28.4.08

Unas letras cosidas a otras


Me encanta la palabra zafonazo: el lenguaje es una máquina implacable de fotografiar la realidad y exhibir fogonazos de vida, sutiles congruencias entre lo semántico y lo patético. Leí La sombra del viento antes de que las ventas la encumbraran al olimpo de los libros totémicos de esta sociedad ágrafa, pero consumista, que ve en la literatura comprada un objeto de normalización democrática. La leí en muy pocos días: nada sorprendente. La historia de Ruiz Zafón absorbe, conmueve, se afilia al género novelístico decimonónico en su más pura y quintaesenciada definición. La sombra del viento es, ante todo, una historia conveniente para estos tiempos de retórica y de deconstrucción, de instalaciones artísticas que sacuden la cordura del que observa y libros donde se privilegia el rupturismo o la fuga de la norma sobre la calidad de lo narrado. Por eso Ruiz Zafón está en ese estadio superior. O el inefable Ken Follett, que exprime Los pilares de la tierra (que también leí en pocos días, a pesar de la robusta contundencia de sus páginas) y se saca de la manga medieval Un mundo sin fin, que creo que no voy a leer, aunque todo depende de los voluntos a los que uno somete su ración de letras.
Vuelta al zafonazo: El juego del ángel es la jugada maestra absoluta de un creador en estado de gracia (sea esto lo que tenga que ser, y no me refiero a literatura) y de una editorial en permanente estado de shock, que ha visto en la historia de los libros perdidos y de los novelistas amateurs un filón potteriano de incalculables consecuencias pecuniarias. Ahí están las decenas de ediciones, los millones de volúmenes vendidos, los viajes de Ruiz Zafón por universidades de todo el mundo (según confiesa en alguna de las centenares de entrevistas que ha colado para promocionar el tocho) y la ubicuidad de la obra de marras, que está en todos sitios.
Mi conciencia, en materia de compra de libros, está tranquila: he acudido a un stand pequeñito que Pipo, el librero de Lucena por antonomasia, ha colocado en la Biblioteca Municipal y he gastado tres euros y pico en un librito formidable de José Antonio Marina. Se llama La inteligencia fracasada. Empiezo esta tarde a meterle mano. Los libros de Marina no se venden como los de Zafón, pero calan más hondo. Marina y María de la Válgoma ya contaron en La magia de leer que los libros presienten al lector y lo llaman de alguna secreta forma que no incomodaría a Borges. Los libros, sean de Harry Potter, de Stephen King o de Jorge Bucay (ay) ejercen su magia y el lector eventual, al que las enseñanzas regladas han disuadido de leer por arte y provecho de unos planes de estudio absurdos y criminales, acude a las páginas con fervor íntimo, consciente del placer que le espera.
Si el lector voraz consume literatura de segundo rango, serie B, pulp letters, nada hay con lo que estorbar su placer y nuestra extrañeza. Abruma que un escritor (Zafón) monte un tinglado tan pantagruélico para publicitar su último trabajo, pero ese aturdimiento es grato por tratarse de un libro y no de una película, que se aviene ya a rutinas cuando toca desplegar campañas publicitarias mastodónticas.
La zafonada es un hecho incuestionable: vi a un ama de casa con el libro bajo el brazo, junto a la talega del pan, cerca de mi casa. Ahí advertí el poder infinito de la persuasión del márketing. Importa escasamente que el ama de casa con la talega del pan lea o no la historia de El juego del ángel: de lo que se trata es de que el libro se convierta en un objeto de consumo igual que un coche, un perfume o una marca de móviles. Ese es el paso primero a partir del cual podremos disponer todos los demás. Al final del túnel de la analfebetización en materia literaria(se compra más que se lee, se escribe más que se lee) se verá la luz del prodigio, el milagro fortuito (qué va a ser, si no ) de que una historia bien contada (la de Zafón lo está) arrase en las estanterías de España. Y son letras: unas cosidas a otras. Absténgase el curioso lector de este blog pensar que dentro de esta clasificación generosa está Dan Brown, por favor. Ese nombre es una marca registrada, un procesador de texto diseñado para engolosinar a incautos.

27.4.08

Tierra: Pasión y gloria de nuestra madre patria




Tierra no es un buen documental y, a su modo, es el mejor que yo haya visto jamás: tiende al subrayado de lo espectacular, censura todo tipo de lógica narrativa y hasta se afilia, sin pudor, al espectáculo sonoro apabullante de violínes que rasgan el aire tenso de la noche en el Kalahari o el periplo épico de la ballena jorobada desde los trópicos hasta la Antártida. Con todo, Tierra es una obra maestra que combina la didáctica de colegio y la concienciación adulta salpimentada con (probablemente) la más hermosa y limpia filmación de la respiración de un planeta que se haya hecho nunca.
Por otro lado, es un documental fácilmente desmontable: todo aquí es esplendor, pirotecnica visual de muchísima calidad, alta definición cromática... Lo que hace que no sea una experiencia mística es su tránsito especulativo, su aroma a pedagogía post-Al Gore, su verdad política por encima de su bondad estética. Y no será este cronista de sus vicios el que aquí desmonte el tinglado ecológico: hay tanta belleza en las imágenes que cualquier consideración coyuntural al hilo de estos tiempos brumosos de catecismos verdes que nos han tocado malvivir puede quedarse en la recámara sintáctica, en el limbo de los pensamientos necesarios, pero imprudentes.
No es un panfleto ambiental, pero se lleva todas las papeletas para que así lo mastiquemos, al salir del cine, a poco que la cabeza borre la sofisticada belleza del Amazonas o la ternura infinita de un oso polar recién salido de su guarida invernal. Para que sea un panfleto político perfecto le hace falta un condimento más contundente de mandamientos ecológicos. La historia de las tres tozudas y abnegadas madres (una ballena jorobada, una elefanta y una osa polar) va desgranando el capítulo sangrante de desgracias y miserias que asolan el planeta feliz, el perfecto, el afortunado islote de luz y de gorjeos cantarines de la vía láctea. Al final de la emisión, uno consiente que el corazoncito se le reblandezca y se plantea (con la cabeza en ebullición, seriamente concienciada) cómo colaborar para que la milonga del calentamiento global (exageran, no exageran, mienten, no mienten, buscan intereses particulares, no los buscan) sea menos milonga y se convierta en una verdadera cruzada global cuyo fin es detener (frenar, al menos) el desastre.
Lo bueno, a la contra de lo hasta aquí reflexionado, es que uno se manifiesta inevitablemente sensible y se queda narcotizado por la belleza: los noventa minutos de naturaleza operística, de estampas soberbias y de masas orquestales divinas (y ruidos naturales increíbles también) pasan sin notarlo. Querría el espectador una sesión extra, otro cañonazo de peregrinaciones, de cascadas imperiales y bloques de hielo del tamaño del Calderón. Haber visto Una verdad incómoda, la cinta de Al Gore, hace que la visión de Tierra sea muy crítica. Únicamente al final aparecen, sobre el logo de la página http://www.loveearth.com/, frases contundentes, máximas de obligado aprendizaje que abren, a las claras, el capítulo de culpas y redenciones. ¿Qué he hecho yo para que lleguemos a esto? ¿Qué puedo hacer para remediarlo?




26.4.08

22.4.08

Across the universe: Love is all you need


Hay que ser muy atrevido y saber contagiar tu atrevimiento al espectador para perpetrar un atentado estético de este calibre. A su fin, cuando el cancionero de Lennon y McCartney ha terminado y uno experimenta la sensación del deber cumplido (ya saben, un par de amigos recomendándomela con tozuda pasión) Across the universe no es tan infame como habrían querido nuestros abundantes prejuicios de fan beatle.
La película bordea el aplauso y el ridículo a partes lamentablemente iguales, pero sale milagrosamente a flote. Incluso hay momentos de locura naïf y la jubilosa evidencia de que esas canciones pueden salvar el alma de cualquier naúfrago. Julie Taymor, la infractora, la narradora omniscente que pilla con alfileres mediáticos Vietnam, las flores del amor y la balada lisérgica de los héroes de Woodstock y monta un espectáculo meritorio, más psicodélico que narrativo, en el que hay una contracultura intoxicada de modernidad, escrita en el siglo XXI (se nota) pero con la mirada vuelta a los felices y musicalmente perfectos sesenta, decada de rock y amor, de justicia con barricadas y sexo anfetamínico. Todas las turbulencias del amor de Lucy y Jude, felices en su burbuja de acordes, quedan en un ameno pasaje de la Historia, en un precipitado cocktail de cinefilia, mitomanía y ojo comercial.
No sólo el Cirque du Soleil ha acudido al recetario de los de los Fab Four: también el cine sabe amarrar materiales nobles. A diferencia de otros musicales (ésta, a su manera, lo es) Across the Universe nace de las canciones de los Beatles: son esas canciones las que formulan el territorio estrictamente dramatúrgico. Los personajes se crearon para que cantaran las canciones, pero esa opulencia visual muere conforme la historia va creciendo y todo lo que presentíamos (mi amigo K. ya me advirtió, pero tuve que desoirle) se cumple con absoluta eficacia.
Para oir a mis Beatles no hace falta entrar en un cine: tengo Rubber Soul, tengo Sgt. Peppers, tengo Abbey Road, tengo Let it be, tengo el disco blanco. Todo lo demás es una montura falsa, un espectáculo en todo caso de segundo orden cuando el material que lo fundamenta está a nuestro alcance y nuestro imaginario no precisa de estas píldoras efectistas, bien hechas, por supuesto, facturadas desde el amor y desde el respeto, pero inermes, en el fondo, carentes del pulso emocional que debería haberlas orientado.

19.4.08

Suecia, Lucena, Ipod

Llueve en Lucena: una lluvia mansa como a desgana que moja los coches y entorpece el tráfico de agentes inmobilarios, amas de casas y abuelos ociosos por las estrechas aceras del pueblo. El paseo matutino ha sido, sin embargo, provechoso. A cubierto, bajo un paraguas xxl que casi nunca uso, he ido fatigando calles, contemplando el pueblo como de nuevas. He vuelvo a ver, aunque ya la conocía, la iglesia de San Mateo. La he querido ver con ojos de turista y ha sido posible. Igual contribuyó la lluvia y la música alojada en mi bendito Ipod. Es curioso cómo la música puede modificar el paisaje a su santa conveniencia. Se trata únicamente de elegir bien. Hoy he escuchado (completo) Layers of light, un disco íntimo, artesanal, ajeno al runrún de las modas y de los escaparates. Lo tocan dos suecos normalmente afiliados al jazz, pero metidos en la cosa folclórica en esta ocasión. Así que jazzmen escandinavos tocando música popular sueca. Y lluvia en Lucena y un paseo bautismal por las calles empedradas de gris y de melancolía. Las ciudades, cuando llueve, se vuelven pequeñas, por grandes que sean. La mía, que no es ninguna urbe remarcable, casi desaparece. El trombón y el piano condimentan el paisajismo bucólico, completan la tristeza útil con la que el día se ha presentado. No va a ser posible volver a escuchar este disco sin el concurso fundamental de la lluvia. De alguna forma, aunque pasen muchos años, oiré llover cuando regrese a él. He vuelto a casa jovial y nuevo, renovado, limpiado, reconfortado por la lluvia. Un viaje diminuto ha sido.

14.4.08

La edad de la ignorancia: Kafka, manzanas y silencio





Al principio pensé en que La edad de la ignorancia iba a ser una comedia bufa, una especie de opereta de tres peniques con personajes surrealistas, pero se tarda muy poco en percibir que nada induce a la risa: el patético Jean Marie Leblanc, un funcionario que no funciona, un triste ciudadano cuya vida sólo se existe cuando su fantasía se encabrita y se cree un novelista de éxito o un político consagrado. En realidad, Jean Marie es un cincuentón verde que todavía guarda ejemplares del Playboy con los que se procura el placer que su mujer no le proporciona, un trabajador insensible que fuma a escondidas y que no tiene relación alguna con sus dos hijas. Hacia el primer tercio del film pensé en Kafka, pensé en el héroe gris de American beauty, pensé tozudamente en el desasosiego de una vida enferma que desaloja cualquier esperanza de luz. Definitivamente La edad de la ignorancia, a pesar del jocoso cartel y de las idas y venidas de mujeres desnudas o del desconcertante arranque, en el que Rufus Wainwright, extraído de la portada del Discovery de mi amada E.L.O., canta una pieza entre lo vodevilesco y lo operístico mientras una rubia jaquetona y procaz se revuelve entre sábanas de raso y cojines persas de sueño de Sherezade. A la mitad de la película, Kafka ya ha tomado las riendas de la trama: todo es absurdo, un absurdo absurdamente consentido.
El director canadiense Denys Arcand (de quien sólo he visto la muy entretenida El declive del imperio americano) hurga en la incomunicación del mundo, en su capacidad para crear burbujas en las que alojar a sus habitantes más sensibles. Los que no lo son, aquellos ajenos al dolor o a la emoción, viven en sus oficinas, venden pisos, se fuman una cajetilla en un atasco o gastan un tercio de la nómina en alitas de pollo prefabricados que devoran sin apetito mientras las noticias vocinglan que el virus de la estupidez (o era una enfermedad de verdad) ya se ha cobrado miles de vidas. Y va a más. Arcand mezcla con inteligencia (a veces una inteligencia cargante, excesivamente a gusta consigo misma) brochazos de comedia negra y finas líneas de cinismo y de hipocresia, de egoísmo y de insatisfacción. Nada que no podamos ver en el mundo o que no podamos sentir cerca. Ojalá nunca demasiado cerca. El apocado y fantasioso Jean Marie lee El libro del desasosiego, la obra negra del negro Pessoa, mientras su madre muere en una cama de un psiquiátrico. Ese Jean Marie es el mismo que sueña con la grandeza y con el lirismo, con la vida de los otros, pero hasta la fantasía le exaspera. En el último tramo de la película, despide a los fantasmas que le han mantenido con vida los últimos años: los manda a paseo, los ignora y se refugia en una casa a la vera de la playa, en un idílico vergel de paz y de manzanas, en donde el tiempo transcurre con la parsimonia que exige su desintoxicación. De hecho, Arcand no finaliza su película: la deja abierta, crea la sensación de que tal vez nuestro héroe doméstico, el pajillero convulso que ha malgastado su vida en la familia equivocada, haya muerto y la casa azotada por las olas (que son también grises) sea el cielo, algún tipo de cielo corregible e inofensivo.
El burócrata sentimental ha desafiado las leyes y ha encontrado la paz en la mansedumbre de un cesto de manzanas en el que poder evadirse y sobre el que proyectar (sin ningún tipo de prisa, ajeno a ninguna obligación) sus ansias, sus deseos, la inequívoca raza de sus sentimientos.
Sin ser una película redonda, que no lo es, La edad de la ignorancia (terrible título del original en francés L'age des tenebres) consigue involucrarnos en su delirante trama. Eso, en estos tiempos, es mucho.


The contract: Tedio y repetición


Confía uno en que el cine de serie B siga siendo cine de serie B y no rebajen los principios metodológicos, la inspiración popular, el aliento de mesa camilla a las cuatro de la tarde cuando la masa encefálica planea vuelos sencillos y no precisa excesos. Pero Bruce Beresford, el amodorrado gestor de este telefilm bienintencionado, prescinde de justificar las razones que sustentan el comportamiento y la psicología de los atribulados personajes y coloca la capa de superhéroe a un vulgar ciudadano, más preocupado de encauzar la vida loca de un hijo tarambana, pero rambonizado (permítaseme la expresión) cuando las circunstancias demandan épica, operaciones de campo y arrojo al más puro estilo Equipo A. Por todo esto, The contract, sin llegar a ser una bazofia, se acerca mucho. La salva, es un decir, Morgan Freeman, que eleva el interés y hace que la hora y media de despropósitos no duela en la memoria o en el bolsillo. La enfanga todo lo demás: el incongruente batiburrillo de piezas del guignol infinito del gran thriller americano, la ejecución rutinaria de actores. Hasta Freeman, que casi nunca defrauda, invita a no prestarle atención. Por todo ello el amable lector puede tranquilamente esperar a que la aquí vapuleada cinta (siempre a juicio de este reseñista doméstico y pueril) salga en DVD. Ahí llega su momento de esplendor mediático: es entonces cuando el usuario se arrebuja en un sillón de orejas, baja las persianas, enchufa el home cinema (no es obligatorio, es oropel semántico) y permite que esta inofensiva trama de héroes de matorral le entretenga una tarde de verano mientras afuera el calor derrita las antenas de los saltamontes. Busque usted más información en otras páginas: esto es una venganza de mi paciencia.

12.4.08

Cashback: Juegos de amor en el turno nocturno






Volvamos al primer principio, demos a la teoría una relevancia que se está perdiendo, consideremos (por último) que el clasicismo, en materia narrativa, consiste en cumplir una serie de condiciones inexcusables para que el cine funcione como espectáculo total y no como una exhibición de la vanguardia artística o como un parada de fastos y guiños.
Cashback, por ratos, parece eso: un ligereza interesante, un modo de hacer cine de vanguardia, exquisitamente tratado, sin abandonar por un instante las reglas básicas, sobre las que se fundamenta el proceso de hacer una película, pero carente (o casi huérfano) de un guión estable, que propicie el seguimiento natural de la trama sin que tengamos que considerar méritos secundarios tomados como principales o debamos prestar excesiva atención al oropel, a lo nítidamente accesorio. Porque méritos secundarios, poses, guiños cultos y ganas de llamar la atención Cashback tiene bastantes, pero no por eso podemos considerarla una película de calidad. No lo es en absoluto.
Su trascendencia visual está amortiguada por su vacuidad narrativa. A pesar de que el casting lo hace de maravilla, no existe una complicidad a nivel literario. La historia, que la hay, no alcanza el punto de agarre con las imágenes que posibilite el fundamental y asombroso hecho (todavía lo es, pese a los ciento y poco años de este invento) de ver una película, de ver un cuento que dura dos horas. El descalabro forma-fondo lastra una idea original que mezcla con sobria inteligencia, mezclando humor, comedia burda y hasta un melodrama interno muy considerable, los artefactos propios de la imaginación posmoderna (congelar el tiempo, desnudar a las clientas de un gran supermercado) con las emociones que ese acto de voyeurista vandálica provoca en quien, ufano de su talento, lo ejerce.
Sean Ellis, fotógrafo, cortometrajista de éxito y ahora director de moda, disecciona el insemnio: lo registra, lo eleva a un categoría casi artística y hace que su triste protagonista, el que lo sufre, se convierta en una especie de héroe íntimo o de anti-héroe doméstico, es lo mismo; en todo caso, un tipo vulgar que por las circunstancias de su sensibilidad (todos tenemos una: hay que alimentarla, hay que amarla) encuentra un juguete adictivo, singular e inofensivo. ¿ O no lo es?No he visto el corto del propio Ellis en el que al parecer está basado el largo. Tal vez el contenido de la idea daba para veinte minutos: noventa le queda largo. No es nada nuevo. Hay artistas (esa palabra lo abraza todo) que se mueven mejor en distancias pequeñas, en situaciones breves: como melodías pop que no pueden exceder los cuatro o cinco minutos. Los desarrollos largos, la medida de la trama y su plasmación en capítulos, en partes dotadas de una coherencia, pueden desastrar la intención primeriza, abismarla en una aburrida suite que, alargada, pierde fuelle, desaloja el asombro de los primeros minutos y explora la tozuda evidencia de que hay chispazos de ingenio, alardes de originalidad incuestionable, pero ninguna de esas formidables cartas de presentación alimentan el apetito insaciable de un largometraje. El relleno que Ellis incorpora no entusiasma: subtramas de algún interés, pequeñas escenas que no se solapan como debieran al ritmo y al motivo de la trama mayor, personajes perdidos, diálogos vacuos. Lo que era primoroso y deslumbrante en la pieza breve es casi tedio e insípida golosina en la larga.
Nada, sin embargo, excesivo ni severo con lo que fustigar esta especie de obrita indie, inusitadamente publicitada por el portentoso cartel y por ciertas imágenes colgadas por toda la red: está por encima de productos de más saneada limpieza formal pero calcados de otros promovidos y alumbrados en el mismo despacho de márketing o por los mismos operarios de diseño.
Mi amigo K., a la sazón, cultivador del raro arte de no dejarse jamás influir por las primeras impresiones y acceder virginal y voluntariosamente al final de las mismas, ha considerado que Cashback es una pequeña obra maestra. Son sus palabras. Arguye que le ha flipado (últimamente está incorporando vocabulario nuevo y lo usa en cuanto puede, aunque se ruboriza y hasta carraspea cuando lo hace) el modo en que Ben, el atribulado y triste (ahí sí que estamos de acuerdo) galán al que han dado calabazas busca remedio metafísico en la confortable y plácida vida nocturna de un supermercado. Sostiene mi buen amigo que Ben es un escritor en potencia. Que todos somos Ben. Que a todos nos encantaría congelar el tiempo y desplazarnos como demiurgos cabrones por los pasillos de la vida, moviendo piezas del tablero, siendo pícaros y desfaciendo entuertos, tímidamente conscientes de su belleza dolorosa . Ya lo dijo Kierkeegard, o fue Schopenhauer: La vida es un infortunio siempre. ¿ O fue Billy Wilder? Al fin y al cabo Cashback es una muy british comedia sentimental ligeramente salpimentada de cierta osadía de ciencia-ficción de parvulario. K. me ha dicho que el cine inglés ha dejado la Ealing ya atrás. No hacía falta acudir a esto para esas concluciones.

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11.4.08

La noche es nuestra: Bendito cine negro







En realidad La noche es nuestra, más que una película sobre los entresijos morales de las redes organizadas del crimen, es una hermosa (y fría) historia sobre el pecado y la redención, un cuento fatalista que hurga en la miseria del alma y en los modos en que la sangre, la propia, la que nos une a quienes amamos, vence al fastuoso imperio del vicio y de la ambición. Narra, desde la desintegración de los patrones domésticos clásicos - familia, iglesia, honor -, la resurrección moral de un pequeño delincuente, un tipo frágil y sentimental que bascula entre el ruido de las fiestas, con su guarnición de drogas, sexo y poder, y la música diminuta de la vida familiar, con su inevitable olor a lánguida y sinuosa rutina.
El hijo crápula y disoluto, enfangado hasta el aturdimiento en rayas de cocaínas, polvos en trasteros de timbas de cartas y la promesa de un futuro prometedor en el hampa, protagonizado por un espléndido Joaquín Phoenix, el hijo que se ve arrojado a la tragedia cuando su vida delictiva le obliga a elegir entre la devoción de su estirpe (padre y hermano policías) o el mundo oscuro y adictivo al que ha consagrado su vida, representa la inocencia perturbada, el mal en estado primario, antes de que la experiencia en su manejo tome los mandos de su vida y el hijo pródigo, tocado por el numen del vicio, deba renunciar al neón y a las cartas marcadas, al lujo y a la vida fácil para tomar conciencia de la responsabilidad, de lo correcto y de lo que no lo es: pura tragedia griega. El noir, el bendito cine negro, es eso: episodios clásicos, cultura helénica interpretada por gángsters, putas y maderos.
James Gray, un profesional poco dado a prodigarse (tres films en quince años), prefiere dibujar con precisión el tormento de sus personajes antes que explayarse en la acción pura, en lo que, en manos de otro cineasta menos artesanal, podría haber producido un film más ágil, menos ambiguo. La noche es nuestra (es más hermoso We own the night) recurre al cine de género de los setenta: huele a Lumet, al primer Scorsese, al primer Polanski, a Coppola, a todo lo que en esa década prodigiosa (vamos, tópico, ven a mí) condujo a este cronista de sus vicios (sí, claro, tengo muchos y soy incapaz de renunciar a ellos) a amar el cine casi por encima de todas las cosas.






Exenta de alardes narrativos que puedan despistarnos del verdadero sentido de la historia, La noche es nuestra se deja contaminar por todos los clichés que el espectador avezado desee, pero Gray los deconstruye (por fin he usado esta palabra: llevaba un mes deseando prenderla a un texto) y arma un sólido, sobrio y, más que nada, amenísimo ejercicio de cine clásico. Éste lo es: tal vez de un modo tan abrumadoramente moderno que no lo parezca, pero podríamos viajar en el tiempo y depositar la cinta (tal cual se hizo, sin cambios, sin modificar un fotograma) en la cartelera cinematográfica de los primeros setenta, y no chirriaría. Ningún crítico escrupuloso la tildaría de moderna. El problema del tiempo es éste: que lo que uno escribe en 1.972 en la confianza de estar ajustando el texto a un contexto y a una forma de entender el cine es un exabrupto en 2.008, una salida de tono, una boutade, un mamarrachada.
En todo caso, tiene el espectador interesado en perturbaciones y enfermedades del alma atormentada una sesión intensa ( inteligente, lírica por tramos) en este pequeña, en cierto sentido, obra de arte del siglo XXI. Quien prefiera embadurnarse el cerebro con otras toxinas menos exigentes, que requieran una entrega menor, pueden ir a la sala contigua donde se exhibe Casi 300. Me han dicho que es la monda.



Estas manos inventaron el cine


Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...