8.12.16

Quesito rosa



A mis amigos del alma Antonio y Auxy, en el deseo de que pronto el azar, que es padre de los deseos, nos junte en una mesa camilla y podamos echar en casa, en Lucena, una noche de Trivial hasta que nos duelan los ojos. Ganará Toñi.


La idea de que no entiendas algo te hace sentir que acabas de llegar al mundo. No siempre es necesario saber, aplicar lo sabido o extender otra idea, la de que se puede confiar en ti para acometer la solución de un problema, la gestión de una empresa o la respuesta correcta de una pregunta del trivial cuando los amigos os juntáis los sábados por la tarde, en la sobremesa, contentos de viandas y servidos de licores. En una ocasión, K. me dijo que había recordado el nombre del director de fotografía de una película alemana de Fritz Lang. No sirve para nada que sepas quién fue Karl Freund, que hayas visto Metropolis varias veces y sigas teniendo la misma emoción que la primera vez, de la que te no acuerdas. Sabes decir Karl Freund, pero has suprimido de tu disco duro cómo fue ese día en el que se te presentó la oportunidad de ver Metropolis y quizá esté bien saber si fuiste con alguien con el que después podrías charlar mientras volvéis a casa o fuiste solo y, al salir, rumiaste en soledad tu asombro y tu agradecimiento. No sirve para nada que hayas leído un librito en el que Murnau cuenta cómo le fascinó el talento de Freund, haciendo recaer sobre él la bondad de Nosferatu, esa película antológica de la que tampoco posees un recuerdo exacto y anda ahí, entenebrecida por el transcurso de los años, un poco arrumbada entre otros recuerdos, como si no tuviese más relevancia. Existen muchos freunds en la cabeza, le digo a K. Muchos con los que andar el camino, aunque puedas recorrerlo sin su ayuda. No sabemos bien para qué sirve la cultura, esa parte de la cultura que te permite saber de qué estilo es una iglesia que ves en viaje por la Zamora profunda (supongo que existe una superficial y otra más interna) o en qué cuento de Borges aparecen Ariadna y Teseo. Ninguna de esas revelaciones memorísticas valen por sí mismas. Tal vez sólo son útiles si se engarzan a otras, si todas forman un mapa de la realidad, uno que se pretenda exhaustivo, en donde todo esté registrado, en el que nada haya sido escamoteado a capricho de cartógrafo. Que el expresionismo alemán te lleve de la mano a la mitología griega o que un riff en un solo de Led Zeppelin de pronto te haga recordar un cuento de Mark Twain o que la genealogía de la casa Windsor, desplegada en árbol, en un folio, sin error apreciable, valga para que entiendas mejor el auge y el decaimiento del imperio británico por el mundo y comprendas la razón (hay una) por la que una lejana isla del Pacífico sea extensión exótica de la pérfida Albion. De entre mis amigos admiro a los que se llevan quesitos rosas, verdes y azules. De ellos es el mundo, no hay margen de duda en eso. También mío cuando marro y no sé cuántas alas tiene una mariposa o si Noruega es una monarquía parlamentaria. Se va uno haciendo poco a poco de esas pequeñas bagatelas culturales. Valen poco vistas sin perspectiva: ganan cuando se en perspectiva, si se aplica una intención global y esa información contribuyera a que otra se consolidase y que de la feliz conjunción de ambas se alumbrase una tercera evidencia, una especie de hijo sobrevenido, un abrazo de la luz en su batalla continua contra las sombras. Todo ese enciclopedismo no te hace fuerte frente al mundo. El mapa, aunque parezca lo contrario, es infinito. No hay forma de que se puedan recorrer todos los caminos. No hay tiempo. Tampoco necesidad. Por eso la ignorancia (o la inocencia) te hacen sentirte nuevo, virgen, recién caído a este mundo.

3.12.16

La belleza



Siempre hizo daño la belleza. Hay épocas en que se advierte este hecho de un modo más evidente y otras en que parece que no causa revuelo, ni que hiere, sino más bien todo lo contrario, como si confortase o hasta curase en cierto modo. Quienes la esconden lo hacen porque la temen, saben que no pueden intervenirla, ni recluirla. La belleza se abre paso, no hay otra fuerza con más vehemencia que ella, no existe lugar al que no acceda, ni sensibilidad (por atrofiada que esté) a la que no conmueva.  Cada uno tiene su manera de contemplarla, su modo de apropiarse de ella, pero en todo se observa su presencia. Quienes la anhelan, todos los que la propician con lo que hacen o agradecen la que reciben, no escatiman ningún esfuerzo para que les impregne. No hay día en que no la aprecien, por pequeña que sea su traza, por irrelevante que a simple vista parece. Se ha comerciado con ella, se ha privatizado y se ha prostituido. Es la mercancía más valiosa, la que no se devaluará jamás. Lo que sucede en estos tiempos es que no se espolea. No hay que ser culto para aprehenderla o para disfrutarla, no. Basta que se abran lo bastante los sentidos. Lo malo es que esos sentidos, a fuerza de estar continuamente expuestos a lo mediocre, se hayan embastecido, adquirido la tosquedad de la que luego tarda en desprenderse. No ayuda la televisión, no hay casi nada en ella que se esfuerce por hacer espectadores sensibles. Se prefiere lo burdo, se vende mejor la zafiedad, se le da más consistencia a lo obvio. La belleza, cuando no es absolutamente incontrovertible, se presenta con una sutilidad especial. No se es crítico con ella, no la cuestionamos más de lo necesario, quizá un leve parpadeo, una especie de incertidumbre que apenas dura en la cabeza y de la que después no volvemos a saber nada. De la belleza aceptamos lo que impone. Es incluso un asunto personal como ningún otro lo es. La apreciamos en donde nos place hacerlo. No es un canon, no lo es, aunque algunos se obstinen en redactarlo y en decir qué merece ser considerado bello y qué no lo es. Lo incomparable de la belleza es la duración del placer que proporciona; su adicción también. Una vez se ha entrado en ese vértigo suyo, en el de extasiarse en la contemplación de la hermosura, no hay salida posible. Siempre estará ahí alojada, en alguna parta del mapa de las neuronas, pidiendo su ración diaria, engordando y engordándonos, fortaleciéndose y fortaleciéndonos. Hoy mismo, a punto como estoy de salir, la veré sin margen ninguno de duda. Está ahí afuera, expuesta o agazapada, ofrecida sin que se aprecie mucho o absolutamente evidente, sin recortar nada de su presencia. Puede ser una nube o una sonrisa o un solo de guitarra en una pieza musical o una línea en un texto de un libro que leamos o un paisaje lejano que miramos sin exigencias y que inesperadamente nos toca, nos aturde, nos conmueve, nos convierte en espectadores puros, en testigos de un asombro, en custodios de un hechizo. Que el sábado sea hermoso. Que esta noche, a poco de conciliar el sueño, cuando pensemos en cómo fue el día y qué nos deparó, pensemos también en la belleza, en la que vimos, en toda la que pudimos encontrar y reconocer y atesorar. Allá ésos otros que la creen dañina, que la temen, que no saben abrir los ojos o que temen que los fieles a ella los abramos mucho y consagremos una parte de nuestras vidas a su hallazgo y a su adoración.

29.11.16

Santa Claus is coming back to town


Ya queda poco, no desesperen, pueden entretenerse en lo que deseen, no creo que se aburran, de verdad que después de tantos meses no creo que se haga muy cuesta arriba estas pocas semanas, prueben a pensar en otra cosa si les pueden los nervios, hagan calceta, lean clásicos, escuchen zarzuela o música indie, paseen por las avenidas por donde suelen ir a la carrera, ordenen el trastero, visiten a los amigos que hace tiempo que no ven, frecuenten los cines, vayan al campo, formateen el ordenador, cambien de look, asóciense a un club de lectura, compren bonos del estado, creen un blog en el que expliquen sus vicios, aprendan a tocar un instrumento, besen a sus hijos, pongan en orden el álbum de fotos, forniquen con sus parejas, afíliense a un sindicato, haced bricolaje, pinten su casa, háganse catequistas o youtubers o simpatizantes del partido que haya sacado menos votos en las últimas elecciones, háganse veganos, inviertan en bolsa, visiten páginas porno rusas, soliciten ser presidentes de su comunidad de vecinos, planten semillas en el jardín más cercano, pruebe comidas que no conoce, hinque la rodilla y confiese sus pecados en la iglesia del barrio, haga todo eso, haga eso y lo que buenamente se le ocurre, no sea perezoso, prueben con ahínco, no se me vengan abajo si al principio nada le sale a derechas, de verdad que al final uno ve que ha merecido la pena, no pierde nada, en todo caso un par de semanas, tres a lo sumo, no queda mucho más, si lo piensan con detalle, no son muchos días, pueden hacer todo eso y no pensar en el momento sublime en que la felicidad absoluta prorrumpa, se abalance sobre ustedes y los impregne de armonía y de paz y el mundo cobre sentido y sientan el cosmos entero como una extensión de sus sentidos. No, amigos míos, no queda mucho. Estén ustedes atentos a sus pantallas, miren los escaparates, si me apuran hasta el aire informa de que está cada vez más cerca. En el Corte Inglés no necesitan que se les anime. Ya han enviado a sus emisarios.

28.11.16

Fernando Baudelaire



O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.

Traducción
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)


Este poema no pertenece al Libro del desasosiego, ahí no dejó Pessoa poemas, pero he vuelto a él, como tantas veces. No porque ande contrariado con el mundo o porque cunda el desánimo o la tristeza. Me anima el libro en sí, su prosa deslumbrante, ese fragmentar las ideas, sin acabarlas, como si fuesen objetos que se colocan en un mueble y que informan sobre la realidad, aunque no la agotan, ni falta que hace que la agoten. Uno vuelve a Pessoa de vez en cuando. Y de un modo que no entiendo, por más que indago, cuando releo a Pessoa, metido en harina de heterónimos o de originales, pienso en Baudelaire. Van los dos unidos. Es estar en uno y acudir después al otro. Quizá alguien sepa explicarme este viaje antiguo, ese peregrinar libresco. Que vaya bien el lunes. 
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27.11.16

Deadwood es el infierno / Las cabezas son el infierno



El infierno está lleno de barro, de putas y de bourbon
Confío en que no existan ni el cielo ni el infierno. Vivir para siempre a la derecha de un padre que me espera o arder en un paisaje de caos y de alaridos (tales son las imágenes que he aprendido) no me entusiasma. Comprendo que otros medren en méritos en la vida para que al final, cuando concluya, se les invite a la morada divina. No tengo nada a favor ni en contra de la fe, salvo que yo no la profeso y que me fascina a diario su imperio en el mundo. Mi teología es doméstica; mi visión del paraíso, familiar, casera, íntima, privada. Todo lo que pueda pasar es que las historias sean ciertas y encuentre la paz en el cosmos o en el cielo o a la derecha del padre o en cualquier otro lugar que se me asigne. Que allí me encuentre con los que partieron y entable con ellos un diálogo o ni siquiera se precise el concurso de las palabras y baste con mirarnos para entenderlo todo. Incluso (puestos a ir muy lejos) entiendo que ni mirar haga falta y todos estemos allá arriba en una especie de liquido amniótico primordial en el que todo se sepa y todo se comprenda sin la intervención de los sentidos. Será el alma la que nos guíe. Anoche soñé que iba a un lugar parecido al cielo. Es la idea con la que me he despertado esta mañana. Todavía duran las imágenes que he traído.  Era un cielo despojado de belleza, debo decir; uno muy frío, desangelado (permítame el chiste) y poco confortable. Extraños como son los sueños, entenderán que allí viese a un vecino de la niñez del que no tenía recuerdo hace muchísimos años. Paseaba en bata de estar en casa y buscaba un mando a distancia. Mezclado ese sueño con otros o un sueño principal extendiendo su relato a otros que lo escoltaban, creo haber visto caballos. Uno coceaba a un hombre muy bien vestido. Le dejaba la cara irreconocible. En una escena de la serie que andamos viendo estos días (Deadwood) un caballo hace lo propio con un borracho que se emperra en quitarle las herraduras para que alguien no lo use. Deadwood es una obra maestra: lo dicen los críticos sesudos y lo corroboramos mi mujer y un servidor, absolutamente fascinados por esa recreación fantástica del Oeste americano y de sus turbulentos y dramáticos comienzos. Tan bueno es que se ha colado en mis sueños. No es la primera vez, pero hasta hoy no he sentido con claridad el mensaje que me enviaba. Porque Deadwood, el pueblo en mitad de la nada, es el mismísimo infierno. Quizá estén todos muertos. Actúan con la brutalidad de quienes lo dan todo por perdido. Albergan una brizna de ternura, sí, se advierte sin que haya que afinar muchos los sentidos, pero es una ternura de una tristeza que carece de humanidad a veces. Como si repitieran gestos que hicieron antes y de los que no desean desembarazarse del todo. Tal vez el infierno de verdad, si es que existe, sea un poco como Deadwood.


El infierno está en la cabeza
K. me confiesa (mientras lee lo que voy escribiendo) que el verdadero averno es el de la cabeza. El mal está en la cabeza, Emilio. El infierno es la angustia de que no podemos entenderlo todo o de que lo que entendemos no termina de satisfacernos del todo o  puede ser el cansancio puro, el que se adhiere al alma y la modela a su antojo. Tú no sabes lo que es el infierno, nadie lo sabe. Todo lo que se ha escrito o se ha dicho es una aproximación falible, una manera de prefigurarlo antes de que el infierno auténtico nos coja del cuello y nos hunda la cabeza en el barro hasta que no se aprecie que nos movemos. Tenemos que ir con cuidado, hay que pecar con tino. Lo peor que puede pasarnos es que nos visite la parca y no hayamos pecado en lo que más queríamos. Le consuelo en lo que puedo. K. viene para que lo conforte. Me cuenta cómo le ha ido, le cuento cómo me va, nos contamos los dos qué esperamos que sucede, si serán buenos o peores tiempos. Evitamos las grandes conversaciones, merodeamos los problemas, nos refugiamos en esa periferia amable en la que el infierno es una escena de una serie de televisión o un pasaje en un cuento de Poe. En realidad el infierno está en la cabeza, en la literatura con la que rebajamos la dureza de la realidad. Es mejor ese infierno impostado que el mentido en los libros de los santos y en las pesadillas de la noche. Sigo confiando en que no exista el cielo. Lo uno trae la presencia de lo otro. Dios y el diablo son en realidad una manifestación de una sola cosa. K. y yo somos una misma persona. Le traigo, le invito, le pongo a hablar. Por escucharme, por saber qué pienso. Esta noche viendo un capítulo de Deadwood (el nueve de la tercera y última temporada) me tomaré un bourbon y pensaré que soy otro durante cincuenta minutos.

25.11.16

Escribir como el que corre

K. me dijo si seguía amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón. Le dije que sí, a medias, según el día. Una vez alguien dijo que yo era etéreo, a pesar de mi recia complexión. No era mala la intención que animó el comentario y yo supe entenderlo casi como un halago. Uno escucha lo que quiere y recuerda lo que le conviene. Como son malos tiempos para la lírica, últimamente escribo más. Quizá para tener la cabeza despejada. Lo dijo Ana hace unos días en un almuerzo en su casa: escribes como el que corre. Ya he olvidado la tentación (firme un tiempo) de abandonar la escritura o de aplazar su urgencia. Hay días en que no sabe uno qué sentido tiene esta rendición diaria. Soy capaz de escribir de cualquier cosa, pero me cuesta cada vez más justificar esa imposición a la realidad que supone escribir. El mundo ya está bien sin que se precise la existencia de este texto. A K. le debo seguir. En ocasiones se entabla un buen diálogo entre los dos. Creo es él quien al final  esté escribiendo, no yo. Y en eso también albergo dudas. Dudo con convicción, como suelo. Cuanto más intensa es la duda, más placer encuentro en ella. En cierto sentido, conforta esa incertidumbre, da un alivio agradable. Escribo como si corriera. No miro atrás, no corrijo, sólo tecleo, únicamente avanzo. Debo ser una forma avanzada de escritor irresponsable o ni siquiera alcance el grado de escritor, por más que me aplique y le dedique el comprometido rato diario. En todo caso, todas estas consideraciones (no sé de qué rango, ignoro qué propósito las anima) me ocupan el tiempo que precede el ingreso al vértigo del día. Escribir es ese café negro muy duro con el que se pone a funcionar la máquina. Y sigue la cita de Machado en mi blog y amo los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón.

24.11.16

Los cuentos del astronauta zurdo / Una historia del bien



Ilustración: Eva Vázquez

Hay que estar bien, bien con los demás o con uno mismo o las dos cosas juntamente, para escribir sobre la bondad. Se precisa ese estado armónico en el que sientes la tierra bajo tus pies y reconoces tu lugar en el mundo. Cuando se fuga, en el momento en que te abandona, todo lo que se te ocurre no trae bondad alguna, no permite que lo bueno que se tiene alrededor fluya y te impregne. No creo que yo haya escrito mucho sobre la bondad, no hace falta que relea ahora ni que pregunte a los lectores habituales, amigos en la mayoría de los casos. Hay una inclinación natural a que lo malo aflore. Tenemos esa inercia a pensar que lo ajeno no merece ningún elogio por nuestra parte. Los que damos, los elogios que inadvertidamente pronunciamos, son firmes, se entienden a la primera y no escatiman recursos, pero no abundan, no fijan una rutina fiable desde la que montar una nueva manera de contemplar el mundo. Parece como si explayarnos en halagos nos rebajara. Como si el esfuerzo en valorar lo de los demás hiciese que flaquease nuestro prestigio o como si aplaudir fuese un desgaste.

La educación consiste justamente en eso: en apreciar lo bueno, en agradecer que alguien decidiera escribir poemas de amor mejor de lo que podríamos hacerlo nosotros mismos, en sentir un infinito afecto por quien compuso una sinfonía o una canción pop de tres minutos para que mi cuerpo temblara o brincara o sintiese que el corazón se le pone tierno o se incendia o estalla de arrobo puro. Toda la posible cultura que yo pueda tener se basa en ese sentimiento de agradecimiento. Lo que a veces trato de hacer ver a mis alumnos es que los cuentos de los libros que leen están hechos para ellos. Que alguien se sentó un día en la sombra de un árbol o en una frondosa mesa de roble en una cabaña de campo de hace doscientos años o en un patio donde el sol de la tarde empieza a desvanecerse para que ellos pudieran escuchar todas las aventuras que adoran. Que esa gente que no conocemos nos visita a diario y está cerca nuestra al modo en que lo están los zapatos que calzamos o la calle que atravesamos para ir al parque o venir a la escuela. Viene Julio Verne, les digo. Ojalá pudiera conseguir que amen a Julio Verne como yo lo amé mucho más tarde la edad que ellos tienen ahora. He perdido el placer de leer Viaje al centro de la tierra o Veinte mil leguas de viaje submarino con once años. Ese es el bien que vence al mal, podría decirles. Es la literatura la que nos rescata. Basta abrir el corazón (o lo que sea que abramos cuando se pone a funcionar la mecánica íntima de los cuentos) para que no haya nada malo que pueda pasarnos. Es dentro de los libros en donde encontramos la paz y la armonía y el mundo cobra a veces el sentido que afuera no posee.

Por eso yo elogio a los mil escritores que están ahora mismo a mis espaldas. O los mil cuatrocientos, no los he contado. Yo escribo y ellos me tutelan. Todas esas baldas que revientan de libros me escoltan cada vez que me siento a escribir. Podría ser hasta que insuflaran ánimo y yo escribiese porque ellos están detrás, ya digo, cuidando de mí de una manera que no sabría explicar y de la que tal vez no habría que pensar en demasía. Es probablemente ésa la magia que hace que ahora yo continúe tecleando y piense en el mal, en el horror del coronel Kurtz, en el abismo de Helm, en el Maelstrom de Poe, en todo ese mal maravilloso que reside en el alma de los libros y que se ofrece cada vez que uno los abre y celebra el festejo íntimo de la lectura. Hoy, cuando andaba muy atareado en el trabajo, yendo y viniendo, subiendo y bajando, pensando en más cosas de las que soy capaz de pensar, recurrí a una vieja idea que siempre uso cuando la realidad viene sobrevenida, un poco asfixiante. Pensé en el libro qué empezaría esta noche. Anoche acabé Mientras agonizo. Faulkner es un amigo antiguo, pero le tengo desatendido hace años. Ahora, a poco de clausurar ya el día, me pondré a mirar aquí y allá y acabaré eligiendo uno. Será el bien triunfando sobre el mal. La belleza sobre lo que no posee belleza alguna. Y también hay que estar bien, bien con los demás y con uno mismo, para leer y encontrar bondad en lo leído. Incluso la hay, bondad digo, cuando uno presiente que todo es terrible y que la historia es de una tristeza espantosa, pero entrevé una luz, una frase suelta que acaudala toda la verdad del mundo, todo el amor del mundo en unas cuantas palabras.

18.11.16

El tren



Fotografía: William Eugene Smith

El paisaje es el que uno se inventa. Lo transforma a capricho, lo convierte en lo que desea ver. Días que parecen de verano cuando los inventa el frío. Días en que la oscuridad pugna torpemente por desangelar el camino. Uno funda a diario el mundo. Nosotros, a falta de un dios verdadero, somos el único dios disponible. De ahí el amor al tren y a su rectitud sin flaqueza. Una vez cogí uno en el que entendí cosas que no alcancé en otro lugar. Como si el tren perteneciera al relato del mundo y hablara y contara lo que ha ido aprendiendo. Sólo hace falta mirar el paisaje. Sólo desear perderse en el horizonte que ofrece. 

17.11.16

Fundación de los bosques



Fotografía: William Eugene Smith


A mi amigo K. se le ocurrió perderse por ver si le encontraban. Dice que era pequeño y que cuanto anhelaba era que lo abrazaran mucho cuando lo descubrieran en un parque o en la calle de atrás, a la que le decían que ni se le ocurriera ir. Hay quien se pierde a voluntad propia. Sale de casa y empieza a andar hasta que de pronto no reconoce la avenida a la que ha accedido. En Madrid quise yo que me pasara algo parecido a esto que cuento, pero me faltó tiempo para que la empresa se hubiese completado con éxito. Anduve feliz un buen rato, creí que el viaje era ése y no el otro, el de salir de Córdoba y montarme en el AVE y llegar al hotel de la Gran Vía y dejar allí las maletas. Cuando apremió el tiempo, deshice el hechizo de la aventura recién inaugurada y repasé de memoria las calles que recorrí hasta que salí a un lugar reconocible. Cuando se lo conté a K. me reprendió. Vino a decir que debía haber apurado un poco más y hacer como él, cuando pequeño. Piérdete, Emilio, hazlo de veras. Busca un bosque, anda un par de horas. El problema es que no hay bosques, le contesté. Los han ido quitando de los mapas. 

Las ciudades son los bosques. Han crecido a nuestras espadas, se han convertido en monstruos, nos engullen. Los que vivimos en un pueblo pequeño (Lucena, a su modo, todavía lo es) carecemos de esa perspectiva. Casi no hay calle del pueblo por la que no haya pasado o de la que no tengo una conciencia más o menos firme de dónde está y a qué otros calles conduce. Hablan de ciudades sostenibles, pero debería haber ciudades poéticas. No sé bien qué poesía tendrían. Hay muchas y no siempre todas convienen a lo que nos proponemos. La que ahora me apetece es la ciudad de la que no sepa nada. Ni siquiera una idea leída en los libros o la posesión de alguna estampa memorizada por haberla visto en la televisión o en las fotos de los amigos que las han visitado. Puestos a pedir, solicito una grande. Como un bosque que lo ocupe todo. Como un laberinto. De verdad que a veces conviene perderse. Lo hacemos en casa. Es fácil perderse en la habitación en la que lees o en donde duermes, en el cuarto de baño o en el sótano. Te pierdes cuando tienes el bosque dentro de tu cabeza. Hay libros que son bosques. Te hacen andar sin que sepas el lugar al que te diriges. Cuánto más te haga andar y menos sepas del destino, más ganan en su rango de bosque puro. Los niños pequeños, los que todavía no leen, se pierden en el libro de la realidad, que es el que tienen más a mano. Hacen la aventura que no es posible que otros les acerquen. De mayores, al alcanzar la edad en que el juego no nos entusiasma o del que recelamos porque no pensamos que todavía sea nuestro, no tenemos otras aventuras que las leídas o las encontradas en las películas. Queremos ser asombrados, pero confortablemente instalados en el sillón de orejas del salón. Una de las funciones primordiales de la literatura debe ser ésa: la de fundar un bosque donde podamos perdernos y la de llevarnos a salvo a la salida, donde nos espera la calma, el placer de lo que conocemos. 

15.11.16

Jaime con su girasol de noviembre


Fotografía: Verónica Hurtado


Primero fue la luz, la bondad que regala. A veces uno entiende el mundo al asistir al milagro de la vida. Jaime tiene un girasol de noviembre. Es suyo, aunque no se lo lleve a casa, ni se le ocurra intimar con él. Suyo sin que lo sepa también. Hay veces en que no necesitamos tener la propiedad de las cosas para que nos conforten o nos alivien. A Jaime, pequeño como es, no se le ocurre pensar en los milagros. La suya es la vida del que aprende a todo. Luego se pierde esa inocencia, se canjea por la maldad de creer que todo nos incomoda o de que se ha puesto en nuestro camino para que no podamos recorrerlo como queramos. El mundo entero es de Jaime. No hay trozo de él que no sea incumbencia suya. El sol es suyo, el suelo que pisa y hasta en el que se cae son suyos. Todo le pertenece de un modo hermoso y limpio. Ahí anda, frente al girasol de noviembre, extasiado a su manera, haciéndose (sin que se aprecie) las grandes preguntas de la vida, asombrado de cuanto está alrededor suya y le gana en tamaño, sin saber cómo añadir el girasol al juego, que es el fin último de toda la vida social de Jaime. El mundo, con girasol o sin él, es siempre un descubrimiento a los ojos del niño. No hay día en que algo no le fascine o lo derrote, algo que merezca su entusiasmo o su absoluto desprecio. Ninguno en donde no mire como si fuese la primera vez en que se produce esa mirada. Eso es lo que perdemos cuando perdemos la visión de Jaime y de todos los jaimes del mundo. Perdemos esa virginidad asombrosa, perdemos la pureza del mirar sin doblez. De ahí que la fotografía sea un elogio de esa pureza. No se precisa que Jaime mire al fotógrafo o que la lente lo enfoque bien y cuadre su cuerpo con el fondo y con la luz, como si se pretendiese algo más que registrar la belleza. Los dos representan el ciclo de la vida, de los dos se extrae la enseñanza de que la vida (la luz, el amor, la belleza) se abren paso siempre. Lo hacen a empujones o lo hacen con suavidad, pero se yerguen, se izan, adquieren tallo y volumen y rivalizan con el aire en piruetas y en cabriolas, sólo que no las vemos, no tenemos modo de hacerlo. Quizá Jaime sí, tal vez todos los jaimes del mundo puedan ver lo que los mayores no podemos.

Después de la luz vino la sombra. No hace falta se la invoque. Acude sin que se la invite. Se presenta y hace casa en cualquier sitio. Quienes tenemos ya una edad o enfilamos dos edades juntamente sabemos que la infancia no vuelve. De hecho nada vuelve. Se puede echar atrás la memoria y extraer algún episodio de ese pasado incrustado en la cabeza, pero no es una visión fiable. A la memoria la perjudica el presente. Uno hace recuento y cambia el tamaño de las monedas o incluso el valor. Se recrea en la mentira si es que eso va a contribuir a que la verdad no haga daño. Por eso fascina ver a Jaime con su girasol de noviembre. Emociona de verdad. A los que nos dedicamos a la enseñanza nos parece fácil ese juego, el de ver el mundos con los ojos de Jaime. Es el mundo que no debió nunca censurarse y del que el adulto, en ocasiones, se retira o del que, llegado el caso, se avergüenza. Se quita de uno en medio, mira hacia otro lado, no comulga con juegos, no se deja intimidar por un girasol. No hay sombra en la fotografía de Verónica, su madre feliz. La cámara registra lo que el ojo le va dictando. Es el ojo quien hace el clic, no la máquina. La fotografía es el único modo de que el tiempo se detenga. Hay instantáneas que hacen que un instante se alargue infinitamente, uno que podría haberse perdido como lágrimas en la lluvia (se me va la cabeza al cine y luego la hago regresar), pero ahí está la cámara o la madre o las dos, alerta, sensibles a que un movimiento estropee el momento o que otro lo haga sublime. De cualquier manera, ahí está el infante, el niño con su girasol de noviembre, Verónica, sin escuchar otro ruido que el de su corazón al latir cuando se acerca y teme, en el fondo de su alma pequeñita, que la planta cobre vida y lo abrace y desee jugar con él a la manera en que lo hacen los perros. A ver mañana si se nos pone delante un girasol, uno de nuestra altura, un girasol puro y perfecto, el gran girasol con el que el mundo se explica a sí mismo. 





Una página de un diario

Días de asueto sencillo . La ocupación en las faenas de costumbre es mala, a la larga. Se complace uno tanto en la  molicie que teme no sabe...