14.10.08

That's amore...



En realidad, aunque la realidad nunca sabemos qué es y qué puede ofrecernos, no estamos en disposición de sospechar de qué se ríen estos dos. A lo mejor se malician, se cuchichean sus cosas y se dan palmaditas en la espalda por lo bien que Dios les hizo y lo bien que les cuida. Son gente de principios solídisimos y su oficio es derrumbar los principios de los demás. Sobre todo aquéllos que cuestionan los suyos. En ese plan destructor no poseen monopolio: hay legión. Se me ocurren diez nombres sin excesivo esfuerzo. Lo que evidencian es que son felices. Exhiben una felicidad completa, remachada por un esmoquin y una copa de champán. Ya quisiera yo que en un descuido un fotógrafo me pillase en una sonrisa de estas dimensiones. Las suyas son limpias, ensayadas en privado, engarzadas a una dentadura aristocrática, convertidas en símbolo del júbilo que les atraviesa el pecho. Y no es que seamos tan estrictos que no permitamos que los dueños del planeta se tomen su piscolabis y disfruten de los canapés, pero cierto estado de las cosas nos empuja a pensar que bien pudieran emplear el tiempo en asuntos de más enjundia, más acordes al cargo. Parece como si ya tuviesen la tarea hecha y se hubiesen juntado para celebrar el trabajo resuelto.
Mi amigo K. sostiene que Berlusconi ve en Bush lo que Bush en Berlusconi y que en ese trasiego cómplice de arrumacos galantes el mundo se está viniendo abajo. Así que no se ve con buenos ojos que estos dos arquitectos del orden se solacen así, tan gustosamente, sin que una evidencia de preocupación les doble el gesto y veamos, entre el alborozo y el brindis, un ademán de culpa. Les ponemos una canción de Cole Porter y les damos pista para que se pierdan en piruetas y en ternuras.

13.10.08

Holocausto, hamburguesas y versatilidad mediática



En cierto modo, acudí a la novela de John Boyle, El niño del pijama de rayas, azuzado por los medios. Esa portada críptica. Ese rumor de cafetería a propósito de las bondades narrativas del libro. Cayó en dos tardes. También leí en un plisplás El código Da Vinci. Y ambas me causaron el mismo estupor, una perplejidad idéntica. La novela sobre los nazis por su moralina naïf a cargo de la barbarie nazi. La novela sobre los vástagos de Cristo por su infame perversión de la tradición judeocristiana. Ni Boyle ni Brown escriben portentosamente. Tampoco aportan rigor en los temas que expolian. El nazismo no puede, en modo alguno, venderse como una epifanía megalómana de unos cuantos que, he aquí el despiste moral, coge al desprevenido niño de un cargo militar y lo arrastra sin que el lector sienta la menor lástima por el infante sacrificado. La ficción pertrechada por este avispado escritor (ahora está en las librerías una versión del motín de la Bounty, detrás igual nos regala el desembarco de Colón en tierras vírgenes) cancela toda posibilidad de empatía porque juega con el ventajismo ofrecido (involuntariamente) por la fragilidad de su contenido. Sí caí en el pecado de ver la obra de Ron Howard y me metí (menos mal que fue en televisión y no gasté los euros en sala grande) la historia del criptólogo Robert Langdon (un lastimoso Tom Hanks). Supongo que lo hice por las mismas causas por las que leí el libro. Pero no voy a ver El niño del pijama de rayas. Pocas películas me han despertado menor interés desde hace muchísimo tiempo. Será (imagino) un film ortodoxo hasta la naúsea. Un artefacto comercial, un tsunami de ventas. Confiscará las escasas virtudes de la idea de Boyle, que podría haber despachado en un cuento y haberlo publicado en algún suplemento dominical de campanillas, y dará al espectador influenciable una dosis de humanidad extra a la que ya traía desde casa de modo que la feliz feligresía salga del cine con esa mezcla deseable de ira y de confianza en el género humano. Sentimientos inyectados melífluamente. Emociones patrocinadas por McDonald's. Una película (y un libro) no creados para la cultura sino para los clientes de la cultura, para las audiencias. En todo caso, como me confesó mi amigo K., en un acceso de ternura literaria, un libro (y una película) recomendable para adolescentes poco duchos todavía en las pandemias que asolan (como viento inclemente) los siglos.


Uno de los nuestros




No sé si El mundo, la novela premiada con el Planeta y con la que Juan José Millás ha ganado el Premio Nacional de Narrativa 2.007, es la mejor novela publicada el año pasado. La leí y disfruté; entendí, no obstante, que no contenía nada nuevo si uno lleva al día los artículos de Millás en El País. El autor que a mi me fascina es el írónico, el que transgrede los corsés de la lógica narrativa y hurga en las grietas que la realidad ofrece, está en el libro,. Ahí es donde el escritor encuentra su materia literaria más cómodamente. Su columna de El País es la visión caústica (y también gremial) de una sociedad irremediablemente absurda. A propósito de los 20.000 euros que le han tocado en suerte por la distinción ha dicho que los va a ingresar en un banco: que ahora, en estos tiempos de nacionalizaciones, el dinero debe estar ahí y que él, en su modestia, da ejemplo. En una entrevista telefónica que acaba de dar en la CNN, que he oído a pedazos por circunstancias que no vienen al caso, ha dicho que I am a rock es una canción fabulosa y que Simon & Garfunkel son su grupo favorito. Ha sido decirlo y volar a mi estantería. En ello estoy. Es un tributo minúsculo a un escritor que me ha reportado (y espero que lo siga haciendo lustros y lustros) muchos momentos de placer delante de un libro o en las páginas de un periódico. Economía real es uno de sus últimos artículos en su diario. Nada que objetar. Admiración y respeto.

Birra



12.10.08

Quemar después de leer: Muertos, cornudos y tontos




En una película de los hermanos Coen caben muchas cosas. El mérito es su pasmosa habilidad para conducirlas a un fin sin que ese batiburrillo aparentemente inconexo de géneros y tramas no precipite el fracaso. Algo parecido a eso, aunque con algunas objeciones, encontrábamos en O Brother, where art thou? o en The Ladykillers: caprichos de dos tipos que aman la screwball comedy y se sienten con la suficiente confianza como para penetrar en los patrones de la comedia sin renunciar a ciertos flecos del cine negro, género en el que sí que han demostrado no cometer excesivos errores y hacer obras formalmente más redondas (No es país para viejos, Fargo o Muerte entre las flores, que son -aparte- mis favoritas).
En Quemar después de leer hay mala leche a raudales: la hay sin que en ningún momento se advierta visceralidad, animadversión o alguna fina intención intelectual por exhibir de una manera tan grotesca las taras de sus protagonistas. Hace mucho tiempo que el cine no ofrecía un catálogo de imbéciles tan genial, de individuos que alcanzan, en el más bonancible de los casos, la mediocridad, pero que se sienten cómodos en la estulticia.
Desmontar el cine de espías con una farsa tan descacharrante como ésta requiere un plantel de cómicos creíble y los Coen tiran de nómina de amiguetes y cuelan a Clooney, que se trae a Pitt. John Malkovich hace el papel que nunca había hecho, y borda una de las mejores interpretaciones que se pueden ver en cine en estos momentos. Frances McDormand, otra fija en los cástings por casamiento con uno de los jefes, me parece una actriz brillante, escasamente aprovechada fuera del círculo familiar.

11.10.08

La conspiración del pánico: Ha sido usted activado



I
La industria cultural, al menos, la cinematográfica, está tozudamente empeñada en crear un cierto estado de malestar, extraído de forma primaria del caos que produjo el 11-S. En estos preliminares narrativos, donde se mezclan de forma creíble la alta política, el pánico al otro (al que no es de nuestra camada, al que viene de culturas diferentes) y la monitorización de nuestra existencia, asunto éste último que proviene del éxito televisivo de los reality-shows (Grandes Hermanos de todo el mundo, uníos) y del yugo que los Estados ejercen sobre los imparables progresos tecnológicos, nace la idea de Eagle Eye (Ojo de águila), mejor título que el excesivamente llamativo, pero bucle de cientos anteriores, La conspiración del pánico.
La realidad es una trama que no puede ser abandonada sin injerencia de quien, en su manejo, pueda sacar algún tipo de beneficio: ésa es la idea central de toda esta caterva infame de films que, con mayor o menor acierto, propagan esa teoría conspiranóica en la que un gran Ojo (una especie de Dios lo suficientemente cableado, una especie de Aleph borgiano de rendimiento extremo) registra los movimientos de la población, inventariando sus pecados, sus vicios, creando un perfil al que siempre se puede acudir si toca extorsionar, chantajear o investigar desviaciones en el acatamiento de las leyes del Sistema. Se trataría, muy en el fondo, del grado de dominio que tenemos sobre la realidad, si somos actores o guionistas o si, al final, acatamos el rol de vigilados o, bien al contrario, nos revelamos y pedimos el registro de propiedad de nuestra vida.


II
La inminencia del pánico es más explotable que el pánico mismo. El erotismo es más provocador que la pornografía. El film de D.J.Caruso quintaesencia las virtudes del género y lo hace desde un primoroso sentido del thriller como espectáculo. Sin escamotear clichés sobradamente testados, Caruso añade un punto de ciencia-ficción del siglo XXI que, al final del metraje, obliga a reconsiderar todo lo que hasta ese momento hemos visto. Y no es asunto de esta reseñar destripar el final, que homenajea a Hitchcock y a Kubrick a partes iguales. Se pierde en la montaña rusa que los acontecimientos van construyendo. Y ahí, en ese vértigo literario, este cronista de sus vicios se pierde un poco, se siente perjudicado por la querencia de ciertos directores a acelerarlo todo al punto de que la acción, de algún modo, desquicia la trama, la pervierte, la quema. Los vaivenes no llegan a confundirnos (no estamos ante un prodigio de argmento ni mucho menos) pero lastran en demasía el seguimiento. Por otro lado, el argumento (en realidad todo este tipo de argumentos) requieren del espectador cierta complicidad. Hay aquí códigos de muy farragosa descompresión. Quien no quiera entrar, no se lo van a poner fácil. El que está al tanto de estos temas (paranoias colectivas, televigilancia, monitorización de la vida doméstica, conspiraciones varias) va a disfrutar, aunque a mí me resultó (al final) cansina la tremebunda acción, su indisimulada vocación de blockbuster.


10.10.08

El disco de hoy: Pretenders: Break up the concrete


Hay profesionales de la industria de la música que no precisan de rosas rojas en los camerinos, estudios de grabación con muebles de diseño y músicos de contrato que hayan participado en alguna jam session con Miles Davis. Chrissie Hynde se basta con diez días (eso ha necesitado) y la colaboración de cuatro mercenarios concienciados para facturar un disco más que notable, una de esas sorpresas de la temporada.
Break up the concrete es el disco más adrenalítico de los últimos Pretenders, una de las bandas más inestables de la historia del rock, pero (tal vez) una de las más coherentes. Su líder, la carismática Chrissie, lleva treinta años encima de un escenario, llevando una vida vegetariana, ascética y entregada en cuerpo en alma al inquebrantable patrón del mejor rock posible y, de camino, tirando de su relevancia en el circo mediático, intermediando en un buen puñado de desavenencias entre la lógica del mercado y las injusticias de la realidad. Embajadora plenipotenciaria de las causas extraviadas, Chrissie Hynde es, al parecer, una de esas divas del rock de una cercanía que desarma, cómplice del compromiso, en las muchas formas en que éste pueda presentarse.
Hay que amar a Chrissie Hynde. Hace tiempo que no hace canciones perfectas (Kid, Brass in pocket, Thumbelina, Message of love, Middle of the road, Back on the chain gang, Show me) pero Boots of chinese plastic se acerca mucho a ese idílico territorio en el que tres minutos de guitarras, bajo, batería y voz procuran un placer inmediato, espontáneo, insobornable y jubiloso. El resto del disco maneja tiempos más templados que oscilan entre el involuntario tributo a Dylan (The nothing maker, mi tema favorito) a la impúdica demostración de que el rock and roll sigue siendo un asunto de adolescentes (aunque tenga cincuenta años largos) y ahí está la prueba con los dos minutos de Don't cut your hair. Hoy, con mi disco cargado en mi Ipod, me siento feliz. Es viernes, además. La culpa, en parte, la tiene esta señora. Y eso me parece que merece el más sincero de mis respetos.

9.10.08

La música del azar II




Me contó un amigo (o mejor lo escribió, alojó el escrito en su página y yo después lo leí) que el azar es una criatura antojadiza, de costumbres caprichosas y que en ocasiones contraviene lo que uno querría. Ése era el espíritu combativo de su reflexión. Y tiene hasta su encanto esa imprevisibilidad. Woody Allen filmó la música del azar en Match Point. Y hay una película de Philip Haas basada en un texto de Paul Auster que se llama así: La música del azar. Es un título hermoso. De esos que uno siempre anda buscando.
A mí me gusta decir que el azar no me obsequió con la fe a pesar de haber crecido en una estricta educación católica. O igual esa asistencia fue la que provocó mi disidencia. Porque es la casualidad la que rige enteramente nuestras vidas. La casualidad o el alambicado concurso de todas las circunstancias que la hacen materialmente posible, expresado de una manera retorcida. El azar es el retorcido. El azar es el que mueve el sol y las estrellas, aunque manuscribiera esa frase para expresar la perfección del amor. El azar es la moneda que cae a un lado o a otro y el oceánico rumor de posibilidades que ese torcimiento de la dinámica de los objetos produce en quien contempla el vuelo del metal en el perplejo aire.
Pienso ahora en Frank Sinatra. Muchas veces he admitido que fue Frank quien movió la pieza definitiva para que yo amara el inglés. Ese enamoramiento es el que ahora paga mis facturas de ADSL, la cuenta de los bares y los zapatos de mis hijos. Tampoco sería el lector que ahora soy sin el concurso de un par de buenos amigos a los que nunca entendía (qué tiempos) cuando se incendiaban en discusiones librescas. Ellos me regalaron (sin pretenderlo) el placer de la literatura.
El azar es una geometría invisible de causas y azares, una sintaxis secreta. Y quizá sea mejor así. Ay de quien todo lo gobierna y todo lo confía al manejo matemático de unas cuantas previsiones fiables. Ay de quien anticipa la distancia entre la realidad y el deseo.

Que yo esté ahora escribiendo esto en este momento y en este sitio se debe a una temeridad que condujo a la rotura de un dedo de mi pie izquierdo. Del entonces al ahora van dos años de escritura casi diaria y más de mil miradas al espejo de los sueños.

6.10.08

El relativismo 1.0

El Roto


Quien siga con atención esta bitácora personal entenderá que haya noticias que no sé dejar pasar. La de hoy reclama atención, aunque sea breve: "El Papa advierte de que Dios castigará a los pueblos ateos". Y lo primero que me ha venido a la cabeza es si a estas alturas de la Historia existen pueblos manifiestamente ateos. Porque yo pensaba, hasta hoy, que los ateos eran individuos. Gente sencilla, en su fondo díscolo y heterodoxo: gente de la calle como el charcutero del barrio o el profesor de Filosofía que tuvimos en COU. Incluso hay organizaciones, federaciones, congregaciones al modo en que los cristianos también se reúnen y se refocilan en sus textos divinos y en sus plegarias en comunidades, seminarios o foros. Así que pensé que la noticia estaba mal construída o que el Papa, al que le atribuyo la inteligencia de la que yo carezco, mayormente por edad y por contacto libresco, ha sido tergiversado por alguna de esas agencias de información que mueven los hilos de la realidad. Mi incertidumbre ha durado lo que he tardado en encontrar decenas de referencias en la Red.
La proclama ha sido pronunciada en la solemne apertura del sínodo de los obispos en la basílica romana de San Pablo Extramuros. Como a mí esos sitios de monumentalidad incustionable me producen azoramiento y un pudor místico que me escala el pecho y hace que zozobre mi alma, no soy capaz de someter la revelación papal al rudo mecanismo de la razón, pero igual un día me armo de valor y me arrepiento de esta apatía de martes, borro el pudor del gesto y escribo lo que me pide el cuerpo. Que a veces apetece poner a parir el salto sináptico.
Igual hasta conviene hacer oídos sordos a esta furibundia vaticana. Creo que yo que Dios, allá en su arco de prodigios, atrincherado en la perfección, ajeno a las cuitas de los hombres, se prestaría con más empeño a otros menesteres de su oficio que no a castigar a quien le ignora. Pero todavía no he leído suficiente prosa teológica para entender el alcance del aserto.


Cine israelí vs. Michael Bay

No he visto ni una sola película israelí y poseo una información precaria del conflicto que asola Oriente Medio, pero puedo entender al guionista y director Eran Riklis cuando dice que todas las películas que se hacen son políticas. Su pesimismo estético debe provenir de los años oscuros en los que Israel carecía de una industria del ocio bien compartimentada, ajena al discurso de las bombas y de los kamikazes palestinos. Tampoco son éstos años de luz y tampoco he visto un solo film palestino. Los circuitos por donde la filmografía de estos países circula por España están alejados de mi entorno o es hasta posible que no haya circuito alguno. Lo que Riklis concede al entrevistador de El País no es un exabrupto de un tipo encorajinado ni de un offisider, una especie de francotirador de la cultura occidental. Riklis, ese tipo del que no sé absolutamente nada, cuenta la historia por la mirilla de su experiencia, y ésta dice que el cine se deja contaminar por la realidad y, en ocasiones, es la única forma que tiene esa realidad para manifestar su precariedad o su languidez o su moribundia. En España, cine que sí conozco, no sé si pasa esto enteramente. Hay cine político y cine que no lo es, películas facturadas para el entretenimiento más inocente y películas que se articulan alrededor de la provocación política. Un tiro en la nuca no es un divertimento. Zohan, afuera, esa mamarrachada de Adam Sandler, es cine político, aunque se enmascare de banalidad y grosería. El cine político está cortejado por discursos próximos que poco o nada conducen a la propia política. A Bambi se le puede extraer un punto político y es probable que hasta Walt Disney la pensara así y montara un palimpsesto levísimo, una capa de mensajes subliminales que no perjudicara la visión limpia del infante pero sí que agitara al adulto atento. Yo he debido pasar por cientos de films en los que el mensaje se escondía con tan fino tacto que no lo percibí. La praxeología (ciencia que descubrí anoche en un hueco entre John Ford y John Coltrane) dice que uno no hace ciertas cosas por estar haciendo otras. De momento, en términos praxeológicos, prefiero ver Bambi confiadamente, como antaño.

Vuelta a Israel: me sigo preguntando la razón por la cual el cine israelí no existe en mi memoria cinéfila. O el húngaro. O el chipriota. El indio, al parecer, es estajanovista en eso de hacer películas. Bollywood se come a Hollwyood. En otro lado: Si me borran la RKO, la Universal, la Metro, Columbia y cuatro empresas más, mi fascinación por el cine mermaría. Sé nombres de cientos de actores americanos, pero no me pidan uno solo búlgaro. Yo no sé si el cine que vemos, como dice Riklis, es político. Puede que sea así y yo no lo aprecie. Lo que sí tengo meridianamente claro es que vemos el cine que nos dejan ver. Por más que tengamos redes p2p, canales de cable, videoclubs cada vez de catálogo más sofisticado y cine-fórums (en mi pueblo arranca uno muy bueno en breve) seguimos viendo el cine americano, a granel, a tutiplén, sin consideración de otras cinematografías de enjundia menor o de más escaso calado en el gusto popular. Por imperativos de mercado. Por colonización cultural. Por la invisible red que nos mancomuna a todos y a todos nos convierte en consumidores standard. Israel, a efectos de caja, no existe.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...