23.11.08

Prosa dominical en tiempos de crisis

Todo lo que es susceptible de empeorar, empeora. O como dice mi amigo K.: Escarba, puedes encontrar más mierda debajo. El panorama no es desolador: le falta una brazada más al nadador para que el cuerpo reviente y se lo coman los tiburones que, en la hambruna, se han acercado a la dársena para ver si encuentran allí la carne que mar adentro escasea. El espectador insensible o el que está satisfecho con la porción de bienes inmuebles que las herencias, el trabajo o el bendito azar le ha puesto en bandeja tal vez imagine, en sueños, que esté es el mejor de los mundos y que a él, ungido por la fortuna, le ha tocado mirar el naufragio desde una altura que no se marchita a pesar del óxido que fatiga el aire y lo hace irrespirable abajo. Hay gente a salvo del caos.
En Dubai han montado un hotel de miles de estrellas y en la celebración han gastado lo que no podemos imaginar los que no tenemos imaginación para estos asuntos de los ricos. Ha ido Robert de Niro, ha ido Michael Jordan: han reclutado a la crema de la cosa popular para que todos los que no hemos sido llamados compremos luego el billete de espectadores de segunda fila. Somos esto: cómplices digitales de todas las injusticias del mundo.
No para la prensa de ladrar su cantinela de miseria y de decaimiento de las finanzas, pero Ramón Calderón, ese dandy de la buena vida que preside el mejor club del mundo, tira de chequera y promete una pasta gansísima si sus asalariados hacen su trabajo, rinden como se espera y ganan los siguiente cinco partidos. Cuando el quinto partido acabe, quizá el número de desempleados sea ya intolerable. Todavía podemos soportar estas estadísticas, salir a la calle, no ver que cierran los negocios (en mi pueblo, otrora boyante, muchos han echado la persiana, han muerto a pie de acera, a la espera de vientos de más bonanza) y que los niños van a la escuela con mantequilla en el pan en vez de fiambres extra. Que no hay vez que no vaya a tirar la basura y al tiempo que yo la arrojo al contenedor (soterrado, en mi caso, muy aséptico, muy moderno, muy integrado en lo urbano) un par de rumanas o búlgaras o magrebíes o vaya usted a saber registran lo que no cabe, las bolsas brutalmente arrojadas al suelo. Las abren, las registran, cogen lo salvable: buscan lo que no queremos, ya lo sabemos.
Nosotros, en un escalón superior, también ejercemos un oficio parecido: compramos lo que podemos, gastamos el dinero en lo que buenamente podemos comprar, pero hay un mundo de gente de más saneada cartera que nos mirará con pavor y con compasión cuando en el súper demostremos preocuparnos por buscar la marca de leche más barata o el detergente de menor coste.
En un congreso del PSOE que ayer por la mañana vi a ratos en CNN, el humanista Zapatero estiraba su prosa funcionarial para explicar a sus acólitos paquetes de medidas para cerrar la brecha abierta. Contaba cientos de cosas que entendí a medias y contaba otro ciento que no entendí nada. Contó (ahí sí me percaté del tema) que el tajo es global: que también en el extranjero, incluso en el extranjero rico que siempre iluminó nuestra envidia congénita, también hay rumanos que buscan leche caducada en los contenedores. No lo dijo así porque entonces no sería el congreso del PSOE sino una reunión de amiguetes cabreados.
Por otro lado, Aznar, ese no-humanista, ése que desafía a muchos, irrita a otros tantos y tal vez contagia su entusiasmo jubilar y didáctico a unos pocos, ha salido en una tribuna similar con la hipotética receta que nos salvará a todos: pide que su partido sea bravo en la lid, que desenvaine la semántica a tiempo y no se enfangue en trifulcas domésticas que (él sabe bien estos asuntos) en nada benefician la imagen pública, la popular, la que luego deposita el voto en la urna.
Luego me asomo a la ventana y contemplo una procesión de mendigos que celebran que anoche fuera sábado y así haya más oferta en los contenedores...

22.11.08

When you're smiling, the whole world smiles with you....


















Si tuviera que elegir la canción que más ha zarandeado mi sensibilidad, sea esto lo que sea y entienda el amable lector lo que quiera entender, probablemente escogería The thrill is gone. Da igual qué versión. Hay suficientes como para llenar varios discos. Dispongo de uno (artesanalmente grabado, compilado con mimo infinito) en el que he ido colocando las distintas versiones disponibles hasta llenar los 80 minutos predeterminados. El blues no es The thriller is gone, lo sé. El verdadero blues es más áspero y provoca desgarros mayores, pero a mí me sigue pareciendo una de las canciones más hermosas del mundo, muy a pesar de que la letra informa de un amante al que la emoción lo ha abandonado. El blues es dolor y alrededor del dolor edifica su literatura. Ahora viene B.B. King y enseña los dientes y muestra la sonrisa en este puñado de fotos que evidencian que el blues es también gozo y plenitud, esplendor y júbilo, todas esas cosas que contribuyen a que seamos más felices. Este hombre ha contribuído a mi felicidad y merece altar en este modesto blog de tributos aleatorios, de caprichos sencillos, de vicios íntimos. Feliz noche de sábado.






Laico, laico, laico

Los adoradores del laicismo, ese gremio de izquierdosos de sobaco ilustrado con textos blasfemos y panfletos en el disco duro contra los salmos y contra la beatitud de la sociedad en estos tiempos de manga ancha, esos ignorantes de cerebro mal iluminado, han encontrado en la tal Maravillas, la monja santa que Bono no pudo elevar al nomenclátor histórico del parlamento, un motivo de chanza y de jerigonza semántica para tabernas y reuniones de sábados alrededor del scrubble mental del Estado del Bienestar. Tienen en estas frivolidades los laicistas de profesión (entre los que a veces me incluyo y a los que a veces repudio) un argumento para amenizar el aburrido plan de trabajo de sus desquiciadas vidas. A ver cómo si no podríamos entender que vivan en el pecado de no creer y encima tengan la desfachatez monumental de vociferar su descreimiento como un acto de fe al que no renuncian así les manden un destacamento de monjitas de clausura que los convenzan. Llegará un día en que nos riamos de estas veleidades de la feliz democracia que tenemos. Veremos que no pasa nada porque una monja (tenga el meritaje que tenga) contribuya a la iconografía de notables del Congreso de los Diputados. Aceptaremos que tampoco la tal Maravillas tiene en su currículum más galones que otros que, muertos, enterrados, olvidados, hicieron lo que esta insigne dama, aunque no llevaran el uniforme cristiano.
Dice Juan Manuel de Prada hoy en su columna del ABC algo razonable: podemos olvidar que la Santa Maravillas de Jesús es una religiosa y sencillamente admitir que, en su oficio, hizo cosas memorables que merecen el recuerdo y la distinción. Apologetas de la fe y reivindicantes de la pasión más pura del alma, la que se rocía de verdades evangélicas y no se deja embaucar por los aires ateos del zapaterismo en boga, se pondrán en fila para boicotear esta afrenta a la verdad simple de las cosas. El Estado, al que el párroco argentino Leonardo Castellani, que ahora precisamente De Prada apadrina en las letras españolas, no es un instrumento de la espiritualidad ni se debe a subterfugios más o menos milenarios de la moral tradicionalmente aceptada. El Estado, a pesar de muchos, se emplea en menesteres de más hondura. La fe siempre encontró en la política cierto aliado interesado, pero hete aquí que el relativismo todo lo enfanga y hemos descubierto que creer o no creer no es cosa importante (en absoluto) para que un país funcione. Es más: tal vez el excesivo compadreo entre el fervor y la administración de lo público sea recriminable y merezca observación juiciosa y, al final, separación de bienes.
"Laicismo consiste en la sustitución de Dios por el Estado, al cual se trasfieren los atributos divinos de Aquél, incluido el poder absoluto sobre las almas", escribe Castellani en su libro. Y cuanto parece que debamos salir huyendo de la máxima, yo me la pido. Puestos a elegir entre un filiación y otra, prefiero la estatal. Al menos, la manejan hombres y mujeres, congresistas excépticos...

Gomorra: un bocado en el alma


Los bajos fondos han nutrido infinitad de obras maestras del cine. El sobado argumento de que la realidad supera a la ficción tiene en Gomorra un puntal incontestable. No hay en esta primeriza e hiriente película una sola línea narrativa que convierta su discurso en uno digerible, en uno de esos que imaginamos confeccionado en algún despacho de multinacional golosa de méritos y galones mediáticos. No hay aquí impostura que rebaje la sensación de asco moral que los valientes obreros de esta pequeña obra maestra nos regalan en tiempos de crisis y justo cuando la saga Bond paraliza la cartelera y pone a funcionar la formidable (en todos los sentidos) maquinaria de hacer dinero.
Gomorra es un atípico film de gángsters en el que el esmero se ha puesto en filmar de un modo casi artesanal, lindando el naturalismo, concediendo una justificada primacía a lo coral, aunque haya historias menudas (la del sastre, la de las mujeres de los capos) que pueden inducirnos a pensar que la línea narrativa está concebida de forma clásica y va a concedernos un final cerrado. Todo aquí está forjado a sangre y toda la caligrafía del horror al que asistimos es torpe y casi no concede arabesco formal alguno. El fascinante mundo de vengadores y vengados, de comprados y de vendidos, de gente vulgar del hampa arrabalera que trapichea sin conciencia de estar delinquiendo conforma un cosmos tan arrebatador que el espectador (por fuerza) sigue lo contado como si asistiera a un documental parcialente novelado o como si de pronto a Tarantino se le hubiera ocurrido reconvertir sus vicios de adicto a la serie B y al noir impecable de la filmografía clásica en crudos (hasta el desmayo) clips de denuncia.
Que Roberto Saviano sea un avisado, un fantasma, un hombre ya casi irremisiblemente marcado por la osadía de manuscribir la intrahistoria de los camorristas de barrio y explicar al mundo qué de cierto hay en los tópicos vendidos por el stablishment y hasta qué punto algunos de ellos son frívolos puestos a compararlos con la pestilente realidad que él ha vivido, da idea del alcance extracinematográfico de Gomorra. De hecho, uno acude al cine con la secreta esperanza de observar en dónde está el asalto a los cánones, qué hace Saviano y qué hace Mateo Garrone (el abnegado director) para que se haya levantado el inframundo de las pistoleros y hayan puesto precio a sus cabezas. Los propios desventurados a los que ingenuamente nos agarramos cuando arranca el film, los adolescentes ajenos al riesgo y desafiantes de la autoridad, son sacrificados, aunque ellos se crean actores de Hollywood y prefiguren (en su infantil lógica delictiva) que están ejecutando algún infalible plan en el que la muerte no les toca ni los conmueve.
Llegados a este punto, los artífices de esta peculiar travesía por la desglamurizada épica de estos paladínes del crimen someten al espectador a un interesante juego de vaciado bibliográfico: les invita a contemplar la miseria cuando la miseria ha sido despojada de toda compasión o de todo interés estético. El mérito de Gomorra se sostiene en el delirante (y terreno y también creíble) retrato del mal, pero estamos ante la visión más costumbrista y desnuda que se hecho sobre la capacidad del ser humano de contravenir la moral y asumir que el crimen siempre compensa, aunque al final te descerrajen un tiro en la nuca.
Las cinco historias que maneja Garrone no fluyen hacia un final unívoco. Lejos de fomentar el ya cansino cine coral de intenciones sociales que, al final, se aviene al dictado más academicista de la narratología clásica, lo que hace el director es mostrar ásperamente lo que cierta parte de la vida napolitana tiene de infernal. De hecho, hubo una parte del film en la que acepté de buen grado que los personajes que alegremente acometen sus fechorías y destruyen toda posibilidad de bondad en sus almas son en realidad fantasmas, una especie de zombies, muertos que caminan y que se embarcan en negocios lucrativos y en movidas hagiográficos del tipo yo soy aquí el que manda y me recordarán para siempre.
Siniestra, tenebrosa, sútil por tramos, infatigablemente cruda, Gomorra deja un bocado en el alma (otra vez el alma, qué condena) del que solamente podemos salir sin daño con la infinita capacidad de sufrimiento y de anestesia moral que el cine ha ido inoculando en nuestra maraño neuronal, ésa que sabe que al salir de la sala va a estar tocada unos minutos, tal vez un día o un par de ellos a lo sumo, pero que olvidará el desagüe sentimental, la honda brecha que lo visto ha hecho en el ojo.
Agrada también el amateurismo, esa limpia concepción de los materiales traídos para contar una historia que, vista transatlánticamente, entiéndaseme bien, podría haber deparado un film de altura, pero que al estar en Italia y desde las tripas de la bestia se consume con mayor entusiasmo. Vayan a verla. Hay después, en otras salas, pildoritas de evasión perfectas para compensar el estropicio.

20.11.08

Y si habla mal de Sánchez Dragó...


En un servicio cutre de garito urbano, imagino que obscenamente abierto por cualquier página junto a una letrina pestilente y testigo de arcadas y largas procesiones de ADN quemado y triste, encontró un amigo un libro de Sánchez Dragó. A partir de ahí la ficción más adrenalítica jalea al atribulado poseedor del hallazgo para que busque otras manifestaciones del talento literario en la inabarcable cartografía de antros que perlan de vicio y perdición las noches de la villa de Madrid.
No siendo una empresa de grato manufacturado ni fácilmente contable a los más cercanos se procuró cierto anonimato y hasta probó a impostar la voz y colocarse un fingido bigote y unas historiadas gafas de sol que, unidas a su deseo de invisibilidad, le facilitaron esa inconsustancial calidad de fantasma. El fantasma libresco agotó cuatro locales (cochambre, neón y aturdimiento mental) aquella simbólica noche de sábado. A medida que su entusiasmo etílico desafiaba la recta y limpia visión de su nuevo oficio, mi amigo creció en confianza. Jamás confió a nadie la naturaleza apocalíptica de su empeño, pero disfrutaba con la posibilidad de elegir a un buen amigo y colarle aventuras épicas de urbanita descolocado.
Al libro de Sánchez Dragó (no me dijo título) le faltaba un compañero: faltaba un socio de travesía para el bueno de Fernando, que no conocía que sus letras habían sido arrumbadas a anaquel tan bajo. Especulaba mi amigo, cuyo nombre no viene al caso, con las sensaciones que le producirían toparse súbitamente con un volumen de Sylvia Plath o de Emily Dickinson o Moby Dick o un Auster o un Roth. Todavía prefigura soluciones dramáticas para soportar esa puñalada estética, pero no le he visto y no sé (viéndole a la cara) si podría soportar esa afrenta moral.
Bajando una línea en el discurso, mi amigo se preguntaba cómo podía alguien dejar un libro allí y no una compresa o un preservativo o una bolsa arrugada de pipas o (mundo extraño éste) una fotografía del Generalísimo (a quien hoy rendimos fantástico homenaje) al que un infante delirante le hubiese pintarrajeado barba y rizos. Aquí es cuando el detective ilustrado que mi amigo lleva dentro abre una bitácora en la que colgará un post a diario: uno por cada libro encontrado. A falta de que la realidad satisfaga sus ensoñaciones blogueras, inventa que encuentra El código da Vinci con un resto de orín borrando el comienzo del capítulo en el que Robert Langdon descubre que es un tipo fantástico al que la vida ha bendecido con los dones de su gracia. Cuando inventar libros no le da arrobo bastante, mi amigo inventa antros. Inventa indisimuladamente la épica absoluta de buscarle sentido a Sánchez Dragó, aunque tal vez en este obstáculo intelectual su vehemencia creativa descubre limitaciones razonables. Seguiré informando del infortunio narrado. En cuanto me lo confíe.

18.11.08

Manual del distraído (revisado y corregido)

He encontrado la frase y la estoy disfrutando mucho: Admitimos la realidad si la podemos confundir con la imaginación: lo dice Alejandro Rossi, un escritor italo-mejicano del que sé poquísimo y al que ahora honran en los suplementos de la cultura dominical por cumplirse treinta años de su Manual del distraído, que no es un libro fácilmente leíble ni de ésos que podemos prestar con la confianza de estar haciendo un favor al nuevo lector invitado. A mí me lo empotraron hace muchos años en una edición viejita de biblioteca. Lamento no recordar la editorial, pero sí tengo memoria para ubicar la forma en que lo leí, el subidón de filosofía canjeable por conversaciones de bar, bien arrimado a un gin-tonic con mi amigo Eduardo, que entonces devoraba literatura rara, como decía, porque hay una edad en la que se debe comulgar con lo excéntrico antes de que nos aburguesemos y criemos panza y los hijos nos molesten con los pañales. Algo así decía. Ahora no dudo que algo de razón traía cuando abría la caja de pandora de las letras y nos ponía delante pasiones librescas de las que no sabíamos absolutamente nada. El Rossi que a mí me fascinaba engañaba con una prosa deliciosamente simple, pero pesada (en el fondo) y capaz de destrozar (a balazos) algunas de las más recias certezas sobre la política, la fe o la vida (eso, sobre todo) que uno traía como equipaje al abordar el texto. El Rossi que se descree filósofo fascina porque no plantea discurso serio alguno, a pesar de que lo contado es de una seriedad incuestionable. El Rossi que ahora echo en falta (no poseo el libro, no lo he encontrado hoy en una librería y he sido reacio a pedirlo, asunto que igual soluciono mañana) me ocupó tardes espléndidas en el momento en que las tardes debían ser espléndidas para no sentir en exceso el peso del tedio, la insistente sensación de pérdida absoluta de tiempo que es el servicio militar.
El mío, en San Fernando, entre 1.989 y 1.990, fue ordinario y casi en nada merece recuento narrativo, pero estoy ahora pensando en aquel libro prestado, leído en un jardincito que había detrás de mi pabellón. Hay libros que sacian y otros que hastían. Éste me produce zozobra. Temo que el regreso no me produzca la misma sensación de libertad mental que me produjo entonces. Entiendo que las circunstancias eran otras y que el angosto contexto del acuertelamiento de Tercio de Armada de la Infantería de Marina (ay Dios, lo he dicho) amplificaba todas las sensaciones: las buenas, las malas, las sublimes, las fúnebres. De todo hubo en aquel año en el que leí mucho y sentí mucho. Es curioso que en un par de semanas haya hablado de esto con dos personas distintas y el tema (lo juro por el espíritu de Spinoza) haya salido sin que en nada haya provocado yo su concurso.
Eduardo, otro de esos amigos a los que uno ya no puede ver, me juró que el libro me haría cambiar mi hábito lector. Que incluso influiría en mis vicios de escritor. No sé si llegaron a tanto. Más me afectó releer La isla del tesoro en ese mismo jardincito. O la poesía de Pessoa en un bar de marineros y furcias al que acudía para aturdirme con malta, lúpulo, nicotina y visiones paradisíacas de la vida crápula a la que propendía mi (pisoteada) carne. Perdí mucho peso y gané mucha mala leche. Me queda (tanto tiempo después) el título portentoso y la imagen de Eduardo abriendo su maleta y sacando libros raros que le impedían (suele pasar) ser todo lo sociable que los demás, hechos a sus chanzas y a su impecable humor de gallego plenipotenciario, hubiésemos querido. Si me lee, que me conteste. Buenas noches.

14.11.08

Mitchell walks through the clouds...



Malditismo o la natural consecuencia de una vida al borde mismo del precipicio, pero anoche encontraron a Mitch Mitchell muerto en un hotel en Portand (Oregon). Sin entrar en consideraciones forenses, fascina ese incansable imán que conduce la vida de algunas estrellas del rock a dejar sus días en la tierra de forma trágica o apelando (más antaño que ahora) a la épica salvaje de haber paseado por el lado salvaje y haber sobrevivido demasiadas veces. Siempre hay una última. El hecho de que Mitchell haya tardado casi cuarenta años en seguir la ruta de su amigo Jimi Hendrix, con el que tocó en la Hendrix Experience Band, informa de la lentitud (en ocasiones) de las maldiciones, pero no de su abandono. Guardo en mi colección de DVD's de conciertos (no muchos, la verdad, pero muy queridos) el Rock n' roll Circus, un bizarro ejercicio de rock y circo, de fantasía y blues en el que los Rolling Stones de 1.968 aliñaron la pista con Jethro Tull, Marianne Faithfull, Eric Clapton, John Lennon, Yoko Ono (qué hacía allí), Taj Mahal, The Who y este batería brioso, que galopaba los punteos de su jefe como si dos caballos hasta las trancas de anfetas hubieran decidido llegar al Valhalla por el camino más rápido. Ese es el recuerdo que guardo de Mitchell, aparte de los discos y de las emociones que el repertorio de Jimi Hendrix me ha regalado a través de los años. En ese magnífico espectáculo Mitchell se subió a su taburete con Eric Clapton, John Lennon y Keith Richards. El supergrupo se llamaba (exclusivamente para el show televisivo montado por el ingenio de Jagger) Dirty Mac.


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Yer blues, la pieza de The Beatles, fue su contribución al histórico evento. Ahora, como decía Little wing, Mitch Mitchell estará walking through the clouds....

13.11.08

Parezco un clon de John Lee Hooker...

Me debo un bourbon viendo una de John Ford
un cuento de Carver para una noche muy fría de sábado en casa
un solo de Charlie Parker mientras paseo las calles de Lucena
un verano en Fuengirola antes de que los hijos crezcan y no quieran perderse en el paseo marítimo a la bendita caída de la tarde
un soneto escrito sin prisa con asunto galante
un garbeo de arrobo semántico con la prosa juguetona de Lewis Carroll
un helado de stracciatella y un café irlandés
una conversación larga y filosófica con Antonio Sánchez
unos caracoles en La Parra en Priego de Córdoba
más Borges.
tiempo para empezar la novela que llevo años madurando de noche cuando concilio el sueño
un libro de poemas como Dios manda y no el batiburrillo sin forma en que se está convirtiendo el disco duro privado
visitar Úbeda y Baeza otra vez para disfrutar de los míos sintiendo el aliento de la perfección en cada calle
una dieta estricta para rebajar grasa y ganar las formas apolíneas que no merezco
un concierto de jazz en vivo, que hace demasiado tiempo que no lo cato
una cerveza con Antonio Merino y Chus en Granada
un regreso a Ubrique y contarles a Diego, a María Antonio y a Fernando la razón por la que los tengo tan desatendidos más Borges
un verano en Fuengirola
Carroll
un soneto
Antonio
llevarle a Juan Luengo un ejemplar de mi libro para que lo guarde en casa y no se olvide de este alumno suyo que lo admira y aprecia muchísimo
volver a sentir la presencia física del barrio de la Judería en Córdoba cuando la primavera revienta las macetas de júbilo y las placitas se aturden de belleza y de alegría sencilla como un aljibe de limpia agua
ver de nuevo Pulp fiction
una de tortilla en Santos
una sesión barroca de Lezama Lima
un sesión de nostalgia blusera con Antonio Linares
descanso
Hitchcock
Lovecraft
James Mason y Nabokov en dos horas de derribo moral y perversión doméstica
actualizar mi inglés
volver a escuchar Stormy weather en la impagable versión de la Pasadena Roof Orchestra en las mismas condiciones en que la escuché la última vez
darle a mi padre un disco que me pidió hace años
Córdoba, a la que dejé hace veinte años y a la que vuelvo constantemente, aunque siempre con las prisas propias de mi oficio de extranjero
un viaje a Londres y visitar la Virgin para saquear la cuenta corriente a base de bien
ponerle a mis alumnos este año esa preciosidad llamada La princesa prometida (llevo muchos haciéndolo y me faltan -espero- muchos más
más Borges
Judería
un bourbon
más blues
más jazz
actualizar mi Ipod, que lleva un mes con decenas de discos de Bill Evans y de Oscar Peterson
perderme en aquel disco de Freddie Hubbard de bebop desquiciado
un cuento de Navidad para la nueva Antártida de mi amigo Álex
regalarle a un par de amigos Mi Astronauta Zurdo
visitar Madrid sin tener que pisar Barajas
más blues
más cerveza
más whisky
(parezco un clon de John Lee Hooker....)

12.11.08

"En USA no se usa la ensaladilla rusa..."


Al parecer Obama y Zapatero comparten admiración por Borges. Lo escribe Espido Freire hoy en Público. Y la evidencia de esa afición común me hace pensar en Bush y en qué autores presidirían su mesita de noche o qué libros metería en su maleta en uno de esos viajes importantes que los líderes del Gran Mundo suelen hacer. Ahora Bush cuenta que dijo o hizo cosas de las que se arrepiente profundamente. Frases apocalípticas entresacadas de un western de serie B. Si George hubiese leído a Borges tal vez no habría caído tan bajo. Eso da la literatura, la alta literatura, que diría mi amigo K., que vuelve a Borges cuando se embrutece en demasía con best sellers tipo Follett y compañía. Leer y leer bien (tal vez esto sea lo verdaderamente importante) da una visión más profunda de las cosas. Digamos que interactúan más elementos cada vez que uno debe hacer una manifestación pública (más un presidente) o tomar alguna decisión importante.
No es lo mismo que te circunnavegue el cerebro la prosa metalúrgica de los boletínes de Estado o los informes que los asesores te cuelan para que estés al día y no metas la pata más de lo recomendable que sentirte facultado para citar a Pirandello o a Beckett en una comparecencia televisada o hacer tertulia libresca con tu homólogo sueco con las peripecias forenses de Wallander. Ahí es donde un hombre de la política demuestra que es algo más que un pedazo de funcionario al que la anónima parroquia de votantes ha investido con la toga plenipotenciaria de la Presidencia de un país. Más (insisto) si ese país es los Estados Unidos de América.
Imposible no acordarme de Gloria Fuertes (ay) cuando decía aquello (y lo decía a su manera y tan graciosamente, ya saben) de "En USA sólo se usa la ensaladilla rusa", pero no nos perdamos del hilo argumental y prosigamos con Bush Jr. (qué bien me lo estoy pasando) y su más que objetiva torpeza en asuntos de este calado cultural. ¿Qué es la cultura, al fin y al cabo? se preguntaría George en el silencio de las noches tejanas. ¿Qué importan los versos de Whitman frente al ardor guerrero en mitad del desierto irakí? Pues por eso (entre otras cosas) han tirado los americanos (una parte considerable, no nos equivoquemos) al ínclito Bush hijo en la calle y han contratado (es eso, no me pueden llevar la contraria) al prometedor Barack H., que acude al inventario de citas llamativas y nombra a Borges. Como nuestro ZP, al que también hemos oído que se pirra por Supertramp (Crisis, what crisis, José Luis ?) y por Antonio Gamoneda. En eso hasta somos mi presidente y yo almas gemelas porque yo comparto con él ese trío de cartas: Supertramp-Borges-Gamoneda.
En lo que ZP y Obama no van a la par es en el tema teológico. No tenemos aquí el vicio de confiar en Dios para que nos saque del atolladero financiero o moral o político, aunque luego (a pie de calle, en la mesa camilla de cada político) cada uno haga lo que le dicte su espíritu y no es precisamente España país de ateos ni de revolucionarios en materia mística. O, al menos, no lo ha sido, que los tiempos cambian más deprisa de lo que muchos políticos (y ciudadanos) querrían. En España no timbramos la pasta con versículos de la Biblia ni ponemos a Dios por testigo cuando en el Parlamento pasamos por el embudo democrático las leyes y los textos de esas leyes.
En USA, amiga Gloria, usan a Dios para besar al Diablo, y así nos va (en ocasiones) a los demás, que recogemos las migajas de estos coyundas irracionales en donde un señor al que el pueblo le ha reconocido el magisterio y la providencia de la política y le ha dado poderes para ejercerla de pronto saca del maletín a Dios, que está en sus nubes, a sus cosas, ajeno a las muy zopencas nuestras, y le pide que lo ayude. Para eso poca política (poca democracia) nos hace falta. En el bosque neardental parece que estamos todavía. Y Borges tampoco ayudaría en esto de gobernar las mundanas cosas de la vida: él estaba siempre en sus nubes también, en sus libros, en sus laberintos, con sus tigres y sus espejos, esperanzado en que el azar le diese otra vida para meterse entre pecho y espalda Alejandría entera.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...