24.8.09

Extraña fruta...


Cantar a Billie Holiday llevando sangre marfileña y sefardí en la sangre da discos como éste. Contamos entonces con la idea de que la sangre de uno dicta tonos de voz y afinidades estéticas. Contamos también con que a Billie Holiday la puede interpretar una de esas nuevas divas del jazz que nacen en Japón o en Alemania. Como si la voz de la señora del jazz, con permiso de Ella Fitzgerald, pudiese exportarse, embutirla en un recipiente distinto del que estuvo contenida y olvidar la dureza de la negritud, el canto desquiciado de un pueblo que cantaba o tocaba o bailaba para el pasado o para el futuro, pero no para el presente, que era una estación hostil en la que el pueblo negro, el silenciado, el vapuleado, el almaherido, malvivía a la espera de un paraíso, de un palacio en las profundidades de su corazón. Por eso me parece a mí que no se puede cantar en negro cuando te corren por la sangre otros colores. Y por supuesto no se puede cantar en negro si eres blanco aunque seas Joe Cocker en uno de sus arrebatos setenteros, no el Joe Cocker de ahora, comprado por las multinacionales, expuesto a las modas, viviendo del rédito infinito de su perfil más hondo. Puedes cantar a Billie Holiday, dedicarle un disco, sencillos tributos, aunque te llames Madeleine Peyroux y los críticos escriban que las voces tienen similitudes. Y al escuchar el disco de Laïka Fatien por segundo o tercera vez entiendo que no echo en falta el dramatismo existencial de Strange fruit, cuya cruda letra no entendía Billie al principio y que fue modificando conforme la metáfora oculta iba surgiendo a cada nueva interpretación. Eso, en el fondo, tiene el blues o el jazz cantado, que evita la dicción limpia o la exigencia de otros géneros (pienso ahora en el pop almibarado o melodiosa al estilo de Carole King o de Barbra Streisand) y hurga más adentro, buscando el espíritu, trazando líneas desde la epidermis hasta el territorio sagrado donde está el llanto y donde está la risa. Porque en el blues o en el jazz hay llanto y hay risa y las hay a capricho de quien ofrece su alma a quien escucha. Fatien no pretende cantar como Billie Holiday ni el oyente avezado o el neófito desea escuchar a Billie Holiday en la voz de Fatien, pero pensamos inevitablemente en las circunstancias en las que existió esa voz y cómo se fue perdiendo, ahogándose, diluyendo la parte orgánica en la parte orgánica, sobreviviendo y vendiendo el talento para abastecer el peaje de sus vicios. Quizá el ingenio y la inspiración, aparte de provenir del trabajo, acudan por la vía de la experiencia y haga falta tener sesenta años para escribir una buena novela y tan sólo veinte para pergeñar un relato decente. El tiempo es el que dicta las normas. En todo caso, escuchando Misery, este tributo (uno más) a la genial Billie Holiday, uno piensa en el numen, en la secreta chispa que ilumina a los genios. Y a pesar de ser un disco formidable y de que suene hondo y sincero, le falta esa chispa, ese extra de dramatismo y de vida cantada que Billie Holiday poseyó como seguramente ninguna otra cantante en la historia. Y admiro a Peyroux y a Fatien en el nuevo panorama del jazz o del soft jazz o como quieran llamarlo, pero vuelvo insistentemente, cada vez que oigo un tributo, al original, al trabajo del que procede esta aproximación, este digno (al cabo) sucedáneo.


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23.8.09

El valor del rostro

Hay autores que acomodan su gestualidad y sus facciones a la naturaleza de la obra que realizan. O es al revés: la obra discurre por los territorios que dictan esos gestos y esa cara. La cultura popular dice que la cara es el espejo del alma. También oí una vez que los perros se parecen a sus amos. Que hasta las casas, en su decoración, en la forma en que disponemos su mobiliario y la fisonomía de los objetos con los que las poblamos exhiben esa afinidad con sus propietarios.
Por ejemplo, Quentin Tarantino no podría hacer otra cosa que la que hace. Su cara de enfant terrible conduce a que sus films sean retorcidos paisajes de su muy particular concepto del entretenimiento audiovisual. Ese retorcimiento se aprecia a pie de foto: Tarantino siempre aparece desquiciado o en trance de desquicie. Woody Allen cumple este recetario improvisado sobre la sintonía entre el rostro y el corazón, por decirlo de alguna forma: las gafas de pasta, la cartografía hilarante del rostro. Incluso su voz y la que le imponen aquí en el doblaje cooperan para cerrar este improvisado bosquejo. Después de Allen y Tarantino he pensado en Peter Lorre, en Charles Laughton y en Willem Dafoe. Pero la sacudida cerebral, el hallazgo absoluto en esto de que la cara sea el espejo del alma o, dicho de otra forma, el alma moldee la cara y la ajuste a su capricho según el criterio de sus filias y sus fobias, de sus vicios y de sus rutinas, es la cara artesanal, totémica, esquizofrénica y desconcertante de Howard Phillips Lovecraft.




Lovecraft nunca dejó de pensar que la vida era algo espantoso y que entre sus costuras crecía el mal y emponzoñaba el aire y luego los pulmones y el cerebro. Quizá se afilió al tenebrismo y a la fantasía gótica. Su prodigiosa imaginación estaba abonada al desencanto así que no hubo en su prosa balbuceos líricos, campos de rosas para siempre y amores imposibles que se quiebran a la orilla del mar. El espanto y la velocidad con la que el espanto se propaga fue el tema monocorde del amigo Howard. El realismo minucioso de sus relatos le abrió todas las puertas posibles y legiones de seguidores (seguidores más que lectores) se abrazaron a la causa del terror cósmico y de las abominaciones innombrables. Lo atávico, lo primigenio, lo indescriptiblemente soterrado en alguna prehistoria sobre la nada podemos saber pero que todo lo encierra a modo de raíz única de todas las civilizaciones posteriores: ése fue el susurro que Lovecraft recibió y del que se hizo sacerdote máximo. La liturgia requiere soledad, abandono, casi una especie de desdén por todo lo mundano y una felicidad malsana al coquetear, aunque sea semánticamente, con lo prohibido, con toda esa costra infame de seres retorcidos que se arrastran, babean y poseen la voluntad de quienes advierten su presencia. Pero todo eso está en su rostro, en la petrea adquisición de ese hieratismo, en la certidumbre de que los monstruos están debajo y que el rostro está en tensión para que no flanqueen los obstáculos que el autor ha ido inventando para que la ficción no se entrometa en exceso en la vida y acabe por malograrla. De hecho los monstruos salieron de sus guaridas y el rostro del escritor se fragmentó. Por eso escribía: para conducir de nuevo al rebaño a su refugio.

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22.8.09

Watchmen


Álex me advirtió que el verano tal vez no fuese buena estación para entrar de lleno en Watchmen. Qué alegría más enorme desoír su consejo. Estoy fascinado, bloqueado, concentrado en una historia adictiva que me retrotrae (qué verbo más feísimo) a una época en la que leía cómics a diario, pero Watchmen no es un cómic. Leo en la contraportada que es una "novela gráfica". Pues muy bien. Las categorías y los estatutos semánticos a veces sólo aislan la musica que vamos a escuchar, la película que vamos a contemplar o el libro que vamos a leer. Watchmen es una novela. Una cuya trama no desmerece a otras a las que el común de los críticos de la ortodoxia rinde tributo y eleva a cánones tipo Bloom y zarandajas de suplemento dominical de esa guisa. Y disfruto pensando en el regreso al libro como a veces he disfrutado (sólo a veces) cuando uno tiene que dejar una novela para ir al supermercado, al trabajo o al médico porque le duele la tripa. Después del atracón gráfico iré directamente a la versión cinematográfica, de la que sé muy poco y a la que he intentado no prestar atención por bien de una lectura limpia del cómic. Y ahora, si me disculpan, cierro el blog, me sirvo una cerveza muy fría (otra para ti, Álex, ya sabes) y me cuelo en la historia otra vez.

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21.8.09

Blondas de verano Nuestro hombre en Génova...

La mosca cojonera de este ferragosto bubónico es el espía, al que aliñan con algunos extras en plan cinemascope para que el respetable público babee de gusto cuando el presentador del telediario le mire fijamente a los ojos y vomite la ración diaria de espantos. Es el espia figura literaria de mucho fuste y alcance narrativo con el que se puede hacer tochos tipo Millenium o mastodónticas tramas a lo Le Carre. Al espía, en la Historia de la Literatura, le va más el desplazamiento largo, los episodios. Los autores de más relumbrón prefieren la novela al cuento. En la vida pública pasa exactamente lo mismo. Un Caso Gürtel o similar asegura tiradas enormes de la prensa canibal. Un traje a lo Camps, que no es espionaje textil pero se arrima a este concepto turbio de política zarrapastrosa y vodevilesca, es carnaza para los tertulianos despiertos que ven en las facturas invisibles o en las comparecencias del acusado material para llenar columnas. Además está el verano, que no es estación propicia para los scoops.
El verano se deja manosear por cualquier noticia: importa zarandear el hastío sestero, la pereza connatural a la calina. Las tramas conspiranoicas entran bien en las maletas que nos llevamos de vacaciones: se llevan bien con los polos de marca y el Coppertone. Y uno saca en la barra del bar, en el chiringuito o en el paseo marítimo de los chismes que la política es un asco. A partir de ahí, barra libre para despotricar, que es un deporte sano como pocos. Estamos en verano. A falta de pelotazos yankis en el cine, que ha habido pocos y ciertamente malos, qué mejor que un poquito de ficción política, entreverada de espías y de aturdidos lectores, que no saben dónde entra el bloque publicitario. Igual hasta sale Lisbeth Salander, ustedes ya saben, y jaquea el disco duro del Estado. Eso sí que mola. Todo es un cuento. Bien contado, mal contado, pero cuento.

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17.8.09

Pura sensiblería

Recuerdo haber oído de madrugada, atrincherado entre libros de Pedagogía, vasos de café y luz febril de flexo, New York City serenade, una canción de Springsteen del 73, cuando todavía no había registrado los himnos que hoy llenan estadios y su cara de boxeador novato no ocupaba la cartelería del star system. Recuerdo su piano catedralicio, ese crescendo que luego Howard Shore usó (sin empeño plagiatorio, imaginamos) en la banda sonora de la espléndida (lo es, años después) El silencio de los corderos. Hay canciones que no se pueden substraer del lugar en las que uno las escuchó por primera vez. Pasa lo mismo con ciertos libros: uno piensa inmediatamente en quién le habló de ellos o qué escaparate le hizo pararse y detener la mirada en la portada golosa, en el título, en la caricia de promesas insinuadas en sus páginas. La canción de Springsteen, la serenata a Nueva York, la escuché en casa de mi amigo Rafa Roldán, en San Cayetano, en la Córdoba que ya no paseo como antaño, ni que conozco como ciudadano antiguo de sus calles.
Se escapan así las cosas, se fuga la brizna de sentimiento puro con el que descubrimos la genialidad de una canción, el arrebato sublime de su melodía, que se hospeda quizá para siempre en el corazón. Y hoy al volver al disco de Springsteen caí en la existencia de aquellos años de Universidad y me sentí hospitalario con mis recuerdos y los dejé fluir hacia el territorio mítico de la nostalgia. Estaban Antonio, Rafa, María del Mar, Auxy y el piano catedralicio de la serenata a Nueva York inyectando sencilla melancolía a ese capítulo de la memoria. Salvo alguna deserción, tengo todavía a quienes me quisieron entonces y me alegra infinitamente (lo sé) que veinticinco años después, de alguna forma no despachable en palabras sin caer en la cursilería, me siguen apreciando todavía. Y uno es feliz en esos deslumbres, qué quieren que les cuente.
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Who faster?




No tengo en casa ni un solo libro de Biomecánica y es posible que no lo tenga en la vida. Tampoco hay ninguno de Fisiología. De épica hay cientos. Uno puede encontrarla en gestas diminutas que no levantan pasiones en los titulares y que pasan desapercibidas para el público. Yo creo que Usain Bolt no corre para la grada: lo hace porque no sabe hacer otra cosa mejor que ésta. Hemingway, del que ahora leo cuentos, no valdría para un bufete de abogados. Insisto en el hilo técnico: un abogado no escribiría como Hemingway. Así que la proeza de anoche en Berlín es, en el fondo, la venganza de la Historia: uno, a cuenta de las historias que no le han contado pero que ha leído con interés, entrevé la figura de Hitler y la sombra veloz de Jesse Owens. Y la locura continúa décadas después: el negro derrota a todos los blancos. Es más: no había anoche en Berlín un solo blanco en los tacos. Negritud y músculo libre, la derrota de los límites previstos en la biomecánica. Que otros glosen la naturaleza mítica de esa rebaja del crono: yo no tengo argumentos con los que ocupar los renglones. Me quedo con la plástica y con esa certidumbre de que el hombre es un ser sublime, privilegiado, que se crece a capricho de la terquedad de su empeño y que mejora con el tiempo, cosa que a la vista de cómo vamos tirando pudiera parecer una tomadura de pelo. El Jueves toca final de 200 metros. No se la pierdan: por la épica, por darle al Führer un corte de mangas étnico.

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9.8.09

Atlas



Hay obsesiones que las dicta la razón y otras que provienen más directamente de la parte que con más fiereza se enfrenta a ella. Entrado como estoy en kilos, fondón en escorzo, en plano cenital y mirado desde el dedo gordo del pie, quizá debiera pedirle asilo estético a este ejemplar único de hombre reconvertido que se exhibe en la playa, atrincherado en los réditos de su jefatura excedente, lejos del vértigo monclovita y de los tejemanejes viscerales de la calle Génova. Debiera, insisto, en practicar tablas de gimnasia que conviertan mi estómago, blando y orográficamente convulso, en una perfecta plancha de acero. A lo mejor con los años cedo al instinto puro y duro de la especie y me reinvento entre abdominales y otras desviaciones de la pereza atlética a la que ahora tan triunfalmente dedico mi ocio. En ese caso no dudo que pondré en mi moleskine mental la estampa heroica del amigo José María, que todavía tiene tiempo para conferenciar allende los mares, perfeccionar su dominio del inglés (si eso puede ser posible) y esperar agazapado a que las circunstancias dentro del partido exijan el regreso de su más cuidado icono a la vista de que los oficiantes que ahora litigan por conseguir la confianza del pueblo no cuajan y se pierden en trifulcas de patio de vecindonas, en conspiraciones de novela de Le Carré, en todo ese barbecho político que espera al sembrador genial que lo haga florecer y estallar de luz a imagen y semejanza de quienes antaño lo elevaron al esplendor máximo. Y ahí estamos, agazapados, despachando a pie de playa los asuntos propios de la casta, ejerciendo de faro de la moralidad en Occidente. Yo, a distancia, observo, mido mis fuerzas, recapacito, conservo la templanza y confirmo mi absoluta fe en mis limitaciones. Es que me hicieron de otra pasta y no me educaron para otra cosa que la muy tímida y corta que soy.

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Todo va bien

Mantengo escasas convicciones en materia política porque la vida civil enseña a descreer de que un mundo mejor es posible y que podemos erradicar o al menos paliar las pandemias que lo desangran. Las últimas de esas convicciones caen sin estrépito y uno se malconvence de que el ser humano es un animal chusco en el fondo, que atina esporádicamente y exhibe altura moral y estética, aunque sean briznas, episodios sueltos de una novela cuyo desenlace es siempre terrible y alfombra de muertos los títulos de crédito. La política va dejando de ser un instrumento de lo razonable y de lo mesurado, de lo atenido a justicia y a equidad y se va enfangando de cuchilladas a traición y de mercenarios titulados, limpios de sospecha pero capaces de aliviar su tedio burocrático y su promesa de servidumbre social a beneficio de caja, la propia, que termina siendo uno de esos pozos sin fondo que ilustran los cuentos que abastecen de miedo atávico a los niños impresionados por la oscuridad. En política la oscuridad es el destino, aunque haya nobles obreros que empeñen hasta el alma por asear la cara al oficio y se obcequen en cumplir (sin más) la normativa y la confianza depositada en las urnas. En verano, la política nunca sale indultada: la atrofian más, la enturbian, la convierten en un sainete lamentable, en un ópera bufa, en un apaño resultón y hueco. Nada hay en la prensa política que llame a la ilusión, pero tal vez la ilusión no sea un componente intrínseco a la función política y aquí sólo se alegra y refocila el que recibe una prebenda, le arreglan las farolas de su calle o confía en que sigan las cosas como están porque incluso en tiempos de crisis puede seguir pagando la factura del plus y la banda ancha, las vacaciones en Torremolinos o el convite en la comunión de sus hijos. Quizá por todo esto algunos políticos alcancen en carisma y en glamour a ciertas estrellas del espectáculo. Por eso, aunque acepto que es un argumento muy liviano y simplista, Obama prende el corazón de una ciudadanía diezmada por los truhanes, hecha a que le malogren las esperanzas que brotan grácilmente de los programas electorales, convencida de que el gremio de los que gobiernan no está casi nunca a la altura de las circunstancias y, por último, consciente hasta el desmayo de que la culpa de esta tibieza en lo público nace precisamente en lo público, en la apatía de una sociedad acelerada, negada al entusiasmo, débil a la hora de envalentonarse y plantarle cara al vaciamiento progresivo del Estado del Bienestar, sea esto lo que sea, que yo no acabé nunca de entender cómo es posible que el despilfarro conviva con la precariedad o incluso con la pobreza más antológica y nadie se lleva, por lo menos, las manos a la cabeza y ponga freno al desmán. Cuando nadie me refiero al político sensible, al que le dimos instrumentos para vencer estas disfunciones del sistema, pero ay, ese político está más ocupadísimo en poner o en probar que hay micrófonos ocultos, cámaras chivatas, espías estivales que distraen del quebranto verdaderamente relevante: la miseria, la anuencia de que un poco de miseria es inevitable y de que un poco de despilfarro conviene para que la vida parezca que va de puta madre. Está uno un poquito harto y todavía hay fondo que llenar y más hartura que exhibir.
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6.8.09

Bill ficha por la Marvel



La prensa, en verano, viene flaquita, pero siempre hay titulares magros, frases antológicas, fotografías que te incomodan la digestión o hacen que no puedes descabezar el sueño después de una paellita en el chiringuito de la playa. Descubrimos que hay un mercado para la transacción de fluidos corporales entre famosetes y un ejército de operarios a pie de fornicio para extraer el documento gráfico explicativo. Se trata, en el fondo, de compensar el ferragosto informativo con la morralla frivolona que engolosina la parte más gris del cerebro, ésa en la que acumulamos el óxido de la realidad, la cochambre, el moho, todo eso que atenta contra el buen gusto pero que engorda la líbido y evita que caigamos en pensamientos de mayor hondura metafísica. Leemos, por ejemplo, que Kim Jong-il, el reyezuelo norcoreano, ha liberado a dos periodistas norteamericanas presas en su país merced a la injerencia mediática de Bill Clinton, que es el marido de la secretaria de Estado del Gobierno de Obama.
Clinton es un señor fotogénico, curtido en los entresijos de la diplomacia, que igual sirve para asistir a un concierto de Bruce Springsteen y cantar Thunder road tocado por la mística de su emotiva letra que blandir las barras y estrellas de su patria y entrar con toda elegancia en la misma entraña de la bestia y rescatar a dos conciudadanas sin verter una sola gota de sangre. El indulto descabeza al monstruo nuclear durante, al menos, un par de horas y exhibe la musculatura política de Obama, aunque la Casa Blanca se haya explayado en desmentir que el Presidente haya terciado en el asunto. Nunca entendemos las maniobras de estos paladínes de la política. Personalmente, no entiendo la política: entiendo algunos fragmentos, la trama deshilachada, las huellas que la política va dejando en la arena, pero no el peso que la crea. A mí Clinton siempre me cayó estupendamente. Y en esa ignorancia mía de la alta política, la empatía surge a nivel doméstico, a caballo entre las acometidas de saxo en pequeños clubs, entre amigos y todo eso, y la iconografía de la histórica mamada que la becaria le practicó a beneficio de columnistas desprejuiciados.
Clinton, en Corea, es un héroe de la cruzada humanitaria que Barack Obama está realizando urbi et orbe. A ver si le da al hombre por dejarse caer por el País Vasco y convence al colectivo etarra sobre la incoveniencia de insistir en el tiro en la nuca y en la bomba lapa debajo de los coches oficiales. El tirón mediático tiene esas cosas: hasta el más infame de los terroristas puede tener, debajo del blindaje emocional, un corazón que late, uno capaz de interrumpir la ira y bombear ternura, no sé, la que despierta Clinton cuando se pasea por las trincheras de todos los conflictos y abre su recetario de gestos, de frases. Esa sutil vara de mando debe exportarse a todos los confínes del mundo.
Gente como Clinton perfuma el verano de épica. Al caer la tarde, en las piscinas de los apartamentos costeros, las consuegras leídas, las que se levantan revisando la prensa y oyen por la noche las tertulias más enjundiosas, hablan maravillas de Bill, el campeador, le perdonan la infidelidad conyugal y concluyen felizmente la cháchara regalando al aire cómplice (suele pasar que en las piscinas uno lo oye todo si presta un poquito de atención) bendiciones a este caballero cabal, delfín de las causas nobles. Yo, por mi parte, me levanto de la toalla y me zambullo en la piscina, me hago unos largos (un par, no crean, no da la cosa para alardes ni tiene sentido mentir en este rinconcito de amigos) y me seco al sol sabiendo que los superhéroes de la Marvel, en estos tiempos de zozobra digital y caos analógico, tocan el saxo y en lugar de enfundarse mallas de colorínes exhiben trajes de Armani, muy caros, eso sí, aunque tal vez con la factura justificada, vaya a ser que también en las Américas tengamos un Camps desprevenido, inocentón, ignorante, burdo en sus pocos alcances, sin la cohorte de incondicionales que jalean el desliz textil, pero nuestros políticos, incluso los mejor vestidos, no se aprestan a estas cruzadas valerosas y echan agosto como pueden, capeando la crisis, inventando ventiladores, convidando a tinto de verano a quienes les piden cuentas. ZP, el reformador del reino, babea, alucina, se imagina en estas aventuras extremas de la diplomacia, se ve ahí, junto al líder pequeñito de esa franja del terror, contándole la teoría de la alianza de las civilizaciones, que es uno de esos relatos en los que se faja como Dios en sus nubes y levanta pasiones entre la feligresía progre. Démosle tiempo y unas mallas.
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Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...