22.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 20 / Bruno Covarrubias



 Uno de estos días, sin aviso, como quien sale a la calle y saluda apreciativamente a cualquiera con quien se cruce, como quien coge un vaso del lavavajillas y se le cae y se hace añicos o guarda con esmero una flor recién cortada en las páginas de un libro de poesía galante, mi amigo Bruno Covarrubias se nos muere de nuevo. Ya se nos fue en 1982 en la tormenta que ocupó el cielo del Vicente Calderón de Madrid y Keith Richards, cerrando casi el concierto, hizo el riff de Start me up o como en el verano de 1984 al ver a una novia suya que no veía desde la universidad pasear la Playa de las Catedrales de la mano con un señor que le doblaba la edad o como en la navidad de 1999 cuando se falló un premio poético de relumbrón y sus "Adelfas indecisas" no merecieron la distinción merecida o como el cuatro de septiembre de 2000 al decirle que me casaba y dejaba de ser un fijo en las parrandas por el barrio, cerrando bares, cuarteando el hígado, llevándolo borrachito a casa. Sus muertes incontables no preocuparían tanto si no supiéramos que alguna será la definitiva, pero Bruno es fuerte como la lejía y revive a su manera, con gracia y desparpajo a veces, con pesadumbre otras, como cuando golpeó la caja del ataúd en el tanatorio y pidió un café solo y la prensa deportiva del día, por ver si su Atléti había hecho las tareas o si había caído con honor o merecía su desprecio


No sé qué ha pasado desde que pasé a mejor vida, dijo. Ponedme al día en el bar de enfrente. O cuando, desdiciendo el luctuoso anuncio, tocó en el pasillo del hospital el hombro del médico que nos contaba en la primavera de 2014 había sufrido un fallo multiorgánico tras la colisión de la moto con el bolardo de aquella calle tan estrecha, quién mandará hacer así las cosas, la gente de ahora no tiene cabeza para el ordenamiento urbano. Prefiero morirme sin molestar demasiado o sin sacrificar un órgano de interés, Luismi, creo que estoy abusando de vuestra paciencia, me ha dicho hoy, apurando un café en una de esas terracitas que nos gustan. Su renovado afán por vivir ha sido objeto de estudio en prestigiosos foros médicos. La ciencia no da crédito. Un cura del barrio dice que Bruno es el ojito derecho de Dios, que no desea retirarlo tan pronto y le confía una y otra vez el limpio caudal de la sangre para que perseveren los milagros, que están en franca decadencia desde que la gente ha dejado de creer y las iglesias están vacías. Yo lo miro sin envidia. Me da pena, en el fondo. Me lo imagino en mi sepelio. Qué buena persona era Luismi, no he tenido amigo mejor. 


Una vez trepamos a un muro para corretear unas gallinas cuando pequeños y vimos a la hermana del Cristian en pelota picada dándose el simulacro de una ducha con la manguera bajo el asombro pícaro de un vecino que no dejaba de abrir mucho los ojos y la boca. No es Bruno de pensar en sentar la cabeza y buscar mujer a la que hacer traer hijos al mundo. Dice que ya es bastante que existe en este feo mundo un ser tan excepcional como él, no vaya a ser que no se muera nunca y su prole, por lo de la genética, por los primores de su imbatible corazón, tenga que sufrir la sensación de inmortalidad. Es muy chunga la eternidad , tío, me ha confesado hace un momento, al despedirse. Una de esas noches de insomnio y ensimismamiento que tenemos los poetas sin laurear probaré a descerrajarme una andanada de perdigones en la cabeza. Padre dejó una escopeta en el altillo. La limpio de cuando en cuando, por si me da por procurarle un uso razonable. Temo que tan sólo afee el cráneo y se me aconseje no salir de casa, por asustar a los chiquillos cuando juegan en la plaza. Una tía soltera mía se quitó de en medio al reemplazar la leche por matarratas en el café del desayuno. Daría unas arcadas, se le descompondría el gesto plácido con el que besaba a los sobrinos y caería al suelo como un fardo, pero Dios tiene otro cometido para mí. Me lo susurra en sueños. Bruno, haré de ti un heraldo de mi causa. Bruno, los coros infantiles de las asociaciones cristianas entonarán un cántico en tu nombre. Durarás más que Mick Jagger. Serás mi juguete metafísico, mi criatura más amada. Hoy me he siento abatido, no sé cómo manejarme en el trajín del día, me falta el asombro, preciso de la fe. Cualquier día de estos Bruno nos deja definitivamente. Esa circunstancia hará que todo se vaya difuminando poco a poco. Dejará la luz de abrir las flores, lloverá sin entusiasmo sobre los campos, estará más cerca el día en que no sepamos a qué hemos venido a este mundo. 

21.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 19 / Segundo Cascajo



 A Marina Sogo, por darme la primera imagen de la historia frente a una taza de caracoles


Segundo Cascajo comía pétalos de magnolia grandiflora cuando vio a Dios en la fronda cercana de un bosque de almeces. Se le acercó y le habló palabras que no entendió, pero que lo colmaran de una dicha inédita sin parecido a ninguna de las que su corta existencia le había deparado. La flor, macerada más tarde en cuenco bendecido por un archidiácono septuagenario, según se le informó, da brillo y alerta los sentidos hacia la pura efusión de la divinidad y se afinca en los ojos un milagro inasible al comercio de las palabras. Complacido por la contemplación, acogió la única ingesta de magnolias como dieta y experimentó una vivísima decoloración cutánea que su delirio atribuyó a las visitas de la divinidad. Al correr del tiempo, enfermo y feliz, ungido por una luz inverosímil, aceptó que la muerte se ocupara de él y así pudiera departir sin el estorbo de las humanas debilidades con el coro arcangélico, los alados serafines y, si condescendía el azar con su plétora de bondades, con Dios mismo. Ese hecho devendría en el oficio al que dedicaría la suma festiva de todas las unánimes eternidades. Al no ser agasajado con este anhelo puro, se aplicó con más denuedo en la afición a las magnolias. Se conminó entonces a manuscribir la sustancia de su espiritual empeño con el propósito de que la comparecencia de la palabra hiciera que hasta el cielo se poblara de milagros y se entreviera la morada eterna, el pelo blanco de los apóstoles (apostaría Segundo a que era blanco y largo como el de los profetas) y el ojo del Creador (debió haber escrito): "El Ojo del Creador"). El tiempo se las compuso para que la cruzada evangélica del señor Cascajo cundiera en la feligresía más impresionable, la que anda siempre a la espera de que una señal les imponga un camino o les censure otro. Así ganó la adhesión de convecinos iluminados por la posibilidad de recibir a Dios y sentir su divino abrazo. Segundo abrió una escuela de la que fue prócer entusiasmado a la que acudieron enfervorecidos discípulos. Agotado el suministro de magnolias, las reemplazó por petunias, atribuyéndoles virtudes teológicas de más hondo apresto. La muda floral no dio mayor luz, ni de esa súbita sustitución vertió reseña meritoria, pero los caminos del Señor son inescrutables, proclaman los crédulos: discurren a su antojadizo capricho, arguyen su propia trama, desoyen las súplicas, convocan inefables credos. Quienes ingirieron pétalos de petunia bajo la supervisión del versado Cascajo prorrumpieron en latines y en parábolas, la clara voz del Altísimo tomó las suyas y eran melifluas y sobrecogedoras las palabras. Extasiado, conmovido por la repentina eclosión de milagros, Segundo se atiborró de petunias. Las tragó del orto al ocaso sin que su boca cayera en el desmayo ni su ansia flaqueara lo más mínimo. A medianoche, aquejado de un insoportable dolor de tripa, encogido por los espasmos, el sobrevenido comedor de pétalos Segundo Cascajo dejó este mundo. Todos sus discípulos velaron su cuerpo hasta que al amanecer, cansados de rezos y de llanto, lo dejaron en el camastro y se repartieron la comarca para hacer evangelio floral y difundir las bondades de la botánica en las almas cándidas. 

20.3.26

Elogio del azar



No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. Ni antes, cuando tal vez convenía o estaba bien visto, ni ahora, cuando la edad nos da otra manera de ver las cosas y el peso que hacemos de ellas no es tan severo, ni tan rígido. En todo caso, confiamos en el azar, en que el azar nos abra un camino y nos censure a su secreta manera otro, en su contribución a la aceptación de que somos lo que somos y no se precisa ser más. Le dejamos a veces al azar el recado de la escritura de ese proyecto de vida. Cuando se alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo, el poco constante, sino que fue el azar. Vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentable y triste otras. Lo que acabo de escribir es el azar el que lo ha pensado, lo que estás leyendo es el azar el que te lo ha contado. De no ser así, cómo entender entonces que sean unas y no otras las palabras, que encajen como lo hacen, que se censuren a veces y no irrumpan alocada o ciegamente, dejando al que las dejó en una posición de evidencia, alocada y ciega también.

Breviario de vidas excéntricas / 18 / Dionosio Trastámara de la Hoz

 


 Entre un tonto y otro dista una cuarta, aunque uno duerma cuando el otro consagre la vigilia a pulir oficio. Un tonto auténtico reconoce a otro nada más echarle el ojo. Son de una astucia sublime en eso. Cosa harto frecuente, un tonto de verdad no considera tara o minusvalía su condición. Ve en el tonto cercano un alma afín, un ejemplar similar en cortedad o majadería. Hay tontos que, en su necedad sin tacha, asisten a la instrucción pública, no levantando sospecha entre sus tutores y hasta aprendiendo, de corrido, los afluentes del Ebro o las fechas de las batallas de más relumbrón. Tontos con progenie abundan en demasía por lo que se colige que la estulticia no es merma a la hora de manejarse en maniobras galantes, si bien las excepciones son también abundantes y la estadística se cae como una baraja de naipes mal izada. Hay tontos con media docena sana de hijos a los que ponen a estudiar hasta que se licencian en Veterinaria o Literaturas Germánicas Medievales, y limpian, título en ristre, el magro inventario académico familiar. Es curioso el hecho de que los vástagos no advierten el estigma paterno o lo advierten de una forma no traumática, mansa y precaria. La cultura, en ocasiones, redacta coartadas, ofrece argumentos contundentes. Eso sí, un tonto reconoce a otro nada más topárselo. No se precisa cháchara. Tampoco intimar en exceso. Basta el gesto, la mirada, el bizquear el ojo cuando una mota de polvo incómodo lo asedia. El tonto gana en templanza y en serena madurez en el decurso enorme de una vida, pero no abandona el gesto, la mirada torva y pedernal, el ya mentado bizquear rudimentario. Para desalojar la tontura del pensamiento, las recetas no sirven, aunque la psicología y otras ciencias del comportamiento se devanan los sesos en seminarios y en conferencias con el fin de apostar una vía para solventar estas mermas.


La bibliografía de la que se dispone no revela el caso extraordinario del tonto recuperado. En el Registro Civil o en los expedientes académicos, en las hemerotecas civiles donde se manuscribe el prolijo inventario popular y todo su vasto anverso de rumores y bulos, no constan biografías de tonto embutido en listo, aunque entra en lo posible que alguno haya del que no se tenga constancia. Se sabe de Dionisio Trastámara de la Hoz, poeta laureado, cronista oficial de la muy noble villa de Valsequillo de la Pedrera, provincia de Toledo, discreto accionista de una otrora pujante empresa de sombreros, fue en su infancia tonto de singular valía que ganó a pulso nombradía, fama y cierto cariño popular por una costumbre suya que consistía en no dar un paso sin un saco imprudente echado al hombro en el que, ajustada, primorosa, minuciosamente, depositaba los guijarros del camino, las piedras grandes y las pequeñas, las humildes y las de fuste. A fuerza de arrastrar años enteros peso tan formidable, acabó impedido, negado a moverse sin que mil dolores pequeños no le devastasen el costillar y buena parte de la generosa espalda. Ahí, en esa manifestación del delirio y de la contemplación interior, conoció el numen, los endecasílabos, el folclor y el pasado de la gloriosa villa y se armó de esa prosa untada de leyendas y mística mariana para torcer de cuajo la opinión tallada a fuego en la memoria de sus convecinos y darles argumentos que fomentaran, sin pudor, sin compromiso, la nueva imagen de intelectual doméstico, lejos del memo conocido, del tardo en tanto y con tanta profusión. Lo que nadie sabe – y es posible que nadie sepa nunca – es que guarda en el sótano el fruto de esos años compartidos con los caminos de Dios. No hay noche que no descienda a la infancia tras tres tramos de sinuosa escalera de madera vieja que al sótano, y contemple, entre el extasiamiento y la iluminación letrada, los guijarros, toda la obra faraónica a la que consagró su incomprendida mocedad y su letrada edad adulta. Hay días en que se embelesa con tanto ahínco en el desempeño de estas excentricidades privadas que se encomienda no dejar nunca el sótano. Pedir que le bajen el condumio, no querer saber nada de los trajines del mundo, cancelar toda promiscuidad con lo real, abandonarse idílicamente con el vicio al que ha consagrado su vida entera. Desiste a poco de construir esa peregrina idea. Comprende que necesita la cercanía de los iguales. Se ilusiona con la posibilidad de que haya otro que se eche un saco imprudente al hombro y fatigue los caminos cogiendo de aquí y de allá los guijarros, las piedras, todas esas manifestaciones del capricho de la madre naturaleza. Teme, en el fondo, que el número considerable alojado en el sótano impida que alguien pueda salir o entrar de él. Que sea una tumba. Que no cunda el aire en su confinado paraíso.

19.3.26

La memoria del jazz


 La memoria es un atlas ciego. Uno recuerda a tientas. Cree dar con algo que puede imponerse a la realidad, personarse, como si fuese orgánico, como algo que estuviese nuevamente vivo. Hoy he sentido una de esas pequeñas epifanías del espíritu sensible al descubrir en la maraña de las plataformas de música este disco al que había perdido la pista hace (seré exacto) cincuenta años. Lo compré (y lo extravíe) en una de esas tiendas de discos de segunda mano en la que encuentras tesoros a precio razonable o incluso irrisorio. No creo que pueda explicar qué brinco dio este corazón mío al volver a ver la portada y, más que nada, al escucharlo otra vez. De la mano del disco han venido recuerdos que también estaba en esa bruma insensata que nos impide tener a mano todo lo que nos hizo feliz en una época. Ha vuelto el primerizo amor al jazz, que ahora es sólido y no para de crecer. Estamos los dos, el jazz y yo, bien. Somos una pareja maravillosa. Grappelli y Venuti son mis mejores amigos en este jueves atareado. Ya estoy en casa. Me lo voy a poner esta noche entero. 

Breviario de vidas excéntricas / 17 / Abad Blas Nuño de la Vega

 




“Una mujer pembote micciona erguida para emular a su hombre, para emular al hijo, al abuelo. El orín caliente resbalado muslo abajo las protege de algunas enfermedades tropicales. Una mujer pembote que no miccione erguida para emular a sus varones termina atacada por una caterva asombrosa de males que deterioran extraordinariamente su salud con furia incontenida. Se le descuelgan los pechos a temprana edad y la lozanía del rostro muda en un caos de sombras y arrugas. Las mujeres pembote, al desposarse, juran que no traerán mujeres al mundo. Si caen en el error de alumbrarlas, juran que las educarán conforme las educaron a ellas y con arreglo a los designios de su dios, que es un árbol milenario que preside la montaña y habla un idioma del que solo se conocen blasfemias. El árbol divinizado no consiente que las féminas de la tribu miccionen, como sucede en otros poblados, en cuclillas. Las virtudes del orín caliente derramado muslo abajo hasta el mismo pie ha producido una rica literatura de transmisión oral (los pembote son ágrafos) que se recita en plenilunios para conciliar más gratamente el sueño en una suerte de nana ancestral y ruidosa que también posee la facultad de espantar demonios, despertar en los adultos el apetito carnal y ahuyentar fieras de la jungla. Otro episodio de consecuencias literarias es aquel que fomenta la banalización absoluta del sexo. La mujer pembote propende a buscar hombre estable que la colme de hijos, pero vive en lícita mancebía lúbrica y fornica con impudor y algarabía con cualquiera hombre que la halague. Es pieza habitual ver un corrillo de muchachos que observa a una pareja entregada, en una sombra, a la vera de un cauce, al amor. Esperan turno. Cuando la mujer pembote deja de ser fértil, se la destierra a la linde del poblado donde crece, asalvajado, el cuyandú, la flor de los deseos. Masticada, hace que vuelva el menstruo para que todo sea como antes y el destierro concluya. El hombre pembote tiene el único deber de satisfacer sexualmente a la mujer pembote. Un collar estrambótico al cuello delata al hombre incompetente, de hombría precaria, invisible a veces. Cuando el conquistador extremeño Ricardo de Guzmán devastó, hacia 1.540, la aldea pembote, unas cuantas mujeres lograron huir y fundaron, río arriba, un poblado. Los hombres, con el tiempo, fueron obligados a miccionar en cuclillas para emular a sus hembras y el árbol-dios fue cortado y quemadas una a una todas sus caprichosas cortezas. Yo, Blas Nuño de la Vega, llevo los últimos tal vez diez años, aquí el tiempo se cuenta en cosechas o en graznidos de ciertos pájaros, en la aldea emancipada de las mujeres pembote. Más por mi edad, provecta y achacosa, que por mis hábitos religiosos, a veces huidizos, no tengo el delirio de la carne, por más que el corazón dé en encabritarse cuando una mujer pembote se me acerca y tienta y la sangre que me recorre sea un escándalo de vivo fuego. Me entrego a mis lecturas, pues traje a este retiro libros de mi congregación y alguna novela pecaminosa que encontré en el galeón que nos trajo a este hermoso continente. Entretengo los días viendo crecer la selva. Ella es la que los enloquece a todos. Creo que ya se ha fijado en mí. Mi Dios es un rival que debe ser sacrificado. Flaquean mis fuerzas, siento en el pecho un dolor…


(Apunte sin cerrar del diario del abad Nuño de la Vega. Hacia 1774)

18.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 16 / La india Violeta



En el perigeo lunar, la mujer lúbrica propende a encintarse. La criatura alumbrada exhibe en la frente un lunar festoneado cuya visión produce, en quien lo mira en exceso, fascinado por su dibujo, vómitos, diarreas, evacuaciones unánimes y ubérrimas del alma turbada por esa presencia tatuada. Las criaturas nacidas por madre lúbrica en noches de perigeo muestran lunares de muy variada forma. Los lunares aserrados se localizan en el muslo y en la parte antero-posterior del brazo. Los lunares hendidos, en el vientre. Los acorazonados, en el hombro. Los lancelados y aciculados, en la espalda media y ocasionalmente en el costado. Los sagitados, de más lento progreso, en la cima de la mata del pubis. Los trifoliados, en el cuello. El lunar paripinnado, oculto en la nuca, bajo la melena, produce invariablemente la muerte de su observador.  La madre de la india Violeta tenía un lunar con forma de mujer encinta debajo del pecho izquierdo. Si acercabas el oído, escuchabas el latido de un corazón. Violeta tenía uno que no tiene nada a lo que se me compare. Contenía la música celeste y danzaban en su órbita planetas y constelaciones. Hay días en que se puede confundir con un árbol o con un río. Noches en las que replica la cara de un hijo recién nacido. Violeta, hija, serás madre en cuanto te conozca varón, le decía su madre. Ella se reía y salía corriendo. Pensaba en si no le partiría el peso de un hombre encimándola. En si la hija, pues sería hembra, sería alta como árbol. Ella mira su lunar. Lo acaricia. Se pregunto si la hija lo tendrá también. Todos los lunares convulsionan el alma de quienes los miran. Todos aturden al que los contempla. Los nacidos de mujeres lúbricas fecundadas en el perigeo dan la espalda a sus enemigos, agachan la cabeza y esperan, entre la lástima y el odio, a que una suerte de magia los fulmine. Se le ve cómo muere sin dolor y su cadáver revela vestigios inequívocos del desmán, por lo que son piezas de un valor extraordinario en las huestes que los empujan a la batalla. Pronto será perigeo de nuevo.

17.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 15 / Praxímedes Matarredonda

 


Consultado el poso del café y el vaho en el cristal de la ventana de la cocina, leído en la suscripción digital el horóscopo y recitadas las oraciones favorables, Praxímedes Matarredonda procedió a realizar sus deposiciones matutinas leyendo vidas de santos. Cogió el libro y dejó que el azar le abriese de par en par las circunstancias de Santa Filomena, asaetada en los tiempos novicios de la Santa Madre Iglesia según revela el osario hallado en la catacumba de Santa Priscila en Roma. Muy vivamente consternado por el martirio infligido a la santa, Praxímedes demoró la evacuación y quedó varado en una suerte de epifanía de naturaleza enteramente orgánica que le produjo un temblor añadido: el de la súbita comprensión de los avatares más hondos del espíritu, animado por una expresiva cascada de violines que encendiaban con primores de luz el aire del excusado. Feliz por esa revelación, imbuido por su dulce efusión sin brida, comprobó a ojo la textura de las heces, que resultaron de un tono dorado que atribuyó a la Santa Filomena, milagrosamente presente en esa intimidad intestinal. Oro puro, se dijo. Milagro sin metáfora. Procedió entonces a depositarlas con extraordinario esmero en una cajita labrada en maderas nobles que reservaba para altos propósitos materiales y se conminó a difundir el prodigio con abundancia de entusiasmo. Resuelto en esa beatísima empresa, conjurado a propagar un milagro, acudió a la parroquia del barrio y expuso al titular del templo los detalles del prodigio, incluidos en ese pormenor los sublimados y los meramente escatologicos. Era hermoso ver la eclosión de fe obrada en su sensible ánimo, el temblor en su voz al relatar sus vivencias. El sacerdote le hizo ver que una sola manifestación milagrosa no aseguraba la veracidad del insólito fenómeno. Que constatara la continuidad de la coloración fecal y, si persistía el arrimo del oro, si el hecho aislado se convertía en costumbre, elevarían el acontecimiento a las autoridades eclesiásticas. No contento con la a su juicio disuasoria recepción del milagro, Praxímedes se irritó de modo que visitó un periódico local, una activa asociación de jóvenes católicos y hasta un notario que registrase la propiedad de la maravilla acaecida. Como quiera que el relato sólo levantó mofa, volvió a casa con la idea fija de perfeccionar el repentino atributo de su deyecciones y esperar a que un milagro mayor acaeciera. Cuando el cuerpo le invitó a sentarse en el humilde retrete, entró en pánico. Santa Filomena no intercedió en la reposición del producto de sus maniobras intestinales. Sin el arrobamiento, no izado por la gracia de la divinidad ni embelesado por el arrullo solemne de esa emanación sagrada, Praxímedes defecó con rutinario y prosaico oficio. No hubo oro, a su pesar. Nada que fulgiera ni se recamase de fina blonda ni de vigoroso brillo. Devastado por la retirada de los favores del Altísimo, se obligó a no volver a leer vidas de santos y pidió al reticente párroco que le buscara impresos para apostatar. Se ha aficionado a ocupar sus ratos de deposición en lecturas de más frívolo apresto. Se recrea en coplillas galantes o en revistas de cotilleo. Ha cogido afición a la prensa deportiva. No oye violines ni hay oro en las heces, pero elude tratar con gente incrédula y de áspero trato.

16.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 14 / Mihail Popov

 


 En lo más crudo del crudo invierno moscovita, Mihail Popov nació en una pompa de jabón. En el momento de su alumbramiento, la madre hacía sus abluciones en el bidé de mármol rosa con grifería cuello de cisne comprado en Paris en su luna de miel. El frío hizo estragos en la criatura recién traída al mundo. En cada estornudo arrojaba una pompita diminuta de jabón y levantaba el asombro de quienes participaban del singular fenómeno. Cuando Florencio, a la temprana edad de doce años, tuvo su primera eyaculación, una pompa enorme de jabón lechoso amasada una vida entera en la fontanería de su caudalosa hombría, inundó el cuarto de baño, se estrelló contra el espejo y lo impregnó de una sustancia viscosa que, sin ser semen, tampoco era jabón. Una desmesurada misoginia, causada por las superlativas inclinaciones higiénicas de su madre o por su madre, en términos absolutos, sin recabar en ninguna querencia suya, hizo que Mihail apenas saliese de casa. Más no no pensar en su desgracia que por ilustrarse, aunque ambas cosas fuesen de la mano, se hizo a leer cuanto caía en sus manos: libros de antropología, de Derecho Romano, de Biología Molecular, de psicología evolutiva, de medicina deportiva... Harto de lecturas, sin encontrar ninguna que le confiara una explicación al mal que padecía, decidió escribir su propia historia. Antes de acometer esa especie de diario personal, tenía que comprobar si había, en el ancho mundo, en el ajeno trajín del capricho de Dios, un caso idéntico o similar al suyo. Días antes de que un catarro mal curado lo privara de una explicación racional y diera su cuerpo jabonoso a la antigua tierra rusa, vio un titular en una gacetilla dominical que mamá solía comprar. Refería la existencia de un hombre de la península de Kamchatka que nació en el vaho del grito de su madre, cumplida ya, rota en precursoras aguas, molesta por los rigores del esfuerzo y aterida por el intenso frío siberiano. Dio con él, hoy en día todos estamos a mano de todos, y se dispuso a escribirle unas letras. La carta que le envió era un inventario prolijo de su vida. De algún modo supo que no habría nadie que le entendiese mejor. Tenía la absoluta convicción de que aquel hermano sobrevenido abriría una nueva senda en su angustiada vida y tal vez él mismo podría consolar recíprocamente la suya. Fue su madre la que abrió el buzón y vio la carta venida desde el otro confín de su vasta patria. La firmaba un tal Boris Sakolov. Una película de fino vaho impedía  que el sello (de unas montañas sobre un cielo blanquísimo) quedase fijo, y mientras ella rumiaba sobre la pericia de la Estafeta de Correos –una carta así acaba con el sello caído y no hay emisor, destinatario o carta– miraba a su hijito, amortajado, quieto, serio en la caja, huérfano de luz y de candor materno, con esa carita de pastilla de jabón recién abierta, emanando un olor doméstica, de ropa recién tendida en el patio. El destino es bicho cabrón, sentenció, circunspecta, aunque no le gusta blasfemar, ni de decir palabras soeces. El azar arruina una vida antes de que eche a andar. Dan ganas de mirar a Dios a la cara y pedirle cuentas por el precario e infame curso de la trama.

15.3.26

Diccionario de asuntos perdidos / 3 / Deuterogamia y komorebi

 

Deuterogamia es vocablo referido al hecho de contraer segundas nupcias.

Komorebi es término japonés intraducible que describe la luz del sol al filtrarse entre las hojas y las ramas de los árboles. 

Más que cualquier otra cosa, puestos a componer una estadística, es el hecho de que no haya encontrado con qué nombrar a quienes contraen terceras o cuartas nupcias. Tendría que haber una nomenclatura precisa para cada pequeña circunstancia a la que uno asista y de la que desee más tarde dar constancia. Sucede con triste frecuencia que hay cosas que nos pasan que carecen de un vocablo que las fije y así poder prescindir del pormenor del relato. Son sentimientos ecuménicos, sensaciones que se comparten invariablemente, pequeñas epifanías que no se avienen a las entradas de un diccionario. La felicidad de encontrarlas es comparable a la que produce asistir a su manifestación, a la comprensión privada de su significado. Hay una que aprendí y de la que no me desprendo, aunque la haya sentido poco y no no espere que se prodigue en la vida que me quede por vivir. Se refiere a la luz del sol que se filtra a través de las hojas de los árboles y que se mueve con los vaivenes del viento. Hay una palabra para cada ruido, una que registra cada silencio. Se llama "komorebi". Los diccionarios son vastas extensiones de amor puro hacia la vida. Lo que nombramos, por el hecho de ajustarlo al recinto de las palabras, nos pertenece. Es nuestra la luz que se filtra y se mueve entre los árboles por el viento. No sé si hay una palabra para la sensación de poner el pie en el suelo, nada más levantarte, y sentir que el día preludia la inminencia de algo maravilloso, una especie de milagro que se cierne, o si en alguno de esos maravillosos diccionarios existe la palabra que encierra la emoción que se produce cuando la lluvia suena detrás de un cristal y tú estás embutido en una bata de paño grueso, arrimado al brasero, bebiendo té y leyendo a Charles Dickens. Tal vez quien ha sentido en carnes propias la deuterogamia sepa del komorebi y se solace (qué hermoso verbo, pardiez) en la búsqueda del bosque favorable con el anhelo de que encuentre en él a su nueva pareja. Deberán ser dos amantes de las palabras. Yo creo que ese amor es rocoso y no se viene abajo cuando lo asedian las vicisitudes. Tantas hay. 

Elogio y refutación del vino

 Se le da al vino el mismo rango que a los dioses, ocupan el lugar que ellos, se le invoca para apartar el mal o para aplazarlo o para encontrar la luz en el reino de las sombras. O para alcanzar cierta plenitud que no siempre está a mano en el reino de lo real.  No hay nada que rivalice con él cuando uno desea esconderse del mundo o cuando el mundo se atarea en contrariarnos o apenarnos y solo cuenta ignorar su influjo, dar con lo que nos ciegue y consuele.

Tiene el vino su ascendencia litúrgica, la de la vid y el trabajo del hombre. En el ofertorio divino es el vino el que nos recuerda la inmortalidad, es él quien se basta para explicarnos la semilla de la que procedemos y la eternidad a la que secretamente aspiramos. Somos cuerpo eucarístico, cuerpo tomado por la uva terrestre y por la uva celeste, por la esencia de la tierra, por la lujuria ebria y dulce y metafísica. Porque el vino es filosofía. El hombre mira hacia su adentro y descubra el alma y la consuela con el vino.

Los humores torpes y estúpidos son borrados de cuajo, dijo Shakespeare del vino, quién sabe si ocupado por su aliento. La palabra se vuelve aguda y el espíritu, a medida que se empapa, se libera de la cárcel del cuerpo y toma vuelo y festeja la plenitud del aire. El ánimo se embravece, la mirada se limpia, aunque mire turbiamente si la ingesta es excesiva.

Borges, en su famoso soneto, lo hermanaba con la alegría, le encomendaba mitigar la tristeza.

Celestina decía que no había conforte mejor para adentrarse en los bosques de la noche que unas jarras de vino, que no sentía frío en el crudo invierno ni tampoco calor cuando ajusticia el sol en las siestas del verano. Que el buen vino daba coraje al cobarde y diligencia al apocado. No hay mudanza al trasegar de los siglos: el cobarde se agiganta y el apocado se envalentona.

Ernest Hemingway dijo haber bebido muchísimo, pero casi nunca cuando escribía. Eso podría pasar hasta por un engaño de curso literario. Como un recurso estilístico. Admitió que el ron de Martinica le hizo calentar el gaznate y el alma (siempre ella tan cerca) en la cafetería parisina de donde salió “Paris era una fiesta”. También cinceló otra máxima: «Escribe borracho, edita sobrio».

Kerouac dijo ser católico y no poder suicidarse, pero planeó beber hasta matarse.

Sinatra desconfiaba de quien no probara el alcohol. La desconfianza adquiría una consideración mayor si había jactancia de esa anomalía.

Faulkner queda ya imborrablemente como el emperador de la botella, con permiso de Lowry, me dejo decenas, seguro. Faulkner era ágrafo sin ella, y locuaz y lírico y hasta sublime cuando la empinaba. No se podrá concluir un veredicto desfavorable sobre la pertinencia de que el artista (el escritor, el músico, el pintor) se inmole para el peregrino propósito de que su obra resplandezca y nosotros disfrutemos de su arte.

Neruda, en su oda, le creía inteligente, capaz de extraer de quien lo bebe las palabras cabales, los deseos más limpios.

Del vino a veces se tiene también la idea de que nubla el tino y lo embarranca. No es así del todo: lo que hace es borrar eventualmente el sentido común, que es el fiable y al que debemos nuestra estancia en la tierra, pero no siempre es deseable que ese sentido común perdure siempre y en todo momento: conviene de vez en cuando que nos abandone y nos permita volar, perder la confianza del suelo y mirar desde arriba para comprender lo que muchas veces no se entiende a ras de suelo.

No se sabe con certeza a qué hemos venido al mundo, pero es probable que el vino nos invite a descubrirlo. Parece que hiciera su trabajo a la callada, sin alarmar mucho a quien lo ingiere, pero predispone a pensar con anchura de miras (como otros dicen sin beber ni haber bebido) y a aceptar lo que no se acepta cuando se está sobrio y no hay indicio de que el pulso esté acelerado y la sangre circule con entusiasmo y brinque y cante.

Todo el que es demolido por el vino es porque no se supo conversar con él y dejarlo cuando las palabras todavía se entendían y no se había enseñoreado como sabe, haciendo flaquear el sentido común. Fracasa el vino cuando confunde a quien lo ingiere, cuando lo abate y no deja rastro de su hermosa travesía, sino hundimiento y anulación. No es ese el vino del que hablamos, no anima estas palabras de elogio, no las considera siquiera. Todo elogio contiene una admonición. Cualquier atisbo de luz alberga una porción de sombra.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la tierra emancipada de su claustro, la decantación del complacido fruto de su vientre, que se ofrece para que la vida sea menos vulgar o para que el tiempo que se nos concede en ella se aligere de tragedias, se expurgue de pesadumbres y se limpie y así, aligerada, expurgada y limpia, la vida sea tan sólo belleza, el tipo de belleza que uno saborea en los labios y deja que se demore garganta abajo. Bebemos al hombre cuando lo acercamos a la boca y dejamos que haga su oficio antiguo. El vino es historia, es la historia.

El nombre es vino, pero el nombre no importa. Lo que se bebe es la voluntad de algún dios caprichoso y rudimentario, que hizo el mundo y se entretuvo en hacer que alguien (dicen que hace más de veinticinco siglos, al norte de Irak) lo sacara de la tierra y lo escanciara en una vasija entonces, ahora en copas de cristal finísimo, hermosas copas que custodian el sacrificio de la uva en la boca.

El vino, en todo caso, es una invitación a amarse uno mismo. Casi un imperativo lírico. Como una especie de anhelo metafísico. No hay oficio más satisfactorio que ese. Mientras se bebe, se escuchan confidencias, se deja uno llevar por la euforia de esa alegría sencilla y saca de sí lo que no sabría o no querría sin la intervención bendita del vino.

Hay buenos vinos y malos bebedores, escuché una vez. Se habla más y se escucha más mientras sujetas un catavinos. Lo comprobé ayer. No habrá otra bebida que tenga en su custodia tantas confidencias. No creo que haya otra que guarde mejor los secretos. Los vinos tienen buena memoria.

Igual que al orgasmo se le llama la pequeña muerte, también la embriaguez posee ese arrimo de sublime catarsis, aunque la resaca nos conmine a no incurrir de nuevo en festivales de la sangre.

La mala fama del vino es justificada, añado (iba a escribir añada, discúlpenme). Se han visto vidas arruinadas por su culpa. Tragedias. Guerras. Sangre. Muerte. Todo lo terrible que existe y creemos lejano, pero que irrumpe y nos somete. Es el vino, con triste frecuencia, el que acerca al débil a la contemplación ensimismada y dolorosa de su debilidad. Duele que no se sepa cómo manejarse cuando se le tiene cerca. Porque podríamos saber beber igual que sabemos respirar o poner un pie tras el otro y hacer el camino.

En la euforia de la ebriedad, uno se jalea a sí mismo, se da ánimo, no deja que la alegría decaiga, se cree incluso póstumo, a salvo de los rigores de la realidad, sobrevolándola o venciéndola, como si los momentos de la curda fuesen una clausura de algo, que no tiene que ser necesariamente la vida, pero que se le parece más de la cuenta.

El lenguaje tiene una riqueza enorme para explicitar el estado de embriaguez. Se coge un verbo y se le da la transitividad adecuada: pillar una cogorza, dormir la mona, coger una tajada, una trompa, un ciego, una mierda, un tablón o una castaña. Este desplazamiento semántico es de índole popular y no hace pensar en si es grosera o no su verbalización: se limita a airear una poética de la borrachera, que es asunto en el que las metáforas se acomodan con precisión. La abstinencia no tiene el predicamento de su reverso: se ve que el pueblo es más de excederse que de comedirse: la mesura o la sobriedad no dan para que el ingenio resplandezca y las palabras se desboquen. Hay verbos espléndidos para escenificar ese tránsito de la calma al caos; de la templanza, tan rigurosa y precisada, al desquicio, tan brusco y contraproducente: achisparse, ahumarse o ajumarse, abrumarse, apiparse, ponerse pedo, columpiarse, tajarse, pimplarse, mamarse, ir colocado, dormir la mona, empinar el codo, empiparse…

También cuenta en este elogio (con su refutación debajo) la literatura de su ingesta. La hay, y a tutiplén. La dipsomanía tiene un rico acervo léxico con el que se le da la dimensión de milagro sensorial al líquido que se ingiere y al sabor que procura: el beodo es el centro de una lexicografía vasta, se advierte un mimo en la producción de vocablos, una inventiva de raíz ancestral que va incrementándose con los tiempos y agrandando su leyenda. Hay hasta reducciones antológicas: basta un verbo, cargar, para que el imaginario colectivo componga el texto elíptico. Si alguien va cargado, no hay quien imagine un peso físico, tangible, sino otro espirituoso, etílico. En ninguna de estas taxonomías estrictamente semánticas hay un desafecto por el contenido referenciado. Apenas se le reprende, no hay una admonición hacia el hecho de beber, ni siquiera un asomo de desafecto: es el humor el que campea, la constatación de que los borrachos, salvo cuando se violentan y pierden el tino, son patrimonio de la cultura de un pueblo y se les debe un repertorio adecuado de apelativos, las más de las veces cariñosos.

Los devaneos del espíritu con el alcohol son dionisíacos, su amistad antigua, provienen de bacanales, se aposentan en la mismísima historia de nuestra civilización, que fue siempre alegre en el dispendio de los licores, ya sea para aliviar el trasiego de los días o para apaciguar los dolores del alma, que es una noche oscura de la que sabemos poco. Muchas veces imprudente esa inclinación al beber, al loco perderse en la bruma del alcohol.  El que se achispa o se embriaga o se taja (he usado las tres primeras que me han venido a la cabeza) tiende a cumplir ciertas fases que los doctos en la materia (no exentos de razón) dan como ineludibles. Primero hay una exaltación del compadreo, luego una euforia, una alegría pura, inusitada, que suele aderezarse con cánticos del terruño o con chistes groseros o con sentencias de un rigor filosófico absoluto. Ahí se puede advertir ya la primera evidencia de que la lengua se ha envalentonado y tira hacia donde le place. Hacia Dios, hacia la muerte, hacia el amor. Será la santa Iglesia, Dios Padre, los políticos o la madre que nos trajo al mundo. Todo es útil, cualquier argumento cuenta. En la cuchipanda, en su exaltación de los sentidos, en la sobreexcitación, el ebrio perora, diserta sobre lo que sabe y sobre lo que no, lo cual no es exclusivo de ese estado de embriaguez, sino que sucede invariablemente en circunstancias variadas, sobrias muchas de ellas. La libación alcohólica es un hecho incontestable de la cultura. Es generosa su historiografía, casi su santificación. Primero fue el vino, que es la madre de todos los licores.

La misma comida es con frecuencia maridada con caldos de la tierra. Se eligen los afrutados, los aguardientosos, los amoscatelados, los de denominación de origen, los efervescentes, los consistentes, los enturbiados, los equilibrados, los pastosos, los contundentes en boca, los sedosos, los suaves, los que traen aromas a madera de Ceilán, los jóvenes y ligeros, los pálidos y de poco apresto, los impetuosos, los persistentes, los de garbo e ímpetu más allá de su trago, los herbáceos, los que tienen buqué, los balsámicos, los aromáticos, los aterciopelados, los armoniosos, los apagados, los aguados, los vigorosos, los rosados, los florales, los nectarinos, los pecaminosos, los de ambrosía, los de la santa misa tan santificada, los de las exequias cuando el muerto yace en la honda tierra, los poco o muy oxidados, los peleones, los que traen versos de la Roma Antigua, los de la farra cuando no se sostiene el pulso, los rancios, los dulces, los que huelen a lluvia recién caída, los que rajan la garganta y hacen que tremole el corazón, los redondos, los de geometría difusa, los de la música del corazón, los de apaciguar el alma, los de las celebraciones, los de las penas, los rumbosos en sabor, los que no tienen nada más que vértigo y fuego, los de la sed, los de la soledad, los del desamor, los de solera antigua, los sulfurosos, los sutiles, los excéntricos, los tabernarios, los turbios, los limpios, los tumultuosos, los avinagrados, los espumosos, los de somnolencia suave o bizarra, los fogosos, los ligados, los sedosos, los tánicos, los terrosos, los ásperos, los amargos, me habré repetido, y juro que he tenido cuidado.

14.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 13 / Gloria Paniagua

 

Una de las ventajas de tener un amiga imaginaria es la posibilidad de no estar sola nunca. Hay quien no soporta la soledad. De hecho, es la soledad la que hace que el mundo no gire en armonía. Sostengo que todas las guerras del mundo provienen de la soledad de quienes las emprende. Si uno acepta estar solo, no anda maquinando maldades ni busca con quien enfrentarse. Un amigo fabricado dentro de la propia cabeza es más fiable que uno tangible, afuera, de los que no siempre se tienen a mano cuando se le precisa, de los que no están ni se les espera. El amigo imaginario abastece a quien lo inventa de un inagotable banco de recursos lúdicos. Hasta de limpios abrazos si uno afina la piel lo bastante. 

 

Yo misma tengo una amiga imaginaria y jugamos a una enorme variedad de juegos. El que más nos gusta es el de asomarnos al borde de la alberca de mi tía (o debo decir de nuestra tía, porque hay veces en que más que una amiga la siento como una verdadera hermana) y ver reflejada en el agua, turbia a veces, gris tirando a un verde pastoso otras, la imagen de nuestros trajes de domingo. Es un color o es otro según el ánimo que ella traiga o que traiga yo. Ven, Gloria, mira el agua de la alberca. Si mamá me hacía unas coletas, veía un par. Si movía las manos arriba y abajo, son cuatro las manos que hacían ondas en el agua. Hemos jugado a eso durante muchos veranos. Eran juegos fabulosos que se extendían tardes enteras y nos conducían, extenuadas, al sueño. Túmbate aquí, tumbémonos aquí. Lo que soñábamos era una continuación de la vigilia. Al despertar, nos contábamos el contenido de esa fantasía involuntaria. Yo imaginaba caballos persiguiendo un tren y mi doble imaginaba un tren encimando unos caballos. Después ni trenes ni caballos. La luz tan solo. El frío hierro de la luz. 


Hasta entrada la adolescencia , no revelé a nadie que tenía una compañía imaginaria. Fue un novio que me eché en una fiesta de fin de curso al que confié esa intimidad. En cuanto, en los bailes lentos, me asía del talle o envalentonaba su mano cerca de mi pecho o del culo le susurraba al oído que a mi amiga imaginaria le incomodaban esas libertades, pero que a mí no. Que a mí podía tocarme libremente, que mi cuerpo era suyo, que mi alma le pertenecía, en fin, todas esas cosas de telenovela de sobremesa que yo escuchaba en la mesa camilla, mientras mamá zurcía calcetines con esos pesados huevos de madera, y yo (o quizá en adelante deba decir nosotras) me dedicaba a leer tomos de una colección de Los Cinco, que alguien me regaló (o nos regaló) en un cumpleaños. El novio no se arredraba ante esa revelación inaudita y un poco violenta. Creo que la consideraba parte de los preliminares verbales que los amantes se azuzan antes de entrar en faena y que las manos y lo que va tras las manos ofician su sucia liturgia. Comprenderán que una de nosotras se resistiera. Hubo mucha catequesis, mucho sermón de madre, mucho miedo siempre. Dejo aquí registrado que no metió más mano de la que yo misma permití. No necesité acudir a mi hermana invisible para sacarle la mano de la blusa o sugerirle que no me lamiera la oreja, maniobra galante que a mí me daba un asco tremendo. 


Como cosa de papá, por continuar su profesión, por heredar el establecimiento del que dependíamos, estudié Farmacia en la capital. Dejé el pueblo con el entusiasmo de quien reconoce en la gran ciudad un parque temático de sus vicios. Los míos, muchos y muy sofisticados, los dejaba a la consideración de mi doble, pero casi nunca me reprendía por lo insólito o lo procaz de alguno, Bien al contrario, me animaba, me infundía el ánimo que yo no poseía, me daba el aliento de la fundación primera del pecado, el que hace que todos los demás pecados caigan en tropel, acudan en tromba, en festiva comandita, se alisten en la cabeza a la espera de que yo los invite a la ceremonia de mi diversión y me ericen todo el vello sensible del cuerpo. De verdad que aprendí bien pronto a respetar mis vicios, a no incomodarlos, a tenerlos felices ahí adentro. Al novio aquel, primerizo y rural, al   de la lengua de vaca en mi elusiva oreja, le siguió uno un poco flacucho y triste, que se dejaba querer casi sin que una pudiera censurarse. Lo invité a casa de una amiga porque nosotras vivíamos en una habitación doble de una residencia de estudiantes, muy cara por cierto, muy divertida también, a la misma espalda de la Facultad. Mi amiga, a la que todavía trato y con la que tengo la mayor de las intimidades, me dejaba la llave en una maceta del rellano, envuelta en un papel de aluminio y enterrada con mucho esmero en la tierra marrón de una planta feísima, más muerta que viva. No sé el motivo del embalaje. Quizá por algo que no me contó. Usé una decena de veces esa llave. Todavía, al usar llaves que abren puertas, imagino que dentro me espera el placer, no puedo evitarlo. No es que cuente mis encuentros galantes, pero en aquella época me entretenía esa estadística que hoy, ya nada joven, no valoro ni consiento. No hubo amante ocasional (todos lo eran) con quien no me sincerara, ninguno que rechazara de plano esa promiscuidad verbal mía , aunque sospecharan, en el fondo, que yo no anduviera muy bien de la sesera, que mi desazón era cosa antigua, no vigilada ni medicada. 


No hay día en que no aprecie vanidosamente la soltura en la que me manejo en el trabajo. Aprobé unas oposiciones de banca y dirijo (o debo decir dirigía o incluso dirigíamos, ya me van entendiendo) una sucursal de una gran Caja en una de esas ciudades dormitorio en la que nadie conoce a nadie. He llegado a pensar que no es extraña esa circunstancia. Porque no había una directora. En la mayor parte de las veces, éramos dos. En realidad somos dos las que pensamos, dos las que discutimos y dos las que llegamos a la más razonable de las conclusiones. Dos siempre. Nuestro expediente académico fue excelente. Luego ese título de Farmacia sirvió de bien poco. Nos acordamos de que existe, escondido en el trastero, cuando enfermamos y abrimos todos eses pliegues de los prospectos. Papá quedó satisfecho de que su hija (él nunca aceptó que fuésemos dos por mucho que yo me esmerara en cómo confiarle el secreto) cursara la misma carrera que los ancestros que adornaban la escalera de casa. No iba a estar ahí mi retrato. No, al menos, como profesional del ramo. Ni como feliz mujer casada con un hombre que me colme en atenciones y me haga la más feliz de las esposas. Tener una amiga invisible abre unas puertas y cierra otras. La del amor no fue nunca relevante. La otra Gloria, que en realidad es Carmen, se vale conmigo y yo, perdida en sus cariños, prendada de la cercanía que me concede, me valgo con ella.


Cuando mi hermano Óscar entró en el seminario, pensé en Dios como nunca lo había hecho. Dios, ese falso amigo, le dije, no te va a hacer más feliz. Yo tengo el remedio, Óscar. Yo sé cómo hacer que tu vida espiritual sea completa sin tener que estudiar todos esos libros, sin tener que aceptar todos esas mentiras antiguas. Deja que la religión sea una cosa de domingos a las doce, no le des más oportunidades. Terminará arruinando tu vida, créeme. No me hizo caso, no suele hacerlo. En la vida normal, incluso en la vida fabulada en una cabeza como la mía, Dios sobra. Entiendo que otros lo reclamen, lo hagan parte de sus días y de sus noches y lo inviten a la mesa y hasta lo metan en su cama y le hablen confiada y amorosamente antes de que les venza el sueño, pero yo he encontrado el dios subalterno, el pequeño dios rudimentario con el que converso y al que someto mi vida entera. A mi doble le incomoda que yo tenga una tercera persona en mi cabeza, pero acepta que yo cuente con él, lo haga cómplice de mis desvelos y le confíe mis inquietudes cósmicas. A mi modo, a mi secreto modo, le rezo algunas noches. Hablo sola, escucho en el silencio de mi dormitorio de mujer soltera con amiga invisible mi voz suave, noto el peso de las palabras acomodándose en el aire, valoro ese peso limpio y sincero y sin saber cómo, de verdad que no sé cómo, tengo la certeza de que todo lo que voy barruntando, todas esas historias empezadas y acabadas o dichas y sin cerrar son registradas en algún lugar al que no sé nombrar. Óscar dice que no es ningún dios personal, ningún Jesús privado, al que hablo. Con quien hablas es con el mismo Dios al que yo le hablo, Gloria. Son el mismo Dios misericordioso y bueno. Tu Dios y el mío son la misma maravillosa cosa. Pero yo desoigo esa reflexión de mi hermano. Asi funcionamos Carmen, Dios y yo. 


Hay personas extremadamente favorecidas por el azar. Una de ellas es mi hermano Óscar. Le hizo buena persona, le dio el don de la bondad, le concedió la sonrisa hermosa de los hermanos limpios. Si yo no tuviese a mi hermana invisible, haría que Óscar entrase en mi cabeza. No le pediría permiso. Lo traería hacia mí y lo apresaría dentro. Siendo hombre, sería una relación conflictiva. Tantos años con una mujer que no soy yo alojada en mis meninges, en las circunvoluciones cerebrales, en las moléculas grises, en las arrugas del misterioso cerebro, me ha hecho que no me deje engatusar por las carantoñas de los hombres. Dejo que me toquen, a veces incluso exijo que me toquen. No pierdo ocasión de buscar amantes y abandonarme a ellos. Creo no han sido pocos y poseo conocimiento en este asunto. Otra cosa, otra bien distinta, otra poco asumible por mí, es que tenga que conocer a sus padres, plancharles la ropa o usar el huevo duro de mi madre para zurcirles los rotos del calcetín. No debería una contar nunca estas intimidades, y sin embargo las cuenta, las deja aquí, constatando la única verdad a la que puedo agarrarme ahora que todo parece venirse abajo, cuando el mundo que he estado (hemos, más certeramente) construyendo desde que vi a mi hermana en el agua de la alberca, duplicando mis coletas, repitiendo el mismo vestido azul, la misma cara con pecas y la misma mirada como perdida. 


A Gisel, una amiga mía de Puerto Rico, muy de misa y de librito de salmos en el bolso, le parece brillante que yo haya inventado un dios portátil. A pesar de que rece a diario y respete los dogmas de la Santa Madre Iglesia, comprende que algunos estemos a gresca con los mandos de la fe y prefiramos un templo propio, uno a medida le digo, de fácil mudanza, Gisel. A ella, que en Puerto Rico tienen unas ideas muy avanzadas en asuntos de fe, no le inquieta que cada uno tenga su propia fe, como cantaba un cantautor barbudo, no recuerdo el nombre, en el casete de papá en los veranos de la casa de campo. Ni que tengamos nuestros propios amigos, los que no se suelen tener, Gisel, le aclaro antes de explayarme a gusto en la historia de todas las personas que he ido alojando en mi cabeza desde que viera a mi doble en la alberca.


El informe médico dice que tengo un cáncer que avanza. Le dije al doctor si llegaría la cabeza y me dijo que no. Está en los pulmones, Gloria. Creo que ahí hará su gran obra, le contesté. Tengo los días justos para ir poniendo en situación a los míos, añadí. No tendré que ir muy lejos. Anoche le hablé a mi Carmen, mi doble más antigua. Hay otras, siempre hubo otras. Mujeres que iban y venían. Voces dentro de la cabeza que me hablaban, orejas que escuchaban, libros en los que ir anotando el ir y el venir de los días, los que ahora el doctor dice que tengo contados, los que no me dejarán llegar a vieja. No iré definitivamente a Vietnam. Siempre quise ir a Vietnam. Tengo una amiga allí. Me escribe correos electrónicos en un inglés sencillo, pero hay mucho amor en sus palabras rudimentarias. He mantenido conversaciones larguísimas con personas de una formación académica formidable, gente con facilidad para la charla y experiencia suficiente como para levantar una cita muerta y hacer que brille y sea memorable, pero en ninguna de esas maravillosas tertulias he logrado la quietud y la paz interior que me dejan las cartas de mi amiga vietnamita. Se llama Thi, que significa poema. Mi poeta vietnamita es joven y tiene una cara confundible con cientos de caras vietnamitas, lo cual no es muy halagador para quien me conforta de ese modo, pero ella se ríe cuando se lo explico. Todas sois iguales, querida mía. Se ríe con palabras, que es una forma adorable de manifestar la risa. Yo escucho cómo se ríe si leo en voz alta, en inglés, lo que Thi me escribe. Son declaraciones de amor muy inocentes, pero no es un amor carnal, no es uno de esos amores que de vez en cuando sentimos y nos hace perder la cabeza. El suyo, el de la buena de Thi, es el que busca una hija en una madre. 


He tenido la voluntad de traer hijos a este mundo casi en cada ocasión en que un hombre ha entrado dentro de mi cuerpo, pero he desechado ese deseo en cuanto he estimado si a mi doble le satisfaría que yo me desdoblase y tuviese que atender a alguien de carne y de hueso, alguien menudo y frágil que solo me tuviese a mí para conducirlo de la mano  y hacerlo grande y fuerte. Porque yo no querría un hombre en el acto de hacerlo crecer y de educarlo. Lo haría yo, Thi, yo le contaría las ventajas de tener a alguien dentro de su cabeza. Al principio una persona, un amigo imaginario, un dios subalterno, pero después otro, que conviva con el primero. Le instruiría en el arte de hacer que congenien. No es fácil. No lo fue conmigo, Thi. Ni siquiera mi hermano Óscar malogró mi intención de internarme en un centro de atención psiquiátrica. Estuve un año, o quizá fueron dos. 


Los fármacos no me hicieron bien alguno. Sé de lo que hablo porque estudié Farmacia, aunque luego de poco me ha servido, ya sabes. En esa residencia para sonados cara, muy cara, como todo lo que mi familia me busca para que sane y deje de parecer la loca que suelo, me eché un novio que trabajaba en la cocina. Olía a sopa de sobre, a mugre desordenada, a musgo y a flores rotas, pero a mí me encantaban sus manos. Recuerdo que me tocaba el pelo. Cafuné. Ese es el nombre que recibe esa maniobra sencilla. La de tocar con amor el pelo de quien se ama. Suavemente. Yo miraba por la ventana como miran por la ventana los locos que salen en las películas de locos. Uno coge un punto fijo y deja que el reloj avance. En realidad no existe un concepto de reloj ni de punto fijo. No hay una literatura, Thi, no sé si me estás entendiendo. There are no words for that.


 Lo curioso es que sale una de todo. Más que la química, tan adorable a veces, lo que logra que todo deje de doler tanto es la vida interior que tengas dentro de tu cabeza. La razón por la que me internaron fue a la postre la que hizo que me diesen el alta. Mi doble me aconsejó bien: tú sabes cómo convencerlos, tú sabes qué decirles, tú solo di lo que las dos sabemos que desean escuchar. No somos dos, ni tres, somos más, lo sabes, le digo (les digo) yo a escondidas, cuando las enfermeras no están mirando y andan en sus cosas. Thi, el cáncer es una bendición, te lo juro. No sé cómo hacer que me entiendas todo esto que te digo. A lo mejor encuentras a alguien que te transcriba mi carta al vietnamita. Tiene que ser hermoso tu idioma. Me hubiese encantado ir a verte, dejar que me enseñases los templos y las calles perdidas, la selva y el mar. Luego haría yo de maestra de mis invitadas, de mis amigas invisibles. Al dios que me tutela, uno de ellos, más bien, no le hará falta ese aprendizaje. Sabrá todos los idiomas. Pensé en eso, en la idea de un dios más grande que la máquina de Google, una especie de dios indexado en mi cabeza, un algoritmo panteísta, un dios a disposición enteramente mía. El otro, el bueno, el Dios de los versículos y de la misa de doce, perdona que me ponga un poco bruta a esta altura de la confesión, debe ser el no va más en poliglotismo. Si un feligrés es de una alejada isla del Pacífico, lo entenderá cuando le habla, sabrá qué le duele, qué precisa para ser feliz, cómo consolarlo. Es un estupendo oficio el de Dios, Thi. A los que nos morimos, nos encanta pensar en todas estas cosas, en dioses que hablan idiomas, en las albercas de los veranos de la infancia, en playas a las que el monzón descompone cuando cae la tarde y todo es de un precioso dramatismo de postal. 


Ahora mismo no sé si escribo yo o escribe una de mis amigas imaginarias. Todas saben de mí lo suficiente como para suplantarme. Es posible que ni siquiera sea yo un ser entero y todo lo que he hecho durante una buena parte de mi vida haya sido el resultado de unir piezas distintas hasta que se ensambla la Gloria que soy, la del cáncer en los pulmones. Si no he fumado nunca, doctor, le dije, entre nerviosas risas. Un porro a los veinte. Eso no es un aspecto a considerar. El bicho del cáncer, el cabrón, no sigue un protocolo. Va por libre, Julia. No sabemos todavía los médicos qué entretenimientos tiene, si le gusta hacer esto o lo otro, si un camino le entusiasma más que otro. El día en que intime la ciencia con el bicho no tendremos que estar aquí los dos, tú y yo, el doctor y el paciente del futuro impensable, intentando encontrar las palabras de alivio, que no las tengo, qué más quisiera yo que tenerlas, Gloria, tener a mano el consuelo. Y mi tierno galeno arrancó a llorar. No uno de esos llantos impresionantes, de pecho roto, sino uno de una timidez hermosa. Nos amamos allí, en su consulta. Me penetró con una violencia que no conocía mientras no paraba de contarme el malestar que sentía cuando las palabras que usaban no eran las de la ciencia sino las que usan los psicólogos. No te preocupes, doctor, no te preocupes, doctor, ahora solo aplícate en esto, no pares, sigue, sigue. El amor carnal siempre me alivió mucho, doctor, le confieso después, mientras nos vestimos casi sin mirarnos, un poco embrumados por el placer todavía, cayendo en la cuenta de que no debimos y si, habiendo caído en la tentación, no tendríamos los dos que vernos en un café, en una plaza, en una habitación de hotel, hasta que el cáncer me destroce entera y me muera en una cama de su hospital. Te cuento esto, Thi, en este correo electrónico para que me metas dentro de tu cabeza. Lo puedes hacer ya. Da igual que esté viva, que me queden meses, un año, no sé, poco más. Lo importante es que tú permitas que yo me instale en tu cabeza vietnamita. Ahí estaré hasta que el cáncer te visite a ti. Porque lo hará. Un cáncer u otro, Thi. El cáncer viaja más rápido que la velocidad de la luz, que siempre fue una de esas cosas que sabemos que viajan rápido. Yo soy muy buena en idiomas, así que aprenderé vietnamita en poco tiempo. Mientras observaré qué haces, escucharé de noche, cuando nos acostemos, todo lo que me cuentes. Pesaré cada palabra, mediré sus sílabas, conjugaré sus silencios. Sé escuchar muy bien, Thi. Si te preocupa pensar si llevaré conmigo a todos mis amigas invisibles, olvídalo. Las dejaré morirse conmigo. Igual me llevo a mi primera invención. Tendremos que hablar las dos. Creo que ya están un poco cansadas de mí. No soportarían empezar otra vida, aunque sea conmigo, en Vietnam. 


Me tienes que escribir en cuanto puedas, Thi. Mi hermano Óscar me ha regalado uno de esos teléfonos inteligentes y no hay correo que no abra al momento. Anoche precisamente abrí uno del doctor. Se interesaba en mi ánimo. Como si el ánimo le reventase la boca al cáncer, pensé. Me pedía una cita. Un café discreto, Gloria. Fue tan hermoso, disfrutamos tanto. El doctor es un ser despreciable. Como casi todos los hombres. Solo buscan el placer de la carne. No conozco a ninguno, salvo a mi hermano Óscar, que es sacerdote y está consagrado a su Dios, que desprecie un buen rato de cama. Yo misma no lo desprecio, Thi. Tendrás que ponerme al día de tu vida amorosa. Sé que estás casada, pero en principio eso no debe afectar a nuestras relaciones. Yo me quedo dentro de tu cabeza, y tú puedes hacer con el resto de tu cuerpo lo que te venga en gana. Me pregunto si los vietnamitas sois promiscuos. En mi país no hay un tópico sobre eso. O lo hay, pero no sabría ahora contarte.



Lo peor es la soledad, te lo juro. Hace que el mundo no gire en armonía. Urde las guerras. Mueve la mano al mango del cuchillo y lo convierte en una herramienta del mal. Por eso me inventé a mi amiga invisible el día de la alberca en casa de mi tía. Nunca me he desprendido de ella. En este instante en que escribo, está aquí a mi lado. Es a la única a la que le he dicho lo que me pasa. Lee cuando escribo. Tal vez sea ella la que piensa las frases, no yo. Ella me entiende tan bien. Solo me reprende cuando me encapricho de alguien y lo traigo a casa y me consagro a él hasta que le hago el gesto habitual y lo pongo en la calle. Ese gesto la irrita sobremanera. Dice que soy una maleducada. Una guarra maleducada, para ser exactos. Pero nunca he estado sola. Me voy a morir con la conciencia de haber vivido como quise, Thi. Y tal vez no muera del todo, ¿no crees? Te voy a dejar, Thi. Creo que voy a quererte mucho y que voy a disfrutar Vietnam. Los dioses vietnamitas me asistirán en mi reencarnación interior, si es que hay una reencarnación, claro. Y si nada de esto pasa y muero del todo, sin que nada de mi trascienda ni aquí ni en Hanoi, me encomiendo a mis dioses subalternos, al dios de las voces de las noches, al dios de las palabras de afecto poco antes de conciliar al sueño, a todos esos dioses domésticos que, a decir de mi adorado Óscar, solo me han acercado más al único Dios verdadero. Imagino que también leerá. Que también sabrá de mi amiga invisible. Tal vez fue él quien la depositó ahí, cuando yo era pequeña. Ahí te dejo a alguien, cuídala, ella te cuidará, no la lastimes, dale consuelo cuando flaquee, bésala cuando te pongas cariñosa, ya iré viniendo, no os dejaré solas, diría el buen Dios allá en su limbo perfecto. Allá voy, Dios verdadero, pero que sepas que prefiero Vietnam. 

Breviario de vidas excéntricas / 20 / Bruno Covarrubias

 Uno de estos días, sin aviso, como quien sale a la calle y saluda apreciativamente a cualquiera con quien se cruce, como quien coge un vaso...