Aprende el corazón humano en el ahora y no saca luego provecho a lo aprendido. Se hace temerario, se desboca, se perfuma de riesgo y no guarda en su memoria de sangre la experiencia. La tuvimos y la perdimos, como dijo Eliot, y para ese viaje quizá hubiese sido mejor no haberla almacenado, no haber acuñado su moneda vigorosa. Está Europa un mucho en armas. Los apocalípticos se frotan las manos y nombran abismos y citan salmos. Los mansos, los que están a salvo y ven el fragor de las batallas por televisión, en el almuerzo, notan el rumor de los sables, oyen a lo lejos los metales entrechocando, pero duermen con la conciencia en un búnker o no poseen conciencia de esas cosas que sucedan siempre en la distancia, en otros países o, en todo caso, en el suyo propio, aunque en otro barrio, no en su calle, jamás en su casa. Se están los pueblos levantando contra el absurdo Estado del Bienestar en el que no estábamos, a pesar de que se pregonara y de que los políticos lo nombraran continuamente y manejaran sus leyes y escribieran sus discursos en función de ese Estado idílico, limpio, puro y garantista de tantos cosas buenas. No hay tal cosa ahora. La bonanza huyó y se llevó en la fuga la inocencia. Ahora estamos traspasados por lanzas. Ahora nos están sitiando desde dentro. Nosotros somos también los que sitiamos. Es un verano caliente. Es un mundo extraño. Todavía está en mi cabeza la oreja cercenada, dejada en un jardín, llamando a los que no miran.
13.8.11
El domador de jabalíes
A lo que viene este hombre es a limpiar la viña que devastaron los jabalíes del laicismo. Los que creen contra los que no. Los que sienten la punzada finísima de la palabra de Dios contra los que sienten otras cosas. Los que dicen ah he visto la luz y los que dicen ah no hay luz. En el fondo, se trata de la vieja historia de siempre. Yo no te comprendo a ti. Tú no me comprendes a mí. Yo, en mi defensa, por situarme y ver las cosas desde una distancia útil, prefiero (como Bartleby) no opinar, pero a poco que abra uno la boca, sin quererlo, termina por expresar una opinión. La mía es de jabalí salvaje retozando a sus anchas por los campos, comiendo bellotas, asilvestrado, libre de pecado y protegido de toda perturbación. Como un buen laico, ajeno al pecado y a las perturbaciones de la moral de los otros, vivo una vida que no precisa padres espirituales. Al mío propio, al que colaboró en traerme al mundo, lo quiero mucho. Con eso me basta para sentirme en deuda con los próceres. Estas algaradas de la fe me han parecido siempre una cosa un poco escandalosa. Igual que un concierto de U2 en opinión de quien no les guste. De hecho Bono tiene un poco de Ratzinger. Será verdad (como decía mi amigo K.) que con la edad uno se esmera en sus creencias, las hace más capitales, las engorda con ahínco, hace que guíen su vida y se empeña en que los demás las aprecien. Las mías, mis creencias, son fuertes. No tienen nada que ver con este señor de blanco, pero aseguro que son fuertes y ganan en reciedumbre y en aplomo moral conforme pasan los años y envejezco. Lo que no hago es juntarme con iguales y recorrer las calles, izando banderas, exhibiendo mis inclinaciones espirituales. Caso de que haga alguna vez eso creo que me encajo una camiseta con la cara de John Coltrane, acoplado a su saxo, soplando (él tocaba para encontrarse con Dios, es cierto) o la de Bill Evans, circunspecto, ensimismado como un pianista en trance consigo mismo, platicando con sus adicciones. De hecho todo esto de lo que estamos hablando es un meritorio inventario de adicciones. Unas públicas, otras privadas. Ninguna tan relevante como para que cueste tantísimo dinero.
11.8.11
9.8.11
Dios está en mi iphone
I/
Dios me habla en bebop, me habla en sonetos, me habla en alta definición. Poseo la sensiblidad pertinente para apreciar esos susurros divinos. Los percibo con absoluta nitidez incluso aunque preste poca atención. Hay días en los que estoy verdaderamente cansado, días en los que poco me conforta y casi nada me parece relevante y sin embargo, a pesar de esas adversidades, noto que Dios está a mi vera, tutelando mi ingreso en el sueño, conduciendo mi yo zaherido hacia la dulce armonía del cosmos.
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4.8.11
La pobreza infinita
Estos no fueron encamillados a dar cuentas de sus hazañas ni los enjauló ningún tribunal. Salieron de rositas del expolio que empezaron a forjar en Marruecos, donde está tomada la fotografía. Vivieron a cuerpo de sátrapas, hundido el pecho por el peso infame de la medallería, coreados por la turbamulta de adeptos a la causa del pánico que convirtió España en un infierno. Para que un país se convierta en un infierno sólo hace falta un frente o una decena de ellos, una continencia de trincheras, unos cuantos hospitales de salvamento y los cuarteles que haga falta levantar una vez que se ha abierto la herida y la sangre mana como agua sucia de una fábrica infecta, pero sobre todo lo que hace falta es un buen puñado de alucinados o uno con la suficiente oratoria como para sacar de los demás el zombi que lleva dentro. España, en esos años de miseria y de locura, era un mapa de zombis. Cuando un hermano alza la mano contra otro se produce el milagro inverso de la guerra.
El hombre es un animal de misterios, un alma atormentada por el hecho de no ser piedra o pájaro o árbol. Eso de tener conciencia confunde, aturde, enturbia. La sangre, tarde o temprano, se encambrona y sólo quiere mezclarse con la sangre del vecino, pero no en el torrente sanguíneo, obra de un tierno acto de amor, sino en el suelo, obra de las balas y de los tajos. Nos jalea al mal, nos fascina el mal, nos anima la servidumbre de la violencia. Luego podrán venir buenos tiempos y escribir sobre cómo nos destrozamos los unos a los otros, pero mientras unos escriben y describen y justiifican la vesania, otros se muelen a palos esgrimiendo razones inverosímiles, asuntos sobre las fronteras, las razas, los reyes o los dioses. Éstos de la fotografía no son peores que otros, pero son nuestros agentes del mal, los que removieron el fango y sacaron de abajo los odios y los esparcieron al aire como quien aventa un conjuro. Y ahí se les ve, maquinando la trama, enseñando la dentadura inmoral, el portal hacia el interior mezquino. Lo demás, lo que vino después del conflicto, fue otra guerra, ésta más larvada, menos evidente, distraída de fusiles y de bombas con la pobreza infinita de los vencedores y la pobreza infinita de los vencidos.
El hombre es un animal de misterios, un alma atormentada por el hecho de no ser piedra o pájaro o árbol. Eso de tener conciencia confunde, aturde, enturbia. La sangre, tarde o temprano, se encambrona y sólo quiere mezclarse con la sangre del vecino, pero no en el torrente sanguíneo, obra de un tierno acto de amor, sino en el suelo, obra de las balas y de los tajos. Nos jalea al mal, nos fascina el mal, nos anima la servidumbre de la violencia. Luego podrán venir buenos tiempos y escribir sobre cómo nos destrozamos los unos a los otros, pero mientras unos escriben y describen y justiifican la vesania, otros se muelen a palos esgrimiendo razones inverosímiles, asuntos sobre las fronteras, las razas, los reyes o los dioses. Éstos de la fotografía no son peores que otros, pero son nuestros agentes del mal, los que removieron el fango y sacaron de abajo los odios y los esparcieron al aire como quien aventa un conjuro. Y ahí se les ve, maquinando la trama, enseñando la dentadura inmoral, el portal hacia el interior mezquino. Lo demás, lo que vino después del conflicto, fue otra guerra, ésta más larvada, menos evidente, distraída de fusiles y de bombas con la pobreza infinita de los vencedores y la pobreza infinita de los vencidos.
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3.8.11
Todavía no he escrito una novela
Este no es sólo el Onetti que más me fascina. Es también la idea de escritor que he tomado como mía y que más enteramente satisface la idea que tengo de escribir y de dedicarme en cuerpo y al alma a ese oficio. En realidad no soy un escritor. No al modo en que lo es Onetti en esta fotografía tomada seguramente en Madrid, al final de sus días, echando en falta sus bares en Montevideo, exiliado a su cabeza y a su nicotina. Los escritores (los que escriben de verdad y dedican los días y las noches a ese empeño, no el que ocasionalmente da unas palabras, suelta un par de parrafitos) siempre se exilian dentro de su cabeza. Ahí está el mundo sin contaminar, el mundo tal como de verdad existe. El de afuera es uno impostado, el que se ajusta al deseo de las cabezas de los demás. Una guerra de cabezas, ya ven. Onetti perdió, aunque ganáramos todos. Pero el escritor apresado en su olivetti, demiurgo sublime, tampoco sirve para vivir.
Mi amigo K. me dijo una vez: Emilio, dejarás de escribir. En cuanto empieces a trabajar, nada más casarte, al tener hijos. No se ha salido con la suya, nada de lo predijo se ha cumplido al trabajar, al casarme, al ser padre, pero tampoco yo con la mía. Sigo atrapado en mi cabeza. Me pregunto si todo el que escribe entra en esta espiral de predicciones cumplidas y de sueños no conseguidos. Si en el fondo, en algún interior remotísimo, uno que nos represente y en el que secretamente estemos, todos queremos ser Onetti. Yo lo deseo por días, a ratos, en el momento en que me doy cuenta del poco fundamento que tienen mis ansias de escribir. A mis cuarenta y cinco ni he escrito una novela todavía.
Mi amigo K. me dijo una vez: Emilio, dejarás de escribir. En cuanto empieces a trabajar, nada más casarte, al tener hijos. No se ha salido con la suya, nada de lo predijo se ha cumplido al trabajar, al casarme, al ser padre, pero tampoco yo con la mía. Sigo atrapado en mi cabeza. Me pregunto si todo el que escribe entra en esta espiral de predicciones cumplidas y de sueños no conseguidos. Si en el fondo, en algún interior remotísimo, uno que nos represente y en el que secretamente estemos, todos queremos ser Onetti. Yo lo deseo por días, a ratos, en el momento en que me doy cuenta del poco fundamento que tienen mis ansias de escribir. A mis cuarenta y cinco ni he escrito una novela todavía.
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La chica de la portada de los Cars
Anoche soñé con la chica que sonríe al volante en el disco del 78 de los Cars. Fue una ráfaga, no hubo historia, ni siquiera algo más que la chica enseñando dientes en la portada del vinilo. Porque ese álbum lo tengo en vinilo. Todavía tengo algunos. Los miro como el que mira una reliquiia, un fleco del pasado que vuelve. De hecho hace tiempo que no manejo discos. Y al paso que vamos ni cedés. Vamos hacia el limbo digital como Thelma y Louise hacia el abismo a 24 fotogramas por segundo. Tenemos discos duros sin portadas ni chicas que sonríen detrás del parabrisas de un coche. No está la niña de Blind Faith ni los puentes psicodélicos en los topográficos álbumes de Yes. Está el archivo frío, dispensado en una décima de segundo. Sonando con rotunda frialdad en unos cascos de muchos euros. Estamos perdiendo algo y no nos estamos dando cuenta.
1.8.11
Soy el sapo macho alfa y tengo un croar barítono
De la aversión al odio hay a veces muy poca distancia. Uno empieza sintiéndose indispuesto al escuchar cláxons en un atasco y termina saliendo a la calle con algodoncitos en los oídos. Lo malo de las fobias es que hacen patria en quienes las padecen. El mismo hecho de que no se puedan argumentar hace que abusemos de ellas. Yo tenía una amiga que se negaba a ir en autobús..
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30.7.11
El espejo cumple cinco años
Cuento a veces que abrí este blog porque me rompí un dedo al borde mismo del mar. Recluído en una habitación sin vistas (entonces) y amablemente tratado por quienes tutelaban mi convalecencia, decidí escribir sobre cine y buscar en la red cómo publicarlo. Del entonces marbellí al ahora lucentino han pasado cinco años (más o menos justo ahora) y más dos mil quinientas entradas. Si el amable lector hace cuentas mi incontinencia verbal sale a más de un post al día. Escribo menos (la verdad) y escribo más caóticamente (eso siempre es bueno) pero sigo a pie de tecla, festejando la escritura y la realidad, no sé en qué orden. Sin lectores probablemente continuaría escribiendo. Lo hice antes de que existiera los blogs y no pensé casi nunca en que mis cosas pasaran de la mirada normalmente condescendiente (amigos, al cabo, eran mis habituales) a la de un público anónimo, amplio (casi trescientas mil páginas vistas en ese lustro), a menudo también amable y del que he extraído al menos algunosbuenos amigos (Álex, Miguel, Ramón, Rafa, Mycroft, Ana, Joselu, Paco Machuca, Refoyo, Tomás, Juan) y otros pocos que me dispensan afecto y a los que el azar o la distancia me impide siempre tratarlos e invitarlos a una cervecita por el rato prestado. Es, por consiguiente, el post del lustro. No sabía hoy de qué escñribir y mi incontinencia (incluso estival) me ha empujado a esta revelación (impúdica) de lo mío. Mi mujer dice que me encanta hablar de mí mismo. No le quito jamás la razón. Un lustro de blog, en fin. Lustro sin lustre a veces. Me lo dice K.: frena, tío, no te enseñes tanto, guarda ganas, no es bueno explayarse tanto. Ningún caso. Al Espejo se le ha sumado la Barra Libre. Más ventanas al mundo. Qué bonito es lo bonito cuando es bonito, ¿verdad, Antonio?
29.7.11
El mal
Un alto cargo noruego al tanto de la investigación policial sostiene que el tal Breivik no padecía locura alguna. Estuvo el muy tarado doce años planificando la trama de su brutal ingreso en la Historia. Hedonista, al parecer, se rehizo la cara, acudía al gimnasio con frecuencia y escribió en su diario lo que iba a hacecr una vez acabara la masacre Ir a misa, beber y contratar dos prostitutas. Pero todo eso va a formar parte de la biografía infame izada para indagar en la psique del criminal, Lo que está al caer es la adhesión de los iguales, la intimidad en la barbarie de quienes no se alarman por todo lo que ha sucedido, los brindis en privado por la hazaña. Está el mundo mal (ya lo he escrito esta semana eso en un par de ocasiones) y hay condiciones ideales para que vaya a peor. Será cierto que somos una especie vil por naturaleza. Que estamos diseñados para ejercer el mal y que lo otro, el bien, el afecto entre unos y otros, las palabras dulces y los gestos justos son sólo unas líneas de texto, algún capítulo suelto de la novela macabra del hombre sobre el suelo que pisa.
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