2.2.07

QUO VADIS, BABY ? : El detective melancólico





Vi este Quo vadis, baby ? con cierta desgana: no me entraba el título, más deudor de las comedietas de humor burdo y erotismo casposo de un Ozores que de lo que la cinta pretende, un thriller o un drama intimista, que de ambos hay. La decepción tardó en llegar, pero acudió a su cita: no puede uno albergar buenos sentimientos, dejarse llevar por las intuiciones y sospechar, entre el marasmo de cine europeo ligerísimo o pesadísimo, una película de interés que reflote mi opinión ( últimamente negativa y en grado sumo ) del cine italiano, que otrora me procurara tantos ratos buenos cuando uno en esto de ver películas con cierta asiduidad y con mucha pasión.
Quo vadis, baby ? es un híbrido extraño entre la historia detectivesca, de cuidado detallismo y guión previsible, pero sobrellevable, y la hondura con pretensiones del drama de personajes, en donde yo me dejo llevar por Cassavettes o por Ivory y no por Salvatores, que quiere dar mucho en mucho campo y queda en poco en escasos metros.Pareciera ( esa impresión tuve durante el último medio tramo del film ) que el director ha tirado de algún solucionario de problemas y ha atajado por el camino más corto, que suele coincidir con el peor y con el más evidente. Se salva el arranque, que está trenzado con hebras más personales y donde se plasman las preocupaciones más terrenales de un director excesivamente conmovido por los telefilms, escuela válida para cierto cine de exigencias menudas y de recorridos cortos.
El título no merecerá el repudio absoluto porque (insisto) tiene maneras de otro cine, que ya querríamos, pero que no vemos. El argumento podría haberse estirado hasta redondear un noir puro y obviar toda intención dramática: ya sabemos que los detectives son duros y tiernos a la vez y que, como decía Rubén Blades en su Pedro Navaja inmortal, " si naciste pa' martillo del cielo te caen los clavos".Estos clavos dejan el ataúd a medio cerrar o a medio abrir, pero el cadáver no atufa en demasía: se deja querer, se preocupa por desentumecer su cuerpo devastado y hacer que el espectador (con un sano espíritu samaritano ) salga del cine confiado en que la próxima vez ( la habrá ) no dará oportunidades a títulos tan nefastos.
Oscura, pero también primitivamente evidente, combina brillantez y mediocridad a partes iguales.

Angela Baraldi, que encarna a la detective desastrada, melancólica y aturdida por las circunstancias, confiere al film un tono de más contundencia, pero ahí queda la voluntariedad actoral, que no pasa de aceptable. ¿ Por qué espera siempre uno tanto ?
Hay mucho cine para ver: esta noche, sin ir más lejos, tiro a ver Babel, que todo el mundo tiene opinión de la cinta y yo, a dos velas, no puedo entrar en las conversaciones de café con los amigos.


MEMENTO : Escrito en la piel









Películas con líneas argumentales aparentemente dispersas que al final convergen no han sido nunca santo de mi devoción cinéfila: en ocasiones, el director acaba entregándose con mayores bríos a la pirotecnica formal que al refinado y coherente hilo natural de las cosas.
Pulp fiction obró el milagro de mi reconciliación con ese cine de divergencias, de miradas que se cruzan y de destinos revocados que acaban afiliados a la misma estructura narrativa.
Christopher Nolan hace en Memento un recomendable ejercicio de rebobinado para que sepamos, al final de la película, qué pasó al principio. Lejos de que este recurso excesivo, probablemente innecesario, lastre el resultado final del film, aquí lo catapulta a niveles de hondura dramática absolutos de modo que no se concibe Memento sin que todo esté así tan en atropellado.
Esta abolición de la línea temporal se asienta sobre la propia naturaleza del personaje protagonista: Leonard Shelby ( un entregado Guy Pierce ) padece una enfermedad que le imposibilita para recordar los hechos más recientes. Esta realidad fracturada en la mente de Leonard es la realidad fracturada del film: su obsesión por desmontar el plano cronológico y fatigar al espectador ( bendita fatiga ) con un puzzle de estética cartesiana más cerca de la literatura de Cortázar que de la escritura del Hollywood más utilitarista.










Acudir al tópico del deslavazamiento narrativo, insistir en exceso en su amnesia como motor de investigación criminal, es restarle aciertos, minusvalorar un muy trabajado ejercicio de composición que deja los obvios campos abiertos, las dudas necesarias para que ninguna evidencia sea tajante y todo se avenga al frágil territorio de la especulación: no sabemos a ciencia cierta si el asesino ( John G.) muere cada vez que Leonard da con un John G., aunque mejor no revelar más de la trama, que es lo suficientemente esquinada, inteligente y perversa como para atrapar nuestra atención ( y luego nuestra rendición sin condiciones ) durante estas dos más que recomendables horas de cine.
Film híbrido entre el videoclip ochentero y el cine negro de escuela, Memento es la crónica de un desajuste moral, la historia de una venganza ( la mujer de Leonard es asesinada y violada ). Se rodó en un mes escaso y a pesar de recibir un excesivo número de malas críticas ( se remarcó el hecho de que el barullo argumental impedía adquirir un conocimiento nítido de por dónde iba la historia, lo que yo consideraba obstáculo para tomarme en serio el film, como escribí al inicio de esta reseña ), ganó la batalla del público y es a día de hoy, a tan escasos años de su estreno, película de culto por lo muy original de su planteamiento.
Sólo es nuestro lo que perdimos, escribe Jorge Luís Borges magistralmente. Leonard posee el objeto físico de la fotografía, la escritura epidérmica que le vale de prontuario de acciones: la rutina como método de composición de la realidad. Y ese inventario de recursos deben, además, guiarle por la maraña de la investigación ( bizarra, poliédrica ) que conduce a revelarnos por qué razón tenemos al comienzo del film un hombre con la cabeza abierta y quién fue el asesino y violador de su esposa resultando que al final ( o es el principio ) advertimos que quizá ( y no estoy contando nada relevante ) todo resulte un barroco puzzle en el que el montador sabe de antemano que la pieza que falta no está en la mesa sino en su bolsillo.

29.1.07

NOCHE EN EL MUSEO : Cuento para adolescentes inquietos









Embutida en un traje de divertimento adolescente o infantil, la película puede entretener al público adulto, pero dudo que alguien con cierto interés cinéfilo acuda a verla salvo que lleve a la tropa de chiquillos, sean hijos, sobrinos, vecinos o la clase de Cuarto de Primaria.

Noche en el museo cumple con creces su cometido lúdico: hay una ración generosa de efectos especiales deslumbrantes, un guión trepidante y un desenfado, en general, muy de agradecer en estos tiempos de cine muy pensado incluso cuando los receptores van a ser niños ( la Caperucita, el Shrek o el Nemo eran artefactos animados de dudosa filiación infantil porque transpiraban mala leche adulta por muchos costados ).El responsable de esta cinta es Shawn Levy, que antes conocíamos por La pantera rosa o por Doce en casa: se mueve, pues, por terreno abonado, conoce el oficio de carpintero de atracción de feria.










No se le puede exigir lo que le exigimos a Martin Scorsese o a Todd Solondz. Levy se afilia a este segmento validísimo de cine orientado al más genuino consumo familiar: todo es festivo, todo se deja conducir por una mansa corrección política y, por añadidura, el guión ( que en su simplicidad cela variados registros y propone un amplio abanico de lecturas ) da un sugestivo repaso por la Historia, aunque sea Historia de andar por casa y no indague más allá de los saludos de los romanos o de la rudimentaria gestualidad de los hombres de las cavernas.













Esta pedagogía simplista no abunda en el cine para niños: a la salida del cine, uno le explicaba a otro que los romanos tenían un ejército "buenísimo" y que los mamuts y los dinosaurios ( en sus entendederas ) nunca habían coincidido en la Historia. Pues puede ser.

El caso es que una película, una sin excesivas pretensiones de perdurabilidad, había suscitado un diálogo tan escasamente habitual que ya sólo por eso, por ese inédito contrapunto, todo valía la pena y no podíamos, con sinceridad, vapulear tan atinado ejercicio reflexivo.Triste consecuencia sería que la Cultura pasase por estos filtros yankees de palomitas y blockbuster masivo: la Cultura viene por otros lados, o debe venir por otros lados, pero Noche en el museo, al menos, suscita un diálogo entre la realidad y la ficción que tiene como nexo de unión los flecos de ese cultura, sus extremidades más frívolos, pero no por ello ( en estos tiempos de decaimiento libresco, en general ) menos importante.

Ben Stiller hace estupendamente lo que sabe: poner caras, dar su bis cómica en generosas raciones. Este padre en apuros, pobre, desubicado en el mundo, necesita esas noches en el museo para que su hijo le tome en consideración: este plus de psicología barata no desarma la traca fabulosa de efectos especiales cuando todas las figuras de cera del museo cobran mágica vida y campan a sus anchas, anárquicos y tozudos, llevando sus tópicos a extremos desternillantes: hay una escena ( la mejor, sin duda ) en la que el guardia nocturno Larry ejerce de psicoanalista de Atila y lo hace llorar como un crío.

Curioso también contemplar el tributo a actores ya retirados prácticamente como Dick Van Dykes, Bill Cobbs o el inefable Mickey Rooney.

Aire fresco, que falta hace.Y si no tiene sobrinos, hijos o allegados a de corta edad a quien dar un rato estupendo de cine, vaya usted. Quizá no se arrepienta del todo y salga rejuvenecido como cuando aquellas sesiones matinales de sábado le hacían sentir que el mundo era perfecto y que no importaba dejarse engañar por una historia. Una buena: un llena-cines absoluto ( Nunca en una sesión de domingo por la mañana he visto yo el cine al que acudo tan pletórico, tan vivo, tan lleno )

Goya 2007

Mejor Película: Volver, de Pedro Almodóvar.
Mejor Dirección: Pedro ALmodóvar, por Volver.
Mejor Dirección Novel: Daniel Sánchez-Arévalo, por AzulOscuroCasiNegro.
Mejor Guión Original: Guillermo del Toro, por El Laberinto del Fauno.
Mejor Guión Adaptado: Lluís Ascarazo, por Salvador (Puig Antich).
Mejor Actor: Juan Diego, por Vete de Mi.
Mejor Actriz: Penélope Cruz, por Volver.
Mejor Actor de Reparto: Antonio de la Torre, por AzulOscuroCasiNegro.
Mejor Actriz de Reparto: Carmen Maura, por Volver.
Mejor Actor Revelación: Quim Gutiérrez, por AzulOscuroCasiNegro.
Mejor Actriz Revelación: Ivana Baquero, por El Laberinto del Fauno.
Mejor Dirección de Fotografía: Guillermo Navarro, por El Laberinto del Fauno.
Mejor Montaje: Bernat Villaplana, por El Laberinto del Fauno.
Mejor Dirección Artística: Benjamín Fernández, por Alatriste.
Mejor Música Original: Alberto Iglesias, por Volver.
Mejor Canción Original: Tiempo Pequeño, de Bebe y Lucio Godoy, por La Educación de las Hadas.
Mejor Dirección de Producción: Cristina Zumárraga, por Alatriste.
Mejor Diseño de Vestuario: Francesca Sartori, por Alatriste.
Mejor Maquillaje y/o Peluquería: José Quetglas y Blanca Sánchez, por El Laberinto del Fauno. Mejor Sonido: Miguel Polo y Martín Hernández, por El Laberinto del Fauno.
Mejores Efectos Especiales: Martí Ribé, Reyes Abades, Everett Burrell, Edward Irastorza y Emilio Ruiz, por El Laberinto del Fauno.
Mejor Documental: Cineastas en Acción, de Carlos Benpar.
Mejor Película de Animación: Pérez, el Ratoncito de tus Sueños, de Juan Pablo Buscarini.
Mejor Película Extranjera de Habla Hispana: Las Manos, de Alejandro Doria (Argentina).
Mejor Película Europea: La Reina (The Queen), de Stephen Frears.
Mejor Cortometraje de Ficción: A Ciegas, de Salvador Gómez-Cuenca.
Mejor Cortometraje Documental: Castanuela 70, El Teatro Prohibido, de Manuel Calvo y Olga Margallo.
Mejor Cortometraje de Animación: El Viaje de Said, de Coke Riobóo.

Cine para leer


Esto de escribir sobre cine tiene sus cosas: unas buenas, otras, mejores. Hay como un regusto íntimo a obra terminada, a comunicación íntima entre el autor y, en este caso, el modesto escribiente ( no digamos pomposamente crítico porque no siempre se critica, no siempre se rebaja o se ensalza un film ) que hilvana unos argumentos, que abandona al albur del lector unas letras para, en todo caso, hacer más grande de lo que ya es el séptimo arte.Digamos que son contribuciones diminutas, pero hay un universo cinéfilo cómplice que lo leo todo y que a todo rincón llega con su hambre canina de información.

Los libros en cuestión son:

1.- Groucho Marx, una biografía, de Stefan Kanfer, que edita RBA Editores. Asequible introducción a la compleja, aunque aparentemente frívola y desternillante, personalidad del genio del humor.

2.- El cine según Hitchcock, de Francois Truffaut, que reedita más lujosamente Alianza Editorial. Libro de cabecera de quien lee cine, de quien lampa por ver su pasión traducida a papel. Incomensurable. Genial. Adictivo. De lectura y relectura obligada, placentera.

3.- Estética del cine, de Jacques Aumont, Alain Bergala, Michel Mairie y Michel Vernet, de Paidós. De más fatigosa asimilación ( todavía no he acabado de hincarle mi ocupado diente ), deja entrever una sociología del cine, una teoría válida para ubicarlo dentro de las corrientes artísticas del finiquitado siglo XX.

La edicición cinematográfica patria es relativamente abundante ( más de 300 títulos en 2.006 ), pero como suele pasar, hay más escribidores que lectores, o casi. En una superficie muy conocida de Cultura ( films, música, gadgets informático, en fin... ) comprobé cómo la estantería dedicada al cine era apabullante.

(Compré un tocho enorme llamado 1001 películas que debes ver antes de morir y que firma Steven Jay Schneider y publica la atractiva Grijalbo. Se deja leer con gusto, aunque abusa de cierto cine ajeno a nuestra competencia cultural, digámoslo así. Abunda el cine indio o el cine ruso de los primeros treinta... )
Faltan clásicos, claro. 1001 películas que podrían haber sido 2000. O 5000. Hay para todos los gustos. Es, no obstante, altamente recomendable como prontuario de referencias inmediatas y la colección de articulistas es variada, sin escorarse en ningún momento hacia ninguna tendencia o moda.

28.1.07

EL TRUCO FINAL (THE PRESTIGE) : Las arañas de Marte invaden el escenario





Al hilo de El ilusionista, compleméntandola sin pisarla, ocupando ambas diferentes zonas de un mismo ángulo narrativo, El truco final ( the prestige ) se afianza en la cartelera como un título interesante, digno, de una manufactura sobria y un plantel absolutamente esplendoroso ( Christian Bale, Hugh Jackman, Michael Caine, Scarlett Johansson ).

Dirige Christopher Nolan, que entregó la fastuosa y alambicada Memento, el thriller polar Insomnio ( con unos muy comedidos y sorprendentes Al Pacino y Robin Williams, en papeles de una contención proverbial siendo quiénes son ) y esta última entrega de Batman, alejada del cliché de la política de Hollywood y escorada, con fortuna, al estudio más sagaz de los personajes y un alejamiento consciente de las formas clásica de los superhéroes para reinventar ( lo hizo, no me cabe duda ) el género. Pues habida cuenta de todo esto, El truco final ( El prestigio ) debería haber sido un peliculón o, al menos, una pelìcula con mimbres de calidad, entretenida, con las suficientes referencias para el cinéfilo exigente y con toda la metralla comercial para el consumidor de cine más pasivo, menos entregado a buscar debajo de las piedras los alacranes del genio.
Esa esperanza se difumina al poco de avanzar el metraje que a mí se me antojó confuso, embarrullado, carente de gancho, frío quizá. Viene a pasar con esto de los trucos de magia que una vez que se ha visto el "prestigio", como dicen en la cinta, nada es ya relevante. Y Nolan hace trucos fastuosos, gesta una vigorosa puesta en escena que no carece de elementos brillantes ( hay un tono gótico, un regusto casi malsano por bucear en las raíces más perversas de la venganza ), pero que cae ( con estrépito, diría yo ) en el tramo final: cuando las cartas ocultas se ponen boca arriba y asistimos a la racionalización de la fantasía.







Bale y Jackman están muy por debajo de lo que esperamos. Caine cumple. Scarlett Johannson no acaba de encontrar el papel definitivo y languidece como ayudante-amante de los dos magos en un papel extraño, que no acaba de producir empatía en el espectador.
La magia y la ciencia no matrimonian nunca: se repelen. Todo cuanto fascina y deslumbra por mágico trae después decepción y desencanto en lo racional. Entrar en más detalle sería desvelar los vericuetos argumentales que hacen llevadero ( digamos que simplemente llevadero ) el (excesivo ) metraje.
Que Bowie aparezca hace que todo tenga un plus de morbo: uno no puede evitar ( yo, al menos, no pude, fascinado por ver al Gran Duque Blanco, al genio absoluto de la música, al camaleón mítico de la vanguardia del rock de las tres últimas décadas ) sentir un cosquilleo en la boca del estómago de modo que al terminar el film agarré mi estantería de cd's y oí ( del tirón ) Ziggy Stardust and the Spiders of Mars.... y oh my god, ahí agradecí a Nolan, a la magia, al cine que exista la música y que detrás de todo quizá la película únicamente haya servido para recordarme que hay discos perfectos, durmiendo el sueño de la espera hasta que la mano cómplice los saca de su funda y los introduce, golosa, deleitosa, pecaminosamente en la bandeja del reproductor, agarra el potenciómetro del amplificador, vigila que la familia no está excesivamente cerca y deja que los decibelios ( diré ahora que durante un rato apabullantes ) inunde el aire, perfumen la noche, abandonen en mi memoria júbilo y alegría, amor y también reconciliación con el mundo y sus barbaries.
¿ He escrito de cine o he escrito de Bowie ? Pues yo lo tengo muy claro.

25.1.07

ALGUNOS HOMBRES BUENOS : Señor, sí, señor




No debería ser causa de extrañeza que una película pivote exclusivamente sobre la personalidad de uno de sus protagonistas o que, dicho de otra manera, una película sea un actor y no podamos bajo ninguna circunstancia imaginarla sin su presencia. Si encima el personaje en cuestión es secundario y apenas sale en pantella asistimos a un fiasco.
Algunos hombres buenos es un fiasco, en cierto modo, pero Jack Nicholson la reflota y la eleva a un meritorio elenco de películas que pudieron haber sido notorias y que, inexplicablemente, caen en el olvido.
El cine yankee ha vivido muchas veces de este reclamo publicitario. Películas de Bogart o de Gregory Peck o de James Dean. También hay discos que funcionan por una sola canción. O libros de los que sólo nos quedamos con una frase, con un brillo tenue que perdura en nuestra memoria como oro en la mano del avaro.
Algunos hombres buenos sobrevive por un juicio donde todos los actores ( Tom Cruise incluido ) dan la talla y donde Jack Nicholson da la vida, pero la da sin esfuerzo, imperceptiblemente.
El engaño de la hora y media previa se excusa y sale uno del cine ( bueno, yo ayer la vi en mi dvd doméstico ) con una sonrisa satisfecha: no sintiéndonos timados en exceso.
El guión, que crece hasta el formidable final, revela los rígidos códigos del honor del ejército americano y cómo un joven abogado ( Cruise ) desmonta el tinglado de proteccionismo, la disciplina del silencio y, sobre todo, el status intocable de un ( repito ) Nicholson en estado de gracia absoluto, en uno de los papeles más ajustado a su desajuste mental, a su genialidad creativa y a su cara de mala leche tremebunda.
Secundarios notables como Kiefer Sutherland o Kevin Bacon dan un contrapunto atractivo. Demi Moore rellena, como casi siempre y Tom Cruise, sin pulir, pipiolo aún, es correcto en su rol de militar con principios, aunque frívolo en un primer momento.
Años después de su estreno, Cruise ha elevado vuelo, a pesar de que recientemente las distribuidoras, las dueñas del parné, hayan retirado parte de su confianza porque sus franquicias, sus saltos y sus carreras ( mira que corre el tío en todas las películas ) no dan caja como quisieran.
Nicholson pasa de caja y nadie se plantea que una película suya vaya a tapar los agujeros habituales de las productoras, pero esto se sabe y Jack, mi adorado Jack, está para lo que está: para hacernos creer que la interpretación es un Arte y merece elogios absolutos cuando se ejecuta con esa pasmosa clarividencia.
¿ Se nota cuál uno de mis actores favoritos ?
Pues por Jack acudan al videoclub favorito, alquilen estos hombres buenos o cómprenla.
Comprar cine es una inversión, aunque no la estudien quienes escriben esos periódicos de papel amarillento que hablan de índices dow-jones y de tantos por cientos imposibles de entender para mentes sencillas como la mía.

ROCKY BALBOA : Tour final : Redención








Entre 1.976 ( Rocky ) y 1.990 ( Rocky V ) Stallone dibujó las ya previsibles y rudimentarias líneas de un personaje que le daría fama y, al tiempo, enconados litigios con el gremio de la crítica, que arrumbaba con menosprecio la franquicia del púgil Balboa al anaquel más desvencijado del videoclub de serie B más humilde.

La quema pública de esta saga salvaba milagrosamente la entrega primera, que se granjeó el aplauso de la Academia de Hollywood ( tres estatuillas: director - Avildsen -, montaje y fotografía ): Rocky era un noble trabajo sobre el mundo del boxeo con un Stallone aún sin pulir ( ni falta que hacía ) en el papel del púgil solitario y tozudo que se redimía de los peligros de la calle a base de mamporros en el cuadrilátero.






Las otras cuatro entregas insistían en lo prescindible: Balboa, sin dinero, volviendo al ring; Balboa ayudando a un amigo al que, en la cuarta, venga en Moscú; Balboa entrenando a un joven prometedor remedo de sí mismo. Ésta quinta parte es, sustancialmente, una película igual de desechable, pero contiene un sentido de la dignidad admirable del que las otra carecían por completo. Stallone, mal actor, es perro viejo en esto del cine y sabe que volcando su personalidad en la historia del personaje, o viceversa, qué sabemos, hará que los sesudos de la pluma busquen tres pies al gato y descubran, pasmados por el hallazgo, que en realidad de lo que se trata es de la verdadera historia de Sylvester Stallone, de su gloria y de su declive, de cómo la vida te puede dejar sonado, pero no tonto del todo.

El acta de defunción de este Rocky Balboa está escrita en una caligrafía sobria y abunda, pese a los tristes precedentes, en demasiados clichés: los mismos que antaño era bandera, himno y forro de todos los minutos. No evitaré advertir de cierta querencia a perpetuar las frases tremendas que parecen copiadas de cualquier novelón-pastelazo de serie B baja a lo Estefanía, pero en inglés y con lona de fondo.









Este Balboa del siglo XXI está ya fondón, vive en su restaurante, viudo, con un hijo que no le tiene en consideración. Los principios morales de este nuevo Rocky son la pasta o la redención: ambas tal vez. Ve uno en este resucitamiento una muy inteligente operación de marketing diseñada al hilo de los héroes en decadencia, del final de la vida y de la puesta de largo del mito que regresa. Stallone lo ha hecho por amor a la pasta y en el 2.007 promete una revitalización de Rambo, a la que prometo no acudir.

Suena inmarcesible Gonna fly now, la inmortal melodía de la banda sonora primigenia y vemos de nuevo a Rocky en la escalera del Museo de Arte de F¡ladelfía con la sección de viento de Bill Conti a todo trapo.

Metacinematográfica, convincente en su legítima revisión de la causa, Rocky Balboa proporcionará un rato de placer fugaz a quienes asisten con un ojo en el ya talludito Stallone y otro en la película multipremiada de 1.976.

¿ Qué hiciste tú en 1.976 cuando Stallone reventaba la nariz de Apollo Creed ? Yo estaba en Primaria, E.G.B. entonces, y escuchaba Hotel California de la The Eagles, pero eso es otra historia e igual puede contarse en otra reseña.

Ah, y las escenas de boxeo puro están logradas.




24.1.07

PRINCESAS : Melodrama con silenciador





Lejos de ser un retrato ácido de la prostitución al que muchos habrían puesto la firma del guionista y director Fernando León de Aranoa, Princesas es un sencillo inventario de las rutinas que pueblan la vida de gente normal, que esconde sus pecados y abre su corazón a los demás cuando las circunstancias así lo mandan. No se complica León de Aranoa en alambiques narrativos que restarían protagonismo a lo que él verdaderamente considera esencia de su film: la amistad sin ambages, lenta, primorosa, de dos prostitutas que se alían contra la miseria de la gente y contra la dureza del mundo que tienen enfrente. Caye ( Candela Peña ) y Zulema ( Micaela Nevárez ) soportan estupendamente el peso del film, que es mucho y poco, que se resume en tres pinceladas, pero que lastra un universo amplio de sentimientos universalmente entendibles, de gestos perfectos y de miradas sinceras.


La melancolía, la ternura, la tristeza: aspectos que nunca han abandonado del todo el cine de este forense de la sociedad, que vivisecciona el cuerpo recién abatido de una ciudad que respira rutina, incomunicación y desasosiego en todas sus calles.



Guión, a decir verdad, hay poco: no se precisa. Ese reivindicación del cine pseudocumentalista, lírico a la manera en que León de Aranoa entiende la belleza, da un film pausado en exceso, sobrecargado en los hombros de dos actrices en estado de gracia, que parecen no actuar y que llevan con estimable dignidad la carga poética de la historia.
No es Los lunes al sol ni Barrio ni la esplendorosa ópera prima Familia: Princesas es cine de menor entidad. Es más un capricho de un guionista inquieto, y arriesgado, que una propuesta con alcance comercial y miras artísticas como las que la preceden.
Diríase que todo se ha dejado llevar por las ganas de ofrecer una visión distinta del hecho físico y social de la prostitución. Hay demasiado costumbrismo: un atiborramiento innecesario de silencios, de complicidades que ya sabemos y que sobran.
Endulzado como no hacía falta, el resultado es decepcionante, habida cuenta ( será al final eso ) de las expectativas creadas con esas cintas antes citadas y que abrieron la ilusión de que Fernando León de Aranoa tenía una voz singular y un universo de sentimientos de largo recorrido. No se ha fallado a sí mismo, en mi modesta opinión, pero ha dejado pasar la oportunidad de continuar arriesgando y ganando.
Princesas arriesga, aunque pierde: se deshace en la comicidad impostada, en cierta desgana en darle un mayor fondo argumental. Sin un guión en el que pasen cosas, el cine pierde bazas irrecuperables.
El cine desguionizado, si lo hay, será cine, pero lindando ya con otros territorios que, en ocasiones, proporciona mejores resultados con otras armas como la música ( el arte inefable por excelencia ) o la literatura ( el arte absoluto por antonomasia ).
Addenda: el final es ambiguo, algo cobarde: quizá el único posible, lo cual es una pena que yo no sufro.



LEMMING : Comedia gansa




Mi incultura en materia zoológica no reparó en que los lemmings son un roedores que habitan en las tundras árticas. Tampoco que llevan a su pequeña espalda la leyenda de que se suicidaban en masa. Lemming, la película que toma como título el nombre de este animal, del que oímos que está en una tubería, es una comedia con ribetes dramáticos ( cuál no lo es ) o un drama con tintes cómicos. El lemming invasor es la metáfora de la compleja red de relaciones que mantiene un matrimonio estable y normal que asiste, entre el estupor y la indignación, a las refriegas de otra pareja, sus jefes, que se autoinvitan a una cena.
El planteamiento, en el cine francés, no es novedoso: se trata de la interrupción de un modo de vida y la tenue aunque dolorosa evidencia de que otro modo, menos agradable, necesariamente más acre y hostil, anida en cualquier rincón, agazapado, como a la espera de ocupar el espacio en el que antes, ni por asomo, se imaginaba estar.





La teatralidad está muy forzada, muy a la francesa, coligiendo que vamos a asistir a la pompa del declive de una burguesía desasosegada, proclive siempre a una tensión que, en ocasiones, genera una violencia enorme. El guión se desajusta de los tópicos cuando abraza, sin rubor, la fantasía, la imaginación espoleada por ese lemming fantasma que ha venido de la tundra y que se ha instalado en las conversaciones, en los postres, en toda la maquinaria bizarra de este artefacto de cruda digestión, pero interesante y valioso para apuntalar la idea de que el cine europeo es estupendo y que puede alejarse de las facturas americanas, sin renunciar a un brioso espectáculo cinematográfico. Hay en algunas escenas verdadera acción: más acción que en muchos mamporros del inasible Van Damme. Moll, este director alemán del que conocíamos Harry, un amigo que os quiere, no es Claude Chabrol. Tampoco el ahora relevante Haneke. Moll es el lemming oculto en la cañería: acecha en el alambicado mundo de los tubos que comparten con nosotros una casa y escupe ( el verbo está ácida y meditadamente pensado ) una comedia gansa, deslumbrante a veces, arquetípica en su resolución, desconcertante en todo el largo metraje que nos ofrece.




La negritud de la trama, el acendrado thriller que va por debajo y la pesadilla metafísica que suspende toda la acción en una idea rocambolesca de sueño o de ficción se convierte en una autoindulgente propuesta de estilo, nunca cándida, que va adoptando a medida que crece un retorcimiento cada vez mayor, una escabrosa superposición de capas bajo las cuales anida, inalterable, la semilla de la enfermedad que está destruyendo la civilizada tradición de la familia europea. Cenas enrarecidas como ésta hubiesen dado en un Woody Allen en estado de gracia una comedia igual de gansa, pero aditamentada con un humor igual de corrosivo, pero más accesible. Todo queda, en demérito de esta muy decente obra de Moll, en un artificio vacuo, en una impostada locura entre lo onírico y lo real, a caballo de la fábula y el ensayo social a lo burro.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...