6.11.09

No cabremos

No veo a Paul R. Ehrlich, un biólogo de poblaciones, uno de esos intelectuales de universidad que poseen un discurso provocador y se buscan enemigos y amigos a partes iguales, en una manifestación provida de las que suelen ocupar las avenidas madrileñas cada vez que la Conferencia Episcopal moviliza a su parroquia y ametralla consignas contra el progreso, que es uno de sus enemigos declarados. No veo a este hombre enaborlando pancartas a favor de la vida. Y no es que este demógrafo inglés, que acaba de recibir un premio de Ecología de la Generalitat catalana, sea un insensible, un bruto, un criminal ni nada de esa guisa. Su discurso es razonablemente práctico. Dice el buen hombre que la bomba demográfica va a reventar las expectativas de bienestar en el planeta Tierra. Que somos demasiados. Que estamos agotando las reservas. Que el agua escasea y va a escasear más todavía. Que población y consumo van de la mano y hasta entra en lo posible que terminen en conflicto y el consumo, que es la madre de todas las teóricas madres, exigirá su peaje y nos mandará a todos a la Edad Media o al Apocalipsis del que algunos hablan pero al que visten de teología o de divinidad cuando es más terreno que un olivo. De lo que habla este doctor ya anciano es la de la irresponsabilidad de traer al mundo a más de dos hijos. Aduce que los políticos no saben de demografía o no se buscan asesores que les hagan saber.
Seremos 9.000 millones de bocas en 2.050. A esa fecha yo estaré muerto. No veré el caos. Me perderé el colapso global. Como no soy un ecologista excéntrico, no expongo mi decepción con sólidos argumentos de conciencia. Mi alarma es estética. Incluso moral. Me pregunto en qué desquiciado juego se permite el ingreso de todos los jugadores. Caigo en la cuenta de que la batalla es más profunda de lo que parece. Mientras uno se alistan en las milicias de la vida como un don sagrado, otros borramos los adjetivos y cuidamos de que estemos bien o de que estemos mejor los que ya andamos por aquí. No somos pocos. Lo irresponsable (no lo digo sólo yo, no lo defiende únicamente mi particular manera de ver las cosas) es que los países en franco progreso o los que llevan ya decenios en esa bondad democrática, los alfabetizados, los que disponen de un rango cultural mayor, tengan gremios que censuren toda profilaxis, que criminalicen a quienes piensan qué vidas van a traer al mundo.
Tampoco sé si es simplemente una de esas batallas entre intelectuales. El humanista contra el ecologista. El católico contra el descreído. Desde Malthus han caído muchas teorías, pero todas convergen en un mismo lugar, uno patético, mirado con detalle. Se resume a aceptar que la casa común no tiene suficiente espacio para sus inquilinos. Es una verdad incontrovertible. No hay dispositivo racional que la contradiga. Esto va a reventar y quizá sea necesario sentar en una mesa a quienes pueden evitarlo y no dejarles que se levanten hasta que haya algún tipo de consenso.
En términos médicos, la metástasis es ya inevitable. El cáncer está ahí. El símil es del propio Ehrlich. El Vaticano se opone frontalmente a que algún tipo de planificación sea alentada por los gobiernos sensibles. Vendrán los hijos que quiera Dios. Con lo sencillo que es separar sexualidad y procreación y educar a las generaciones futuras con vistas a que no pierdan el tiempo en nubes místicas. A lo mejor es un buen paso convencernos del todo de que vivimos en un país laico. Convencernos de que el mundo, puestos a ser estrictos, necesita laicos. Tampoco muchos. Vaya que no quepan.

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31.10.09

Um fingidor


O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.

E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.

E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração
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Traducción

El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.

Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.

Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón

Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)

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Huele a Arkham esta noche...



Álex me hizo pensar en Lovecraft. Busqué uno de los relatos que más me gustan (En la cripta) y me lo zampé en mi sillón de orejas. Después mi convalecencia (una vulgar gripe, un catarro provinciano, una demolición absoluta de la salud) hizo que encontrara una formidable página en la que venden (sí, no miento) perfume inspirado en los cuentos del maestro norteamericano. Imaginen una esencia de insectos triturados, dioses primigenios, moho del siglo XIX y baba de leproso. Quien tenga a bien acicalarse con esta quintaesencia de lo tétrico, visite The Black Phoenix Alchemy Lab Perfume y luego pásese por este rinconcito sano de la Red y cuente a los escépticos si de verdad huele a sótano. Un sótano en Arkham, claro. En fin, un heraldo de lo siniestro. Un regalo para sibaritas. Sólo cuesta quince dólares. Visa, American Express, Mastercard o lo que tengan a mano, y a ligar en Halloween. Estos tiempos de descreimiento moral merecen estos recursos librescos. Están a tiempo.

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29.10.09

La silla de Clifford Brown


Hasta hoy no sabía que había sillas de jazz. Las hay de velatorios y de cine de verano. De iglesia muy pobre y de fiesta de barrio. Cuando descubrí la foto en una de esas búsquedas caóticas que uno realiza cuando enciende el ordenador sin un propósito fijo, escuchaba a Clifford Brown. Así que una de ellas es suya. La silla de Clifford Brown. Las otras dos no tienen todavía dueño. ¿Miles Davis y Kenny Dorham?

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Halloween 2009


José Sánchez, obispo en Guadalajara, alerta sobre la inconveniencia de que Halloween desplace costumbres cristianas. Al obispo y a la comunidad católica le incomoda ese relativismo al que el Papa suele acudir cuando proclama la debacle moral de la sociedad. No hay tal hundimiento ni un cisma de atropellos pecaminosos se cierne sobre queienes, al hilo de la moda importada, lo practican, que suelen ser (en su amplia mayoría) infantes y adolescentes, hechizados por la iconografía de la fiesta pagana.
El desplazamiento es relativo. Lo que hay, en todo caso, es una razonable alarma de las parroquias al ver cómo la normativa tradicional en asuntos de culto está siendo (únicamente en parte) desplazada por estas devociones extranjeras y, por tanto, indignas. Dicen que Halloween no es una fiesta inocente. La cristiandad tampoco lo es. Ninguna religión, en el fondo, lo es. Todas edifican su doctrinario invocando la salvación de unas almas, juego que teatralizan durante la vida del feligrés hasta que, llegada su óbito, nada hay a lo que aferrarse para comprobar la veracidad de la promesa.
Nada hay de anormal en la proclama del prelado alcarreño. No batalla contra calabazas huecas (que antes fueron nabos y su deficiente cosecha en los Estados Unidos provocó su sustitución) ni contra esqueletos. El truco y trato es una insignificancia, una afrenta a los códigos morales cristianos que se queda en un ruido diminuto, en una nimiedad. A lo que se enfrenta la Conferencia Episcopal es al negocio puro y duro, a la universal receta del trueque, al tópico ése que decía que el cliente siempre tiene razón. En asuntos de mercado y en asunto de salvación de almas. La fe tiene también su clientelismo. El alma es tóxica. La vida es tóxica. Las religiones son paternalismos acérrimos, tutelas interesadas, metáforas adictivas, letra pequeña.

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25.10.09

Moon: ... Planet Earth is blue and there's nothing I can do...


Cosechadoras de gas en la cara oculta de la luna. Hay que ser hijo de David Bowie y haber visto en casa astronautas tomando café en la cocina para imaginar Moon y luego filmarla. O hay que haber visto cien veces 2.001, una odisea en el espacio o Blade Runner o Solaris o haberse leído las crónicas del Asimov más ameno. Major Tom andaba por allí. De resultas de esta alegre zarabanda de cosmonautas nace Duncan Jones, el director de Moon, su ópera prima, la mejor película de ciencia-ficción del siglo XXI. Philip K. Dick, que es el pater familias de todo este caos metafísico, sobrevuela una historia absorbente, que fascina por su limpieza narrativa y por desplegar un tipo de suspense al que no estabábamos acostumbrados desde que los replicantes comían arroz chino bajo la lluvia.
Resulta penoso (o resulta lógico) que la única vía que le queda a la filosofía en el cine siga siendo la ciencia-ficción. Moon escudriña de nuevo las preguntas fundamentales que se hace el ser humano. A algunas les da respuesta la religión; a otras, la ciencia. Entre la fe y la razón, hurgando en una y en otra, está Sam, que es un minero galáctico, una especie de eremita tecnológico al que han contratado para satisfacer las altas demandas de helio-3, la energía del futuro, la única posible, y que de pronto comienza a cuestionar la realidad. La de Moon sucede en un menos aséptico de lo esperado cubículo cósmico. En ella suceden más cosas que en muchas películas del género que recorren distancias siderales.
Aunque quizá lo verdaderamente importante en Moon es la denuncia de la absoluta falta de principios morales que gobierna esta sociedad en la que vivimos o en alguna otra cerniente. La ciencia-ficción es un género fantástico para contarnos las cosas que nos suceden por dentro en el paradójico atrezzo del universo, en ese espacio negro y puro, infinito, en el que el hombre tal vez habla consigo mismo y encuentra las respuestas con las que no da en la sórdida, impura y rutinaria Tierra.

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23.10.09

Si la cosa funciona: el formidable ocaso del genio


Una de las cosas más extraordinarias que provee el arte cinematográfico es aquélla en la que se nos da como creíble y hasta enteramente fiable lo que en la vida real nos parecería asunto fantástico, de escaso credito o abiertamente falso. Al cine le confiamos la gestión de esa porción de felicidad basada en la fantasía o basada en el cuestionamiento de la realidad. La otra circunstancia favorable que concurre estriba en la fascinación que ejerce el cine cuando se limita a contarnos, sin alambique épico, sin el concurso de la imaginación voladora, la vida real, la que nos ocupa a diario.
Woody Allen nos ha contado con absoluta maestría ese espacio doméstico, limpio de volutas infográficas, escrito con la veracidad del que escruta esa realidad y extrae de ella las historias de más sencilla literatura. Busquen en su imaginario cinéfilo y encuentren el ejemplo que mejor se acopla a lo aquí contado. No tardarán en dar con los necesarios. De hecho yo sigo pensando que Woody Allen, el mejor Woody Allen, al menos, cuenta siempre la misma historia, aunque se esmera en confundirnos al moverla de escenario o al introducir personajes aparentemente novedosos o desenlaces parcialmente inéditos. Todo, sin embargo, está escrito en el infalible cuaderno de trabajo de este genio incansables, fatigado ya en la vejez, que sabe cómo funciona el engaño del cine y rinde al exigente público (el suyo es de los más inteligentes que pueda haber) muy medidas raciones de realidad, entregada a manta, construída bajo la mala uva de su humor, que no es negro ni chabacano ni bebe de la actualidad para ir a la moda sino que se escribe con mimbres clásicos, con inbatibles argumentos universales. Dentro de cien años veremos con la misma satisfacción Si la cosa funciona, la última entrega en pantalla y, a lo visto, la mejor desde que cambió el modelo narrativo y las intenciones estéticos y filmó una de las mejores películas que yo haya visto recientemente y que es la menos suya de todas: hablo de la formidable, en todos los aspectos, Match point.
Ver una película de Woody Allen sigue entusiasmando. No existe abatimiento. La peregrina idea de salir insatisfecho no nos cohíbe y hacemos la cola. Las colas en el cine cuando proyectan una película de Woody Allen son colas de iguales. Gente cortada por la misma tijera cinéfila. Gente sana, en su mayor parte, que disfruta las piruetas verbales, los gestos, los trompicones de la palabra del genio neoyorkino. Hay en esa cola una íntima sensación de júbilo. Si un fan irredento de Michael Bay lee esto y concluye que también siente eso cuando asiste a su última gamberrada visual no tengo argumentos para contradecirlo. La fe en lo que uno cree carece de un prospecto leíble, llevable a término. A mí, que he hecho cola para algún Transfomer por obligación parental, me ha llamado la atención el griterío de la muchachada, la explosión de nervios agitándoles el pecho y desatándoles la lengua, pero no nos desviemos...
Si la cosa funciona no funciona. No al menos como quisiéramos. No basta que sea una rémora del trabajo de los ochenta. No es suficiente que Woody Allen haya retomado su lenta descripción de la ciudad de Nueva York y las neuras, frustaciones y subidones de vida (la vida en ocasiones asciende el torrente sanguíneo como una toxina, pero no nos damos cuenta) que sufren sus inquilinos. Si la cosa funciona no es el cine ejemplar de antaño. Habiendo momentos brillantes, sobran los rutinarios, y eso que puestos a ser exigente (ya lo hemos advertido) la filmografía de Woody Allen podría pecar de abusar de esos tics, de esas situaciones arquetípicas, resueltas con abundante carnaza semántica.
La historia del profesor de mecánica cuántica en su desvencijado, destartalado y gris apartamento del Nueva York más tosco y también desvencijado, destartalado y gris que ha filmado Woody Allen no es una historia nueva. La hemos visto antes. Muchas veces. La historia de la bruta chica de pueblo, mal hablada, inocente y buenetona, que llega a la gran ciudad para escapar del provincianismo que la oprime (aunque eso al principio ella nunca podría expresarlo así) ya ha sido contada (Poderosa Afrodita). Aquí no hay coro griego pero el protagonista nos habla, se excluye de la ficción y mira a la pantalla para hacer de la voz en off más carnal que pueda imaginarse.
Todo el paternalismo de Woody Allen converge aquí para demostrarnos que la vida puede ser maravillosa (una pena, al hilo de la frase de marras, la muerte del excéntrico periodista deporti vo Andrés Montes, yo la he sentido así, al menos) y que vivir siempre da un extra de entusiasmo, si la cosa funciona... El hombre que era lo suficientemente feo y lo suficientemente bajo como para triunfar por sí mismo se ha permitido también una excentricidad, se ha copiado a sí mismo y ha perdido en el tránsito una brizna de genio, pero juro que disfruté mucho con lo que ya traía de casa antes de entrar al cine. Sé lo que digo. Me daba lo mismo (o casi, no exageremos) que todo fuese un desastre enorme (desastre tipo Vicky Cristina Barcelona). No lo es en ese grado. Hay (insisto) talento, ocasiones aprovechadas para hacer cine del bueno, pero el genio está cansado, ha cogido sus frases y las ha reescrito, sin entregarse al más genuino oficio de escribir otras nuevas. Se lo excusamos. Además es el único cineasta del mundo que levanta a sus protagonistas a las cuatro de la mañana, los junta en la cocina y los pone a parlotear asuntos de una trascendencia absoluta, perfilada por un humor brutal y arroja a uno de ellos por la ventana con la terrible decisión de quitarse ya definitivamente del medio. Pero el infortunio se alía con ellos y su vida dura una película. Justo eso.
El cine, así abría esta reflexión de viernes noche, abre puertas donde antes había muros, jardínes donde eriales, burdeles donde altares o viceversa. Woody Allen es el único cineasta (vivo) que no abre ni cierra nada. Todo está ahí. Él se limita a contarlo de una forma que es suya. Woody Allen es su propio género. Bergman, su admirado Bergman, era también el suyo. Michael Bay, ay, lamentablemente está consiguiendo a pasos agigantados (y caros, vive Dios) el suyo en propiedad o en alquiler, según tercie el mercado.





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20.10.09

Ágora: El círculo impuro



I
Más que una película, Ágora es un estado de ánimo, una vía formidable para regresar a la filosofía, aunque sea en la barra de un bar y no se hable una sola palabra sobre cine. En ese sentido, Ágora no es una película o lo es al modo en que sucede como una película, pero Amenábar ha abandonado los dispositivos narrativos clásicos (que exhibió con robustez en Los otros, por ejemplo) y ha cargado las tintas en lo teológico, en esa filosofía de andar por casa, sencilla, alejada de sofismas y tautologías, más doméstica que otra cosa. ¿Qué tenemos? ¿Un peplum metafísico? ¿Un panfleto agnóstico? Probablemente Ágora funcione en ambos sentidos. En la rendición de una historia que puede seguirse sin involucrarse en exceso y en la historia que interesa por lo que significa y no tanto por lo que es. Ágora, en ese sentido, es la cinta más extracinematográfica que yo haya visto en los últimos tiempos.
II
Los cristianos, en Ágora, transforman la Biblioteca de Alejandría en un establo y después de quemar los libros. Un pueblo embrutecido y ágrafo conviene siempre a estos propósitos. Después queman también a los judíos, que son un gremio belicoso, incómodo, el único consciente del poder rebelador de la palabra.
III
Los cristianos de Amenábar son una suerte de facción bárbara de lo que no debe ser nunca una religión. El hecho de que el director se declare ateo (primero) y agnóstico (más tarde) podría hacer pensar que hay una intención condenatoria. Hay, no obstante, un pulso continuo entre la ciencia y la fe, entre el saber y la creencia.
IV
Los parabolanos, la milicia cristiana que ocupa las calles y se apresta al combate, están vestidos talibanamente. No parece un hecho casual. Se advierte, en todo caso, la mano del director. La turbamulta caótica que arrasa la Biblioteca y la reduce a un griterío de gallinas sirve únicamente para exhibir la grandeza de la violencia, su plasticidad, el hecho de que el cine (el peplum, John Ford, las cintas de aliento épico tipo El señor de los anillos) agranda su aliento épico con estos despliegues grandiosos. Amenábar abusa del plano cenital. En su extremo, acude incluso al plano cenital total, que consiste en algunas imágenes sobrecogedoras (Kubrick ahí de fondo como un animal sabio y fiero) del planeta Tierra visto desde el puro espacio exterior. Ágora es un tratado de astronomía razonable. Hay que darle derechos de autor a Manolo García y a Quimi Portet. Por la idea. Por el espíritu semántico del asunto.
V
Casi nada turba en Ágora. Mucho de lo visto aturde. Entre la turbación y el aturdimiento, aparte de la similitud fonética, hay un mundo. Las carencias emocionales ni siquiera son paliadas con belleza plástica. La hay a ratos: la hay a dentelladas. Sólo en momentos muy puntuales. Yo me quedo con el plano inverso: esa rotación de la cámara que deja al espectador (a mí, no voy más lejos) en el asombro al que luego nunca regresa.
VI
Si tenemos que elegir algo memorable en Ágora es la figura de la astrónoma Hypatia. Busca la verdad o busca la pureza del círculo, que luego deviene elipse y fractura del ombliguismo cósmico. El obispo Cirilo, que la denigra sin salirse de las Escrituras, remite al abad custodio de El nombre de la rosa. Durante parte de la historia pensé en el libro guardado, el que en la novela de Umberto Eco precipitaba la barbarie dentro del convento. Los libros en Ágora sufren. Ver un libro arder es ver morir al mundo. Ese mismo obispo ordena a sus mercenarios (qué son, al cabo) que cubran la cabeza de Hypatia justo en el momento en que va a ser ajusticiada. Al tufillo talibán de las hordas cristianas le podemos añadir sin pudor ético el burka. Cerrando círculos morales.
VII
Me contaron que en las iglesias de mi pueblo se pasó una advertencia por escrito que censuraba la asistencia al pase de la película en los cines. Juro que disfruté al oírlo. Sin gustarme en exceso, sin conceder yo que sea una gran película y que merezca la masiva presencia del público, me encantaría que arrarasa en pantalla. Aunque únicamente fuese por suscitar después alguna conversación a pie de barra de bar. La recomendación parroquial no tiene desperdicio intelectual.
VIII
Leo en la Red, en algún libro pillado a vuelaojo en la Biblioteca de mi pueblo, sin quemar, no crean, que la historia contada por Amenábar no es fiel a la auténtica. Por supuesto. Amenábar ha tirado de ficción. Ha escrito una historia sobre los fanatismos y ha conducido la narración por los caminos por donde se le podía sacar más partido comercial. Corren malos tiempos para los relativismos, dixit The Pope. Amenábar los sacraliza. Viva el relativismo. No está mal una pizca de ficción. Si guarda algún parecido con la realidad, mejor. Haría falta ahora una Ágora guionizada por César Vidal y dirigida por... (se me ocurren un par de directores, pero están de retiro, escamados de la supremacía progresista en la taquilla hispana)


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Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...