y bajando escenas de la vida que se ofrece en el trayecto. Me quedo con el otro, con el tren lento, el que no gana adeptos porque se zampe los kilómetros sin que nos percatemos del viaje. Yo lo que deseo es percatarme, sí, degustar la distancia. No perder nada de lo que custodia mi memoria, no permitir que el olvido se permita ejercer su oficio y acabe devorando las cosas más preciosas. El tren fatiga la distancia que nos separa del olvido. La hace pequeña o, en el caso de que no logre ese deseo, produce la sensación de que es pequeña y de que el viaje es disfrutable y único también.
11.12.16
Kafka sin Kafka
9.12.16
Episodio de sueño con corzo
Soñé que atropellaba un corzo o me levanté con la idea de que en una parte del sueño mi coche lo atropellaba. Al final del sueño, a poco de despertarme, el corzo volvía a pasar por la curva en donde mi coche lo derribó y yo daba un volantazo que evitaba el accidente. Los sueños, al menos los míos o ése mío de anoche, dan la segunda oportunidad que la vida no ofrece casi nunca. El tiempo, en los sueños, es un material moldeable, de fácil gobierno. En el transcurso de la mañana ha habido dos circunstancias (da igual cuáles, no importa qué las animó) que hubiesen requerido que no perteneciesen a la realidad sino al sueño. En esa bruma de las cosas, pensé en que al final, una vez que todo ha concluido, el incidente del corzo no difería en exceso de los otros, de los que no nombro, porque no es necesario que se consigne aquí nada de esa otra parte. Que justo en este instante las dos cosas están alojadas en el mismo depositorio de la memoria. Ambas, cada una a su modo, comparten el mismo rango. La ficción rivaliza con la realidad. El relato de lo que ha sucedido no es mucho más fiable de lo que se ha fabulado. Además, por si no lo he contado, no conduzco.
8.12.16
Las rosas de Saramago
Es triste y es cierto que quien ha dado rosas una vez ya sólo puede dar rosas. Se lo leo a Joaquín Ferrer, en su facebook, en un comentario a una fotografía que ha hecho a la figura de una Virgen. Él lo trae de Saramago, al que leí con apasionamiento y del que me desprendí sin que intermediara una razón sostenible. Hace un par de veranos volví a leer su Viaje a Portugal, y no me fascinó como antaño. Nada grave. La próxima vez encontraré el hueco por el que pasar que ahora no he franqueado. No creo que debamos dar siempre rosas. Hay veces en que las rosas acuden sin que las llamemos, no sabemos bien el porqué, pero prorrumpen, se presentan y hablan por nosotros. Incluso las cuestionamos, bien a pesar de que las haya alumbrado nuestro trabajo o nuestra inspiración. No creemos que podamos estar a esa altura. Se teme ese instante de lucidez en el que uno crea algo que sabe muy bueno. No hace falta que venga nadie y lo halague: hay una constatación objetiva. Se aprecia que hemos encontrado una perspectiva novedosa o muy vista, pero igualmente hermosa, o que la manera en que hemos juntado las palabras (o Joaquín la luz en las estupendas fotos que hace) es la manera idónea de que se junten. Lo que no perdura es la sensación de que podemos volver a afinar así. Se jacta uno de lo leído (que es ajeno) y no de lo escrito (que es propio). Lo sentenció Borges hace cuarenta años y sigue siendo válido. No tenemos a veces todas esas rosas adentro. Damos algunas, las rosas del numen puro, todas esas rosas que Milton trajo del sueño y las impuso a la realidad inexplicablemente, pongamos, sí, de acuerdo, pero no hay quien esté siempre inspirado. Y en cierto modo hasta es bueno que sea así y no haya una iluminación permanente, un estado de gracia perpetuo, ese constatar a diario de que somos estupendos. No hay nadie que lo sea. No se puede brillar a tiempo completo. Una brizna de brillo, un pequeño esplendor valdría. En la intimidad, en ese instante en que el autor habla consigo mismo, llora. Es un llanto de una suavidad que enternece. El llanto privado libera de todos los demás llantos, los públicos, los que te anulan ante los demás, los que te rebajan o te desaniman. Las rosas de Saramago son elocuentes, expresan un deseo que no se aviene a la realidad, la merodea, la mira desde lejos (la mira poéticamente) y luego se aleja. Sólo sirve como frase preciosa. Y la sombra de que lo hecho es de verdad bueno no debe durar en demasía en la cabeza. Zafada la idea, todo fluye mejor, sin la presión de la brillantez, que no sólo debe venir de quien observa, del lector, del que escucha. Lo demás es literatura.
Quesito rosa
A mis amigos del alma Antonio y Auxy, en el deseo de que pronto el azar, que es padre de los deseos, nos junte en una mesa camilla y podamos echar en casa, en Lucena, una noche de Trivial hasta que nos duelan los ojos. Ganará Toñi.
La idea de que no entiendas algo te hace sentir que acabas de llegar al mundo. No siempre es necesario saber, aplicar lo sabido o extender otra idea, la de que se puede confiar en ti para acometer la solución de un problema, la gestión de una empresa o la respuesta correcta de una pregunta del trivial cuando los amigos os juntáis los sábados por la tarde, en la sobremesa, contentos de viandas y servidos de licores. En una ocasión, K. me dijo que había recordado el nombre del director de fotografía de una película alemana de Fritz Lang. No sirve para nada que sepas quién fue Karl Freund, que hayas visto Metropolis varias veces y sigas teniendo la misma emoción que la primera vez, de la que te no acuerdas. Sabes decir Karl Freund, pero has suprimido de tu disco duro cómo fue ese día en el que se te presentó la oportunidad de ver Metropolis y quizá esté bien saber si fuiste con alguien con el que después podrías charlar mientras volvéis a casa o fuiste solo y, al salir, rumiaste en soledad tu asombro y tu agradecimiento. No sirve para nada que hayas leído un librito en el que Murnau cuenta cómo le fascinó el talento de Freund, haciendo recaer sobre él la bondad de Nosferatu, esa película antológica de la que tampoco posees un recuerdo exacto y anda ahí, entenebrecida por el transcurso de los años, un poco arrumbada entre otros recuerdos, como si no tuviese más relevancia. Existen muchos freunds en la cabeza, le digo a K. Muchos con los que andar el camino, aunque puedas recorrerlo sin su ayuda. No sabemos bien para qué sirve la cultura, esa parte de la cultura que te permite saber de qué estilo es una iglesia que ves en viaje por la Zamora profunda (supongo que existe una superficial y otra más interna) o en qué cuento de Borges aparecen Ariadna y Teseo. Ninguna de esas revelaciones memorísticas valen por sí mismas. Tal vez sólo son útiles si se engarzan a otras, si todas forman un mapa de la realidad, uno que se pretenda exhaustivo, en donde todo esté registrado, en el que nada haya sido escamoteado a capricho de cartógrafo. Que el expresionismo alemán te lleve de la mano a la mitología griega o que un riff en un solo de Led Zeppelin de pronto te haga recordar un cuento de Mark Twain o que la genealogía de la casa Windsor, desplegada en árbol, en un folio, sin error apreciable, valga para que entiendas mejor el auge y el decaimiento del imperio británico por el mundo y comprendas la razón (hay una) por la que una lejana isla del Pacífico sea extensión exótica de la pérfida Albion. De entre mis amigos admiro a los que se llevan quesitos rosas, verdes y azules. De ellos es el mundo, no hay margen de duda en eso. También mío cuando marro y no sé cuántas alas tiene una mariposa o si Noruega es una monarquía parlamentaria. Se va uno haciendo poco a poco de esas pequeñas bagatelas culturales. Valen poco vistas sin perspectiva: ganan cuando se en perspectiva, si se aplica una intención global y esa información contribuyera a que otra se consolidase y que de la feliz conjunción de ambas se alumbrase una tercera evidencia, una especie de hijo sobrevenido, un abrazo de la luz en su batalla continua contra las sombras. Todo ese enciclopedismo no te hace fuerte frente al mundo. El mapa, aunque parezca lo contrario, es infinito. No hay forma de que se puedan recorrer todos los caminos. No hay tiempo. Tampoco necesidad. Por eso la ignorancia (o la inocencia) te hacen sentirte nuevo, virgen, recién caído a este mundo.
3.12.16
La belleza
Siempre hizo daño la belleza. Hay épocas en que se advierte este hecho de un modo más evidente y otras en que parece que no causa revuelo, ni que hiere, sino más bien todo lo contrario, como si confortase o hasta curase en cierto modo. Quienes la esconden lo hacen porque la temen, saben que no pueden intervenirla, ni recluirla. La belleza se abre paso, no hay otra fuerza con más vehemencia que ella, no existe lugar al que no acceda, ni sensibilidad (por atrofiada que esté) a la que no conmueva. Cada uno tiene su manera de contemplarla, su modo de apropiarse de ella, pero en todo se observa su presencia. Quienes la anhelan, todos los que la propician con lo que hacen o agradecen la que reciben, no escatiman ningún esfuerzo para que les impregne. No hay día en que no la aprecien, por pequeña que sea su traza, por irrelevante que a simple vista parece. Se ha comerciado con ella, se ha privatizado y se ha prostituido. Es la mercancía más valiosa, la que no se devaluará jamás. Lo que sucede en estos tiempos es que no se espolea. No hay que ser culto para aprehenderla o para disfrutarla, no. Basta que se abran lo bastante los sentidos. Lo malo es que esos sentidos, a fuerza de estar continuamente expuestos a lo mediocre, se hayan embastecido, adquirido la tosquedad de la que luego tarda en desprenderse. No ayuda la televisión, no hay casi nada en ella que se esfuerce por hacer espectadores sensibles. Se prefiere lo burdo, se vende mejor la zafiedad, se le da más consistencia a lo obvio. La belleza, cuando no es absolutamente incontrovertible, se presenta con una sutilidad especial. No se es crítico con ella, no la cuestionamos más de lo necesario, quizá un leve parpadeo, una especie de incertidumbre que apenas dura en la cabeza y de la que después no volvemos a saber nada. De la belleza aceptamos lo que impone. Es incluso un asunto personal como ningún otro lo es. La apreciamos en donde nos place hacerlo. No es un canon, no lo es, aunque algunos se obstinen en redactarlo y en decir qué merece ser considerado bello y qué no lo es. Lo incomparable de la belleza es la duración del placer que proporciona; su adicción también. Una vez se ha entrado en ese vértigo suyo, en el de extasiarse en la contemplación de la hermosura, no hay salida posible. Siempre estará ahí alojada, en alguna parta del mapa de las neuronas, pidiendo su ración diaria, engordando y engordándonos, fortaleciéndose y fortaleciéndonos. Hoy mismo, a punto como estoy de salir, la veré sin margen ninguno de duda. Está ahí afuera, expuesta o agazapada, ofrecida sin que se aprecie mucho o absolutamente evidente, sin recortar nada de su presencia. Puede ser una nube o una sonrisa o un solo de guitarra en una pieza musical o una línea en un texto de un libro que leamos o un paisaje lejano que miramos sin exigencias y que inesperadamente nos toca, nos aturde, nos conmueve, nos convierte en espectadores puros, en testigos de un asombro, en custodios de un hechizo. Que el sábado sea hermoso. Que esta noche, a poco de conciliar el sueño, cuando pensemos en cómo fue el día y qué nos deparó, pensemos también en la belleza, en la que vimos, en toda la que pudimos encontrar y reconocer y atesorar. Allá ésos otros que la creen dañina, que la temen, que no saben abrir los ojos o que temen que los fieles a ella los abramos mucho y consagremos una parte de nuestras vidas a su hallazgo y a su adoración.
29.11.16
Santa Claus is coming back to town
Ya queda poco, no desesperen, pueden entretenerse en lo que deseen, no creo que se aburran, de verdad que después de tantos meses no creo que se haga muy cuesta arriba estas pocas semanas, prueben a pensar en otra cosa si les pueden los nervios, hagan calceta, lean clásicos, escuchen zarzuela o música indie, paseen por las avenidas por donde suelen ir a la carrera, ordenen el trastero, visiten a los amigos que hace tiempo que no ven, frecuenten los cines, vayan al campo, formateen el ordenador, cambien de look, asóciense a un club de lectura, compren bonos del estado, creen un blog en el que expliquen sus vicios, aprendan a tocar un instrumento, besen a sus hijos, pongan en orden el álbum de fotos, forniquen con sus parejas, afíliense a un sindicato, haced bricolaje, pinten su casa, háganse catequistas o youtubers o simpatizantes del partido que haya sacado menos votos en las últimas elecciones, háganse veganos, inviertan en bolsa, visiten páginas porno rusas, soliciten ser presidentes de su comunidad de vecinos, planten semillas en el jardín más cercano, pruebe comidas que no conoce, hinque la rodilla y confiese sus pecados en la iglesia del barrio, haga todo eso, haga eso y lo que buenamente se le ocurre, no sea perezoso, prueben con ahínco, no se me vengan abajo si al principio nada le sale a derechas, de verdad que al final uno ve que ha merecido la pena, no pierde nada, en todo caso un par de semanas, tres a lo sumo, no queda mucho más, si lo piensan con detalle, no son muchos días, pueden hacer todo eso y no pensar en el momento sublime en que la felicidad absoluta prorrumpa, se abalance sobre ustedes y los impregne de armonía y de paz y el mundo cobre sentido y sientan el cosmos entero como una extensión de sus sentidos. No, amigos míos, no queda mucho. Estén ustedes atentos a sus pantallas, miren los escaparates, si me apuran hasta el aire informa de que está cada vez más cerca. En el Corte Inglés no necesitan que se les anime. Ya han enviado a sus emisarios.
28.11.16
Fernando Baudelaire
O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.
Traducción
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)
Este poema no pertenece al Libro del desasosiego, ahí no dejó Pessoa poemas, pero he vuelto a él, como tantas veces. No porque ande contrariado con el mundo o porque cunda el desánimo o la tristeza. Me anima el libro en sí, su prosa deslumbrante, ese fragmentar las ideas, sin acabarlas, como si fuesen objetos que se colocan en un mueble y que informan sobre la realidad, aunque no la agotan, ni falta que hace que la agoten. Uno vuelve a Pessoa de vez en cuando. Y de un modo que no entiendo, por más que indago, cuando releo a Pessoa, metido en harina de heterónimos o de originales, pienso en Baudelaire. Van los dos unidos. Es estar en uno y acudir después al otro. Quizá alguien sepa explicarme este viaje antiguo, ese peregrinar libresco. Que vaya bien el lunes.
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