Uno no sabe ya si ama los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles o si los detesta. No sabe con qué quedarse. Se maneja bien observando el mal, registrando los destrozos que causa, apreciando que la vida siga y que no haya peligro de que el mal, el que se ha observado y se ha registrado, acabe entrando en casa. Tampoco sé a qué casa me refiero. Imagino que es el mundo, a pesar de que haya otra, de más reducido tamaño, donde duermes de noche y a la que mimas porque en ella reside tu familia, que es el bien más preciado, el único posiblemente. Lo malo es que al mundo lo están partiendo. Nunca fue una unidad firme, pero esta parte es la mía, en la que yo oficio de espectador, y no me agrada en nada el tono de la trama. No se sabe ya cómo asumir que en las guerras mueran los niños, que los gaseen como si fuesen mosquitos en la cortina del verano. No se sabe ya cómo entender tanto atropello. Imagino que esta es la descarga moral, moral por decir algo, que a veces sale de dentro y plasmo en palabras, un poco para entenderme y otro poco, quizá, para compartir el padecimiento. Hay que ser muy duro para sobrellevar este peso infame de las cosas. Por otra lado está la sensibilidad. Quien la tenga a espuertas tiene todas las papeletas para echar una llantina privada cada vez que se acuesta, apaga la luz de la mesilla y entona el cántico con el que se profana la vigilia y se penetra en el mundo de los sueños. Creo que son los únicos paraísos que quedan, pero los sueños, cuando están mal administrados, elevan su rango y se convierten en pesadillas. No suelo tener muchas, la verdad. Creo que duermo con la conciencia tranquila, pero incluso eso me preocupa. Soy feliz en mi modesta vida de espectador. Lo que hay de malo en esta bondad es que no tiene por dónde cogerla, no hay forma de explicársela a los demás, no existe argumento por el que hacer circular su esencia. Por eso anda uno perdido, sin saber si proseguir en el mundo etéreo, el de las pompas de jabón y las metáforas, o meterse en arena, abrir camino por algún sitio, dejar de contar lo que siempre está uno contando, que es al cabo poca cosa y está contada de modo fragmentario y torpe. Son todas estas las cosas que esta noche no sé. Una de ellas, una de las que más me incomodan, es la de ir acabando el texto y no tener conciencia clara de qué he querido decir. Sí, el dolor, ya sé, las muertes ajenas, las dolorosas, las que no tienen pies ni tienen corazón ni cabeza, pero también las muertes de los seres que no conocemos, los de los telediarios, todas esas muertes que no obedecen a nada razonable. Es que no hay razón y vamos camino de que hasta eso (que no haya razón) sea razonable. Está la cordura rebajada a otra cosa, pero no es cordura. Se están dando por normales los asuntos que debieran indignarnos. La dignidad. Esa es la palabra a la que le hemos perdido absolutamente el respeto. Supongo que no harán caer en la escuela el peso de esa responsabilidad. Es un peso muy repartido en la sociedad. La escuela no es un espacio de prevención de conductas inmorales o delictivas. Los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles: eso son los que hay que vender bien, ellos garantizan la sensibilidad.
23.8.13
22.8.13
Z
Creo que está al caer un blockbuster sobre zombis en Pixar. En esto de los zombis se estila también un adoctrinamiento, un traer a la masa joven el icono del no-muerto, una voluntad didáctica al modo en que lo practica la política o la religión. Disney (que está en asuntos de caja casada con Pixar o son la misma interesada cosa) no tardará en dar el pelotazo. Me pido la edición especial con doble disco, con extras y making off. El zombi es un parque temático en sí mismo. La muerte, tratada así, con esa frívola mercadotecnica, vencerá todas las rugosidades metafísicas de los últimos dos milenios. Viva George A. Romero. Viva El Padre.
No sé qué palabra valdría para retirar aquí la palabra zombie o zombi. Quizá podrido. Los podridos. No suena mal, pero el imaginario castellano tiraría de olla de garbanzos o de ventosidad aireada en una distracción de la concurrencia. Vale la opción de que en España el fenómeno zombi (o podrido o muerto viviente, más castizamente) no deja de ser una cosa impostada, proveniente de la industria del entretenimiento. Ni siquiera tenemos una Mary Shelley. Salvo cierto tipo de jirones de carne, su Frankenstein era un ancestro formidable para los zombis de ahora. Ni siquiera tenemos un Michael Jackson. De su Thriller proviene la idea imposible de que los zombis son criaturas a las que se puede coreografiar.
Los zombis son de una elementalidad absoluta. Han sido despojados de su condición emocional y convertidos, por obra del vudú o de los cataclismos apocalípticos, en un aparato digestivo que se mueve. No hemos visto zombis fornicar en los bosques, en un descuido del cámara de turno o en un capricho del guionista. Tampoco dormir o mirar el azul del cielo o embelesarse con el sonido de la lluvia cuando cae. En ese sentido, un zombi es una célula primordial, un idea a salvo de todas las demás ideas, una boca famélica embutida en una quijada que se cae a pedazos. No acabo de entender cómo ese órgano tan relevante se escenifica tan pobremente, con tan escasa pujanza anatómica. Agradezcamos al Infinito Concurso del Azar y a la Gloria Absoluta de la Madre Natura que no se haya esmerado en el aparato locomotor de las bestias. Si un zombi tuviese el brío de un Bolt no habría paz en la tierra ni para los hombres de buena voluntad.
Un zombi no se deprime, un zombi no se alegra. En esa asepsia de ánimo, pastorean los campos, merodean las villas, fatigan las carreteras abandonadas y agotan a su modo las topografías del hambre. Como no enferman, ofrecen siempre una voluntad firme de asalto. Los opresores del mundo laboral, los que explotan al vulgo mal asalariado o directamente sin asalariar, lampan por zombificar a sus obreros. Babean con la idea de que únicamente realicen su trabajo y no caigan en la cuenta de todo lo demás. Los países que reclutan ejércitos para extender el mal que los corroe por dentro buscan zombis, personal sin alma, desalmados, eso es. El mal, cuando penetra en la carne y la malogra, nos hace zombis. En un extremo doloroso de las cosas, todos habremos visto alguno por ahí, en las colas de las charcuterías del mundo, en las plateas del teatro, en los pasillos de los Parlamentos, en los sindicatos, en las barras de los bares, en casa, en el espejo (ay) cuando en ocasiones nos miramos y nos duele lo que vemos.
Un zombi no se deprime, un zombi no se alegra. En esa asepsia de ánimo, pastorean los campos, merodean las villas, fatigan las carreteras abandonadas y agotan a su modo las topografías del hambre. Como no enferman, ofrecen siempre una voluntad firme de asalto. Los opresores del mundo laboral, los que explotan al vulgo mal asalariado o directamente sin asalariar, lampan por zombificar a sus obreros. Babean con la idea de que únicamente realicen su trabajo y no caigan en la cuenta de todo lo demás. Los países que reclutan ejércitos para extender el mal que los corroe por dentro buscan zombis, personal sin alma, desalmados, eso es. El mal, cuando penetra en la carne y la malogra, nos hace zombis. En un extremo doloroso de las cosas, todos habremos visto alguno por ahí, en las colas de las charcuterías del mundo, en las plateas del teatro, en los pasillos de los Parlamentos, en los sindicatos, en las barras de los bares, en casa, en el espejo (ay) cuando en ocasiones nos miramos y nos duele lo que vemos.
21.8.13
Noticia de verano
Está el verano sin descarriarse de su rumbo, afinando su material de intimidación, dejando al descubierto la fragilidad del cuerpo, toda esa pobreza de ánimo con la que en ocasiones afrontamos el día. Los míos, cuando aprieta el sol, con su dulzor espeso, con su terca vocación de soplete, están como en tregua, sin que se distingan unos de otros, perezosos y felices, dejados caer como un fardo alegre al que de pronto le hubiesen rebajado todo el peso y se moviera sin propósito. El verano es un aplazamiento de algo que se ofrece detrás. La luz es en sí misma un aplazamiento de otras luces. Las palabras, en suma, aplazan otras palabras. El término en el que concluye todo no es una estancia o un paraje, una habitación o una playa, sino una sensación, una firme, instalada en la cabeza como un cuadro fijado a la pared. Es la sensación de que todo es una especie de ficción a la que nos hemos acercado de forma imprecisa, un poco sin saberlo y otro poco temiéndolo. En la ficción que nos regala el verano se viven las ficciones de los demás con más completa satisfacción. Es como si el lector lo fuese a modo completo, tenazmente, sin que ningún vínculo con la realidad lo distraiga del oficio al que ha encomendado su vida. Somos lectores del verano, que es un libro de humedad y de sombrillas en la arena, de noches bochornosas y de siestas convertidas en pequeños o grandes triunfos. Se duerme en la creencia de que accede uno a otro mundo o quizá porque la cabeza precisa de vez en cuando olvidarse del cuerpo que la soporta y del que depende. El verano, a poco que lo piensas en detalle, es la estación más impura. Me he bebido un gin tonic de Bombay y he pensado en que no hay otra parte del año que invite más a desquiciarse uno, a perderse y a encontrarse después. Ni las lecturas que se van haciendo ayudan a que se rebaje un ápice esta dureza de pensamiento. El verano es un lugar vacío al que le vamos añadiendo cosas. Como una casa en construcción que luego dejamos cuando acude el frío. Será que odio el calor. De un modo grosero, lo odio. Pienso en que no puedo vencerlo y el odio se acrecienta. Al frío lo combato con armas más eficaces y hasta me entiendo con él y termino apreciándolo, cogiendo lo que me interesa y paseando por las calles a su paso. Está el verano a medio terminar y se deja escuchar, pero viniendo de muy lejos, el rumor del otoño. De hecho no hay nada fiable que nos haga pensar en el otoño, pero me agrada muchísimo esa idea en la cabeza: la del frío ganando terreno al calor terrible que nos está azotando. Porque es un azote. No hay escapatoria. El split y la sombra, el agua muy fría y la esperanza de que acabe pronto. No estoy hecho para vivir en el sur, he pensado alguna vez. Soy norteño, aunque allí arriba (supongo) acabaría maldiciendo el frío, arrimando mis deseos al sol que ahora me recluye en casa, al resguardo de su rigor, cobijado en el frío impostado de las máquinas.
15.8.13
El trapero del tiempo / Rafael García Maldonado: La novela de sofá
A diferencia de lo que suele pensarse, la novela es un género de minorías: las mayorías prefieren el mundo de la realidad tangible, el del espacio privativo de la imagen. He ahí la oportunidad de la "novela de sofá", por cuya pervivencia está el autor, en contra de los cultivadores y explotadores de la "novela light".
Mario Vargas Llosa
A veces es el azar el que alienta a que todo fluya armónicamente. No es algo que uno provoque o algo a lo que uno se arrime voluntariamente. Es el bendito azar el que nos amarra a la bondad de las cosas. Luego está el reverso tenebroso, que viene a decirnos cómo el azar malogra la armonía, nos desamarra del placer y da al traste con todas las buenas intenciones de donde partimos. El azar se llama hoy Rafael García Maldonado, novelista, farmaceútico y hombre atento, en lo que poco que lo traté, amable, tocado por el hechizo de la escritura, como otros, convencido de que se pueden escribir novelas de asunto, de narrativa larga, extendidas por muchos espacios y por muchas épocas. El trapero del tiempo (Almuzara, 2013) es la constatación de que escribir es un oficio maravilloso y de que leer sigue siendo una de las cosas en las que uno puede seguir confiando. La historia de Rafael es ambiciosa, traba elementos en apariencia inasibles y acaba tejiendo (primorosamente) un espectacular (y también crepuscular) retrato de una sociedad a la que le han extirpado de cuajo algunos de los pilares sobre los que aspiraba a sublimarse. Ignoro si la crítica seria, la de postín, la vendida en los suplementos y bragada en libros de literatura de fuste, habrá despachado como una pieza sacrificable la novela de García Maldonado, pero el lector eventual y el avisado, liberados del peso terrible de la responsabilidad y encomendados al maravilloso oficio de la lectura, habrán disfrutado de un libro notable, al que mimarán los años y del que saldrán (porque el novelista de verdad lo es a modo completo y no se me ocurre que no haya más libros de Rafael en adelante) otras historias y en donde se pulirá el volumen (a mí me ha gustado su grosor pero reconozco que no estoy hecho a enfrentarme con tochos de ese rango) y se afinará el pulso. A pesar de que no desbarra nunca, aprecio que se embebece en ocasiones. Se deja llevar por la inercia de las palabras (que lo son todo, pero que son también un instrumento) y se precipita en peligrosos despañaderos, que aportan información y crean un contexto para lo que está por venir, aunque hacen que se extienda en demasía la trama. Nada de esto que acabo de escribir menoscaba el placer de la lectura. Bien al contrario, habrá quien haya encontrado precisamente en esto que recalco (en la dureza de la empresa, en la aventura considerable de no perder un detalle y llevar en la memoria el sinfín de situaciones que alimentan la historia principal) la razón principal de su disfrute.
En todo caso, agradezco a Rafael, hombre de una amabilidad antigua, de las que ahora no cunden, que tuviese el detalle de enviarme el libro y pedirme que lo leyese y consignase aquí la opinión que me merecía. No está a la altura mi comentario a lo leído. He tardado más de la cuenta (ah las ocupaciones, ah el tiempo, ah la pereza del verano) en llegar al asombroso final (nada de spoilers, aquí yo he venido a darle cuartel a un libro y hay que metérselo entre pecho y espalda para saber de qué hablo) y he de consignar aquí el trabajo de concisión, la voluntad de recuperar la alegría que a veces dan las novelas, que no siempre. Se queda uno en paz con el mundo, comprende algo que probablemente ya sabía: que la novela es un género fundamental para que el mundo en que vivimos siga girando y lo haga con la armonía que la gente de buen corazón le exigimos. Los otros, los descarriados, los que se obstinan en malograrlo todo, no van a leer nunca una novela y mucho menos una de esta complejidad. Eso es tal vez lo que más me fascina: que sea tan ambiciosa, que su construcción sea tan sólida y chirrie lo justo, en algunas curvas demasiado pronunciadas. Dupont y Adames perdurarán en la memoria del lector: lo hará la historia de amistad que forjan a través de los años. Todo lo demás (la Gestapo, la corrupción urbanística, la malacología o la infame Guerra Civil Española) son el chasis, la caja en la que Rafael ha introducido unos zapatos estupendos. Que los saque pronto y eche andar con otra historia.
A modo de coda
Queda (pues) fe en la novela; no ya en ésta, apetecible, lustrosa, rica, sino en el género, en la constatación de que la Historia (con mayúscula) se escribe cuando se la literaturiza: al ficcionarla, en el momento en que se registra lo real al cobijo de lo fabulado, la Historia se incrusta en el acervo narrativo de los pueblos. Quizá por eso debamos cuidar de que se sigan editando novelas y que gente joven como Rafael García Maldonado sean benditos reclutas de un oficio antiguo, noble como pocos, a los que algunos que escribimos no sabemos cómo hincarle el diente y andamos ahí, barruntando proyectos, especulando con la posibilidad de ser lo suficientemente audaces como para escribir una. Mientras tanto, disfruta uno (yo, al menos, mucho) con el genio ajeno.
13.8.13
Divertimentos cósmicos
Escudriñar el cielo no entra en ninguna de mis habilidades. Ni siquiera es una discreta, del tamaño más irrelevante que pueda pensarse. Probablemente suceda que lo mire sin el entusiasmo que demanda. El cielo, de noche, es una hermosa bóveda de estrellas y no hay ningún misterio en ir apreciando los pulsos diminutos de las estrellas, cuajando una especie de baile cósmico que no requiere, a decir verdad, de mucho oficio en quien lo contempla. A lo que no alcanza mi torpeza astronómica (la llamaré así en adelante) es a cazar el vuelo de los meteoritos. La lluvia que pregonan los estudiosos no me moja a mí. Permanezco a salvo del prodigio, a pesar de que me esmero en atraparlo. No sé si estoy negado a todas las cosas de la alturas y soy un descreído hasta en esos detalles celestiales. Hoy mismo he sentido en carne propia (en ojo propio más atinadamente) ese desafecto cósmico. Yo, el astronauta zurdo, plantado en tierra como un árbol, incapaz de aprehender esa línea súbita que rasga el techo de las cosas y hace que el corazón brinque de gozo. El mío, ya digo, brincó poco. Tres veces o quizá una más se encabritó cuando se le concedió la visión limpia (a pesar de la oscuridad que la cobijaba) de las estrellas en el cielo. No sé qué hubiese pasado si fuese diestro en lugar de zurdo. Un astronauta que se maneje a derechas tal vez tenga más confianza en sí mismo. Escribir, en fin, es dejar constancia de cosas que los otros no ven o que, viéndolas, no se molestan en registrar o sencillamente no tienen la voluntad de pensar que registrarlas sirve para algo. Por eso escribo, Pedro. Porque veo cosas que no son visibles a otros y no alcanzo a ver lo evidente, lo que se manifiesta con absoluta claridad y yo, ay, torpe en tanto, no recibo. No niego que el tiempo empleado en la búsqueda de meteoritos ha sido divertido y que este texto es tan solo un capricho de mi incansable deseo de escribir. No he visto nada más que tres lágrimas (o a lo mejor fueron cuatro, no estoy seguro), pero las he disfrutado como si hubiesen sido un ciento y yo andara por ahí, en las alturas, a pie de estrella, balanceándome, ingrávido y feliz, como un alienígena en El Corte Inglés. Quienes me vieron (Blanca, Sara, Toñi, Pedro, Eloísa) saben muy bien de lo que hablo. Al menos cenamos divinamente, al fresco, buscando una melodía de ovnis de los años setenta.
6.8.13
La novela de todos los veranos
Me hice escritor para leer las historias que nadie podía contarme. Fue más tarde, cientos de historias después, cuando comprendí que otros contaban las historias de un modo que yo no alcanzaba o que ninguna de mis historias me interesaba más allá del tiempo que me ocupaba escribirlas. Sin embargo, a pesar de toda esa fiable evidencia, no he dejado de escribir casi a diario. En cuanto abandono el hábito, por prescripción propia, por cansancio, por falta de concentración o de inspiración, noto un cierto desfallecimiento espiritual. Como si ese inventario doméstico de pequeños registros, encomendados al blog o a un archivo que ocupa un rincón inapreciable en mi escritorio de windows, me inoculara fuerza para escalar la cumbre de los días o como si, en otro sentido, escribir me hiciese dormir más placenteramente, habiéndome contado las cosas del mundo, convertidas en historias, en frases sueltas las más de las veces, en apuntes nada rigurosos, a los que tal vez les falta una dedicación más concienzuda, un modo menos liviano de manejarlos. Por eso soy incapaz de escribir una novela: ya me cuesta mantener el tono en un cuento como para atreverme a que mi ingenio, el que pueda poseer, se adentre en la creación de una historia monumental. Porque eso son las novelas: asuntos de cierta monumentalidad, empresas que exigen una especie de profesionalización. No me imagino escribiendo diez páginas diarias o veinte durante varios años. En realidad no es que no me vea capacitado para escribir una novela: a lo que no llego es a escribir una que me agrade a mí al modo en que lo hacen (a veces) los relatos que escribo o algunas entradas de este blog. Arranqué una novela a principios de verano. Ha durado tres capítulos. No sé continuarlos. La releo y me molesta el barullo de cosas y la torpeza con que se van trenzando. No es que la considere un insulto al lector, un atropello a su inteligencia o alguna de esas sutilezas con las que a veces los críticos de fuste despachan sus irritaciones librescas: lo que contemplo es un sprint enorme que de pronto deviene en una pájara absoluta. No poseo la mesura que requiere el trabajo. Tampoco me siento dueño de lo que escribo. Se me van escapando esas pequeñas posesiones diarias. Podría incluso reconocer que hay algunas que prosperan, pero resultan al final deslavazadas, separadas del útero firme de donde partieron, boqueando en el aire, como un pez súbitamente sacado del agua. Escribo esto a poco de haber eliminado esos capítulos, no más de ochenta páginas, revisadas un par de veces, corregidas en detalles que nunca pensé que mi ligereza adveriría (en esto agradezco siempre las recomendaciones de mi amigo Pedro) y mimada en lo primordial, en la adquisición de una trama: en una lo suficientemente atractiva como para que no recaiga todo en la hilazón más o menos rigurosa y cuidada de las frases, en la bendita forma a la que tanto procuro inclinarme cuando escribo. He disfrutado al borrar el archivo de la novela sin titular que me ha ocupado el mes de julio. Pensé, poco antes de sacrificarla, que todo había sido una tentativa de la que, apurada, saldría más adelante una criatura más entera, a la que le pudiera entregar un afecto más hondo. Lo malo de esta manera mía de obrar (escribir, razonar lo irrelevante de lo escrito y finalmente sacrificarlo) es que no es la primera vez que sucede. Gabriel, mi buen cuñado, me exige la novela. Me pide que le dedique el tiempo que merece. Que solo así calibre si valgo como escritor o no. Que solo llegar al final permite pensar sobre la travesía. Nada que me quite el sueño, por otra parte. Nada que malogre el resto de los asuntos que me hacen vivir y disfrutar de mi sencilla existencia. Aparto (pues) la idea de empezar la novela este verano. Tampoco lo hice el verano pasado ni probablemente la comience el próximo. Mientras tanto, en el ir y en el venir de mi corazón a mis asuntos, disfruto con la idea de que cualquier día, a poco que me preste, doy con la frase desde la que se abren el resto de las frases. Siempre pensé que las novelas se construían así. Que en su portentoso arranque, en sus primeras líneas, estaba el argumento entero. Secretamente encerrado. Como un rumor dentro de un rumor. Como una confidencia que se esconde dentro de otra. K. me anima como puede. Me hace ver que esto suele pasar. Se esmera, el pobre, en procurarme el alivio que no le pide. Quizá me siente bien este papel de novelista frustado. Incluso podría ser un personaje de una trama que me interese. Álex, mi hermano norteño, me reprenderá cuando hablemos. Dirá que no debí eliminar nada, pero él sabe que en ocasiones es mejor empezar de cero, aunque sea empezar de cero muchas veces.
25.7.13
Apuntes
No hay como el calor del amor...
A los bares acude uno sin ningún propósito. No hay una razón que valga más que otra. Ninguna que sustancie el motivo evidente porque el bar es un lugar fuera del tiempo y del espacio, como un sueño dentro de un cuento de Edgar Allan Poe o un fotograma de una película de David Lynch. No entro en la consideración etílica del bar, en su oferta de licores. Basta que un café amenice la lectura de un periódico mientras afuera, en las calles, los otros desoyen la llamada, prosiguen el despacho de sus cosas, como uno mismo, al pagar y abandonar el local, abastecido quién sabe de qué secreto alimento, habiendo cumplido un ritual antiguo. Yo es que soy muy de rituales y hay algunos de los que no sabría desprenderme. El del bar, solo o en compañía, según el ánimo, es uno muy literario, en el fondo. Hubo un tiempo en que solía quedar con la suficiente antelación. Aprovechaba el tiempo para escribir, cómo no. Sacaba mi libretita y acariciaba el lomo cómplice de las cosas, pensaba en asuntos que afuera ni sospechaba, me explayaba con mucho ardor en contar no ya qué veía, que era un mapa fiable de muchos países, sino qué estaba dispuesto a ver, hasta dónde podría involucrarme en ese aprivisionamiento de historias que, en ocasiones, solo te proveen los bares, qué lugares (ay) tan gratos para conversar o para mirarse adentro y entablar (cosa que pasa desgraciadamente tan poco) una charla con uno mismo. Hablar solos, ya saben, cosa de borrachos, aunque sea (y no siempre) de café.
Afuera se está mejor
No sé qué parte de la idea de un país no entiendo o si son todas y voy dejándome llevar por las impresiones, por el capricho de un gol de Torres o por la Historia que sabe uno y que le ha enseñado, al cabo, algo. La España de la que no sé zafarme es la que normalmente no se cita en la prensa ni está en boca de los patriotas, los fundamentalistas y los moderados, que de ambas ramas conozco. La España que me viene a la cabeza es la de los libros, no la cartografiada o la que me une a un ciudadano de Burgos más que a uno de Wichita Falls. Porque ya no es un obstáculo el idioma. Si en lugar de Burgos, elijo Sabadell o Sestao, me puedo encontrar con un vecino en lugar de con un familiar, pero ya digo que no comprendo bien la idea de territorio. Supongo que son las lenguas los que los marcan, y que a partir del consenso de una lengua, se izan las banderas propias y se mira con recelo o con abierta hostilidad las demás. Será que esa animadversión por lo ajeno, por lo que rivaliza con lo mío, es algo inherente a lo humano. Que no hay quien extirpe esa voluntad de quedar por encima, de que lo propio valga más que lo ajeno. Del desgraciado accidente ferroviario de anoche empezarán pronto a largar partes de bajas, insistiendo en las nacionalidades de los difuntos. Dirán si había cinco ecuatorianos o siete rumanos, si algún alemán estaba en los vagones. De los de aquí, por no caer en una estadística inútil, no dirán si eran de Málaga o de Badajoz. Ese dato no es relevante. Importan los países, toda esa rivalidad estabulada en fronteras, en himnos y en banderas. Porque no se sostiene que mis compatriotas se me arrimen con más afecto que los que no lo son. Tengo más en común con Paul Auster, pongo por caso, que con Juan Manuel de Prada. Vibro más con el blues del delta del Mississippi o con el jazz nórdico del sello ECM que con las bulerías o la copla. Falta que alguien me razone ese desquicio cultural y me haga sentir muy culpable, pero razonaría que uno se no sabe nunca qué va a deslumbrarle, si las cosas de casa o las del vecino. A mí me sigue pareciendo maravilloso que todas me fascinen y que no tenga, en la dieta de placer intelectual que me aplico, los prejuicios que probablemente maneje en otros asuntos. No rechazo lo español, no caigo en la torpeza de ningunear lo que se hace en España, no dejo de excitarme cuando algo fabricado aquí se me pone a mano y lo estrujo. En mi ignorancia, igual pierdo algo maravilloso que otros sí disfrutan. Pero esto de las patrias es como una especie de deslumbramiento al modo en que lo es el amor o la fe. Yo no me he sentido tocado por ningún numen interno o, al menos, ninguno que me haya hecho abandonar los de afuera. Yo creo que, pudiendo volver, afuera se está mejor. Aunque solo sea por el viaje. Y no he nombrado nada sobre el imperio o sobre la raza o sobre la música que planea sobre los soldados cuando, en las batallas, se ponen a darles patadas a un balón.
17.7.13
Apuntes
El yo virtual, el yo tangible, el yo perdido
Youtubificación: la ubicuidad de la cámara omnisciente como una especie de Dios digital que reformulase las escrituras en términos de códigos binarios y negociase con sus feligreses la cantidad de intimidad que están dispuestos a sacrificar a beneficio de su gloria. La Red está comportándose como un magma beatífico, una especie de religión sin Conferencia Episcopal ni aliño artístico. Da igual que sean dos cafres reventando retrovisores de coche o quemando el pelo de un mendigo o la nueva María Callas haciendo gorgoritos delante de su webcam. El formato es el motivo: el verbo colgar convertido en el axioma de conducta de las nuevas generaciones digitales. Hasta el cine se contamina de estas representaciones de lo real. Tendremos que regresar a Baudrillard y su idea del simulacro: aquéllo de que la realidad imita siempre al modelo. Es la representación de lo real lo que precede y suscita y esponsoriza lo real. La verdad es únicamente una ilusión porque lo real se ha transfigurado en lo simbólico e importa más el envoltorio (la forma de los clásicos) que su contenido aprehensible, que su verdad traducible a emociones. Estamos disuadidos de que todo esto que está pasando sea contraproducente. Más bien al contrario: se agita en los medios la idea de que este fastuoso juego de signos puede sustituir al referente verídico. Lo virtual ha secuestrado a lo tangible. La vida se está pixelando. Lo decía en otra entrada: si miras la realidad bien de cerca puedes apreciar los píxels. Las herramientad disponibles en el mercado virtual para procesar la comunicación y difundirla sin la injerencia de un organismo o de un censor externo son enormes: blogs, agregadores de noticias, feeds, RSS, foros, indexadores, podcasts. No sabemos si Internet es la herramienta favorita y más eficaz de la democracia moderna o es un mero almacén de datos, una plataforma de información razonablemente pública, falsamente anónima y, sobre todo, doméstica, íntima. El medio es el mensaje. El Gran Hermano lo revisa todo. En una plaza de mi pueblo hay jóvenes que se tiran las tardes enteras gastando tarjeta de memoria de sus móviles con escenas de sus piruetas con los monopatines. Lo hacen muchas tardes y la tropa de adeptos crece. Incluso vi a uno que decía no haber visto la proeza de un amigo, pero que la había grabado. La cuelga esta noche, dijo. No hace falta ver la realidad si la hemos almacenado en un disco duro. Así estamos. No se hacen las cosas por lo que las cosas son sino por lo que representan. Yo ya no soy lo mío y sus circunstancias sino, ay, lo mío y lo que anda por ahí, colgado, contándome. La idea es que vamos dejando huellas que nos retratan. Para bien o para mal, cuentan lo que somos. Y parece que no se puede borrar. Lo duro es que luego no hay marcha atrás. Las palabras ya no se las lleva el viento: las registra los foros, los facebooks y los blogs. Cualquier día de éstos va a venir la Policía Digital y va a encontrar restos de Cortázar (que acabo de leer) en algún bit mío suelto.
Un paseo libresco
Acabo de sacar todos los libros de sus baldas. No ha quedado ninguno. Los hay a cientos, en montones desafiantes, por el pasillo. Ni uno solo en su estante habitual: ni Baudelaire ni el Sarramona de Pedagogía. Tampoco he dejado disco en su sitio. Ahora están en el suelo del pasillo, esperando un poco de higiene, Cassandra Wilson, Shostakovich y Nacha Pop. Es una pequeña nudanza, un viaje que les permito para que aprecien después el confort de la rutina. Volverán a donde estuvieron. No sé si les agrada mi presencia, que los haya escogido y juntado. A veces me da por pensar que no hay vida para que yo los aproveche como deben. No volveré a leer a Jack London. Igual no vuelvo a depositar en la bandeja del Marantz el primer disco de los Clash. No es un pensamiento lúgubre, funerario: es más bien constatar que la vida es siempre muy corta y hay muchos paseos que dar y muchas palabras que escuchar una vez o un ciento.
Youtubificación: la ubicuidad de la cámara omnisciente como una especie de Dios digital que reformulase las escrituras en términos de códigos binarios y negociase con sus feligreses la cantidad de intimidad que están dispuestos a sacrificar a beneficio de su gloria. La Red está comportándose como un magma beatífico, una especie de religión sin Conferencia Episcopal ni aliño artístico. Da igual que sean dos cafres reventando retrovisores de coche o quemando el pelo de un mendigo o la nueva María Callas haciendo gorgoritos delante de su webcam. El formato es el motivo: el verbo colgar convertido en el axioma de conducta de las nuevas generaciones digitales. Hasta el cine se contamina de estas representaciones de lo real. Tendremos que regresar a Baudrillard y su idea del simulacro: aquéllo de que la realidad imita siempre al modelo. Es la representación de lo real lo que precede y suscita y esponsoriza lo real. La verdad es únicamente una ilusión porque lo real se ha transfigurado en lo simbólico e importa más el envoltorio (la forma de los clásicos) que su contenido aprehensible, que su verdad traducible a emociones. Estamos disuadidos de que todo esto que está pasando sea contraproducente. Más bien al contrario: se agita en los medios la idea de que este fastuoso juego de signos puede sustituir al referente verídico. Lo virtual ha secuestrado a lo tangible. La vida se está pixelando. Lo decía en otra entrada: si miras la realidad bien de cerca puedes apreciar los píxels. Las herramientad disponibles en el mercado virtual para procesar la comunicación y difundirla sin la injerencia de un organismo o de un censor externo son enormes: blogs, agregadores de noticias, feeds, RSS, foros, indexadores, podcasts. No sabemos si Internet es la herramienta favorita y más eficaz de la democracia moderna o es un mero almacén de datos, una plataforma de información razonablemente pública, falsamente anónima y, sobre todo, doméstica, íntima. El medio es el mensaje. El Gran Hermano lo revisa todo. En una plaza de mi pueblo hay jóvenes que se tiran las tardes enteras gastando tarjeta de memoria de sus móviles con escenas de sus piruetas con los monopatines. Lo hacen muchas tardes y la tropa de adeptos crece. Incluso vi a uno que decía no haber visto la proeza de un amigo, pero que la había grabado. La cuelga esta noche, dijo. No hace falta ver la realidad si la hemos almacenado en un disco duro. Así estamos. No se hacen las cosas por lo que las cosas son sino por lo que representan. Yo ya no soy lo mío y sus circunstancias sino, ay, lo mío y lo que anda por ahí, colgado, contándome. La idea es que vamos dejando huellas que nos retratan. Para bien o para mal, cuentan lo que somos. Y parece que no se puede borrar. Lo duro es que luego no hay marcha atrás. Las palabras ya no se las lleva el viento: las registra los foros, los facebooks y los blogs. Cualquier día de éstos va a venir la Policía Digital y va a encontrar restos de Cortázar (que acabo de leer) en algún bit mío suelto.
Un paseo libresco
Acabo de sacar todos los libros de sus baldas. No ha quedado ninguno. Los hay a cientos, en montones desafiantes, por el pasillo. Ni uno solo en su estante habitual: ni Baudelaire ni el Sarramona de Pedagogía. Tampoco he dejado disco en su sitio. Ahora están en el suelo del pasillo, esperando un poco de higiene, Cassandra Wilson, Shostakovich y Nacha Pop. Es una pequeña nudanza, un viaje que les permito para que aprecien después el confort de la rutina. Volverán a donde estuvieron. No sé si les agrada mi presencia, que los haya escogido y juntado. A veces me da por pensar que no hay vida para que yo los aproveche como deben. No volveré a leer a Jack London. Igual no vuelvo a depositar en la bandeja del Marantz el primer disco de los Clash. No es un pensamiento lúgubre, funerario: es más bien constatar que la vida es siempre muy corta y hay muchos paseos que dar y muchas palabras que escuchar una vez o un ciento.
10.7.13
Apuntes
Vicios de verano
Uno construye su vida en base a muy escasos vicios y
luego la vida va construyendo su cadalso en base a muy escasas reglas.
Día que pasa, día que no vuelve. Lo que pasa es que los vicios no
matrimonian bien con la vida o viceversa y andamos siempre a la gresca,
pidiendo un receso para ordenar los bártulos o pidiendo una prórroga
para irnos despidiendo de los vicios. Yo tengo muy pocos, ya lo he
escrito, pero no hay rinconcito en donde yo me lo pase bien al que no
lleguen y en donde no hagan cuartelillo. Ahora han descubierto que me
gusta Patricia Highsmith y me buscan libros y películas
basadas en argumentos de esta estupenda señora. Cuantos más vicios
tiene uno, más cuesta arriba se hace perderlos por necesidades de guión,
digamos. Salvo que no haya aviso (no suele haberlo) y prescindamos de
todos ellos de golpe igual que prescindimos de Charlie Parker, del arroz con marisco, del gin tonic de Bombay, de las novelas a la caída de la tarde, del café en una terraza, del cine
considerado como una de las más hermosas distracciones o de los besos a
las cuatro de la mañana. En verano, los vicios lo son menos o lo son de una manera menos dramática. Se deja uno llevar. No se irrita como en otras estaciones. Recesos que son necesarios para afrontar el caos que está por venir. Porque vendrá. Y me tendrá enfrente.
Serie B
La vida debería ser un poco serie B, asunto de presupuesto escaso y talento a espuertas, pero a todo se le da una impronta trascendente, todo se observa con reverencias y diligencias que igual no son necesarias. Estamos aprendiendo a vivir y en el ensayo se va el objeto del estudio. Para cuando tengamos unas nociones más o menos claras de cómo manejar la cosa, no tendremos trama que mantener, la obra habrá acabado. En el mejor momento.
Escribir
Escribir mucho menos en verano. Incluso no escribir nada. Estas líneas de ahora en una semana larga. Creo que no he sido nunca tan vago. No me inclino a cambiar, pero soy voluble como pocos e igual mañana tengo el verbo levantisco y me doy un atracón de escritura. Pocas cosas me gustan más en este mundo que estar horas escribiendo. Me pregunto si convendrá este pequeño abandono. Si a la vuelta las palabras estarán a mi disposición. Si yo estaré cómplice y las sentiré otra vez una extensión de mi alma. Creo que mañana escribiré sobre el alma. Si fuese ruso y del siglo XIX, lo haría de vicio.
3.7.13
Otro
A veces uno desearía ser otro o serlo providencialmente, a capricho de la voluntad, sin que esa mutación impregne lo que somos. Imagino que habrá otros que hagan de mí el elegido y deseen ser yo. Lo que no alcanzo es a adivinar en qué circunstancias proyecto un yo envidiable, uno en que los demás identifican placeres que en ocasiones ni yo mismo advierto. Queremos ser siempre el otro. Leemos, creo, para procurarnos ese placer maravilloso. De idéntica forma, sin que haya una exigencia grande de tiempo, vemos cine o asistimos a una obra de teatro. Lo que late ahí debajo es la providencia de la otredad, el acto formidable de olvidarnos de lo que somos y enfundarnos la piel ajena. Incluso uno mismo desea ser el que fue antaño, el yo perdido en la memoria, el que cerraba los bares o el que hacía mil kilómetros en verano buscando un cámping. Seguro que el futuro, el inaprehensible, nos hace mirar este presente con ese ardor melancólico y lo que de verdad queremos es el presente, el que no apreciamos en su justa medida. Tenemos esa extraña y recriminable habilidad: la de no amar lo que tenemos a mano. Solo es nuestro lo que perdimos, escuché hace tiempo. También en esta evidencia del más íntimo desencanto hay una brizna de tristeza. Será que nos queremos, en el fondo, poco. Será que la realidad es la parte alternativa y que la auténtica, la que nos guía en la oscuridad y nos eleva, es la ficción, la restitución de los arcanos, la puesta en escena de los pasajes que la realidad escamotea y que rescatamos y amamos.
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