Cada uno predica el evangelio a su manera. No se precisa creencia en divinidad alguna para divulgarlo. Se puede incluso prescindir de símbolos que lo hagan más entendible o de personas que piensen como tú y contribuyan a la labor misionera. En su etimología, evangelizar es difundir la buena nueva. En estos tiempos de zozobra y de fricciones lo que faltan son buenas nuevas que contar. No son propiedad de las religiones, de las muchas que llenan los mapas, las noticias buenas, las que hacen que el espíritu respire y se sientan feliz en convivencia con los demás y consigo mismo. Andamos hasta cortos de gente que extienda las buenas nuevas con la suficiente convicción y haga que los que las escuchan se sientan aliviados y crean que es posible un futuro mejor, una vida mejor. Estos dos son buenos en lo suyo. Cada uno a su manera hacen su trabajo con oficio. Hacen que la política y la religión sean útiles. Habrá quien disienta y sostenga que ni Obama ni el Papa Francisco son ejemplos a seguir. Parto de la idea firme de que ni soy seguidor de uno ni del otro. No son dos personas que guíen mi vida, pero admito que lo que hagan o dejen de hacer pueden terminar por influenciarla. Son poderosos y aceptan su cuota de poder, aunque uno la exteriorice más que el otro. Los dos, sin margen de duda, buscan un mundo mejor. O buscan, en todo caso, que este mundo nuestro no vaya a peor. Lo del Papa es asombroso: un hombre de verbo fácil y de fabuloso calado popular. Obama no alcanza el nivel del Santo Padre. Ambos saben que su mandato es coyuntural, ambos trabajan para que su esfuerzo no muera con el cierre de contrato. Obama se perderá en conferencias y en salones de la fama cuando los votos lo echen del Capitolio; el Papa Francisco, por edad, dejará la Silla de Pedro a otro: otro que no despertará la simpatía de éste, otro que llenará estadios (Pitbull los llena) pero que no parecerá tan humano como Francisco. Dicho esto de un descreído convencido como yo exhibe el poder convocatoria del Papa. Se atreve a pedir que el congreso norteamericano anule la pena de muerte o a pedir a los poderosos, allí donde los hay, que cuiden la Tierra y hagan que los pobres, los desfavorecidos, los parias, los que no bendijo la cuna o la visa de sus padres, lo sean menos. Siempre habrá pobres. Eso lo saben los dos. Saben también que no coinciden en todo, que les separa el respeto a la diversidad sexual o a el derecho al aborto. Son matices. Lo que importa es que anden ahí los dos casi del brazo, abriendo puertas, cerrando heridas. No es necesario que uno comulgue para ver que toda esta agitación mediática -también tiene su parte de show business, su cuota feliz de espectáculo de masas- es buena en general y hace que la alianza de los pueblos y de las creencias no sea únicamente un deseo, una línea en un texto, una esperanza en boca de quienes no poseen influencia en los que mandan. Estos, a su modo, lo hacen: mandan, influyen. Tiempo habrá, cuando encarte, de sacar los trapos sucios, todo lo que no es defendible de estos dos caballeros, los pecados familiares, las causas menos nobles, el roto que a menudo hacen a la convivencia, todas esas pequeñas cosas que no inclinan la balanza a que se les santifique en demasía.
27.9.15
Drugos, Billy Joel y libros de pedagogía
A Antonio, Auxy, María del Mar y Rafa, por los buenos años compartidos
Noches que se pasan sin dormir. No porque algo te acucie o te soliviante. Quizá sólo porque no hay mejor ocasión para hacer lo que no se podría hacer en ningún otro momento del día. Se trata, en el fondo, de ir a contramano. Me esmeré en ocupar esa vigilia feliz de las noches en vela con libros y con cine y con música. Siempre hay trabajos que hacer, novelas que acabar, poemas que traer al mundo, discos que volver a escuchar. Anoche fue una de esas gloriosas noches. Vi La naranja mecánica, la obra maestra de Kubrick. No sé cuántas veces la he visto. Recuerdo la primera con absoluta nitidez. Las primeras veces, en casi todos los órdenes de las vida, se guardan con un mimo con el que no se registran las demás. La de anoche fue una sesión nuevamente especial. Creí no haberla visto antes. La fascinación que ejerce en mí me hizo aceptar que algunos pasajes eran familiares e incluso era capaz de improvisar diálogos y recordar cuándo sonaba Beethoven o cuando nuestro muchacho hiperviolento era sometido a severas sesiones de limpieza mental. No me imagino viendo ciertas películas o leyendo ciertos libros si no es a esas horas de la noche. Que mi caótico modo de estudiar de antaño obtuviera premio y sacara notablemente mi carrera universitaria se debe al mágico concurso de las adorables e infinitas noches de desvelo en las que algunos amigos devorábamos los temarios temerariamente. No es ninguna estrategia que pueda venderse como idónea. De hecho no considero que sea la mejor de los posibles, pero funcionó conmigo y también con ellos. Éramos lo que quisimos ser cuando podíamos haber sido cualquier otra cosa. Lo de llevar un horario ortodoxo quedaba para los demás. En esa edad, en otras también, uno desea señalarse, hacer que lo suyo no se parezca en nada a lo ajeno. Escuchar a Billy Joel a las tres de la madrugada con una mesa llena de libros de pedagogía era un placer absoluto. Luego, una vez acabados los años de facultad y disuelto ese celestial grupo de estudio, proseguí trasnochando en casa a mi manera. Ahora, si rememoramos aquellos excesos, comprendemos que no hubiera habido otro modo de hacerlo. De vez en cuando, caigo en la cuenta de que el tiempo, cuando los demás duermen, discurre de otra manera. Es elástico, es dinámico, es hondo y es también enteramente tuyo. No hay propiedad de las horas más firme que las nocturnas. Nos pertenecen más que las diurnas. Sobre el día no hago ahora ninguna consideración. Saldría perdiendo, de hacerla en serio. Hay días que pesan terriblemente si nacen después de una noche de vigilia. Días largos de verdad. Días que amenazan con no concluir nunca. Lo malo es que cuando lo hacen, en cuanto la noche hace presencia y nos mira fijamente a los ojos, deseamos invitarla otra vez, tenerla a nuestro antojo, cortejarla como sabemos, meternos dentro de ella como si fuese la mujer que amamos y fecundarla o que nos fecunde. Es todo quizá un glorioso acto de amor. Anoche, ya digo, al acabar la historia de los drugos, la historia del anarquista, insubordinado e iconoclasta Alex, agradecí no haber perdido del todo estas buenas costumbres. Me pasarán factura, me dirán aquí estoy, has ido demasiado lejos, cuando les venga en gana, pero yo soy feliz con estos abusos. Feliz es poco.
20.9.15
Leonard Cohen no existe
No sé qué tiene de especial que Leonard Cohen entre en un supermercado y compre una bolsa de patatas fritas. Quizá tan sólo sea la evidencia de que hay otro Leonard Cohen. Incluso se admite la idea de que exista un tercer leonard cohen: el que llega a casa, se tira en el sofá, enciende la televisión y se bebe tres latas de cerveza. No hay nada sancionable en esa imagen exenta de lirismo. No se puede estar a tiempo completo siendo Leonard Cohen, el trovador, el melancólico, el profundo. Lo que no sabemos es cuál es el verdadero o si todos lo son. También podrían ser todos falsos. Que Leonard Cohen sea una impostura. Que cuando en un escenario esté cantando Suzanne y sintamos cómo Suzanne nos ofrece té y naranjas que vienen de China y deseemos viajar a ciegas con ella y ver a Jesús caminar sobre las aguas, Leonard Cohen esté pensando en la lista de la compra y recuerde si faltan leche semidesnatada o cerveza belga en el frigorífico. No sabemos nunca nada de esto. Al artista se le desea artista. No deseamos conocer quién hay detrás. De forma ideal, Leonard Cohen no debería salir a la calle y comprar patatas fritas en un supermercado. No sabríamos qué decirle. Todo lo que se nos ocurriera sería irrelevante. Porque Leonard Cohen no está en el supermercado. No es él en absoluto. Es el cohen dos o el tres o el nueve. Habrá uno para cada circunstancia. Gente como él tendrá cientos de egos disponibles. Yo también tengo emilios alternativos. Tú, ah lector dominical, también tendrás una buena docena por ahí. Nunca me he parado a contar de cuántos dispongo. Está el emilio que va a los bares y departe animosamente sobre fútbol con los amigos o el que escribe en el blog o el que enseña inglés en el colegio o el que echa la siesta en el sofá o el que escucha a Bill Evans o a Leonard Cohen o el emilio padre o hijo o esposo o amante. Me manejo bien con todos. Los voy usando a capricho. Ninguno es falso, pero igual ninguno es verdadero. Podríamos preguntarnos qué es verdadero y seguro que no llegamos a ninguna conclusión fiable. Se acoge a la verdad que yo ame a mis hijos o que cuide de mi salud o que desee vivir muchos años. Quizá ahí dentro esté esa esencia mía que no se deja embaucar por las circunstancias ni se malogra por injerencia del azar o de la voluntad ajena. A ver si avanza el domingo y me aclaro.
18.9.15
Completarse uno / Leer II
Leer es una actividad de riesgo. Se te puede venir abajo el mundo al descubrir que todo lo que habías pensado no es válido. Para quien lee, un mundo venido abajo es una posición de ventaja. La incertidumbre es una actitud favorable. Todo lo bueno que no conoces proviene de la incertidumbre. Leer es acercarse a lo incierto, merodear lo que no tiene asiento, adentrarse (una vez que eres un buen lector) en uno mismo. Hay quien se conoce por lo que ha vivido, pero leer hace que ese conocimiento sea más fiable; incluso hace que sea más certero. En eso de conocerse uno mismo interesa dar bandazos. Ahora caigo a esta lado, luego me inclino al otro. Hay cosas inamovibles, principios sólidos, puntos innegociables, pero sólo quien ha cambiado de opinión en un asunto sabe lo disfrutable que es esa mudanza. Tengo amigos con ideas fijas, con un norte en la vida: les he hecho ver en alguna ocasión mi admiración por esa rotundidad de ánimo, por toda esa contundencia. Yo me quedo un poco afuera. Prefiero escuchar. Hablar es bueno, pero escuchar es mucho mejor. No es algo que haya aprendido hace tiempo. De hecho, es una de esas cosas que uno constata cuando rebasa cierta edad. De joven, no se escucha. No está en la juventud la cualidad de estar en un plano secundario, se desea cobrar el protagonismo, Para quien lee, todo lo que escucha tiene un parte literaria. Tengo amigos de charla novelesca. Cuentan historias sorprendentes y las cuentan de un modo sorprendente también. Serían buenos cuentacuentos. Alguno de esos que narran con tanta eficacia no han leído nunca. No saben lo que es perderse en una novela. Cuanto menos se lee, más daño hace lo que se lee, dijo Unamuno. No hay nada que objetar a la frase. Es de una limpieza intelectual absoluta. Lo bueno de la lectura es que te hace más consciente la vida. En un grado extremo, leer hace que no se tenga una vida sino varias, muchas. Cuanto más se lee, más se entiende cómo funciona el mundo. Leer proporciona el instrumental con el que franqueamos los obstáculos que el mundo opone a nuestra felicidad. Se lee para ser feliz. La felicidad que no proviene de la lectura la complementa. O es al revés. Por otra parte, cuanto más se lee, más lejos se está de entender nada. Solo leyendo se adquiere esa certeza: la de lo infinito, la de lo pobres y lo frágiles que somos. La religión es una disciplina de la literatura fantástica. Lo dejó escrito Borges. Cuanto más lee uno, más crédulo es. Leer es una forma de acercarse a la divinidad, al éter pluscuamperfecto. Bacon dijo algo parecido a esto. Cuanto más lee uno. ya acabo, más se desea vivir. Quisiera uno poseer otra vida, una ocupable en lecturas, en Lovecraft, en Cortázar, en Amis, en Cernuda, en poemas de amor,. en tragedias muy griegas, en historias de una negritud absoluta. Anoche terminé de leer una de serie negra. Black o Banville, da lo mismo. Creo que estoy más completo a cada novela que leo. En eso de completarse uno se tarda una vida entera a veces. Leer hace que cambiar de opinión sea un placer. No hay ninguno que nos haga mejores ciudadanos que el de ser capaces de entender al otro e incluso acercarnos a él y abrazar su credo. O que ellos, a los que persuadimos, abracen el nuestro. De credos va todo esto, de pensamientos que fluyen y se posan en otros y los colonizan, no solo de libros, no únicamente lecturas. La vida, ése es el libro.
12.9.15
Leer
La cosa es si lo que yo entiendo por ser feliz lo comparte alguien de un modo absolutamente íntegro. No digo alguien que te ame, con quien formas un hogar y traigas maravillosos hijos al mundo. No hablo del amor, que es el que hace moverse al cosmos. Lo que rumio a estas horas de la noche es si en el bendito mundo - lo es, lo es a pesar de todo - alguien coincide conmigo como si fuese una escisión de mi cerebro embutida en otro cuerpo. Puede ser un ciudadano del pueblo de al lado o de las antípodas del mapa. Lo fascinante es la posibilidad de que de verdad exista esa persona. No creo que de entre todas las criaturas que pueblan los pueblos diminutos y las grandísimas ciudades no haya nadie que sea yo mismo. De entrada podría intimar con él -no descartemos que sea una hembra, por qué no habría de serlo - y airear asuntos de los que nunca antes di carta de presencia alguna. Ni siquiera esta manía mía de escribir -con todo lo que uno que escribe larga y con todo lo que hay de charlatán en quien no para de contar el mundo o de contárselo a sí mismo - hace que sepa con nitidez cómo soy. No lo sé, no tengo ni idea. Voy que corto hacia los cincuenta y no poseo de mí más conocimiento del que tengo de algunos buenos amigos. Creo que saber el lugar al que me dirijo, creo saber qué ando buscando cuando llegue allí, pero hay distracciones en el camino que hacen frágil la misión que lo encauza. Dicho de otra manera: no hay día en que algo que yo haga no me sorprenda. Como si fuese otro, como si mutase dentro de mi persona la parte en apariencia invariable que hace que los que me aman me sigan amando y los que no me soportan sigan sin soportarme. Por eso piensa uno en la felicidad, que es un asunto de poco asiento en la vida diaria y mucho predicamento en la filosofía y en los prontuarios infames de los coelhos y los bucays del mundo. No se es feliz: se está feliz, se siente una brizna de felicidad que, luego de invadirnos, se fuga y nos deja con el mal cuerpo que todos conocemos. Con lo que yo me siento feliz es con la incertidumbre. Creo que es lo que más me apasiona. No saber, no tener nada completamente claro, no poseer las certezas que podrían acomodarme y hacer que me pierda todas las vidas que, al vivir solo la mía, estoy perdiéndome. Y hay tantas vidas perdidas si solo se practica la propia. Por eso leer es algo parecido a la felicidad. Ahí quiero llegar: leer es ser otro, otro sin dejar de ser el mismo; otro dulce u otro atroz u otro convencido de que existen los viajes en el tiempo, los amores perfectos o el crimen hermoso. Por eso leo a Wells, a Proust o a Highsmith. Ellos me acompañaron este verano. Los tres me transportaron a lugares en donde antes nunca había estado. Leer hace que tu cabeza posea todo el cosmos en su interior. Eres como un dios caprichoso y rudimentario, un ser privilegiado al que el azar o la conjunción de todas las causas y de todos los azares le ha hecho poseer la llave que abre todas las puertas. Leer hace eso: que no haya puertas. Y el mundo tiene tantas y están tan custodiadas por guardias tan terribles. Si hay por ahí alguien como yo estaría encantado de invitarlo a café y sentir que no estoy tan solo. Solo a pesar del amor y del hogar y de los hijos y de los cuentos de Borges y del piano de Bill Evans a las dos de la madrugada.
30.8.15
Ventanas abiertas
Hay que huir de lo viral. No es sano, no alimenta, esparce, fractura, disgrega, hace invisible el alma o la cuartea o la pervierte. Lo viral incluso demoniza, hiere. De cada uno de nosotros permanece lo que se vuelca en la red y es esa información registrada a la que se acude y con la que se cuenta. La realidad se echa a un lado y deja que la red la suplante. Lo que hacemos, a lo que nos entregamos, se expone públicamente, se exhibe para que la intimidad sea un alarde. Le hacemos fotografías al pie cuando lo ponemos por la mañana en el suelo, al dejar la cama. Ofrecemos la cama misma, el mapa que el cuerpo ha dejado en la sábana. Mostramos el selfie del afeitado o el del primer bostezo o el del café humeando en la cocina. Somos voyeurs de los otros y ellos lo son en la misma apasionada medida de nosotros mismos.
París no es una ciudad para un turista sino una experiencia y nos la venden como experiencia, como realidad adquirida, integrada y disponible en nuestra memoria. Vamos a París para contar que hemos estado en París. Para que en adelante los demás, al oír la palabra París, piensen en nosotros y recuerden que hemos estado. Como no es posible difundir universalmente, sin concurso de la tecnología, la noticia de que hemos visitado París, usamos la red para viralizar esa experiencia. La convertimos en trending topic de los amigos cercanos, de los compañeros de trabajo o de los casuales que de pronto, sin conocernos en absoluto, saben qué hicimos y lo estupendo que fue hacerlo.
Lo que da miedo de este escaparatismo absurdo es que le estamos quitando la parte romántica de la que nació al hecho de viajar o de salir de paseo o de tomar copas con los amigos en la terrraza de un bar. Importa más el contar que el sentir. Se nos ha educado a permitir que el vecino nos fisgonee y a sentirnos autorizados a proceder también de esa forma. No existe el pudor de mirar cuando descubrimos a alguien acometiendo algún acto privado (ponerse unas lentillas, leer el periódico, acicalarse frente al espejo, calzarse o desvestirse) sino que irrumpe un deseo vivo de conocer de primera mano lo que el azar difícilmente podría presentarnos de nuevo. Se trata de saber más y de hacerlo sin compromiso, a hurtadillas, en sesión privada. Se está fomentando que el placer se adquiera en esa privacidad limpia (o limpia a medias, según se mire) de la pantalla del ordenador.
Tenemos las ventanas abiertas y hemos dejado que todos los ojos las crucen. Los nuestros, en cuanto pueden, también se encomiendan al vuelo y buscan ventanas que franquear y en donde ver si los otros, los inquilinos, se nos parecen en algo, si beben a morro o si escancian delicadamente el licor en la copa, si trasnochan o se van a la cama pronto, si leen a Kafka en la playa o a Coelho en el cuarto de baño. No hay información que no pueda estar registrada y disponible para que la decodifiquemos. Los secretos, al revelarse todos, dejan de tener la importancia que tenían. Los pocos que todavía están custodiados, mimados en la intimidad, se venden después más caros, pero no dejan de ser una mercancía, un objeto canjeable. Y el desquicio va a más y no se advierte oposición excesiva a ello. Sabemos que se nos roba a cada entrada en google, pero aceptamos de buen grado el robo; sabemos que se nos espía, pero entregamos con gusto lo que vienen a buscar. Ahora los espías saben que ando buscando cables nuevos de interconexión para mi equipo de alta fidelidad. Me lo recuerdan en todos los portales en los que entro. Me dicen que todavía no he satisfecho mi deseo y me rinden toneladas de modelos de precios asequibles o escandalosos. Y al menos en eso de buscar cables en la red no malogro nada, no pierdo la compostura, no me deslizo por el lado oscuro, ni me cito con hembras famélicas, ni con activistas del amor libre o del yihadismo o de amigos de Coelho, ay. Soy vulgar, soy prudente, no sé, quizá esté todavía asombrado y me mueva con tiento y no la haga para no temerla.
17.8.15
Big Data Breakdown Shit
Dios ha abandonado Detroit, pero no se ha llevado los libros. Los de la fotografía pertenecen a la biblioteca municipal de la ciudad donde emergió la más potente industria automovilística del mundo y el sello de música negra más emblemático de la historia de la música, la gloriosa Tamla Motown. Ninguno de los vecinos ha entrado para saquear las estanterías. Quizá la razón por la que las bibliotecas cierran es porque la gente no lee. No interesa, no es algo que vaya a llevar a ningún sitio, no se puede esperar que leer haga que la vida sea mejor o que los problemas desaparezcan. La autoridad declina vigilar lugares que no propician el robo, asume que no habrá descerebrado que se arriesga a ir a la cárcel por unos libros. Yo creo que incluso descartan el hecho mismo de que el robo de libros pueda ser condenatorio. Cárceles llenas de intelectuales pobres, comedores en donde los platos no caben en las mesas porque los comensales están terminando de leer a Pynchon o un volumen sobre mitología nórdica. El que lee sabe lo que cuesta aplazar el final de una obra por un cometido tan irrelevante como almorzar o tener que ir al trabajo. Se demuestra el grado de cavernalismo de la sociedad por cosas como ésta: antes eran las bibliotecas lo primero que saqueaban los ejércitos. Imaginaban al libro como una suerte de arma también. Los pueblos iletrados han sido siempre más reacios a la defensa combativa. Han preferido ser invadidos. La invasión de ahora no cuenta con ejércitos que recorran las calles y exhiban sus tanques y sus armas - que también según donde ponga uno el dedo en el mapa - Se trata de otra invasión menos invasiva, digamos. A veces ni se nota que está en marcha. Ni estando muy atentos se percibe, pero el daño está hecho y va a más. Una de las cosas que se pierden irremisiblemente es la identidad. Nos la arrebatan. Nos dejan sin la insignia propia de cada pueblo. Borran las costumbres. Lo propio de cada pueblo lo hace más fuerte, lo mantiene unido contra lo que lo acecha. Nos estandarizan, nos nivelan, nos igualan. Lo asombroso es que no encuentran resistencia alguna. Es más: en ocasiones se percibe incluso cierta afectuosa adhesión. La maquinaria es imparable; imparable e invisible. Se llama Big Data. Le han puesto ese nombre de fonética fácil, aunque esté trenzado con el latín y con el inglés. Así todo el mundo lo entiende bien, que es de lo que se trata. El Big Data es el que está vaciando las catedrales de los libros, las benditas bibliotecas. Dios ha abandonado los anaqueles. Está en bits, en ceros, en unos, anda por ahí, si es que anda por algún lado, comprobando el nuevo terreno en que moverse. Hay que creer, se tiene que poner un poco de fe. De no creer, de no interponer la fe en el conflicto - todo son conflictos, a poco que se mire todo son conflictos - las bibliotecas dejarán de ser lo que son. Otra cosa serán, otra, seguro, pero no bibliotecas. Las convertirán en parques temáticos. Venderán hamburguesas a la puerta. Te pondrán una pulsera para que accedas a todos los departamentos.
14.8.15
Teselas austrohúngaras
A mi amigo Pedro le fascina la palabra tesela. Hay palabras que dicen más de uno mismo que parlamentos enteros. Por eso las pronunciamos con una especie de pudor. Como si revelasen de nosotros lo que no conviene. Como si abrieran un secreto o dejasen todas las puertas del alma abiertas y dejásemos que la realidad las rebasase. Palabras que tutelamos como tesoros. Quizá no tengamos otros. Somos las palabras con las que descerrajamos el himen fiero de lo real, que no se sabe bien qué es. Como cuando de niño descubres un juego y lo conviertes en el centro del mundo. Así son las palabras. Las hay que te poseen y hacen que todo gire alrededor de ellas. Sucede, aunque no te percates. El poeta tiene conciencia de las palabras. Sabe qué peajes exigen, conoce el veneno dulce que apresan. La vida duela, las palabras duelen, pero alivian, sanan, hacen que el trayecto sea vivido. Escribo esto en la sala de espera del centro médico. Espero a que la doctora me diga si estoy sano. Nunca se está sano del todo. Va uno aplazando el ideal de salud o lo cancela del todo. Con tal de no perderla completamente vale todo lo demás. El dolor es el que no sabemos llevar. No estamos educados para el dolor. Leí una vez que en un hospital - creo que en Estados Unidos - no solo iban payasos a animar a los niños enfermos: habían contratado cuentacuentos. La felicidad viene de las palabras, de las historias que las palabras van trenzando. Cuando las escuchamos, si estamos de verdad atentos y nos cautivan enteramente, se interrumpe el dolor, se vacía el caudal del daño que nos produce. No es un cese completo. El dolor vuelve siempre. Lo que importa es la voluntad de administrarlo. Y lamentablemente no siempre sucede, no es posible en cualquier circunstancia gobernar lo que nos rebaja. Tampoco en eso estamos educados. En aceptar las inconveniencias, en consentir que la vida vaya en serio, como decía el poeta, y nos zarandee y malogre todo lo bueno a lo que aspiramos. Creo que me toca. Le diré a la doctora que he sido un niño bueno y me he tomado todas mis pastillas. Me dirá que no habrán sido suficientes. No podré, como hacía magistralmente Berlanga, colar en la conversación la palabra austrohúngaro. No vendrá al caso. No sabré calzarla bien entre las demás palabras. Ni tesela, Pedro, ni tesela.
12.8.15
Hace un año que no sé nada de Lucía
Fotografía: Joaquín Ferrer
Carlos y Lucía
Nada más despertarse, antes de pensar en nada, incluso antes de decidir qué hacer, buscaba un café. Lo preparaba a ciegas, tanteando más que otra cosa, sin el esmero de cuando uno está ya bien despierto. El aroma la iba poniendo en el mundo, contándole las aristas de la realidad, la rutina inevitable. Se lo tomaba a sorbos muy lentos y el día iba creciendo conforme el café le iba entrando. Luego se componía para salir. Unas chanclas azules, un pantalón corto cualquiera y una blusa de tirantes. Metía en el bolso el móvil y rumiaba la idea de hacer algo diferente. No ir al mercado para llenar la despensa, no mirar en el cajero el saldo de la cuenta, no volver a casa pensando si dedicarles unas horas a limpiarla y ordenarla un poco. De lo de Carlos hacía ya un mes. No fue un mes dramático. Ni siquiera echó en falta su presencia en la cocina, esos minutos primeros del día en que los dos bebían café, sin hablarse apenas. De Carlos le encantaba que no la tuviese en cuenta a todas horas. De hecho fue lo primero que le gustó de él: esa indiferencia cómoda, ese estar sin que molestase o agradase su presencia. Incluso se amaban sin el ardor que se imagina en los amantes. Una mañana, una de mucho frío, en el que buscó su cuerpo en la cama, sin encontrarlo, razonó que Carlos se había marchado. Hay cosas que una sabe, hay evidencias que no pueden ser en modo alguno explicadas. No se dijeron nada entonces, cuando buscaron el piso y dieron el visto bueno a sus grandes ventanales, desde donde se veía la calle, las terrazas ocupadas por cientos de turistas, el hervir melódico de los coches atareados en desaparecer y dejar que otros ocupen su lugar en el mundo. Tampoco ahora. La primera vez que se preparó el café sin él no reparó en lo sola que estaba. Podía ser un error, una licencia narrativa, como le gustaba decir. En su ausencia, podría terminar de escribir la novela inacabada, pensó Lucía. De seguir sin escribir, le decía Carlos, acabarás olvidando la trama, se te difuminarán los personajes, no sabrás nada, no habrá quien la entienda cuando te la publiquen. Al terminar el último sorbo de café, Lucía sacó el portátil, encendió un cigarrillo - cosa que jamás hacía estando él en casa - y buscó la carpeta. Café. Le pareció un título irrelevante la primera vez, pero fue ganando peso. Le encantaba esa brevedad. De un modo que no entendía, esa palabra deshilvanada, un poco hueca, sin asidero del que prenderse, decía más que un título rimbombante, de los que se quedan de momento en la cabeza y hacen que los lectores se inclinen a abrirlo y leerlo. Esa mañana Lucía no salió de la cocina. Escribió lo suficiente como para tomar el timón de la novela y admitir para sí que no se le volvería a escapar nada. No pensó en Carlos en todo ese día.
Carlos
Todo lo que vino después lo recuerdo vagamente. Sí entonces fue importante, si me molestó e hizo que sintiese pena o dolor o todas esas cosas tan dramáticas con las que ella llenaba su novela, no lo es ahora. Fue la llave la que lo contó todo, la puerta que no se abre, el olor a café detrás, el timbre inútil y Lucía adentro. Bajé al bar de enfrente. Me senté en la mesa de siempre. Miré a las ventanas. Las cortinas estaban descorridas y Lucía se movía arriba y abajo. No sé si me vio, no se saben esas cosas. Es posible que no dejara de verme, pero ni una sola vez la descubrí buscando la mesa, percatándose de que yo andaba ahí, esperando no sé qué respuestas. Tampoco tenía preguntas. Nos queríamos sin la certeza de que lo hiciéramos. Uno de esos amores modernos, decían los amigos. Lo extraño es que durase tanto.
Lucía
Esa mañana hice dos cosas importantes. La primera, cambiar la cerradura. Después le envié un whatsapp. Nada patético. Unas sencillas instrucciones de cómo recuperar sus cosas. Elena fue comprensiva. No hizo preguntas, no se hacen preguntas. Solo me dio un beso y me deseó suerte con la novela. Cuando vi el doble punteado azul, borré el contacto.
Carlos
Elena fue un encanto. No hizo falta que me consolara. Yo venía ya conforme. Cogí la maleta y le dije adiós en la puerta. Me besó con ternura. Le pedí que no dejásemos de vernos, pero Elena y Lucía son íntimas. Los íntimos hacen un sitio numantino y no hay quien entre. Mientras colocaba la ropa en los armarios, en los cajones, sonó el teléfono. No era Lucía. Ni siquiera Elena. Uno siempre recuerda el último beso, no los cien que dio antes. Los hombres somos así.
Juan
Me pareció bien llamar a Carlos. Siempre que empiezo una relación pienso en cómo las malograron los otros, todos los otros que estuvieron antes de mí. Y Lucía tuvo dos, que me confesara. De Carlos me reveló lo educado que era. Quizá lo dejó por educado. Yo podré caer en otros defectos, pero no brillo por tener una educación refinada. No la tengo. No me la dieron. O no la quise. Lucía busca en mí lo que no tiene. De entrada yo no leo. No va a encontrar un lector en casa. Ella tampoco se interesa por los deportes. Se puede vivir bien así. Sin compartir aficiones. Mis padres lo hicieron toda la vida.
Lucía
Todavía está en casa un pendrive de Carlos. Tiene unas fotos de cuando estuvimos en Lisboa. Fueron unos días bonitos, la verdad. Ni me acordé de mi novela. Mientras él dormía en el hotel, yo paseaba la ciudad. Le despertaba después, bien entrada la mañana, con café humeante. Lo bebíamos en la terraza. La ciudad invitaba a esa pereza consentida de no decir mucho. Recuerdo las tardes en la habitación. No era un amante festivo, como dice Elena del suyo. Carlos es de los pocos hombres que no exigen cama. La aceptan, cuando llega; la disfrutan, incluso mucho si se tercia, pero no es algo que le entusiasme, ni que eche de menos. En Lisboa fue un amante estupendo. Eso es mucho más de lo que podría decir del resto del tiempo en que vivimos juntos.
Carlos
Sigo sentándome en la terraza frente a la casa. Las persianas están echadas a veces, pero a Lucía le costaba dejar que el día lo iluminara todo. Las abría a media mañana y a veces cuando caía la tarde. Hoy no parece que esté. Ojalá baje un día y me mire y tenga que acercarse. No sabe eludir un saludo. Tampoco cuenta con que yo vaya a subir. Sabe de sobra que no me gusta empezar las cosas. Basta que baje. La invitaré a un café. Le preguntaré cómo va la novela.
Elena
Lucía no entiende la vida, no con lo que ha sufrido. No sé la de novios que ha tenido. Cinco. Siete. A todos los largó y siempre me tuvo cerca para lo que quiso. No es que yo sea experta en consolar a nadie, cuando ni yo me consuelo, haciendo la falta que me hace, pero las amigas están para eso. Para lo que quiera. Cansa que no pare. A algunos les toma uno cariño. Carlos era el menos ruidoso. A mí me encanta la gente que no se deja notar. De los demás no puedo expresar afecto alguno. A Juan, el último, el que se ve venir, le imagino menos duradero que los otros. Se adivina ya en la primera conversación. Yo creo que si termina la novela de una puñetera vez, si la acaba y se la publican, Lucía se echa un novio serio, de los de boda y planes de futuro, pero no le veo las ganas. Se distrae, la distraen. Igual es ésa la vida que le gusta y la novela le sirve para justificarlo todo.
Carlos
Me acaba de llamar un tal Juan. Dice que Lucía está libre y que le toca a él probar. No lo ha dicho así, pero casi. Me pregunta cosas íntimas, que yo rehuyo responder, pero hace lo que yo no supe: planea las cosas, les da un protocolo que no es perjudicial nunca, Lucía estará entusiasmada un mes. Irán a Lisboa, por qué no. Luego se ensimismara con el café, en la cocina. Le molestará que le hablen. Y por nada del mundo, le he dicho a Juan, minusvalores la novela que está escribiendo. Lleva toda la vida escribiéndola. Hay novelas muy largas.
Joaquín
Me han dicho que tenga cuidado las veces que salgo a la calle con mi cámara. Comprendo que a la gente no le guste que no se les pida permiso para fotografiarlas. Las cosas se ven distintas desde este lado, y no siempre tiene uno la habilidad de hacer ver los motivos. Los míos no precisan una explicación, pero estaría dispuesto a darla. Ayer vi a un pareja en una terraza. Se daban la espalda, pero pensé que se conocían y el gesto, darse la espalda, era una especie de escena ensayada o de acto final de una tragedia o de una comedia ligera. A mí no me interesan las historias de las cosas que veo. Me limito a registrarlas. Adoro ese registro, minucioso a veces; impulsivo, otras. En esa ocasión me coloqué frente a la cristalera del local y disparé. No creí que estaba haciendo nada maravilloso, aunque hay ocasiones en que, antes de darle al clic, aprecio el prodigio que tengo delante y rezo para que nada se pierda. Admito que a veces doy con instante y con el encuadre y con la luz. No sé. No es cosa de contar ahora cómo se hace una buena foto. Esta no lo fue. Me gustó verme ahí detrás, en el cristal, duplicado. Como si los conociera. Como si la historia que estaba a punto de inventarme pudiese ser cierta y me incluyese a mí. Como en una película de Antonioni.
Lucía
Café no sale. Se atranca. Parece que avanza, pero no hay movimiento. Tampoco yo avanzo. No me muevo. Estamos los dos. Mi novela y yo. Los demás vienen y se van, pero al final somos los dos. Carlos, por lo menos, se preocupaba por Café. Dicho así, Café, parece que, en lugar de una novela, hablo de un perro. Hoy un hombre nos ha hecho una foto. El hombre que estaba a mi lado no lo sabe, pero él será quien me ayude a terminar la novela. Son cosas que se saben. Se lo estoy diciendo a Juan. Le estoy diciendo que no vuelva a casa. Un whatsapp corto: "No vuelvas a casa, Juan. Le mandaré las cosas a Elena". Ella siempre comprende, siempre acata. Uno de estos días me dirá bien claro lo que piensa.
Joaquín
Ella me ha mirado. Parece reprenderme. Él sigue a lo suyo. Lee en su móvil. Creo que está a punto de venir y pedirme que borre la foto o que haga lo que se me ocurra con tal de que no la tenga. Lo haría. Por supuesto. No razonaría con ella. No podría hacerle entender que no puedo dejar de fotografiar lo que voy viendo. Y que no dejo de ver cosas. La realidad está ahí para registrarla. Lo que no se guarda, se pierde, le diría. Ahora se me acerca.
Lucía
Alguien me hizo una foto. Alguien con barba canosa y una camisa blanca. En realidad nos la hizo a los dos. Disparó en el momento en que yo decidía que Juan no seguiría conmigo. En el momento en que el hombre sentado a mi espalda contestaba el teléfono. En ese instante. La fotografía no lo cuenta. Cómo podría hacerlo. No lo cuenta, pero yo lo sé.
Alberto
Le dije por teléfono que en un mes la novela estaría acabada. La daría al corrector de la editorial, dejaría que hiciesen con ella lo que les viniese en gana, pero Azúcar debía estar en las librerías. Me faltaba darle unos retoques, nada, poca cosa. Hacer que alguien desaparezca definitivamente, hacer que alguien regrese y ya no se marcha. Muchas novelas terminan así. Con gente que va y que viene. Que uno se aleje puede ser tan buen final como que otro se acerque. La literatura es un misterio. De ahí su belleza.
Elena
Hace un año que no sé nada de Lucía. Tendrá quien lea lo que escribe. Quizá le baste tener un lector privado, uno que esté siempre dispuesto a sentarse y a escuchar sus historias. A mí hace un año que no me cuenta ninguna. Estarán todas en los libros.
Lucía no entiende la vida, no con lo que ha sufrido. No sé la de novios que ha tenido. Cinco. Siete. A todos los largó y siempre me tuvo cerca para lo que quiso. No es que yo sea experta en consolar a nadie, cuando ni yo me consuelo, haciendo la falta que me hace, pero las amigas están para eso. Para lo que quiera. Cansa que no pare. A algunos les toma uno cariño. Carlos era el menos ruidoso. A mí me encanta la gente que no se deja notar. De los demás no puedo expresar afecto alguno. A Juan, el último, el que se ve venir, le imagino menos duradero que los otros. Se adivina ya en la primera conversación. Yo creo que si termina la novela de una puñetera vez, si la acaba y se la publican, Lucía se echa un novio serio, de los de boda y planes de futuro, pero no le veo las ganas. Se distrae, la distraen. Igual es ésa la vida que le gusta y la novela le sirve para justificarlo todo.
Carlos
Me acaba de llamar un tal Juan. Dice que Lucía está libre y que le toca a él probar. No lo ha dicho así, pero casi. Me pregunta cosas íntimas, que yo rehuyo responder, pero hace lo que yo no supe: planea las cosas, les da un protocolo que no es perjudicial nunca, Lucía estará entusiasmada un mes. Irán a Lisboa, por qué no. Luego se ensimismara con el café, en la cocina. Le molestará que le hablen. Y por nada del mundo, le he dicho a Juan, minusvalores la novela que está escribiendo. Lleva toda la vida escribiéndola. Hay novelas muy largas.
Joaquín
Me han dicho que tenga cuidado las veces que salgo a la calle con mi cámara. Comprendo que a la gente no le guste que no se les pida permiso para fotografiarlas. Las cosas se ven distintas desde este lado, y no siempre tiene uno la habilidad de hacer ver los motivos. Los míos no precisan una explicación, pero estaría dispuesto a darla. Ayer vi a un pareja en una terraza. Se daban la espalda, pero pensé que se conocían y el gesto, darse la espalda, era una especie de escena ensayada o de acto final de una tragedia o de una comedia ligera. A mí no me interesan las historias de las cosas que veo. Me limito a registrarlas. Adoro ese registro, minucioso a veces; impulsivo, otras. En esa ocasión me coloqué frente a la cristalera del local y disparé. No creí que estaba haciendo nada maravilloso, aunque hay ocasiones en que, antes de darle al clic, aprecio el prodigio que tengo delante y rezo para que nada se pierda. Admito que a veces doy con instante y con el encuadre y con la luz. No sé. No es cosa de contar ahora cómo se hace una buena foto. Esta no lo fue. Me gustó verme ahí detrás, en el cristal, duplicado. Como si los conociera. Como si la historia que estaba a punto de inventarme pudiese ser cierta y me incluyese a mí. Como en una película de Antonioni.
Lucía
Café no sale. Se atranca. Parece que avanza, pero no hay movimiento. Tampoco yo avanzo. No me muevo. Estamos los dos. Mi novela y yo. Los demás vienen y se van, pero al final somos los dos. Carlos, por lo menos, se preocupaba por Café. Dicho así, Café, parece que, en lugar de una novela, hablo de un perro. Hoy un hombre nos ha hecho una foto. El hombre que estaba a mi lado no lo sabe, pero él será quien me ayude a terminar la novela. Son cosas que se saben. Se lo estoy diciendo a Juan. Le estoy diciendo que no vuelva a casa. Un whatsapp corto: "No vuelvas a casa, Juan. Le mandaré las cosas a Elena". Ella siempre comprende, siempre acata. Uno de estos días me dirá bien claro lo que piensa.
Joaquín
Ella me ha mirado. Parece reprenderme. Él sigue a lo suyo. Lee en su móvil. Creo que está a punto de venir y pedirme que borre la foto o que haga lo que se me ocurra con tal de que no la tenga. Lo haría. Por supuesto. No razonaría con ella. No podría hacerle entender que no puedo dejar de fotografiar lo que voy viendo. Y que no dejo de ver cosas. La realidad está ahí para registrarla. Lo que no se guarda, se pierde, le diría. Ahora se me acerca.
Lucía
Alguien me hizo una foto. Alguien con barba canosa y una camisa blanca. En realidad nos la hizo a los dos. Disparó en el momento en que yo decidía que Juan no seguiría conmigo. En el momento en que el hombre sentado a mi espalda contestaba el teléfono. En ese instante. La fotografía no lo cuenta. Cómo podría hacerlo. No lo cuenta, pero yo lo sé.
Alberto
Le dije por teléfono que en un mes la novela estaría acabada. La daría al corrector de la editorial, dejaría que hiciesen con ella lo que les viniese en gana, pero Azúcar debía estar en las librerías. Me faltaba darle unos retoques, nada, poca cosa. Hacer que alguien desaparezca definitivamente, hacer que alguien regrese y ya no se marcha. Muchas novelas terminan así. Con gente que va y que viene. Que uno se aleje puede ser tan buen final como que otro se acerque. La literatura es un misterio. De ahí su belleza.
Elena
Hace un año que no sé nada de Lucía. Tendrá quien lea lo que escribe. Quizá le baste tener un lector privado, uno que esté siempre dispuesto a sentarse y a escuchar sus historias. A mí hace un año que no me cuenta ninguna. Estarán todas en los libros.
9.8.15
Tras la guarida / Cuando nosotros / La segunda novela de Rafael García Maldonado
Una de las primeras cosas que pensé cuando acabé Tras la guarida (Playa de Ákaba, 2015), la segunda novela de Rafael García Maldonado, fue la de la intimidad con la que se lee. Se tiene la sensación, no leve, ni siquiera esporádica, de que la verdad que revelan los protagonistas, una verdad matizada o discutible, es más una confesión, impregnada del pudor que las confesiones acarrean, que una narración literaria, con toda la exhibicionista forma de contar con la que a veces (las más de las veces) los novelistas despachan sus novelas. Y Tras la guarida, en su brevedad, es una novela entera, muy bien pensada, escrita con mimo, resuelta con mucho amor por lo contado, acabada (o no, según uno estime, a capricho de la hondura que se desee emplear en el registro de las cosas que García Maldonado cuenta), una de esas novelas que gana con el tiempo y que precisa una segunda lectura (la que yo le estoy haciendo justo ahora) para que se asiente todo lo que dice, que no es poco, ni debe ser adelantado. Lo que entabla el autor es un juego narrativo con el lector, no uno de esos juegos de aliento metaliterario. No hay voluntad de hacer una novela compleja: la dificultad de la lectura proviene del modo en que la historia debe ser contada. No imagino que todo lo que sucede en Majer, esa invención topográfica formidable que modula en cierto modo la deriva narrativa de la historia, pueda ser aireado de otra manera más eficaz. Novela de voces, Tras la guarida es una historia de amor en la que se cruza una historia de dignidad o una historia de la memoria, que es un personaje en sí mismo, modulando también los monólogos (espléndidos algunos, sobre todo los de Manuela o los del Doctor Rey) que fragmentan la lectura, dulcificando lo que, visto después con perspectiva, carece de dulzor.
Tras la guarida no es tremendista al modo en que lo es el modelo en el que se fija (los posiblemente referenciados Faulkner, Dos Passos, Onetti o Benet). Se afilia con dignidad a todos ellos (entendiendo que no es bueno en literatura escribir con la mirada puesta en literatura ajenas) y busca también un registro personal, una manera propia de expresarse, un gustarse en la idea de que el novelista se va haciendo. Quizá por eso convenga ese realismo, no sé si tremendista o de un dramatismo áspero y trágico. Es en el realismo en donde García Maldonado se explaya y deja volar los fantasmas de adentro, las voces que le cuentan lo que pasó. Le preguntaron en la presentación de la novela (muy amena y familiar presentación) el lugar en donde surge la historia. Lo explicó, lo dejó ahí, a beneficio de fabuladores. Yo quise ir más lejos: no las razones que principian la trama sino las razones que las principian todas. Yo lampaba por saber, más siendo un novelista joven, todavía en ciernes, la arquitectura de la novela, los compartimentos en donde iba dejando los materiales de construcción y a los que acudir, según las conveniencias, cuando la maquinaria de la escritura arrancase. Adoro esa maquinaria. Rafael (ya lo llamo Rafael) lo sabe. No me interesan siempre los argumentos, que los hay excelentes malogrados después en una escritura que los arruina. Es el prodigio de esa construcción lo que me fascina. Por eso Rafael ha escrito una novela admirable. Porque está ensamblada de un modo inteligente y exige inteligencia al lector, ese lector que propugnaba Umberto Eco. La escritura de la guarida es muy buena, de un provincialismo tierno que hace pensar en Baroja o en el cine de Bardem o de Berlanga o incluso del Buñuel más último. Decae (en muy contadas ocasiones, sin lastrar la eficacia de lo que está contándose) por la densidad de todo eso que está siendo contado. Y ahí está el mérito (enorme) de su autor: el de condensar, el de hacer un portentoso relato largo, que no una novela al uso, y no temblar en el registro estilístico de todos los personajes por cuyas bocas esa historia es narrada.
La trama no se deja contar, no se debe difundir. No siendo una novela guerracivilista, parte de ahí, del desastre, como se dice en la novela. De ese desastre se expanden todas las historias que hacen la historia principal y todas las pequeñas ramificaciones que la alimentan. El ajuste de cuentas de la literatura española con la Guerra Civil produjo un hartazgo que Rafael conoce y al que no ha deseado caer. Maneja una de esas ramificaciones, la del alcade del bando ganador del conflicto recluyendo al alcalde legítimo, al republicano, en una choza, en un refugio, desde año 39 hasta el 44, y la estira y la carga de dramatismo cuando hace falta y la alivia, insuflándole romanticismo, cuando conviene. No habrá spoilers, no hay mayor placer que ir avanzando en el discurrir de los personajes, que son los verdaderos escritores de la trama, en esos monólogos en donde Rafael ha dejado todo el peso de la novela. La pueblan los fantasmas, los que vienen del pasado y hacen valer su nostalgia, pero también hay héroes (el doctor, probablemente el personaje que me ha llegado más hondo) y hay atormentados. Todos, en cierto modo, lo son. Se impregna todo de dolor, es cierto. Es una novela dolorosa e imagino también el dolor de alumbrarla, de contar esa distracción (a decir del autor) entre El trapero del tiempo, la anterior, un tocho respetable, y la siguiente, de la que algo dejó dicho cuando presentaba su guarida. Va este hombre haciendo mayor en las letras. Espero no faltar cuando presenta su tercera. Y leerla y contar por aquí, entre el afecto y la admiración, la reseña del libro.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel
La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...
-
Con suerte habré muerto cuando el formato digital reemplace al tradicional de forma absoluta. Si en otros asuntos la tecnología abre caminos...
-
Hace algunos años o algunos cursos (los maestros confundimos esas dos medidas del tiempo), escribí este cuento para los alumnos de sexto d...
-
Hay vida después de las novelas históricas, aunque las estanterías estén secuestradas por dinastías y pasillos secretos, por cetros perdidos...






