19.5.18

La ciudad derrotada



I
Tomaron la casa. Dejaron las baldas, se llevaron los libros. Abrieron los armarios, desocuparon las perchas. Todos los cajones estaban a medio abrir y no había nada adentro. Vaciaron el frigorífico, lo despojaron de su dignidad, sólo quedó un olor a rancio y unos tappers huecos. No era la voluntad de hacer daño, no se disfruta con esas cosas. Fue un acto de amor lo que hicieron. No debía quedar nada que indicase cómo eran los moradores. Lograron que la casa dejara de ser una casa. Era cualquier otra cosa, pero no una casa. Luego estaba el silencio. Parecía colocado adrede. Como si lo hubiesen traído de afuera y dejado allí para que colaborase  al expolio. El silencio juntamente con el frío. Hay casas que viven en ese limbo sin sustancia. Las ves desde la acera o desde un coche. Piensas que nunca fueron habitadas. Dan esa sensación de orfandad. Te parece inverosímil que antes hubiera conversaciones, afectos, actos de amor y de odio, pequeñas o grandes evidencias de que la vida pasó por allí y se animó a quedarse. Están proliferando las casas vacías, tomadas, descompuestas, desoladas, ciegas y muertas. Las hay en número que rivaliza con el de las ocupadas. Toda esa abundancia obscena de bloques a medio construir o de pisos no estrenados jamás hace pensar en que cierto mal está asentándose en la sociedad y de que estamos encantados de que nos haya visitado. De no estarlo, no habría bloques fantasmas, pisos muertos, casas solas. Duelen más las que no llegaron a ser útiles siquiera. Las otras, las que se habitaron y dejaron, pronto se enmohecen, se cuartean, ofrecen la impresión de que algo extraordinariamente perverso las impregna. Una casa deshabitada es como un libro que no se ha abierto nunca o como un corazón que no ha amado nunca o como una palabra que nunca se ha dicho. Hay una inminencia trágica, una terrible presencia que se esfuerza por contarnos su dolencia íntima, su absoluta flaqueza, su deseo de que la poseamos y nos volquemos en ella fieramente al modo en que el amante se vacía en su amada y la colma como si no hubiese venido al mundo a otra cosa. Las ciudades son cada vez más fantasmales. El hombre es cada vez más insensible. Las casas son cada vez más absurdas. 

II
Hoy, al entrar en la ciudad (hoy Granada), vi extensiones enormes de bloques vacíos, expuestos al desorden y a la soledad. No hay nadie que los observe. Nadie se fija en ellos. Cuanto más grandes son, menos atención se les da. No sabemos si tuvieron inquilinos o nadie los habitó. Si alguien pensó en cómo amueblarlos e imprimirles vida. Todos ocupan ahora un lugar infame en la historia del progreso. No hubo dinero con el que acabarlos o la sinrazón o las corrupciones (vaya usted a saber) se desentendió de ellos y no les dio carta de habitabilidad, ni luz, ni agua. A veces los toman los que no tienen techo en propiedad. No sé cabalmente qué pensar sobre los okupas. Por un lado tengo muy claro que están cometiendo una ilegalidad o que están delinquiendo. Por otra quizá procedan como lo hacen porque los demás, los que construyen, los que levantan las ciudades, han perdido la cabeza y ellos, los pobres, aprovechan la poca cordura que queda en pie. Otro asunto es el de colarse en las casas cerradas, en las que tienen el pestillo echado, las que se podrán habitar o alquilar o lo que le venga en gana al legítimo dueño, pero también esas piden afecto, hablan a su manera. No hay libros en sus baldas o no hay baldas. Las camas dispuestas en los dormitorios no sirven para que se duerma o se ame en ellas. Dejarlas fue un acto de amor. Los que las habitaban retiraron todo lo que delatara alguna evidencia de sus vidas. Que fuese cualquier cosa, pero  una casa. No hasta que tuviese un nuevo inquilino y la tratase con esmero. 

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