12.4.09

Yes, Curro...


Mi amigo Curro Linares adoraba las portadas de Yes. En el paseo marítimo de Fuengirola suele haber artistas eventuales que inventan dibujos con aerosoles que no desmerecen a la imaginación de esos discos antológicos. Pienso en Tolkien, en los hermanos Grimm, pero sobre todo recuerdo a mi amigo Curro, que se perdió en gintonics y en tabaco negro y en solos de guitarra fantasma mientras el tiempo le iba borrando el entusiasmo y le hacía irse muriendo sin estrépito. Además nadie como Curro cantaba a los Beatles. Absolutamente nadie.

En la cima del mundo


Ahora, muchos años después, pienso que White heat o Al rojo vivo en hispánica referencia fue la primera película que me hizo pensar en el cine como algo más que un entretenimiento adolescente. Debía tener diez o doce años y en casa la televisión era en blanco y en negro. La he vuelto a ver tres o cuatro veces, pero guardo el recuerdo de aquélla y la insistencia no ha cambiado las sensaciones primerizas del espectador asombrado, conmovido, convertido en un adicto desde que Jarrett hablara a su madre desde la cima del mundo...Quizá sea ésta mi primera película importante al modo en que algunos hurgan en la memoria para encontrar otras primeras veces en otros asuntos que no tengo ni una pequeña duda de que serán tan importantes como el que aquí traigo, pero en modo alguno más. Incluyan el éxtasis amatorio, al que no pienso rebajar ni un gramo de vértigo, o la visión pristina de Dios para quien haya tenido el gusto de haberla tenido. Es el cine, hermanos. Hemos topado con el mayor invento del mundo. Tenga felices sueños. Los míos los filma esta noche Raoul Walsh, qué quieren que les diga.

11.4.09

Borges en el patio de los naranjos, en Viernes Santo...

Los almuédanos de la mezquita llaman a la oración, pero el patio de los naranjos de Córdoba está tomado por devotos de la Vírgen de la Soledad , por sensibles fieles de la Buena Muerte y por afectados turistas que, ajenos al runrún teológico, toman imágenes de muchos píxels con sus cámaras de última generación: no les incumbe el tesoro bibliográfico, las historias de cada penitente y la literatura de los anales de la cofradía que porta los pasos; están engolosinados con la fascinación plástica, les está entrando por el ojo vivo, por el ojo cómplice, por el ojo limpio, la belleza, que no tiene ningún contrato con las ideologías. Ayer tarde y ayer noche estuve a pie muerto en ese patio, reclinando la mirada, buscando el asombro en la majestad de las figuras, recapacitando sobre la condición misma del arte y de la infinita capacidad humana para someter la verdad sobrenatural, la revelada por los miedos ancestrales y por los dioses primigenios a la verdad tecnológica, a la hipnosis nihilista de estos tiempos.
Si vivir desazona, si la vida es siempre un vaciamiento, la fe procura asideros firmes, no tengo ninguna duda: he visto muchos hombres y muchas mujeres llorar durante esta Semana Santa y no creo que ese desbordamiento de la emoción sea por cuestiones estrictamente religiosas. El que mira una figura de un Cristo o de una Vírgen está contemplando una película en la que discurren todas las metáforas que los apóstoles alumbraron para explicar la nueva fe: todo eso está registrado en el dolor de los cuerpos. El cristianismo se explica desde el dolor y en Semana Santa el dolor entrega su más sublime presencia, la que limpia toda incertidumbre y recaba adeptos, acólitos, fieles que consolidan el fervor y laicos o descreídos o incrédulos que aceptan la belleza sin más argumentos. No los hay. Anoche no los hubo: únicamente la noche en Córdoba, el patio de los naranjos de la Mezquita, el tránsito de palios y nazarenos hacia la oscuridad vigilada del templo árabe súbitamente convertido en claustro cristiano. Y el descreído que me bulle dentro no protesta, aunque algún amigo muy cercano me pregunte si de pronto estoy entrando en un lento pero firme proceso de conversión. La cofradía de la belleza no posee credo. Lo que sí me da una pequeña zozobra es pensar qué sentirá el crédulo, el que cree en la doctrina y comulga y conduce su vida por esa camino. Qué vivirá que yo me estoy perdiendo.
Borges, al que hace tiempo que no acudo en El espejo, era un escéptico, pero pidió incesantemente la revelación que le hiciera entrar por las puertas de la fe. Tal vez su literatura fue fruto de ese descreimiento, de ese desvalimiento que le facultaba para crear sus parábolas y forjar su cosmogonia. Anoche Borges hubiese disfrutado en el patio de los naranjos: sin ver, sin contemplar, escuchando, oliendo, imaginando el dolor en el gesto del Cristo en las alturas, la suprema agonía de la Vírgen, la saña del centurión Longino con su lanza, la música turbia y solemne que precede al ingreso de las imágenes en el templo...

10.4.09

El meme de Luis Felipe Comendador




La mujer de Lot anda estos días dejándose querer entre blogs. La sacó de su retiro milenario Luis Felipe Comendador y puso en danza un meme en su diario en el que provocaba a sus lectores para que hicieran unas letras sobre esa señora bíblica que, según cuenta, siempre le fascinó. Lector obediente, complacido, cómplice, le mando tres textos breves que no le incomodaron en exceso y que ahora están incluídos en un pequeño libro desmontable, obra de quienes aceptamos el reto, y que Luis ofrece en venta con fines exclusivamente solidarios.
Todo acerca del libro y cualquier otra consideración que el amable lector pueda tener sobre cómo conseguirlo, disfrutarlo y ser, de camino, solidario en el fin que Luis reclama puede hocicar su curiosidad en su página, http://diariodeunsavonarola.blogspot.com/2009/04/meme-produccion-digital.html, que escribo así, para que se vea bien y den ganas de clicar y meterse bien dentro. En la página de Luis está el meme y hay más cosas: todas buenas y dignas de cántico. Su dirección de correo está bien clara ahí, pero la dejo en este rincón para hacerlo todo más fácil y accesible felipe@lfediciones.com.
Aquí está el libro al completo, picable y bien visible. Abajo, extraído de esa entrada, mi pequeña colaboración.






8.4.09

Miles smiles...


No hay muchas fotografías en las que Miles Davis sonría. A lo leído, solía enfurruñarse con los fotógrafos que le exigían actitudes de modelo cuando él únicamente quería soplar su trompeta y meterse dentro. Son antológicas sus actuaciones del setenta en adelante: se replegaba sobre su instrumento, se escondía en una timidez altiva, cometía la imprudencia de ignorar al público y de contemplarse en el acto divino de crear la música que le justificaba. Miles Davis, en el fondo, no existía: sólo las texturas, los infinitos vuelos de las notas, el registro del don que le hacía sencillamente un extraterrestre, un tipo hortera en el vestir (no en esta foto de los cincuenta, imagino) que despreciaba a su audiencia y acometía la música como una bendición. Como John Coltrane, pero sin el ajuste tóxico. Y aquí sonríe, y eso es síntoma de que algo extraordinario, probablemente ajeno a la música y a sus exigencias, le bullía dentro.

7.4.09

Los abrazos rotos: Ciegos y falsos...





El autor, el que está fascinado por su poder telúrico y concibe la realidad como un material desde el que construir su obra, suele incurrir en ocasiones en el ombliguismo, en el bucle, en la ciega persecución de un ideal al que ya hace tiempo que no debería aspirar. Mi amigo K. me contó que los verdaderos creadores, los auténticos, deberían darse una fecha de cese creativo. Que todo lo que hacen después de esa fecha suicida es accesorio, inservible como evidencia del talento. A Almodóvar le ha hechizado Almodóvar y se ha inventado otro director que le imita en una especie de desdoble consentido y hasta alentado.
Los abrazos rotos es la cúspide de este bilocación artística. Nada chirría, todo se ajusta a la belleza cromática, al personalísimo universo de gestos y de maneras y (sobre todo) al alambique narrativo, a ese discurrir en lo dramático que investiga en las emociones y extrae con pasmosa facilidad quebrantos universales, roturas del alma que otros directores no saben ni que existen y que Almodóvar explicita con absoluto magisterio. Las historias se convierten en juguetes sofisticados donde predominan las máscaras y es desde esas máscaras por donde el director ofrece su generosa vitalidad. En cierto modo, uno sabe que lo que sucede en Los abrazos rotos es cine, esto es, un engaño ametrallado a 24 fotogramas por segundo, un vibrante puzzle de intensidades variables en donde el movimiento se matrimonia con el pensamiento y así el espectador elabora la novela de lo visto. Debajo de las películas de Almodóvar hay siempre una novela, una empeñada en reventar su trama en las últimas páginas. Aquí todo se precipita muy rápido. Aquí todo garantiza ya desde las primeras imágenes (un inserto de cine dentro del cine) que lo que estamos a punto de ver va a colmar el hambre de Almodóvar que todos secretamente creemos llevar dentro (o esa piensa Almodóvar y así satisface a su cómplice parroquia de adeptos), pero tal vez no colme el hambre de cine mayúsculo porque se ha preocupado tantísimo el director manchego de ser fiel a su doctrina que ha olvidado otros caminos, enfangando éste, convirtiendo Los abrazos rotos en un onanista (aunque brillante por momentos) ejercicio de reivindicación de sí mismo.
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Lo que pasa después, una vez que Almodóvar ha alfombrado de Almodóvar el set de rodaje, es que los personajes se abisman en Almodóvar. No salen con facilidad y algunos todavía están dentro: la trama es inferior al autor que la monta, el magnetismo y la autoría total del amo secuestra la libre danza de personajes y de actores que los representan de modo que podemos entender que a ojos de quien no ha visto una película de Almodóvar en su vida (no crean, hay gente y viven tan felices en su analfabetismo cinéfilo) se les antojen autómatas y que lo contado sea casi en todo momento una inverosímil ensoñación, una poco creíble bajada a los infiernos del desamor y de la destrucción personal a la que siempre aspiró a retratar en sus películas.
Los abrazos rotos zozobra en su desmesura: pudiendo ser perfecta cae de bruces por la ambición, por estirar en demasía las posibilidades dramáticos, los giros, los guiños, la metalingüística, poniéndonos semánticamente interesantes. Los desgarros sentimentales, para que sean creíbles, deben despojarse de artificios: el acúmulo barroco, la sintaxis forzada, la escritura alambicada de Almodóvar ahogan el film, abortan la transgresión (que es una condición fundamental del arte) y todo lo elevan a un metafísico punto creativo entre el cine de Douglas Sirk y el culebrón de Televisa en emisión de sobremesa para amas de casa hambrientas de lujuria sentimental.
K. me confiesa el momento prodigioso en el que Penélope Cruz, castigada en exceso con un personaje sencillamente incomprensible, mira el espejo mentido de la proyección en la que se rebela contra su protector y la autentifica y la convierte en estremecedor documento al doblarla ahí, literalmente, al borde mismo de la pantalla blanca sobre la que discurren los personajes que la cámara registra. Todos, al cabo, cuando nos filman, somos personajes. Almodóvar mima su cámara y olvida probablemente que la cámara ficcionaliza la realidad y la convierte en un teatro. O lo ha olvidado o se lo ha aprendido demasiado bien y no ha sabido encontrar el estado de gracia que permite rodar sin que se advierta la cámara.

Leonard Cohen en Londres...


Hubo un tiempo en que escuchaba Sister of mercy o Suzanne o Bird on a wire y entraba en una especie de melancolía sublime de la que era casi imposible extraerme salvo que el techo se viniera abajo o alguna rutina insoslayable me raptara de ese trance y me incorporara a la vida ordinaria, justo a la vida que no está jamás en la música de Leonard Cohen. Ahora acaba de salir este doble disco recopilatorio grabado en directo en Londres y estoy absolutamente hipnotizado. No he podido salir de su belleza ni puñetera falta que hace. Se me repiten, en eco, en gozoso eco sin cansancio, las letras y las guitarras limpias y los acordeones y hasta esos coros perfectos que el viejo poeta siempre supo buscarse. Está impecablemente grabado y las canciones elegidas con mimo, sin que nada falte y nada (prodigiosamente) sobre. Versiones largas. Texturas musicales idoneas. El bardo entregado a su feliz parroquia de iniciados. Luego está eso de que su última amante le ha sacado hasta la última perra de la cuenta de ahorros y que el hombre necesita de estos frívolos ejercicios monetarios para recuperar el vigor esquilmado. Se le perdona. El cancionero es el que sobrevuela la letra rosa y nos sobrecoge una vez más.

5.4.09

Obama no lleva megáfono...


Nixon fue rehén de un megáfono. El reglamento del político novel precisa de la amplificación acústica para que el mensaje llegue nítido y alcance la lejanía en la que las masas suelen apostarse de vez en cuando. Se ponen lejos por mera cuestión física (hay mucha gente, no quepo) o se ponen lejos por recelo o por no exhibir en demasía la filiación política. Yo nunca he ido a un mítin, pero he oído algunos en televisión y (salvo algunos detalles extraídos de la experiencia topográfica pura y dura) tengo muy claro qué se busca en ese baño de palabras a la vera de un púlpito desde donde el adoctrinador arenga o desde donde el arengador adoctrina. Da lo mismo. Lo importante es el megáfono. En la foto Nixon esgrime uno de un tamaño sencillamente imprudente, pero gracias a esas dimensiones hiperbólicas consiguió pisar la Casa Blanca. Si hubiese tenido uno dentro de esa noble edificio tal vez no hubiese salido con la cara agachada, escoltado por la infamia camino de la soledad del que todo lo ha perdido. El megáfono con el que Obama ha venido a Europa no es un megáfono clásico: es un micrófono inalámbrico del tamaño de una pulga de Ohio. Y las masas se arremolinan para memorizar los textos que declama. Hoy he visto a ZP y a Obama en televisión y he pensado en el valor que tienen al no conocerse de nada y bailar ya juntos delante de las cámaras y prometerse amistad duradera y quién sabe si alguna especie de amor internacional que haría palidecer las bravatas galantes de los marineros de la copla de Quintero, León y Quiroga.
Dijo Rajoy que sería presidente del Gobierno si lograba hablar con cada uno de sus posibles votantes: que ahí, en esa cercanía, lograría el triunfo. Y no sólo Rajoy o ZP: cualquier político que disponga de esa anomalía electoral que consiste en convencer puerta a puerta, en dar la cara sin ambages en la calle, en la realidad microscópica de un país, no en la macrorealidad, en la impostada sucesión de noticias que, bien hilvanadas, ensambladas con tino, dan una nación, ganaría las elecciones. El votante es un crédulo que se deja convencer con los verbos sencillos, con los gestos, con la hipótesis de que nadie va a engañarle. De ahí la importancia del megáfono. Por eso Obama, en lugar de megáfono, trae un botón pequeñito con una tecnología de Silicon Valley que hace llegar su voz a todos los altavoces del mundo. Hay un altavoz en cada casa. De eso se trata, al cabo: de que el discurso llegue a todos los hogares y así esté asegurado el perdón universal y sobrevuele ese nuevo depósito de confianza para continuar la brecha comenzada y entre todos ellos puedan salvar al mundo.

4.4.09

Libros para el pensamiento efervescente




"Lo que en el timo de la religión resulta definitorio consiste en prometer y, por consiguiente, esperar, algo que es de toda evidencia contra natura, a saber: la negación de la muerte y la afirmación de una felicidad plena y sin fisuras. ¿Hay quien dé más y más barato? Por esta razón nuclear y fantástica, y por algunos de sus corolarios, al timo religioso le ha cabiodo el honor, en la historia de la humanidad, de ser el padre de los demás timos, y así el más pernicioso, pues su engaño descansa sobre el mito más irreal de todos cuantos se han generado en la mente humana: el mito de la existencia de almas y espíritus inmateriales como entes reales, y también de sus derivados, los dioses de los politeísmos, el Dios de los monoteísmos y también los espíritus de los panteísmos."



La religión ¡vaya timo! (Gonzalo Puente Ojea)

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3.4.09

Obama flirtea con Europa...



Obama flirtea con Europa. En el simulacro galante recurre a la lisonja y se deja olisquear por las primeras damas de sus cómplices en rango. A diferencia de Mariano Rajoy se le nota suelto en el discurso, vehemente. Nuestros políticos carecen de vehemencia. Obama tiene a Sean Penn y a Susan Sarandon en la barbacoa del viernes en la Casa Blanca y ahí es donde registra los gestos y modula a antojo esa voz de actor de Broadway que el destino encalló en la política. Por lo demás Obama ha venido a la rancia y aristocrática Europa a financiar la resaca del Estado del Bienestar y a contarnos cómo los americanos van a devolver la confianza en el alma humana y cómo el G-20, ese conglomerado de mesías democráticos, engolados de sí mismos y completamente a salvo de la combustión de la fama, va a limpiar la imagen de los EEUU como inductor plenipotenciario de esta pandemia económica que empezó el 11 de Septiembre de aquel año infausto de aviones reventando cristales y ejércitos buscando la paz duradera en la arena de Irak, que quema todavía en la palma de la mano de los muertos.
Obama hace cuentas y le salen los números de la redención cósmica porque tiene un séquito de resucitadores entre el eje francoalemán y la gran muralla china o porque la mismísima reina madre de los hijos de la pérfida Albion ha reído sus gracietas en esos protocolos de alfombra carísima que los telediarios colocan de frontispicio de todos los muertos que vienen detrás como un cáncer. La mujer del ruso Medvedev dice estar orgullosa de su marido y del resto de maridos de todas las otras grandes damas que la oyen en el Royal Opera House de Londres. El problema no es tanto qué decir, que se pueden decir muchas cosas y de hecho se dicen: el asunto capital en estos hospitales del miedo es dónde decirlo y entonces es incontestable la impecable prestancia de la Casa de la Ópera Real o los jardínes victorianos en donde James Ivory se siente lírico y se siente como el grandísimo retratista que es. A lo mejor no habla mucho la mujer de Berlusconi, pero está el hombre Berlusconi para compensar ese déficit semántico de su señora. Y los que hablan hasta por las banderas quemadas son los antisistema, que han visto cómo su convocatoria ha sido silenciada por el sex-appeal de Obama, que ha subido esta noche a un púlpito y ha enseñado al mundo la poética del encantamiento, la imponente mecánica de su discurso inmarcesible. Los hombres y las mujeres a las que azota la crisis podrán ver a Obama como una especie de salvador salido del fondo de catálogo de la Universal o de la MGM, pero los que han ennegrecido el dinero y lo han escondido en miles de sótanos y en otros tantos paraísos fiscales están aterrados por la pericia mediática de este agraciado de la fotogenia que ha venido a Europa a flirtear con la cultura bimilenaria y con la familia real inglesa, que asiste estupefactísima a este baile de máscaras sin música en que se ha convertido la sociedad del capitalismo. Ellos vengan y ellos nos lo arreglen.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...