5.1.08

American gangster: El poder, la gloria, el honor y la pasta


El sueño americano, su épica enroscada en las barras y en las estrellas, ha procurado un género, una especie de discurso nítido acorde al material narrativo del que parte, tan untado de ideales patrióticos, tan esclavo de la integridad moral y de la salvaguarda de unos principios morales sospechosamente inoculados en el acervo cultural de un pueblo que tiene lazos consanguíneos y complicidades sociológicas con prácticamente todos los rincones del orbe. Esos principios morales, revestidos de religión, embutidos en la imponente marcha triunfal de la propaganda nacionalista, tienen también su cuota de espectáculo, de irónica querencia por una vistosidad a menudo reñida con la auténtica esencia de los valores polìticos y espirituales que parecen guiar su way of life, su semiótica de hamburguesa y ragtime, de blues en un cruce de caminos y gospel bellísimo en el entarimado de una iglesia.
La monstruosa realidad de los Estados Unidos como país, como crisol bizarro de pueblos, de culturas y de modos de entender la vida no puede escaparse al ojo goloso de Hollywood. Nunca ha sido así desde que El nacimiento de una nación de Griffith mancomunara en un mismo tarro las esencias del mero show circense y las doctrinas polìticas. Ese reactivo avivó el espíritu nacional, conformó un ideario consensuado, no escrito, mantenido por unos pocos vínculos emocionales: la tierra como un don, la tierra como patrimonio consustancial al hombre, argumento vendido por Steinbeck en literatura y convertido en imágenes por Ford en Las Uvas de la ira o por todo el western clásico; el sagrado matrimonio entre los designios divinos y la polìtica humana de modo que el presidente, casi al modo de la realeza en Europa, trabaja para Dios y para el hombre, como si ese Dios omnímodo le hubiese reclutado - y no las urnas - para guiar al pueblo y conducirlo al maná del Bienestar y de la primacía mundial; y, por último, la lealtad a la bandera, al apoteósico himno, como símbolos de un imperio que no muere en las fronteras del mapa sino que aspira a colonizar el mundo con su escaparate fastuoso de iconos exportables, asumibles y convertibles, con esa fina manera de hacer las cosas que tienen para la mercadotecnia, en materia propia, cuando es extraña, cuando es ajena.
El cine ha revalorizado estos ingredientes de modo que la receta perdura básicamente con la misma composición. Basta cambiar a un director por otro o un guionista bueno por tres mediocres que hagan las veces del que verdaderamente vale. Al final cuenta el resultado, el mensaje, el tono entre lo crepuscular y lo fantasmagórico, entre la realidad sublimada y la mentira colada como un caramelo dulcìsimo que ameniza las tardes en la ciudad. Palomitas, Coca Cola y el runrún sibilino de haber visto ya la misma historia cientos de veces y esa sensación incómoda, levemente incómoda, pero ya imperceptible de que nos están vendiendo la burra y ya tenemos una cuadra con una docena de bestias similares. No importa: entramos por el aro, consideramos que el espectáculo precisa de su público y ya hace mucho tiempo que nos hemos afiliado a la feligresía torpe y callada, manumitida de toda responsabilidad cívica o moral, que acude al cine para alimentar al monstruo del comercio y recibir, a cambio, nuestra generosa dosis de engaño, que es la forma primaria de vencer los miedos que de continuo regala la vida y así poder desfilar por entre sus asustados pasadizos con la gallardía y el empaque torero - perdón, vaquero - de nuestros héroes de la pantalla grande o de la chica, que para el caso es lo mismo y en estas situaciones de acusada incertidumbre arquetípica - ¿ a qué acudo ? ¿ A mi presidente ? ¿ A mi Dios ? ¿ A Jack Bauer ? ¿ Al Capitán América ? - saber por dónde tirar y qué hacer para demostrar la hombría.
Lo malo, a veces, es que los modelos exhiben incongruencias narrativas. Pasa que América, la del Norte borrando la insulsa Canadá, deja que sus hijos se encabronen y se amanceben con ira, casi renegando de la madre bondadosa y lírica. El sueño americano se desvanece, burla los estrictos sistemas de vigilancia habilitados para su vigencia, reformula la épica aprendida y la traduce al tenebroso vértigo del enriquecimiento espontáneo e imparable, al episodio del poder como la más hermosa de las amantes, con su erótica y su territorio definible. Entonces surge el gángster, el mafioso, el capo, el descendiente en la sociedad capitalista del pirata de los siete mares, el émulo delincuente del sacerdote de almas que imparte los prodigios de la fe y de la justicia - poética o no - a golpe de salmo y de oscurantismo. En este peculiar contexto es posible creación del arquetipo del mafioso y su plena inmersión en la textura social, de la que emana su fuerza y en donde opera su creatividad para el mal, para la moralidad turbia y para el soterramiento de todos los postulados de civismo, derechos humanos y la habitual parafernalia de pecadillos y grandes pecados que cometen para perpertrar su sueño de Césares en pequeñito. Ya había títulos en los treinta que cuidaban esta imagen del mafioso como emperador diminuto de su barrio, con sus adláteres y su pléyade de mercenarios ciegos que no dejan de ser soldados de la causa que han mamado desde la infancia.
El gángster americano se arroba esa capacidad de liderazgo inconmovible y consiente que su figura, aparte del latrocinio y de la extorsión, de la sangre vertida y del miedo en la calle, ocupa el lugar del pastor o del patriarca que rige los destinos de una comunidad, vela por ella (con mano de hierro siempre) y administra su destino. Esa regencia del barrio o de la ciudad compra políticos y cuerpos de la ley, respeta a extremos inaúditos códigos de conducta y disciplinadas formas de relevo en el poder de forma que los secuaces escalafonan por delegación personal o a ráfagas de metralleta.
American gangster, a diferencia de otros modelos de más cuerpo cinematográfico como El padrino en todos sus ejemplos, Uno de los nuestros o Scarface, El precio del poder, gana maneras clásicas, sin lograrlas realmente, en la plasmación fidedigna y muy creíble del entorno de los setenta, su ambigüedad política, su inventario preciso de canciones - caras B de singles de la época y funk demoledor con finas hebras de soul elegante - y su color ocre, gastado, de película de entonces, antes de la digitalización y la perfección cromática que hoy gastamos. Scott es un obrero de Hollywood más que un autor así que, lejos e inalcanzables a lo visto los encantamientos visuales de Blade Runner o el contundente primer Alien, se ha dejado reclutar por la maquinaria más ortodoxa del stablishment y como el Bumpy Johnson de la escena inicial, en la que muere y abre la guerra de clanes por el poder, ha entendido que las relaciones personales se han perdido y ha vencido el peso de las multinacionales, que ningunean lo doméstico y se abrazan sin ambages al dólar, al rendimiento máximo con un esfuerzo y una reponsabilidad mínima. Él, como director, como gestor de una fantasía vendida como hecho real, también se deja manipular por esa premisa ya irrevocable del mercado laboral.
La película no es un clásico, partiendo de los presupuestos en los que se afianzan éstos; la película no es una gran película, pudiendo serlo: es un más que digno espectáculo de masas, un botón de cine comercial fastuosamente facturado, pero carente de emoción. Tiene American gangster las suficientes incoherencias narrativas (lagunas, espacios en blanco, agujeros grandes como Central Park, diríamos) como para derribarla con más énfasis, pero la salva el rigor con el que el tema es tratado, su desmedido oficio. Sólo este oficio rescata la oferta de gángsters nùmero uno para este recién alumbrado siglo. El que murió dejó monumentos, incluyendo una serie de televisión (oh sí, la caja tonta ganando el pulso una vez más a la pantalla grande) con legiones de admiradores (Los Soprano, claro).
Frank Lucas, el chófer del gángster que se manifiesta en breves brochazos de imágenes como el tío más listo y seguro del mundo, levanta un edificio formidable de chanchullos y extorsión, de nuevas leyes de mercado y de abrumadoras evidencias de seriedad y solvencia. Sí, todo eso está muy bien y tal vez en realidad debió ser así, pero Scott y su guionista, Steve Zailian, no se han esmerado lo bastante y han tirado por tierra los mimbres de lo que podría haber sido un peliculón. Y no llega. Conste que Washington y Crowe recrean con innegable talento sus roles. Que se sienten cómodos y los elevan a la categoría de papelazos, pero el guión, la trama, el ensamblado de situaciones que posibilitan la hilazón de un argumento que pueda ser seguido sin esfuerzo y que cuente verdaderamente algo con meridiano estilo, huelga, se queda en muy poco, habida cuenta de las ganass de Scott por hacer un producto imperecedero.
El verdadero error de American gangster es esa clarividencia en postularse como gran película. El producto se ha visto de pronto en el espejo del arte y se ha gustado muchísimo. Vanamente. El atropello con el que se solucionan muchas subtramas y el manejo hábil, pero discontinuo, de la enorme cantidad de personajes condena al film a un eterno quiero y no puedo que inevitablemente conduce al espectador, incluso al esforzado, a un amago de aburrimiento. Y eso, en esta película, es un crimen, porque su material es excelente y es imperdonable estropearlo de una manera tan escandalosa. Son los personajes (Frank Lucas principalmente) los que desafían las reglas de la coherencia. El suyo es el principal causante de la inquietud de este cronista a la hora de valorar lo que le han regalado. El gángster es una actualización en clave funky del moralista de antaño, que instruía con salmos en una mano y atizaba con la vara de roble en la otra. Se ve a Lucas en exceso bien escrito, se advierte una bondad que no cuadra con la idea primaria de lo que debe ser un tipo desalmado, capaz de atrocidades sin pestañear y deshumanizado hasta lo más profundo, pero he aquí que Zailian pinta un Lucas familiar, que se desvive por los suyos y, en ataques puntuales de cólera, concibe la posiblidad de reventarle la cabeza a un hermano por el solo hecho de haber comprometido durante un minuto su plácido estado de bienestar, de bienestar controlado. Porque el control y la tranquilidad son las palabras mayores en la vida de un mafioso a la luz de lo aquí retratado. No las ganancias pantagruélicas ni el poder, así en abstracto, como cúlmen de una vida dedicada al crimen. Todo muy místico, todo demasiado escorado a una sentimentalidad turbia que no sabemos asimilar. Yo, al menos, se deduce de lo que escribo, no supe. Conste que me esforcé, pero las paradojas, los giros argumentales y la siempre muy esforzada forma de contar las cosas me vetó de un entusiasmo mayor. El hecho de que todo provenga de situaciones reales no desmonta la impresión de que todo está pillado con alfileres, buenos y caros, eso sí, estilosos y funcionales.
El policía muy desastrado en su vida familiar que, sin embargo, triunfa en su oficio y es intachable en su moral y en su honestidad, tozudo como pocos, conjurado a vencer el mal y restituir la calma y la paz a las calles de Harlem, por un lado, y el mafioso cruel hasta la naúsea, capaz de descerrajar los sesos de un tipo por el simple hecho de obstaculizar su paso a un leve y tal vez insignificante meta y luego enamorar a Miss Puerto Rico, ganarse el cariño de su prole y sentarse a la vera de la chimenea como un abnegado funcionario que ha cumplido con sus ocho horas de burocracia cansina y merece un momento de evasión y tierno amor doméstico.
Con todo, en el plomizo panorama cinematográfico de navidades, tal vez este órdago de mafias y de policias, de cine americano puro de toda la vida, no sea un tiempo perdido. No lo es. Sale uno del cine con la sensación de que el cine todavía tiene posibilidades de reescribirse y de volver a ilustrar con imágenes nuevas lo que ya guardábamos en la memoria con otras inmejorables. Y cuántas.

2.1.08

Mr. Brooks: El asesino razonable




El rol del psychokiller, el del asesino en serie extraído de algún manual de criminología o de la América profunda y perturbada, ha entregado un estimable filón de posibilidades comerciales e incluso artísticas a los que manejan el asunto crematístico en la todopoderosa Hollywood. Daba igual si el asesino en cuestión escoraba su adicción a matar por senderos previstos y explotados (la inagotable serie de Halloween, Viernes 13, Pesadilla en Elm Street y similares) o miraba el lado intelectual del sanguinario acto de privar la vida de los otros de modo que surgían depravados de coeficientes altísimos, ilustrados en pintura barroca y de una conversación a la altura de cualquier circunstancia al estilo del estimable Hannibal Lecter, referencia absoluta en el género y, por méritos propios, deidad inmarcesible del imaginario terrorífico popular. Lo novedoso de la aportación del támden Harris/Demme/Hopkins es la apariencia del psicópata, su absoluta falta de indicios físicos que revelen el grado de perturbación que padece. Los actos, en cambio, lo delatan como lo que es: un tipo diabólico hasta la naúsea. También fueron hermanos de vísceras y horror, que ahora recuerde, Henry (un magnífico Michael Rooker) o el mismísimo John Doe (Kevin Spacey) en la fantástica Seven.
Algunos eran ungidos por el soplo de Dios y otros no precisaban aliento divino alguno y bastaba una infancia de maltrato o un padre ingeniosamente cabrón para desastrar la vida del futuro astro del mal, dicho todo frívola y coyunturalmente. Ni mencionar, pero lo haremos, para provocar la sonrisa del lector cómplice y versado en desastres nacionales, la presencia del psychockiller Tuno negro, un infame producto de las ganas que tenemos de copiar lo ajeno sin empeño, estilo ni (tal vez) conocimiento. Para asesinos tumultuosos tenemos a Pascual Duarte o a Jarrapellejos, presentes en distinta medida en alguna hipotética lista de desalmados en la Historia del Cine. Algunos poseían un álter-ego jodiente y escasamente presentable en sociedad que les incitaban a perpetrar actos que el alma buena, la civilizada, o bien no conocía o bien repudiaba desde lo más hondo de su alterada esencia. En todo caso, no insisto por este hilo. No soy tampoco yo un experto en el tema y no es precisamente ése el género que más ha entusiasmado mi cinefilia.
Algo así le ocurre al Mr. Brooks que interpreta (muy decentemente) Kevin Costner en esta fallida, en parte, estupenda película. Todo lo que está lo bastante visto no asombra, decía Vicente Aleixandre en un poema. Costner asombra porque abandona el lado amable, buenetón, de metódico padre de familia o respetable agente del orden para entregar su oficio (y lo tiene con creces) a perfilar un hombre oscuro, necesariamente atormentado, partido por la presencia inevitable de un reverso tenebroso (William Hurt) que le precipita al mal y casi podriamos decir que le ofrece las previsibles coartadas morales que salvan su conciencia y le abonan al saqueo lujurioso y orgiástico de las vidas ajenas.
El mal en Mr. Brooks es un no muy agitado cocktail de sugerencias y situaciones lo suficientemente explícitas como para que el espectador ávido de adrenalina salga enfurecido (porque su ración de gore ha sido rebajada) y el cinéfilo de gusto más sosegado y deseos de ver un entretenimiento elegante salga sonriendo, y comprenda que, sin ser una obra maestra, sin ni tan siquiera ser una buena película, redonda, compacta, recomendable sin fisuras, lo que le han dado por los euros de rigor es un film más clásico de lo que parece, alejado de los apocalípticos vientos que soplan y, sobre todo, cómplice de una manera ya casi olvidado de hacer cine, que es la de asombrar y hacer el asombro ameno sin recurrir a giros brutales de la trama ni a ver indicios de que todo ha sido escrito, filmado y enlatado para engañarnos.
¿Qué falla pues? Lo escasamente trabajado del guión, que engancha de una forma absoluta y se va perdiendo en disquisiciones morales excesivas y en subtramas inconvenientes que en ningún momento aportan material sensible a la primaria. Se enturbia por un exceso de ambición. Malea su riquísima premisa con un alambicado reprise que hubiese podido ser obviado de modo que la cinta durase una hora menos. Como esto no es posible, han tirado por el camino más fácil. Contar dos películas en uno o montar dos episodios (uno excelente y otro pésimo) en un mismo artilugio narrativo. El demonio que Mr. Brooks tiene como maligna escolta da para mucho y se agota demasiado pronto, aunque los mejores momentos (filosofías y misticismos de salón aparte) los dan cuando sanamente rien sobre la perversión de sus fechorías y argumentan como dos perfectos partners in crime sobre las argucias a desplegar para que la policía, que no es tonta, no les pille demasiado pronto. Luego Mr. Brooks, el esquizoide personaje, se entrega al problemático enredo de la culpa y ahí deja de ser un asesino en serie como algunos querríamos para mutar en un sacerdote comido por la duda sobre si Dios existe o es todo el invento de un holding con sede en el Vaticano. En fin.

Un año de jazz
















Tampoco ha sido una búsqueda precisa. Ni tan siquiera justa. Ni útil para nadie, pero se aviene a este capricho de arranque de año que pide, a puro beneficio de inventario, una lista, un tal vez defectuoso inventario de los momentos de placer que el jazz ha proporcionado a este cronista de sus vicios. El jazz es uno de los capitales. Guardo el disco que, sin ser de aquel (tiempos pasados, tiempos muertos) 2007 me ha llevado a más altas cimas de placer. Ha quedado bien. Es éste.
Sigue siendo una de las maravillas sonoras que el talento humano ha entregado al contemplativo júbilo de la música.





1.1.08

Un año de rock (y sucedáneos)

























Tampoco ha sido una búsqueda precisa. Ni tan siquiera justa. Ni útil para nadie, pero son los discos que me han acompañado durante el ya (ahora sí) fenecido 2.007. Algunos son muy grandes, gloriosos. Otros no pasan del divertimento, de la distracción noble y del sentido primario de las cosas bien hechas y perdurables. El disco que me ha hecho ser más feliz (estas cosas funcionan así) no es del 2.007; quiero decir que lo que contiene no es de este año. Es el que más ha acudido a mi bandeja de CD, a mi bendito ipod. Es éste. Se trata (y conste que no me agradan) de un fastuoso, gigantesco, sublime recopilatorio.





31.12.07

Un año de cine





















No ha sido una búsqueda precisa. Ni tan siquiera justa. Ni útil para nadie. Ha sido la memoria más fugaz, la más cercana a la epidermis, la que ha sacado estas películas. Las tenía dentro. Ninguna hoy más relevante que otra. En todo caso, a cierre del año, son el cine que me ha entretenido, asombrado, emocionado, inspirado o arrebatado de enero a diciembre. Es posible que alguna no sea del 2.007, pero son las que he visto en este año. La mejor, y no coloco foto alguna es ésta. Ahí sí que acierto. No es de este año. Carece de calendario. Como todas las obras maestras.

Sin confeti


Tal vez los favorables dioses nos cubran de júbilos y banda ancha en el ya casi recién alumbrado nuevo año. El que está a punto de enterrar no ha sido especialmente glorioso en dicha ni en parabienes, y no hablo en primera persona. Hay que huir de la autobiografía, aunque no tengamos nada más a menos y nada que conozcamos mejor. Hay que convenir que lo más prudente es convenirle una digna canción de despedida, un post a medio camino entre la decepción y la rutina o, como quería un amigo mío, algo que vaya de la gloria a la miseria y no sepamos cuándo acude una y cuándo se va la otra. La felicidad se maneja mejor sin la obligación de razonarla. Como la fe. Si le metemos mano, la jodemos. El 2.007 ha naufragado tanto y tantos frentes que el 2.008, salvo derrumbe moral de Occidente o advenimiento de las hordas tradicionalistas y de los guerrilleros de la moral medieval y del temor a la ira del Divino, se presenta como una colección particularmente atractiva de días compactados en semanas, compiladas en meses y envueltas en el fácil envoltorio de lo que damos en llamar año. El tiempo es una cosa difícil de definir. Quizá la literatura completa, todos los libros y todas las letras que el hombre ha edificado para entenderse y para justificarse, no sea otra cosa que la ardua empresa de entender qué es el tiempo, de qué oscura materia está hecho y cómo podemos gobernarlo. En hora y media se abre el festín bárbaro de la alegría patrocinada por El Corte Inglés y Telefónica. Es el momento del año, el que nos iguala a todos y nos convierte en tozudos obreros de una realidad que no abarcamos y a la que entregamos los mejores años de nuestra vida o incluso la vida entera. Más tiempo, más carne para la máquina. Al final, regresamos a la euforia, de la que nunca debimos salir o en la que jamás hemos estado. El júbilo pequeñito de aturdirnos un poco, este dejarnos llevarnos por los dones de la cosecha y sentir cómo nos crucifica la uva garnacha y el agua de Kentucky para despertar mañana con un prontuario felicísimo de propósitos. Debiéramos tachar los que consigamos: ver año a año cómo el listado, breve y conciso, va adquiriendo trazas de novela. Decimonónica, por favor. Una untada de héroes espirituales y de causas y azares que malogran una biografía destinada al éxito. Pero nada de todo esto está en el libreto de la nochevieja. Está la farándula, la máscara, el baile perfecto de la locura prestada. Yo me he buscado un buen libro. Lo he colocado en la mesita de noche para entrar el 2.008 mecido por las historias de los demás. Las de uno ya sabemos que pueden acabar con hacernos perder el sueño. Da igual la hora. Siempre es buena hora para leer. Sí, nada de autobiografía: no lo es, amable lector. Es una canción de éxito de los años ochenta. Una cualquiera. Me sirvo un long drink. Brindo por lo que venga. Lo que ha se ha ido es un acúmulo infame de tristezas con guarnición de caviar. Ricos y pobres arracimados bajo la misma carpa, vestidos con las mismas ilusiones y abandonados por los mismos invisibles dioses. En la carta final del año no se puede escribir con mayor alborozo. Es más fácil, no obstante, ser tocado por el numen de la derrota que contagiar al personal con sonrisas y sentimientos maravillosos. No soy Frank Capra, aunque el maestro tenía debajo una más que ácida lámina de mala leche y lo que contaba, a pesar de la bondad y del empalago emocional, de los amores limpios y de las personas buenas como las quería Machado, era una crónica envenenada de lo que los tiempos le entregaron. No pienso que éstos sean excesivamente diferentes. Ha cambiado el formato. Ha cambiado el estilo. Debajo laten idénticos argumentos. La misma historia de siempre. Si Frank Capra estuviese en las carteleras de esta Navidad habría firmado alguna escondida joya, de escaso tirón mercantil. Así funcionan las cosas. O así no funcionan. El cine del 2.007 ignoro si ha tenido alguna lámina ácida de mala leche contada con amor y presentada con los mimbres con los que está construidos los sueños. Eso debe ser el cine. Lo de hoy es descorche y hip hop. Ya preparo mi chaqueta favorita.

28.12.07

Oscar Peterson, in memoriam


Hay pocas fotografías en las que Oscar Peterson exhibiera un gesto adusto o de circunstancias. Solía sonreir y apreciaba uno, en esa cara de buena persona, que lo hacía con convicción. Sufrió la diáspora de muchos músicos de jazz que acaban su periplo en tierras europeas. A una edad prudente para dejar esta tierra bárbara, nos ha dejado no sin contribuir a que lo sea menos. Su música, su piano elegante (comercial, a decir de algunos muy puristas) ha escrito páginas memorables en la historia de los genios del siglo XX. Él fue uno.

25.12.07

Vigencia del refranero popular o cómo se puede vivir más con los regalos de la madre naturaleza

Ver diez minutos al día de senos desnudos prolonga la vida del hombre cinco años. A tenor de este inefable aserto de una prestigiosa doctora alemana que cogió 200 hombres y los obligó a contemplar atributos mamarios durante esos promiscuos minutos. Nada abandonado al azar o al descuido clínico, el experimento tomó lugar en un hospital de Frankfurt y sus resultados fueron registrados bajo los taquígrafos incontestables de la ciencia moderna. Una mitad de esos valerosos machos fueron expuestos a visionar pechos de opulentas señoritas (así reza la columna) durante cinco años. Los otros fueron manumitidos de tan penosa obligación. Cinco años más tarde, las cobayas inducidas a engrandecer el nombre de la Ciencia exhibieron una salud mejorada: menor tensión arterial, pulso más firme y riesgo mínimo de sufrir enfermedades coronarias. Karen Weatherby, la instructora de este apasionante experimento, lo explica mucho mejor:
"Sexual excitement gets the heart pumping and improves blood circulation. There's no question: Gazing at large breasts makes men healthier. Our study indicates that engaging in this activity a few minutes daily cuts the risk of stroke and heart attack in half."
Es decir, uno puede obviar la iconografía mariana del siglo XVIII o prescindir totalmente del cine negro de los cuarenta o ignorar las puestas de sol en una playa desierta o desatender la imaginería cristiana u omitir la visión reconfortante de las estampas monárquicas en estas señaladas fiestas. Uno puede (insisto) desoir el canto de sirenas de toda las pinacotecas del orbe. Ninguna de estas manifestaciones enteramente prescindibles se acerca al beneficio que procura el espectáculo de un par de buenas tetas, dicho así montaraz y secamente. Lo cual contribuye a prolongar no sólo la vida de esos sujetos, todos dignos de nuestra más leal admiración, sino la vigencia del refranero popular, que sin entrar en análisis médicos, probetas, montañas de escáners y sacas de agujas hipodérmicas supo condensar en una esplendorosa frase lo que los inteligentes médicos alemanes han tardado años en descubrir: que dos tetas tiran más que dos carretas...
El cáracter serio de esta página, que no abunda en imágenes blasfemas ni va ahora a dejarse llevar por la alegría del momento para abandonar tan antigua máxima, se permite regalar al pasmado lector un link de campanillas que le va a dar no cinco, sino al menos veinte años más de salud a prueba de tragedias en bolsa y descalabros matrimoniales. Entra en mis cálculos que no es éste el día más propicio para una entrada de este alcance, pero no he podido evitar que mi ecléctica y modesta página se haga eco (científico, claro) de estas novedades del progreso y del bienestar.
Hombres de inestable corazón y arterias precarias, quizá ya va siendo hora de ver porno en la red con receta médica junto al teclado. O, en todo caso, que la esposa, novia o esporádica compañera de florituras galantes se apresten a dejarse observar, cual playa de Sorolla, los atributos de la especie.

Soy Leyenda: Los motivos del lobo



El relato apocalíptico suele adornarse de prosa mesiánica, de pasajes bíblicos y de iconografía medievalista. Incluso el relato escatológico, el libro del fin de los tiempos largamente acariciado por todos los iluminados de la literatura desde los apóstoles hasta este Matheson traicionado, requiere un componente místico, más religioso o espiritual que bélico. Y aquí, en este sentido poético, es donde Soy leyenda despliega sus mejores armas, su acendrado respeto por la belleza de unos imágenes absolutamente hipnóticas, filmadas para perdurar en la memoria de un espectador lo suficientemente alimentado de escenas perdurables como para ser muy crítico a la hora de ampliar el disco duro y permitir unos cuantos megas más de plasticidad.
A Soy leyenda le sobra plasticidad, le sobra honradez y le sobra melancolía. Le falta tal vez todo lo demás. La película de Francis Lawrence no es ni mucho menos una obra redonda. Carece de un orden interno que la justifique: hay tramos de escandaloso tedio, episodios abonados a la apatía, romos alardes de nihilismo puro. Quien acuda al cine para ver un despliegue de efectos especiales, una lección de cine de acción con fondo de palomitas no va a encontrar lo que busca. Hollywood se ha salido por la tangente con esta entrega de cine minimalista, indie casi, amateur, aunque facturado con los condimentos de presupuesto y de márketing necesarios para que dé el pelotazo en taquilla, pero ni esto lo tengo claro tras haber disfrutado (y repudiado, a partes iguales) el empeño. O acción tremebunda o interiorismo psicológico, y Lawrence ha tirado por un fino camino intermedio que no acaba de convencer a los que apuestan por estos dos vértices en cierto modo difíciles de converger.
La devastada ciudad de Nueva York filmada como nunca antes: quizá ése sea el reclamo con el que cazar al desprevenido espectador, a quien (como yo) no ha hurgado en la bibliografía, en la hagiografía, en la intrahistoria del hito en la ciencia-ficción, llevada (parece que por tercera vez, no estoy definitivamente puesto en el tema) a la gran pantalla. El film fracasa en la recreación de la propia acción a la que singularmente desea vincularse para ser el blockbuster de campanillas. Las criaturas vampíricas apenas suponen un respingo en la ya de por si decelerada trama. Estos zombies huelen a laboratorio en demasía: como si los responsables de la parte técnica hubiesen decidido restarle toda posibilidad de credibilidad, de humanidad, digamos... De hecho ahí reside, en mi opinión, el traspiés más inaceptable: el abandono (no dudo que intencionado) de las razones del mal, de los motivos del lobo, como diría el cuento clásico.
Soy leyenda es un cuento sobre la soledad del hombre. Da igual que esté representada sobre los escombros de Manhattan que en mitad de un avenida alfombrada de peatones. La soledad considerada un instrumento de locura, la soledad incluso como una perversión de la sociedad moderna que ha producido el mal que ha demolido sus más sólidos principios morales y cívicos.
El científico Neville (un inconmensurable Will Smith) ha creado un universo alrededor de su cruzada: va al videoclub y ejecuta con impecable rigor los actos mecánicos que todos realizamos cuando vamos al videoclub. Los maniquíes son inquietantes y prefiguran la verdadera imagen del mundo: un inmenso tablero de ajedrez en donde un contricante ha quedado reducido a una sola pieza. No hay metáforas más allá de las estrictamente permisibles: el film bascula entre su vocación mercantil y su innegable tirón íntimo, entre ciertos cinéfilos desprejuiciados que acudirán al cine a devorar imágenes, a digerirlas más tarde y a no dejarse contaminar por ninguna corriente de opinión que les robe el placer formidable de haber descubierto (ellos solos) la miseria y la gloria, el dolor y el júbilo. Todo eso hay en este ambicioso (y por ambicioso, fallido) film de horrores modernos y psicologías de vanguardia apocalíptica.
Intermedio políticamente correcto: Bush vela por nuestros sueños. Sus héroes ruedan a 24 fotogramas por segundo e incluso se atreven, en la soledad de un sótano, en la lúgubre certeza de un mundo desmembrado, a dar con el antídoto definitivo, una especie de fórmula magistral de la Coca-Cola multicultural.
Will Smith contribuye al propósito con las buenas maneras que últimamente suele y se antoja demiurgo fantástico de un mundo hecho a su antojo. A decir de quienes adoran el libro de Richard Matheson, Soy leyenda es un fiasco. Probablemente. No he tenido el gusto de leerlo. He conocido de su existencia tras el habitual fuego de artificio de la publicidad y su imparable maquinaria de propaganda. Y la vi sobre aviso, consciente mi pureza de espíritu y una absoluta falta de expectativas. Tal vez la mejor forma de ver cine. Una a la que no siempre nos abonamos cuando acudimos a la sala y nos entregamos al milagro de la representación figurada de la vida.
Luego salí perplejo: a medio camino entre la fascinación de las imágenes y el aburrimiento de una trama brumosa, devota de una premiosa alargación de lo que podría haber sido contado en mucho menos tiempo. Tal cual un capítulo televisivo de calidad en un canal de cable. Hay luz afuera.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...