2.5.20
La escuela sin escuela
En cierto sentido, sentirnos felices por estar sacando adelante la enseñanza escolar por vías telemáticas es como si nos alegráramos de ver un partido de fútbol por la tele si lo que de verdad deseas es ir al estadio o como si un beso pudiese sustituirse por el texto en el que se instruye al que besa de cómo hacerlo. Todo alborozo resultante de esta nueva pedagogía es abiertamente perverso. En él concurriría la frialdad más dolorosa y la asepsia de un mundo desubicado, una profilaxis recomendable pero desalentadora. La utilidad de esta sobrevenida labor docente no es discutible en términos absolutos, aunque conviene aplicar ciertos matices. El primero al que debemos acudir tiene que ver con los afectos, con las emociones. Las hemos censurado, apartado, confinado. El riesgo derivado de esa amputación no es únicamente el evidente: hay una tendencia a minimizar el caos y eso también pasará factura. También hay una fractura añadida, una de la que tal vez se tardará en salir, si es que alguna vez lo logramos. Es una nueva era, se nos ha empujado a ella, de acuerdo, pero no es la mejor, ni siquiera tiene pinta de que cuando nos adiestremos en su manejo logremos ni de lejos un grado de felicidad parecido al que disponíamos antes de que un ordenador, una tableta o un teléfono reemplazaran a la amorosa sustancia de lo real. En lo que me atañe, echo de menos la cercanía con mis alumnos, ese mapa tupido de miradas y de gestos, en donde la prioridad no es volcar unos contenidos, sino habitar una residencia más humana, más vestida de ternura. Emerge como la misma pandemia que nos devasta el trabajo en casa, toma las riendas de nuestra voluntad, un poco debilitada, insultada, si nos ponemos bruscos. Quizá debiéramos enfurecernos. No se trabaja bien cuando se está enfurecido, se le da un apresto menor a lo que se nos encomienda hacer. Las pantallas son la nueva realidad, llevan tiempo invocando su estatus capital en estos nuevos tiempos, haya en ellos emergencia sanitaria o no.
Lo del coronavirus ha acelerado la irrupción de una convivencia inédita. El bicho cabrón, aparte de llevarse vidas y malograr la economía de una sociedad, ha abiertos muchas brechas. Dice hoy Savater en El País que el estado es un ogro filantrópico. Hace el bien masivo, aunque eso recorte libertades. Habrá más abusos cuando aparezcan con su rúbrica normativa en la cabecera de su discurso. No cabe recurrir ante la autoridad, solo acatar. La retórica de la libertad tiene esos contratiempos. A veces el mal menor es soportable, da igual que debilite nuestro entusiasmo, importa escasamente que nuestra dignidad haya sido vulnerada. Esa carga impositiva, la de enseñar en casa, es un recurso ingrato. A todo se acostumbra uno, en todo encuentra la satisfacción que mueve el corazón de la máquina. No es el mejor de los mundos, pero no hay de momento otro que tengamos a mano y podamos usar a gusto. No hay ningún maestro que se acueste con la conciencia tranquila. La mía está más o menos indemne, sé recurrir a los mecanismos de defensa que he ido procurándome para no caer en la desdicha. Esto de enseñar bajo la sospechosa administración de Google no es bueno en absoluto. Cuento con que la información continuamente vertida en sus discos duros no estará disponible a beneficio de interesados. Hace tiempo que hemos renunciado a la privacidad, no es una cuestión irrumpida novedosamente ahora. Uno de los argumentos más repetidos es el de continuar, a pesar de las trabas. Sí, de acuerdo, no seré yo el que se manifieste en contra de esa exigencia lógica, con qué objeto podría resistirme, hasta cobro a final de mes por mi trabajo, bendito él.
El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo. El entusiasmo es el combustible de la educación. Sobra decir que esa emoción no está ahora, cómo podría. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama, y los alumnos, que son el material sensible, el noble y hermoso y trabajoso material sensible. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo, poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. He aprendido que la creatividad abre más puertas que el conocimiento. O que lo uno no puede deslindarse de lo otro, en todo caso. Yo quiero que alguien me explique cómo podremos aplicar la creatividad en el entorno digital. Si alguien sabe cómo, le pide que me instruya. Da igual que lleve casi treinta años trabajando. No sé trabajar sin tener a quien mirar, sin una pizarra de verdad, sin enfadarme o alegrarme cuando toque enfardarse o alegrarse, sin ver la cara de los alumnos cuando entienden algo y, a su mágica manera, te agradecen que hayas sido tú el que les has hecho comprender. Gracias maestro, dicen de vez en cuando. No es necesario que se exprese la gratitud, es nuestro trabajo, pero es la evidencia de que todo está bien engrasado y los agradecidos de ahora serán a los que se les agradezca su trabajo cuando crezcan. Es así de sencillo, no hay más.
Una de las mayores tragedias, de las que no se levanta cabeza con facilidad, es la de no respetar el oficio del magisterio. Se inventan planes, se articulan normativas, se obstinan las mentes del bien pensar en idear un modelo público sostenible, uno que afronta la realidad circundante y prevea la que se cierne. Se hace todo eso, claro que se hace: lo que desbarata las nobles intenciones es la indiferencia de la sociedad hacia la figura del maestro y, por añadidura, hacia el concepto de escuela. Les molesta a algunos que tengamos las vacaciones que se nos conceden o el sueldo que recibimos. Miran con lupa las horas que empleamos. Zanjan airadamente cualquier conversación en la que exista la posibilidad de que el magisterio triunfe como oficio capital, absolutamente relevante y trascendente. Es de idiotas (de muy idiotas, permítaseme ese esfuerzo hiperbólico) depositar en manos de gente a la que, a sus espaldas, cuando no nos oyen o incluso si lo hacen, le encomendamos la formación de nuestros hijos, de todos los hijos disponibles, de los que en adelante ocuparán los hospitales y nos intervendrán en un quirófano o los que se pondrán una toga y defenderán nuestros intereses o los que montarán coches en una cadena de montaje en una fábrica. No hay trabajo que no sea decisivo para que el mundo gire como debe hacerlo. Otro asunto es que nos gane el desánimo y sólo miremos de frente el hoy, esa franja de realidad en la que hocicamos cada mañana. El futuro es de las escuelas como lo ha sido el pasado. Al maestro se le reverencia en Japón, tengo entendido. No hace falta que entremos en ese protocolo, en ese posicionamiento civil. No se busca la heroicidad, no andamos al acecho de que se nos mire como si fuésemos otra cosa distinta a la que somos. Tal vez nos conformamos con poseer la certidumbre de que los demás saben qué responsabilidad manejamos. Que cuando abre la escuela y empiezan las clases se produce un prodigio, un milagro. Debe ser considerado así. Incluso normalizado, sin que nadie crea que hay que endiosar nada, ni que pedimos algo extraordinario, la escuela es un templo en el que los milagros suceden, en la que no dejó de haber milagros desde tiempos de Cicerón, haya bancos vetustos, pizarras a medio caerse, dispositivos digitales de última generación o la sencilla conjunción (mágica casi) del que enseña y del que aprende. Lo hermoso es que el camino es de ida y vuelta.
Qué ganas de volver a la escuela, cuánto la echamos de menos. Este invento vanguardista (qué modernos somos, qué maravilla las plataformas virtuales, qué guay la fibra óptica) es un parche. Da igual que funcione. La prioridad no es avanzar materia, sino emular (desde casa, cada uno en la suya) lo que hemos abandonado, todo lo que se nos arrebató cuando cerraron las escuelas. Aprendemos a sortear los obstáculos, incluso hacemos de tripas corazón (se dice así) para convencernos de que nos las podemos arreglar sin decir buenos días cuando entramos en clase y mandar callar a los más animados. Parece que nos patrocina Silicon Valley, parece que esto es el fin del mundo y estamos intentando apurar las últimas voluntades. Como si no hubiese mañana. Habrá quien difiera, quien se sienta bien, quien se haya hecho a este simulacro de escuela: yo no. Hago lo que puedo (echo más horas de trabajo en casa que las recogidas en mi horario académico) y me acuesto con la extraña sensación de que no va mal y de que, al tiempo, no va bien. Esa paradoja, ese sinvivir. Si esta anomalía docente nos hace pensar en nosotros como docentes y hace que la sociedad (de una puñetera vez) respete, valore y prestigie nuestro trabajo, bendita sea la hora en que el bicho cabrón nos sentó frente a la pantalla y nos conminó a que cambiáramos el chip. El mío se adapta a las circunstancias, transige con ellas, las lleva con ilusionada esperanza. El día en que abramos la escuela será festejado como merece. Los maestros somos la columna vertebral del cuerpo de un país. El futuro al que aspire ese país es cosa nuestra, a nosotros se nos facultó para que gestionáramos esa responsabilidad. La llevamos con orgullo, la hacemos con la mayor de las exigencias, eso que no lo dude nadie. Se está demostrando ahora más que nunca. Igual un día los aplausos de los balcones son para los maestros. No estamos en primera línea de batalla, no se nos expone al contagio, pero el sentido común dice que somos imprescindibles. Ya es hora de que no se nos cuestione tanto. También hora de que exhibamos el orgullo con el que realizamos nuestro trabajo. Escondidos, sin mascarilla ni guantes, en pijama o con ropa cómoda de andar por casa, pero infatigables, responsables, convencidos de que volverá la escuela que amamos.
Adenda:
La foto es de mi escuela, la mía desde que era joven, o sea una vida entera ahí. Es mi casa mi escuela. Ahora más que nunca. A mí me gusta más decir escuela que colegio. El patio estará ahora vacío, como en esta foto. Una escuela vacía es un fracaso de la sociedad entera. Ahora las circunstancias obligan, qué podemos hacer frente a eso, pero tendremos que llenarlas. Voces, carreras, risas. Todo ese ruido maravilloso de la vida cuando nada le impide gritar, correr, reír.
La belleza está en el interior
No hace falta que ningún espejo nos diga que lucimos bien y la edad no ha hecho estragos todavía. Los que haya producido se manejan como cada uno antojadizamente puede, según le cuadre fustigarse o dejar correr la evidencia, sin hacer residencia en su respuesta sincera. Los espejos son abominables, sentenció Borges: duplican la realidad, que no es materia que precise repetirse. La rosa es así, no se la debe tocar, como escribió Juan Ramón Jiménez en (creo) su poema más corto, uno ded los más hermosos también. De ahí que los espejos sean una redundancia, una especie de concesión a la vanidad o al desconsuelo. El espejo ausente está tomado por una frase de una simplicidad absoluta: "Eres bonito". Lo somos a ciegas, sin que se nos confirme, no siempre esa confidencia (la de que somos bonitos) es franca. Narciso, antes de que se amara al ver su imagen reflejada en una fuente, era un petulante de mucho cuidado, un engreído, un pagado de sí mismo (expresión que escuché no hace mucho en una película de acción, qué barbaridad). La pobre Eco, rechazada por Narciso el hermoso, languideció en una cueva hasta que sólo quedó su voz. Recuerdo que escuché esta historia en un cursillo sobre el arte y cómo hacer que ocupara su lugar en la escuela. El ponente (no recuerdo quién, hace muchos años, la verdad) refirió de continuo la narración mitológica, cosiéndola de un modo asombroso a la cotidianidad. No puedo llegar a si los espejos fueron una parte de su charla o es ahora cuando yo los traigo a la mía (escrita, pero no deja de ser una charla que se me ocurre daros, por si alguien responde o por si soy yo el interpelado. Claro que somos bonitos. Lo de que la belleza está en el interior, pese a que es ceniza de una frase probablemente novedosa y maravillosa cuando fue acuñada, ya no conduce a nada. Leí ayer (en el diario de hace unos días, va uno con escandaloso retraso) que nos estaban robando las palabras. Más que un robo, es una especie de ensuciado. Están las mismas que antes, pero poseen una turbiedad nueva. Hay algunas que suenan con insistencia, cuando antes no eran del léxico frecuente, esas miles de palabras que tenemos en la boca a diario y a las que acudimos y en las que confiamos para contar cuanto se nos ocurre. Confinar es una de ellas. Será el verbo del año, cuando hagan recuento de ese vocabulario sobrevenido. Sucede que el uso desgasta los materiales. Los verbales no son una excepción. Las palabras son espejos también. Devuelven lo que creemos que somos, restituyen un doble nuestro, un doble fonético y semántico, una especie de organismo verbal. Una cosa muy rara, lo admito. La ocurrencia de quien decidió sacrificar el espejo por las palabras es maravillosa. No haré eso yo en casa. Los espejos que hay (cuartos de baño, entrada, salón, dormitorio) hacen su función, la encomendada, la de duplicar la realidad, que es lo único que tenemos. No sé el porqué de evitar que haya una a la que podamos acudir, por si la otra no cumple las expectativas. Las de ahora son duras. No es que no se le vaya a uno de la cabeza el devastado paisaje que está dejando el jodido Covid 19, pero habrá que hacer algo para que no tengamos que buscar otras palabras y podamos usar las habituales. Al final, no hay discusión, todo lo que está lo suficientemente visto no asombra. Eso es de Vicente Aleixandre. Él hubiera pasado la mar de bien la pandemia. No se habría levantado, hubiese seguido acostado. Cuando ganó el Nobel de Literatura, una tele sueca quiso entrevistarlo, lo cual era excesivo, más de lo que su humildad consentía. Queremos ver el lugar en donde escribe, dijeron. Rehusó esa fama, no permitió que las cámaras entraran en su casa. "Escribo en la cama, sabrán disculpar que no pueda atenderles".
1.5.20
Cuatro poemas cortos
Alma
Antes que incendio o vértigo o fuga,
Antes que incendio o vértigo o fuga,
el alma fue cáliz,
ala abundante,
júbilo en plenitud,
júbilo en plenitud,
un desmayo dulcísimo.
Biografía
La caligrafía es siempre el cuerpo.
Su pulso herrumbrado.
La sangre demolida.
30.4.20
Cuadragésimo séptimo día de la nueva era
Me esmero, lo juro, en la caligrafía, en la tipografía minucios y derrapo, me escoro, me izo, avanzo, reculo, hago recuento del trayecto, lo censuro, me fascina. Llegará el día en el que escribamos turbados por el estro, en cenadores venecianos, hermosos, oscuros, o junto a surtidores que viertan azahar o la esencia de pinsapo de la que me habló una vez un amigo gaditano en un bosque apartado. Luz también. Luz y asombro juntamente. Porque la luz hace que veamos lo que tiende a estar oculto. La belleza tiene su heráldica secreta. Hace falta oficio para dar con su clave. No es asunto que se despache siempre a golpe de vista. El arte requiere un aprendizaje. Por eso me esmero en la caligrafía, en el traje, en la apariencia, en lo que me hace ser mejor y saber que avanzo, aun escorado o salido, da igual, el asunto es que haya trayecto y haya trama. Trayecto y trama. Todo lo que nos perturba nos hace mejores, nos hace más grandes, nos hace más sensibles. Cada vez creo con más firmeza que la grandeza de la personas está en su sensibilidad. La inteligencia está bien para otros asuntos, pero el interior de una persona está alimentado de sensibilidad. Hay quien no la tiene, se ve a diario. Ahora estoy de una sensibilidad herida. Serán los fármacos para la alergia. Acarrea uno ya más de lo que querría. La edad cobra sus peajes. O los excesos. Cuadragésimo séptimo día de clausura. Me encanta el ordinal: suena ampuloso. Como si los días embutidos en esa estadística fuesen más solemnes. Tengan buen puente.
La pedagogía del arte
Hay cierta edad en la que uno es inmune al arte. Ninguna manifestación de la belleza hace que nos inclinemos; ninguna evidencia de lo sublime nos alcanza. La vida es cualquier cosa menos una experiencia estética. Importa el juego, importa el asombro. Las instrucciones para alcanzar la felicidad son brumosas, no están pulidas, su exigencia es mínima, si no nula. Quizá una de las funciones de la escuela sea la de acercar la belleza, la de hacerla accesible, sin obligar a quien la observa a tomar ningún partido por ella, pero hacer que exista, brindarla, permitir que esté al alcance de cualquiera. Tan sólo el hecho simple de mirar un cuadro o de escuchar una pieza musical y de dejar que nos invada. El maestro es el demiurgo tranquilo, el que arbitra qué debe exhibirse, el que criba las herramientas de esa adquisición lenta y consistente. Si no se produce ese pequeño temblor que antecede al deslumbramiento, no hay nada que hacer. No siempre se consigue. No hay un método para que la belleza impregne al que se cruza con ella. Tiene el arte, como el amor, algo que no podemos gobernar. Esa fragilidad, esa posesión fortuita, la posee también la fe. Los gobernantes andan ahora apartando la belleza de la escuela. Apartan la música, la eliminan, la consideran un bien sacrificable. Imagino que luego vendrá la plástica, que no es solo dibujar y recortar, sino involucrar al alumno en la visión del hecho estético y hacer que la valore. A los gobiernos, a cierto tipo de gobiernos, les gusta que los museos estén vacíos. Ahora lo están, por desgracia, por motivos ajenos a las directrices de un ejecutivo. Y un museo vacío o una biblioteca vacía o una librería vacía constata la enfermedad de un país. Un país sin ciudadanos sensibles está abocado al fracaso. Una sociedad aséptica, un pueblo embrutecido o en vías de embrutecerse. Hay que educar en la belleza, hay que legislarla, por extraño que parezca esa aseveración. A ellos, a los niños, concierne esa herencia. Podemos consentir que durante un tiempo sean inmunes a ella y no la aprecien. Luego, una vez franqueen cierta edad, perderán tanto si no se inclinan y la besan, si acceden a la mayoría de edad (qué es eso, cuándo llega) sin el bagaje interior que les faculte para echarse a llorar al ver un cuadro de Goya o sentir erizarse el vello escuchando un cantata de Bach. Sí, parece que Bach y niños no es un binomio frecuente, pero es cosa de probar. Quizá (todo es una especulación, una tentativa de pedagogía) ese vertido inocente de lágrimas haga más por la formación íntegra de una persona que un plan educativo del gobierno de turno. A mis alumnos, un poco como el no quiere la cosa, les pongo jazz y música de cámara mientras hacen manualidades o plástica en clase. Alguno me pide el éxito radiofónico del momento, pero la mayoría abre los ojos, sonríe para sus adentros y se tranquiliza de un modo asombroso. Hay quien me dice que escriba en la pizarra el nombre del músico o de la canción. La última vez escribí: "Sinfonía del Nuevo Mundo, Dvorak". Si alguien al volver a casa busca la restitución de esa pieza, algo hemos conseguido. Hemos limado una aspereza, hemos alcanzado cierto grado de perfección docente.
29.4.20
Resacas, animales, reyes
Cuadragésimo sexto día de confinamiento. Tengo el cuarenta y seis en la cabeza como el que tiene unos cromos de fútbol de cuando la infancia. Son cosas de las que puedo prescindir y proseguir avanzando. Levantándome. Desayunando. Lavándome las manos. Bebiendo. Fumando. Escribiendo. Nada de lo que no se pueda prescindir. Todo está reducido a esa contabilidad, la de la cabeza, que hace sus cálculos y monta sus ecuaciones y sus metáforas. Los niños pasean las calles más que ayer. Van con sus padres o sus padres van con ellos. Soy un espectador privilegiado. Mi balcón es un termómetro de la calidad emocional del mundo. Ayer martes estuvo más cálido. Perros a lo lejos tuvieron una alocada discusión sobre el reparto de las aceras. No hay quien les proteste o de vez en cuando alguien importuna su deambular ocioso y hacen que se aparten, como si supiesen eso de la distancia social. Los animales son criaturas extraordinariamente humanas. Recuerdo que nunca quise tener un perro. No por tenerles afecto o pensar que serían hoscos, sino por temor a que no congeniásemos. Pensaba en si el perro no me seguiría al yo moverme, como he visto en otros. Pensaba en si un buen día un descuido me lo apartaba y se iba con los de su especie. Al cuarenta y seis lo suple el cuarenta y siete. El recuerdo de un perro se aleja pensando en otro. No hay dos días iguales y todos los días iguales. Eso es de Rosendo cuando Leño.
Luciérnagas
Un estado extremo de cansancio depara una resaca extrema. Se padece hasta que un nuevo cansancio la clausura. Hay quien no tiene días libres entre cansancio y resaca, quien no sufre las idas ni las venidas, el viaje entre un dolor y otro. No es fácil que no se aprecie el roto. Se aplican a veces más medios en esconderlos que en sanarlos. Lo que importa es la apariencia, no la verdad. En donde nos esmeramos es en lo que se puede percibir a simple vista. Desatendemos el interior. Solo vamos de un cansancio a otro cansancio. Solo los interrumpe la resaca. No conviene enseñarse uno cuando está de resaca. Ni cuando se está muy cansado. De verdad que hay días que piden no pisar la calle, estar a recaudo, no dejarse ver, ni ver tampoco a nadie, como si no hubiese nada más en el mundo o nada que hubiese en el mundo mereciese que nosotros la viésemos, lo sintiéramos cerca y hasta nuestro. Pero eso fue ayer. El hoy es otro. Ahora el cansancio es distinto, la resaca es distinta. Luego está el vacío. No saber cómo ocuparlo. El problema del mundo es que no sabe qué hacer con el vacío. La historia entera de las civilizaciones está trazada con esta idea: la del hombre inventando cosas para no sentirse solo, ni aburrido, ni triste. Schopenhauer dijo que la religión y las luciérnagas tienen de parecido que ambas precisan de la oscuridad para reinar. Hay días de mucho Schopenhauer. Días de luciérnaga ciega y cruda. La religión es una resaca dulce. La vida es un recurso con sus limites, no dura para siempre, hasta dura poco a veces.
Dioses
Nos educaron para huir de nosotros mismos. Lo que ha hecho la pandemia es recluirnos. Contra la voluntad de entrar está siempre la de salir, la del distraerse. Nos distraemos en casa. Ahora escucho a Bach, ahora leo a Ruben Darío (ayer martes hice ambas cosas), ahora friego los platos, ahora corrijo ejercicios de inglés. Quien no piensa, vive mejor, dice K. Qué de tiempo que no invito a K. por aquí. Tendré que tener más consideración en adelante. Pensar en hacer acostumbrada su visita, como antaño. Pensar solo da quebranto. Todo en ese plan. Un plan triste, un plan deprimente. Y no habrá quien no comparta que la vida se vive siempre más dulcemente si se la esquiva, si no se entra en honduras y se deja uno llevar, mecer, yendo de un cansancio a otro, de la resaca severa a la siguiente. Cada resaca es un comprobante de que se ha estado vivo. Mi amigo J.M. decía que las resacas eran un asunto entre él y Dios. Se ponía ceremonioso, hablaba impostando la voz (ebrio, pero elocuente) y explicaba a su alocada manera que la divinidad le concedía esos excesos porque no pedía otros. Es una concesión liviana, comparada con la que estipulan otros, creo escucharle decir, pero no serían esas sus palabras. La memoria lo corrompe todo. Como si pensar mucho, más que aliviar, dañase; como si la felicidad consistiese en no saber nunca mucho de algo. Ni de dioses sabemos, a pesar de que los nombramos a diario desde que pusimos el pie en esta tierra.
Caballos
Ahora pienso en caballos, no hace falta que se pierdan en una tormenta, también esos vendrán. Al caballo, al jalearlo a que corra, no se le ve nunca flaquear: es cuando hinca las rodillas y hocica en el suelo cuando advertimos que está extenuado. Y ese vivir como caballos no conforta, en el fondo. Se prefiere la mesura, que no siempre acude si se la precisa; se desea un control en los materiales que intervienen en la trama, una especie de gobierno razonable en donde las emociones no terminen corrompidas por los imprevistos. Son esos, los imprevistos, los que malogran el conjunto. Es el cansancio, el cansancio forzado, el cansancio rutinario, el que descompone la figura resultante. Estoy que no me conozco. Es el resultado de no haber hecho escrito nada hoy o de no haber leído nada hoy. Es el discurso habitual. El conocido. Leer, escribir. Cuando me faltan, padezco, me entenebrezco, no hay más verbos que se me ocurran que se afilien a esa rima sonora. Ahora voy a retirarme a mis aposentos. Mi amigo M. me dijo el otro que yo era Felipe II. Le solicité alg que me concedió con su amabilidad y eficacia de siempre. ¿Qué hago yo?, le dije. Nada, tú eres Felipe II. Sólo firma. M. tiene esas ocurrencias geniales.
27.4.20
Dormir, soñar, vivir
Juan Antonio Madrid, un cronobiológo y catedrático de Fisiología, atribuye a la falta de sueño parte del fracaso escolar. Es cosa de ciertos relojes biológicos que tenemos dentro. Dormir es una necesidad, igual que respirar. Si a esa mesa se le amputa una pata, se acaba viniendo abajo. Sirva el símil mobiliario para hacer entender que la actividad del sueño es fundamental para que todas las demás actividades existan y contribuyan (he ahí el fin de todas estas ecuaciones orgánicas) a que el cuerpo funcione bien. Es complicado el cuerpo. De pronto se me ocurre que estará perplejo por la falta de movimiento a la que le sometemos en estos cuarenta y tantos días de clausura. No sé si acabará pasando factura y tendremos que pagar algún tipo de peaje. Es nuestro y no lo es, el cuerpo. Cuando se le fuerza, replica y pide un receso. Caso de que no se lo concedamos, se colapsa, obliga a que cedamos, nos chilla. También huye del sedentarismo, esa costumbre burguesa. Creo que nacimos para correr, como decía Bruce Springsteen, y que, conforme nos hicimos mayores como género, perdimos el hábito. Hasta se nos agrandó la cabeza. Necesita más neuronas para que pensemos mejor. Le estamos dando tanto poder al cerebro, que el resto del cuerpo acabará reclamando su cuota ejecutiva, incluso afectiva. La de dormir, en particular, es una de esas actividades que hacemos mal en despreciar. Debe respetarse su aviso. Como el amante que solicita arrimo. Una especie de protocolo galante el suyo. Hay, no obstante, dulces contradicciones, ratos en los que tratar de adecuar el deseo y la realidad, como anhelaba Cernuda. Son días de cierta mansedumbre, por desgracia. Eso de trasnochar en casa, enfrascado en cien distracciones, es costumbre que he practicado mucho y que he procurado corregir, con dudoso y no siempre buscado éxito, pero que a veces se me va de la mano. Son tan aprovechadas esas horas que cuesta renunciar a ellas por dormir, que es mucho menos interesante, pese a toda la normativa médica, siempre leal con la salud. A la reversa, un amigo mío sostiene que su verdadero yo existe en el periodo en que duerme. Que un tercio de su existencia ha transcurrido afuera de la realidad, en el territorio mágico de los sueños. Una pena, añade. Nada que nos sea ajeno a los demás. Quiénes seremos en esa vida impostada, falsa a decir de la otra, la real. Seré yo otro, probablemente. En ese hilo de las cosas, cada uno de nosotros es indiscutiblemente otro. No hay confinamiento ahí, no hay manera de que acceda el virus. El espejo de nuestros sueños. La realidad de lo fabulado, tan grata y consoladora. Dormir es un alivio también. Nos rescata de todas las pandemias de lo real. Hace que se active una especie de formateo parcial del sistema operativo, traqueteado en demasía, expuesto a tiempo completo. Luego se recompone el cuerpo. Se embravece, se ofrece a elevar la cumbre de los días, como decía San Juan de la Cruz.
25.4.20
La luz existe
Hoy me ha contado mi amigo Raúl que la luz existe. Da lo mismo que las sombras hayan adquirido la propiedad de la tierra y las tinieblas campen sin brida por sus confines, siempre hay ocasiones para que la armonía florezca y las combata. No es un combate parejo. El mal tiene un predicamento al que no alcanza el bien. Cuando se echó a andar el cosmos, hubo una mucha más encarnizada guerra entre lo bueno y lo malo y sabemos que toda las causas y todos los azares están cosidos con las costras de esa enferma liza. Los días nos atropellan con sus fantasmas. Las noches toman el control del cuerpo y a veces los sueños nos reconcilian con nosotros mismos. Otras veces es la pesadilla la que hace blasfema presencia y enturbia el campo de fresas y la elocuencia azul del cielo. Lo de Raúl, en su limpia rendición de sentimientos, ha sido bonito. Ha comprobado que el amor no se desvanece nunca. Es una historia de padres la que me ha contado, no es nuevo para nosotros. El suyo sigue confinado en su geriátrico, no se puede luchar contra esos embates del infortunio, los de apartar a nuestros seres amados para que su vida no sea más triste de lo que es, cuando la enfermedad los postra y, en cierto modo, borra del mapa de la vida. El padre de Raúl se olvidó de sí mismo y de los otros. Le devastó la memoria el Alzheimer, que es un desastre absoluto, un adiós sin irse, un perderse sin que el cuerpo no esté a la vista, una completa invisibilidad y una alocada residencia. No teniendo idea de qué ocurría a su alrededor, consecuencia de ese borrado de los recuerdos, de pronto sonrió y reconoció a su hijo. En mitad del dolor, en el centro mismo de la devastación, el buen hombre tuvo un alarde mágico, un glorioso regreso al mundo, aunque fuese un instante, el de dejarse querer por su hijo, el de comer cuando no lo hacía, el de esbozar una sonrisa de gratitud y de amor, la que tienen los padres cuando reconocen (en la bruma de su cabeza, perdida algunas veces y de qué manera) al hijo que alumbraron al mundo. Son tiempos durísimos y a veces no tienen misericordia. Todo se resquebraja y cuartea, no hay asidero fiable al que confiarse, ni siquiera el válido lo es permanentemente, precisa ser reemplazado. Un poco como la vida cuando le sonríe el fátum y a colores se despliega como aquel atlas del maestro Serrat. Francisco estuvo un momento de país en país, aprovisionándose de luz para continuar su clausura dulce e íntima. Es un símbolo el hombre, uno de muchos que ahora se anticipan a nuestro dolor y lo confortan. Ha vencido al maligno Covid, se ha burlado de él, aunque lo rondase. Qué felicidad esa victoria. Raúl, mi querido amigo, debe estar feliz por ese regalo sobrevenido. Hay compensaciones pequeñas que hacen desaparecer (siquiera un maravilloso instante) el abatimiento y la dureza de no poder tener con nosotros a nuestros mayores y sentir que este tiempo canalla nos los está robando con más implacable eficacia que nunca. Veo la sonrisa de Francisco y la hago mía. Es de todos. Hay quien vuelve al discurrir de la felicidad y da la bendita casualidad de que andamos por ahí y sentimos que esa breve resurrección del espíritu nos consuela profundamente. Raúl me lo contó esta mañana mucho mejor por teléfono. Ya nos veremos, ya tendremos ocasión de darnos un abraz, gracias por concederme la posibilidad de contar mi alegría y compartirla contigo, con quien tenga a bien alegrarse también. Serán muchos, somos buenos de corazón. A pesar de todo, la bondad resplandece, la luz es un milagro que en ocasione embellece el camino.
Un paseo por Lucena
Hay más cosas de las que no se tiene propiedad ni conocimiento que poseídas y sabidas. De esa sencilla floración narrativa vienen todas las demás en tromba, incontenibles y dulces, amorosas y carnales, como un paseo por el campo cuando la primavera irrumpe y la luz del sol espanta la desavisada cópula de unos insectos sobre una roca. Es ese momento de alumbramiento puro el que debería recogerse en la memoria y cerrarlo para que no lo deteriore el tiempo, pero no lo hacemos, asistimos al espectáculo del asombro y no tenemos la precaución debida, la de acomodarlo entre nuestros recuerdos. Este mismo amanecer lluvioso de hoy me hace pensar en uno de no hace mucho tiempo en el que me conduje cobijado bajo el paraguas más grande de la casa por las calles de mi pueblo. Las recorrí con intención de perderme en ellas. Hubo alguna que me resultó nueva, ya hay pocas que no conozca, soy de Lucena como de Córdoba, más de la mitad de mi vida aquí. Lucena es un pueblo admirable. Lo es por el carácter de su gente y por la decisión irrenunciable de avanzar, a pesar de que en ocasiones el camino se preñe de obstáculos y cueste ese desempeño. Wherever I lay my hat, that's my home. Allá donde deje mi sombrero, esa es mi casa, dicen los ingleses. Como uno es de hacerse al sitio en el que vive, me hubiera dado lo mismo residir en cualquier otro, siempre que haya gente con la que compartir las terrazas en los bares y las noches de cena en casa, he pensado más de una vez si no estaría bien volver a Córdoba, pero llovería igual, habría calles que recorrería con el mismo asombro novicio, aunque las de la ciudad en la que nací sean, en comparación, más gratas para el recreo de los sentidos. Se inflama el espíritu con los recuerdos, más ahora que se nos ha encomendado la vigilancia de la casa y entregado una especie de temor a salir. Afuera hay criaturas pavorosas, invisibles y pavorosas. Hacernos salir será infinitamente más costoso que hacernos entrar. No tendremos paciencia para recuperar lo que hemos perdido. Querremos (son todos tiempos verbales hoscos en el fondo) hacer lo de antes, no pudiendo, me temo. Lo de salir estará concedido, cómo no. Serán los mismos los pasos, ocuparemos las calles con alborozo, pero pesará la sensación de desamparo, un poco también la de la incertidumbre, como si nos amenazara un peligro sutil, una inminencia de conflicto. La casa la tenemos más que vista, sus rincones favoritos se gastan a medida que se usan, como el amor en una canción que cantaba un amigo cuando se achispaba por el vino. Escribo estas menudencias de mi memoria o de mi imaginación porque me agrada traer lo que no está siempre a mano. Escribir es un acto de heroísmo por uno mismo. Lo que no me cuento a mí mismo no podré tener la seguridad que no acabará despeñado en el olvido. Aquel día de lluvia en Lucena, por ejemplo. Me paré a tomar café en un bar perdido en una calle estrecha, de las que no se transitan en el ir de un sitio a otro, cerca del colegio Barahona de Soto. Era temprano y el camarero me acercó el periódico. Creo que estaba solo, ahí no alcanzo a recordar. Fue maravilloso (hoy más en su remembranza) escuchar llover desde esa intimidad maravillosa de la barra. He pasado las mismas horas disfrutando de mí mismo en la residencia lírica de los bares que acompañado por los míos, los amigos que te convidan a la charla y a los abrazos. Nunca he estado mal en soledad, ni siquiera ahora, en estas circunstancias en las que la soledad a veces no es una opción, sino una marca externa que no se elige, una imposición de la fatalidad. Cogería con extremo agrado nuevamente el paraguas grande de la casa. No estaría mucho tiempo fuera, no hace falta excederse. Pasearía sin prisa las calles de mi pueblo. Mediabarba, la mía, la de la foto. Luego subiría a la Plaza Nueva. El Coso. San Pedro. El Parque. Torcería calles improvisadas. Por el placer de andar. Por revisar lo que uno conoce. Por reconocerme entre mis recuerdos. Tendría los cascos de mi móvil enhebrados a las orejas y escucharía lo que suelo. Hoy estaría bien James Taylor. Es una mañana de James Taylor. Vería a mis amigos enredados en sus ocupaciones. Qué placer la conversación. Qué hermoso acto de vida. En cierta medida, pasear es un sucedáneo de viajar. La idea romántica de salir y exponerse a las inclemencias del azar y no saber qué circunstancia del paseo nos hará adquirir un gozo duradero o una especie de trascendencia. He teñido paseos vacíos que cubrían la cuota de salud prevista. También paseos antológicos, finamente cubiertos de belleza o de dolor, pero inevitablemente impregnados de vida. A veces hace falta provocar esa irrupción de experiencias. Las fiamos a la narrativa gloriosa de la literatura o del cine, pero la calle posee su hatillo de historias. Las ausente ahora, tan reclamadas, tan añoradas. De hecho, la literatura (el cine, una extensión suya) se aprovisiona de ellas cuando ofrece su rendición de prodigios. Nuestro oficio es el viaje. La vida es el más precioso de todos ellos. Salimos, recorremos un trayecto, alcanzamos otro, nos paramos, volvemos atrás, entramos. Leer es un atajo. Uno lee por pasear sin moverse de una butaca o de una mesa en una terraza en Córdoba (en el bulevar, da el sol a media mañana, excelentes churros) tomando un café, fumando, leyendo la prensa del día. Se lee en ocasiones sin que haya lectura de por medio. La realidad es un libro y estamos leyendo continuamente. El hecho de que yo ahora registre este milagro es accesorio. No siempre vence la voluntad de compartir el trayecto. Comparece la vida a su antojadizo capricho, va a lo suyo siempre, no se atiene a un patrón, ni considera que opinar sobre cómo manejarla afecte a su discurso hermoso y terrible, según concurra la felicidad o su preciso anverso. Hoy tengo esa melancolía dulce de quien mima la nostalgia y la acuna como un tesoro. Es nuestro. No lo pierdan nunca.
24.4.20
15 delincuentes
I.
JIM MORRISON



La atrocidad parida arriba tiene nombre: Maculay Culkin. Fue un niñato y la cercanía del tito Michael Jackson no le benefició. El actor simpático que se perdió en casa en los felices ochenta devino después un alcohólico y un depresivo. Visitó los calabozos por posesión de marihuana. Bastó una noche en la comisaría y unos miles de dólares para compensar el estropicio. Su presencia en la Historia del Cine es testimonial. Una especie de Shirley Temple insumiso, politoxicómano, cliente habitual de camellos de los arrabales. Hace poco se le vio en el candelero de nuevo. Una entrega de premios. Parece estar rehabilitándose, pero todavía no se le ha encontrado un papel que le redima. Sigue estando solo en casa. Ahí, en ese extravío doméstico, es donde debió descubrir, por azar, créanme, el mueble-bar. Con el vodka. Con el whisky de marca. Con todos esos licores nobles que alivian la soledad familiar.
IV
HUGH GRANT


Bowie es el glam y los alcaloides, la fiebre transformista y el Berlin de la psicodelia. Es también un icono fundamental en la música de consumo de los últimos cuarenta años y un personaje a salvo de las modas, superviviente como pocos, respetado como pocos y creído como pocos. Le agasajaron como el nuevo mesías de la liberación y creó un personaje arácnido o alienígena o pachanguero o todas esas máscaras de la reconversión aplicadas con exquisito desparpajo. Su paso por la comisaría contribuye a la épica de su biografía. Los hagiógrafos del Bowie camaleónico, en continua reinvención, podrían extraer lujuriosas parábolas sobre la influencia del rock en la sociedad civil del siglo XX y cómo algunos de sus gurús encabezaron una cruzada pacífica, irreverente, fascinante en busca del grial de la inspiración, de cierto tipo de mística aliñada de anfetas, riffs formidables y letras catárticas. Luego la épica deviene rutina y Bowie sacó discos espantosos, renegó de su pasado legendario y se refugió en las pistas de baile, en arreglos horteras y en películas de poco lustre o de un lustre gris de saldo. Ser héroe sólo por un día puede acarrear problemas con la autoridad, visitas a la cárcel, propaganda para que el siguiente disco se promocione solo. Entonces no existía el facebook ni los discos venían con la guarnición del DVD en directo y la contraseña para descargarse material extra en la página web del artista. Nada le era ajeno. A todo le encontraba el milagro de su propia transformación. Es el padre de todos estos mequetrefes que llenan ahora estadios y ensayan ramplonas melodías sobre abducciones y amores vampíricos. Todos deberían rezarle de noche mientras escuchan en privado, en unos cascos de diseño, las historias de Ziggy Stardust. Le debemos tanto. Ah, el arresto fue una sencilla posesión de marihuana. Estaba con otro icono insustituíble y, a lo visto, más tocado todavía por los efectos secundarios de esos estimulantes: la iguana Iggy Pop.
VI
STEVE McQUEEN

VII
EZRA POUND



Si te apodan The Killer es normal que algún día te hagan una fotografía así. O más de una. En esta vemos al rockero Jerry Lee Lewis ya talludito, desafiante, sintiéndose rey de un reino que la ley no controlaba. Este arresto fue posterior a su visita al Londres puritano de los sesenta de la mano de una flamante esposa, una prima suya de 13 años. Elvis se alojó en las drogas en la época tardía, en el declive creativo. Jerry siempre flirteó con el exceso. Esa fue su contribución a la historia del rock, la del killer, la del salvaje aporreando el piano, bebiendo a morro entre número y número, concediendo a sus biógrafos material exclusivo para escribir páginas memorables de sexo, drogas y rock and roll. Esta fotografía es anecdótica. Parece una pose natural. El pueblo americano lo jaleó y lo fusiló, lo encumbró y lo derribó, pero fue grande y sus pelotas eran de fuego. El mismo fuego que aplicaba a los pianos después de sudar sobre ellos un par de enfebrecidas horas de rock.
X
JOHNNY CASH






JIM MORRISON

En Miami, en 1.969, al tiempo que los Beach Boys amenizaban las playas con sus historias sobre amores con tabla de surf y bikinis minúsculos, Jim Morrison se emborrachaba de peyote, de LSD, de marihuana, de cocaína, de pastillas para la úlcera y de heroína. Todo aliñado con ingestas masivas de whisky. En ese menú tóxico no hay mejor catre que el de la cárcel. En Tallahassee lo arrestaron por sacarse el pene en un concierto y simular practicarse una masturbación, por incitar a las masas a matar a sus padres y cepillarse a sus madres y por ir absolutamente ebrio o absolutamente drogado o ambas cosas en alegre coyunda química. Ya se sabe que las drogas despiertan al genio dormido, pero Jim Morrison, en paz con su hígado, en las horas sin machaque etílico, era un apasionado de las nobles artes de la más alta literatura (poesía francesa, inglesa, incluso refirió alguna vez haberse despachado a Góngora). Fue probablemente Charles Baudelaire quien le introdujo en los poderes sanatorios de las sustancias estimulantes. Convenientemente estimulado, Morrison se bilocaba, se convertía en otro, se desplazaba a mundos secretos de donde traía las letras psicodélicas de sus canciones. Hippie místico, Morrison fue un mártir de la cultura de masas del siglo XX. Vivió poco y al modo en que quería William Blake, vivió rápido y dejó un cadáver exquisito. Su discografía es irregular, pero contiene introspecciones épicas, himnos intemporales que todavía hoy erizan la piel (Light my fire, en vivo; Riders on the storm, mis favoritas) Murió en París, que es en donde decidió ir cuando el negocio del rock le hastió lo suficiente. Allí leía poesía, amaba a alguna de sus parejas (tuvo decenas) y se empastillaba para no perder el vértigo bastardo en la sangre. Escribieron paro cardíaco, pero los rumores (los fiables, los que no lo son) introducen como causa probable el reventón del corazón. El peyote. El LSD. El whisky. La marihuana. Pero también Baudelaire, Huxley, Dickinson, Valery, Eliot. La poesía no mata, pero te da una muerte más hermosa.
II
MICHAEL JACKSON
II
MICHAEL JACKSON

Abuso de menores: el crimen más nefasto, el menos excusable incluso contando que ningún delito, a pesar de que haya causas atenuantes, debe ser excusado. Michael Jackson es Peter Pan, pero un héroe alado y tarado, un ángel sin fe, un niño mal crecido, mal aconsejado, que anduvo entre gente que le agasajaba y gente que lo expoliaba, adulado, convencido de ser un mesías de bondad confinado en esta mundo para hacer el bien a los niños descarriados, incluido él mismo, para quienes construyó un carrusel de mentiras, una montaña rusa de placeres pasajeros, tiovivos, norias, camas de agua y espejos deformantes. Neverland. Historias de niños perdidos. Su espejo amplificaba la deformidad, que venía ya embrutecida de fábrica. No se le excusa, aunque su muerte haya convertido al pederasta amateur, bienintencionado, pero retorcido, en una atracción perfecta de parque temático. Mirándolo a la cara, en esta fotografía, en otras, uno piensa en El hombre elefante de Lynch, en un Dorian Gray sacado del cuadro antes de que la carcoma le devorase el rostro. Otra de sus pequeñas obras se exhibe justo debajo. Sigan leyendo esta colección de atrocidades periodísticas.
III
MACULAY CULKIN
III
MACULAY CULKIN

La atrocidad parida arriba tiene nombre: Maculay Culkin. Fue un niñato y la cercanía del tito Michael Jackson no le benefició. El actor simpático que se perdió en casa en los felices ochenta devino después un alcohólico y un depresivo. Visitó los calabozos por posesión de marihuana. Bastó una noche en la comisaría y unos miles de dólares para compensar el estropicio. Su presencia en la Historia del Cine es testimonial. Una especie de Shirley Temple insumiso, politoxicómano, cliente habitual de camellos de los arrabales. Hace poco se le vio en el candelero de nuevo. Una entrega de premios. Parece estar rehabilitándose, pero todavía no se le ha encontrado un papel que le redima. Sigue estando solo en casa. Ahí, en ese extravío doméstico, es donde debió descubrir, por azar, créanme, el mueble-bar. Con el vodka. Con el whisky de marca. Con todos esos licores nobles que alivian la soledad familiar.
IV
HUGH GRANT

A Hugh Grant se le desarmó el lacónico porte de gentleman de comedia cuando lo pillaron hocicando la testuz en la entrepierna de una prostituta negra y de aspecto desaliñado en Hollywood, una tal Divine, que sacó tajada de la felación y paseó su hazaña por platós y revistas de papel couché. El sexo fácil, el pagado, induce a pensar en desatenciones privadas, en apetitos desordenados o en una abstinencia obligada por una pareja pacata en exceso o poco dada al intercambio natural de cariños. No creo que esta imprudencia haya marcada la carrera de Grant. Ni tampoco pienso que no haberla tenido la hubiese aupado a un escalón en donde nunca ha estado. Es el tipo de actor de óptica amable, incrustado en un género dócil, escasamente amigo de premios y de aplausos de la crítica feroz. Esa crítica feroz ni siquiera considera a Grant: lo admiten como un socio estable de la nómina de actores del sistema, pero no entran a considerar que pueda dar el salto y agarrarse a algún proyecto de más nombre. A mí me cae bien. Lo de Divine me parece una debilidad expuesta a modo de pecado. Esa actriz buenorra que tenía como pareja entonces, Liz Hurley, debía de hacer un comentario a pie de página. Todo el mundo tiene sus razones. Estos ingleses.
V
DAVID BOWIE
V
DAVID BOWIE

Bowie es el glam y los alcaloides, la fiebre transformista y el Berlin de la psicodelia. Es también un icono fundamental en la música de consumo de los últimos cuarenta años y un personaje a salvo de las modas, superviviente como pocos, respetado como pocos y creído como pocos. Le agasajaron como el nuevo mesías de la liberación y creó un personaje arácnido o alienígena o pachanguero o todas esas máscaras de la reconversión aplicadas con exquisito desparpajo. Su paso por la comisaría contribuye a la épica de su biografía. Los hagiógrafos del Bowie camaleónico, en continua reinvención, podrían extraer lujuriosas parábolas sobre la influencia del rock en la sociedad civil del siglo XX y cómo algunos de sus gurús encabezaron una cruzada pacífica, irreverente, fascinante en busca del grial de la inspiración, de cierto tipo de mística aliñada de anfetas, riffs formidables y letras catárticas. Luego la épica deviene rutina y Bowie sacó discos espantosos, renegó de su pasado legendario y se refugió en las pistas de baile, en arreglos horteras y en películas de poco lustre o de un lustre gris de saldo. Ser héroe sólo por un día puede acarrear problemas con la autoridad, visitas a la cárcel, propaganda para que el siguiente disco se promocione solo. Entonces no existía el facebook ni los discos venían con la guarnición del DVD en directo y la contraseña para descargarse material extra en la página web del artista. Nada le era ajeno. A todo le encontraba el milagro de su propia transformación. Es el padre de todos estos mequetrefes que llenan ahora estadios y ensayan ramplonas melodías sobre abducciones y amores vampíricos. Todos deberían rezarle de noche mientras escuchan en privado, en unos cascos de diseño, las historias de Ziggy Stardust. Le debemos tanto. Ah, el arresto fue una sencilla posesión de marihuana. Estaba con otro icono insustituíble y, a lo visto, más tocado todavía por los efectos secundarios de esos estimulantes: la iguana Iggy Pop.
VI
STEVE McQUEEN

El polvo de amianto de los motores de los aviones que tuvo que lustrar durante el servicio militar le provocaron un cáncer de pulmón y murió en la edad sublime de prometerlo todo y no haber jodido en exceso el reflejo de su estrella. Era como un James Dean vintage, sin su aureola dramática, sin su pedigree de ángel atormentado. Steve McQueen se retrató en las películas que hizo y en sus vicios públicos. Amó los coches, las mujeres y las artes marciales. Se benefició de un rostro cinematográfico como pocos y dio indicios fiables de que podría haber sido un actor fantástico, a lo Paul Newman, mucho más de lo que Peckinpah pensó cuando lo usaba como el rebelde americano que despedía a cada gesto, pero se malogró antes de esa transformación y dejó un puñado de películas antológicas y una decena de pósters para dormitorios de quinceañeras. Prefab Sprout le dedicaron un disco y una amiga mía echa una lágrima cada vez que vuelve a ver Bullit o La gran evasión. Falta que le hagan un biopic. No sé si registrarán el paso por la cárcel del temerario conductor deportivo. El arresto fue en 1.972. Conducía ebrio. Nada del otro jueves.
EZRA POUND

Acusado de traidor, el gobierno de los Estados Unidos encarceló a Ezra Pound. Allí se explicó al mundo con sus Cantos y tradujo a Confucio. Con algunos genios de las letras uno prefiere el soslayo, evitar en lo posible el descubrimiento de las filiaciones públicas. La literatura es siempre un mundo de lo privado, un mundo único que por circunstancias precisa del concurso del físico. Pound no es el poeta de la progresía intelectual: nada extraño si se hace caso a eso de que estaba fascinado por Mussolini. Pero Pound, éste aquí expuesto como un ratero, fue amigo de Joyce, de Hemingway, de Dos Passos, de T.S. Eliot o de D.H. Lawrence. Les ofreció su amistad y les editó parte de su obra. Leí los Cantos cuando no los entendía y los he releído ahora que tal vez entre algo más en su vigorosa revisión de la Literatura. Me parecen música. Me fascinan y me ensimisman. Me transportan y me regresan. Me hacen sentirme feliz de ser un hombre en este mundo y me cuentan secretos sobre el cosmos. La poesía, en el fondo, es una confesión íntima de esos secretos, una especie de decodificación de los mensajes que se esconden en la lluvia o en los abrazos que nos damos quienes nos queremos. A Pound le quisieron poco. Anduvo de manicomio en manicomio y murió en soledad, incomprendido, alimentando (sin deseo alguno) esa estupidez que consiste en crear animales fabulosos a partir de materiales impuros. La locura es impura. La genialidad es impura. Pound, en su cárcel, en su jaula al sol, vigilada por ejércitos, es impuro.
VIII
IGOR STRAVINSKI
VIII
IGOR STRAVINSKI

StravinskI era un ruso yankinizado. Entre barras y estrellas fue feliz y ejerció de músico a pleno rendimiento. Se dejó embaucar por el glamour y la opulencia de Hollywood y se codeaba con la high society con libretos bajo el brazo y esa cara de mafioso con el corazón noble. El motivo por el que pasó por la cárcel fue una particular versión del himno de los Estados Unidos que, a juicio de la autoridad, a lo común zopenca y granítica en términos artísticos, excedía lo admisible y entraba en la categoría de la mofa o de la ofensa. Una ley del estado de Massachussetts confinaba entre rejas a quienes se atrevían a entrar en el territorio sagrado del bien público, esto es, el american way of life, la bandera ondeando en las calles, el tañido limpio de las iglesias en esos caminos de Dios y la música sublime del himno patrio. Yo me quedo con la obertura del Pájaro de fuego, que fue mi entrada bautismal en Stravinski vía Yes. Ustedes me entienden.
IX
JERRY LEE LEWIS
IX
JERRY LEE LEWIS

Si te apodan The Killer es normal que algún día te hagan una fotografía así. O más de una. En esta vemos al rockero Jerry Lee Lewis ya talludito, desafiante, sintiéndose rey de un reino que la ley no controlaba. Este arresto fue posterior a su visita al Londres puritano de los sesenta de la mano de una flamante esposa, una prima suya de 13 años. Elvis se alojó en las drogas en la época tardía, en el declive creativo. Jerry siempre flirteó con el exceso. Esa fue su contribución a la historia del rock, la del killer, la del salvaje aporreando el piano, bebiendo a morro entre número y número, concediendo a sus biógrafos material exclusivo para escribir páginas memorables de sexo, drogas y rock and roll. Esta fotografía es anecdótica. Parece una pose natural. El pueblo americano lo jaleó y lo fusiló, lo encumbró y lo derribó, pero fue grande y sus pelotas eran de fuego. El mismo fuego que aplicaba a los pianos después de sudar sobre ellos un par de enfebrecidas horas de rock.
X
JOHNNY CASH

Johnny Cash cantó a los reclusos en Folson o en San Quintín. Otro al que le gustaba entrar en presidios y entretener a los convictos fue B.B. King. No dudo que todavía lo haga. Cash era un tipo en la cuerda floja, un cronista al que se le deben crónicas a pie de calle, relatos sanguíneos sobre el perdón y sobre la fe, salmos inyectados de alcohol, compuestos en trance. Creo que hay un invisible hilo que ocupa el aire y enlaza a gente como Cash o como Hendrix o como Neil Young, músicos iluminados, carne de presidio en muchos casos. Cantar en Folson como uno canta en casa.
XI
JANE FONDA
XI
JANE FONDA

Activista en la América obtusa de Nixon, en la creencia de que su agenda podía esconder números, domicilios o indicios del comunismo más extremo, la policía la arrestó con la invención de que en su bolso había narcóticos. Jane Fonda mostró esta guisa en la comisaría de Cleveland. No había fármacos ni había agenda, pero esta actriz formidable, inteligente y comprometido en un Hollywood donde las mujeres bonitas raramente se involucraban en otro compromiso que no fuese actuar y hacer caja, disfrutó (imagino) con la prueba irrefutable de la incivil maquinaria de censura de la Administración. Disfrutó al punto de que todavía hoy se la ve exhibir en camisetas la fotografía que ilustra este comentario. Está mayor, está seria, está alejada de casi todo, pero hizo lo que se le antojó y abanderó causas que entonces eran casi exclusivamente viriles.
XII
FRANK SINATRA
XII
FRANK SINATRA

A Frank Sinatra se le perdona todo. El arresto data de 1.938. Todavía no era La Voz. Luego vinieron los flirteos con la Mafia y los apaños en la política. Vinieron los discos en la Columbia y los espectáculos en Las Vegas. Nadie pensó en un joven Sinatra entre rejas. De hecho no hay noticias sobre los motivos de la acusación. Debió caramelarse a los guardias cantando algo. Ya lo he dicho: yo a Frank Sinatra se lo perdono absolutamente todo. Podía ser un psicópata, un Hyde, un crooner que en horas libres desvalijaba las arcas de los casinos. Es Frank. Todo el mundo tiene debilidades. Una de las mías más queridas es ésta.
XIII
DENNIS HOPPER
XIII
DENNIS HOPPER

Debieron pillarle en alguno de sus muchos malos días. Contento de bourbon. Subido de coca. Fue, a lo leído, en un tasca de mala muerte en una comarcal de Texas. Se dejó aturdir y se dejó llevar. Hopper, en esencia, era un rebelde, uno de esos tipos de bar en apariencia pendencieros, que se embravucan a la míniman. Aparte de ese perfil simplificado, Dennis Hopper fue un alma en continuo tormento, un superviviente que hizo casi lo que quiso y terminó comido por un cáncer y por las deudas. Esta fotografía es irrelevante.
XIV
DAVID CROSBY
XIV
DAVID CROSBY

Una lengua mala y viperina escribió en un foro sobre estrellas del rock que arrestaron a David Crosby por tener cara de cerdo, pero la verdad es que le pillaron con drogas y armas, pero sólo cayó una condena levísima por conducción peligroso: estaba ebrio. Años más tarde, amplió el perfil carcelario cuando fue arrestado por tener en casa una cantidad escandalosa de cocaína. Consumo interno. Nada de trapicheos de barrio. Pero cinco kilos son muchos kilos para aliviar el stress del circo de la fama y ponerse contento para cantar como los ángeles con sus amigos de la banda. En total fueron cinco años de trullo a pesar de que el bueno de Crosby lloriqueó durante el juicio y pidió clemencia por servicios prestados a la comunidad del rock and roll. Su voz cristalina, meliflua y candorosa me acompaña justo ahora, al tiempo que tecleo esta entrada de mañana de julio. Those were the times...
XV
BILL GATES
XV
BILL GATES

Se han perdido los detalles del arresto, pero aquí está Dios Gates. Se saltó un par de semáforos y rebasó en unas pocas millas el límite de velocidad del estado de California. Hoy, caso de ser pillado, el procedimiento de la causa sería procesado por maquinaria de su entera responsabilidad. Todo queda en casa. Bill Gates está feliz, se le ve pletórico, como si estuviese por encima de esa nimiedades. Su destino sería otro. Su contribución al bienestar del planeta hace posible que ahora mismo usted y yo estemos entablando esta conversación en el limbo de la Red. Es el padre del Limbo. Loado sea. También se le excusa todo.
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