11.5.11

"Un ovni persigue a un maestro de escuela"


Mal lo del león porque la gente desconfía de los animales en las historias sobrenaturales. La culpa es de los cuentos de Perrault y de los hermanos Grimm. Mal también porque lo vocee un maestro. Está el oficio muy tocado por dentro y por fuera como para que uno del gremio se tire de cabeza a la boca de Iker Jiménez. Mal que no lo registrase. En este mundo de descreídos sólo nos conforta lo que puede volcarse al youtube a beneficio de pánfilos de la metafísica y de frikis de la ufología rústica. Mal al final por la ocurrencia del maestro en acudir a un bar en busca de testigos del prodigio. En los bares casi nunca se concita un universo de espectadores a los que confiar las evidencias más sutiles. Ni siquiera las más burdas. Baste insistir en el hecho de que fue un bar en donde se produjo el avistamiento masivo para que el que escucha eche la atención a otro lado y confirme a sus adentros la naturaleza fantasiosa del relato. Pero la noticia está ahí, en las hemerotecas, y exhibe el protocolo habitual. Hay un lugar de los hechos (Fregenal de la Sierra, provincia de Badajoz), una cronología (junio de 1.976), un primer testigo (el maestro) seguido de otros varios (los clientes del bar), una observación (el platillo parece un león, brama una llamarada fulgurante y se va después de treinta minutos - muchos, a mi parecer - de hipnótica contemplación) y una reacción popular (los integrantes de la corte del milagro explican a los propios y a los ajenos el hecho singular y comienza la comitiva periodística, los sueltos en la prensa y las comidillas en las calles del pueblo). Jiménez del Oso seguro que indagó en el asunto.
Ignoro qué fue del maestro al que un ovni persiguió por los campos. Ni sé si esa circunstancia extraordinaria redujo su prestigio como educador entre la chiquillería del pueblo. Si fue objeto de chanza en los corrillos del patio o si, en la plaza del pueblo, se explayaban las mujeres relatando el avistamiento, inclinando hacia la desmesura y el barroquismo la noticia en sí. No sabemos nada de estas cosas y hasta es posible que nada relevante ocurriese después de la revelación cósmica. Imagino que el maestro saldría con más reparo a los campos y se guardaría de contar avistamientos futuros en prevención de que se le atribuyera alguna sensibilidad de la que carecía o su imagen en la localidad cayese en picado, víctima de la ufología. En veinte minutos salgo a la calle. Iré a mi escuela con el entusiasmo que las mañanas de primavera (alfombradas de pólenes homicidas) suelen, pero evitaré en lo posible mirar al cielo, dejarme sorprender por manchas en las nubes. Y si tal posibilidad acaece, si en un descuido levanto la barbilla y me topo con una nave interestelar acudiré a un notario. El que pille más cerca. Luego que venga Iker Jiménez y alguna marca de postín que desee patrocinar mi hallazgo. No está la cosa para hacer ascos a un extra. Abrimos el miércoles.
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8.5.11

Quiero un flexo manchego



No soy un lector infatigable. Lo primero en que pienso cuando últimamente compro un libro es si excede las quinientas páginas, digamos. Quinientas es un número de páginas considerable. Luego observo sin prisa la letra. Si no está arracimada y embebecida  y  va de la hoja a mi ojo en un plisplás o si, oh cielos con albornoz, oh gran secreto de las dulces nínfas, la letra se ofrece escuálida, poco ampulosa, jibarizada y pobre. Tiene ya uno sus años y el asunto óptico no es el que era, y hasta ahí puedo contar.

Me emperro con frecuencia con un género y me siento como en casa. Soy capaz de hacer de la tundra ártica un refugio cálido para las noches de invierno, bien arropado en la cama, a la luz cómplice de un flexo estupendo que me agencié hace poco en Ikea. Es más: leyendo esas tramas de Mankell o de Nesbo especulo con la posibilidad de que haya una conexión entre el flexo, inadvertido artilugio que hace su trabajo con esmero y no me falla en mitad de un capítulo, y la propia esencia del relato. Si el hecho incontrovertible de que lo sueco, es decir, algún tipo de contenido molecular impepinablemente sueco, tutele mi ingreso en el sueño noche a noche podría crear en mi alma una especial simpatía hacia el país nórdico al modo en que, después de leer a Dickens o a Austen, dos de mis favoritos, en un sillón de orejas, cerca de una chimenea, uno cree que lo inglés, lo más acendradamente anglófilo, se las ha apañado para penetrar en la corriente sanguínea, accedido al pasmado cerebro e instalado allí, a sus anchas, entre saltos sinápticos y neuronas torpedeadas por imágenes de Bin Laden, de la señora que compra el pan en bata todas las mañanas en mi calle y la beatificación, oh ríos hechos de horas, oh dardos con los que el tiempo nos derriba, del prelado polaco.

La minoría de libros que últimamente me atrae suelen ser prontuarios de moral, recopilaciones de aforismos, toda esa literatura de consumo instantáneo que termina en un anaquel muy alto y a la que se vuelve muy de tarde en tarde o en la casi siempre desagradable tarea de meter libros en una caja, cerrarla con un buen rollo y subirla al trastero. A la penosa circunstancia de que me esté alejando del noble placer de la lectura se añade una de orden logístico: no cabe un libro más en casa. Se acumulan todavía con cierto orden, pero amenazan con desbordar la rutina cartesiana en la que reposan y caer de bruces al suelo o comerle sitio al mobiliario. Leí una vez que un escritor (Javier Marías quizá) poseía un piso que hacía las veces de picadero culto. Allí atesoraba montañas de libros. Habitaciones repletas de muebles con lustrosas baldas. Libros apilados en el suelo, atados con cuerdas, expuestos y vivos, convertidos en emperadores domésticos. Como mis finanzas no permiten que posea más piso del que tengo, contemplo ese alarde libresco como una excentricidad para amenizar la charla en un bar de copas con amigos cofrades de este vicio mío.

Alguien me dijo el otro día: Emilio, tienes que leer La catedral del mar. Consentí dar por buena la recomendación, pero no exhibí el entusiasmo que suelo. Pensé, al hilo del exitoso tocho, todo lo que no he leído todavía y debiera. Pensé en Pynchon, que ayer mismo volvió a lanzarme una mirada lastimosa desde la mesa de novedades de la librería de El Corte Inglés. Ven, cómprame, dame una oportunidad. Pensé en Ian McEwan (mi amigo Miguel me cambió su McEwan por mi McCarthy: todo muy escocés) y en Martin Amis, en la última novela de Rafael Reig y en El Quijote. Y entonces se reveló la verdad. Supongo que las ideas importantes, las que uno cree válidas y de las que se vale para comportarse con los otros y ser bueno y noble y digno en este mundo, se producen a modo de chispazos. No se elaboran metódicamente. Yo, que soy caótico en casi todo y no puedo estar quieto más de horas en un sitio, me debo a esos voluntos del alma y en base a esas revelaciones actúo. Como si fuese la magdalena de Proust, pensar en La catedral del mar y en mi aversión a leerlo (sin base teórica fiable, no tengo interés alguno en meterle mano) me condujo a Alonso Quijano y a su Sancho. ¿Cómo voy a leer una intriga catedralicia, un best seller absoluto, uno de esos libros que regalan en el BBVA cuando dejas treinta mil euros a plazo fijo o domicilias allí la nómina, cuando todavía no he leído de cabo a rabo, voluntaria y gozosamente el libro de los libros, el sublime Quijote de Miguel de Cervantes?

Y llevo desde anoche con el libro en la cabeza. Instalado en la fibra más oculta. Anulando de cuajo otras inclinaciones de mi yo ocioso. Estaré esta tarde viendo a Fernando Alonso, quinto en Turquía, qué rutina,  y una parte de mi cabeza estará pensando en Cervantes, en los libros de caballerías, en Dulcinea y en los molinos que no eran gigantes. Veré después a Nadal medirse con Djokovic (una tarde deportiva a lo visto) y esa misma parte de la cabeza continuará sintiendo con dureza la falta grave de mi apetito lector, la mancha de mi cultura clásica, el pecado impronunciable, el delito mayor de quien se jacta de haber sido lector voraz, bulímico y pantagruélico hasta el desmayo óptico. Sí, el hombre con su flexo de Ikea a la vera de la cama. El que ha dedicado más horas a leer y releer a Borges, a Poe y a Cortázar que a hacer footing por la periferia de las ciudades en las que ha vivido o a hacer de manitas en un sótano, haciendo bricolage amateur para que mi señora presuma de marido.Tendré que comprar un flexo manchego a ver si me inocula el amor al Quijote.  (Conste que he escrito flexo. El queso ya está endiosado en mi memoria gustativa.) Estará ahí, en ese fluído místico de luz, en esa extensión voltaica, el hechizo, el ardor repentino, el deslumbramiento que preciso para dejar de buscar cadáveres en la tundra nórdica y perderme con el caballero de la triste figura por los campos de Criptana.

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4.5.11

De qué hablo cuando hablo de Murakami (Primera entrega)



En ocasiones la vida parece una vida de encargo. Obra en silencio la trama o debo decir la convicción de que una trama exista, pero a la vida la gobierna el azar, la administra el azar, la convierte el azar en esto trágico con lo que nos levantamos a diario y en lo que abrimos pecho como si nada pasase, como si fuese en verdad la vida un encargo de otro, una novela. Caso de que la vida sea una novela sería una de Proust o de Faulkner. No sería jamás una novela de Murakami. Tampoco me hace feliz la idea de que la vida sea una novela si se arrima a la idea de novela de Ken Follett o de John Le Carré. Confieso haber leído sus argumentos adictivos, haber entrado y salido de los personajes, sentido el suspense de la historia, pero no miman la palabra. La abandonan, la subordinan al concurso de los acontecimientos. Prefieren el lustre de la intriga, saben los dos que el que lee es un devorador de tramas, una de esas almas descarriadas a las que la vida no les abastece de ardor ni de belleza y terminan (ay) cayendo (yo he caído, yo he sido un devorador de tramas, yo he robado horas al sueño por Follett y Le Carré) en best sellers. Pero sobre todo temo a que la vida termine pareciéndose en demasía a una novela de Murakami. De hecho es de Murakami de quien he venido hoy a escribir. De cómo aburre su escritura y de cómo, aburriendo, no conduce a ningún sitio ni te hace sentir feliz o perplejo o emocionado durante la travesía. Aparte de lento, lo que cuenta Murakami es irrelevante. La vida (razono) no debe ser aburrida y debe conducir diariamente a algo. Debe (además) hacernos sentir felices de vez en cuando, perplejos (eso lo consigue sin esfuerzo) y hasta dejarse llevar por la emoción y ponernos tiernos, sentimentales, frágiles como un haiku de petaĺos. He leído los cuentos del sauce, Tokyo blues, el de Kafka y la del pájaro que da cuerda al mundo y con eso (creo) he tenido bastante. Lo que no comprendo (una de las tantas cosas que no acabo de entender) es la razón por la que existe esa querencia hacia los libros de Murakami. Cómo vende lo que vende. En qué hechizo cayeron los que, abriendo sus novelas, creen estar penetrando en un mundo fantástico, en un país asombroso al modo en que solo la buena literatura es capaz de abastecer a quien lo solicita. Los hechizos son inaprehensibles, no se dejan capturar por lo cartesiano, jamás se aleja del confort del corazón, ahí en donde bombea sus jugos más amorosos. Peor sería, tú lo sabes, oh Miguel, testigo de mi vicio, beber los vientos por Bucay, creer que a la vida podemos curarla con grageas espirituales de saldo, con pastillitas de alegría express, pero eso entra en un post que espera su turno en el editor de mi blog.



3.5.11

Apocalípticos e integrados




 I
Está siendo un mes intenso para los apocalípticos. Los integrados, en cambio, vivimos la mar de felices. A los que custodiamos el bienestar público nos corteja la suerte. No hemos salido todavía de un proceso de beatificación de un Papa cuando se nos casan dos pimpollos británicos a mayor gloria de la música acuática de Handel. O primero fue la boda y luego la cosa pía. No puedo tenerlo claro porque vivo en un alborozo continuo. Me despierto sintonizando el mal en la radio y termino escuchando el último disco de Enrique Iglesias, lo cual demuestra que Dios existe y está al tanto de los quebrantos morales de sus hijos y los mima y les cubre de carantoñas espirituales. El apocalíptico, sin embargo, sintoniza un dial, oye rumbas catalanas y copla, pero en realidad él cree estar escuchando voces del más allá que le confían al oído los términos narrativos del fin del mundo.

II
Hay quien festeja lo que no entiende y duerme sin quebrantos ni fracturas. Quien sencillamente colecciona alegrías y dispone que la suya propia depende de lo intensas y abundantes que sean las ajenas. Quien maneja sin alboroto el drama y escurre la metafísica. Quien se deja vivir y deja que los demás vivan a su antojo. Quien no se solivianta porque Messi esta noche le haga cinco a Casillas ni se inmuta porque Bildu no haya sido bendecida por los jueces o a Bin Laden le hayan borrado de cuajo, en plan comando de play, la condición de fantasma. Quien no ha visto replicantes en una sala oscura ni ha leído versos de Góngora en un risco en el campo. Quien no ha escuchado a Ella Fitzgerald cantar por Porter. Quien ve a Obama y cree estar viendo a un pastor de almas. La mía se descarrió en un verso de Bukowski o en un pub inglés descubriendo a Dios en el fondo de un whisky. Se descarrían las almas como se despeñan los cuerpos. Se cree uno que todo es para siempre, pero llegan los soldados americanos y filman en alta definición la batalla de las batallas, el roto en el corazón de las tinieblas. Sospecho (finalmente) que soy un apocalíptico amateur. Que en cierto modo lo somos todos. Me veo a veces integrado. Pagando facturas. Yendo a la Oficina Tributaria a hacer números. Escuchando las ofertas de ADSL por teléfono hace escasa media hora. Pienso que está bien la incertidumbre. No saber si esta noche será Canaletas o las Cibeles el lugar en donde el pueblo no precisará de un pastor que lo conduzca y abrevará en el agua de la vida por obra de una pelota de cuero que se aloja (a veces absurdamente) en una portería de fútbol.

2.5.11

Descabezando el mal


Hoy apiolaron al que lo arrojó. Poética o no, hubo justicia.

Fergus / Tomado de Doce



¿Quién irá desde ahora en el carro de Fergus
a rasgar la penumbra del recóndito bosque
y bailar en la orilla de las aguas en calma?
Alza, joven, tu frente pelirroja,
y alza, niña, tus párpados serenos,
y no penséis ya más en miedos y esperanzas.

Y no penséis ya más con esquiva mirada
en el misterio amargo del amor;
pues que Fergus gobierna las livianas carretas
y gobierna las sombras de los bosques,
y el blanco pecho del sombrío mar
y todas las errantes estrellas despeinadas.

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1.5.11

Sabato está con Borges


La vida es tan corta y el oficio de vivir tan difícil, que cuando uno empieza a aprenderlo, ya hay que morirse.
                       E.S.



Incluso Sabato precisó de Borges para que yo lo leyera, pero disfruté de ese escritura precisa, rica como pocas, que indagaba en lo existencial, en lo espiritual, en la vida contemplada como lo haría un científico, pero expresada en boca de un obrero de la palabra, uno que la mimó y le dio calidez y un humanismo muy provinciano, como de andar por casa. Se ha ido a los noventa y cuatro años y no parece que en un día en el que el Papa Wojtyla, Mourinho y los Duques de Cambridge copan los noticiarios su muerte vaya a adquirir alguna relevancia. No vende Sabato como no venden los libros. O lo hacen si no hay noticias de más alcance que ofrecer. Es un domingo gris, llovizna, me siento un poco triste por el hecho de que ya no está entre nosotros. En realidad, pasa siempre igual con los muertos ilustres que no conocemos, nunca estuvo. Está El túnel y Sobre héroes y tumbas aquí detrás mía, en un anaquel. Quizá (ahora lo compruebo) cerca de Ficciones, de El aleph. No sé si Ernesto y Jorge Luis se encontrarán en la eternidad y discutirán sin estorbo (como si se hubieran suicidado para comprobar si hay vida más allá de la semiótica) sobre Heráclito o sobre el eterno retorno. Sus cosas, vamos.

Beato, santo



Alcanzo a comprender las razones de quien cree en algo: se cree sin argumentos, se obedece la ciega razón del corazón que recibe el asombro inexplicable de un misterio. Entiendo que la fe mueva montañas y que esta mañana de domingo a la plaza de San Pedro la alfombren miles de creyentes que comparten un credo, un catecismo y se emocionan por la beatificación de uno de los suyos. Creo que a nadie dañan haciendo lo que hacen porque todos, en el fondo, en un ámbito u otro de la vida, practicamos la espiritualidad, la concentramos en un punto y luego la hacemos estallar en una festividad absoluta de los sentidos. Hay en la fe un hilo metafórico admirable que incluso el ateo radical, ese fanático que levanta otra religión al margen de la que critica, aprecia si tiene sensibilidad hacia la poesía o hacia la belleza. Quizá haber leído poesía haga que yo no me haya convertido en un extremista en cuestiones religiosas y exhiba sin pudor mi desconfianza en los mandos eclesiásticos, en los festejos que organizan y en toda la (a mi entender) mecánica puesta en escena de amor a la cruz y al mensaje que inspira. Una cosa es respetar sin doblez a quien verdaderamente profesa la religión que le plazca y otra bien distinta la milicia humana que organiza y distribuye, a placer, considerando los beneficios del reparto, ese bien mayor y abstracto, metafísico y absolutamente legítima que es la fe en la existencia de un Dios allá arriba en el arcano cielo.
Por eso no advierto nada que me emocione en la beatificación de uno de sus próceres en la tierra. Entiendo una vez más (porque soy en mi natural abierto un hombre educado y de escaso afecto por los extremos de las cosas) que hacen bien lo que hoy se congregan en Roma para vivir ese festín cristiano, pero no deja de parecerme un reclamo mediático para izar la derribada imagen de la Iglesia en lo social, en la vida del pueblo, que se aleja de los credos íntimos de su discuro y se acerca (paganamente) a lo meramente folclórico, al devocionario plástico, a las Vírgenes inundando las iglesias y a la subida a los altares del cielo a los Papas bienhechores que ellos mismos patrocinan.




El fuego místico no tiene nada que ver con esta entronización a medio camino entre el show burdo de un concierto de los Jonas Brothers y ese inagotable gentío que se encapsula en un slogan contra el aborto y ocupa las calles. En mi ignorancia teológica (en mi falta de hondura catecumenal, digamos) no sé con certeza los méritos del Papa beatificado, si se ha excluído de ese listado de honores la protección a Maciel a sabiendas de que entre oración y penitencia se beneficiaba carnalmente criaturas prepúberes y amasaba una fortuna enorme encauzada a pagar silencios y a ganar sicarios. Quizá han leído por alto esa parte de la biografía o ésa otra en la que el Papa polaco confraternizaba alegremente con dictadores urbi et orbi. De Videla a Pinochet sin olvidar a Stroessner. Hasta el sanguinario Mugabe está hoy en Roma para el asunto beatífico. A Holanda o a Alemania o a España no puede entrar, pero el Vaticano es un punto singular en los mapas, una cápsula extraña, un reino sin mujeres, un merchandising que ya quisiera Coca-Cola o McDonald's.



Wojtyla fue el Papa Bueno, a decir de quienes lo siguieron, pero hoy no se trata de que sea él mismo el objeto de este acto de masas sino el hecho de que lo sea cualquier otro. En mi ignorancia, en este estado mío de suspensión de la incredulidad, no sé qué es eso de que alguien sea, en estos tiempos de relativismo, de moral disoluta y de capitalismo asalvajado, que hasta las Cajas de Ahorros Episcopales se abisman en fondos de inversión temerarios y en otros agujeros crediticios, digno de ser llamado Santo. No hay ya santidad ni hay beatitud en este mundo: nadie está libre de culpa, nadie escapa al invento cristiano del pecado, nadie puede arrogarse la condición de pío y manso y prócer magnánimo de todas las buenas causas. Siempre hay un desliz ético, un indicio de que se obró egoístamente, de que se dio la espalda a la palabra de Dios o la Constitución, que es un libro más afín a mis cuitas morales que el libro de los libros, con todas sus metáforas, sus historias milagrosas y su sanguinarias y cruentas parábolas. 


«Se han reconocido en él una simpatía arrolladora y una capacidad singular para el acercamiento cálido a los más débiles y a los más desheredados de este mundo. Sabía identificarse con su suerte y convertirse en el defensor indomable de sus derechos»

Monseñor Rouco Varela, hoy en la Tercera de ABC


posdata:

Sí, Rouco, simpatía y capacidad reconocidas, pero no entra en esa reducida pancarta de elogios el silencio hacia el desmán del SIDA, la obstinada, cerril y criminal censura al uso del condón en la suerte de todos esos débiles y desheredados, iletrados y cómplices de cualquier palabra mágica que les extraiga de la pobreza y les prometa (ay, qué chantaje) el inasible cielo, que caen como moscas en las tinieblas de la enfermedad porque su pastor, el que les guía el alma, no condesciende a que sus súbditos morales los usen sin temor a que pierdan el paraíso. 


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Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...