5.2.09

Valkiria: Un limbo fascinante...


Hay limbos perfectos. El cine es uno. Refugios a cargo de la credulidad de quien los visita. A mayor fe en la naturaleza lúdica del engaño, mayor júbilo, más entusiasmo en la farsa. Algunas de las más fabulosas farsas de la Historia del Cine carecerían por completo de interés o de utilidad si no mimasen los resortes que activan el asombro, esa convicción íntima de estar absolutamente abiertos a las novedades, de considerarnos inocentes y también puros frente el hecho estético. Encantamiento. Robado el encantamiento, separado el hechizo de todo lo demás, el cine es una sencilla, previsible y prescindible industria que se ocupa de contarnos historias sin que exista atisbo de ardor en su factura, sin que el arte (sea eso lo que quiera que sea) asome por ningún resquicio. Le encomendamos al cine que nos entretenga, pero también exigimos belleza, inteligencia, fascinación.
Valkiria, en parte, considerada con muy benévolos ojos, condesciende a ser uno de esos refugios a los que uno, cargado de credulidad, accede para adquirir conocimiento, conmoverse, apreciar la belleza que otros han fabricado o alimentar mitomanías, que ése es otro asunto que merece consideración aparte. Valkiria (insisto) es una buena película a la que no podemos rebajar méritos.
Amena, sacrifica el suspense (el asombro) por la corrección, el vasto dominio de la intriga por el cartesiano territorio de la formalidad. Valkiria es formal en exceso, consistente sin ser rocosa, limpia de trazos superfluos y, ante todo, honesta por no sucumbir a esa moderna afición a desdramatizar las tramas a beneficio del espectáculo circense. Bryan Singer desprecia el thriller clásico por la sencillísima razón de que su historia carece por completo de intriga: Hitler no va a morir en el atentado que forjan los disidentes; Hitler sobrevive y la crónica histórica nos confirma el triste final de quienes conspiraron, pero que el amable lector no se llame a engaño: Valkiria funciona con el desparpajo de las mejores entregas de suspense y consigue con muy elegantes métodos activar esos resortes a los que confiábamos la total rendición de nuestro yo espectador.
Los hechos narrados no se magnifican: Singer prescinde del adorno y no cae en los vicios presumiblemente adquiridos en su época X-men. Muy al contrario, conduce con maestría el proceso de ensamblado de todas las piezas que terminan por darle a Cruise una maleta con una bomba y depositarla (épicamente) a los pies del Führer y cómo, una vez fallado el complot, el intento de magnicidio, la política juega sus bazas y los actores de la conspiración fatigan la debilísima línea que separa la victoria del fracaso. En ese tramo de la película, cuando ya hemos descubierto en imágenes lo que conocíamos por los libros, pongamos por caso, es cuando la película (en mi opinión) discurre con más agilidad y deja una impresión menos deleble.
Tom Cruise como el teniente Von Stauffenberg cumple sin más: da lo que exige el papel, sin que nada particularmente brillante ni nada escandalosamente repudiable pueda permitirnos ensalzarlo ni recriminarlo. A los mandos de la pasta, Cruise ejerce de hábil demiurgo y se da el gustazo (a lo leído en prensa) de llevar a la pantalla una historia fascinante, fácilmente desmontable por partir de que conocemos el final antes siquiera de saber cómo arranca.
Tal vez Valkiria no sea el limbo perfecto: es un limbo más, uno del tamaño de nuestra capacidad de aceptar las limitadas (en apariencia) posibilidades cinematográficas de una historia tan visible, tan reconocible.


4.2.09

La duda: Plumas de almohada, dos actores en absoluto estado de gracia y pare usted de contar...




Lo primero que llama la atención en La duda, a pesar de su vestimenta religiosa, es que toda su trama puede edificarse sin concurso religioso alguno. Tampoco es un alegato contra la pederastia, aunque haya indicios que así lo hagan crear. Ni siquiera se trata de una de esas películas sobre la educación a la que Hollywood tanto le gusta acercarse y que han hecho, por sí mismas, un género con un patrimonio específico de tópicos más o menos ajustados a la realidad. La duda, la hermética y limitada película de John Patrick Shanley, es un sincero y sencillo de manejar ejercicio de cine teatral, exento de espectáculo, muy pobre en cuanto a manifestación estrictamente visual, pero convincente y atractivo como vehículo de entretenimiento. Eso sí, el entretenimiento aquí orquestado carece de la pompa de otros productos fácilmente comparables a éste y, en cambio, gana en circunstancia dramática, en un muy inteligente uso del suspense (todo el suspense que una trama tan sencilla pueda aportar) y en la intachable complicidad de unos actores (Philip Seymour Hoffman, Meryl Streep y Amy Adams) que merecen todos los elogios imaginables.
Malos tiempos para la Iglesia, o buenos por estar siempre en el frente mismo de la polémica: el frágil andamiaje de argumentos que la hacen necesaria en esta sociedad es carnaza para guionistas hambrientos, novelistas con ganas de propaganda gratuita y productores de cine necesariamente conscientes de que el público, morboso por naturaleza, requiere de estos jueguecillos de naturaleza moral para aligerar la culpa que supone haberse tragado toda la morralla pirotécnica facturada por la farmacológica industria hollywoodiense, pero en La duda no hay profundidad meramente cinematográfica: se antoja que el formato no acepta el contenido, se entiende que los solventes actores precisan un acomodo escénico que en modo alguno procura el (por cierto muy poco aprovechado) ámbito por el que se mueven los protagonistas. Lo que mueve la trama es la culpa, la redención, la honradez, la intolerancia y la capacidad del ser humano para perdonar y para ponerse en lugar de los demás y entender los motivos del pecado y la forma más pedagógica de borrarlo. Palabras grandes escritas con diálogos ágiles. Y no busque el espectador más. Igual esos mimbres bastan. Al director se obstina en rellenar los huecos que dejan los dos o tres grandes diálogos de la película. Ese relleno lastra lastimosamente el conjunto, y lo arrumba a un grado de entusiasmo menor del que quisiéramos.




Alguna escena que deslumbra (la formada por la creación del rumor-pilar del film, la denuncia en la homilía y el vuelo metafórico de plumas de almohada por los tejados de Brooklyn) no salva al conjunto, que muy estrictamente considerado no ocuparía (con otros actores) mayor hueco en cartelera que la programación vespertina de una cadena privada de televisión, pero ahí están los actores, que son los que mueven al público a las salas y los que (por encima de triquiñuelas técnicas) hacen que el cine todavía despierte emociones y contribuya a que la vida discurra más felizmente. No sé, al cierre de este comentario, si La duda merece entrar en ese pequeño parnaso particular de joyitas entrañables (no hablamos, por supuesto, de obras maestras). Sé que disfruté viendo a Meryl Streep. La disfruto más cada vez. Ella sola conduce la película y justifica la hora y media de reclusión en la butaca.

Televisión: espectáculo, manipulación y bochorno


Siempre vi al Gran Wyoming como un desubicado. De alguna forma todos los presentadores con carisma lo son. El carisma, en lo bueno y en lo malo, se mide por la cantidad de comentarios que uno va dejando por donde pasa. Lleva unos días el hombre de La Sexta en el frente de la polémica (lo suyo, a qué engañarnos) por una broma que le gastó a una becaria. Una vez decodificada, revelado el interés lúdico, tiene menos gracia todavía. La televisión es un ente canibal. Uno entiende que los que trabajan en un medio tan público, de exigencias tan inmediatas y fama tan volátil, deben acudir a trucos de prestidigitador para encandilar a una audiencia cada vez menos interesada en la magia y en la exhibición hueca de estos saltimbanquis (noble oficio) de la farándula. Wyoming, una vez desacoplado de su reverendo, va siempre por libre, vendiendo su ideario progresista a quien consienta su labia ocurrente, su teatralidad, ese vértigo en las palabras más propio de un charlatán de feria que de un periodista cuajado, serio y cabal. Nada de eso preocupa al estajanovista (cuando le dejan) caricato.
Mi abuela usaba la palabra caricato para esta caterva de graciositos con fondo intelectual que tutelan nuestro ingreso diario en el mercado menos formal de la información. Si uno quiere periodismo de hondura, tiene otros paladínes de la noticia. Wyoming (con Buenafuente, pongo por caso) es un animal de supervivencia, al que no le importa en exceso quién le pague si en la soldada no le roban sílabas ni planos ni esa querencia suya a decorar el desorden moral de Occidente con el suyo propio de modo que el menú (la breve degustación que ofrece) sea una especie de invitación a la reflexión, pero trufada de humorismo, muy a la americana, en sintonía con los cómicos de café-bar que desplegaban un periódico y daban cumplida cuenta de los males del mundo sin dejar por un momento de hacer sonreir (que ya es difícil) al respetable público congregado. No sé si el Wyoming mantiene la sonrisa o incluso abre la puerta a la risa limpia, la desprejuiciada, la que no atiende a colores ni a credos. A mí me hace gracia en ocasiones. En otras, me aturde, me derrota su onanismo fonético, ese encantado de conocerse uno con el que nos invita a conocernos a nosotros mismos. Su blog, al que entro una vez por semana, al menos, no parece (a lo leído) extensión del cómico televisivo. Se ve un Wyoming más en la brecha: la televisión crea un periodista y el medio escrito lo borra y sin renunciar a su filosofía alumbra otro.
Empachado como está el hombre Wyoming del hombre Aznar y de su muy televisada señora, empachado como está de fanatismos católicos y de grescas populares (de PP), empachado como está de esa gente cazurra que vive en continua avinagramiento y no ve las gracias y los dones que la sociedad del bienestar nos regala, empachado de Esperanza y de espectadores pasivos, se entiende que Wyoming necesite (para provocar, no se equivoquen) una estrafalaria salida de tono con el episodio servido en su programa El intermedio en el que agrede verbalmente a una becaria al punto que puso en pie de guerra al gremio de periodistas y a todo hijo de vecino con algún dedo de frente racional. Que todo haya sido un engaño no le excusa. La televisión exige reclutas avispados, gente con ideas rocambolescas, propuestas de riesgo y hasta manipulaciones como ésta con tal de que la audiencia se siente, escuche, vea, comente y luego, da igual, en serio que da igual, despotrique con todas las de la ley contra el autor de la barbarie que se han metido entre pecho y espalda. Pero se la han metido. Y eso es lo que el bueno de Wyoming, muchos años, José Miguel, en pantalla, conoce a la perfección. El circo debe continuar y a este maestro de ceremonias le viene pintiparado el traje de domador de incautos. Ya está dejando de hacerme gracia. Se le agradece las complicidades pasadas, los ratos compartidos en azoteas y desenfrenos CQC... Otros tiempos, tal vez mejores.

Camino: Sobre ángeles y demonios...


Insiste Fesser, en ruedas de prensa, en recortes televisivos ahora que Camino ha triunfado, que su película es una historia de amor, y no me puedo envalentonar para corregirle porque hay un poso infinito de amor alrededor de la crueldad sobre la que gira toda la trama. Camino, entonces, es varias películas a la vez y ninguna defrauda. La que está soliviantando al pueblo soliviantable es la película evidente, la que expone con frialdad cartesiana cómo cierto tipo de fe (entiendo que no todas) extermina la vida y se afilia (casi sin estrépito, como si se tratara de un episodio más y no precisament el más doloroso y ni siquiera el último) a la muerte. En este sentido, Camino es un vivisección con el material quirúrgico más fiable y certero de la ceguera moral a la que se accede cuando la razón (a pesar de las metáforas que contrae todo sentimiento religioso) ha sido sustituida por el sacrificio. Luego está el film tierno, el que fija su mirada en la propia niña, en Camino, en su esplendor adolescente, en sus ganas absolutas de encontrarse con la felicidad al modo en que las niñas de su edad se dan de bruces con ella con muy leves indicios. Ahí, en la mente sistemáticamente bombardeada de metáforas ininteligibles de la niña Camino, es donde está la otra película, la onírica, la que surge espontáneamente de la infinita fascinación del ser humano por sublimar la realidad que le rodea. Ésta que aquí Fesser diestramente expone no puede levantar entusiasmos: la historia real sobre la que se edifica la ficticia es en el fondo mucho más ficticia, más increíble, menos ajustada a parámetros exclusivamente racionales y justos. No hay raciocinio ni hay justicia en la perversión moral que en ocasiones el ser humano construye para acercarse a Dios, que parece últimamente un objeto de diseño, una especie de icono transrreal cuyo fin último es ponernos a todos a guerrear, a polemizar, a crear un estado de excepción ética en la que unos tiran al monte de la salvación eterna y de la palabra divina y otros se quedan en la maleza absoluta de la realidad, aunque a veces la realidad no sea nada más que incertidumbre, confusión y, en último término, concluya con un finiquito abrupto y un poco cabrón.
Javier Fesser, que disfrutó a su manera en la gala de los Goya, se pringa todo lo que puede y más en rebelar las maquinarias oscuras y torticeras de la llamada Obra, pero no se inmiscuye (en casi ningún momento de la película) en asuntos de más calado metafísico. El casi se justifica cuando la niña Camino, ya encamada y ofrecida por su madre al Dios acogedor y benéfico que la espera, en el hospital, cree verlo sentado en una silla, en su habitación. El padre, que está podrido de dudas y siempre tiene bien anclada en la realidad su pie de peaje, filma con su cámara doméstica esa visión que acaba de tener su hija. Fesser nos priva de contemplar lo que la cámara del padre graba. No sabemos qué ha visto Camino: si el vacío o si Dios. Al final de la película, como un trallazo, como una especie de rúbrica que escenifica el criterio ético del director, Fesser nos muestra las imágenes que el padre ha ido registrando durante toda su vida. Se ven las fiestas, los colores, la algarabía de la vida cuando el cáncer no había hecho doloroso acto de presencia, pero también van desfilando las escenas del abatimiento, los primeros dolores, el pañuelo anudado a la cabeza, la postración, y como seña identitaria Fesser nos da la imagen de la silla en la que Camino ha creído ver a Dios. No vemos nada. Está furiosamente vacía. La cámara (lo sabemos los que amamos el cine) no miente.
Nerea Camacho (preciosa, inteligente, intuitiva), Jordi Dauder (estricto, conciso, hipnótico) , Carme Elías (qué gran dama de la escena, qué empaque de actriz portentosa) y todos los demás actores de esta prodigiosa película (en muchos sentidos, didáctica, de obligada visión por las generaciones que se van, las que están y las que vienen) bordan lo que hacen: dan la talla como la trama merece. La tunda de premios (bofetadas al Opus Dei, decía un periódico, no recuerdo cuál, pero no era La Razón) está enteramente justificada. Parece que la taquilla, a fecha de domingo, día del evento goyesco, era paupérrima. 200.000 visitantes. Su salida al circuito comercial (videoclubs, alquiler legal en la Red, cable, digital) se está retrasando. Existe un lógico ánimo de propaganda ahora que la bondad infinita de la Academia la ha untado de éxito. Yo la vi tarde: me costaba entrar en esa vorágine de dolor y de redención a la que sabía que me iba a enfrentar. Es una de esas películas que no se limitan a contar una historia sino que involucran al espectador (ya esté en un lado del camino o esté en el otro) a considerar muchas de las cuestiones que ahora palpitan (qué verbo más efectivo) en la vida pública. Eso es lo bueno: que sea pública. Si todo fuese tan sólo una evidencia de lo privado...

Norma Jean








Revolutionary Road: Y nos quisimos tanto...



En ocasiones asisto a ceremonias que no me entran en la cabeza ni en ninguna otra parte del cuerpo. Mi amigo K. tuvo de pequeño un vicio que consistía en querer entenderlo todo y así le va ahora. Es un hombre severo, poco escorado a la conjetura, de manejo fácil pero muy terco en renunciar a lo que le interesa. Anoche me contó que había visto un montón de gente salir del cine con el kleenex en la mano, los ojos vidriosos y el corazón encogidito. Habían visto Revolutionary road. Le dije yo que también la había visto y que no eché ni una lágrima. Él, más que sentimental, salió satisfecho de no haber conocido hembra que le lleve al altar. Así (o más o menos así) me lo confesó.
Pensé entonces en cómo debería verse una película: si haría falta ser gladiador para entender Espartaco o párroco con inclinaciones venereas en Los girasoles ciegos. ¿Cómo debería verse Matar un ruiseñor o Toro salvaje o, sobre todo, El imperio de los sentidos?. Pero con K. no puedes empezar una conversación y acabarla en cuanto te aburre. K. las agota. Le he contado que Revolutionary road, en mi opinión, en la muy mía, yo que sí he caído en las redes del matrimonio, es un hartazgo, un empacho, una cosa indigesta, un grumo dramático que se te queda en mitad del estómago y no te permite ni evacuar con garantías ni proseguir en la ingesta. Que todo es una caja de bombones a los que el azar o el tedio o la apatía han requisado el sabor, aunque por fuera (y eso quizá es lo que le importa mostrar a Sam Mendes, su cualificado director) parezcan apetecibles, mordisqueables.
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Revolutionary road es seguramente (también) una de las películas en las que el director más abandona a sus protagonistas. Mendes carece por completo de interés en conducir a su pareja de fracasados hacia ningún destino confortable. Los zahiere, les roba el mimo que sí dio a los habitantes de American Beauty, otra obra suya muy hermanada con ésta, aunque diverjan en el humor y la ironía que contiene una (la antigua) y la sequedad y la orfandad emocional que trae ésta (la moderna). Además la primera me gustó mucho más que la segunda, escrito aquí como apunte.
Mendes lo que firma es un acta de defunción más del matrimonio convencional, aunque el aquí retratado no sea contemporáneo y se instale en los felices cincuenta, cuando los Estados Unidos vivían una anestesiada felicidad de país renacido de una guerra y emperrado en fabricar, a golpe de progreso, rock and roll y palomitas de maíz, un modelo duradero, envidiable, exportable y, sobre todo, limpio y creíble. Como tanta bondad no cabía en un solo patrón, el país se hizo añicos años más tarde en Vietnam, que fue la puerta por donde todos los males les han ido entrando hasta que el bueno de Obama ha cerrado el pestillo y ha dicho algo parecido a No se preocupen, ha llegado el honrado, está aquí el hombre cabal que estaban esperando...
La única ternura visible surge sin que apenas la notemos: está en la ilusión, en la ficción, en la tangible posibilidad de que el matrimonio hundido (es curioso cómo la sombra del Titanic se alarga y en su metáfora contamina también esta historia) huya a París y allí renazca y los amantes olviden que fueron prosaicos, previsibles, lánguidos, huidizos, apáticos y, sobre todo, aburridos. Al matrimonio, le he contado a K. detrás de un gin-tonic, lo mata el aburrimiento. Y Sam Mendes, qué tío, en ese aspecto, lo ha bordado. Ha escrito un naufragio de unos naúfragos. Historias cotidianas de gente vacía. Da igual que estuvieran casados. Hay gente sin pareja que busca París a cada instante...



3.2.09

Avishai Cohen: As is... Live at The Blue Note


Este disco es una de las razones por las que el jazz cubre absolutamente todos los géneros. El bajista israelí recorre el folclor de su tierra y cuela jazz de Nueva Orleans, notas de flamenco, vértigos del rock y hasta un colorido repunte de pop o una sencilla línea de funk. Todo bien hilvanado para que el oyente no descubra las suturas del traje, la urdimbre secreta de una música perfecta.

2.2.09

"Siempre puedes ofrecer tu sufrimiento a Dios"...




Uno acude siempre a los Goya con la desgana de lo visto. Se apalanca en el sillón con orejas y observa el desfile nominal del cine patrio. Salvo algún desliz ahora salvable, este año he visto más películas españolas que nunca: eso te capacita para el disfrute académico, pero siempre hay detalles que condenan el júbilo, minucias que relevan el entusiasmo y terminan por convencernos de que la primera idea es la que vale y más hubiera valido meter en la bandeja del DVD algún capricho, y no necesariamente made in Spain. Lo mismo que expongo para los Goya aplíquese para los Óscars, con la diferencia de que el expolio que producen los premios americanos a nuestro sueño es mayor. En lo que coinciden los premiados de allá y los de acá es en las dedicatorias, en ese noble arte que consiste en ser brillante y decir en cinco frases todo lo que llevas dentro. Y hay gente que lleva dentro muchísimo. Anoche ganó Camino, pero ésa es la impresión sensible, la que proviene del recitado de galardones en el escenario, pero quien se llevó la plana mayor de honores fue la familia, ese pequeño ejército de madres, padres, hermanos, hijos y chicas y chicos que soportan que el galardonado, en vez de ser maestro de escuela o fresador, se haya dedicado al séptimo arte.
Y entonces piensa uno en Camino, esa fábula lastimosamente verídica sobre el fanatismo y sobre la torpeza moral a la que unos acceden desde los presupuestos de la fe más extrema, y piensa si la familia de la que hablan todos los homenajeados responde a este tipo de familia o a otra. Luego estuvo el cine, claro, pero a mí me viene hoy justamente todo lo que no es cine. Me viene El Langui, que no es actor y se lleva un premio por hacer de sí mismo, aunque hubo montones de actores que jamás hicieron otra cosa que hacer de sí mismos delante de las cámaras (pienso ahora en el primer Antonio Resines). Me viene Nerea Camacho, que se lleva los aplausos y mi particular devoción cinéfila. Lo que se escapa de toda posibilidad de raciocinio (qué premio mira a la razón) es que Benicio del Toro (recién aterrizado) gane. Que Pe (recién aterrizada) gane. Raúl Arévalo, Jordi Dauder y José Ángel Egido estaban allí, en las butacas, sin sotana, pero Jordi Dauder se despachó (con elegancia) a gusto y tomó distancia del rol que interpreta en Camino cuando le dieron su (merecido) premio. También el gerifalte de la Sexta (Mediapro), productor de Camino, se retrató como quiso: puso en el mismo saco al matrimonio, a la tutela de los hijos adolescentes y al Opus Dei. Más tarde me acosté y soñé con la niña Camino en esos paisajes lisérgicos que dibujan la vida real en la película. Más quisiéramos que lo otro fuese ficción.

1.2.09

La cuchara: Apunte posterior / Cuentos del astronauta zurdo

Qué hermoso acto entrar en el Catastro Municipal o en la Iglesia de San Alberto Magno o en el local de la Asociación de Minusválidos de Guerra con una cuchara en la mano, ver a la señora Peláez, al señor Castillejo, al joven poeta laureado Castor Villacisneros, autor de perlas del arte de enganchar versos, mirar la cuchara una o dos veces, ver a Jacinto Ortega mirar una única vez la cuchara, intensamente, como en trance, pero nadie dice una palabra o hablan distraídamente de otras cosas y se despiden cortesmente. Incluso Glorita Luján ha comenzado una conversación sobre el fin de semana tan estupendo que ha pasado con un novio reciente al que le encanta el bel canto, aunque no ha recalado en la cuchara, que está en mi mano derecha como un postizo de metal muy brillante, derramada dedos abajo, formando un todo inútil. La mano. La cuchara. Nadie le presta atención a mi cuchara. Podría estar el día entero. Ir a la boda de la prima Luisa Fernanda. La prima Luisa Fernanda, la que izó mi novata hombría al olimpo de los calambres en el verano de los quince años. Acudir más tarde al convite y no soltar en ningún momento la cuchara. Cambiarla de mano de cuando en cuando. Primero una vez cada hora. Luego cada cinco minutos. Al final de la noche, incesantemente. De una mano a otro como un ejercicio malabar invisible. El primo Severo se agacha si se cae. Me la devuelve con una sonrisa. Ten, tu cuchara. Es hermoso este día con mi cuchara en mi mano izquierda. Con mi cuchara en mi mano derecha. Si hubiese elegido un cuchillo, me habrían cercado. Todo se habría conducido más trágicamente. A lo mejor, es una conjetura verosímil visto el decurso de los acontecimientos, la cuchara no existe y es una invención de mi ocio. Llegado el momento de deshacerme de la cuchara, si es que alguna encontrara, la dejaría caer con mansa complacencia. Con mimo casi. Ha sido un día muy bonito. Mamá me mira. Se acerca.
Hijo, ya no veo la cuchara que has llevado todo el día.Todo lo acabas perdiendo.

Siete almas: La paradoja cardíaca de la chica con el ala rota


Rosario Dawnson es una chica con un ala rota a la que un samaritano rescata del dolor. El oficio de la filantropía tiene estas cosas: va uno por la calle con el ojo avizor y da con el alma compungida a la que ofrecer tus servicios. No cuestan nada, no se preocupe. El ángel bueno de esta historia es en realidad un paria de la vida, uno de esos tipos a los que ya no le queda sangre ni afecto alguno por sí mismo y se conjura a cumplimentar una cruzada épica en la que se entrecruza el sacrificio, la bondad, el lirismo y también una brizna de masoquismo.
Siete almas es Rosario Dawnson con su ala rota y Will Smith con su cara de perplejo a la caza de toda esa gente buena que hay por el mundo, pero Gabriele Muccino, su voluntarioso director, no tiene ni idea de cómo enganchar al espectador, que es el verdadero pasmado, el demiurgo envarado en las palabras grandes y nobles que se adivinan por debajo de la historia. Y lo que pasa es que no sabe conducirlas: aporta un número razonable de incógnitas que luego únicamente desvela en un último tramo, agitadamente, sin el tacto del que ha abusado en toda el desarrollo anterior, asfixiándonos (literalmente) en una trama de credibilidad difusa, que se arrastra por el melodrama y termina en un paroxismo narrativo (vayan preparando el kleenex) que ya se veía venir (no hay que ser lince ni pertenecer a la agencia Pinkerton) bien antes.
Sobria y ñoña al tiempo, investida de una sensiblería del agrado de una parte del respetable público, justo del que no va al cine en exceso y disfruta con los telefilms que Antena 3 programa en la sobremesa, Siete almas reescribe en estos tiempos de zozobra moral la figura del samaritano y ofrece una revisión de la culpa o de la redención o del sacrificio, aunque la sobredosis de trascendentalidad aturde hasta el desmayo.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...